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El pequeño se mantenía en calma sentado en el pasto mientras acariciaba al felino grisáceo que reposaba en sus piernas. Le gustaba pasar la tarde solo, además de que podía salir y disfrutar de la naturaleza como lo hace ahora sin que su tía lo esté llamando para que se siente a tejer a su lado. Tiene que admitir que le agradaba, pero también necesitaba su tiempo.
El gato se levantó de sus piernas y lo vió alejarse hacia la casa, trató de disfrutar de sentir la suave brisa y el cielo despejado en esas horas, sin embargo, se encontraba un poco inconforme con la situación, ya que comenzó a sentirse observado, causándole escalofríos por la columna.
Corrió a casa con un mal presentimiento y cerró la puerta con seguro, lo mismo hizo con las ventanas uniendo las cortinas. Se sentó en el sillón sin saber que más hacer pero la poca calma que mantenía se esfumó cuando el teléfono sonó de manera que lo sobresaltó. Se apresuró a contestar el teléfono y detrás de la línea podía claramente escuchar el nerviosismo en la voz de su tío.
-"Cariño, necesito pestillo a las puertas y ventanas. En mi habitación, debajo del colchón coges el arma que te enseñé a usar ¿Lo recuerdas, correcto? ¿Recuerdas la vez que aprendimos a usarla?"
Solo pudo pensar en las puertas; olvidó la puerta trasera. Miedo era poco para lo que sentía ahora, comenzó a temblar y tenía la necesidad de llorar en los brazos de sus tíos. -Sí -musitó.
-"Bien quiero que la lleves contigo a donde vayas, si es-.." -La llamada se cortó y su pánico aumentó.
Corrió a poner seguro a la última puerta pero un ruido que no supo identificar de donde provenía lo alarmó, deteniendo su paso a mitad de camino; sentía que el miedo lo inundaba ahora. Subió las escaleras encerrándose en el cuarto de sus tios.
Se metió en el armario de grandes ropajes, encogiendo sus piernas para encajar en el pequeño espacio con el menor ruido y tapó con ambas manitos su boca, una fina capa de sudor bajaba por su frente y sus mejillas tornadas rojas debido al nerviosismo.
Tiene que esconderse por más de dos horas, sus abuelos no tardarían en llegar porque solo habían salido a la ciudad y no es lejos pensó, pero en ese corto tiempo puede pasar cualquier cosa y temía por su vida.
Sus ojos comenzaron a picar y recordó como tomaban el rico desayuno que el abuelo habia preparado esa mañana, o cuando la noche anterior la abuela le contó cuentos para dormir mientras acariciaba su cabello. Como le gustaría haber ido con ellos quienes insistían, pero prefirió quedarse 'porque se la pasaría bien sólo'.
Sus pensamientos lo abandonaron cuando escuchó la puerta siendo abierta con algunos pasos rechinando la madera del piso, un pequeño gemido de susto salió de sus labios y apretó los ojos rogando por haber pasado desapercibido. Se aguantó la respiración.
-Puedo sentirte -escuchó una voz gutural que de cierta forma logró causar terror en el niño. Comenzó a pedir ayuda en su mente, entonces su corazón se paralizó por un segundo cuando las dos puertas del armario se abrían lentamente y pudo reconocer aquellas botas negras de cuero, era el hombre de sus pesadillas. El hombre del sombrero.
-Te encontré -como si le pareciera divertida la situación, lo dijo descubriendo su gran y bizarra sonrisa llena de unos dientes afilados, le encantaba atormentar al pequeño. Por algo es su niño favorito ¿No?
El sólo quería amigos con quién jugar o eso creía él.
-Por favor.. -cerró los ojos con fuerza, esperó por unos segundos en silenco que ese hombre ya no esté cuando quiera abrirlos. Que equivocado, el hombre se había aproximado a su rostro sus ojos.
Sus abrieron de par en par en un intento de gritar, pero de su garganta no salió nada.
-No te haré daño -mantuvo su sonrisa la cual hizo notar aquellos labios rojizos. Nunca ha estado tan cerca del rostro de alguien que no fueran sus tíos. La piel del hombre eran todo lo contrario a su tersa piel, pero conservaba facciones tiernas, envolviendolo en un tipo de hipnosis. Su pequeña mano viajó con calma deliberada hacia la mejilla del contrario.
-Entonces, ¿Quieres jugar a las escondidas?
[...]
Taeyong sería el primero en esconderse, veía la amplia espalda del hombre mientras lo escuchaba contar los números en un murmullo, así que corrió a buscar donde esconderse.
La casa era grande pero seguro que lo encontraría pronto. Por lo tanto decidió salir, cerró la puerta con sigilo y corrió adentrándose al bosque. Se detuvo a descansar detrás de uno de los grandes árboles.
A la lejanía aún podía ver la casa de sus tíos y escuchó muy cerca el crujido de las hojas llamando su atención. Se encogió en su lugar sin poder encontrar al dueño.
-Boo
Se giró con un sobresalto, y en un instante el hombre rodeó con un brazo su torso elevandolo en el aire. Su grito hizo eco entre el bosque espantando a las aves de los alrededores por el imprevisto agarre y la poca esperanza que alguien lo escuchase.
-Ahora daremos un paseo -el hombre no tenia intenciones de escuchar respuesta y se impulsó con sus largas piernas dando un amplio galope por los árboles longevos.
