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Prólogo
Cerró los ojos, esperando que al alejar la mente de su cuerpo el dolor no le llegara. Pero lo sintió. Los colmillos se abrieron paso por su piel y tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no gritar.
Capítulo 1: Reinicio
El murmullo de la lluvia nocturna calmaba su mente. Aunque fuera de la casa hacía frío, el interior se sentía cálido. Tenían suerte de haber llegado antes de que se soltara el agua. Ya era de noche y eso en Forks se traducía en un ambiente oscuro apenas iluminado por el alumbrado público. La casa de Charlie estaba algo alejada del pueblo, casi al pie de la carretera que llevaba a La Push, rodeada en su mayoría por el bosque. Parecía el sitio ideal para desconectarse del mundo.
Beau esperaba callado en la mesa del comedor. Su padre improvisaba una cena con lo que tenía en su refrigerador. Quería sorprender a su hijo con unas hamburguesas en su sitio favorito de niño, pero el vuelo del chico había llegado demorado.
—Espero que te guste el sándwich de pavo —dijo el hombre en voz baja.
—Claro… sí —Beau aún no encontraba el tono correcto para conversar con su padre.
Observó el platillo que Charlie había colocado frente a él. En realidad no tenía hambre. Las palmas de sus manos sudaban frío y en su estómago sentía un vacío que se retorcía. Aun así tomó aquel sándwich casero y comenzó a comerlo. No estaba mal.
—¿Nervioso por mañana? —preguntó su padre al sentarse con su propio sándwich.
El bocado casi se atoraba en su garganta. Tragó con dificultad y asintió.
—Un poco… —su voz se fue perdiendo a medida que no sabía qué más decir.
Conversar con su madre no era sólo más fácil, era como comparar nadar en agua contra hacerlo en cemento espeso.
—Seguro te irá bien.
La cena continuó en silencio.
Había más cosas que Charlie quería decirle a su hijo. Quería hacerlo sentir seguro de quedarse. Sin embargo, no dijo nada.
Beau por su lado no pensaba tanto en el hombre sentado frente a él. Su mente estaba perdida en las expectativas del día de mañana. Su primer día de clases. Todo debía salir bien. Esta vez haría las cosas diferente.
Su nueva habitación era austera. Sólo había una cama y un escritorio. Charlie había comprado sábanas y edredones para su hijo, además de cortinas a juego. Esperaba que las cosas de Beau llenaran los demás espacios, pero su hijo no había llevado casi nada consigo. La mayoría de su ropa no era adecuada para el clima.
Puso su laptop en el escritorio vacío. Metió el par de maletas en el clóset. Al menos la habitación tenía potencial. Estaba seguro de que podía lograr hacerla ver más acogedora, más suya.
—Estarás sólo en este lado de la casa —comentó Charlie desde la puerta— como recordarás, la casa tiene un diseño algo peculiar. Y creo que disfrutabas mucho de la vista desde esta habitación.
—Está bien, es… adecuada —Beau sonrió un poco.
Entendía lo difícil que podía ser para Charlie recibirlo e intentaba facilitarle las cosas.
—He reparado el baño, así que ya hay agua caliente en este lado. Y no te preocupes por hacer ruido, me levanto temprano —dudó un poco—. Si necesitas algo, sólo dime.
Se marchó dejándolo solo.
Beau se dejó caer en aquella cama y miró el techo de esa nueva vieja habitación. La lluvia afuera continuaba a ritmo sereno. Cerró los ojos para perderse en aquel sonido.
Era la cuarta vez que miraba su reflejo en el pequeño espejo del escritorio. Estaba seguro de la chaqueta de mezclilla con sherpa en su interior, lo que dudaba era de llevar los dos suéteres de lana debajo. Incluso la bufanda y gorro a juego que llevaba le comenzaban a parecer excesivos.
Si sigues perdiendo el tiempo dudando, de nada habrá servido levantarse antes de tiempo, pensó irritado.
El frío matinal lo había tomado por sorpresa después de su ducha. El cielo aún se mantenía oscuro y seguramente seguiría así por un rato. Su estrategia de despertar antes de lo necesario le había dado tiempo para arreglarse con calma.
No más dudas.
Se puso el collar con un sol dorado, un regalo reciente de su madre “para recordar el calor de Phoenix”, y bajó a prisa.
La ausencia de Charlie era notoria, pero el chico descartó cualquier preocupación al respecto, probablemente estaba ocupado con algo del trabajo. Agradeció que su padre hubiese comprado los cereales que le gustaban y que aún hubiese un poco de leche en el refrigerador.
Había terminado todo y aún le quedaba tiempo de sobra. Asumió que Charlie lo llevaría a la escuela en su primer día, pero no había rastros de él en la casa.
Sólo es cosa de esperar, se aseguró a sí mismo. Seguro que su padre había tenido que atender a algo y llegaría a tiempo para llevarlo.
Luego de esperar en el sofá de la sala lo que pareció una eternidad, un sonido rompió el silencio. Un vehículo se estacionaba en su entrada. Tomó sus cosas apresurado y salió.
El aire exterior lo sorprendió como un golpe de realidad en plena cara. El frío no se parecía al de Arizona. Ese aire estaba cargado, pesado. Era como si el mismo aire tuviese una cualidad acuosa. Se abrazó en un gesto instintivo y dio unos pasos en dirección de su padre. El cielo ya no era tan oscuro, pero tampoco había suficiente luz. Los alrededores eran un muro verde de tonos profundos de vegetación. El cielo un enorme bloque gris de nubes que apenas dejaban pasar la luz.
Charlie conversaba con Billy Black mientras su hijo lo empujaba en la silla de ruedas hacia la entrada de la casa.
—Beau, ¿recuerdas a Billy y a su hijo? —lo saludó con una gran sonrisa.
Por supuesto que recordaba al mejor amigo de su padre… y a su hijo.
—La última vez que te vi eras la mitad de alto —dijo Billy.
—Un gusto volver a verlo, señor —respondió Beau estrechando su mano en un gesto que había visto hacer a su padre antes.
—¿Señor? —los ojos de Billy se agrandaron— ¿Escuchaste eso, Jacob? Podrías aprender algo de respeto de este chico.
—Sigue soñando, viejo —se rió el joven Black y miró a Beau.
Era extraño volver a ver a Jacob, notar las diferencias y aun así sentir que no habían pasado los años. El joven quileute seguía superándolo en estatura por poco tal vez y en lugar de aquella melena semi atada, llevaba un corte y estilo más desordenado.
Billy, por su parte, se veía igual que en sus recuerdos, sólo que ahora sentado en una silla de ruedas. Mantenía el cabello largo y aquel porte en su postura.
—Tanto tiempo, Jack —dijo Jacob en tono burlón al acercarse a él.
Había olvidado aquel bobo apodo alusivo a Jack Frost, por la palidez que Beau siempre había tenido.
—Es bueno verte —respondió con una inevitable sonrisa.
—¿Ya estás listo para ir a la escuela? —La pregunta de Charlie era correcta, pero la alegría contenida con la que la hacía era peculiar.
—Sí, me levanté algo antes y llevo listo un rato… —titubeó Beau tratando de sonar más seguro.
—No podré llevarte hoy —comenzó Charlie sin mirarlo— tengo pendientes que resolver…
Beau frunció el ceño sin entender qué ocurría o por qué Billy sonreía como un cómplice.
—Así que… —continuó Charlie y aventó algo en su dirección.
El lanzamiento fue algo flojo, Beau atrapó sin problemas el objeto. Eran las llaves de un auto.
Su entrecejo se marcó aún más. Sus ojos inspeccionaron la entrada. Había tres vehículos ahí. Su padre se puso junto a la camioneta verde y le dio un par de palmadas al capó.
—Es tuyo —dijo al fin con orgullo.
El rostro del chico se fue relajando y sus ojos se fueron abriendo más a medida que lo iba comprendiendo.
—¿Estás jugando? —sonrió ampliamente.
—No, ahora es tuyo.
—Te dije que le gustaría —se rió Billy.
Beau se acercó a aquel vehículo conteniéndose para no hacerlo a saltitos.
—Pero debes saber que es de uso, está algo reacondicionado y tiene ciertos detalles… —Charlie no quería que ahora se decepcionara al mirarlo de cerca.
—Me encanta —lo interrumpió Beau, incapaz de dejar de sonreír.
Y era cierto. La pintura nueva no lograba disimular un par de golpes o lo viejo de ciertas zonas. Sin embargo, para el chico eso le daba personalidad al vehículo, un alma. Lo sentía como un armatoste experimentado y aún preparado para dar batalla.
—Casi naces en él —agregó Billy riendo— se lo presté a tu padre cuando René estaba por aliviarse. Admito que tiene sus años, es más viejo que tú, pero Jacob la ha dejado trabajando excelente.
Esa nueva revelación provocó que el chico amara más ese obsequio.
—Deja que te la enseñe un poco —dijo Jacob antes de acercarse a él e instarlo a subir.
El interior, aunque reacondicionado, aún tenía ese aire de vehículo usado. Detalle que hizo sentir más cómodo a Beau.
—Estaba en buenas condiciones —reveló Jacob—. En realidad no tuve que hacer nada más que darle mantenimiento a ciertas cosas y reemplazar algunas piezas. Aunque te advierto que no se sentirá como conducir algo nuevo.
—Me gusta cómo está —le respondió feliz.
—Es una Tacoma 2001… —El tono de Jacob sonaba técnico, como el de un vendedor de autos que describe el producto, pero a medida que hablaba se llenaba de pasión por explicarlo.
En ese punto fue cuando Beau notó lo íntimo que se sentía estar juntos en ese espacio. Charlie y Billy conversaban afuera a cierta distancia del vehículo. La cabina no era pequeña, cabía al menos una persona entre ambos. Aun así, el corazón de Beau se agitó súbitamente. Atender a las indicaciones que le daba su amigo se hizo más difícil.
—... sólo déjala calentar un poco en las mañanas frías y listo —terminó Jacob.
Beau asintió.
—No parece tan complicado —comentó al tiempo que revisaba los compartimentos.
—Me alegra que estés aquí —dijo el otro evitando su mirada.
Aquellas palabras lo tomaron por sorpresa.
—También a mí. Sé que no estuve cuando…
—Hey, no te preocupes —lo interrumpió el joven Black con sus oscuros ojos fijos en él—, ahora lo estás.
—¿Quieres que te dé un aventón a la escuela? —sugirió Beau tomando el volante con el corazón galopando.
—Voy al instituto en la Reservación —le recordó Jacob.
No pudo esconder su decepción al recordarlo.
—Pero nos veremos este sábado, si es que no sales con tus nuevos amigos —Esa sonrisa radiante con su aire travieso.
—Claro, para ver el partido, ¿no?
Jacob se rió alegre.
—Sigues sin tener interés por los deportes, ¿cierto? Eres muy malo para fingirlo.
Se encogió de hombros a modo de respuesta. Su atención regresaba aquel vehículo. Su propia camioneta. Un pensamiento fugaz cruzó su mente y su expresión se tornó un poco seria.
—¿Puedo preguntarte algo y prometes ser sincero? —preguntó.
Jacob soltó aire por la nariz.
—Sé lo que te molesta —masculló— siempre has sido así con los obsequios.
Beau trató de reír para relajar la tensión. Apenas logró un resoplido.
—No es… no es eso —dijo a la defensiva—, pero seguro que no fue algo barato y… honestamente no sé cuánto tiempo vaya a estar por aquí.
—Disfrútalo —dijo su amigo poniendo una mano en su hombro—. Sí, tal vez es una especie de soborno para que te quedes más tiempo. Pero mi padre se la dejó al tuyo en un increíble precio, Charlie tendría que haber sido un tonto para no aprovecharlo. Y yo no cobré ni un centavo por ayudar en su reparación. Así que podemos decir que fue un soborno en conjunto.
El silencio se hizo presente mientras Beau trataba de asimilarlo. Le sonrió de nuevo y asintió.
—Gracias. En serio. Es bueno saberlo.
—Es bueno tenerte de vuelta, Jack.
Beau se rió mientras negaba con la cabeza suavemente. No había notado lo mucho que extrañaba ese bobo apodo.
El trayecto a su nueva escuela era silencioso. Principalmente porque la camioneta sólo podía reproducir la radio o CDs. Beau ni siquiera estaba seguro si alguna vez había utilizado un CD para escuchar música. El cielo se mantenía como un enorme amasijo de nubes grises, aunque se podía adivinar que la luz comenzaba a extenderse. El camino a la escuela en auto era breve, pero sin música para distraerse debía enfrentar los pensamientos que surgían. Por lo menos adentrarse al centro de Forks daba un panorama diferente de la excesiva vegetación. Comenzaba a sentirse un tanto claustrofóbico de estar rodeado de tantos árboles.
El frío en el estacionamiento lo volvió a golpear. Caminó apresurado, abrazándose para evitar temblar. Llegaba justo a tiempo para su cita con el consejero. Afuera de la oficina un estudiante reía con una mujer rolliza.
—Beaufort —lo saludó aquella mujer, cortando la conversación con el otro estudiante—. Perdona, Mike. Es a quien estábamos esperando. Permíteme un momento para hablar con él y ahora salimos.
Mike asintió con media sonrisa y una mirada curiosa al chico nuevo.
La oficina de la consejera era algo pequeña. Su escritorio estaba desordenado con papeles y carpetas, algunas abiertas.
—Un gusto, Beau. Soy Sandra Collins. Por favor, toma asiento.
Sandra, como consejera, le parecía peculiar al chico. Tenía el cabello algo desordenado y sujeto en un extraño peinado alto que parecía haber sido improvisado hace unos segundos. Se movía por la oficina como si no estuviera familiarizada con el pequeño espacio y buscaba con dificultad algo.
—Estoy segura de que dejé por aquí mi bolígrafo… —dijo en voz baja.
—Creo que lo tiene en su cabello —balbuceó el chico.
En efecto, era lo único que mantenía ordenado aquel caos de ondulaciones teñidas color caoba.
—Perdona, normalmente no soy este caos que ves —respondió riendo—. Mi puesto oficial está en la administración escolar. Pero Dave se jubiló antes de tiempo, nos dejó con el puesto de consejero vacío. Y blah, blah, blah.
El chico no estaba seguro de cómo responder a eso. Y tal como acostumbraba cuando eso pasaba, sonrió y asintió despacio.
—De acuerdo —murmuró la mujer mientras revisaba unos papeles— Beaufort… Swan…
—Sólo dígame Beau, por favor —la interrumpió en voz baja.
—Bien. Beau —le sonrió detrás de aquellas gafas de pasta dura— Te tengo noticias.
No sonaba a que fueran buenas.
—Aquí está tu horario de este semestre —le pasó una hoja— y cómo podrás notar hay unos… detalles.
—Aquí dice que me pusieron en una asignatura de PE, pero completé mis créditos el semestre pasado.
—Lo sé. Mira, hubo un error a la hora de comprobar lo que llevabas en tu escuela anterior y está registrado que te falta ese crédito. Traté de solucionarlo, pero no llevó a nada. Entonces, lo mejor que puedo hacer por ti es colocarte en Acondicionamiento Físico, es una asignatura ridículamente fácil, ¿de acuerdo?
El chico miró con desagrado aquel horario. Había tenido que esforzarse el semestre pasado. ¿Pero qué podía hacer ahora?
Asintió.
—Además, te he puesto en Biología AP. Es algo superior, pero en tu historial pareces tener buena afinidad con las ciencias. Sé que es algo retador, pero confía en mí, el curso es excelente y te ayudará mucho a embellecer tu expediente.
Un curso de Biología Avanzado, justo lo que necesitaba.
No, estaba bien. Eso podía ser realmente algo positivo.
—Y veo que tengo dos clases en el penúltimo periodo —dijo casi como pregunta.
—No, es sólo que no pude lograr que tuvieras mucha variedad para la electiva. Te conseguí sitio en dos asignaturas en ese horario, pero tendrás que escoger una. Psicología o Arte. Y si me permites, te aconsejaría Arte. Para darle más equilibrio a tu expediente.
Asintió de nuevo. Por lo menos no debería quebrarse la cabeza antes de la última asignatura, Biología AP.
—Genial, perfecto —dijo la mujer y se quitó el bolígrafo del cabello, dejando que este cayera como cascada por sus hombros— Ahora, sólo necesito que firmes esto y esto. Y podrás ir a tu primera clase.
Afuera de la oficina Mike se balanceaba ligeramente de un lado a otro. Al ver salir a Beau le sonrió.
—Este joven es Mike Newton, él será tu guía en tu primer día —dijo la consejera Collins sonriente—. Al finalizar las clases ven a verme y recuerda que cada profesor debe firmar el papel que te di.
Beau asintió.
—Me encanta que eres buen oyente —dijo la consejera casi como una broma y regresó a su oficina.
—Así que tú eres el chico nuevo… —comentó Mike sonriente.
—Sí, soy el nuevo —balbuceó Beau e hizo una mueca de preocupación— Olvidé preguntarle a la señorita Collins cuál es mi casillero.
—Tranquilo —se rió Mike y le enseñó un pequeño cuadro de papel que tenía en la mano—. Aquí lo tengo, junto con la combinación. Se supone que también te lo enseñe, así que vamos.
Algunas miradas curiosas se dirigían al chico nuevo mientras trataba de seguirle el paso a Mike. Su guía era más alto que él, por lo que debía acelerar su ritmo para igualar sus pasos.
—Por cierto, sólo llámala Sandra, odia que le digan señorita Collins y jamás le digas señora —Un silencio— ¿Te llamas Beowulf, no?
—Beaufort —lo corrigió—, pero sólo dime Beau, por favor.
—Demonios, esperaba que te llamaras como el sujeto de la película —se rió avergonzado—. De acuerdo, serás Bo entonces.
El chico estaba por corregirlo de nuevo cuando Mike se detuvo.
—Aquí está tu casillero —dijo señalándolo y entregándole el papel—, te recomiendo memorizar rápido la combinación. Y tomar tu libro de historia porque se nos hace tarde. Espero que no te moleste, Sandra y yo acomodamos tus cosas para agilizar el día.
Beau se sorprendió al ver sus nuevos libros y una pequeña tablet.
—¿Qué es esto? —dijo alegre.
—No te emociones tanto. Es el intento de la escuela por modernizarse. Es algo lenta, pero al menos es mejor que llevar cuadernos. Ahora, vámonos.
Apenas pudo cerrar su casillero dio un par de pasos largos para alcanzar a Mike.
—Tengo un par de clases contigo y trataré de ayudarte a encontrar los salones de las que no.
Cada vez que Mike sonreía, Beau le encontraba parecido a un golden retriever. Además, no pasaba desapercibido ese atractivo discreto que el rubio tenía.
—¿Y de dónde eres, Bo?
—Phoenix… Arizona —le costaba sacar las palabras. No, tenía que hacer un mejor intento— Es algo diferente de aquí, mucho más soleado.
—¿Prefieres los sitios nublados o eres uno de esos fanáticos locos por los romances sobrenaturales?
—En realidad vine por otras razones —dijo aprisa.
—Hey, tranquilo. Estaba jugando. La verdad es que esos libros trajeron mucho turismo, al menos es lo que dice mi padre en su tienda. Intenté leer el primero, pero no es lo mío.
—No lo sé, creo que estoy esperando la película —El absurdo chiste de Beau hizo reír a Mike.
—Buen plan —dijo agitando su dedo mientras reía— Ven, este es el salón de historia.
Afortunadamente para Beau, la profesora no lo hizo presentarse. En su lugar comenzó su lección sin dar saludos ni pasar lista. La tablet de la escuela en efecto era algo lenta, pero parecía tener integrado un programa que grababa las clases en automático. Beau se sentía en el 2050. Mike era un sujeto agradable, aunque algo parlanchín. La profesora tuvo que llamarle la atención un par de veces, pero por su expresión parecía estar acostumbrada.
—¿Y entonces por qué dejaste Arizona? —Le preguntó el rubio cuando lo acompañaba a su siguiente clase.
—Mi madre y su nuevo esposo querían hacer un viaje por el país, algo sobre vivir la experiencia de cada estado.
—¡Eso suena genial! ¿Por qué no fuiste con ellos?
No quería ser un estorbo para su madre, pero no se atrevía a revelar eso a Mike.
—Prefiero estar en un sólo lugar. Y mi padre me dio la opción de vivir con él por lo mientras.
—Tu viejo estaba muy emocionado de que vinieras —Mike sonreía al recordarlo—. Lo escuché hablarlo con mi mamá en la tienda. Nunca había escuchado al jefe de policía decir tantas palabras, sabes.
Beau se rió un poco. Se había imaginado algo así, ¿pero “emocionado”?
—Aquí dan tu siguiente clase —Mike señaló una pista para correr en el campo exterior— Es Acondicionamiento Físico, una de las fáciles. Yo la tomé el semestre pasado. El profesor sólo te pone a calentar unos minutos y luego dar vueltas al campo el resto del tiempo. Los días lluviosos los lleva a un salón y suelta alguna lección simple. Te sugiero que busques con quién conversar mientras caminas para no aburrirte o traer una buena playlist. Vengo por ti para la tercera clase, esa la tenemos juntos.
Beau asintió. Enseguida se regañó internamente. Se había prometido que se esforzaría por conectar.
—Claro, sí, genial —balbuceó.
El resto de su grupo ya estaba calentando. Algunos eran alumnos de menor grado que Beau mientras otros eran de grados superiores. Pero su atención fue a un par de estudiantes que destacaban de entre los demás. Ambos tenían el cabello oscuro casi negro. Un atractivo físico indudablemente obvio. Pero era la constitución física de cada uno lo que más llamaba su atención. Ella tenía un cuerpo estilizado y al parecer una buena elasticidad, mientras que él tenía un cuerpo atlético digno de un fanático del gimnasio. Se veían demasiado desentonados con el resto del grupo.
—Eh, chico nuevo —lo llamó el profesor— únete a tus compañeros en el calentamiento o preséntate al frente.
Beau ni siquiera dudó en integrarse.
Él quería seguir observando a aquellos estudiantes. La gimnasta y el fanático de las pesas, los había bautizado. Sin embargo entendía lo raro que sería mirarlos detenidamente, por lo que optó por hacer su calentamiento un sitio por delante de ellos para no tener la tentación de mirarlos de soslayo.
—Bien, ya saben. Vueltas al campo y etcétera —dijo el profesor alzando la voz antes de soplar el silbato.
Por unos segundos, Beau fue en la dirección contraria que los demás, tropezando con algunos compañeros.
—Caminamos hacia la izquierda —le dijo la gimnasta mientras el otro se reía indiscreto.
Esperó a que la mayoría de sus compañeros se alejaran para caminar, tratando de disimular con ello lo rojo que se había puesto. El resto de la clase se la pasó caminando y dando vueltas al comentario, tratando de identificar si había sido amable o burlón.
Mike se cruzó con él cuando se dirigía al interior del instituto. Caminar todo ese rato con el clima frío y sus inseguridades dando vueltas lo habían aturdido un poco. Tardó unos segundos en notar la presencia de la castaña junto a Mike. Especialmente porque ella sólo se limitó a mirarlo con una sonrisa y caminar junto a ellos. El rubio tampoco la presentó, estaba más ocupado en comentarle a Beau algo divertido que había ocurrido en su clase.
—Ay, por Dios. ¿Vas a la misma clase que los Cullen? —preguntó Jessica, interrumpiendo, cuando vio pasar a aquel par de estudiantes que habían llamado la atención de Beau.
—Jess —la reprendió Mike—, estoy seguro que Bo no tiene interés en esos chismes.
Y así fue como Beau perdió la oportunidad de conocer más de ellos.
—Estoy hambrienta —declaró Jessica mientras caminaban rumbo a la cafetería—, pero sigo una dieta rigurosa para el baile.
—Jess, ya te lo dije, te ves bien cómo estás —respondió Mike.
—Seré quién entreviste a los candidatos para realeza de invierno, debo verme mejor que “bien”.
—¿Tendrán su baile de invierno pronto? —preguntó Beau, más por desear participar en la conversación que por interés.
—Es este sábado —dijo el rubio.
—Y como parte del club de periodismo, tenemos deberes que hacer —agregó Jessica—, y eso incluye vernos asombrosos.
—Yo siempre me veo asombroso —dijo Mike con fingida ofensa para enseguida caminar como modelo de pasarela y entrar a la cafetería.
—Es un tonto —se rió Jessica y apresuró el paso para alcanzarlo.
—Chicos —los llamó una chica sentada en una de las mesas.
La cafetería no era particularmente grande, aunque había algunas mesas con apenas un par de estudiantes. Quién los llamaba era una chica de aire asiático, su largo cabello lacio caía detrás de su espalda gracias a una diadema algo gruesa. Mike ya se estaba sentando a su lado cuando Jessica y Beau llegaron a la mesa. Al otro lado de la chica estaba un sujeto latino de cabello semi largo en capas.
—Bo, te presento a Ángela y Eric —dijo Mike sonriente.
—Hey —saludó Eric—, eres más bajo de lo que esperaba.
La sonrisa de Beau se congeló por el desconcierto.
—No le hagas caso —le dijo Jessica al pasar a su lado para sentarse junto a Mike—. No tiene filtro ni nociones de habilidades sociales.
—Tu cara no tiene filtros —murmuró Eric.
—Mucho gusto —saludó Ángela a Beau y arrugando un poco la nariz agregó:—. ¿Te llamas Bo?
—Beau, en realidad —dijo sin mirar a Mike mientras tomaba asiento entre Jessica y Eric—, por Beaufort. Pero prefiero que me digan Beau.
—¿No sientes que tienes mucha ropa encima? —preguntó Eric mirando su gorro— Seguro te acaloraste en clase.
—Un poco —se encogió de hombros con apenas una sonrisa rígida.
Su elección para vestir había probado ser, apenas, suficiente. Entre clases temblaba por el frío húmedo en los pasillos y en los salones debía quitarse la chaqueta y la bufanda para no derretirse por la calefacción.
—Vamos por nuestro almuerzo —dijo Mike levantándose—. Tú espera aquí, Bo. Por ser tu primer día te invitaré el tuyo, pero debe ser sorpresa.
Sus palabras le parecían amables, aunque en su tono y sonrisa parecía esconder alguna broma.
—Yo me quedo con él para apartar mejor la mesa —dijo Jessica girándose para sonreírle coqueta a Mike—, de todas formas ya sabes que me gusta.
—Lo usual entonces, señorita —respondió él fingiendo ser un mesero.
—Yo traje el mío —se encogió de hombros Ángela al poner un Tupperware en la mesa.
Mike y Eric se alejaron.
—Te tengo que advertir, Beau —dijo Ángela un poco avergonzada—. Van a traerte un sándwich de relleno sorpresa. No tiene nada malo, sólo es algo extraño. Una especie de novatada.
—No tienes que comerlo realmente —agregó Jessica—, sólo muerde el pan y habrás pasado “la prueba”.
Ambas chicas se rieron a lo tontos que les parecían sus amigos. Sin embargo, eso había dejado contemplativo a Beau. ¿Era que lo estaban considerando como a uno de ellos? Se suponía que Mike fuese su guía en su primer día de clases, no tenía que fingir ser su amigo. Aunque le había parecido que el rubio sentía agrado por él, pero siendo brutalmente honesto consigo mismo, hasta ese momento Mike parecía sentir agrado por todos.
—Por cierto —Jessica se giró hacia Beau con una determinación en su mirada—, quiero todos los chismes sobre ti.
Ángela se rió ligeramente.
—¿Cómo qué? —balbuceó él.
—¿Dejaste alguna novia con el corazón roto en Phoenix? —preguntó Jessica con una sonrisa atrevida. El chisme le daba vida.
—¿Cómo sabes que soy de Phoenix?
—Jessica sabe todo de todos. Es como una Maestra de los Susurros en Forks —dijo Ángela divertida.
—No dejé ningún corazón roto —respondió Beau en voz baja y una media sonrisa.
—Auch —Jessica se llevó una mano al pecho—, eso suena a que te rompieron el corazón a ti.
—Nadie me rompió el corazón —se rió nervioso.
—¿Era sólo alguien que te gustaba? —Sus ojos se entrecerraron divisando una primicia.
—¿Qué? —otra risa nerviosa— No. Vine por una situación familiar.
—¿Y por qué estás rojo?
—No estoy…
—Debía ser una chica muy linda —Jessica no estaba dispuesta a soltarlo.
—No, yo no… —se removió en su lugar— No me gustan las chicas.
—¿En serio? —preguntó Ángela muy sorprendida.
—Espero que te gusten las sorpresas —anunció Mike cuando llegó acompañado de Eric. Cada uno llevaba dos charolas con comida en sus manos.
—¿Entonces te gustan los chicos? —preguntó Jessica sin notar la presencia de los demás, demasiado enfocada en esa nueva información.
Beau sentía que su cara le ardía, pero aun así asintió tratando de restarle importancia. Mike abrió un poco los ojos y se sentó sin decir nada.
—Si lo incluimos en el artículo podríamos darle un enfoque progresista —sugirió Eric.
—¿Artículo? —Beau sintió como si tiraran un balde de agua fría en su cabeza.
—Es costumbre hacer una pequeña mención con foto a los estudiantes nuevos —le explicó Ángela mientras abría un jugo y luego miró a Eric molesta—, pero no es algo que vayamos a poner en el tuyo… a menos que eso quieras.
—No, no quiero —respondió incómodo.
—¿Entonces quieres decir que eres…? —Jessica seguía sorprendida.
—No, Jess, le gustan los chicos de una forma muy heterosexual —dijo Eric con mucho sarcasmo, provocando que Ángela escupiera jugo por la nariz.
Mike y Eric se acercaron a ella para comprobar que estaba bien. Jessica no le dijo nada más a Beau, pero ahora lo miraba con una sonrisa extraña.
—Mantendremos tu artículo simple y sencillo —le dijo Eric con calma una vez que estuvieron seguros de que Ángela estaba bien—. Será como el resto de los que hemos puesto.
—O puedes escoger que no pongamos nada —sugirió Mike, adivinando que Beau sería más tímido de lo que pensaba—. El año pasado tanto los Cullen como los Hale optaron por esa opción.
De nuevo aquel apellido.
—¿Quiénes son los Cullen? —preguntó Beau esperando que eso quitara el foco de sí.
—Ellos son los Cullen —le dijo Jessica en voz baja mientras miraba en dirección de la entrada a la cafetería.
Por un segundo se hizo silencio en todo el lugar.
