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Reasons to stay ... Reasons to go

Summary:

Dos años después de París, Andrea Sachs regresa a Elias-Clark convencida de que ella y Miranda Priestly han encontrado una cómoda amistad. Miranda, por desgracia, tiene una interpretación muy diferente de sus viajes compartidos en ascensor y en coche.

Cuando un inocente malentendido convierte a Miranda en el supuesto "ex" de Andy, ambas se ven obligadas a enfrentar una pregunta que llevan demasiado tiempo evitando.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Reasons to stay ... Reasons to go

Chapter Text

El otoño en Manhattan tenía esa molesta costumbre de enfriar las cosas demasiado rápido. Para Andrea Sachs, el frío no solo estaba en las ráfagas de viento que golpeaban los ventanales de la editorial, sino en la extraña y distante melodía que parecía sonar en su cabeza cada vez que cruzaba las puertas de Elias-Clark. Una especie de ritmo sordo, pausado y melancólico.
«Está tan frío aquí afuera...», pensaba Andy mientras se ajustaba el abrigo al salir de la estación.
Habían pasado dos años desde París. Dos años desde que tiró el teléfono a la fuente y decidió que su cordura valía más que la aprobación de la mujer más poderosa de la moda. Pero el periodismo serio era un círculo pequeño en Nueva York, y tras mucho esfuerzo, un portafolio impecable y un par de crónicas premiadas en un diario local, Andy había postulado a una vacante en el ala de investigación cultural de una revista política del grupo Elias-Clark. Lo había logrado por mérito propio, en un piso muy alejado del glamour asfixiante de Runway. Lo que Andy no sabía —o prefería no admitir— era que cuando el comité de selección vio su nombre, una llamada silenciosa y una recomendación cortante y categórica desde el piso 17 había sellado su contratación en menos de cinco minutos. Miranda Priestly siempre sabía dónde se movían sus piezas.
Los primeros días de Andy en el edificio fueron un ejercicio de espionaje digno de una película. Se escondía detrás de las columnas del vestíbulo, tomaba las escaleras de servicio si veía un abrigo de piel cerca y calculaba sus horarios de almuerzo para no coincidir jamás con el séquito de Runway.
Hasta que el destino, o la arquitectura de Elias-Clark, decidió lo contrario.
Fue un martes por la mañana. El vestíbulo estaba inusualmente vacío. Andy entró corriendo, con un café en una mano y su bolso desbordando apuntes en la otra, y se deslizó en el único ascensor que estaba abierto. Justo cuando las puertas de metal empezaban a cerrarse, una mano enguantada las detuvo.
Andy contuvo el aliento, el corazón dándole un vuelco violento.
Miranda Priestly entró al cubículo. Llevaba un abrigo color tabaco de Hermès y sus imperturbables gafas oscuras. El ambiente se volvió denso, claustrofóbico, cargado de esa angustia familiar que Andy creía haber superado. Andy dio un paso atrás de inmediato, buscando la esquina del ascensor, con la mirada fija en los botones cromados. Pretendía bajarse en el siguiente piso disponible para huir.
Miranda ni siquiera giró la cabeza, pero la comisura de sus labios se tensó sutilmente.
—No seas tonta, Andrea. Ven conmigo y te bajas en tu piso —dictaminó Miranda, su voz arrastrada y baja llenando el espacio cerrado—. Ya sé que trabajas aquí. No hay necesidad de que sigas utilizando las escaleras de incendios como una fugitiva.
Andy parpadeó, completamente desarmada. La miró de reojo, notando que Miranda ya había presionado el botón del piso de cultura antes de que ella pudiera hacerlo.
—Buenos días, Miranda —logró articular Andy, sintiendo que una pequeña y torpe sonrisa de alivio aparecía en su rostro.
A partir de ese día, el universo pareció ponerse de acuerdo para sincronizar sus agendas. Lo que empezó como un encuentro forzado se convirtió en una rutina de coincidencias en el ascensor. A veces a las nueve de la mañana, a veces a las seis de la tarde. Andy, con su habitual naturaleza despistada, se sentía genuinamente alegre. Para ella, haber regresado a la editorial con un trabajo que amaba y que respetaba su carrera era un triunfo; y descubrir que Miranda ya no la miraba como a una decepción, sino que aceptaba su presencia e incluso compartía silencios cómodos con ella, se sentía como una bonita e inesperada amistad madura.
Pero para Miranda, el juego era completamente diferente. Era un tensión exasperante. Miranda sentía que Andrea estaba siendo exasperantemente fría, como la letra de esa canción: la dejaba entrar a su espacio, compartía una sonrisa, pero en cuanto el ascensor se abría, la chica volvía a levantar una barrera invisible de "ex asistente profesional". La dejaba acercarse, pero no tocar el fondo.
El punto de inflexión ocurrió una noche de invierno, pasadas las nueve. La llovizna gélida de Nueva York comenzaba a congelarse en las aceras. Andy salía del edificio arrastrando los pies, exhausta tras un cierre de edición complejo, con los auriculares puestos y su bufanda roja envuelta hasta la nariz. Se dirigía mecánicamente hacia la boca del metro.
A unos metros de distancia, el Mercedes negro de Miranda estaba estacionado junto a la acera. Desde el asiento trasero, a través del cristal tintado, Miranda vio la silueta delgada de Andy caminar bajo el aguanieve, tiritando.
—Roy —pronunció Miranda con un hilo de voz.
—Sí, señora —respondió el chofer, que ya había avistado a la joven por el retrovisor con una sonrisa nostálgica.
El auto avanzó lentamente, deteniéndose justo antes de que Andy pusiera un pie en las escaleras del subterráneo. Roy bajó la ventanilla rápidamente.
—¡Señorita Andrea! —llamó con entusiasmo.
Andy se quitó un auricular, sorprendida, y se acercó al coche. —¿Roy? Hola. Qué sorpresa verte a esta hora.
Antes de que Roy pudiera responder, la puerta trasera se abrió unos centímetros desde el interior. La silueta de Miranda se recortó contra la penumbra del auto. Su mirada no aceptaba réplicas.
—Súbete, Andrea. No voy a permitir que mueras de hipotermia en el transporte público y dejes tu artículo a medias. Súbete. No me obligues a repetirlo como una orden.
Andy dudó un segundo, mirando el cielo oscuro y luego la calidez que emanaba del interior del coche. —Está bien, gracias —cedió, deslizándose en el asiento trasero y cerrando la puerta.
El auto se puso en marcha. Roy miró por el espejo central, con una expresión de genuina alegría que no intentó ocultar. —Es un verdadero placer tenerla de vuelta en el auto, señorita Andrea. Se la extrañaba por aquí.
—Gracias, Roy. Yo también te extrañé —respondió Andy con una sonrisa dulce, acomodándose en el cuero del asiento.
A partir de esa noche, los viajes compartidos se volvieron una constante no escrita en la agenda de la editorial. Y con ellos, la tensión se trasladó al espacio confinado del coche.
Miranda observaba a Andy de reojo. La joven seguía en su propio mundo, hablando con entusiasmo de las reformas culturales de la ciudad o de un libro de crónicas que estaba leyendo, completamente ajena al torbellino que provocaba en la mujer a su lado. Para Andy, esto era una "especie de tregua amistosa", pero Miranda utilizaba cada minuto para acortar las distancias con una sutileza milimétrica.
Aparecieron los comentarios sutiles, piropos disfrazados de críticas profesionales que Andy recibía con una sonrisa despistada, sin entender el verdadero peso de las palabras.
—Ese artículo sobre la vanguardia neoyorquina estuvo... pasable, Andrea —comentó Miranda una tarde, mirando fijamente hacia el frente mientras el coche avanzaba por la Quinta Avenida—. Aunque debo admitir que tu capacidad para desenterrar la belleza en lugares caóticos sigue siendo lo único rescatable de esa sección.
Andy se rio, acomodándose el cabello. —Viniendo de ti, Miranda, eso equivale a un premio Pulitzer. Gracias.
Miranda apretó los labios, frustrada por la ligereza con la que Andy recibía sus elogios. Qué fría eres, Andrea, pensaba la editora, sintiendo esa distancia emocional que la desesperaba. Me dejas sentarme a tu lado, pero no me dejas ver qué hay detrás de esa sonrisa.
Luego llegaron los toques accidentales.
Dentro del coche, cuando el vehículo frenaba de imprevisto por el tráfico de la ciudad, la mano de Miranda, apoyada en el asiento, rozaba "accidentalmente" los dedos descubiertos de Andy. Era un contacto eléctrico, apenas un roce de piel contra piel que hacía que a Miranda se le cortara la respiración por un segundo. Andy, con su habitual distracción, simplemente asumía que el espacio era reducido y le dedicaba una mirada disculpándose: —Lo siento, el tráfico está imposible hoy —antes de volver a mirar por la ventana.
Incluso fuera del carro, al salir del edificio bajo el paraguas que Roy sostenía para ambas, el hombro de Miranda presionaba el de Andy de una forma que iba mucho más allá de la necesidad de esquivar la lluvia. Andy sentía el calor de la editora, el aroma familiar de su perfume Chanel impregnando el aire gélido, y sentía una pequeña punzada de timidez, una calidez interna que no lograba catalogar, pero que archivaba bajo la etiqueta de "admiración y cariño por su jefa".
Miranda se debatía entre la angustia de la indiferencia de Andy y el deseo de romper el hielo de una vez por todas. La chica la estaba volviendo loca con su amabilidad despistada. La dejaba entrar a su vida, aceptaba sus viajes, compartía sus risas en el ascensor, pero mantenía una distancia de seguridad que Miranda no sabía cómo cruzar sin confesar que la carpeta de cuero en su oficina seguía llena de sus recortes de periódico.
El invierno seguía arreciando afuera, y la música de esa banda seguía flotando en el ambiente de Nueva York. Pero dentro de ese Mercedes negro, entre roces de manos que Andy creía fortuitos y palabras que Miranda cargaba de intenciones prohibidas, el fuego continuaba consumiendo los restos de la distancia que una vez las había separado en París.