Chapter Text
La noche estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
El Thousand Sunny avanzaba suavemente sobre las aguas iluminadas por la luna mientras la mayoría de la tripulación descansaba después de una larga jornada.
Luffy dormía profundamente en su hamaca.
Usopp y Chopper se habían quedado dormidos sobre la mesa después de discutir durante horas sobre quién había derrotado al monstruo más grande durante su última aventura.
Nami terminaba de revisar algunos mapas antes de retirarse.
Robin leía un libro bajo la luz tenue de una lámpara.
Todo parecía normal.
Pero no para Zoro.
El espadachín permanecía sentado en la cubierta superior, observando el horizonte oscuro.
Desde hacía varios días sentía una inquietud extraña.
Como si algo estuviera por ocurrir.
Como si una tormenta estuviera acercándose.
Y no hablaba de una tormenta del mar.
Sus manos descansaban sobre las empuñaduras de sus espadas.
Su mirada estaba perdida entre las olas.
Entonces escuchó algo.
Click.
El pequeño Den Den Mushi que llevaba oculto entre sus pertenencias comenzó a sonar.
Zoro se quedó inmóvil.
Nadie conocía ese número.
Nadie excepto dos personas.
Y ambas estaban relacionadas con un pasado que nunca había compartido con sus compañeros.
Tomó el aparato y se alejó hacia la parte más solitaria del barco.
Cuando respondió, no dijo una sola palabra.
Tampoco la voz del otro lado.
Durante varios segundos reinó el silencio.
Finalmente, una voz grave rompió la quietud.
—Nos encontraron.
El corazón de Zoro se tensó.
No necesitaba preguntar quién hablaba.
Reconocería aquella voz en cualquier lugar.
—¿Qué pasó?
La respuesta llegó inmediatamente.
—El Gobierno Mundial está investigando.
Zoro frunció el ceño.
—¿Estás seguro?
—Sí.
La voz permaneció tan fría como siempre.
Pero Zoro podía notar algo raro.
Algo que muy pocas personas en el mundo habrían sido capaces de detectar.
Preocupación.
—Encontraron registros antiguos.
—...
—Y comenzaron a conectar información.
El silencio volvió a caer.
Las olas golpeaban suavemente contra el casco del Sunny.
—¿Perona?
Por primera vez hubo una pausa más larga.
—También corre peligro.
Aquellas palabras golpearon a Zoro más fuerte que cualquier espada.
No le preocupaba su propia situación.
Jamás lo había hecho.
Pero Perona...
Su hermana.
La persona con la que había compartido gran parte de su infancia.
La persona que había llorado cuando tuvo que marcharse.
La persona que siempre lo recibía con una sonrisa cada vez que regresaba.
Ella no debía estar involucrada.
—¿Dónde están?
—A salvo por ahora.
—Por ahora...
—No sé cuánto durará.
Zoro cerró los ojos.
Comprendió inmediatamente la gravedad del asunto.
Si Mihawk lo había llamado personalmente era porque la situación era seria.
Muy seria.
—¿Qué piensas hacer?
—Moverme.
La respuesta fue simple.
Directa.
Como siempre.
—¿Y yo?
—Eso depende de ti.
Zoro permaneció en silencio.
Sabía perfectamente lo que significaba aquella respuesta.
Mihawk jamás le daría órdenes.
Era una decisión que debía tomar por sí mismo.
—Entiendo.
—Zoro.
El espadachín abrió los ojos.
Aquella vez la voz sonó diferente.
Más pesada.
—Si permaneces con ellos, estarán involucrados...
Zoro apretó la mandíbula.
Porque sabía que era verdad.
Luffy ya tenía suficientes enemigos.
Nami.
Usopp.
Chopper.
Robin.
Franky.
Brook.
Jinbe.
Sanji.
Todos habían arriesgado sus vidas una y otra vez por él.
Y volverían a hacerlo.
Sin dudarlo.
Precisamente por eso no podía permitirlo.
La llamada terminó pocos minutos después.
Cuando guardó el Den Den Mushi, Zoro permaneció inmóvil observando el mar.
Durante mucho tiempo.
Sin moverse.
Sin hablar.
Sin pensar en otra cosa.
—¿Qué haces despierto?
La voz apareció detrás de él.
Zoro ni siquiera necesitó girarse.
—Nada.
—Mentiroso.
Sanji se acercó con un cigarrillo entre los labios.
Durante unos segundos ninguno habló.
Algo poco habitual.
Normalmente ya estarían insultándose.
Pero aquella noche era distinta.
Sanji observó el horizonte.
—Llevas días raro.
—Y tú llevas años siendo molesto.
—Así que apenas te das cuenta.
Zoro soltó una pequeña risa.
Sanji lo observó de reojo.
Había algo extraño en él.
Algo que no lograba identificar.
—¿Problemas?
—No.
—Mientes fatal.
—Vete a dormir.
—No tengo sueño.
—Qué tragedia.
Sanji resopló.
Pero no se marchó.
Permanecieron allí durante varios minutos.
Simplemente observando el océano.
Entonces Sanji habló nuevamente.
—Si algo ocurre...
Zoro levantó una ceja.
—¿Qué?
—No tienes que resolverlo solo.
Por un instante, el corazón de Zoro se encogió.
Porque precisamente eso era lo que iba a hacer.
Resolverlo solo.
Sin ellos.
Sin su familia.
Sin las personas que más le importaban.
—Lo tendré en cuenta.
Sanji frunció el ceño.
Aquella respuesta no le gustó.
Sonaba demasiado parecida a una despedida.
Horas después.
Toda la tripulación dormía.
Toda excepto una persona.
Zoro observó por última vez cada rincón del Sunny.
La cocina.
La cubierta.
El mástil.
La sala principal.
Había vivido demasiadas cosas en aquel barco.
Más de las que jamás imaginó.
Tomó una hoja de papel.
Y comenzó a escribir.
No tardó mucho.
Nunca fue bueno expresando sentimientos.
Cuando terminó, dobló la nota.
La dejó donde sabía que Luffy la encontraría.
Luego tomó sus espadas.
Su mochila.
Y caminó hacia la barandilla.
El viento agitó ligeramente su cabello.
Durante un momento permaneció quieto.
Observando el barco.
Observando el hogar que estaba dejando atrás.
—Idiotas...
murmuró.
Y sonrió levemente...
Después desapareció en la oscuridad de la noche.
La mañana llegó.
Y con ella...
el caos.
—¡¡¡EL DESAYUNO ESTÁ LISTOOO!!!
La voz de Sanji resonó por todo el barco.
Luffy apareció disparado hacia la cocina.
Chopper corrió detrás.
Usopp tropezó con una silla.
Brook pidió té.
Todo parecía normal.
Hasta que Nami frunció el ceño.
—¿Dónde está Zoro?
—Seguramente sigue durmiendo.
—Eso es raro.
—Sí es raro.
Todos se quedaron quietos.
Porque Nami tenía razón.
Zoro siempre era uno de los primeros en despertar.
Sanji no dijo nada.
Algo comenzó a sentirse extraño.
—Lo buscaré.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Luego treinta.
Y Zoro no aparecía.
Fue Robin quien encontró la nota.
—Luffy.
Toda la tripulación se reunió.
Robin sostuvo el papel.
Y se lo entregó al capitán.
Luffy lo abrió.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—¿Qué dice?
preguntó Chopper.
Luffy leyó en silencio.
Luego levantó la vista.
Y por primera vez en mucho tiempo parecía realmente serio.
—Se fue.
El silencio cayó sobre todos.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Nadie quiso creerlo.
Finalmente Nami tomó la carta.
Leyó las pocas líneas escritas.
Y sintió que el corazón se le hundía.
"Tengo asuntos que resolver."
"No me busquen."
"Esta vez debo hacerlo solo."
"—Zoro."
Usopp fue el primero en reaccionar.
—¿ESO ES TODO?
—¡¿ESO ES TODO LO QUE ESCRIBIÓ?!
—¡¿SE VOLVIÓ LOCO?!
Chopper parecía al borde de las lágrimas.
—¿Está herido?, ¿Le pasó algo?, ¿Lo secuestraron?
Robin observaba la nota cuidadosamente.
—No, esto fue voluntario.
Sanji permanecía completamente callado.
Mirando aquellas palabras.
Sintiendo que cada una era una puñalada.
Porque confirmaban lo que había sospechado durante días.
Zoro había decidido marcharse.
Y nunca les pidió ayuda.
Luffy dobló lentamente el papel.
Después se puso de pie.
—Vamos a encontrarlo.
—¿Eh?
Todos lo miraron.
—No me importa por qué se fue.
Su voz era firme.
Inquebrantable.
—Cuando quiera contarlo, lo contará.
Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
—Pero nadie abandona esta tripulación para siempre.
Y en ese instante todos comprendieron una cosa.
La búsqueda de Zoro acababa de comenzar.
Y ninguno de los Sombrero de Paja pensaba quedarse de brazos cruzados.
_______________
La noche seguía siendo oscura cuando Zoro abandonó el Thousand Sunny.
El mar estaba tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Como si el propio océano supiera que algo importante estaba ocurriendo.
Con movimientos rápidos y silenciosos, el espadachín atravesó la pequeña isla donde la tripulación había atracado para descansar.
No miró atrás.
No porque no quisiera.
Sino porque sabía que si lo hacía sería más difícil seguir avanzando.
Después de todo, estaba dejando atrás a las personas que habían sido su familia.
Luffy.
Nami.
Usopp.
Chopper.
Robin.
Franky.
Brook.
Jinbe.
Sanji.
Una parte de él quería quedarse.
Pero otra parte sabía que no podía.
No esta vez.
No cuando el peligro apuntaba directamente hacia las personas que amaba.
Apretó la empuñadura de Wado Ichimonji.
Y siguió caminando.
Horas después.
Un pequeño bote avanzaba sobre las aguas oscuras.
Zoro remaba sin descanso.
La lluvia comenzaba a caer lentamente.
Pequeñas gotas golpeaban su ropa.
Pero apenas les prestaba atención.
Tenía una dirección.
Un destino.
Y una única misión.
Llegar con su familia.
Mientras tanto...
Muy lejos de allí.
En una isla que no aparecía en la mayoría de los mapas.
Una enorme fortaleza se alzaba entre la niebla.
El antiguo castillo.
El lugar que alguna vez había sido un hogar.
El lugar donde todo había comenzado.
En una de las ventanas más altas del castillo, una figura observaba el horizonte.
Cabello rosado.
Vestido oscuro.
Un paraguas apoyado junto a ella.
Perona.
Llevaba horas caminando de un lado a otro.
Incapaz de quedarse quieta.
—Tch...
Volvió a mirar por la ventana.
—¿Dónde estás, idiota?
Había intentado sonar molesta.
Pero incluso ella sabía que estaba preocupada.
Porque las noticias que Mihawk había recibido eran graves.
Más graves de lo que quería admitir.
El Gobierno Mundial estaba investigando.
Y eso nunca terminaba bien.
Especialmente cuando se trataba de personas relacionadas con Mihawk.
Un ruido detrás de ella la hizo girarse.
—¿Aún despierta?
La voz profunda resonó en la habitación.
Perona cruzó los brazos.
—Tú también.
Mihawk permanecía de pie junto a la puerta.
Tan tranquilo como siempre.
Tan imponente como siempre.
Pero Perona lo conocía demasiado bien.
Sabía reconocer las pequeñas señales.
Los pequeños cambios.
Y aquella noche había uno.
Estaba preocupado.
Aunque jamás lo admitiría.
—¿Crees que llegará?
preguntó ella.
—Sí.
La respuesta llegó sin vacilar.
Como si nunca hubiera existido otra posibilidad.
Y, de algún modo, eso tranquilizó a Perona.
Porque si había alguien que conociera a Zoro...
Era Mihawk.
El amanecer comenzaba a aparecer.
Y entonces ocurrió.
Mihawk abrió lentamente los ojos.
Perona notó el cambio.
—¿Qué pasa?
El espadachín más fuerte del mundo giró ligeramente la cabeza.
Observando hacia una de las ventanas.
—Ya está aquí.
Perona corrió hacia el cristal.
Miró hacia abajo.
Y lo vio.
Una pequeña embarcación acercándose a la costa.
Una figura de cabello verde.
Tres espadas.
Y una expresión cansada.
Durante un segundo se quedó congelada.
Como si no pudiera creerlo.
Y luego...
Salió corriendo.
Zoro acababa de poner un pie en tierra cuando escuchó unos pasos apresurados.
Levantó la vista.
Y apenas tuvo tiempo de reaccionar.
—¡IDIOTA!
—¿Eh?
Perona se lanzó directamente sobre él.
—¡¿POR QUÉ TARDASTE TANTO?!
—¡¿POR QUÉ NO RESPONDISTE MIS MENSAJES?!
—¡¿POR QUÉ SIEMPRE HACES ESTAS COSAS?!
Zoro apenas consiguió mantener el equilibrio.
—Hola a ti también.
—¡CÁLLATE!
—Veo que sigues igual.
—¡Y TÚ MÁS!
A pesar de sus palabras, Perona no se apartó inmediatamente.
Porque durante semanas había estado preocupada.
Y finalmente podía verlo con sus propios ojos.
Estaba vivo.
Estaba bien.
Y había llegado.
Cuando finalmente se separaron, ambos comenzaron a caminar hacia el castillo.
Por primera vez en mucho tiempo.
Como hermanos.
Como en los viejos tiempos.
—¿Cómo está el viejo?
preguntó Zoro.
—Escuchándote aunque esté a kilómetros de distancia.
—Entonces sigue siendo raro.
—Y tú sigues siendo estúpido.
—Me alegra verte también.
Al llegar a la entrada principal, las enormes puertas comenzaron a abrirse.
Y allí estaba.
Esperándolos.
Mihawk.
Inmóvil.
Con los brazos cruzados.
Como si hubiera sabido exactamente cuándo aparecerían.
Zoro se detuvo.
Durante un instante ninguno habló.
Ni padre.
Ni hijo.
Simplemente se observaron.
Pasaron varios segundos.
Finalmente Mihawk rompió el silencio.
—Llegas tarde.
Una sonrisa apareció en el rostro de Zoro.
Pequeña.
Casi imperceptible.
—Había tráfico.
—El océano estaba vacío.
—Entonces me perdí.
—Eso explica muchas cosas.
Perona soltó una carcajada.
Y por primera vez en días, incluso Mihawk pareció relajarse un poco.
No mucho.
Solo lo suficiente.
Porque, después de todo...
Su hijo había vuelto a casa.
Sin embargo, aquella breve calma no duraría.
Porque mientras los tres se reunían nuevamente...
En otra parte del mundo.
Muy lejos de allí.
Una reunión secreta estaba teniendo lugar.
Sobre una mesa se encontraban varios documentos.
Fotografías.
Informes.
Registros antiguos.
Y en el centro de todos ellos...
Una imagen de Zoro.
Un agente golpeó la mesa.
—Ya no son simples sospechas.
Otro asintió.
—Todo apunta a la misma conclusión.
Una tercera figura observó la fotografía.
Y sonrió.
Una sonrisa que no prometía nada bueno.
—Entonces preparen la operación.
—Es hora de capturar a los hijos del Ojo de Halcón.
Y sin que Zoro, Perona o Mihawk lo supieran...
La cacería acababa de comenzar.
Mientras tanto, en el Thousand Sunny...
Luffy acababa de dar una orden.
Una orden que haría temblar a cualquiera que conociera a los Sombrero de Paja.
—Vamos a encontrar a Zoro.
Y nadie discutió.
Porque todos pensaban exactamente lo mismo.
Su espadachín se había ido.
Pero aún era uno de los suyos.
Y eso nunca iba a cambiar.
_______
El castillo estaba en silencio.
Un silencio diferente al que recordaba Zoro.
Cuando era niño, aquel lugar había estado lleno de pasos apresurados, discusiones tontas con Perona y las pocas veces que Mihawk intentaba actuar como si no estuviera pendiente de ellos.
Ahora se sentía más vacío.
Más grande.
Más frío.
Quizá porque habían pasado muchos años.
O quizá porque la situación era muy distinta.
Zoro caminaba por uno de los largos pasillos de piedra mientras observaba las paredes.
Aún recordaba dónde se escondía cuando era pequeño.
Aún recordaba las veces que Perona lo perseguía por todo el castillo para obligarlo a jugar con ella.
Y también recordaba las noches en las que Mihawk desaparecía durante días enteros por asuntos relacionados con los Shichibukai.
Aquellos recuerdos parecían pertenecer a otra vida.
Una mucho más simple.
Una mucho más feliz.
—Sigues perdido.
La voz de Perona lo sacó de sus pensamientos.
—No estoy perdido.
—Claro que sí.
—Estoy en mi casa.
—Precisamente por eso es preocupante.
Zoro soltó un suspiro.
Perona sonrió con satisfacción.
Algunas cosas jamás cambiaban.
Mientras caminaban, llegaron a una habitación que llevaba años cerrada.
Zoro se detuvo.
Conocía perfectamente aquella puerta.
Y por un momento dudó.
Perona también se quedó en silencio.
Ambos sabían lo que había detrás.
La habitación de su madre.
Ninguno había entrado allí en mucho tiempo.
—¿Papá sigue conservándola igual?
preguntó Zoro.
Perona asintió lentamente.
—Nunca cambió nada.
El espadachín bajó la mirada.
Aquello no lo sorprendía.
Mihawk jamás había hablado demasiado sobre ella.
Pero ambos sabían cuánto la había amado.
Finalmente abrió la puerta.
Una fina capa de polvo cubría algunos muebles.
La habitación estaba exactamente igual.
Como si el tiempo se hubiera detenido.
Sobre una pequeña mesa descansaba una fotografía.
Una de las pocas que existían.
Zoro la tomó entre sus manos.
La imagen mostraba a una mujer sonriendo.
Mihawk estaba a su lado.
Y frente a ellos aparecían dos niños pequeños.
Perona.
Y él.
Durante unos segundos nadie habló.
—A veces me pregunto cómo habría sido todo si ella siguiera viva.
murmuró Perona.
Zoro observó la fotografía.
—Probablemente menos problemático.
—Definitivamente menos problemático.
—Y tú seguirías molestándome.
—Eso nunca cambiaría.
Por primera vez en días ambos sonrieron.
Sin embargo, aquella tranquilidad duró poco.
Porque unos pasos comenzaron a acercarse.
Lentos.
Firmes.
Inconfundibles.
Mihawk apareció en la entrada.
Su expresión era seria.
Más seria de lo normal.
Y eso llamó inmediatamente la atención de ambos.
—Tenemos que hablar.
Zoro y Perona intercambiaron una mirada.
No les gustó cómo sonó aquello.
Minutos después.
Los tres se encontraban reunidos en una sala privada del castillo.
Sobre una mesa descansaban varios documentos.
Mapas.
Informes.
Fotografías.
Y algunos periódicos.
—¿Qué es todo esto?
preguntó Zoro.
Mihawk tomó uno de los papeles.
—Lo que el Gobierno ha descubierto.
El ambiente se volvió pesado.
—Hace años destruyeron gran parte de la información relacionada conmigo.
—Lo sé.
—Pero no toda.
Mihawk dejó el documento sobre la mesa.
—Algunos registros sobrevivieron.
Zoro comenzó a leer.
Y cuanto más avanzaba...
peor se ponía.
Había informes sobre envíos de suministros al castillo.
Registros de movimientos sospechosos.
Declaraciones de marines desaparecidos.
Incluso referencias a una mujer vinculada a Mihawk.
—¿Cómo consiguieron esto?
preguntó Perona.
—No lo sé.
respondió Mihawk.
—Pero llevan años reuniendo información.
Otro documento llamó la atención de Zoro.
Era una fotografía.
Vieja.
Borrosa.
Pero reconocible.
Su corazón se tensó.
Porque era una imagen de él cuando era niño.
—Esto...
—La encontraron en una base abandonada de la Marina.
explicó Mihawk.
—Probablemente pertenecía a uno de los hombres que participaron en el ataque de aquella época.
La habitación quedó en silencio.
Nadie necesitó preguntar a qué ataque se refería.
Zoro apretó la fotografía.
Los recuerdos regresaron de golpe.
Fragmentos.
Imágenes.
Gritos.
Oscuridad.
Dolor.
Durante años había intentado olvidarlo.
Pero seguía allí.
Escondido en alguna parte de su memoria.
—No fue tu culpa.
dijo Perona suavemente.
Zoro no respondió.
Porque nunca había pensado que fuera culpa suya.
Pero tampoco era algo fácil de recordar.
Mihawk observó a su hijo durante unos segundos.
Luego continuó.
—Hay algo peor.
Aquellas palabras hicieron que ambos levantaran la vista.
—El Gobierno ya no está investigando.
—¿Qué quieres decir?
preguntó Zoro.
—Que ya llegaron a una conclusión.
El silencio se volvió absoluto.
—Saben quiénes son.
Por primera vez desde que llegó al castillo, Zoro sintió una auténtica sensación de peligro.
Porque una sospecha podía ignorarse.
Una teoría podía descartarse.
Pero una conclusión...
era otra cosa completamente distinta.
—Entonces vendrán.
dijo Perona.
—Sí.
respondió Mihawk.
—Y no tardarán.
Nadie volvió a hablar durante varios segundos.
Finalmente Zoro apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces pelearemos.
La respuesta fue inmediata.
Natural.
Era exactamente lo que esperaba Perona.
Y exactamente lo que esperaba Mihawk.
—No.
dijo su padre.
Zoro frunció el ceño.
—¿No?
—No podemos actuar sin pensar.
—¿Desde cuándo tú piensas tanto?
—Desde que tengo hijos.
Perona casi se atragantó.
Zoro se quedó congelado.
Mihawk siguió hablando como si no acabara de decir algo extremadamente raro.
—Si atacan, no vendrán unos pocos marines.
Vendrán preparados.
Vendrán con información.
Y vendrán con órdenes específicas.
—¿Capturarnos?
preguntó Perona.
—No.
La mirada de Mihawk se volvió aún más fría.
—Usarlos.
Aquella palabra fue peor.
Mucho peor.
Porque todos comprendieron lo que significaba.
El Gobierno Mundial no quería simplemente encarcelarlos.
Quería convertirlos en cadenas.
Quería utilizarlos para controlar al hombre que durante años había sido imposible de controlar.
Zoro sintió cómo la ira comenzaba a crecer.
—Que lo intenten.
Pero antes de que pudiera seguir hablando...
una explosión sacudió el castillo.
BOOOOM.
Las ventanas temblaron.
Los candelabros se balancearon violentamente.
Y una enorme nube de polvo se elevó en el exterior.
Los tres se pusieron de pie inmediatamente.
—¿Qué fue eso?
preguntó Perona.
Mihawk caminó hacia una ventana.
Observó el exterior.
Y sus ojos se estrecharon.
—Problemas.
Zoro se acercó.
Entonces los vio.
En el horizonte.
Sobre el mar.
Barcos.
Muchos barcos.
No uno.
No dos.
Una flota completa.
Banderas de la Marina ondeaban bajo el viento.
Perona sintió un escalofrío.
—No puede ser...
Zoro apretó las empuñaduras de sus espadas.
Y Mihawk simplemente observó.
Como un depredador contemplando a quienes eran lo suficientemente estúpidos para entrar en su territorio.
Porque la cacería había comenzado.
Y ahora los cazadores acababan de llegar a la puerta del castillo.
