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Noches al Aire

Summary:

"Buenas noches, insomnes. Buenas noches, enamorados. Buenas noches, rotos."

Aldo estudia leyes y está aburrido. Ash estudia medicina y necesita dinero. La radio universitaria los junta en un programa nocturno de literatura. El tema es libre. La química, puede que también.

Entre cartas de amor anónimas, poemas que duelen y un chat que los tiene en la mira, Aldo y Ash descubren que odiarse es más fácil que aceptar que la única persona que los desafía es la única que también podría completarlos.

—O tres programas de radio, dos tazas de café y una tensión sexual que los oyentes pueden escuchar, aunque no puedan verla.

Notes:

El aviso es el mismo de siempre, porfavor disfruta la historia y por nada del mundo compartan esto con los CC's, disfruten y sean felices 🫂🤍

Chapter 1: Noches de Insomnio

Chapter Text

La facultad de Leyes huele a papel viejo y a desinfectante de pisos.

Aldo lo sabe porque lleva tres años oliendo lo mismo. Las mismas paredes color crema. Los mismos pasillos que huelen a café recalentado y a desesperación silenciosa. Los mismos carteles de “Se buscan pasantes” clavados en los tablones de anuncios con chinchetas oxidadas.

Está sentado en una de las mesas de la cafetería —esas de plástico blanco que siempre están pegajosas, no importa cuántas veces las limpien — con los codos apoyados en la superficie y la cabeza inclinada hacia atrás. El techo es falso, de esos paneles de escayola que absorben los sonidos y los convierten en un zumbido gris. Las luces fluorescentes parpadean con un ritmo hipnótico. Podría contar los párpados hasta quedarse dormido. Quizás lo haga.

A su lado, una taza de café se enfría. La cerámica blanca tiene una mancha marrón en el borde que no es de él, pero lleva tres horas aquí y ya no le importa.

—Te ves como si te hubiera atropellado un camión — dice una voz a su derecha.

Aldo gira la cabeza sin mover el resto del cuerpo. Osvaldo está dejando una bandeja sobre la mesa. El plástico cruje bajo el peso del vaso de refresco, la bolsa de papas fritas y un sándwich envuelto en papel encerado que parece más pan que relleno. Osvaldo estudia Letras y Filosofía, y tiene la costumbre de hablar como si cada frase fuera el título de un ensayo. También tiene la costumbre de aparecer sin avisar, como si el mundo fuera su biblioteca personal.

—Me siento como si me hubiera atropellado un camión — responde Aldo, sin cambiar de posición—. Así que tiene sentido.

—¿No dormiste?

—Dormí.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

Osvaldo arquea una ceja. Tiene las cejas pobladas, como dos orugas peludas descansando sobre sus ojos oscuros. Se sienta en la silla de enfrente, y el plástico cruje otra vez. Desenvuelve el sándwich con una parsimonia que a Aldo le parece premeditada.

—Esa respuesta es de alguien que no durmió nada — dice Osvaldo, mordiendo el sándwich. Una gota de mayonesa se queda pegada en la comisura de sus labios. No la limpia.

—Esa observación es de alguien que estudia Filosofía y cree que todo es un debate — responde Aldo, cerrando los ojos. Detrás de sus párpados, las luces fluorescentes siguen parpadeando.

—No todo es un debate. Pero tú sí eres un debate caminando. —Osvaldo se inclina hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa pegajosa—. ¿Sabes lo que necesitas?

—Dormir.

—Algo que no sea dormir.

—¿Morirme?

—Un hobby.

Aldo abre un ojo. El ojo café, cansado, con esa ojera morada que lleva meses acompañándolo.

—¿Un hobby? — repite, como si la palabra estuviera en otro idioma.

—Sí. Algo que hacer que no sea estudiar el artículo 123 del Código Penal por quinta vez.

—El artículo 123 es importante.

—El artículo 123 es la razón por la que tienes ojeras de mapache.

Aldo cierra el ojo otra vez. No quiere discutir. No quiere pensar. Solo quiere quedarse aquí, en esta mesa pegajosa, con el zumbido de los fluorescentes y el eco lejano de las conversaciones de otros estudiantes que todavía tienen energía para hablar.

—Oye, Aldo — dice otra voz.

Esta viene de la izquierda. Aldo reconoce el timbre antes de abrir los ojos. Roier. Programación. El único que usa camisas de colores brillantes en una facultad donde todos visten de gris. Hoy lleva una amarilla. Duele mirarla.

Roier se sienta a su lado sin preguntar. Su silla chirría contra el suelo de baldosa, y Aldo siente cómo la vibración le sube por la columna.

—¿Ya viste esto? — pregunta Roier, deslizando un teléfono frente a su cara.

Aldo abre los ojos. La pantalla muestra un cartel. Colores oscuros. Letras blancas. Un nombre: Noches al Aire.

—¿Qué es? — pregunta, sin interés.

—La radio de la universidad busca conductores para un programa nocturno. —Roier sonríe. Tiene una sonrisa ancha, genuina, la de alguien que todavía cree que las cosas pueden salir bien—. Horario de madrugada. Tema libre. Literatura, música, lo que quieran. Dijeron que querían gente con personalidad.

—No tengo personalidad. Tengo una carrera.

—Tienes la personalidad de un perro enojado. Eso es personalidad.

Osvaldo ríe con la boca llena. Una miga de pan sale volando y cae sobre la mesa pegajosa.

—En serio, Aldo — dice Roier, guardando el teléfono en el bolsillo de su camisa amarilla—. Llevas meses diciendo que estás aburrido. Que las leyes no son lo tuyo. Que no sabes qué haces aquí. Esto es algo diferente. Algo que no sea quedarte en tu casa viendo el techo.

—No veo el techo. Leo.

—Lees lo mismo una y otra vez. Eso es peor.

Aldo se incorpora. La espalda le duele de estar encorvado. Pasa una mano por su pelo castaño, revuelto, sin lavar desde ayer. Sus dedos se enredan en los nudos.

—¿Por qué te importa? — pregunta, mirando a Roier.

Roier se encoge de hombros. El gesto es tan sincero que Aldo casi siente vergüenza de haber preguntado.

—Porque es aburrido verte aburrido. Y porque creo que se te daría bien. Hablas bien. Tienes labia. Sabes contar historias. —Roier se inclina hacia atrás, cruzando los brazos sobre su camisa amarilla—. Además, necesitas conocer gente que no sea nosotros. Nosotros ya estamos hartos de ti.

—No es cierto — dice Osvaldo, con la boca llena—. Yo todavía no me harto. Pero es cuestión de tiempo.

Aldo los mira a los dos. A Roier, con su optimismo contagioso. A Osvaldo, con sus cejas peludas y su mayonesa en la cara.

—¿Y si soy malo? — pregunta.

—Entonces dejas de hacerlo y ya — responde Roier, como si fuera lo más obvio del mundo—. No pasa nada. No es un examen. No vas a reprobar.

El café se ha enfriado del todo. Aldo toma la taza y bebe un sorbo. Está amargo. Pero no le importa.

—¿Cuándo es la entrevista? — pregunta.

Roier sonríe.

—Mañana. A las seis de la tarde. Ya te anoté.

—¿Y si no quería ir?

—Pero quieres. Solo que todavía no lo sabés.

Aldo vuelve a apoyar la cabeza en el respaldo de la silla. Las luces fluorescentes parpadean. El techo falso sigue ahí.

—Los odio — dice.

—También — responden Roier y Osvaldo al mismo tiempo.

Y Aldo, por primera vez en meses, siente algo que no es aburrimiento.

Es algo parecido a las ganas.

Más tarde, en su departamento

El departamento de Aldo es pequeño. Una habitación, una cocina minúscula, un baño donde el agua de la ducha tarda diez minutos en calentarse. Las paredes están vacías. No hay cuadros, no hay pósters, no hay nada que diga "aquí vive alguien". Solo libros. Muchos libros. Apilados en el suelo, en las repisas, en la mesa de noche. Stephen King, sobre todo. Algo de Poe. Un par de novelas de Cervantes que le regaló su abuela y que nunca terminó.

Está sentado en el borde de la cama, con los pies descalzos sobre el suelo de madera fría. La luz de la lámpara — amarilla, cálida, prestada de la casa de su madre — dibuja sombras en sus manos, en el libro que tiene abierto sobre las rodillas.

El Resplandor.

Lo ha leído tres veces. Lo está leyendo por cuarta. Pasa los dedos por las páginas, sintiendo el papel áspero, las arrugas de los bordes.

Noches al Aire.

El nombre le da vueltas en la cabeza. No sabe por qué. Es solo una radio. Es solo un programa. Son solo palabras en el aire.

Pero no puede dejar de pensar en ello.

Deja el libro sobre la mesa de noche y se levanta. Camina hacia la ventana. La ciudad está allá afuera, encendida, brillando como un campo de estrellas artificiales. Alguien, en algún lugar, está despierto. Alguien, en algún lugar, está escuchando.

Y si no hay nadie, piensa. Y si hablo y al otro lado solo hay silencio.

Pero también piensa: Y si hablo y alguien me escucha.

Vuelve a la cama. Apaga la lámpara. La oscuridad se vuelve densa, líquida, como si pudiera nadar en ella.

Cierra los ojos.

No duerme. Todavía.

Al día siguiente: La entrevista (6:00 PM

El edificio de Comunicación está al otro lado del campus. Aldo nunca ha entrado. Las paredes son de ladrillo visto, con manchas de humedad que trepan desde el suelo como dedos verdes. Huele a papel y a tinta de impresora y a algo más que no sabe identificar. El vestíbulo tiene un mural enorme de una chica gritando en un micrófono. Los colores son estridentes. A Aldo le duelen los ojos.

El estudio de radio está en el sótano.

Baja las escaleras con las manos en los bolsillos. Los pasos le resuenan en el hueco del ascensor, multiplicándose, volviéndose contra él como un eco acusador.

¿Qué hago aquí?, piensa. No sé hacer radio. No sé hablar para que me escuchen. Solo sé hablar para ganar discusiones.

Pero sigue bajando.

La puerta está entreabierta. Aldo empuja. Cruje. Del otro lado, una sala pequeña, con paredes forradas de espuma negra y un escritorio donde un chico de sonrisa ancha y ojos brillantes hojea unos papeles.

Foolish, se presenta. Tiene una energía que a Aldo le parece agotadora, pero también honesta. Como si realmente le importara. O como si fuera muy buen actor.

—Aldo, ¿verdad? — dice, sin levantar la vista.

—Sí.

—Siéntate.

Aldo se sienta en la silla de plástico que Foolish señala con un gesto de cabeza. La silla es incómoda, de esas que tienen las patas demasiado cortas o demasiado largas, nunca medidas justas.

—¿Tienes experiencia? — pregunta Foolish, mirando por fin su currículum inexistente.

—Hablo bien — responde Aldo, con la sonrisa torcida—. Y no me callo. En una radio, ¿no es eso lo que necesitan? Alguien que hable.

Foolish arquea una ceja. No es sorpresa. Es curiosidad.

—¿Por qué quieres hacer esto? — pregunta.

Aldo se queda callado un segundo. Pasa la lengua por los labios.

—Porque estoy aburrido — dice, y es honesto.

Foolish se ríe. No una risa cortés. Una risa de verdad, como si Aldo hubiera dicho algo genial sin querer.

—Me gustas — dice Foolish—. Hay otro chico. Estudia medicina. También va a conducir. Ustedes dos seran compañeros.

—¿Compañeros? — Aldo arquea una ceja—. ¿No puedo hacerlo solo?

—Podrías — responde Foolish, y algo en su sonrisa le dice a Aldo que no le está contando todo—. Pero esto va a ser mejor.

—¿Por qué?

Foolish se recuesta en la silla. Las ruedas chirrían.

—Porque la radio no se trata de una sola voz. Se trata de las que se encuentran. Las que chocan. Las que no saben que necesitan la una a la otra hasta que están al aire.

Aldo no sabe qué responder. No sabe si Foolish está hablando en serio o si está citando a alguien que leyó en internet.

—Empiezas el lunes — dice Foolish, devolviéndole su atención a los papeles—. A las diez de la noche. No llegues tarde.

—¿No vas a entrevistarme? — pregunta Aldo, confundido.

—Ya lo hice.

—¿Cuándo?

—Cuando sonreíste — responde Foolish, y no aclara si es un cumplido o una amenaza.

Aldo se va. Sube las escaleras con las manos otra vez en los bolsillos. Los pasos le resuenan. El eco le devuelve un sonido que podría ser suyo o podría ser de otra persona.

Afuera, el sol se está poniendo. La luz anaranjada tiñe el campus de oro viejo. Aldo se detiene en la puerta, mira el cielo, y por un segundo, siente algo que no es miedo.

Es anticipación.

El día del programa (9:45 PM)

La cabina está en el sótano. Huele a humedad, a cables calientes, a café recalentado. Las paredes están forradas con paneles negros de espuma que absorben el sonido, convirtiendo cada pequeño ruido en algo íntimo, como si el espacio estuviera escuchando también. Las luces rojas de los equipos parpadean en la penumbra, pequeñas pulsaciones electrónicas que marcan el ritmo de algo que aún no ha empezado.

Aldo llega primero.

Sus pasos resuenan en el pasillo vacío antes de que empuje la puerta. Adentro, el aire es más denso, más quieto. Deja caer la mochila al lado de la silla izquierda — la suya, decide — y se deja caer en ella. Las ruedas de la silla giran un poco antes de detenerse. Cruje bajo su peso. Todo cruje aquí.

Pasa una mano por el pelo. Está húmedo. Se duchó antes de venir, pero los nervios le están jugando en contra. No los admite, pero están ahí, en el latido de su corazón, en la humedad de sus palmas.

Saca un libro de la mochila. El Resplandor. Lo ha leído tres veces. Las páginas están gastadas, con anotaciones al margen que apenas recuerda haber escrito. Abre el libro, pero no lo lee. Solo pasa los dedos por el lomo, sintiendo las arrugas del papel, las marcas de los otros lectores que lo tuvieron antes que él.

La puerta se abre.

Aldo levanta la vista.

El que entra es más alto de lo que esperaba. Moreno. Pelo rizado — no domado, sino desordenado, como si se hubiera pasado la mano por la cabeza mil veces en el último minuto — que le cae sobre la frente. Lleva una sudadera gris, gastada en los codos, y una mochila negra que parece pesar más de lo que debería por la forma en que sus hombros se ajustan al dejarla caer.

Cierra la puerta con la espalda. La puerta emite un chirrido, y él gira la cabeza apenas, como si el sonido le molestara más de lo que debería. Luego se sienta en la silla de la derecha, sin saludar.

Aldo lo observa. Los dedos del otro — morenos, largos, con las uñas limpias y cortas — se posan sobre la mesa de mezclas con una precisión que a Aldo le parece casi obscena. No es torpeza. Es familiaridad. Como si hubiera estado sentado aquí toda la vida, aunque juren los cielos que es su primer día.

—¿Eres el chico de medicina? — pregunta Aldo, cruzando los brazos. La silla cruje cuando se reclina.

El otro no responde de inmediato. Sigue revisando los niveles, los botones, los deslizadores. Las luces azules y rojas se reflejan en sus dedos, en sus ojos.

—Ash — dice al fin, sin levantar la vista. Su voz es grave, pausada, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla—. ¿Tú eres el de leyes?

—Aldo. —Sonríe. La sonrisa torcida—. Encantado.

Ash no dice "igualmente". Solo asiente. Una vez. Un movimiento seco, mínimo, como si el gesto le costara energía que no está dispuesto a gastar.

Aldo arquea una ceja. El silencio se estira entre ellos como una goma que nadie quiere romper. Ash sigue moviendo los dedos sobre la mesa. No mira a Aldo. No lo saluda. No hace nada que no sea estrictamente necesario.

—¿Has hecho esto antes? — pregunta Aldo.

—No.

—Yo tampoco.

—Se nota.

Aldo se queda callado un segundo. La respuesta le llega como un golpe seco. No sabe si es un insulto o una observación. Con este tipo, supone que es las dos cosas.

—¿Cómo que se nota? — pregunta, enderezándose.

Entonces Ash lo mira.

Es la primera vez que Aldo ve sus ojos de frente. Son morados. Morados como la tinta vieja de una pluma, como el cielo antes de la tormenta.

—Hablas demasiado — dice Ash—. Los que hablan demasiado suelen estar nerviosos.

Aldo siente cómo la sangre le sube a las mejillas. No por vergüenza. Porque es verdad. Y porque este tipo lo ha visto en menos de un minuto.

—No estoy nervioso — miente.

Ash no dice nada. Solo vuelve a mirar la mesa. Pero sus dedos se detienen sobre un deslizador, y Aldo nota que la uña de su pulgar está mordida. Un pequeño detalle imperfecto en un chico que parece construido de aristas.

La puerta se abre. Foolish entra con dos cafés humeantes. Deja las tazas sobre la mesa. El vapor se eleva en espirales que se deshacen en el aire denso de la cabina.

—Aquí tienen, para que se calmen — dice, y sus ojos pasan de Aldo a Ash con una curiosidad que Aldo no sabe interpretar—. En cinco minutos empiezan. El chat ya está abierto. Hay como veinte personas esperando.

—¿Veinte? — Aldo arquea una ceja.

—Es el programa nuevo. La gente tiene curiosidad. —Foolish sonríe—. No los decepcionen.

Se va. La puerta se cierra. El chirrido se queda vibrando.

Ash toma el café. No bebe. Solo huele. El vapor le empaña el rostro por un segundo, haciendo que el brillo violeta se vuelva borroso. Luego baja la taza.

Noches al Aire #1 – El Miedo que no Nombramos

Las luces rojas de "al aire" se encienden como tres ojos que parpadean al unísono. Aldo siente cómo el aire de la cabina cambia, se vuelve más denso, más eléctrico. No es imaginación. Es presión. Es saber que hay gente al otro lado. Gente que está esperando.

Cuenta hasta tres con los dedos. Los dedos no le tiemblan. Eso es bueno.

Ash asiente. No lo mira, pero Aldo lo siente.

—Buenas noches, insomnes — dice Aldo, y su voz sale natural, como si hubiera estado esperando este momento toda la vida. Se ajusta los audífonos. Las almohadillas de espuma presionan contra sus orejas, aislando el ruido del exterior, dejando solo su voz y la de Ash—. Buenas noches, enamorados. Buenas noches, rotos. Esto es Noches al Aire.

Hace una pausa. Es corta, pero se siente larga. Sabe que los oyentes, en sus habitaciones oscuras, están esperando la siguiente palabra.

—Son las diez de la noche. La ciudad empieza a cerrar los ojos, pero ustedes no. Afuera hay catorce grados, el viento sopla del norte, y hay alerta por tormenta eléctrica. Adentro... adentro estamos nosotros.

Gira la cabeza hacia Ash. Un gesto pequeño, casi imperceptible. Ash no lo mira, pero sabe que la señal es para él.

—Sus acompañantes nocturnos: Aldo —se presenta con ese mismo tono calmado que confrontaba mucho a su actitud agresiva que solía tener cuando estaba en horario escolar, quizás en consecuencia a que todo en la facultad de leyes era una cacería donde el más débil moría.

—Y Ash —la voz del moreno es grave, pausada, y en el micrófono sonaba aún más imponente. Más íntima. Como si estuviera en la habitación con cada oyente. Aldo siente cómo la voz le vibra en los huesos.

—Ash — repite Aldo, y el nombre le sale más suave de lo que quería. Pasa la lengua por los labios. Están secos—. Esta noche hablamos de terror.

—El terror no es lo mío — dice Ash, apoyando los codos en la mesa. Los dedos se entrelazan. Las uñas, limpias y cortas, descansan sobre sus propias muñecas.

—¿Qué es lo tuyo entonces? — pregunta Aldo. Sabe la respuesta. Quiere oírla igual.

—El orden. La lógica. Las cosas que tienen explicación.

—¿Y el terror no la tiene?

—El terror es la ausencia de orden. —Ash inclina la cabeza. Sus rizos se mueven con el gesto, dejando ver la curva de su mandíbula—. Es lo que no podemos controlar. Lo que no podemos diagnosticar.

Aldo apoya los antebrazos en la mesa y se inclina hacia adelante. La silla cruje bajo su peso.

—Yo creo que el terror es otra cosa — dice, y su voz se vuelve más grave—. El terror es querer controlar algo que sabes que no vas a poder. Como todo en la vida.

Ash se reclina en la silla. Sus dedos se desenlazan y quedan apoyados en los brazos de la silla. La postura es relajada, pero Aldo nota la tensión en sus hombros.

—¿Estás citando a King en un debate sobre terror? — pregunta Ash. Una ceja se arquea—. Pensé que los de leyes eran más serios.

—Los de leyes somos serios cuando toca. Esto no toca. —Aldo se recuesta. Los dedos tamborilean sobre la mesa un par de veces—. Esto es radio. Esto es jugar.

—¿Jugar?

—Sí. Decir lo que pensamos sin que nadie nos califique. Sin que nadie nos diga "eso no va a entrar en el examen". —Aldo sonríe. La sonrisa torcida—. ¿Tú nunca juegas, Ash?

—No. —Ash desvía la mirada hacia los monitores—. Jugar es perder el tiempo.

—¿Y qué haces cuando pierdes el tiempo?

—Estudio.

—¿Estudias para no pensar?

Ash hace una pausa. Sus dedos se detienen sobre los brazos de la silla.

—Estudio para no olvidar — dice, y su voz es tan baja que Aldo tiene que contener la respiración para escucharlo.

El chat en el monitor comienza a acelerarse. Mensajes que suben y bajan como un río. Aldo no puede leerlos desde donde está, pero los ve moverse.

Aldo carraspea. Se pasa una mano por el pelo.

—Bueno — dice, y suena un poco ronco—. Vamos a lo nuestro. Esta noche leemos a dos grandes del terror. Edgar Allan Poe y Stephen King. Y ustedes, insomnes, nos van a ayudar a decidir quién asusta más.

—Spoiler — dice Ash, y hay algo nuevo en su voz. Algo que casi, casi, parece una sonrisa—. Siempre gana Poe.

—¿Por qué?

—Porque King te explica el miedo. —Ash se inclina hacia adelante. Sus dedos vuelven a la mesa—. Poe te lo deja ahí. Sin nombre. Para siempre.

Aldo lo mira. Es aquí cuando se da cuenta que su ojo izquierdo es levemente más claro que el derecho. La luz violeta se refleja en sus pómulos.

—Eso fue poético — dice Aldo, más bajo—. Para alguien que dice que el terror no es lo suyo.

—Las enfermedades no son poéticas. —Ash lo mira. Fijo—. Poe me gusta. Eso no significa que viva con miedo.

—¿Con qué vives entonces?

Ash sostiene la mirada. Aldo siente cómo el tiempo se estira.

—Con preguntas que no tienen respuesta — dice Ash—. Como todos.

La cortina musical suena. Aldo no la eligió, pero es perfecta. Oscura, hipnótica, como un susurro en la oscuridad. Las luces rojas parpadean al ritmo de la melodía.

Aldo exhala. No sabía que estaba conteniendo la respiración. 

La música baja. Ash ajusta los niveles con un movimiento de dedos tan rápido que Aldo apenas lo ve. Es como si la mano tuviera vida propia.

—Vamos a abrir el debate — dice Aldo, enderezándose en la silla. Los dedos pasan por el borde de la mesa, sintiendo el plástico frío—. Terror psicológico vs. terror sobrenatural. ¿Ustedes qué prefieren, insomnes? ¿Lo que puede pasar o lo que no debería pasar?

El chat se llena de respuestas. Aldo se inclina hacia el monitor, entrecerrando los ojos para leer los mensajes que pasan rápido. Las letras blancas sobre fondo negro.

—"El terror psicológico es peor porque te queda resonando en la cabeza" — lee en voz alta. Su dedo sigue las letras en la pantalla—. "El sobrenatural es peor porque no puedes defenderte de lo que no entiendes."

Ash inclina la cabeza. La sombra de sus pestañas se proyecta sobre sus mejillas.

—Los dos tienen razón — dice—. El miedo no es el monstruo. El miedo es no saber si el monstruo está ahí.

—¿Tú tienes miedo de algo, Ash? — pregunta Aldo. La pregunta es casual, pero hay algo en su voz que no lo es. Pasa una mano por el brazo del micrófono. El metal está frío.

—Todos tenemos miedo de algo.

—¿De qué tienes miedo tú?

El silencio se alarga. Ash mira la mesa. Sus dedos dejan de moverse.

—De no estar a la altura — dice al fin. Su voz es más grave ahora—. De que todo esto — señala los micrófonos, la cabina, la noche, el mundo afuera — no sirva para nada. De que al final, siga siendo el mismo.

—¿El mismo qué?

—El mismo que no sabe si quiere ser escuchado o quiere desaparecer.

Aldo siente cómo las palabras se le clavan en el pecho. Pasa la lengua por los labios. Saca el libro de King de la mochila. Lo abre. Las páginas están gastadas.

—Bueno — dice, y su voz es más suave ahora—. Creo que vamos bien —pasa las páginas hasta encontrar el fragmento que marcó. El papel está arrugado en esa página. Lo ha leído muchas veces.

—Ahora leemos un fragmento de El Resplandor — dice.

Respira hondo.

Lee.

La voz cambia cuando narra. Se vuelve más grave, más pausada. Sabe jugar con los silencios, con las pausas, con la forma en que las palabras se arrastran. Los pies apoyados en el suelo, firmes. Las manos sostienen el libro abierto.

—"El Overlook Hotel era un lugar así. No importaba lo rápido que caminaras, siempre sentías que algo te seguía. No importaba lo alto que gritaras, siempre había un eco que te respondía."

Baja el libro. Los dedos acarician la cubierta.

—No sé ustedes — dice, y suena cansado — pero a mí eso me da más miedo que cualquier fantasma. Saber que hay algo... y no poder nombrarlo.

Ash lo mira. Aldo siente la mirada en la nuca.

El chat no entiende lo que está pasando.

Los mensajes pasan como un río desbordado, letras blancas sobre fondo negro que se empujan unas a otras para ser leídas. Aldo no las ve. Tiene los ojos fijos en el libro abierto sobre la mesa, las páginas gastadas donde el papel se ha vuelto suave con el paso de los dedos, donde las anotaciones al margen apenas se distinguen del texto impreso.

Ash tampoco ve el chat.

Pero no porque esté leyendo.

Porque está mirando a Aldo.


Chat – Bloque de narración (1:00 AM)

Soyponka: ¿Qué está pasando? ¿Por qué están en silencio?

LectorNocturno: Aldo está leyendo. Déjenlo leer.

Kame4160: No es solo leer. Está haciendo algo.

Mahri_999: Su voz cambió. Se volvió más grave.

Cry0stability: Ash no ha dicho nada en cinco minutos. ¿Está bien?


Aldo pasa la página. El papel susurra contra la mesa, y el sonido se filtra en el micrófono, mezclándose con su respiración.

Lee.

No lee como un locutor. Le como alguien que ha estado ahí. Como alguien que ha caminado por pasillos que no terminan nunca, que ha escuchado el eco de sus propios pasos devolviéndole un sonido que no era suyo.

—"Danny no quería ir al dormitorio. Sabía que su madre estaba allí, sabía que su padre estaba allí, pero también sabía que algo más estaba allí. Algo que lo miraba desde el espejo, algo que respiraba detrás de la puerta, algo que conocía su nombre aunque nadie se lo hubiera dicho."

Hace una pausa. La pausa no es ensayada. Es real. Es el momento en que sus dedos recorren la línea siguiente, anticipando las palabras antes de que salgan de su boca.

—"El Overlook no era solo un hotel. Era una criatura. Un organismo vivo que respiraba olvido y exhalaba locura. Y Danny, con su brillo, podía sentirlo. Podía sentirlo despertándose."

El micrófono capta el crujido de la página cuando la sujeta con el pulgar. El papel vibra.

Ash, al otro lado de la mesa, tiene los brazos cruzados sobre el pecho. Su postura no ha cambiado en los últimos diez minutos. Pero sus dedos — esos dedos morenos, largos, con las uñas limpias y cortas — han dejado de tamborilear sobre la mesa. Están quietos. Completamente quietos.

Su mirada está fija en Aldo.

No en el libro. En Aldo.

En la forma en que sus cejas se fruncen cuando llega a una frase que le gusta. En la manera en que su mandíbula se tensa antes de una palabra importante. En cómo sus labios se humedecen en los silencios, como si estuviera saboreando las palabras antes de soltarlas.

El moreno no parpadea. No respira. Solo mira.


Chat – Bloque de narración (1:15 AM)

MedicinaNocturna: ¿Alguien más nota que Ash no ha dicho nada?

Yulengel_: Está escuchando. Eso es peor.

LeyendoEntreLíneas: No es solo escuchar. Es otra cosa.

Omegametalero: ¿Cómo saben? No pueden verlo.

Mahri_999: No hace falta verlo. Se siente.

Kame4160: La tensión se puede cortar. Literal.


Aldo sigue leyendo.

No sabe que Ash lo mira. No puede saberlo. El cristal de la cabina es oscuro, y los reflejos de las luces rojas distorsionan lo que hay al otro lado. Pero algo en el aire ha cambiado. Una densidad. Una presión.

Algo que no sabe nombrar.

—"Jack Torrance escribía todas las noches. Páginas y páginas de la misma frase, una y otra vez, como si su mano se hubiera olvidado de escribir otra cosa. 'Todo trabajo y ningún juego hacen de Jack un niño aburrido'. Su hijo lo veía desde la puerta. Su hijo lo escuchaba reír solo. Su hijo sabía que esa risa no era de él."

Baja el libro. Los dedos, morenos, con pequeñas cicatrices en los nudillos, descansan sobre la cubierta. La tapa gastada, las esquinas dobladas.

—Eso —dice Aldo, y su voz es más ronca ahora, como si hubiera estado corriendo —es el verdadero terror. No el monstruo. No el fantasma. El momento en que te das cuenta de que el peligro no viene de afuera. Viene de dentro. De alguien que quieres. De alguien que te quiere. De alguien que está ahí, en la habitación contigo, y no sabes si reconocerlo.

El silencio que sigue es tan denso que podría palparse.

Ash exhala.

No es un suspiro. Es una liberación. Algo que había estado conteniendo sin saberlo.

Sus dedos se mueven. Ajustan un nivel. Bajan otro. No es necesario, pero lo hace porque necesita hacer algo con las manos.

Aldo levanta la vista.

No hacia Ash. Hacia el monitor. Hacia el chat que sigue corriendo, imparable.

—Vamos con los mensajes —dice, y suena como si despertara de un sueño.


Chat – Post narración (1:30 AM)

Soyponka: ¿Qué acaba de pasar?

LectorNocturno: Arte. Eso es lo que pasó.

Cry0stability: Necesito un cigarro después de eso.

Yulengel_: ¿Ash dijo algo? No lo escuché.

MedicinaNocturna: No dijo nada. Pero no hacía falta.

Kame4160: Yo quiero que alguien me lea así.

Mahri_999: Yo quiero que alguien me mire como Ash mira a Aldo.

Omegametalero: ¿Cómo sabes que lo mira?

Mahri_999: Porque no ha hecho ningún comentario técnico en veinte minutos. Ash siempre hace comentarios técnicos.

LeyendoEntreLíneas: Atrapado.


Aldo lee los mensajes en voz alta. Comenta. Se ríe. La risa le sale más forzada de lo normal.

—Este oyente dice: “¿Ash siempre es tan callado o solo cuando Aldo lee a King?”

Ash no responde de inmediato. Sus dedos están apoyados en la mesa, quietos.

—Solo cuando lee bien — dice al fin.

El chat explota.

Aldo siente cómo las palabras le calientan el pecho. No sabe por qué. No debería importarle.

—Eso fue un cumplido —dice, y suena sorprendido.

—Fue una observación — responde Ash, con la voz plana, pero hay algo en ella que no lo es. Un hilo de algo. Calor. O quizás solo la luz roja de los equipos reflejándose en su rostro.

—Entonces te gustó —insiste Aldo.

—No dije eso.

—Pero no lo negaste.

Ash lo mira. Esa mirada morada, fija, como si estuviera leyendo algo que Aldo no puede ver.

—No voy a negar lo que es cierto — dice Ash.

El chat es un caos. Aldo no necesita leerlo para saberlo. Lo siente. Es la misma electricidad que recorre su espalda.

Pasa la página. El papel cruje.

—Bueno — dijo, aclarándose la garganta —. Sigamos. Todavía nos queda mucho King y mucho Poe.

Pero no lee de inmediato.

Mira el libro. Mira las palabras. Las ve, pero no las procesa.

Siente la mirada de Ash en la nuca.

Y no quiere que se aparte.


Chat – Bloque de narración (1:45 AM)

Mahri_999: ¿Están escuchando el silencio?

LectorNocturno: No es silencio. Es otra cosa.

Yulengel_: Es la tensión de dos personas que no saben qué hacer con lo que sienten.

MedicinaNocturna: Tranquilos, es solo un programa de terror.

Kame4160: No es solo terror. Es romance disfrazado de literatura.

Cry0stability: Alguien que los grabe.

Soyponka: Ya los estoy grabando.

LeyendoEntreLíneas: Héroe.


Aldo retoma la lectura. Su voz es más grave ahora, más pausada. Sabe que Ash lo está escuchando. Sabe que Ash lo está mirando.

No lo sabe. Pero lo siente.

—"Jack escribía y escribía. Las páginas se acumulaban en el escritorio, una sobre otra, como capas de un veneno que se filtraba lento. Afuera, la tormenta rugía. Adentro, el silencio era peor. Porque en el silencio, Danny podía escuchar los pensamientos de su padre. Podía escuchar cómo se pudrían."

Los dedos de Aldo pasan la página. El papel es tan delgado que parece transparente.

—"El Overlook quería a Danny. El Overlook quería su brillo. El Overlook quería devorarlo desde adentro, convertirlo en otra cosa, en algo que no pudiera escapar. Por eso le hablaba. Por eso le susurraba desde las paredes, desde los grindes del suelo, desde el agua estancada de las tuberías."

Baja el libro. La cubierta golpea la mesa con un golpe seco.

—"Nunca supe si Danny escapó del todo — dice Aldo, y suena cansado, como si él mismo hubiera estado corriendo por esos pasillos —. Creo que una parte de él se quedó ahí para siempre. En el Overlook. En el frío. En la oscuridad. Escuchando el eco de los pasos de su padre."

Cierra el libro. Los dedos recorren la tapa.

—Eso es el terror para mí. Eso. Saber que hay lugares donde no puedes volver porque no te dejarán ir.

El silencio se alarga.

Ash no dice nada.

Pero sus dedos se mueven. Ajustan la música. Una cortina suave, oscura, que llena la cabina como humo.

Aldo exhala. No sabía que estaba conteniendo la respiración.


Chat – Cierre del bloque (2:00 AM)

Omegametalero: Necesito un descanso.

Kame4160: Yo necesito que se besen.

Mahri_999: Ash lleva una hora sin hablar. UNA HORA.

MedicinaNocturna: Está escuchando. Es peor que hablar.

Yulengel_: ¿Creen que Aldo sabe que Ash lo mira?

LeyendoEntreLíneas: Lo sabe. No puede verlo, pero lo sabe.

Soyponka: ¿Cómo?

LeyendoEntreLíneas: Porque su voz cambió. Se volvió más íntima. Como si estuviera leyendo solo para él.

Cry0stability: Esto ya no es radio. Es otra cosa.

LectorNocturno: Es cine.


Aldo toma el café. Está frío. Lo bebe igual. Siente el líquido amargo en la garganta, en el pecho, en algún lugar que no sabía que existía.

—Vamos al próximo bloque —dijo, y suena como si hubiera tomado una decisión.

Ash asiente.

No lo mira.

Pero Aldo sabe que lo escucha.

Y por ahora, eso es suficiente.

La música baja. Los niveles se estabilizan. Ash ajusta el volumen de su micrófono con un movimiento de dedos tan preciso que parece ensayado. No lo está. Es pura memoria muscular, de esas que vienen de pasar horas solo en habitaciones oscuras, hablando para nadie.

—Ahora me toca a mí — dice.

Su voz es grave, pausada, y en el micrófono suena más cerca de lo que Aldo esperaba. Como si estuviera al lado. Como si estuviera dentro de su cabeza.

Aldo se reclina en la silla. Cruza los brazos. No sabe por qué, pero siente que necesita protegerse de algo.

El chat, que durante la lectura de Aldo había estado en ebullición, se calma de repente. No porque la gente haya dejado de escribir. Porque están esperando.

Ash lo sabe. Lo siente en la forma en que los mensajes se espacian, en cómo las palabras se vuelven más largas, más medidas.

—El oyente "LectorNocturno" pregunta — dice Ash, leyendo del monitor sin mover la cabeza, los ojos fijos en la pantalla—: "¿Por qué crees que Poe es mejor que King?"

Hace una pausa. No necesita pensar la respuesta. La ha pensado muchas veces. En duchas. En trasnoches de estudio. En los silencios entre una página y otra de un libro que no lo deja dormir.

—King escribe historias — dice Ash, y su voz se vuelve más baja, más íntima, como si estuviera contando un secreto—. Poe escribe heridas.

Sus dedos recorren la mesa, rozando los bordes de los deslizadores sin moverlos. Es un gesto nervioso, pero Ash no se pone nervioso. Es otra cosa. Es energía contenida.

—King te explica por qué tienes miedo. Te da un payaso, un coche fantasma, un hotel maldito. Te da razones. Te da un enemigo al que señalar. —Su ojo izquierdo, el más violeta, parece brillar bajo las luces rojas de la cabina. El otro, más morado, es más profundo, más oscuro—. Poe no te da nada. Te da un corazón latiendo bajo el suelo. Te da un hombre que entierra a su rival entre ladrillos. Te da la certeza de que el horror no viene de afuera. Viene de adentro. De tu propia cabeza.

Aldo arquea una ceja. No puede evitarlo. Algo en la forma en que Ash habla lo irrita. Y también lo atrae. No sabe cuál de las dos cosas es peor.

—¿Estás diciendo que King es para niños? — pregunta Aldo. Su voz tiene un filo. No es agresivo. Es defensivo. Hay una diferencia.

Ash gira la cabeza hacia él. Lo mira. Esa mirada heterocromática —un ojo violeta claro, el otro morado oscuro, como dos piedras distintas del mismo collar— se clava en Aldo como un diagnóstico.

—Digo que King te sostiene la mano — responde Ash, y su tono es plano, pero hay algo debajo. Un hilo de veneno, de esos que no matan pero arden—. Poe te suelta al vacío y espera que aprendas a volar.

—¿Y volaste? — pregunta Aldo.

—Todavía estoy cayendo.

El silencio que sigue es incómodo. No porque las palabras hayan sido duras. Porque fueron honestas.


Chat – Debate King vs. Poe (2:15 AM)

LectorNocturno: Ash me acaba de destruir.

Mahri_999: Ash nos acaba de destruir a todos.

Kame4160: ¿Y Aldo? ¿Va a responder?

Soyponka: Aldo está procesando. Se le nota en la cara. Aunque no lo veamos.

Omegametalero: "Todavía estoy cayendo" es la frase más romántica que he escuchado en este programa.

Cry0stability: No es romántica. Es triste.

Yulengel_: Las dos cosas.


Aldo se lleva una mano a la nuca. Está caliente. Los dedos presionan la piel, como si pudieran aliviar algo que no es físico.

—Entonces esta noche — dice, recuperando el control, o al menos intentándolo— vamos a ponerlos a prueba. Vamos a leer a los dos. Y ustedes, insomnes, van a decidir quién les hace más daño.

—Poe — dice Ash, sin dudar—. Siempre Poe.

—Eso no lo decides tú.

—No. Lo decide el que escucha. —Ash se inclina hacia adelante. Los codos apoyan en la mesa. Las manos se entrelazan frente a su pecho, los pulgares girando lentamente—. Pero el que escucha ya perdió la batalla antes de que empiece la guerra. Por eso está aquí. Por eso no puede dormir. Porque sabe que afuera hay algo que no puede controlar. Y Poe lo sabe también.

Aldo sostiene la mirada. Por un segundo, solo uno, la cabina se queda en blanco. Las luces rojas parpadean. El monitor parpadea. El mundo afuera deja de existir.

—Veo que te gusta provocar — dice Aldo.

—Veo que te gusta que te provoquen — responde Ash.

El chat es un incendio. Aldo no necesita leerlo para saberlo.

—Bueno — dice, aclarándose la garganta, desviando la mirada hacia el libro de Poe que está sobre la mesa—. Vamos a leer. Tú primero. Poe. Demuéstrame que no estás solo cayendo.

Ash sonríe. No es una sonrisa bonita. Es afilada. Peligrosa. La sonrisa de alguien que sabe que va a ganar.

—Con gusto — dice.

Ash toma el libro.

No es una edición moderna. Es viejo, de pasta dura, con el lomo gastado y las páginas amarillentas. Lo abre con una mano, con la misma facilidad con la que otros abren una puerta. Ya sabe qué página. Ya sabe qué palabra. Lo ha leído tantas veces que podría recitarlo de memoria.

Se acerca al micrófono.

Aldo, al otro lado de la mesa, siente cómo el aire cambia. Cómo la temperatura parece bajar un grado. Cómo la sombra de Ash se alarga en la pared, más grande, más oscura.

—Poe, El pozo y el péndulo — dice Ash, y su voz es tan baja que los oyentes tienen que subir el volumen para escucharlo.

Lee.

No lee como Aldo. No juega con las pausas, no modula la entonación, no busca la emoción fácil. Lee como quien dicta una sentencia. Grave. Plano. Inexorable.

—"Estaba muy débil para seguir esforzándome. Me envolvía una agonía aguda; una agonía mortal. Sentí que el péndulo se movía en un arco más amplio; sentí que la vibración era más intensa; sentí que el ruido que producía era mayor. ¿Dónde estaba? ¡No lo sabía! ¡No podía saberlo!"

Hace una pausa. No es dramática. Es real. Es el momento en que sus dedos pasan la página sin mirarla.

—"Pero seguía cayendo. Siempre cayendo. Hacia el abismo. Hacia el vacío. Hacia el lugar donde las paredes no sostienen."

Aldo escucha.

Escucha cada palabra. Cada pausa. Cada respiración de Ash entre frase y frase.

No puede dejar de escucharlo.

Sus dedos, sobre la mesa, se cierran alrededor del borde. La uña del pulgar presiona el plástico. No es un gesto nervioso. Es un ancla. Es la única forma de no perderse en esa voz.

—"He visto cosas que no puedo explicar. He sentido cosas que no puedo nombrar. Y sé, con una certeza que no necesita prueba, que el horror no está en la caída. Está en saber que no hay fondo."

Ash cierra el libro.

El golpe de la tapa es suave, casi inaudible, pero en el silencio de la cabina suena como un disparo.

Se reclina en la silla.

Mira a Aldo.

—Ahora tú — dice—. King. Demuéstrame que no necesito que me sostengan la mano.

Aldo siente cómo la sangre le sube a las mejillas. No es vergüenza. Es otra cosa. Es el fuego de querer ganar. De querer demostrarle algo a este tipo de ojos heterogéneos y voz de veredicto.

Toma su libro. El Resplandor. Lo abre.

—Con gusto — dice.

Y el duelo continúa.


Chat – El duelo (2:45 AM)

Mahri_999: ¿Están leyendo o están peleando?

LectorNocturno: Las dos cosas. Es hermoso.

Kame4160: Ash lo desafió. Aldo aceptó. Esto ya es personal.

Yulengel_: ¿Alguien más siente que están solos en esa cabina aunque hay dos personas?

Soyponka: No están solos. Están solos juntos. Es peor.

MedicinaNocturna: Yo quiero que alguien me lea a Poe así.

Cry0stability: Yo quiero que alguien me mire como Ash mira a Aldo.

Omegametalero: Otra vez con eso. No puedes verlo.

LeyendoEntreLíneas: No hace falta verlo. Se siente.


Aldo lee.

Su voz no es la de antes. Es más grave, más pausada. No imita a Ash, pero hay algo en ella que ha cambiado. Una tensión. Una vibración. La necesidad de demostrar algo.

—"Jack pensaba en el resplandor de Danny. No con miedo. Con codicia. Con hambre. El hotel se lo susurraba al oído mientras escribía, mientras bebía, mientras miraba a su hijo desde el otro lado de la mesa."

Pasa la página.

—"El Overlook no quería matar a Danny. Quería tenerlo. Quería que se quedara para siempre, que brillara desde dentro de sus paredes, que iluminara sus pasillos vacíos y sus habitaciones cerradas."

Ash no aparta la vista.

Sus dedos están quietos sobre la mesa. Su ojo izquierdo, el violeta claro, parece brillar bajo las luces rojas. El otro, morado oscuro, es un abismo.

—"Eso es el terror para King — dice Aldo, cerrando el libro, mirando a Ash directamente —. No el monstruo que viene de afuera. El monstruo que vive dentro de los que quieres. Dentro de ti."

El silencio se alarga.

Ash no responde de inmediato. Solo mira.

—No está mal — dice al fin. Su voz es plana, pero hay algo en ella que no lo es. Una grieta. Un hilo de humo—. Pero no es suficiente.

—¿Por qué?

—Porque King te dice que el monstruo está ahí. Poe te obliga a buscarlo tú mismo.

Aldo sonríe. La sonrisa torcida.

—Entonces esta noche te voy a obligar a buscarlo.

—Ya lo estoy haciendo — responde Ash.

Y no aclara si habla del monstruo o de otra cosa.


Chat – Post duelo (3:00 AM)

Kame4160: ¿Qué acaba de pasar?

Mahri_999: Una declaración de guerra.

LectorNocturno: Una declaración de amor.

Yulengel_: Las dos cosas.

Soyponka: Estoy sudando.

Cry0stability: Estoy sudando y no estoy en esa cabina.

MedicinaNocturna: Foolish tiene que darles un aumento.

Omegametalero: Foolish tiene que darles un beso.

LeyendoEntreLíneas: Eso es trabajo de ellos.


La música baja. Ash ajusta los niveles con una mano mientras la otra sostiene el libro de Poe, aún abierto en la página donde leyó El pozo y el péndulo. No lo cierra. Sus dedos recorren el margen, el papel áspero, las anotaciones que ha ido escribiendo en los bordes a lo largo de los años.

—Vamos cerrando — dice Aldo, y suena cansado, pero no de sueño. Cansado como si hubiera estado corriendo. O sosteniendo algo demasiado pesado—. Último bloque. Poesía.

Ash levanta la vista del libro. Lo mira.

—Poesía de terror — aclara.

—Ahora resulta que existe eso — dice Aldo, con una sonrisa torcida que no llega a sus ojos.

—Existe todo. Solo hay que saber buscarlo.

Ash pasa las páginas. No las hojea al azar. Sabe exactamente cuál busca. Llega a ella, la marca con el pulgar, y acerca el libro al micrófono.

No se presenta. No dice "esto es de tal autor". Solo lee.

Su voz es grave. Pausada. No busca impresionar. No necesita hacerlo.

—"Afuera, el viento araña las ventanas como si quisiera entrar. Como si supiera que adentro hay algo más cálido que el frío. Algo más vivo que la noche."

Hace una pausa. El silencio se llena de su respiración.

—"No abras la puerta. No mires por la mirilla. El que llama no es quien dice ser. Tiene su voz, tiene su rostro, pero los ojos... los ojos no son los mismos."

Aldo, al otro lado de la mesa, tiene los brazos cruzados sobre el pecho. No es una postura relajada. Es una defensa. Algo en la forma en que Ash lee le hace querer protegerse de algo que no sabe nombrar.

Ash continúa. Su voz se vuelve más baja, más íntima.

—"Te vi dormir. Te vi soñar. Te vi sonreír en el sueño, y supe que no era por mí. No importa. El que llama no pide permiso. El que llama entra. Siempre entra."

Pasa la página. El papel susurra.

—"Y cuando despiertes, no sabrás si lo que sientes en la nuca es mi aliento o el viento. No sabrás si la mano en tu hombro es mi mano o el miedo. No sabrás nada. Solo que ya no estás solo. Que nunca volverás a estarlo."

Cierra el libro. El golpe es suave, casi un eco.

—Eso es todo — dice Ash, y su voz recupera su tono habitual, pero hay algo que queda flotando. Algo que se quedó atrapado entre las palabras.

El silencio se alarga.

Aldo carraspea. Pasa una mano por el pelo.

—¿De quién es? — pregunta.

—No importa — responde Ash.

—Claro que importa.

—El poema es anónimo.

—Eso es mentira.

—Es verdad. Lo escribió alguien que no quiso firmar. Alguien que sabía que las palabras duelen más cuando no sabes de quién vienen.

Aldo lo mira. Ash sostiene la mirada. Sus ojos desiguales — uno violeta claro, el otro más oscuro, casi morado — brillan bajo las luces rojas de la cabina.

—Bueno — dice Aldo, desviando la vista hacia el monitor, hacia el chat que no deja de moverse—. Los oyentes tienen la palabra. ¿Quién ganó esta noche? ¿King o Poe?

El chat responde con una catarata de mensajes. Aldo lee algunos en voz alta.

—"Poe. Siempre Poe." — "King me hizo sentir algo. Poe me hizo no sentir nada. Eso es peor." — "El poema de Ash me heló la sangre." — "¿Eso era terror o era otra cosa?"

Aldo sonríe. No sabe muy bien por qué.

—Yo creo que el verdadero terror — dice, y su voz es más baja ahora, más íntima, como si estuviera hablando solo — es no saber si lo que sentimos es miedo o es otra cosa. Algo que no nos atrevemos a nombrar.

Mira a Ash.

Ash está mirando la mesa.

—Ash, ¿algo que quieras añadir?

Ash levanta la vista.

—El terror no tiene nombre — dice—. Por eso duele.

La música suena. Ash la sube. Las luces rojas parpadean.

Aldo se ajusta los audífonos por última vez.

—Y así, insomnes, llegamos al final. Esta noche hablamos de miedo. De King. De Poe. De poemas que no tienen firma. De silencios que pesan más que las palabras. —Hace una pausa. Siente la mirada de Ash en la nuca, aunque no puede verla—. Mañana hay más. Mañana seguimos. Buenas noches a los que se quedan. Y buenos días a los que ya se fueron.

Las luces rojas se apagan.

Aldo exhala. Se quita los audífonos y los deja sobre la mesa. Los dedos le tiemblan un poco.

—No sabía que leías poesía de terror — dice.

—No sabía que leías King con esa intensidad — responde Ash, guardando el libro en la mochila.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí.

—Ya lo sé.

—¿Y?

Ash se pone de pie. La silla rueda hacia atrás y choca contra la pared.

—Y no sé si quiero saberlas — dice.

—Mientes — dice Aldo—. Tus ojos dicen otra cosa.

Ash lo mira. Un segundo. Dos. El ojo violeta claro parece más brillante que el otro.

—Nos vemos mañana — dice Ash.

—Nos vemos — responde Aldo.

La puerta se cierra. Aldo se queda solo en la cabina. El olor a café frío y a cables calientes sigue en el aire.

Mira el libro de King sobre la mesa. Lo cierra. Lo guarda en la mochila.

—El terror no tiene nombre — murmura—. Por eso duele.

No sabe por qué lo repite.

Pero lo repite.


Chat – Cierre del programa (4:00 AM)

Soyponka: Este programa me cambió la vida.

LectorNocturno: El poema de Ash... ¿eso era terror o era otra cosa?

Mahri_999: Era terror. Pero también era algo más.

Kame4160: "No sabrás si la mano en tu hombro es mi mano o el miedo." Quién escribió eso.

Yulengel_: Alguien que ha estado solo.

MedicinaNocturna: Alguien que ha tenido miedo de querer.

Cry0stability: Yo solo quiero que Aldo y Ash se den un beso. Es todo.

Omegametalero: Tranquilo. Es el primer programa. Esto es slow burn.

LeyendoEntreLíneas: Slow burn de los que duelen.

Mahri_999: Los que duelen son los mejores.


Antes del aire (9:45 PM)

La puerta de la cabina se abre con un chirrido agudo que a Aldo ya le empieza a sonar a hogar. No es un sonido bonito — es áspero, metálico, como si las bisagras estuvieran oxidadas desde antes de que él naciera — pero lo reconoce. Y eso, de alguna manera, lo tranquiliza.

Entra con los hombros caídos y la mochila colgando de un brazo. La puerta se cierra detrás de él con un suspiro de aire comprimido, y él se queda un segundo en el umbral, respirando. La cabina está a oscuras, solo iluminada por las luces rojas y azules de los equipos que Ash ya encendió. El aire huele a cables calientes y a ese café amargo que Foolish les ha dejado en la mesa.

Ash está en su silla.

No lo mira. Tiene los dedos morenos apoyados sobre la mesa de mezclas, los hombros rectos, la cabeza inclinada apenas hacia la izquierda, como si estuviera escuchando algo que Aldo no puede oír. La luz azul de la pantalla le ilumina el rostro desde abajo, dibujando sombras dramáticas en sus pómulos, en su mandíbula, en el hueco de su cuello.

Aldo deja caer la mochila al suelo. El golpe es sordo, un poco más fuerte de lo que quería. Ash no reacciona.

—Llegas tarde — dice Ash, sin levantar la vista. Su voz es plana, como siempre, pero Aldo ha empezado a notar los matices. El cansancio. La costumbre. Algo que casi, casi, parece una broma.

—El programa empieza a las diez — responde Aldo, dejándose caer en su silla. La silla cruje bajo su peso, las ruedas giran un poco antes de detenerse—. Faltan quince minutos. No llego tarde.

—Llegas tarde a la preparación.

—No sabía que había preparación.

—Siempre la hay. —Ash levanta la vista entonces. Sus ojos — el izquierdo violeta claro, el derecho morado oscuro — se posan en Aldo como dos luces de diagnóstico. Se queda mirándolo un segundo. Dos—. Estás de mal humor.

—Observación aguda — responde Aldo, y su voz tiene un filo que no estaba la noche anterior. Cruza los brazos sobre el pecho. Los dedos tamborilean sobre su propio antebrazo—. ¿También lo vas a diagnosticar o solo te dedicas a molestar?

Ash no responde de inmediato. Sigue mirándolo. Su ojo izquierdo, el más claro, parece brillar bajo las luces de la cabina. El derecho es más profundo. Más oscuro.

—Tienes ojeras nuevas — dice Ash—. No las tenías ayer.

Aldo se pasa una mano por la cara. Las yemas de los dedos rozan la piel morena bajo sus ojos. Siente las bolsas, la hinchazón, esa textura áspera de no haber dormido.

—Son las mismas de siempre — dice, pero sabe que es mentira.

—No. —Ash niega con la cabeza. El gesto es mínimo, casi imperceptible—. Las de ayer eran más pequeñas. Estas son más grandes. Más moradas. —Aprieta los labios—. Estrés agudo. Falta de sueño. Probablemente un examen sorpresa.

Aldo se queda callado. La boca se le abre un poco, pero no sale ninguna palabra. Siente cómo la sangre le sube a las mejillas — no por vergüenza, sino porque este tipo lo ha vuelto a leer en menos de treinta segundos.

—Cómo... — comienza, pero no termina.

—Pones cara de examen sorpresa — dice Ash, volviendo a los niveles. Sus dedos se mueven sobre los deslizadores con una precisión que a Aldo le parece obscena. Familiar. Como si hubiera nacido con las manos pegadas a esa mesa—. Es fácil de leer. Como un libro de King.

Aldo arquea una ceja. Algo en esa comparación le molesta. O le gusta. No sabe.

—Eso fue un insulto disfrazado de cumplido — dice.

—Fue una observación — responde Ash, y esta vez, Aldo jura que hay algo en su voz. Un hilo de calor. Una chispa.

Aldo se deja caer contra el respaldo de la silla. La silla cruje como si también estuviera de mal humor. Pasa una mano por su pelo castaño, revuelto, sin lavar desde ayer. Sus dedos se enredan en los nudos, tiran un poco, y el dolor — pequeño, físico — lo ancla al presente.

—Examen de Constitucional — dice, como si las palabras le supieran a hiel—. Dos horas. Cuatro preguntas. Un artículo que no viene en la puta bibliografía.

—¿Y te fue mal? — pregunta Ash, y su voz suena genuina. No hay burla. No hay diagnóstico. Solo una pregunta.

—No sé — responde Aldo, y el cansancio se le cuela en la voz—. Me duele la cabeza. Escribí con la mano que me tiembla.

—Eso es ansiedad — dice Ash.

—Eso es odio a los profesores que creen que su materia es lo único que existe.

Ash no dice nada. Solo se inclina hacia un lado, hacia la bandeja donde Foolish dejó los cafés. Toma una de las tazas — la de la izquierda, la que tiene una pequeña mancha en el borde — y la empuja hacia Aldo. El deslizamiento es suave, controlado. La taza se detiene justo enfrente de él, sin derramar una sola gota.

El vapor se eleva en espirales que se deshacen en el aire denso de la cabina.

—Toma — dice Ash.

—No quiero — responde Aldo, pero sus dedos ya están rodeando la taza. La cerámica está caliente. Muy caliente.

—No me importa lo que quieras — dice Ash, y su voz es plana otra vez, pero Aldo nota cómo sus dedos, sobre la mesa, se detienen un segundo—. Tómalo.

Lo miran. El silencio se estira entre ellos como una goma que nadie quiere romper. Aldo siente el calor de la taza en las palmas, la humedad del vapor en la cara, el latido de su corazón en las sienes.

Baja la mirada.

Bebe.

El café está caliente, perfecto, con la cantidad justa de azúcar que le gusta.

No le pregunta a Ash cómo sabe cómo le gusta el café.

Ash no le explica.

El silencio entre ellos ahora no es incómodo. Es otra cosa. Es un espacio que se están permitiendo llenar sin palabras. Aldo siente cómo la tensión en sus hombros se disuelve un poco. Cómo la mandíbula se le desaprieta. Cómo el café caliente le baja por la garganta y le quita el frío de las manos.

—Gracias — dice, y la palabra le sale más baja de lo que quería.

Ash no responde. Solo asiente. Un movimiento seco, mínimo. Pero sus dedos, sobre la mesa, se quedan quietos un segundo más de lo necesario.

Solo un segundo.

Pero Aldo lo nota.

Mientras los niveles se estabilizan y los micrófonos se calibran, el chat hierve en el monitor. Las letras blancas sobre fondo negro pasan como un río.


Chat – Pre programa (9:58 PM – 9:59 PM)

Omegametalero: ¿Ya empezaron?

Yulengel_: Todavía no. Pero Foolish subió una historia al Instagram de la radio hace diez minutos.

Mahri_999: ¿Y?

Yulengel_: Ash llegó primero. Aldo llegó después. No se saludaron. Ash le dio café a Aldo.

Cry0stability: ¿Café?

Yulengel_: Dos tazas. Ash preparó dos tazas.

Kame4160: ESTO YA ES UNA DECLARACIÓN.

LectorNocturno: Tranquilos. Es solo café.

LeyendoEntreLíneas: No es solo café. Es café preparado para él. Con la cantidad justa de azúcar.


Noches al Aire #2 —Cartas que Nunca Envié

Las luces rojas de "al aire" se encienden.

Aldo cuenta hasta tres con los dedos. Los dedos no le tiemblan. Eso es bueno.

Ash asiente. No lo mira, pero Aldo siente el gesto. Lo siente en el aire, en la vibración de la mesa, en la forma en que su propio cuerpo se endereza.

—Buenas noches, insomnes — dice Aldo, y su voz sale natural, como si el cansancio se hubiera quedado atrás con el café. Se ajusta los audífonos. Las almohadillas de espuma presionan sus orejas, aislando el ruido del exterior—. Buenas noches, enamorados. Buenas noches, rotos. Esto es Noches al Aire.

Hace una pausa. Es corta, pero sabe a hora, a madrugada, a gente despierta en habitaciones oscuras.

—Son las diez. La ciudad está despierta, pero ustedes no. Afuera hay dieciocho grados, viento del sur, cielo despejado. —Mira el monitor, donde el clima se actualiza en una ventana pequeña. Parpadea—. Adentro, seguimos nosotros.

Gira la cabeza hacia Ash. Un gesto pequeño. Ash no lo mira, pero sabe que la señal es para él.

—Sus acompañantes nocturnos: Aldo —se presenta, y su nombre suena a otra cosa en el micrófono. Más grave. Más íntimo.

—Y Ash —completa el moreno. Su voz es grave, pausada, y en el micrófono suena como si estuviera al lado. Como si estuviera dentro de la cabeza de cada oyente.

Aldo siente cómo la voz le vibra en los huesos. Pasa la lengua por los labios. Están secos.

—Esta noche no hablamos de terror — continúa, y su voz se vuelve un poco más suave, como si estuviera contando un secreto—. Esta noche hablamos de otra cosa. Algo que, para algunos, da más miedo que cualquier fantasma.

—El amor — dice Ash, y su voz es plana, pero Aldo nota cómo sus dedos se detienen sobre la mesa. Cómo los pulgares dejan de girar. Cómo el glitch — si lo tuviera, pero no lo tiene, solo tiene esa mirada heterogénea que Aldo no puede dejar de mirar — parece intensificarse.

—El amor a la antigua — aclara Aldo, inclinándose hacia adelante. Los codos apoyan en la mesa. Las manos se entrelazan—. Cartas. Poemas. Silencios que duran semanas. El tiempo en que enamorarse era una espera.

—Ahora la espera dura lo que tarda en llegar un mensaje — dice Ash.

—¿Y si no llega?

—Entonces no había nada que esperar.

Aldo arquea una ceja. El gesto es pequeño, pero Ash lo ve. Aldo lo sabe porque la mandíbula de Ash se tensa, casi imperceptiblemente.

—¿Nunca has esperado algo que sabías que no iba a llegar? — pregunta Aldo, y su voz es más baja ahora. Más cerca.

Ash sostiene la mirada. Por un segundo, la cabina se queda en blanco. Las luces rojas parpadean. Los equipos zumban. El mundo afuera deja de existir.

—Todos hemos esperado algo que sabíamos que no iba a llegar — dice Ash, y su voz es tan baja que Aldo tiene que contener la respiración para escucharlo—. La diferencia es cuánto tiempo perdemos antes de darnos cuenta.

—¿Y tú? — pregunta Aldo—. ¿Cuánto tiempo perdiste?

Ash no responde. Solo baja la mirada hacia la mesa. Sus dedos recorren los deslizadores sin moverlos. Es un gesto nervioso. Ash no se pone nervioso. Es otra cosa.

Luego, sin decir una palabra, sube la música de cortina. Sus dedos presionan los botones con más fuerza de la necesaria.

La melodía llena la cabina. Oscura. Hipnótica.

Aldo exhala. No sabía que estaba conteniendo la respiración.

La música baja. Ash ajusta los niveles con un movimiento de dedos tan rápido que Aldo apenas lo ve. Es como si la mano tuviera vida propia.

Aldo toma el primer sobre. No es de papel. Es digital, impreso en una hoja de papel bond que Foolish les dejó sobre la mesa antes de empezar. La tinta es negra, la letra es manuscrita, una cursiva temblorosa que parece de otra época. Sus dedos recorren el borde del papel, sintiendo la textura áspera, las marcas de la impresora.

—Esta carta llegó anónima — dice Aldo, y su voz se vuelve más suave, como si estuviera abriendo algo frágil. Inclina la hoja hacia la luz de los monitores, como si eso pudiera revelar algún secreto—. Dice así:

Despliega la hoja. La sostiene con ambas manos, los pulgares presionando los bordes para que no se cierre.

"Querida: Te escribo porque no puedo escribirte a la cara. Te escribo porque el papel soporta lo que la voz no se atreve. Te quiero desde antes de saber qué era el querer. Te quiero desde que vi tus manos sobre el pupitre y supe que esas manos no soltarían las mías aunque el mundo se incendiara. No te lo digo. No te lo diré. Pero está aquí. En esta hoja. En este sobre. En el cajón de mi mesa de noche donde guardo todo lo que no me atrevo a decir."

Baja la hoja. Pasa la lengua por los labios. Están secos.

—Firmado: El que mira sin ser visto.

El silencio se alarga. Ash, al otro lado de la mesa, ha dejado de mover los dedos. Están quietos, apoyados en la mesa, como si también estuvieran escuchando. El glitch que no tiene — pero que Aldo a veces imagina en su ojo izquierdo, en ese violeta claro que parece más brillante que el otro — parece parpadear.

—¿Tú crees que esas cartas llegan a su destino? — pregunta Aldo, y su voz es más baja ahora. Sus dedos tamborilean una vez sobre la mesa, luego se detienen.

—Depende — responde Ash, con la voz grave. Se reclina en la silla. Los brazos se cruzan sobre el pecho—. El que las escribe, ¿quiere que lleguen o quiere guardarlas para siempre?

—¿Qué es peor?

—No saber.

Aldo arquea una ceja. El gesto es pequeño, pero Ash lo ve. Lo ve todo.

—¿Nunca has escrito una carta así?

Ash lo mira. Un segundo. Dos. El ojo violeta claro parece más brillante. El otro, más oscuro, parece más profundo. Sus dedos, que estaban quietos, comienzan a recorrer el borde de la mesa. Un movimiento lento, casi inconsciente.

—No soy de los que escriben cartas — dice—. Soy de los que las queman.

—¿Por qué las quemas? — Aldo se inclina hacia adelante. Los codos apoyan en la mesa. Las manos se entrelazan frente a su pecho.

—Porque si las guardo, duelen más.

Aldo sostiene la mirada. Sus dedos tamborilean sobre la mesa.

—¿Y el dolor de quemarlas?

Ash hace una pausa. Sus dedos se detienen en el borde de la mesa. La yema del pulgar presiona el plástico.

—Ese dura lo que tarda en arder el papel — dice, y su voz es más baja—. El otro dura para siempre.

El silencio que sigue es incómodo. No porque las palabras hayan sido duras. Porque fueron honestas. Aldo siente cómo se le clavan en el pecho, una por una, como pequeñas agujas.


Chat – Bloque de cartas (10:30 PM)

Omegametalero: "El que mira sin ser visto" es Aldo. O Ash. O los dos.

Yulengel_: Ash dijo que quema cartas. Eso es triste.

Mahri_999: O romántico. Todo lo que se quema es porque importa.

Cry0stability: Aldo está mirando a Ash. Se le nota en la pausa.

Kame4160: No pueden verlo.

Cry0stability: No hace falta. Se escucha.


Aldo toma el segundo sobre. El papel es más grueso, más amarillo. Parece viejo, aunque Foolish les juró que todas eran recientes. Sus dedos recorren la textura, sintiendo las fibras, las marcas del paso del tiempo.

Lee.

Su voz es más grave ahora. Más pausada.

"Querido: No sé si alguna vez leas esto. No sé si alguna vez quieras leerlo. Pero necesito escribirlo, aunque sea para guardarlo en un cajón. Me gusta cómo te enojas. Me gusta cómo frunces el ceño cuando no te entiendo. Me gusta cómo callas. Cómo guardas las palabras para ti, como si fueran monedas raras que solo gastas cuando es necesario. Me gustas. Y no sé qué hacer con eso."

Baja la hoja. La mira. Sus dedos recorren el borde.

—Firmado: La que espera.

—Las mujeres escriben mejor cartas de amor — dice Ash, y su voz es plana, pero Aldo siente que no está hablando de mujeres. Hay algo en su mandíbula que se tensa. Una línea dura que no estaba antes.

—¿Los hombres son malos escribiendo? — pregunta Aldo. Pasa una mano por el brazo del micrófono. El metal está frío.

—Los hombres no escriben. —Ash se reclina en la silla. Los brazos se cruzan sobre el pecho. Los dedos tamborilean sobre su propio antebrazo—. Los hombres se guardan las cosas. Las doblan. Las esconden. Las dejan en cajones que nadie abre.

—Entonces mueren con ellas.

—O viven con ellas. —Ash inclina la cabeza. La sombra de sus pestañas se proyecta sobre sus mejillas—. Es más pesado, pero duele menos.

Aldo deja la carta sobre la mesa. La mira. Parece más pesada de lo que debería. Sus dedos recorren el borde del papel una última vez.

—¿Tú tienes un cajón de esos?

Ash lo mira. El ojo violeta claro parece más brillante.

—No — dice—. Yo los quemo.

—Ya lo dijiste.

—Porque no te quedó claro.

El silencio que sigue es un campo de batalla. Aldo siente cómo las palabras le tocan algún lugar que no sabía que tenía. Suelta la carta. Se pasa una mano por la nuca. La piel está caliente.

—A veces — dice Aldo, y su voz es más baja, más íntima— quemar las cosas no significa que dejen de existir. Solo significa que ya no las puedes tocar.

Ash no responde. Pero sus dedos, sobre la mesa, se detienen.

La música baja. Ash ajusta los niveles. Aldo toma el siguiente sobre. Es más pequeño que los otros. De color marfil.

—Este dice — comienza Aldo, y suena ronco. Se aclara la garganta—: "Una noche sin ti es una noche sin estrellas. Y yo ya no recuerdo cómo se mira el cielo."

—Bécquer — dice Ash. No pregunta. Sabe.

—Lo sabías.

—Suena a él. Los poetas del amor a la antigua escribían como si el mundo se fuera a acabar si la carta no llegaba.

—¿Y ahora? — pregunta Aldo. Deja el sobre sobre la mesa. Pasa los dedos por el borde—. ¿Cómo escriben ahora?

—Ahora escriben como si nada importara. Como si el amor fuera un mensaje que se borra con un click.

—¿Eso es peor?

—No — dice Ash, y sus dedos recorren la mesa—. Es diferente. El amor a la antigua dolía porque la espera era larga. El amor ahora duele porque la indiferencia es instantánea.

Aldo lo mira. Ash sostiene la mirada. Sus ojos desiguales brillan bajo las luces rojas.

—¿Tú prefieres el que duele lento o el que duele rápido? — pregunta Aldo.

Ash hace una pausa.

—El que duele lento — dice—. Al menos sabes que estás vivo mientras esperas.


Chat – Bloque de cartas (11:45 PM)

Mahri_999: "El amor a la antigua dolía porque la espera era larga" ASH ESTÁ DESCRIBIENDO CÓMO QUIERE QUE LO AMEN.

Cry0stability: Aldo no ha respondido. Está mirando la mesa.

Yulengel_: Está pensando. Se le nota en la respiración.

Kame4160: Yo también quiero que alguien espere por mí.


—Hace frío — dice el chat de repente, entre los mensajes. La frase flota en el monitor, anónima y precisa.

Ash la mira. Inclina la cabeza. El ojo izquierdo, el violeta claro, parece buscar algo que no está en la pantalla.

—Los poetas escribían para combatir el frío — dice—. Escribían para que la persona amada supiera que había alguien al otro lado. Alguien que también temblaba.

—¿Qué poema te gustaría que te dedicaran? — pregunta Aldo. La pregunta es para el chat, pero sus ojos están fijos en Ash.

Ash sostiene la mirada. Sus dedos recorren la mesa.

—El que no necesita nombre — dice—. El que se escribe con una sola línea. Yo te vi antes de saber que te estaba viendo.

—Eso es bonito — dice Aldo, y suena más bajo de lo que quería.

—No es bonito — responde Ash—. Es verdad.

Aldo siente cómo las palabras se le clavan en el pecho. Mira el monitor.

—El chat dice que a ustedes les gustaría que les dedicaran a Benedetti. O a Neruda. O a Bécquer.

—Todos son buenos — dice Ash—. Pero ninguno es como que te escriban algo a ti. Algo que no esté en ningún libro.

—¿Y si te escribieran algo a ti? — pregunta Aldo. Su voz es apenas un hilo.

Ash lo mira. El ojo violeta claro parece más brillante.

—Entonces no lo leería al aire — dice—. Lo guardaría en un cajón.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que no se dicen para que las escuche todo el mundo. Hay cosas que se dicen para una sola persona.

Aldo siente cómo el corazón se le acelera. Pasa la lengua por los labios.

—¿Y esa persona sabría que es para ella?

—Si está escuchando — dice Ash—, lo sabría.

El silencio se alarga. El chat está en llamas. Aldo no lo ve. Solo ve a Ash.


Chat – Bloque de poemas (1:15 AM)

Cry0stability: "Si está escuchando, lo sabría" ASH.

Omegametalero: Aldo está en shock. No ha hablado en quince segundos.

Yulengel_: Quince segundos de silencio en la radio es una eternidad.

Mahri_999: No es silencio. Es vértigo.


—Vamos con los mensajes — dice Aldo, recuperando la voz. Suena más ronco que antes. Pasa una mano por la nuca—. El chat pregunta si alguna vez escribieron algo que nunca enviaron.

—Sí — dice Aldo—. Una carta. Cuando estaba en la prepa. Se la escribí a una chica que me gustaba. Nunca se la di.

—¿Por qué? — pregunta Ash. Sus dedos recorren la mesa. No lo mira.

—Porque tenía miedo de la respuesta.

—¿Y qué hiciste con la carta?

—La quemé — dice Aldo.

Ash lo mira. El ojo violeta claro parece más brillante.

—Mientes — dice.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el que quema una carta no la recuerda años después.

Aldo sostiene la mirada. Sus dedos tamborilean sobre la mesa.

—Todavía la tengo — dice—. En un cajón.

—¿Por qué no la quemas?

—Porque a veces necesito recordar que tuve miedo. Para no tenerlo otra vez.

Ash no dice nada. Pero sus dedos se detienen sobre la mesa.

Aldo toma el libro. No es King. No es Poe. Es otro. Lo abre.

—Esta noche leo algo — dice, y suena como si hubiera tomado una decisión—. Algo que escribí una vez.

Ash lo mira. No pregunta nada.

Aldo lee. Su voz es más baja que nunca. Más íntima.

"No sé escribir cartas de amor. No sé si esto lo es. Solo sé que cuando no estás, las páginas de los libros están en blanco. Que las palabras no significan nada. Que el silencio pesa más que el eco de mis pasos."

Baja el libro.

—Eso es todo — dice.

Ash lo mira. El ojo violeta claro parece más brillante.

—¿Eso lo escribiste ti? — pregunta.

—Sí.

—¿Para quién?

—Alguien que nunca lo leyó.

El silencio se alarga. Ash no aparta la vista.


Chat – Bloque de cartas (2:15 AM)

LectorNocturno: Aldo acaba de leer un poema. UN POEMA. No de King. Suyo.

Mahri_999: "Las páginas de los libros están en blanco" Aldo, ¿quién te hizo daño?

CorazónRoto: Ash está mirando la mesa. Pero se le nota. Se le nota.

LeyendoEntreLíneas: Se le nota todo.


La música baja. Ash ajusta los niveles con una mano, la otra ya está buscando el libro en su mochila. No es el de Poe. Es otro. Más pequeño. De tapa negra, gastada, con las esquinas dobladas y el lomo roto de tanto abrirlo.

Aldo lo mira. No puede evitarlo. Algo en la forma en que Ash toma ese libro, con los dedos morenos recorriendo la cubierta como si estuviera acariciando algo vivo, le hace poner los brazos sobre la mesa. No es una postura relajada. Es una defensa.

Ash no levanta la vista. Sabe que Aldo lo está mirando. Lo siente. Y no le importa.

—Ahora leo yo — dice, y su voz es más baja que nunca. No es la voz que usa para los debates. No es la voz que usa para el chat. Es otra. Es la voz que guarda para ciertas noches, para ciertos libros, para ciertas personas que todavía no saben que lo son.

Abre el libro. Pasa las páginas con lentitud. Los dedos se demoran en cada una, como si estuviera despidiéndose de las palabras antes de soltarlas. Aldo escucha el susurro del papel. Lo escucha todo.

—Esto es algo que escribí — dice Ash, y hace una pausa. Pasa la lengua por los labios—. Hace un tiempo. Para alguien.

Aldo siente cómo la cabina se vuelve más pequeña. Cómo el aire se vuelve más denso. Cómo la sombra de Ash se alarga en la pared, más grande, más oscura.

Ash acerca el libro al micrófono.

No mira el papel.

Mira a Aldo.

Sus ojos — el izquierdo violeta claro, el derecho morado oscuro — están fijos en él. No parpadean. Hay algo en esa mirada que no es solo lectura. Es otra cosa. Es un desafío. Es una pregunta. Es un anzuelo lanzado al agua quieta.

—Te amé como se aman las flores marchitas — dice, y su voz es grave, pausada, y cada palabra se posa en el aire como una hoja muerta.

Su mano izquierda se desliza hacia el brazo del micrófono.

No es un gesto necesario. El micrófono ya está ajustado. La altura es la correcta. No necesita tocarlo.

Pero lo toca.

Los dedos morenos, largos, acarician el metal con una lentitud que no es casual. Es deliberada. Es una caricia disfrazada de ajuste técnico. La yema del índice recorre el brazo de arriba abajo. El pulgar se apoya en la base.

Aldo ve el movimiento. Lo ve todo.

La voz de Ash continúa, imperturbable.

 

"Con la certeza de que su belleza duele,

con la urgencia de un pétalo que se arranca solo

y deja el tallo desnudo en la penumbra."

 

La mano de Ash sigue sobre el micrófono. Los dedos se mueven otra vez. Suben un poco. Bajan. Como si estuvieran acariciando algo. Alguien.

Aldo traga saliva.

No puede dejar de mirar esa mano.

 

"Fuiste jardín y fuiste tumba,

naciste en mi pecho como lirio salvaje,

pero cada beso tuyo llevaba espinas,

y cada caricia era un corte en el aire."

 

Los dedos de Ash se envuelven alrededor del brazo del micrófono. No lo aprietan. Solo lo sostienen. Como quien sostiene una mano. Como quien sostiene algo que no quiere soltar.

Aldo siente cómo el corazón le golpea las costillas. Cómo la sangre le quema las mejillas. Cómo las palabras se le atascan en la garganta.

 

"Me quedé bebiendo tu aroma fúnebre,

ese perfume de rosas cortadas,

ese canto de vida muriendo despacio,

esa plegaria hundida en la tierra mojada."

 

Ash hace una pausa.

No es una pausa dramática. Es real. Es el momento en que sus dedos recorren la línea siguiente, anticipando las palabras antes de que salgan de su boca. Pero sus dedos no se mueven. Siguen en el micrófono.

Y su mirada sigue fija en Aldo.

 

"Amarte fue clavarme tus raíces,

dejar que mis venas bebieran tu llanto,

fue convertirme en sepulcro de ti,

florecer en mi piel para luego quebrarnos."

 

La voz de Ash tiembla. No es mucho. Es apenas un hilo. Pero Aldo lo escucha. Lo escucha todo.

La mano de Ash se desliza un poco más arriba por el brazo del micrófono. Los dedos rozan el filtro antipop, la base, el metal frío que se ha calentado con el contacto.

 

"Y si en la muerte se apaga este fuego,

quiero que mi cuerpo descanse contigo,

ser abono en la tierra que guarda tus huesos,

y que broten rosas de lo que fuimos."

 

Aldo siente cómo el aire se vuelve más difícil de respirar. Cómo la cabina se vuelve más pequeña. Cómo el mundo afuera deja de existir.

Solo existe esta mano. Este micrófono. Esta mirada.

 

"Porque el amor, amor, es también un entierro,

un ramo de lirios sobre un corazón,

y aunque duela morir en tus brazos abiertos,

prefiero esa muerte a vivir sin tu voz."

 

Termina.

Cierra el libro.

El golpe de la tapa es suave, casi inaudible, pero en el silencio de la cabina suena como un disparo.

Ash no aparta la mirada de Aldo.

Su mano sigue sobre el micrófono.

No la retira.

Aldo siente cómo el corazón le golpea las costillas. Cómo la sangre le quema las mejillas. Cómo las palabras se le atascan en la garganta.

La mano de Ash se mueve. Lentamente. Los dedos se deslizan sobre el metal como si se despidieran. Uno por uno. El índice. El medio. El anular. El meñique. El pulgar, el último.

Se reclina en la silla.

No aparta la mirada.

Aldo abre la boca. No sale nada.

—Eso... — comienza, pero su voz le sale ronca, temblorosa, y se da cuenta de que está temblando. Las manos le tiemblan sobre la mesa. La voz le tiembla en el micrófono.

Ash lo nota.

Una pequeña risa — baja, apenas un exhalación, pero Ash nunca se ríe — se escapa de sus labios. No es una risa cruel. Es burlona. Es la risa de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y está disfrutando cada segundo.

Los oyentes la escuchan.

El chat la escucha.

Aldo la escucha. Y siente cómo la sangre se le sube a las mejillas, caliente, ardiente, imposible de ocultar.

Ash no dice nada. Solo lo mira. Con esa sonrisa — esa pequeña curva en la comisura de los labios que nadie puede ver, pero que Aldo jura que puede sentir.

—Eso era — dice Ash, y su voz recupera su tono habitual, pero hay algo que queda flotando. Algo que se quedó atrapado entre las palabras. Algo que se quedó en la mano que acarició el micrófono, en la mirada que no se apartó, en la risa baja que todavía resuena en los oídos de los oyentes.

Aldo traga saliva. La garganta le raspó.

No sabe qué decir.

Nunca le pasa.


Chat – Bloque de Ash (3:15 AM)

Mahri_999: Ese no era un poema. Era una declaración.

Cry0stability: No vimos nada. Pero la voz de Ash... bajó un tono entero.

Yulengel_: Aldo no ha hablado después de que Ash terminó. Lleva diez segundos en silencio.

Omegametalero: Su voz tembló. Al final. ¿Escucharon?

Kame4160: Escuché a Ash reírse. Una risa chiquita. Burlona.

LectorNocturno: ¿Por qué se rió?

LeyendoEntreLíneas: Porque vio algo que nosotros no. Porque sabe algo que nosotros no.

Mahri_999: Yo quiero que alguien me mire como Ash mira a Aldo.

Cry0stability: Otra vez con eso. No pueden verlo.

Mahri_999: Pero es gracioso como hacen que la tensión se sienta.


La música suena. Ash la baja. Sus dedos tardan un segundo más de lo necesario en encontrar el deslizador, pero no porque no sepa dónde está. Porque está mirando a Aldo.

Aldo siente la mirada. La siente en la nuca, en los hombros, en las manos que le tiemblan un poco mientras se ajusta los audífonos por última vez. Las almohadillas de espuma presionan sus orejas, pero no logran aislarlo de nada. Escucha su propia respiración, acelerada, y la de Ash, que sigue siendo tan calmada que parece una burla.

Se aclara la garganta. No sirve. La voz le va a salir ronca igual.

—Y así, insomnes — comienza, y suena exactamente como esperaba: áspera, temblorosa, como si acabara de correr una maratón. Pasa la lengua por los labios. Están secos—. Llegamos al final.

Hace una pausa. Más larga de lo normal. El silencio se estira, y Aldo siente cómo los segundos pasan uno por uno, como cuentas de un rosario que no sabe si está rezando o maldiciendo.

—Esta noche hablamos de cartas que nunca se enviaron — continúa, y su voz se vuelve más baja, más íntima, pero no porque lo haya decidido. Porque no le queda otra—. De poemas escritos en madrugadas sin sueño. De manos que se rozan sin saber si es un accidente o un destino.

Mira a Ash. Está mirando la mesa. Sus dedos, morenos y largos, descansan sobre los brazos de la silla. Quietos. Demasiado quietos. Como si estuviera esperando algo.

Aldo traga saliva. La garganta le raspó.

—Yo creo que el amor a la antigua — dice, y su voz es apenas un hilo ahora— no es solo escribir cartas. Es saber esperar. Es saber que las palabras que no se dicen pesan tanto como las que se guardan. Es saber que el café que alguien prepara para ti no es solo café

Se calla.

El silencio se alarga. Más de lo que debería. Aldo siente cómo el calor le sube por el cuello, por las mejillas, por las orejas. Sabe que Ash lo está mirando. No necesita verlo. Lo siente.

—Ash — dice, y su nombre le sale más bajo de lo que quería—. ¿Algo que quieras añadir?

Ash levanta la vista.

No responde de inmediato.

Lo mira. Sostiene la mirada. Un segundo. Dos. Tres.

Su ojo izquierdo, violeta claro, parece más brillante que el otro bajo las luces rojas de la cabina. El derecho, morado oscuro, es un abismo quieto. Aldo siente cómo la mirada se le clava en el pecho, como un dedo apuntando a algo que no quiere mostrar.

—El café no se enfrió — dice Ash, y su voz es grave, pausada. No hay temblor. No hay nervios. Solo la certeza de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo. El acento hindú apenas se nota en la forma en que alarga la última vocal, como si también él estuviera aprendiendo a hablar en este idioma que no es el suyo—. Eso es todo.

Aldo parpadea. Las palabras le llegan como un golpe seco.

—¿Eso es todo? — pregunta, y suena tan ronco que casi no se reconoce.

Ash asiente. Un movimiento seco. Pero sus labios — esos labios que Aldo no puede dejar de mirar — se curvan en una pequeña sonrisa. No es una sonrisa completa. Es apenas una curva. Pero está ahí.

—Eso es todo — repite Ash.

Y no aparta la mirada.

Aldo siente cómo la sangre le sube a las mejillas otra vez. Sabe que Ash lo ve. Sabe que Ash está disfrutando cada segundo de su nerviosismo. Y no puede hacer nada para detenerlo.

—Bueno — dice, y suena más ronco que nunca. Se aclara la garganta otra vez. No sirve—. Eso ha sido todo por esta noche.

Hace una pausa. Pasa una mano por el pelo. Los dedos le tiemblan. Espera que los oyentes no lo noten. Sabe que Ash sí.

—Mañana hay más — continúa, y su voz recupera algo de su fuerza original, pero no toda. Le falta el filo. Le falta la seguridad—. Mañana seguimos. Buenas noches a los que se quedan. Y buenos días a los que ya se fueron.

La música sube. Ash no la sube. Aldo no sabe si es porque ya está en el nivel correcto o porque Ash está distraído mirándolo.

Las luces rojas se apagan.

El silencio de la cabina se vuelve denso, líquido, como si pudiera nadar en él.

Aldo exhala. Se quita los audífonos. Los deja sobre la mesa. Los dedos le tiemblan. Los mira. Los odia.

—No sabía que escribías poesía — dice, y suena como una acusación. O como una rendición. No sabe cuál de las dos cosas es peor.

—No sabía que te ponías nervioso con un poema — responde Ash, y su voz tiene algo nuevo. Algo que no estaba antes. Un brillo. Una risa contenida.

Aldo levanta la vista.

Ash está guardando el libro en la mochila. Con calma. Con esa lentitud que parece deliberada, como si quisiera que Aldo mirara cada uno de sus movimientos. La cremallera se abre. El libro entra. La cremallera se cierra.

—No estoy nervioso — miente Aldo.

Ash lo mira.

Una ceja se arquea.

—Mientes — dice.

—Lo sé — responde Aldo, y esta vez no hay pelea en su voz. Solo cansancio. Y algo más. Algo que no sabe nombrar.

Ash se pone de pie. La silla rueda hacia atrás y choca contra la pared con un golpe sordo. Camina hacia la puerta. Sus botas apenas hacen ruido en el suelo de cemento.

En el umbral, se detiene.

—El café no se enfrió — dice, sin darse vuelta—. Estaba perfecto.

—Lo sé — responde Aldo.

—Aldo.

Aldo no esperaba que dijera su nombre. El moreno gira la cabeza. Lo mira por encima del hombro. El ojo violeta claro parece más brillante que el otro.

—Mañana — dice Ash— trae tú el café.

—¿Y si no sé cómo te gusta?

Ash sonríe. No es la sonrisa pequeña de antes. Es una sonrisa completa. La primera que Aldo le ve.

—Averígualo — dice.

Y se va.

La puerta se cierra.

El chirrido de las bisagras se queda vibrando un segundo, luego se apaga.

Aldo se queda solo en la cabina. El olor a café y a Ash sigue en el aire.

Mira la taza vacía. Está tibia.

—Averígualo — murmura, y la palabra le sabe a promesa.

Se lleva la taza a los labios. No queda nada.

Pero igual la acerca.


Chat – Cierre del programa (4:00 AM)

Mahri_999: ALDO ESTABA NERVIOSO. SE LE NOTÓ EN LA VOZ.

Cry0stability: Y Ash se rio. Otra vez. Esa risa chiquita.

Yulengel_: No es una risa mala. Es una risa de "te tengo".

Omegametalero: ¿Qué pasó al final? ¿Por qué Ash dijo lo del café?

Kame4160: Porque Aldo tomó el café que Ash preparó para él. TODO EL PROGRAMA.

LectorNocturno: Ash: "Trae tú el café". Aldo: "¿Y si no sé cómo te gusta?" Ash: "Averígualo."

LeyendoEntreLíneas: Eso no es un programa de radio. Es una cita.

Mahri_999: Una cita en la que los invitados somos todos nosotros.

Yulengel_: ¿Les llevamos serenata, ya que estamos de mal tercio?


La puerta de la cabina se abre con ese chirrido que Aldo ya reconoce. No le molesta. Algo en ese sonido áspero le dice que está en el lugar correcto, aunque no sepa muy bien qué significa eso.

Entra con la mochila colgada de un hombro y una bandeja de cartón con dos tazas humeantes. El vapor se eleva en espirales que se deshacen en el aire denso de la cabina. Huele a café recién hecho, a tierra mojada, a madrugada. Sus dedos, morenos y llenos de pequeñas cicatrices, se curvan alrededor de los bordes de la bandeja con cuidado, como si llevara algo frágil.

Ash ya está en su silla. No lo mira. Sus dedos recorren la mesa de mezclas con esa precisión irritante que Aldo ha aprendido a reconocer. La luz azul de la pantalla le ilumina el rostro desde abajo. Tiene el pelo más desordenado que la última vez, como si se hubiera pasado la mano por la cabeza mil veces en el último minuto. Un rizo le cae sobre el ojo izquierdo, el violeta claro, y no lo aparta.

—Hueles a café — dice Ash, sin levantar la vista. Su voz es plana, pero Aldo ha empezado a notar los matices. El cansancio. La costumbre. Algo que casi, casi, parece una bienvenida.

—Traje café — responde Aldo, dejando la bandeja sobre la mesa. Las tazas tintinean suavemente, un sonido de cerámica que se queda vibrando un segundo—. Dijiste que trajera.

—No pensé que lo harías — dice Ash. Entonces levanta la vista. El ojo violeta claro y el ojo morado oscuro se posan sobre la bandeja. Sobre las tazas. Sobre Aldo.

Aldo siente cómo su corazón da un pequeño salto. No lo demuestra. Pasa la lengua por los labios. Están secos.

—Pensaste mal — dice, y suena más seguro de lo que se siente.

Ash lo mira un segundo más. Luego baja la mirada hacia las tazas.

—¿Cuál es mía? — pregunta.

Aldo señala la de la izquierda. La taza es negra, sin marca, sin nada que la distinga de la otra excepto el líquido que contiene. La empuja hacia Ash con un movimiento suave, sintiendo el calor de la cerámica en las yemas de los dedos.

—Esa — dice—. Negro. Sin azúcar.

Ash la toma. No bebe. La acerca a sus labios y huele. El vapor le empaña el rostro por un segundo. Cierra los ojos. Los abre. El ojo izquierdo, violeta claro, parece más brillante.

—Está bien — dice.

—¿Solo bien? — Aldo arquea una ceja. Sus dedos tamborilean una vez sobre la mesa, nerviosos.

—Está bien — repite Ash, pero hay algo en su voz que no estaba antes. Un hilo. Una grieta.

Bebe.

Aldo lo mira. Siente cómo el corazón le late más rápido de lo normal. No sabe por qué. Es solo café. Observa cómo la nuez de Ash sube y baja al tragar, cómo sus dedos morenos se curvan alrededor de la taza, cómo sus pestañas — más largas de lo que recordaba — se posan sobre sus mejillas cuando parpadea.

Ash baja la taza. Sus dedos recorren el borde de la cerámica. No dice nada. Pero no aparta la mirada.

—¿Cómo supiste? — pregunta al fin. Su voz es más baja. Casi un susurro.

Aldo siente cómo la sangre le sube a las mejillas. Pasa una mano por su pelo castaño, revuelto, sin lavar desde ayer.

—Averigüé — responde, y la palabra le sale con una sonrisa torcida.

Ash sostiene la mirada. Un segundo. Dos. El silencio se estira, pero no es incómodo. Es otra cosa. Es un espacio que se están permitiendo llenar sin palabras.

—Tómalo — dice Ash, señalando la otra taza con un gesto de cabeza—. Se va a enfriar.

Aldo obedece. Sabe que Ash lo nota. Sabe que Ash está registrando cada uno de sus movimientos. Y no sabe por qué, pero eso no le molesta.

Beben en silencio. El café está caliente. Amargo. Perfecto. Aldo siente cómo el líquido le quema la garganta, cómo el calor se extiende por su pecho, cómo algo en él se calma.

Ash no dice nada más. Pero sus dedos, sobre la mesa, se mueven. Ajustan un nivel. Bajan otro. No es necesario, pero lo hace porque necesita hacer algo con las manos.

Aldo lo nota. Y sonríe.


Chat – Pre programa (9:58 PM – 9:59 PM)

Mientras los niveles se estabilizan y los micrófonos se calibran, el chat hierve en el monitor. Las letras blancas sobre fondo negro pasan como un río desbordado.

Omegametalero: ¿Ya vieron las historias de Foolish?

Yulengel_: Sí. Aldo llegó con café. Con DOS tazas.

Cry0stability: Ash tomó una. No la que estaba más cerca. La que Aldo le señaló.

Mahri_999: ¿Cómo sabes cuál es cuál?

Yulengel_: Porque Aldo apartó la otra. Como si la estuviera guardando para él.

Kame4160: Ash sonrió. No sé si es sonrisa. Pero sonrió.

LeyendoEntreLíneas: El café no es solo café.

LectorNocturno: Ustedes están enfermos.

Mahri_999: Nos gusta el chisme es diferente.


Noches al Aire #3 —Metáforas del Cuerpo

Las luces rojas de “al aire” se encienden como tres ojos que parpadean al unísono. Aldo siente cómo el aire de la cabina cambia, se vuelve más denso, más eléctrico. Cuenta hasta tres con los dedos. Los dedos no le tiemblan. Eso es bueno.

Ash asiente. No lo mira, pero Aldo siente el gesto en la vibración de la mesa.

—Buenas noches, insomnes — dice Aldo, y su voz sale natural, como si el  café hubiera hecho su trabajo. Se ajusta los audífonos. Las almohadillas de espuma presionan sus orejas—. Buenas noches, enamorados. Buenas noches, rotos. Esto es Noches al Aire.

Hace una pausa. Es corta, pero se siente larga. Sabe que los oyentes, en sus habitaciones oscuras, están esperando la siguiente palabra.

—Son las diez. La ciudad empieza a cerrar los ojos, pero ustedes no. Afuera hay diecisiete grados, viento del este, nubes dispersas. —Mira el monitor, donde el clima se actualiza en una ventana pequeña. Parpadea—. Adentro, seguimos nosotros.

Mira a Ash. Ash está mirando la mesa. Pero sus dedos están quietos.

—Esta noche hablamos de metáforas — continúa Aldo, inclinándose hacia adelante. Los codos apoyan en la mesa. Las manos se entrelazan—. No las de los libros. Las otras. Las que usamos para decir lo que no podemos decir de otra forma.

—Las metáforas del cuerpo — dice Ash. Su voz es plana, pero Aldo nota cómo su mandíbula se tensa. La luz roja de los equipos se refleja en sus pómulos—. Las que duelen.

—Las que sanan — responde Aldo.

—Las dos cosas.

El silencio se alarga. La música de cortina suena. Ash la sube. La baja. Sus dedos tardan un segundo más de lo necesario en encontrar el deslizador.

La música baja. Ash hace una pausa con los dedos sobre los deslizadores. No los mueve. Espera.

Aldo toma la primera hoja. No es un poema todavía. Es una hoja suelta, arrancada de su libreta con dedos que no temblaron cuando la arrancaron, pero tiemblan ahora. El borde está roto, no cortado. Lo pasa por la yema de los dedos, sintiendo las fibras del papel.

—Voy a leer algo — dice, y su voz es más grave de lo normal. Se aclara la garganta. No sirve—. No es un poema. Es una introducción. Porque antes de leer lo que escribí, quiero explicar por qué elegí esto.

Ash lo mira. No dice nada. Pero sus dedos, que estaban quietos, comienzan a recorrer el borde de la mesa. Un movimiento lento, casi inconsciente.

Aldo baja la mirada a la hoja.

—El canibalismo — dice, y la palabra le sale más seca de lo que esperaba—, como metáfora del amor, no es nueva. Está en los mitos, en los cuentos, en las pesadillas que tenemos después de querer demasiado. Devorar al otro. Ser devorado por el otro. Hacer que el deseo sea tan grande que no quepa en el cuerpo, que tenga que salirse por la boca, por los dientes, por las uñas.

Hace una pausa. Pasa la hoja. No hay nada en el otro lado. Es solo una hoja.

—En la facultad de leyes — continúa, y su voz se vuelve un poco más baja, más íntima — aprendemos que todo contrato implica una renuncia. Una pérdida. Una parte de ti que das para recibir otra cosa. El amor, visto así, también es un contrato. Pero sin cláusulas. Sin abogados. Sin nada que te proteja si la otra persona decide no cumplir.

Ash inclina la cabeza. La sombra de sus pestañas se proyecta sobre sus mejillas. El ojo izquierdo, violeta claro, parece más brillante.

—El canibalismo es el contrato más antiguo — dice Aldo, y ahora su voz es apenas un hilo—. Yo te como, tu me comés. No hay testigos. No hay papel. Solo dos cuerpos que deciden que el hambre es mejor que el vacío.

Pasa la hoja otra vez. No hay nada en ella. Solo sus dedos.

—Eso es lo que voy a leer ahora. Un poema sobre eso. Sobre el hambre. Sobre la urgencia. Sobre querer comerse a alguien no para destruirlo, sino para que nunca se vaya.

Baja la hoja. Mira a Ash. Ash no aparta la mirada.

—¿Listo? — pregunta Aldo.

—Siempre — responde Ash.

Y Aldo lee.


Chat – Introducción de Aldo (10:20 PM)

Mahri_999: Aldo acaba de decir "canibalismo" con una voz que no usa para leer King.

Cry0stability: "El hambre es mejor que el vacío." ALDO.

Yulengel_: Ash haz algo amigo, comele la boca yo que sé.

Omegametalero: ¿Qué están haciendo? ¿Es radio o es una sesión de terapia de pareja?

LeyendoEntreLíneas: Las dos cosas.


Aldo toma la hoja del poema. No la misma que la introducción. Esta es más blanca, más nueva. La escribió anoche, después del segundo programa, cuando no podía dormir.

Lee.

 

"Hambre

 

Te amo con hambre, con dientes desnudos,

con la urgencia del lobo que muerde su presa,

te quiero morder hasta el alma y los nudos,

lamer tus heridas, beber tu tristeza."

 

Su voz es grave. Pausada. No mira a Ash. Mira el papel. Pero siente la mirada de Ash en la nuca. La siente en los hombros, en las manos, en la nuca.

 

"Tus besos me saben a carne prohibida,

a fruta sangrante, a vino mortal,

te arranco el aliento, me bebo tu vida,

y en cada mordida me vuelvo animal."

 

Algo en la voz de Aldo cambia. Se vuelve más áspero. Más hambriento. No es que esté actuando. Es que está diciendo algo que ha pensado demasiadas veces.

 

"Quiero masticar tus palabras calladas,

arrancar tus miedos con lengua de fuego,

devorar la sombra de tus madrugadas,

y saciar mi sed en tu cuerpo entero."

 

Ash no se mueve. No parpadea. Sus dedos están quietos sobre la mesa.

 

"Ámame también como fiera salvaje,

desgárrame lento, no tengas piedad,

sé banquete cruel, sé mi propio viaje,

cómete mi llanto, mi fe y mi verdad."

 

Aldo hace una pausa. Pasa la página. La hoja es más corta de lo que recuerda. O quiere que dure más.

 

"Porque en este rito de carne y de sangre

no hay dueño ni esclavo, no hay jaula ni Dios,

solo dos cuerpos que se parten y arden,

dos bestias hambrientas diciendo que es amor.

 

Y si en tu boca termino deshecho,

que me tragues hondo, que no quede fin,

prefiero ser llama, desgarrado en tu pecho,

a vivir intacto, pero lejos de ti."

Termina.

Baja la hoja. Sus dedos recorren el borde. No mira a Ash. No puede.

Ash no habla. El silencio se alarga.

—¿Alguna vez has querido comerte a alguien? — pregunta Ash. Su voz es grave. Pausada. Como si estuviera preguntando algo sencillo. Como si no fuera a cambiar nada—. No el cuerpo. El alma. Devorar una parte de esa persona hasta hacerla tuya.

Aldo levanta la vista. Ash lo mira. El ojo violeta claro parece más brillante.

—Sí — dice Aldo. La palabra le sale sin pensar. Sin filtro.

—¿Y cómo supiste que era hambre y no otra cosa?

—Porque me dolía la boca — dice Aldo, y suena más bajo—. De tanto querer morder lo que no podía.

Ash sostiene la mirada.

—¿Y ahora? — pregunta—. ¿Todavía te duele?

Aldo no responde. El silencio se alarga.

—Ahora me duele más — dice Aldo al fin—. Porque sé lo que quiero morder. Y sé que no puedo.

Ash inclina la cabeza.

—¿Y si pudieras? — pregunta—. ¿Qué harías?

Aldo siente cómo el corazón le golpea las costillas. Pasa la lengua por los labios.

—No mordería — dice—. Besaría. Lento. Hasta que el hambre se olvidara de sí misma.

El silencio es absoluto.

Ash no dice nada. Pero sus dedos, sobre la mesa, se mueven. Ajustan un nivel. Bajan otro. No es necesario. Pero lo hace.

El chat está en llamas. Aldo no lo ve. Solo ve a Ash.


Chat – Bloque de Aldo (10:45 PM)

LectorNocturno: Aldo acaba de leer un poema de canibalismo. Y Ash le preguntó si quería comerse a alguien.

Mahri_999: "Ahora me duele más porque sé lo que quiero morder." ALDO.

Cry0stability: "Besaría. Lento. Hasta que el hambre se olvidara de sí misma." ALDO OTRA VEZ.

Yulengel_: Ash no ha respondido. Ajustó los niveles. No había que ajustarlos.

Omegametalero: Ash está nervioso. Ash nunca está nervioso.

Kame4160: O está nervioso. O está pensando en morder.


La música baja. Aldo no sabe quién la bajó. Él no fue. Ash tampoco. Foolish, quizás. O alguien que sabe que necesitan un segundo.

Ash toma una hoja de papel. No es de su libreta. Es una hoja suelta, doblada en cuatro, que sacó del bolsillo de su sudadera gris. La desdobla con dedos morenos, largos, con las uñas limpias y cortas.

—Ahora me toca a mí — dice, y su voz es más baja que nunca.

No espera. No pide permiso. Solo habla.

—En medicina, el cuerpo es un conjunto de sistemas que intentan mantener el equilibrio. Homeostasis. Cuando algo se rompe, el cuerpo avisa. Dolor. Fiebre. Inflamación. El amor, visto así, no es diferente.

Aldo lo mira. Ash no lo mira a él. Mira la hoja.

—El amor también es una señal. Una respuesta del organismo a la ausencia. La taquicardia no es poesía. Es el corazón preparándose para la huida o el ataque. La falta de aire no es un suspiro. Es el pulmón pidiendo más oxígeno porque el otro no está.

Ash pasa la hoja. El papel cruje.

—La ansiedad anticipatoria de la que hablaba Aldo en su otro poema no es un defecto. Es un síntoma. El cuerpo aprendió a doler antes de tiempo porque el dolor real fue demasiado grande.

Hace una pausa. Pasa la lengua por los labios.

—Voy a leer algo que escribí. No es un poema. Es un diagnóstico. De algo que todavía no tiene nombre.

Aldo siente cómo la sangre le sube a las mejillas.

Ash lee.


Chat – Introducción de Ash (11:05 PM)

Mahri_999: Ash va a leer un diagnóstico. ¿UN DIAGNÓSTICO?

MedicinaNocturna: Estudiante de medicina. Tiene sentido.

Cry0stability: "El amor también es una señal." Ash, ¿te estás escuchando?

Yulengel_: ¿Pueden dejar de coquetear tan descaradamente?


Ash lee.

Su voz es plana, clínica, como si estuviera presentando un caso en un hospital. Pero hay algo debajo. Algo que tiembla.

"Hallazgo V — Ansiedad anticipatoria

 

Se registró activación simpática

sin amenaza confirmada.

 

El cuerpo respondió primero,

la evidencia llegó tarde

o no llegó a nada."

 

No mira a Aldo. Mira la hoja. Pero Aldo siente que cada palabra está dirigida a él.

 

"Aumento leve de frecuencia cardíaca,

respiración superficial,

pensamientos en estado de guardia

ante un riesgo hipotético, pero total.

 

No hubo herida.

Pero hubo defensa.

 

No hubo pérdida.

Pero hubo respuesta."

 

Ash hace una pausa. Pasa la página. El papel susurra.

 

"El sistema nervioso del apego

interpretó silencio como señal,

preparó al músculo para la caída

antes de que existiera el final.

 

Se liberó adrenalina mínima,

suficiente para tensar la piel,

para imaginar despedidas

que aún no estaban en papel."

 

Aldo no puede apartar la mirada.

 

"La mente ensayó escenarios,

pronósticos sin diagnóstico real,

dibujó catástrofes precisas

sobre un presente neutral.

 

Fue prevención exagerada,

hipótesis en expansión,

una vigilancia constante

sin confirmación."

 

Ash levanta la vista. Mira a Aldo.

 

"Como si amar implicara

vivir en prealerta,

como si cada pausa pequeña

anunciara una puerta abierta

hacia la pérdida."

 

Baja la hoja. No la suelta. La sostiene con dedos que no tiemblan, pero casi.

—Eso es todo — dice.

El silencio se alarga. Aldo no habla. No puede.

—¿Eso es para alguien? — pregunta Aldo al fin. Su voz es apenas un hilo.

Ash sostiene la mirada.

—Para alguien que no sabe lo que hace conmigo — dice.

El silencio es absoluto.


Chat – Bloque de Ash (11:30 PM)

MedicinaNocturna: Ash acaba de leer un diagnóstico. UN DIAGNÓSTICO. Como poema.

Mahri_999: "Como si amar implicara vivir en prealerta." ASH.

Cry0stability: "Para alguien que no sabe lo que hace conmigo." Aldo dijo eso antes. Ash se lo devolvió.

Yulengel_: Basta, el día que se coman la boca sere feliz.

LeyendoEntreLíneas: Todos seremos felices.


La música suena. Ash la baja. Sus dedos tardan un segundo más de lo necesario en encontrar el deslizador.

Aldo se ajusta los audífonos por última vez. Los dedos le tiemblan un poco.

—Y así, insomnes, llegamos al final — dice, y su voz es más baja, más íntima—. Esta noche hablamos de hambre, de medicina, de cuerpos que sangran por dentro. De metáforas que no pueden decirse de otra manera.

Hace una pausa. Pasa la lengua por los labios. Están secos.

—Yo creo que el amor a veces es eso — continúa, y su voz es apenas un susurro—. Una enfermedad que no tiene cura. Un hambre que no se sacia. Una herida que no cierra porque no queremos que cierre.

Mira a Ash.

Ash está mirando la mesa. Pero sus dedos están quietos. La luz roja de los equipos se refleja en sus manos, en sus pómulos, en ese ojo izquierdo violeta claro que parece más brillante que el otro.

—Ash, ¿algo que quieras añadir?

Ash levanta la vista.

No responde de inmediato. Lo mira. Sostiene la mirada. Un segundo. Dos. Tres.

—El cuerpo no olvida — dice, y su voz es grave, pausada—. Aunque la cabeza quiera. Aunque la cabeza mienta. El cuerpo sabe. El cuerpo espera. El cuerpo guarda cada síntoma de tu como si fueran el único diagnóstico que importa.

Aldo siente cómo las palabras se le clavan en el pecho. Una por una.

—¿De quién es? — pregunta. Sabe la respuesta. Quiere oírla igual.

—Mío — responde Ash.

Y no aparta la mirada.

Aldo traga saliva. La garganta le raspó.

—Bueno — dice, y suena ronco—. Eso ha sido todo por esta noche. Mañana hay más. Mañana seguimos. Buenas noches a los que se quedan. Y buenos días a los que ya se fueron.

La música sube. Ash no la sube. Aldo no sabe si es porque ya está en el nivel correcto o porque Ash está distraído mirándolo.

Las luces rojas se apagan.

Aldo exhala. Se quita los audífonos. Los deja sobre la mesa. Los dedos le tiemblan.

—No sabía que escribías sobre el cuerpo — dice.

—No sabía que escribías sobre hambre — responde Ash, guardando el libro en la mochila.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí.

—Ya lo sé.

—¿Y?

Ash se pone de pie. La silla rueda hacia atrás y choca contra la pared con un golpe sordo.

—Por ahora — dice— me quedo con el café.

—¿Y después?

—Después veremos.

Camina hacia la puerta. Sus botas apenas hacen ruido en el suelo de cemento. En el umbral, se detiene.

—El café no se enfrió — dice, sin darse vuelta—. Negro. Sin azúcar. Estaba perfecto.

—Lo sé — responde Aldo.

—Mañana — dice Ash— traé café otra vez.

—¿Y si no sé si quieres lo mismo?

Ash gira la cabeza. Lo mira por encima del hombro. El ojo violeta claro parece más brillante que el otro.

—Averígualo — dice.

Y se va.

La puerta se cierra. El chirrido de las bisagras se queda vibrando un segundo, luego se apaga.

Aldo se queda solo. El olor a café y a Ash sigue en el aire.

Mira la taza vacía. Está tibia.

—El cuerpo no olvida — murmura—. Aunque la cabeza quiera.

Se lleva la taza a los labios. No queda nada.

Pero igual la acerca.


Chat – Cierre del programa (4:00 AM)

Mahri_999: "El cuerpo no olvida." ASH.

MedicinaNocturna: Eso es más médico que todo mi semestre.

Cry0stability: ¿Alguna vez les diremos que los micrófonos no se apagan cuando ellos terminan?

Yulengel_: No, no, es mejor para nosotros.

Cry0stability: Foolish, no les digas por favor, mi novela, mi novela.

Omegametalero: Nadie diga nada.

Kame4160: Aldo va a terminar aprendiendo a hacer café en seis idiomas.

LeyendoEntreLíneas: Esa es la idea.


Jueves, 2:00 PM – Biblioteca de la facultad de Medicina

Aldo no sabe qué hace aquí.

La biblioteca de Medicina huele a desinfectante y a papel viejo. El aire es más frío que en la de Leyes, más seco. Las luces blancas de los fluorescentes zumban con un ruido grave, casi imperceptible, que se le mete en los dientes. Las mesas son de metal, pulidas hasta reflejar las sombras. No hay ventanas. Solo paredes pintadas de un gris claro que parece absorber el tiempo.

Está sentado en una de las mesas del fondo. No tiene ningún libro delante. Solo sus manos, morenas, llenas de pequeñas cicatrices que recorren los nudillos y las palmas. Las tiene apoyadas sobre la mesa fría. Los dedos tamborilean sin ritmo, un tic nervioso que no puede controlar.

Siente el latido de su corazón en las yemas de los dedos. Cada golpeteo contra el metal es un eco de lo que le pasa por la cabeza.

No sabe qué hace aquí.

Vino a buscar a Ash.

No fue una decisión consciente. Fue un impulso que le nació en el pecho después del tercer programa, cuando llegó a su departamento a las 4:30 AM y la cama se le hizo más grande que nunca. Dio vueltas. Se enredó en las sábanas. Miró el techo durante horas, siguiendo las grietas como si fueran mapas de algún lugar al que quería llegar.

Pensó en el café. En la mano de Ash sobre el micrófono. En el poema. En "El cuerpo no olvida".

Cuando el sol empezó a colarse por la persiana, se levantó. Se duchó con agua más caliente de la necesaria. Se puso la sudadera más decente que encontró. Y caminó hasta la facultad de Medicina sin permiso, sin plan, sin nada que no fuera esa urgencia en el pecho.

No sabe si Ash está aquí. No sabe si tiene clases. No sabe nada.

Pero está aquí.

Los dedos tamborilean más rápido.

El ruido de sus uñas contra el metal es lo único que llena el silencio.

—Ese libro no lo vas a leer si no lo abres.

La voz llega desde su izquierda. Grave. Pausada. Aldo la reconoce antes de levantar la vista. La ha escuchado durante horas en la cabina, en la oscuridad, dentro de sus auriculares. La conoce mejor que la de algunos amigos. La conoce mejor que la de su propia madre, quizás.

Ash está de pie junto a la mesa.

Lleva la misma sudadera gris de siempre, gastada en los codos. La tela está descolorida en algunos puntos, como si la hubiera lavado mil veces. La mochila negra cuelga de un hombro, y Aldo nota cómo sus dedos morenos se curvan alrededor de la correa, apretando el tejido.

El pelo rizado está más desordenado que de costumbre. Como si se hubiera pasado la mano por la cabeza mil veces antes de salir. Un rizo le cae sobre el ojo izquierdo, el violeta claro, y no lo aparta.

Aldo levanta la vista. Sus ojos se encuentran.

Los de Ash son morados. Uno más claro que el otro. El izquierdo parece brillar bajo la luz blanca de los fluorescentes, como si tuviera una luz propia. El derecho es más profundo, más oscuro. No hay sorpresa en ellos. Es una mirada fija, esperada. Como si supiera que Aldo iba a estar aquí.

Como si lo hubiera estado esperando.

—No vine a leer — dice Aldo.

Su voz le sale más ronca de lo que quería. Se aclara la garganta. El sonido seco resuena en el silencio de la biblioteca.

Ash deja la mochila en el suelo. La tela golpea el piso con un sonido sordo. Se sienta en la silla de enfrente. El metal cruje bajo su peso. El respaldo se hunde un poco, y Ash se ajusta, buscando una posición que no existe.

Los dedos morenos, largos, descansan sobre la mesa. Las uñas, limpias y cortas, reflejan la luz blanca.

No se mueven.

No se saludan. No hacen el gesto vacío de un apretón de manos. No hace falta. El aire entre ellos ya está cargado de algo que no necesita palabras.

—Dime — dice Ash.

La palabra es corta. Seca. Pero Aldo nota cómo sus dedos se tensan sobre la mesa, cómo los nudillos se blanquean un poco.

Aldo pasa la lengua por los labios. Están secos, agrietados. Siente la textura áspera de la piel, el pequeño dolor de una grieta en el centro del labio inferior.

La garganta le raspa cuando traga saliva.

—El martes no voy a poder ir al programa — dice.

Las palabras caen en el silencio como piedras en un estanque quieto.

El silencio que sigue es tan denso que podría palparse. Aldo siente cómo se le pega a la piel, cómo le llena los oídos, cómo le aplasta el pecho.

Ash no parpadea. No se mueve. Solo lo mira.

Sus ojos recorren el rostro de Aldo. Van desde sus ojos hasta su boca, desde su boca hasta sus manos. Vuelven a subir. Es un recorrido lento, casi clínico.

—¿Por qué? — pregunta. Su voz es plana. Demasiado plana.

Pero Aldo nota cómo su mandíbula se tensa. Un músculo se mueve debajo de la piel morena, justo donde la barbilla se encuentra con el cuello.

—Problemas en la facultad — dice Aldo. Baja la mirada a la mesa. Sus dedos tamborilean otra vez. El metal vibra bajo sus yemas—. Un trabajo grupal que se atrasó. Una entrega que...

—No me mientas — dice Ash.

Su voz corta el aire como un cuchillo.

Aldo se queda callado. Las palabras se le atascan en la garganta. Siente el calor en las mejillas, la presión detrás de los ojos.

Ash inclina la cabeza. Un movimiento pequeño, casi imperceptible. El rizo que le cubría el ojo se corre un poco, dejando ver el violeta claro completo.

Pero sus dedos, sobre la mesa, se cierran. No en un puño. Algo más contenido. Las puntas de los dedos presionan el metal, las uñas se clavan ligeramente.

—No es la facultad — dice Ash—. ¿Qué es?

Aldo siente cómo la sangre le sube a las mejillas. No es calor. Es fuego. Quema desde el pecho hasta las orejas.

Pasa una mano por su pelo castaño. Los dedos se enredan en los nudos. Tira de ellos casi sin querer, y el dolor pequeño, físico, lo ancla al presente.

—No sé si puedo seguir haciendo esto — dice. Su voz le sale más baja de lo que quería. Casi un susurro.

—¿Haciendo qué? — pregunta Ash.

—El programa. La radio. Todo.

Su dedo índice recorre una raya invisible en la mesa de metal. Sigue la línea de una unión entre dos paneles.

El silencio se alarga.

Ash lo mira. Sus ojos recorren el rostro de Aldo como si estuviera buscando una herida. Un síntoma. La pupila del ojo izquierdo se dilata un poco. Aldo lo ve. No sabe si es por la luz o por otra cosa.

—¿Estás nervioso? — pregunta Ash.

—No.

Pero sus dedos tiemblan sobre la mesa. Los mira. No puede evitarlo.

—Estás nervioso — insiste Ash.

—No.

—Estás sudando.

Aldo se pasa una mano por la frente. La palma le queda húmeda. Se seca los dedos en la sudadera, frotando la tela gris. La fricción le quema un poco la piel.

—¿Vas a dejar el programa? — pregunta Ash. Su voz sigue siendo plana. Pero algo cambió. La mandíbula se le tensó más. El músculo que antes solo se movía ahora está rígido.

—No sé — responde Aldo. La palabra le pesa en la lengua.

—¿Es por lo del café?

Ash inclina la cabeza hacia un lado. El ojo violeta claro parpadea.

—No.

—¿Es por el poema?

Aldo niega. La nuca le cruje con el movimiento.

—¿Es por esto? — pregunta Ash.

Extiende la mano.

Los dedos rozan la mesa. El metal está frío, y el contraste con el calor de su piel hace que Aldo vea cómo el vello de sus brazos se eriza.

No tocan a Aldo. Se detienen a medio centímetro.

Aldo mira la mano. Las uñas limpias y cortas. Los nudillos morenos. La línea tenue de una cicatriz en el dorso, cerca del nudillo del índice.

Siente el calor que emana de esa mano. Lo siente en la piel de sus propios dedos, aunque no lo toquen.

—Quita la mano — dice Aldo. Su voz es más baja de lo que quería. Sale ronca, casi un gruñido.

—No — dice Ash.

—Ash.

—¿Qué te pasa? — pregunta Ash. Su voz se vuelve más grave. No levanta el tono. Es al revés. Baja, más cerca, más íntima—. ¿Te asustó lo del otro día? ¿La mano en el micrófono? ¿El poema? ¿Que la gente se diera cuenta? ¿Que tú te dieras cuenta?

Cada palabra es un golpe. Aldo las siente en el pecho, una por una. El corazón le late tan fuerte que cree que Ash debe escucharlo.

—No me asustó — dice.

—Entonces ¿qué?

—Me gustó.

El silencio es absoluto.

Ash no retira la mano.

La mano sigue ahí, a medio centímetro de la suya.

Aldo no aparta la mirada. Mira los dedos. Mira las uñas. Mira la pequeña cicatriz. Siente el calor.

Su propia mano tiembla. Los dedos morenos, llenos de cicatrices más grandes, se mueven sin control. Un espasmo. Un impulso.

Casi la toca.

Se detiene.

—¿Vas a dejar el programa? — pregunta Ash otra vez. Su voz es más baja. Más cerca. Aldo siente su aliento en la cara. No sabe cuándo se inclinó.

—No — dice Aldo.

—¿Entonces?

—No voy a dejar el programa.

—¿Qué vas a hacer?

—Estar ahí. Como siempre.

Sus dedos dejan de temblar. Se quedan quietos en la mesa.

—¿Seguro? — pregunta Ash.

Aldo exhala. El aire le sale tembloroso. Siente cómo el pecho se le desinfla.

—Seguro — dice.

Ash retira la mano.

Pero no del todo.

La apoya en la mesa. A unos centímetros de la de Aldo. El espacio entre ellos es mínimo. Aldo podría cerrar los dedos y rozar su nudillo. Podría extender el índice y tocar esa pequeña cicatriz.

No lo hace.

—El martes — dice Ash— trae café.

Sus dedos tamborilean una vez sobre la mesa. Un golpe seco.

—Dijiste que no trajera solo café — dice Aldo.

—Eso fue antes.

—¿Qué cambió?

Ash lo mira.

El ojo violeta claro parece más brillante. La luz blanca de los fluorescentes se refleja en él como si fuera un espejo. Aldo ve su propio reflejo ahí, empequeñecido, distorsionado.

—Tú — dice Ash.

Aldo siente cómo la sangre le sube a las mejillas otra vez. Sabe que Ash lo ve. La sonrisa de Ash es mínima, apenas una curva en la comisura de los labios. Pero está ahí.

Y Ash está disfrutando cada segundo.

—Voy a traer café — dice Aldo. Pasa la lengua por los labios. Están secos otra vez—. Nada más.

—Vas a traer café — repite Ash.

Suena a promesa.

Se quedan en silencio.

Aldo mira la mesa. Mira la mano de Ash. Mira el espacio entre sus dedos.

Es poco.

Es nada.

Su corazón late en los oídos.

—¿Algo más? — pregunta Ash.

—No — miente Aldo. La palabra le sale temblorosa.

—Mientes — dice Ash.

—Lo sé.

Ash se levanta. La silla rueda hacia atrás. El metal chirría contra el suelo de baldosa. El sonido es agudo, cortante. Aldo siente cómo le recorre la columna.

—El martes — dice Ash— no llegues tarde.

Ajusta la correa de la mochila en el hombro. El cuero cruje.

—No voy a llegar tarde — dice Aldo.

Ash lo mira un segundo más. Sus ojos recorren el rostro de Aldo: los ojos, la boca, las manos. Suben y bajan. Es una caricia sin tacto.

—Quítate esas ojeras — dice—. Pareces un muerto.

—Gracias — dice Aldo.

—No es un cumplido — responde Ash.

—Lo sé.

Ash da la vuelta. Camina hacia la salida. Las botas apenas hacen ruido en el suelo de baldosa. El eco de sus pasos se pierde entre las estanterías.

Aldo mira la espalda de Ash. Los hombros anchos bajo la sudadera gris. El pelo rizado que se mueve con cada paso.

—Ash — dice.

Ash se detiene.

No se da vuelta.

El silencio se alarga. Aldo ve cómo los hombros de Ash suben y bajan con la respiración.

—¿Qué? — pregunta Ash.

—El martes. El programa. No voy a faltar.

Ash gira la cabeza. Solo un poco. Solo lo suficiente para que Aldo vea la curva de su mejilla, el borde de su mandíbula.

—Lo sé — dice Ash.

—¿Cómo sabes?

—Porque si faltas, voy a buscarte.

Y se va.

La puerta se cierra. El clic del picaporte resuena en el silencio.

Aldo se queda sentado.

Las manos le tiemblan. Las apoya sobre la mesa para que dejen de moverse. Las uñas se clavan en las palmas. El dolor pequeño lo ancla.

La respiración le cuesta.

Mira el lugar donde Ash estuvo sentado. La silla está vacía, pero el asiento de metal todavía guarda el calor de su cuerpo.

Mira el lugar donde su mano casi tocó la suya. La mesa está fría.

—Voy a buscarte — murmura.

No sabe por qué lo repite.

Pero lo repite.

Y las palabras le saben a promesa.