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Una Larga Espera

Summary:

Orugio pasa semanas viajando por trabajo, pero por lo menos sabe que pase lo que pase, tiene a alguien que le espera en casa.

Notes:

Work Text:

Después de años viviendo entre montañas, el Auditorio se sentía asfixiante. El ruido seco del viento golpeando las persianas de la casa era remplazado por la marea moviéndose alrededor de las barreras que limitaban la ciudad, y una quietud dominaba el ambiente sin importar qué tanta gente o bullicio hubiese en un sólo lugar.

Pero a pesar de esto, Orugio siempre volvía a transitar los mismos pasillos, tomando encargos que, aunque más complejos, pagaban muy bien, y a la vez le permitían ocupar el tiempo muerto entre otros pedidos y sus visitas más burocráticas. Esta vez, se le había encargado la revisión de los mecanismos de las termas, y Orugio no se negó al encontrarse ya en el lugar.

Tomó una de las partes externas del sistema entre sus manos para revisarla, las saetas del hechizo se perdían entre los relieves rugosos de la piedra, y en breve dejaría de funcionar.

–Si estos están así de deteriorados, no me quiero imaginar los que tienen contacto con el agua. No pienso volver cuando me llamen para volver a arreglar este aparato dentro de una semana.

–Si funciona, no se toca –dijo el encargado de los baños.

–Me encargaron que renueve la maquinaria, no puedo dejar el trabajo a medio hacer.

–No es mi problema. Los sabios deberían meterse en sus propios asuntos, los baños funcionan tal como están y no pienso lidiar con las quejas si algo sale mal.

–Bien, como sea.

Llevaban una hora de discusión, Orugio traía encima semanas de viaje entre comisiones y sus pies picaban por volver a casa. Terminaría con el trabajo en ese mismo día y volvería al atelier al siguiente y, aunque era de saberse que recibiría quejas en cuanto el mecanismo fallara, dejaría que el cliente descubra las consecuencias de sus demandas por su propia cuenta con tal de no lidiar con el desacuerdo interminable al que lo estaba sometiendo.

En media hora pudo terminar de tallar los hechizos. De camino al comedor, se detuvo en la galería comercial. La mayor cantidad de magos se concentraba ahí en las tardes, conversando entre hierbas, artesanías y comidas después de un día atareado. Orugio tenía una afinidad por mantenerse al tanto de las importaciones disponibles a la venta. Era una costumbre que había adquirido durante sus primeros años habitando las profundidades del mar. Le recordaba a sus días en Godoreh, en los que su madre los obligaba a acompañarla cuando hacía las compras de la casa, y pasaban horas deambulando entre puesto en puesto, deteniéndose a conversar con los vendedores de vez en cuando. En el Auditorio, era Qifrey quien solía acompañarlo, y con una mano agarrándolo de la capa para no perderlo entre la multitud, preguntaba con impaciencia: –¿Qué estamos buscando? –Orugio siempre evadía responder.

Caminando entre los puestos encontró productos familiares, botas como las que usaba su madre, el tipo de caramelos por los que peleaban con su hermana, y las flores que su padre los obligaba a buscar en el solsticio de invierno cada año. Y, aún estando ya en la plenitud de su adultez, con un lugar y familia a los que llamar propios, le faltaba el aire, la bruma del Auditorio de repente haciéndose notar como si estuviera dentro de sus pulmones.

–Dame una de esas, por favor.

Después de su visita a la galería comercial, el hambre se asentó en su estómago como sólo lo hace al finalizar un largo día. El comedor estaba colmado de gente, el sonido de voces resonaba en todo el lugar por sobre la quietud del mar haciendo retumbar su cabeza. En su mesa cuatro tipos discutían la mejor manera de disciplinar aprendices, y cuando trataron de integrarlo a la conversación, Orugio quiso meter su cabeza bajo el agua y gritar.

–No, yo no tengo aprendices. Tampoco soy bueno tratando con nenes chicos –eso es todo lo que dijo, mostrando la mejor sonrisa posible.

En cuanto terminó de comer, tiró las sobras y se retiró al cuarto que había alquilado por esa noche. Brujos y niños caminaban en las calles del auditorio volviendo a sus hogares. El cansancio tiraba de su piel y se clavaba en sus ojos, y la espalda le dolía por cargar con su mochila el día entero. Cuando se terminó de sacar los zapatos, se acostó sin siquiera cambiarse la ropa. Aún así, las noches que se veía obligado a pasar en el Auditorio se hacían eternas, y entre recuerdos siempre se entremezclaba Qifrey, su hogar, su niñez.

No dejaba que lo afecte muy seguido. Hacia mucho tiempo ya que sus sentimientos se habían tiznado con la habitualidad del día a día, y su infancia cada vez se hacía más distante, se volvía difusa. En noches así recordaba como durante la adolescencia podían pasar días enteros encerrados en la habitación de Qifrey, escondidos bajo el edredón, cuchicheando hasta las más altas horas de la noche, entre risitas y miradas cómplices. La calidez de la llama del farol alumbrando sus caras.

Orugio había vuelto de una de sus visitas a Godoreh ese mismo día, con todas sus palabras guardadas bajo llave. Sentados en la cama como solían hacer, todo lo que Qifrey decía era respondido en oraciones breves que lo dejaban con las manos nerviosas. Apagó la luz. Ambos recostados en la cama sin emitir sonido alguno, el tiempo estirándose entre ellos. Qifrey miraba en su dirección tratando de vislumbrar lo que pensaba a través de las sombras en sus facciones. Orugio mirando el techo de la habitación abrió la boca, dejando, por fin, escapar sus preocupaciones.

–Todo sería mejor si yo no hubiera nacido –dijo, tan bajo que parecía un susurro.

–No digas eso.

–Pero es cierto.

–No –Qifrey acercó su mano, dedos fríos y suaves presionando sobre la piel de su mentón haciendo que Orugio lo mire a la cara.–. Las cosas no habrían sido mejores. Y si lo hubiesen sido no importa, siempre va a haber alguien agradecido de que estés acá.

La luz escasa que llegaba a las profundidades y se colaba por la ventana de la habitación tiznaba todo de un color azulado, el silencio lo consumía por dentro, la cama se sentía fría y ajena; después de dar vueltas entre recuerdos, finalmente pudo dormir.


Después de horas practicando hechizos las cuatro aprendices habían decidido jugar a las cartas a la luz de la chimenea. Qifrey lavaba los platos que habían usado para la cena, el agua fría entumecía sus manos, pero se distraía con las conversaciones que mantenían las chicas. Después de seis partidas, Coco, que recién aprendía como jugar, seguía haciendo las mismas preguntas con las que había empezado y Agete las seguía contestando sin perder la compostura. Riche llevaba cuatro victorias, y las otras dos pertenecían a Agete y Tetia respectivamente.

Riche golpeó la mesa con fuerza, la última carta que le quedaba ahora expuesta en el centro.

–¡Gané! ¡Soy Richespectacular!

–Voy a empezar a pensar que te estás guardando cartas abajo de la mesa –dijo Agete, con un suspiro, mirando la única carta que le quedaba–. Coco, ¿Querés que te explique el juego otra vez?

–No, gracias. Creo que voy a dejar de jugar por hoy.

–Por lo menos sos mejor que el profe –Tetia lo señaló con la mirada–. La vez que lo invitamos a jugar se durmió como cuatro veces. El profe Olly lo estuvo codeando toda la tarde, pero no había manera de hacer que se quede despierto.

Qifrey rió por lo bajo, secándose las manos y, antes de que empiecen a jugar otra partida, se les acercó. –Me parece que ya es hora de irse a dormir ¿No?

Las chicas replicaron decepcionadas, pero empezaron a guardar las cosas, el caos de la conversación seguía. Tras darle las buenas noches, el bullicio comenzó a alejarse al retirarse cada una a su habitación. Pronto, en la sala principal de la casa sólo quedaron el sonido de la chimenea, el viento en las afueras y el reloj que marcaba la medianoche, cada segundo sintiéndose más lento de lo normal. En la mesada, una olla todavía contenía la última porción de sopa.

Qifrey exhaló todo el aire de sus pulmones tratando de dispersar la tensión que se había acumulado en su cuerpo durante el día, y se sentó en el sillón a leer junto al fuego. Releía el mismo párrafo, dirigía su mirada al reloj y volvía a exhalar. Una y otra vez, hasta que, por fin, se escuchó el traqueteo de la cerradura en la puerta, seguido por la entrada de Orugio, oscurecido por las sombras de la noche.

–Estás despierto –dijo mientras cerraba la puerta y se acercaba a la chimenea a agregarle más leña al fuego. Su mochila abandonada en la alfombra.

–Es tarde.

–Me pidieron ayuda en el camino.

Encorvado frente a la luz cálida del hogar se le notaba la cara estirada por el cansancio y el pelo sacudido en todas direcciones. Mantenía su mirada en las llamas recién avivadas y se rascaba la barba mientras que con uno de sus pies doblaba el ritmo del reloj. Qifrey lo observaba en silencio.

–¿Podés dejar de mirarme así?

–¿Así cómo?

Orugio se volteó finalmente, mirándolo con reproche. Qifrey sonrió en respuesta.

–Te traje algo.

Se agachó para agarrar su mochila y de ella sacó con cuidado la flor y, antes de dársela, tomó asiento a su lado en el sillón. Qifrey se reincorporó dejando el libro a un lado y la tomó entre sus manos. Estaba envuelta en lienzo bordado, sus pétalos traslúcidos y brillantes al ser alumbrados por el fuego del hogar se teñían con el color de su calor. Era fría al tacto, pero suave, y emitía un aroma dulce y ácido como el de las moras que crecían en las montañas más frías.

–Son una especie originaria del norte, crecen cuando la nieve es lo suficientemente profunda para esconder su tallo por completo –mantenía la mirada fija en la flor mientras hablaba–. En el solsticio se cosechan y regalan a un ser querido. Dicen que dan prosperidad... o algo así.

–¿Fuiste al norte?

–Las vendían en el auditorio. Creo que las mantienen vivas con un hechizo escondido abajo del bordado, me parece que se va a morir cuando saques la tela. Me olvidé de preguntar si se tenían que poner en agua o no. Por las dudas no la dejes cerca del fuego. O como prefieras, no es la gran cosa. Además,

La risa suave de Qifrey lo interrumpió, Orugio levantó la vista de la flor para verlo a la cara. Una sonrisa se asomaba en sus labios y diversión bailaba en su mirada. Orugio, de repente, sintió que le había agregado demasiada leña al fuego de lo caliente que tenía la cara. Qifrey le apoyó la cabeza en el hombro, una de sus manos apretándole el brazo con cariño.

–Olly. Es preciosa. Gracias –posó los labios sobre la tela de la capa negra por un segundo y se levantó del sillón acomodándose la ropa–¿Cenaste?

Orugio estaba sumido en un trance. Agarró la mano de Qifrey, con un toque tentativo, dedos pronto entrecruzándose con los suyos, se la llevó a los labios. Ninguno de los dos se atrevía a quitarse los ojos de encima. Dejó un beso entre sus dedos, un apretón y la dejó ir.

–Estoy muerto de hambre.


Eran pocas las veces en las que compartían la cama. Qifrey disfrutaba de su privacidad, Orugio, perdido por horas en el trabajo, tendía a negarse el sueño, y si las chicas llegaban a preguntar, no podrían dar explicaciones de algo que ni ellos entendían. Pero los reencuentros eran distintos, y Qifrey había aprendido a esperarlos con el tiempo. Después de largos viajes, trepaban las escaleras, mano en mano, con la torpeza de un niño tratando de escabullirse en el medio de la noche. Y, entre susurros cómplices, se encerraban en la habitación.

Entonces Orugio tomaba un baño caliente, y apenas llegaba a ponerse ropa interior antes de colapsar boca abajo en la cama. Qifrey le masajeaba los nudos de la espalda con una mano, su toque frío dejándole la piel de gallina por donde pasaba. A cambio, Orugio escabullía una de sus manos bajo su camisa y la dejaba quieta como un ancla; y así hablaban recostados por horas hasta caer dormidos.

Y, cuando al día siguiente, se despertaba sólo en la cama, envuelto en la calidez de las sábanas. Orugio se vestía, saludaba a las chicas y ponía en marcha su siguiente encargo.