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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-05-08
Completed:
2026-05-25
Words:
12,053
Chapters:
4/4
Comments:
3
Kudos:
18
Bookmarks:
2
Hits:
188

Una y otra vez.

Summary:

Que pasaria si Lewis y franco, estan destinados a conocerce una y otra vez. ¿Quien podria ser el primero en cortar de raiz la desdicha de sus encuentros?

Notes:

Buenassss, esta historia es un poco falopa pero me inspire en dos de mis novelas danmei favoritas: "SVSSS" y "Cómo sobrevivir como un villano" Pense que ese tipo de donamica le quedaria muy bien a esos dos ajsjhda los que las leyeron me entenderan.En fin espero que sea de su agrado.

Chapter Text

El frío fue lo primero. Un frío húmedo, cortante, que se le filtraba hasta los huesos. Luego el dolor: una punzada en la nuca, el sabor metálico en la lengua, las muñecas atadas con sogas ásperas que ardían con cada movimiento.

Franco Colapinto abrió los ojos con esfuerzo. No había luces de neón, ni olor a combustible, ni el murmullo en el garaje. Solo piedra, paja podrida y una rendija por donde se colaba una luna blanca y terrible.

—¿Qué carajo…? —murmuró, pero su voz sonó ronca, más grave de lo que recordaba.

Intentó mover las manos y chocó con grilletes. Grilletes de verdad. Hierro. Óxido. Su corazón se disparó. Lo último que recordaba era el GP, el motor rugiendo, la curva 11 mal tomada después de un toque con Lewis… un muro… y después nada.

Se miró las manos. No eran las suyas., dedos largos, una cicatriz en el pulgar derecho que él nunca había tenido. Y la ropa… un terciopelo caro sucio y desgarrado, con bordados que alguna vez debieron ser dorados. Unas botas de cuero gastadas.

—que…

Un eco de pasos lo sobresaltó. Una figura apareció en el umbral de la celda, alta, envuelta en una capa negra bordada en plata. La luz de una antorcha bailó sobre su rostro, y Franco sintió que el aire le comprimía los pulmones.

Lewis Hamilton. Pero no el Lewis de las sonrisas cálidas y los mensajes de apoyo. Este Lewis tenía el pelo recogido en trenzas militares y muy largas, el rostro marcado por una cicatriz que le subía desde el labio hasta la mejilla, y una corona de oro blanco que no era adorno sino más bien parecía un arma afilada.

— El gran príncipe del norte —dijo—. O debería decir: mi nuevo prisionero.

Franco tragó saliva. La última vez que había visto a Lewis en la vida real fue en la pista y horas antes, abrazándolo. Se habían reído, habían hablado de ritmo de carrera, de neumáticos. Ese Lewis usaba lentes de sol diseñador y zapatillas caras.

Este Lewis acababa de incendiar su reino, al parecer.

—¿Dónde… dónde estoy? —atinó a preguntar, y le sorprendió el temblor en su propia voz.

El emperador del sur supuso franco, dio un paso adelante. En la penumbra de la mazmorra, sus ojos parecían dos pozos sin fondo.

—En mi fortaleza. En el sur. Tu ejército fue masacrado, tus aliados huyeron, y tu padre muerto en su trono derrumbado. El norte ya no existe, Francis. Ahora todo es mío.

Francis. Dijo su nombre como si lo saboreara. Como si fuera un trofeo. Franco definitivamente estaba delirando o algo por el estilo, como era posible sino ,semejante escena, él no se llamaba francis, nunca nadie lo había llamado así.Ni por error.

Franco cerró los ojos fuerte. Despertá. Despertá. Esto es una pesadilla por el golpe. Pero cuando los volvió a abrir, el otro seguía ahí, inmóvil, esperando.

—¿Me vas a matar? —preguntó, más calmado de lo que se sentía.

Lewis, ese Lewis inclinó la cabeza, como si la pregunta lo divirtiera.

—Todavía no. Sos más útil vivo. Tu pueblo te ama, ¿no es cierto? Un príncipe bondadoso, el último destello del norte. Si te clavo en una jaula en la plaza central… tal vez ellos entiendan que no queda nada que luchar.

Franco sintió un escalofrío que no era solo del frío. Porque detrás de esa crueldad calculada, había algo más. En la forma en que aquel emperador lo miraba. No era odio. Era… reconocimiento. Como si supiera algo que Franco ignoraba.

Pero antes de que Franco pudiera decir más, el otro dio media vuelta y se marchó, dejando la celda a oscuras. Solo el eco de sus botas y una orden final flotando en el aire como una sentencia:

—Cuídenlo bien. Si intenta huir, cortenle los pies. Aún quiero verlo vivir lo suficiente para aprender a odiarme.

 Franco, atado, sucio y aterrado, con el corazón a punto de explotar, se preguntó si acaso había despertado en una pesadilla… o en una historia que ya estaba escrita.

Pero esta vez, los dos protagonistas no eran rivales en la pista.Era algo mucho más antiguo. Y mucho más peligroso.

 

Los primeros días Franco no hablaba, la esperanza de volver estaba casi enterrada, no sabia como pero ahora estaba en aquella situacion . Cada vez que abría la boca sentía que iba a decir algo que delataría que no era quien decían que era. Que no era el príncipe del norte. Que no sabía empuñar una espada, que jamás había sido príncipe de nada , que su mayor hazaña de guerra era haber sobrevivido a una salida de pista en Monza.

Así que se quedó callado. Y en silencio, pensaba, al menos lo mantenía con vida.Pero el silencio también era una jaula.

Lewis ordenó que lo sacaran de la celda al tercer día. No para ejecutarlo, como Franco temió al sentir los hierros fríos alrededor de sus muñecas, sino para "ponerlo a trabajar como lo que ahora es: un sirviente del sur".

—El norte nos debe décadas de saqueos —dijo desde su trono, sin mirarlo siquiera—. Que su príncipe pague con sus manos.

Y así fue como Franco Colapinto, piloto de Fórmula 1, héroe en su país y pesadilla de los rivales, terminó limpiando estiércol de caballo en las caballerizas del sur.

 

Las tareas eran deliberadamente humillantes. Eso lo entendió rápido.

Le hicieron fregar los suelos de piedra con un cepillo. Le hicieron cargar sacos de avena hasta que sus hombro, los hombros del príncipe del norte, aún fuertes pero inexpertos en ese oficio ardieron como si le hubieran prendido fuego. Le hicieron dormir en un rincón del establo, sobre paja sucia, sin manta.Pero lo que debía ser castigo se convirtió, para Franco, en algo extrañamente liviano.

Porque él no era el príncipe.El verdadero Franco Colapinto había crecido en un taller mecánico y en el campo con olor a grasa y neumáticos viejos. Había pasado horas limpiando piezas, barriendo el piso, aprendiendo que no hay tarea indigna cuando te gusta lo que haces. Y aunque los caballos desconfiaban de él al principio descubrió que los animales respondían al ritmo de su voz, a la calma que él mismo no sentía.

—Tranquilo —murmuró el primer día, acercándose a un corcel negro que resoplaba desconfiado. Sin pensarlo, usó el mismo tono suave . El caballo bajó la cabeza. Franco casi sonríe.

Los peones lo miraban al principio con desprecio.Para ellos, Franco era el símbolo de un imperio que los había humillado durante generaciones, el heredero de los asesinos de sus padres. Algunos escupían cerca suyo cuando pasaban. Nadie le dirigía la palabra.

Pero Franco no era rencoroso. O mejor dicho: su rencor no funcionaba así. En la pista, el rencor se convertía en adelantamientos. Fuera de ella, solo le quedaba la necesidad de demostrar que no era una amenaza.Y lo hacía sin darse cuenta.

—¿Ese caballo cojea? —dijo, señalando a uno viejo que nadie había notado—. La pata derecha delantera, fíjense. Apoya mal.

Un peón canoso, el más viejo del establo, lo miró con desconfianza. Luego se agachó, examinó la pezuña, y encontró un clavo incrustado.

—Cómo sabías —preguntó.

Franco encogió los hombros.

—Me pasaba con mi aut…. Digo, con mi montura. Siempre revisaba las rued.. heee quiero decir las patas

El peón frunció el ceño, pero no dijo nada más. Al día siguiente, dejó un pedazo de pan extra cerca del rincón donde Franco dormía.

La semana siguiente, Franco ya conocía los nombres de todos los trabajadores de la cuadra.

Estaba Marcos, el más joven, que le contó su sueño de ser escudero Elías, era silencioso, siempre compartía su cantimplora. Estaba Iris, la pequeña hija de unos de los cocineros, que se colaba en los establos para ver a los caballos y a quien Franco enseñó a montar.

—¿Es genial ser un príncipe? —preguntó la niña, seria.

—No —respondió Franco, riendo por primera vez en días

Los peones comenzaron a buscarlo para conversar. Para escuchar sus historias, que él disfrazaba con cuidado para no delatar su identidad y Franco, sin proponérselo, ya les caía bien.Les caía bien porque preguntaba cómo estaban. Porque se sentaba en el suelo a su altura. Porque cuando Iris lloró porque se le perdió su muñeca de trapo, Franco pasó dos horas buscándola entre la paja hasta encontrarla.

—No eres lo que esperaba —le dijo Marcos una tarde, mientras limpiaban juntos los pesebres.

—¿Qué esperabas? —preguntó Franco, sin levantar la vista.

— Que nos mirara como animales.

Franco se detuvo un momento. Pensó en su propia vida, en su propia gente, en el afecto sincero que sentía por sus seguidores, por sus mecánicos, por los rivales a los que abrazaba después de cada batalla en la pista.

—Los príncipes que hacen eso —dijo al final— son los que pierden el cariño de su gente. Y sin ese cariño, no hay poder que valga. A largo plazo la gente se cansa y ese es el fin.

Marcos sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero franco la notó y se alegró un poco.

Lo que el no sabía era que todo esto llegaba a oídos del emperador.Lewis Hamilton tenía espías hasta en la paja del establo.

Escuchaba los informes cada noche, mientras tomaba vino frente al fuego de su habitación. El príncipe del norte no ha intentado huir. Ayudó a curar una pata infectada. Los peones ríen con él.

Lewis apretaba la copa con demasiada fuerza.

—¿Acaso se cree que está de vacaciones? —murmuró una noche a su general de mayor confianza.

Recordaba la mirada de Franco en la celda. Ese destello extraño.Y algo se retorcía en su pecho. Algo que no era odio. Algo que no podía nombrar.

—Tráiganlo al salón principal mañana —ordenó al fin—. Quiero verlo de rodillas.

Pero esa noche, antes de dormir, Lewis soñó con un mundo extraño. Un mundo con ruidos metálicos, de humo y velocidad, y un joven de sonrisa fácil que lo abrazaba.Despertó sudando, la mano en el pecho, y no supo por qué.

El salón principal del emperador era una catedral de piedras frias.Franco fue empujado hasta el centro, de rodillas antes de que pudiera procesarlo. El frío del mármol le atravesó los huesos. A su alrededor, antorchas parpadeaban como ojos amarillos en la penumbra. Y al fondo, en un trono de obsidiana pulida, Lewis Hamilton lo esperaba en silencio.Llevaba puesto un jubón negro, sin adornos.

—Déjenos solos —ordenó, y los guardias se retiraron con pasos militares.

El eco de la puerta al cerrarse fue como un latigazo.Franco no levantó la vista. No por sumisión, sino porque no confiaba en su cara. Sentía que si miraba a ese Lewis que era tan igual y tan distinto no podría controlar su expresión .

—Mírame —dijo el emperador.

Franco obedeció despacio. Y entonces pasó.

Lewis no parecía enfurecido. No parecía triunfante. Parecía… cansado. Como si hubiera cargado algo muy pesado durante mucho tiempo, y recién ahora se permitiera sentirlo.

—Sabes —dijo Lewis, bajando del trono con pasos felinos—, cuando te traje prisionero, pensé que sería fácil odiarte. El hijo del hombre que asesinó a mi madre. El heredero del imperio que nos robó décadas de paz. Debía colgar tu cabeza en la puerta de la ciudad y terminar con esto.

Se detuvo a tres pasos de Franco. Lo suficiente para que la distancia sea casi dolorosa para los dos.

—Pero no puedo.

Franco parpadeó. Esa no era una frase que esperara oír.

—¿Por qué? —preguntó, y su voz salió más firme de lo que se sentía.

Lewis sostuvo su mirada. Por un instante, algo viejo y roto brilló en sus ojos.

—Porque una vez, cuando éramos niños, me perdonaste la vida.

El silencio se hizo denso como plomo.

—No sé de qué hablás —respondió Franco, honesto, pero con el corazón acelerado—. Yo no… yo no recuerdo nada de eso.

—Podría ejecutarte —dijo Lewis al fin recuperando la compostura, con una frialdad quirúrgica—. Tu padre mató a mi madre. Tu imperio saqueó el sur durante generaciones. La ley de la guerra dice que tu cabeza debería estar en una pica en la puerta de la ciudad.

Franco tragó saliva. No dijo nada. No había nada que decir.

—Pero no lo haré —continuó Lewis, deteniéndose a un par de pasos—. Esta vez te perdono la vida. Por viejo que sea el recuerdo.

La frase se quedó flotando en el aire. Por viejo que sea el recuerdo. Franco no entendió a qué se refería, pero algo en el tono de Lewis ,una pequeña grieta en el hielo,le dijo que no debía preguntar.

—No serás ejecutado —concluyó el emperador, girando la espalda—. Pero tampoco serás tratado como un huésped. Volverás a los establos. Harás las mismas tareas que has estado haciendo. Limpiarás estiércol, cepillarás caballos, dormirás sobre paja. Tal vez así aprendas lo que cuesta construir un imperio que tú y los tuyos intentaron destruir.

—¿Y después? —se atrevió a preguntar Franco.

Lewis se volvió apenas, el perfil afilado como un cuchillo.

—Después veremos si sigues siendo útil vivo.

No hubo miradas significativas ni cálidas este vez.

—Llevenselo. Y que no vuelva a pisar el ala este del castillo.

Los guardias entraron. Franco fue levantado sin delicadeza y arrastrado de vuelta al frío. Antes de cruzar la puerta, giró la cabeza un instante. Lewis seguía de espaldas, inmóvil como una estatua de acero.Pero sus manos, apoyadas sobre el respaldo del trono, temblaban apenas.Franco no lo vio. 

Lo soltaron en el establo como a un perro.Marcos lo encontró sentado en el suelo, apoyado contra el pesebre de un caballo castaño, con la ropa sucia y la mirada perdida.

— Franco —dijo el joven, arrodillándose a su lado—. ¿Qué pasó? ¿Te van a…

—No —respondió Franco, frotándose las muñecas donde los grilletes le habían dejado marcas rojas—. No me matan. Me mandaron de vuelta acá. 

—Es buena noticia —dijo Marcos—. Significa que no te ven como amenaza.

—O que no valgo ni siquiera como trofeo —murmuró Franco.

Pero se puso de pie. Sacudió la paja de sus ropas. Y agarró la pala.

 

Los días volvieron a ser como antes. Pero distintos.Y eso, de alguna manera, era peor.Porque Franco no podía dejar de darle vueltas. ¿Por qué? ¿Qué recuerdo? ¿Qué hice yo o el otro yo, el de verdad para merecer esto?

Pero no pregunto. No podía. Mostrar curiosidad era mostrar debilidad. Y Franco ya estaba harto de mostrarse débil.

—No sé qué les hiciste —le dijo una tarde el capataz del establo, un hombre enorme llamado—. Pero los caballos están más tranquilos desde que llegaste. Y los muchachos también.

Franco se encogió de hombros.

—Solo trato de ayudar.

—Eso es lo que me preocupa —respondió, arqueando una ceja—. Que ayudes sin esperar nada a cambio. Eso no es de príncipes.

—Por suerte —dijo Franco, con una sonrisa cansada— yo nunca fui muy buen príncipe.

Una tarde, mientras cepillaba a un corcel negro que había aprendido a seguirle como un perro, sintió una presencia a sus espaldas.

No eran los peones. No era Marcos, que siempre anunciaba su llegada tosiendo. Era un silencio distinto.Franco giró lentamente.

Lewis estaba apoyado contra la puerta del establo, con los brazos cruzados y el rostro indescifrable. Vestía ropa sencilla, sin corona, sin capa. Por un instante, casi parecía el Lewis que Franco conocía. El de las carreras. El de las sonrisas.

—Majestad —dijo Franco, y no fue capaz de ocultar el latido extraño en su voz.

—No te molestes con las formalidades —respondió Lewis, sin moverse—. He venido a ver si mis caballos están bien atendidos.

—Lo están —respondió Franco, volviendo al cepillo con movimientos lentos y seguros—. Este es Brutus. Tenía una úlcera en la pata izquierda hace tres días. Ya está mejor.

Lewis guardó silencio un momento. Luego, en voz baja, casi para sí mismo:

—Sabes más de caballos que de guerra.

—No es difícil —dijo Franco, sin darle importancia—. Los caballos no mienten. Las personas sí.

El silencio se hizo tan denso que Franco contuvo la respiración. Se fue muy lejos. Se fue muy lejos, Colapinto.Pero Lewis no se enfureció. No ordenó que lo azotaran. Solo lo miró con esos ojos oscuros que parecían querer atravesarlo.

—Cuídalos bien —dijo al final—. Es lo único que te pido.

Y se fue. Sin más. Sin explicaciones. Sin confesar que había estado veinte años soñando con aquel niño del bosque, y que ahora ese niño estaba a tres metros de él,pero como un hombre, y que le costaba un esfuerzo enorme no tocarlo.

Franco se quedó mirando la puerta por donde Lewis había desaparecido. El cepillo todavía en la mano. El corazón en la garganta.

—¿Majestad? —preguntó Marcos, asomándose desde el otro extremo del establo—. ¿El emperador vino a revisar los caballos?

—Sí —mintió Franco—. A eso vino.

Pero mientras terminaba de cepillar a Brutus, no pudo evitar pensar que Lewis lo había mirado.Y que en esa mirada, por fría que fuera, había algo que no sabía nombrar.Algo que, en otro tiempo, en otro mundo, quizás se llamaba de otra manera. Lo que más lo inquietó fue que, en su tiempo original Lewis lo miraba de la misma manera.