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El frío en Miami era llamativamente notorio para la época del año en que estaban. Los entrenamientos venían siendo duros y largos, los preparativos para el mundial gastaban la mayor parte de la energía de quienes estaban involucrados.
El director técnico de la selección argentina se encontraba en el ascensor, deseoso de utilizar el jacuzzi del último piso del hotel, lugar efusivamente promocionado por los empleados del mismo.
El horario era justo antes de la cena, ideal para poder estar solo.
Lionel, por supuesto, tenía un cariño enorme por sus compañeros y jugadores, pero necesitaba para su sanidad mental al menos un rato de silencio a solas.
«A menos que estuviera Pablo» un pensamiento fugaz se cruzó por su cabeza. Inconscientemente hizo un puchero ante la acertada observación de su cerebro.
Cuando las puertas finalmente se abrieron, fue sorprendido por la figura de una espalda delgada y musculosa ya sentada dentro del jacuzzi. Internamente lamentó que parte de su plan para la absoluta soledad ya estaba frustrado.
No obstante, se acercó. Se sacó la remera y evitó lo más posible mirar a la muchacha que lo acompañaba. Solo murmuró un tímido saludo en inglés.
La temperatura del agua fue instantáneamente placentera para sus músculos, que, entre los años y el estrés, se veían muy exigidos. Sin darse cuenta largo todo el aire que venía conteniendo.
—El agua se siente deliciosa, ¿Verdad?
El pujatense se sorprendió por escuchar la voz de la mujer frente a él, un inconfundible acento colombiano.
Sin dudas era atractiva: labios voluminosos, profundos ojos marrones y una destacable delantera.
—Sí… claro, está muy bien… para relajar… —El DT se sintió extrañamente intimidado por la situación. Hacía mucho no tenía este tipo de interacción con nadie. No podía negar la belleza de la muchacha. Quizá en algún otro momento de su vida hubiera sido muy rápido para activar, pero ahora, entre la selección y su creciente obsesión por cierto ex jugador con el que trabajaba todos los días, era muy raro que tuviera el impulso de coquetear casualmente.
—Me imagino… ¿Has tenido un día largo? ¿Cómo te llamas?
Y antes que pudiera contestar se oyó otra voz.
—Hola Lionel, ¿Cómo estás?
Ambos se sobresaltaron al escucharlo. Allí parado se encontraba Pablo. Lionel lo miró y tragó saliva.
Se encontraba vestido solo con su traje de baño, con el elástico que se asentaba bajo sobre su cadera y las puntas arremangadas en los muslos. Su mirada no pudo evitar detenerse en el bien marcado cinturón de adonis del menor.
Ante el silencio de los otros, Pablo tomó la iniciativa de meterse también en el jacuzzi, más cerca de Lionel que de la atractiva mujer sentada.
—Lionel entonces, un nombre de hombre fuerte, ¿Y tu guapo? ¿Cómo te llamas? —La mirada de la mujer solo podía ser descripta como coqueta, era obvio, pensó Lionel, quién no miraría así a alguien como Pablo.
—Pablo… —titubeó Lionel —Que sorpresa verte acá a esta hora. —Le costó horrores poder emitir palabra alguna. Su mirada seguía un tanto incrédula sobre el cordobés.
Aquella mujer los seguía mirando con intensidad, un brillo distinto en sus ojos.
—Pablo y Lionel entonces…
Procedió a gatear en el jacuzzi acercándose sensualmente hacia ellos. El escote de su bikini dejaba poco a la imaginación.
Lionel no tenía mucha idea cuál siquiera podría ser la reacción de Pablo ante semejante propuesta.
A decir verdad, el cordobés era muy conservador con su vida privada. Es de público conocimiento que siempre tuvo mujeres desesperadas por una oportunidad con él, pero no era del tipo de contar con quién salía o de hacer comentarios sobre mujeres al pasar. Sabía algo de su ex esposa, y si bien nunca llegó a conocerla, estaba casi seguro que era una mujer de perfil bajo, como él, todo lo contrario a quien estaba frente a ellos.
—Puedo intentar relajarlos de otra manera, se nota que lo necesitan. —Era una vista muy erótica, eso era innegable, quizá lo que más le gustaba era la profundidad de sus ojos café, muy parecidos a los del hombre que tenía al lado.
Sintió una mano subir por su pierna, recorriendo muy lento el interior de su muslo. Miró a Pablo como buscando una guía. Un sí. Un no. Pero solo se encontró con ojos cerrados y la otra mano de la mujer haciendo lo mismo con la pierna ajena.
Los movimientos tomaron firmeza. Acariciaba toda la superficie de sus trajes de baño, haciendo hincapié en las circunferencias de sus crecientes erecciones. Metiendo su mano por dentro de sus shorts.
Lionel estaba demasiado excitado, pero no solamente por la atención en su parte baja, sino que, no podía evitar concentrarse en los leves jadeos que salían de la boca de Pablo, quien también sonaba afectado por la situación.
Trató de disimular como su mirada se concentraba en el rostro del otro hombre. Observaba fijamente sus labios entreabiertos y la saliva que se acumulaba en ellos. Sintió que podría acabar solo con esa imagen.
El sonido de una alarma cortó el trance que los tres parecían estar viviendo.
La mujer, de quien recordó que no sabía ni el nombre, se paró rápidamente para ver su celular.
Mientras tomaba su toalla y la enroscaba alrededor suyo pronunció:
—Lo siento chicos, les prometí a mis amigas que llegaría a horario a la cena.
Y así nomas cruzó por la puerta, dejando a los dos hombres jadeando y sin saber qué decir.
Las rodillas se seguían tocando. Pablo cerró sus ojos en frustración y tiró su cabeza para atrás emitiendo un sonido ronco desde su garganta.
—La puta madre, mirá la locura que estábamos por hacer.
Se paró rápido no teniendo en cuenta el mareo que eso conlleva. Como acto reflejo, su mano se apoyó sobre la cabeza de Lionel para recuperar estabilidad.
Con su erección tan a la vista, su cara se tornó un color carmesí más profundo.
Miró hacia abajo, donde los ojos marrones del más alto se encontraban mirando hacia los suyos con una expresión indescifrable.
Sus respiraciones salían pesadas. El bulto de Pablo demasiado cerca de su cara, a una distancia tentadora para sus impulsos más primitivos. Seguía expectante de una reacción.
La mano del cordobés procedió recorrer lentamente el cuero cabelludo del otro hasta llegar detrás de su cabeza. Allí, tomó firmemente los cabellos cortos de la nuca, empujándolo a seguir.
No pudo evitarlo, su cara y su nariz fueron directo hacia la entrepierna cubierta de Pablo, restregándose como si de un animal se tratara.
Acariciaba toda la longitud con el puente de su nariz, de un lado al otro, haciéndolo también con sus labios.
—La re puta madre —gimió Pablo desde arriba.
Bajó su short en un solo movimiento, sintió algo de vergüenza al demostrar así su desesperación. Su miembro estaba erecto en toda su gloria.
Lionel no dudó en meterlo en su boca primero por la punta. Se sentía loco por hacerlo, era un sueño cumplido. Estaba saciando un hambre que no sabía hace cuanto cargaba.
Con su cabeza realizaba movimientos adelante y atrás. Era lento, buscaba con cada estocada llegar un poco más profundo dentro de su garganta.
La imagen era un espectáculo: abdomen y pecho marcados, una barba recientemente recortada y brazos fuertes que acompañaban el movimiento de su cabeza.
Scaloni, tratando de mantener el ritmo y hacerlo durar, optó por poner sus manos sobre la cadera y cintura del otro.
El cordobés ahora miraba hacia las manos que lo sostenían. Un escalofrío recorrió su columna cuando notó el tamaño de estas en contraste con propio cuerpo.
—Lionel —gimió
Se tiró para atrás para retirar su miembro de la boca del mayor. Lo miraba fascinado mientras se masturbaba.
Ladeó su cabeza y con la punta de su pene golpeó levemente los labios de Lionel, quien sacó la lengua por instinto.
Pablo, todavía jadeando, frunció su entrecejo ante la vista y volvió a hundirse en la boca del otro, tomando un ritmo mucho más rápido. Sosteniendo su cabello con más fuerza.
Lionel lo tomó como una señal para ir más profundo, manteniendo la hombría del otro en su garganta hasta sentir el comienzo de una arcada.
—Lío… voy… a…
El pujatense luchaba por mantener sus ojos abiertos para observar la expresión de Pablo mientras llegaba al clímax.
Pablo cerró fuertemente sus ojos mientras terminaba, un sabor tibio y salado en su boca del otro.
El cordobés ahora respiraba lento. Desaceleaba sus movimientos para evitar sobrestimularse. Acariciaba el pelo de Lionel mientras abría de a poco sus ojos.
—¿Estás bien? —Lionel intentaba mantener la calma al hacer la pregunta. Tenía miedo de cuál sería la respuesta. Las manos de Pablo ya no estaban sobre su cabeza y su propia mano ahora se encontraba en su entrepierna, tratando de alivianar la tensión ante la falta de contacto.
—Sí… sí, está todo bien. —Una pequeña sonrisa se asomaba de los labios del cordobés mientras se subía el traje de baño —¿No te vas a parar?
El santafesino rápidamente se levantó, como siguiendo un comando. Nunca se había sentido tan hipnotizado por una persona.
Si eso no era lo suficientemente vergonzoso, ahora que estaba de pie, su erección era más evidente que antes.
Pablo soltó una risita.
—Lio… no se si es mucho… o si no es nada, considerando como ya estamos, pero… ¿Vamos a tu habitación?
El pujantense le sonrió, un poco sorprendido de que el otro sea tan mandado.
Le dio una nueva confianza, una especie de permiso oficial. Lo sintió como un ‘tenemos que hablar de esto, pero quiero seguir’
—Vamos.
