Chapter Text
—Nah, amigo, ¡no lo puedo creer! Pero mirá la cara de pelotudo que tiene, posta. ¡Horrible! Empecé el día como el orto. Que tipo más fiero. ¡Dios mío, Moski! ¿Lo podés creer?
Eran las cinco de la tarde y Manuel se encontraba dando vueltas por la sala. Lautaro lo observaba mientras tomaba mate, sentado en canastita sobre el sillón.
—No es taaan feo —canturreó.
El pelinegro lo prendió fuego con los ojos.
—Es horrible, Lautaro. ¡Mirá! —le extendió el celular mostrándole una foto, como si no fuese una celebridad la que aparecía en la pantalla.
—Ya sé quién es, Manu.
Manuel apagó su teléfono y lo revoleó al sillón. Luego, se cubrió la cabeza con las manos y se agachó en el piso.
—¿Qué hacés, gordo?
—Estoy pensando —murmuró.
Lautaro se rio.
—¿En qué?
—¿Cómo me pude haber dormido así, boludo? No lo puedo creer —la voz le salía entrecortada.
Lautaro se incoporó y le pegó una patada.
—No seas pelotudo, Manuel. ¡Vos la dejaste! ¡Dijiste que no te gustaba! ¡Y que no querías nada serio!
Su amigo lo miró como si lo hubiese apuñalado.
—¡Me arrepiento! ¿No me puedo arrepentir ahora?
—Estás enfermo, Manuel. Sos un celoso de mierda que no acepta que ella está feliz sin vos.
—¿Cómo va a estar feliz con este? ¿Vos viste la cara que tiene?
—Capaz que es buena persona —dijo Lautaro, encogiéndose de hombros —. Y tiene más plata que vos, eso seguro.
Manuel se levantó del piso y comenzó a dar vueltas otra vez.
—Dieciocho años tiene. Me quiero morir, boludo. Un pendejo de dieciocho años me ganó. No lo puedo creer.
Lautaro se tiró en el sillón, rendido. No valía la pena discutir con Manuel, su amigo estaba completamente mal de la cabeza.
—No puede ser, Moski. Posta. Para mí ella se va a dar cuenta de que... él no vale la pena. Encima se llevan un montón de años, ¿de qué puede hablar con un nenito? Lo va a dejar, es obvio.
—¿Sí? ¿Por vos?
—¡Claro!
Lautaro soltó una carcajada, incrédulo.
—Gordo... —trató de suavizar sus palabras, aunque le encantaba burlarse de Manuel, su amigo ya se encontraba lo suficientemente mal como para seguir hiriéndolo —... vos le dijiste que no querías nada. Hace como un mes que no se ven ni se hablan. Hace como un mes que dejó de existir ella acá, ni la mencionamos. ¿Te pensás que va a querer volver con vos si la borraste así? ¿Te pensás que se va a perder la oportunidad de andar con un multimillonario sólo porque vos te encaprichaste?
Manuel se sentó junto a él, su cara estaba roja de la bronca.
—Fui un pelotudo, hermano. Viste cuando dicen... "uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde". Así me siento.
El rubio asintió, reprimiendo sus ganas de reír.
Manuel se quedó en un peligroso silencio, Lautaro podía ver mil ideas pasando por su mente. Ahora que sabía que su "ex" tenía pareja, no se iba a rendir hasta que lo dejara. Puso los ojos en blanco al pensar en su amigo gastando su energía en recuperar un vínculo que ni siquiera le importaba. Puso los ojos aún más en blanco al pensar que quería recuperar ese vínculo en particular.
—¡Ya sé! —exclamó Manuel de golpe, haciéndolo tirar el mate del susto.
—¿Sos pelotudo? —le preguntó Lautaro.
—Ella dijo que estaba enamorada de mí y yo la dejé porque no quería nada con nadie, Moski. Cuando vea que estoy con alguien más... se va a morir de celos. Va a volver, vas a ver.
Lautaro, que estaba limpiando el desastre del sillón con un repasador, soltó un resoplido burlón.
—Manuel, estás con una mina nueva todos los días, ¿qué carajo le importa a ella?
—Sí, pero no me pongo de novio. Esta vez sí me voy a poner de novio. Y ahí se va a querer morir —explicó.
Lautaro lo golpeó con el repasador y Manuel soltó un quejido.
—Vas a ilusionar a una piba, ponerte de novio y romperle el corazón, ¿sólo por ella? Eso es de mala persona.
—No me voy a poner de novio con cualquiera, Lautaro. No soy un pelotudo sin corazón.
Lautaro tomó el termo y el mate y empezó a caminar hacía la cocina, sintiendo que su amigo lo seguía por atrás.
—Me voy a poner de novio con... vos.
El rubio se dio la vuelta rápidamente, asombrado. Se esperaba todo menos aquello. Manuel parecía totalmente serio, sin un asomo de chiste en su cara.
—¿Vos estás en pedo?
—Dale, gordo. Por favor —suplicó el pelinegro.
—Ni loco, Manuel.
Dejó las cosas en la mesada y se apoyó contra esta. Manuel lo miraba con ojos de perro mojado.
—Por favor, Moski. Haceme el favor.
—No.
Manuel no se rendía fácil, se arrodilló en frente de él y unió sus manos.
—Dale, gordo. Te lo suplico. Ella puede ser el amor de mi vida, ayudame a que vuelva conmigo. Por favor.
Lautaro lo pateó, haciendo que pierda el equilibrio y caiga para atrás. ¿El amor de su vida? ¿En serio? ¿Ella? ¿No podía ser alguien más?
—Sos un manipulador de mierda.
—Auch —lloriqueó.
—Pedile a Santiago. No me jodas a mi.
—No es lo mismo, Moski. Ya sabés que no. Con Santiago no tenemos... tensión.
Lautaro se rio, Manuel ya estaba diciendo cualquier cosa para tratar de convencerlo.
—¿Me vas a decir que no tenemos tensión? —preguntó el pelinegro.
—Si tenemos —cedió. Ellos dos tenían una química bastante particular —. Eso no quiere decir que te tengo que ayudar. Ni en pedo, Manuel.
Empezó a caminar hacia cualquier lado lejos de allí, odiaba a Manuel y la odiaba a ella, y no quería ser parte del plan para que ella volviera a sus vidas.
—¡Un mes! —gritó, agarrándolo del brazo.
—¿Qué?
—Ayudame un mes. Si ella no vuelve conmigo en un mes, cortamos todo.
Lautaro puso los ojos en blanco y se soltó del agarre. Cruzó sus brazos, pensando.
—¿Y yo qué gano? —quiso saber.
Manuel sonrió.
—Lo que quieras, gordo. Pedime lo que quieras, te doy cualquier cosa. De verdad.
Ahí le gustó un poco más. ¿Podía pedir cualquier cosa? No sabía si tener ese poder era lo suficientemente valioso como para aceptar que ella volviera a sus vidas, pero conocía a Manuel tanto que si él no decía que sí, su amigo encontraría otra forma de volver con ella, buscaría otra persona para darle celos. Y Lautaro prefería estar al tanto de todo.
El rubio asintió, poco convencido.
—Déjame pensar. Mañana te contesto.
***
Después de pasar toda la noche discutiendo con su almohada, Lautaro tomó una decisión. Se levantó a las diez de la mañana, dispuesto a molestar a su amigo desde temprano.
Golpeó la puerta de Manuel con fuerza y, sin esperar respuesta, ingresó.
El pelinegro lo recibió con los ojos entrecerrados y un bostezo.
—¿Qué hora es? —quiso saber.
—¿Sigue en pie la propuesta?
Manuel se incoporó de un golpe, como si lo hubieran despertado con un baldazo de agua fría.
—¡Sí! ¡Obvio! Yo sabía que ibas a aceptar.
—Pará. Primero te digo lo que quiero y después... festejas.
Manuel lo miró con cautela.
—¿Qué querés?
Moski había pasado horas pensando en qué le iba a pedir. Se sentó en la cama, junto a él.
—Un viaje.
—¿Un viaje?
Se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.
—Hace meses que quiero viajar por ahí, pero me gasto la plata al toque y no ahorro nada.
—Y querés que te lo pague yo —dijo Manuel, incrédulo.
Lautaro asintió.
—Vos dijiste "pedime lo que quieras", eso quiero.
—¿No te parece que pedís mucho?
Lautaro comenzó a levantarse de la cama.
—Yo quiero eso. Si no aceptas... entonces pedile ayuda a otra persona.
Manuel lo detuvo, tomándolo de la mano y atrayéndolo nuevamente hacia el colchón.
—Sos un hijo de puta —soltó, batallando con la idea de decir que no. Pero Lautaro podía pedirle el mundo entero y él encontraría la forma de dárselo —. Decime a dónde querés ir y lo planificamos.
El rubio sonrió de oreja a oreja. No le sorprendía que Manuel aceptara. Estamos hablando de la misma persona que le ofreció quinientos dólares para que le de un beso.
—No sé todavía a dónde quiero ir.
—Bueno... Avísame —respondió Manuel, dubitativo.
Lautaro asintió. Tenía muchos lugares a donde quería viajar. Su corazón se agitó con la promesa de ver paisajes nuevos, probar comida desconocida, aprender otro idioma.
—¿Y qué se supone que vamos a hacer? —quiso saber.
—Fingir. Actuar como una pareja. A partir de hoy, somos una pareja, Moski.
El rubio soltó una carcajada.
—No sé cómo pensás actuar que somos una pareja, pero bueno. Como vos digas, Manuel.
—¡Es fácil! —Manuel estaba visiblemente emocionado —. Todos se va a creer que somos novios, si siempre joden con eso. Sólo tenemos que ser más toquetones que lo normal.
—¿Toquetones? Yo no te pienso tocar ni con un palo.
Manuel lo empujó, riendo.
—Hijo de puta, ¿qué te cuesta? Muchos matarían por estar en tu lugar.
Lautaro puso los ojos en blanco.
—Me imagino... Pediles a ellos que te ayuden entonces.
—Dale, gordo. Un par de besos, algún que otro manoseo de orto, no es nada.
Los cachetes del rubio se tornaron rojos. ¿Manoseo de orto? ¿De qué mierda hablaba?
—Te arranco la mano.
Manuel rio con fuerza y volvió a acostarse.
Lautaro se levantó otra vez, pero antes de salir de la habitación, su amigo preguntó:
—¿Y si no funciona? ¿Y si ella no vuelve conmigo?
—Si hacemos esto, más vale que vuelva con vos, Manuel —amenazó. La verdad que le chupaba un huevo que ella no volviera, pero quería hacerle creer a su amigo que sí le importaba. Si esto era importante para Manuel, entonces tendría que ser importante para Lautaro.
—¿Y si no?
—Y sino, te arranco la cabeza, te quedás sin el "amor de tu vida" —hizo las comillas en el aire — y te quedás sin plata, también. Porque el viaje me lo vas a pagar igual.
Manuel le tiró con una almohada.
—Hijo de puta. Santiago lo hubiese hecho gratis.
Lautaro se encogió de hombros, sonriendo.
—Hubieses desarrollado tensión sexual con Santiago, pelotudo.
***
En el almuerzo, los tres se encontraban en silencio. Santiago levantó los ojos de su plato e inspeccionó a sus amigos.
—¿Qué pasa acá?
—Nada —respondieron al mismo tiempo.
El castaño elevó una ceja como interrogación.
—Algo pasa, no me mientan.
Manuel le dio un pequeño golpe en la pierna a Lautaro, diciéndole: "tranquilo, yo me encargo". El rubio lo miró, inseguro.
—Con Moski... cogimos.
Sus dos amigos abrieron tanto los ojos que casi se salen de sus órbitas.
—¡¿Eh?!
—¡Manuel!
—¡¿Cogieron?!
—¡No! —gritó Lautaro.
Manuel lo pateó fuerte por debajo de la mesa.
—Basta, Lautaro. No se lo podemos seguir ocultando.
—Manuel —advirtió.
Santiago movía su cabeza de un lado a otro, sin poder creerlo.
—Posta no sé si es joda o no. Si es verdad, no me sorprendería. Pero son dos cagones de mierda, entonces creo que es una joda.
Lautaro sentía sus cachetes cada vez más calientes. Manuel sólo sonreía.
—Es posta. Estamos juntos, ¿o no, gordo?
La cantidad de insultos que pasaron por la mente del rubio fueron incontables. No estaba en sus planes tener que fingir en frente de Santiago también. Se mentalizó viajando por el mundo, sin gastar ni un peso propio, y se calmó. Si quería ese viaje, y realmente lo deseaba con todo su corazón, tenía que seguir a Manuel en lo que sea.
—Sí —dijo. Carraspeó para aclarar su garganta —. Sí, estamos juntos.
Santiago casi se cae de la silla.
—¡Insólito! ¡Increíble! Me alegran la vida los Mernoski, por fin se dejan de joder un poco, carajo.
—Por fin me dio bola Lautaro —sonrió Manuel.
—¡Se te dio, hermano! Pensé que no iba a pasar nunca.
Santiago le chocó con fuerza la mano a Manuel.
—¿Cuándo pasó esto? ¿Cómo? Necesito detalles.
Manuel miró a Lautaro inseguro, no habían hablado de qué responderían ante aquella pregunta. Tuvo que improvisar.
—El otro día... El martes, creo. Estaba en mi pieza y entra Lautaro. Y entre joda va y joda viene, terminamos garchando.
"¿En serio?" pensó Lautaro.
—Una poronga tu historia, amigo. A ver, Mosca, contame vos.
Lautaro, rojo de los nervios, empezó a hablar:
—Bueno, viste que Manuel jode todo el día con que le de un beso, y se hace el canchero y es tremendo pelotudo. Me cansé y lo fui a encarar a ver si le daba o si era puro verso, y se ve que no era puro verso porque nos terminó gustando. Y bueno... había que probar y sacarse las ganas. Los dos queríamos, sólo que no nos animábamos. Y bueno, acá estamos. Yo no quería decírtelo, igual. No es nada serio, por ahora. Ya sabés que el emo es un gato de mierda.
—Ey —se quejó Manuel, herido.
—Horribles son contando anécdotas, ¿eso le van a decir a sus hijos? ¿Que un día les agarró la loca y culearon?
—No creo que tengamos hijos, gordo —respondió Manuel, riendo.
Santiago quedó pensativo, intentando unir puntos y señales inexistentes:
—Lo disimularon re bien, igual. Ni cuenta me di hasta hoy. ¿Durmieron juntos desde el martes hasta ahora?
—No, nos daba cosa que te enteres un día entrando a la pieza —dijo Manuel.
—No sería nada nuevo que duerman juntos, gordo. Y... ¿qué son? ¿Novios? ¿Amigovios? ¿Garche fijo?
—No, nada, no sé —respondió el rubio, entre risas nerviosas.
—Novios, creo. Va, somos exclusivos, ¿o no? —Manuel le guiñó un ojo.
—Ponele —murmuró Lautaro.
—¡Insólito! ¡Son putazos los Mernoski! A ver si se mudan a la misma pieza, va, va, va, que la Baya no quiere seguir durmiendo en ese armario.
Lautaro intervino, tratando de safar de la situación:
—Igual no vamos a dormir siempre juntos.
—¿No? —soltó Manuel, Lautaro lo quemó con los ojos.
—¿Por? —preguntó Santiago.
—No da. Las relaciones se arruinan cuando se mudan juntos.
—Pero ustedes dos viven juntos hace como un año, no creo que les cambie nada. ¡Encima ahora me puedo quedar con tu pieza, Moski! Mudense ya.
Lautaro le advirtió a Manuel que lo solucionara ya o lo mataría. Manuel interpretó muy bien su mirada.
—Pará un poco, gordo —respondió, rascándose el brazo —. Dejanos ver qué onda por un tiempo. Si pinta nos mudamos juntos, sino no.
Santiago perdió todo el entusiasmo y regresó su atención a su plato.
—Ya me había ilusionado. Pensé que, por fin, iba a salir del clóset.
Manuel le dio una palmada en la espalda.
—Veremos, amigo.
***
Cuando Santiago se fue al programa y los dejó solos, Lautaro le gritó a Manuel:
—¿Sos imbécil? ¿Por qué le tenemos que mentir a Santiago? ¿Sos pelotudo? No, no, posta te falla. Ahora cuando se entere de la verdad, se va a re enojar, y va a ser tu culpa, pelotudo de mierda.
—Pará un poco, Moski.
Lautaro daba vueltas por toda la cocina, mordiéndose las uñas de los nervios. Parecía un caniche sufriendo de un ataque de ansiedad.
—Era mejor mentirle que decirle la verdad —se justificó Manuel —. Ya sabés cómo es Santiago, si le decíamos que es todo falso se le iba a escapar en cualquier momento. No te guarda un secreto ni en pedo la Baya.
—¡Y ahora piensa que estamos de novios! ¡Y lo peor es que ni le parece raro!
—Y bueno... vos mismo aceptaste que tenemos tensión sexual. La otra gente también lo debe notar.
Lautaro se dejó caer en una silla, cansado.
—No me gusta mentir, menos a Santiago. No sé para qué te dije que sí. Es una locura esto.
Manuel se arrodilló frente a él y le puso las manos en las rodillas. Lautaro elevó la vista y tenía sus grandes ojos verdes frente a él.
—Gordo, recién es el primer día. Tenemos que fingir que estamos juntos un mes entero.
El rubio puso los ojos en blanco.
—Ya sé.
—Todo el mundo va a pensar que somos putos —siguió hablando Manuel —. Perdón, bisexuales —se corrigió —. Así que te tenés que acostumbrar o... arrepentite ahora y listo.
Lautaro lo pensó. La gente ya especulaba que él era gay o bisexual, no le importaba eso. Sí le importaba mentirle a su amigo. Santiago no se lo merecía. La culpa invadió todo su cuerpo, se sentía una mala persona de repente.
—Y después del mes... ¿qué vamos a hacer? ¿Decir que era todo mentira?
Manuel se levantó del piso y se apoyó en la mesa, pensativo.
—Mhm... mejor decimos que nos dimos cuenta de que sólo somos amigos. Y que confundimos las cosas.
—Y vamos a parecer unos pelotudos.
—Gordo, si todo sale bien, en un mes estoy de novio con ella. Cualquier cosa que pase antes de eso, la gente se lo va a olvidar.
—¿Vos decís?
—Sí, bebé. Encima, no lo vamos a hacer tan público. Se va a mantener en el círculo de famosos y conocidos, no creo que nuestro noviazgo llegue a los medios.
—Más te vale, Manuel. Te mato si se nos llega a salir de las manos.
—Tranqui, gordo —le guiñó un ojo —. Tengo todo bajo control.
—¿Y Santiago?
—No pasa nada, Moski. No te hagas la cabeza, no se va a enojar el Bayo.
***
En el stream de esa noche, Manuel se dio cuenta de que no tenía todo bajo control.
Santiago no dejaba de alzar las cejas y poner caras raras cada vez que Manuel y Lautaro interactuaban. Y el chat no dejaba de spamear el nombre de su ex y de cierto jugador de fútbol.
—Me están cansando —advirtió Manuel. Sabía que ella solía ver sus streams, o que algún clip le aparecía en su tiktok —. Ya vi con quién dicen que está Nicki, no me importa, posta. Si es en serio, bien por ellos dos. Dejen de joder con eso, me tienen podrido.
Manuel era un experto: ¿Primer paso para recuperar a alguien? Fingir que no te importa. ¿Segundo paso? Darle celos con tu mejor amigo.
—Insólito lo del emo —habló Santiago —. Ahora que está de novio le chupa un huevo todo.
Manuel y Lautaro abrieron mucho los ojos. Nadie podía controlar a Bauleti. Mucho menos si estaba ebrio.
—No estoy de novio, Santiago —advirtió.
—Pero vas a dormir acompañado esta noche, ¿o no, Mosca? —el castaño le guiñó un ojo y Lautaro se ahogó con su trago.
—Ni idea. ¿Invitaste a alguien a dormir, Manu? —respondió, después de toser.
—No.
El stream siguió una hora más. A Manuel le pasaban mil ideas por la cabeza. Necesitaba ponerla celosa ya, pero no ser tan obvio como para que el público lo notara. No podía permitir que los fans pensaran que Lautaro y él estaban de novios. Nunca lo iban a superar si, un mes después, cortaban y no volvían a hablar del tema. Era mejor mantener todo entre el círculo de conocidos y amigos, donde ella formaba parte.
Manuel conocía una gran cantidad de chismes de famosos e influencers que nunca salieron a la luz, entonces, ¿por qué la relación de él y Moski sería diferente? Estaba totalmente convencido de que no se iba a enterar todo el mundo. Pero, primero, debía encargarse de Santiago.
Al finalizar el stream, le dijo:
—Che, gordo, estaría bueno que lo mío y lo de Moski se mantenga en secreto. Va, quiero que se entere la gente que nosotros elijamos. No andes insinuando en pleno stream que estamos juntos.
Santiago, tambaleándose por su ebriedad, respondió:
—¿Estás loco? Yo les debo mi vida a las Mernoski shippers, mirá si se los voy a ocultar.
—Santiago —lo regañó.
Baietti se encogió de hombros y sonrió.
—Es joda, amigos. Los dejo ser trolatzos en paz. No va a decir nada la Baya, confíen en mí.
—Gracias, amigo —contestó Lautaro.
Manuel observó al castaño, poco convencido. Santiago se la iba a mandar en algún momento, estaba seguro. Ya se encargaría de solucionarlo cuando pasara.
—Ahora a dormir —dijo Santiago, guiñándoles un ojo —. Más les vale que si cojen... no hagan mucho ruido.
Lautaro negó con la cabeza.
—No va a pasar.
—Bueno, me voy. Chau, trolitos —les lanzó un beso y se fue riendo a su habitación.
Manuel se acercó a Lautaro y le puso una mano en el hombro.
—¿Vamos a dormir?
El rubio lo miró, confundido.
—¿Juntos?
—Y sí, gordo. Somos pareja ahora.
Lautaro se soltó del agarre, echando el hombro hacía atrás.
—Estás loco. ¡No era parte del trato dormir juntos!
—Shh, te va a escuchar Santiago —le susurró.
—No voy a dormir en tu habitación, Manuel.
Lautaro empezó a caminar hacía su cuarto y Manuel le pisaba los talones.
—Bueno, yo voy a dormir en la tuya entonces —le dijo el pelinegro.
—Sos insoportable.
—Dale, Moski. Como si fuera la primera vez que dormimos juntos.
Manuel lo miraba con ojos suplicantes y Lautaro lo odiaba mucho por saber cómo manipularlo.
—No —dijo, en su último esfuerzo.
Manuel hizo un puchero y comenzó a retroceder.
—Está bien, como quieras. Santiago va a sospechar y va a ser tu culpa, pero bueno.
El rubio quería gritar de bronca. Empezó a patear el piso, intentando descargar su rabia ahí.
—Quedate —ordenó, entre dientes. Manuel volteó, con una sonrisa enorme —. Emo manipulador de mierda.
Su amigo se tiró en su cama y palmeó su costado.
—Vení, mi amor. Vamos a cucharear.
Lautaro apretó los puños, conteniendo su enojo. No podía creer que se había dejado convencer tan fácil.
—Me llegas a tocar y te arranco la mano, trolo de mierda.
El pelinegro rio.
—Que malo, Moski.
Lautaro se tomó su tiempo para cambiarse y lavarse los dientes, puteando a Manuel en su mente. ¿En qué estaba pensando cuando aceptó todo el asunto de ser novios falsos?
Cuando volvió a la cama, su amigo estaba bajo las sábanas, sin remera ni pantalón.
Se acostó junto a él, ligeramente nervioso. Su cuerpo entero estaba tieso. No era la primera vez que dormían juntos, pero ya habían dejado de hacerlo. Manuel era muy inquieto en la cama y Lautaro tenía poca paciencia, asi que empezaron a pelear más seguido y terminaron por decidir no volver a hacer pijamadas. Eso sumado al hecho de que Manuel se había alejado de él y ya no tenían una relación tan cercana como antes. Pero Lautaro evitaba pensar en ciertos temas o hablar sobre ellos.
—¿Vemos una peli? —preguntó Manuel.
—No tengo tele.
—Por el celu, boludo.
La cama de Lautaro era más pequeña que la de Manuel. Estaban chocando los hombros y el rubio se encontraba muy cerca del borde de la cama.
—Re incómodo —respondió.
—Bue, ¿y qué hacemos?
—Dormir.
Manuel se giró en la cama, viendo el perfil de Lautaro de frente. Su amigo tenía los ojos cerrados y el ceño fruncido. Estaba de mal humor y no le importaba que se le notase. Manuel sonrió.
—No tengo sueño, gordo.
Lautaro abrió los ojos sólo para ponerlos en blanco, mostrando lo harto que estaba de él.
—Cagate.
—Sos malo. Sos mal novio.
El rubio se giró, dándole la espalda.
—No somos novios, imbécil.
—Por un mes, sí. Sos oficialmente mi novio.
Lautaro soltó una risa sin gracia.
—Ni en pedo soy tu novio oficial. Ni por un mes, ni por un día.
—¿Por? —preguntó Manuel, elevando su tono de voz por la risa.
—Porque sos infumable. No te aguantaría ni media hora.
Manuel se acercó a él, pegando sus cuerpos y rodeando su cintura con un brazo. Lautaro soltó un gruñido, pero no se alejó. No supo si era porque si se movía un centímetro más se caería de la cama o porque realmente no le importaba dormir así, tampoco se lo preguntó.
—Hasta mañana, mi amor —susurró Manuel en su cuello. No obtuvo respuesta.
***
Lautaro se levantó al mediodía, sin Manuel a su lado. Estiró sus brazos y su espalda que le dolían por haber dormido tan mal. Era la última vez que dormía con Manuel en su cama de una plaza, se prometió. Si debían dormir juntos, aprovecharía el gran colchón de su amigo, que era, además, mucho más cómodo que el suyo.
Fue al baño, se lavó la cara e intentó peinarse. Tenía unas ojeras enormes, y eran culpa de Manuel y sus ronquidos. Caminó hasta la cocina y ahí estaban sus compañeros, almorzando. Manuel, al verlo, se levantó sonriente de su silla y se acercó a él.
—Hola, mi amor —le dio un corto pico en los labios, que hizo a Lautaro retroceder, asombrado. Iba a decir "¡qué asco!", pero los ojos de Santiago estaban sobre ellos.
—Pensé que nunca iba a ver algo así en mi vida.
Manuel se rio y volvió a sentarse.
—Te compramos una hamburguesa, gordito.
—Gracias —gruñó Lautaro, intentando disimular su mal humor. ¿Era necesario el beso de buenos días? ¿No podía ahorrárselo?
Se sentó lo más alejado posible de Manuel, que se veía radiante, como si hubiera dormido en el cielo y no en su dura cama de una plaza. Lautaro no entendía cómo hacía su amigo para verse siempre tan bien.
—Vieron que confirmaron Nicki y Lamine Yamal —habló Santiago, mirando su celular. Manuel se quedó tieso, con la hamburguesa a medio camino hacia su boca.
—¿Oficial? ¿No era sólo un rumor? —quiso saber Lautaro.
—No. Acaban de subir una foto de ellos dos. Insólito.
Lautaro miró a Manuel, que tenía la cara completamente colorada. Ellos ya sabían que era oficial, se los había confirmado una fuente muy cercana. Pero no esperaban que ella lo oficializara con una foto, pensaban que quedaría todo como un simple chisme.
—A ver —dijo Manuel, con comida en la boca.
Santiago les enseñó la foto, el cuerpo de Manuel empezó a hervir de la bronca. Intentó no decir nada para no cagar su relación falsa con Lautaro, pero su cara habló por él. Se le había desfigurado en una gran mueca de desagrado.
—Mira vos, che —soltó, regresando su atención a su comida, aunque ya se le había ido el hambre.
—¿Lo llevará el finde que viene? ¿Al Vélez de Luck Ra?
Lautaro abrió mucho los ojos, recordando ese compromiso que tenían.
—¿Qué va a hacer ese nabo ahí, gordo? —se rio Manuel, aunque algo amargo.
Santiago se encogió de hombros.
—Qué sé yo, las parejas se acompañan a todos lados. Ella seguro va a cantar, si tienen un tema juntos.
Lautaro no había pensado en eso, pero Manuel sí. Por su cara, era obvio que esa información no le sorprendía.
—Encima, después tenemos el festejo post-Vélez. Va a ir todo el mundo —Santiago se veía entusiasmado. Lautaro asintió con la cabeza, fingiendo una sonrisa. No sabía qué tenía planeado Manuel, pero estaba seguro de que no le iba a gustar.
—Moski... —Manuel lo pateó por debajo de la mesa —... ¿me acompañás hoy? ¿A la sesión de fotos que tengo?
Lautaro lo miró suplicante, porque no podía decirle que "ni en pedo" debido a la presencia de Santiago ahí.
—Qué paja, Manu —lloriqueó.
Baietti intervino:
—Las parejas se acompañan a todos lados, es así.
Lautaro puso los ojos en blanco.
—¿A qué hora?
El pelinegro sonrió ampliamente.
—A las tres nos viene a buscar Balza.
—Bueno —respondió Lautaro, sin ganas. Manuel, sin poder contener la emoción, se levantó y le dio un sonoro beso en la mejilla. Lautaro le gruñó por segunda vez en el día.
—Te amo.
Manuel estaba muy contento de que Lautaro, aunque sea por un mes, tenía que acompañarlo a todos lados con la excusa de ser su "pareja". Y sabía que su amigo no estaba para nada contento, eso lo divertía aún más.
***
—Yo no puedo creer que me diste un beso —lo regañó Lautaro, en un susurro. Estaban parados en la vereda, esperando a que Balza los viniera a buscar. Lautaro traía una chomba blanca y una gorra de sol rosa que le quedaba demasiado bien. Manuel se puso feliz, su novio era hermoso, no podía pedir nada más que aquello. Ella no solo se iba a enojar porque Manuel estaba de novio, sino que también se iba a morir de celos al ver lo lindo que era Lautaro. Manuel sí que tenía buen gusto eligiendo a sus parejas.
—Acostumbrate, gordo. Somos novios, nos tenemos que dar besos.
—Novios falsos —le recordó Lautaro, con el entrecejo fruncido por el sol.
—Pero no existen los besos falsos, Moski. Te tengo que dar besos de verdad.
—Trata de no darme muchos, Mernuel.
Balza llegó con el auto antes de que Manuel pudiera objetar algo. Su amigo bajó la ventanilla y les sonrió.
—¿Cómo anda la parejita?
Lautaro y Manuel lo miraron sin entender. Balza se empezó a reír.
—¿Qué? Santiago me contó. Dale, suban.
Se subieron al vehículo, Manuel de copiloto y Lautaro sentado atrás.
—Qué hijo de puta este Santiago. Menos mal que nos iba a guardar el secreto —gruñó Manuel.
—Te dije que no había que decirle nada —se quejó Lautaro.
Balza bajó el volumen de la música.
—Chicos, Santiago me cuenta todo. Soy como su diario íntimo. Cada cosa que pasa en su departamento, yo lo sé antes que ustedes.
—Qué hijo de puta —repitió Manuel.
—Tranqui, no voy a decir nada. Me alegra mucho que por fin se dieran cuenta.
Lautaro, sin comprender, preguntó:
—¿Cuenta de qué?
—De que estaban re enamorados. Todo el mundo se daba cuenta menos ustedes dos. Era frustrante.
Manuel se rio, nervioso. Una gran parte de su círculo se iba a decepcionar cuando ellos avisaran que ya no eran pareja.
—No estamos enamorados —dijo Lautaro.
—Ponele que te creo.
—¡Es verdad! Estamos juntos, pero no enamorados. No me enamoro yo. Menos del mogulacho de Mernuel.
—Ey —se quejó el pelinegro.
—Como digan, yo estoy feliz por ustedes igual.
—Gracias, Balza —Manuel le sonrió.
***
Lautaro ya había entrado y salido de todas las aplicaciones de su celular unas veinte veces. No veía la hora de irse de allí. Manuel había desaparecido, se lo habían llevado a maquillar y, después de media hora, todavía no había vuelto. Suspiró, enojado. Recién era el segundo día de fingir un noviazgo, y Lautaro ya había pasado por: la peor pijamada de su vida, un fuerte dolor de cuello, un beso de mierda, una salida del closet con Balza y Santiago y un aburrimiento extremo. Manuel debía agradecer si Lautaro lo dejaba seguir con vida después de un mes juntos.
Luego de un rato, Manuel apareció por la puerta del camerino. Sus ojos verdes estaban delineados de negro, y llevaba un saco abierto que dejaba ver los tatuajes de su pecho. Una enorme cadena colgaba de su cuello y sus pantalones eran muy grandes también. Lautaro sonrió al verlo, su mal humor se esfumó al segundo.
—Apa —dijo.
Su amigo le devolvió la sonrisa e hizo una pose.
—¿Te gusta?
—Muy hot.
El pelinegro soltó una risita.
—Gracias, bebé. ¿Vamos? Así ves cómo sacan las fotos.
Lautaro se levantó entusiasmado de su sillón.
—Vamos.
Manuel, sin pensarlo mucho, le tomó la mano. Lautaro lo miró, sorprendido, pero su amigo no le dio importancia. Caminaron de la mano hasta llegar donde estaban los fotógrafos, y el pelinegro lo soltó.
Lautaro se quedó sentado en un rincón, viendo cómo Manuel hacía las poses que le indicaban. Se veía muy lindo, el delineador le resaltaba los ojos claros y Lautaro le recomendaría empezar a usarlo a diario. Era como si se hubiese encontrado a sí mismo, nunca lo había visto con tanta seguridad, como si el look complementara con su personalidad. Le encantaría que Manuel empezara a animarse más y a hacer las cosas que realmente le gustaban, sin pensar en qué opinaría el resto. Solía hacerle caso al chat, y los comentarios de sus seguidores influían día a día con las decisiones que tomaba. Y Lautaro, aunque no iba a decírselo en voz alta, estaba seguro de que su relación con su "ex" también había sido, en parte, por hacerle caso a lo que la gente rumoreaba. Había empezado a interesarse en ella cuando sus seguidores comenzaron a decir que harían buena pareja. Conocía a Manuel, quizás mejor que nadie, para saber que no estaba enamorado de ella y que sólo era un capricho para complacer al chat. Y querer volver con ella era producto de su ego herido al saber que lo había superado demasiado rápido y que sus seguidores se burlarían de él por eso. Pero hablar de esto con su amigo haría que él se enojara muchísimo. Lautaro no quería pasar por eso. Además, su viaje no se pagaría solo. Supuso que Manuel se daría cuenta con el tiempo de lo muy equivocado que estaba.
Se quedó pensando por mucho tiempo, sin notar que Manuel ya se había cambiado de ropa. Su amigo traía un chaleco rosa por encima de una camisa blanca.
—¿Qué opinás? —le preguntó, parándose frente a él.
Lautaro no podía mentirle, Manuel era la persona más linda que conocía y, hoy, estaba más lindo que nunca. El rubio sintió que la sonrisa se le formaba involuntariamente.
—Me gusta. Te queda bien el rosa.
—¿Sí?
Asintió, sonriente.
—Me gusta, Manu. En serio.
Manuel sonrió también, sus ojos se le iluminaron. A Lautaro le gustaba cuando su amigo se mostraba genuinamente feliz. Manuel solía actuar mucho, pero Lautaro lo conocía. Sabía cuándo fingía (la mayor parte del tiempo) y cuándo no. Siempre le brillaban los ojos cuando sus emociones eran reales.
El último outfit fue una chaqueta de cuero demasiado grande. Lautaro no entendía esa onda, pero a Manuel parecía gustarle. Su amigo posaba y todos en el set aplaudían. Mirarlo te dejaba en trance, era realmente cautivador.
Al finalizar, fueron al camerino a buscar sus pertenencias.
—Gracias por venir —le dijo el pelinegro, apretando su hombro con su mano.
—De nada. Te voy a acompañar siempre.
Manuel se rio, sus mejillas habían tomado un lindo color rosa.
—Viste que está bueno. Y vos te quejabas.
Lautaro se encogió de hombros.
—Porque me manipulaste para que venga. Me preguntaste en frente de Santiago para que diga que sí.
—¡Basta de decir que soy manipulador, Moski! No es todo un plan malvado, a veces hago las cosas sin pensar.
—Sí, sí. Hacete el boludo.
Lautaro agarró su mochila y su gorra de sol. Al levantar la vista, tenía a Manuel sacándole una foto con su celular.
—¿Qué hacés?
—Es para mejores amigos de instagram. La tengo a ella agregada. Voy a poner algo de "mi gordo" y un corazón.
Lautaro resopló, riendo.
—¿Mi gordo? ¿Y un corazón? Qué puto, Manuel.
Manuel subió la historia y se la mostró. Se veía a Lautaro distraído y había una frase que decía: "Gracias por acompañarme siempre, mi amor". El rubio observó la foto unos segundos, no había salido tan mal. Manuel siempre encontraba el ángulo perfecto para que Lautaro se luciera en las fotos.
—¿A cuánta gente tenés en mejores amigos? —quiso saber.
Manuel empezó a contar con los dedos y abrió mucho los ojos.
—Me parece que vamos a tener que dar bastantes explicaciones.
***
Manuel tenía alrededor de cuarenta personas en mejores amigos. Eran conocidos, influencers, amigos cercanos, amigos no tan cercanos, mujeres que se había chamuyado o que se quería levantar. Y la foto podría haber pasado desapercibida entre todos ellos, de no ser por las palabras "mi amor". La mayoría le respondió la historia con un signo de pregunta. Ella la había visto, pero no contestó nada.
Manuel tiró su celular al colchón, frustrado. ¿Por qué no había respondido nada? ¿No le interesaba saber si Lautaro era su pareja? Igualmente, no era una gran historia la que había subido. No se entendía que Lautaro era su novio, ellos solían decirse apodos cariñosos todo el tiempo.
—¡Lautaro! —gritó.
El rubio entró a su habitación con el cabello goteando y la remera pegada a su cuerpo. El olor a jabón y perfume llegó a la nariz de Manuel. Desvió su vista rápidamente al ser consciente de que se había quedado en silencio mirándolo.
—¿Qué querés?
—Hay que sacarnos otra foto. Una de vos apoyando tu cabeza en mis piernas o algo así.
—¿Eh?
Manuel palmeó su costado, invitándolo a su cama.
—Dale, gordo. Hay que dar a entender que estamos juntos.
—Sos pesado. Ya subiste una historia hoy, ¿cuántas más vas a subir?
—Las necesarias. Dale, Lautaro.
El más bajo se acercó, arrastrando los pies y soltando insultos que Manuel no llegaba a comprender. Le daba mucha ternura su amigo enojado.
Se desplomó en la cama, frunciendo el ceño.
—Pará, que pongo algo en la tele. Y subo una historia más aesthetic.
—Me re chupa un huevo lo que hagas, apurate.
Manuel se rio y pellizcó a Lautaro sólo para que siguiera enojándose.
—Pelotudo —gruñó el rubio.
Puso "Cars" en la tele y se recostó, estirando las piernas para que Lautaro se apoyara en ellas.
—Vení, dale.
—Sos insoportable, Manuel. Pelotudo de mierda. Más vale que el hotel que me pagues sea cinco estrellas.
Se acostó de costado, usando los muslos de Manuel como almohada. Su cabello mojado le hizo cosquillas. Manuel estiró su mano y se lo acomodó.
Lautaro, un poco comprado por las caricias, se relajó. No era una posición incómoda, hasta podía quedarse ahí si olvidaba la idea de que se encontraba demasiado cerca de la entrepierna de Manuel. Al recordarlo, sus mejillas se encendieron.
—Dale, enfermo —lo apuró.
Manuel pausó justo cuando mostraban el título de la película, tomó su teléfono y sacó una foto. La miró unas diez veces, poco convencido, manteniendo a Moski en la misma posición. Decidió sacar un par de fotos más, tomándose su tiempo. El rubio ya empezaba a perder la paciencia.
—¿Y?
—Pará, gordo. Estoy sacando muchas.
—Dale, pajero de mierda. Es una foto nada más, tarado, ¿tanto vas a tardar?
Manuel lo empujó, solo para que se callara. Lautaro arrugó su nariz y se incoporó en la cama. El pelinegro soltó su celular al instante, sabiendo lo que se le venía. Su amigo empezó a hacer extraños gestos, aquellos que siempre hacía antes de morderlo, pero Manuel no lo detuvo. Quería ver hasta dónde podía llegar. Lautaro clavó sus dientes en la parte interna del muslo de Manuel, un poco más arriba de la rodilla. Soltó un grito y Lautaro aulló como respuesta. Empezó a ladrar y se fue corriendo de la habitación, antes de que Manuel pudiera tomar venganza.
El pelinegro se frotó la mordedura, seguro de que podía largarse a llorar del dolor. Iba a matar a Lautaro, pero primero debía subir la foto de mierda. Eligió la mejor, la más prolija, la más aesthetic, una que parecía sacada de internet de lo bien que se veía. Tecleó una palabra: "Bebé". Y sin pensarlo mucho, la subió.
Actualizaba su celular a cada rato, viendo las distintas reacciones de sus amigos. Todos respondían confundidos, sin entender lo que estaba pasando. Manuel les respondería, pero primero quería ver qué decía ella. Siguió actualizando hasta que apareció. Nicki Nicole había visto su historia. Se quedó con el aire a mitad de camino hacia sus pulmones, esperando y esperando una respuesta. El corazón le latía con rápidez. Pasaron alrededor de cinco minutos y... nada. Ni un like, ni una respuesta. No había hecho nada. Absolutamente nada.
Revoleó su teléfono, que chocó con fuerza contra la pared. Recién era el segundo día, él sabía que su plan no iba a ser nada fácil. Pero se esperaba algo. Una reacción. Un corazón. Algo. Apretó los puños y cerró los ojos. Esperaba que Lautaro apareciera en la puerta para dormir con él esa noche, porque sino no iba a lograr relajarse.
En el living, Santiago le pegó una patada al rubio.
—¿Qué le pasa al emo? ¿Se pelearon?
Habían escuchado el golpe en su habitación, seguramente había sido el celular de Manuel.
Lautaro se encogió de hombros.
—Dejalo, está pelotudo.
—Qué raro, recién subió una foto con vos.
—Sí, pero... ya sabés cómo es. Medio enfermo.
—Me caga la vida el emo, está más loco.
Lautaro se rio. Probablemente, subir la historia no había resultado como Manuel quería y por eso se encontraba así. Pero no iba a ir a esa habitación si no era necesario. Ya había pasado todo el día junto a su amigo, necesitaba un descanso de él.
Se acostó en su cuarto, disfrutando de la comodidad de su cama al no tener a su amigo apretando su cuerpo y roncándole en el oído.
***
Manuel se levantó con una cara de culo histórica, sus amigos nunca lo habían visto así. Se sirvió café y se sentó en silencio en el sillón.
Lautaro y Santiago se encontraban tomando mates en el balcón.
—Che, ¿posta se pelearon que está así?
El rubio no respondió, su atención estaba en Manuel. Se sentía un poco culpable por dejarlo durmiendo solo.
—Me hace re mal verlo así, amigo —siguió hablando Santiago —. Andá a pedirle perdón o algo.
Lautaro lo miró.
—¿Eh? ¿Qué querés que haga?
—No sé, hermano. Dale un beso, algo. Te juro que me tiro del balcón si siguen peleados.
Lautaro puso los ojos en blanco, se levantó de la reposera y caminó hacía Manuel.
La taza que tenía su amigo en sus manos ya debía de estar helada. Lautaro se la quitó y la apoyó en la mesa ratona.
—Dice Santiago que te de un beso, asi hacemos las paces. Piensa que estamos peleados.
Manuel no levantó la vista del suelo. Lautaro suspiró, este pibe lo iba a volver loco.
Le apoyó las manos en los hombros y se agachó para quedar a la altura de su cara. Le dio una pequeña bofetada, sabiendo que Manuel era peligroso si estaba enojado, pero no reaccionó.
—Manuel.
Nada.
—Te voy a dar un beso, ¿escuchaste? Santiago nos está mirando.
Nada.
—Manu.
Nada.
Lautaro cerró los ojos y lo besó, apoyando firmemente su boca en la suya. Duró menos de dos segundos y se retiró. No había sido un gran beso (ni siquiera estaba seguro de que contara como beso) pero tampoco había sido el peor.
Manuel se relamió los labios. Bien. Algo era algo.
Se arrodilló frente a él.
—Dale, pelotudo. No te podés poner así.
—Dejame en paz —su voz salió rasposa. El rubio puso una expresión de hartazgo.
—No puedo creer que seas tan imbécil, posta. Menos mal que me jurabas que ella iba a volver con vos, te tenías toda la fe del mundo, y ahora porque no te respondió una historia de mierda estás así. ¿Tan fácil te rendís? Al final sí sos un putito.
Manuel le esquivó la mirada, frunciendo las cejas.
—No dormiste conmigo —murmuró.
Lautaro lo inspeccionó, ¿había escuchado bien? ¿Le estaba haciendo un reclamo?
—Y si estabas enojado como un pelotudo. Ni en pedo dormía con vos, Manuel. Odio cuando te ponés así.
El pelinegro suspiró con fuerza y volvió a mirarlo.
—Si dormías conmigo capaz hoy no estaba tan enojado.
Lautaro se rio.
—¿Otra vez manipulando?
Un asomo de sonrisa apareció en los labios de Manuel.
—Cállate, Lautaro.
—¿Ya hicimos las paces? Me duelen las rodillas.
El pelinegro lo pensó. Lautaro lo había mordido muy fuerte ayer, no sabía si iba a poder perdonarlo tan rápido.
—Si me das otro beso, te perdono —dijo.
El más bajo se sonrojó ligeramente.
—¿Perdonar? ¡Si no te hice nada!
—Casi me arrancas la pierna, hijo de puta.
El recuerdo se le vino a la mente, se había olvidado de que lo había mordido ayer.
—Uh.
Manuel sonrió, pero no le llegó a los ojos. Lautaro le sacó el pelo de la cara.
—Un beso más y basta. No te vas a poder vengar por la mordida si te doy un beso—advirtió.
El pelinegro asintió y Lautaro se inclinó hacia él. El beso fue suave. Manuel movió un poco sus labios, humedeciendo los de Lautaro con su parte interna. Se sentía bien, en realidad. Mucho mejor que solo el duro choque de labios. Lautaro se animó a mover un poco los suyos, para seguirle el juego. Se separaron y ambos sonrieron.
—Listo. Es el fin de nuestra primer discusión como novios falsos —dijo Manuel. Lautaro se levantó de su lugar, refregando sus manos en sus pantalones, porque habían sudado.
—Ya habíamos peleado antes, pelotudo —le recordó —. Santiago debe estar mirando todo.
Manuel miró para atrás y Baietti fingió prestar atención a su celular.
—Es más chismoso —se rio el ojiverde.
—Seguro nos pregunta por qué nos peleamos.
—Le voy a decir porque vos no quisiste dormir conmigo
Lautaro lo pateó.
—Yo le voy a decir porque vos sos un malhumorado de mierda.
***
Alrededor de las seis de la tarde, el humor de Manuel había cambiado drásticamente. Se le habían ocurrido un millón de ideas nuevas para darle celos a su ex. Su joya principal iba a ser el fin de semana que viene, en el after del show de Luck Ra. Mientras tanto, iba a ir sembrando pequeños rumores y seguiría saliendo con Lautaro a lugares donde nunca la llevó a ella.
—Vestite, Moski, tenemos una cita.
Lautaro, que estaba leyendo un libro sobre quién sabe qué en el sillón de la sala, lo miró confundido:
—¿Eh? ¿A dónde?
—Al cine.
El rubio se incoporó, un poco cautivado por el plan. Le encantaba ir al cine, no solía ir muy seguido debido a que la gente lo reconocía en la sala y lo incomodaba, y tampoco tenía a alguien que lo acompañara.
—Ah, ¿sí? ¿Qué vamos a ver?
—Hay un par de terror. Está la nueva del conjuro, ¿las viste?
Lautaro se encogió en el sillón.
—Ni a palo.
—Dale, Moski.
—¡No, Manuel! —exclamó, abriendo mucho los ojos. Odiaba las pelis de terror, las detestaba.
—Por favor —hizo un puchero —. La quiero ir a ver.
El rubio rezongó.
—Ni siquiera viste las anteriores.
Manuel se encogió de hombros.
—¿Y? Deben ser todas iguales.
Lautaro tomó su celular y revisó la cartelera. No había ninguna película que llamara su atención, pero las ganas de ir al cine no se le sacaron.
—¿Y si me da miedo?
—Dormís conmigo a la noche, no pasa nada.
—¿Y si grito en el cine? ¿Te vas a reír?
—No... —mintió, era obvio que se iba a reír.
Lautaro aceptó, no era raro no poder decirle que no a Manuel.
***
—¡LA CONCHA DE TU MADRE! —gritó Lautaro, saltando en su asiento. Ni siquiera llevaban diez minutos mirando la película. La sala estaba bastante vacía por ser un día de semana. Había un par de personas que los reconocieron, y ahora se reían de Lautaro.
—Pará, gordo —dijo Manuel, apoyando su mano en la suya —. No pasó nada.
Lautaro gruñó, llevándose un gran puñado de pochoclos a la boca. Masticó con fuerza, haciendo sonreír a Manuel.
El pelinegro no venía seguido al cine, ni siquiera le gustaba mirar películas, pero la experiencia estaba siendo divertida. Le diría a Lautaro de venir más seguido, le gustaba como su amigo tiraba comentarios al aire en voz alta y se peleaba con la gente cuando lo callaban. También le gustaba como la luz de la pantalla iluminaba la cara del rubio y como buscaba su mano para apretarla cuando una parte le daba miedo.
Recordó cuando ella le planteó que nunca habían tenido una cita oficial, que ni siquiera la había invitado al cine. Manuel intentó excusarse, diciendo que odiaba los cines y los asientos pegoteados. Ahora mismo, no los odiaba tanto.
—Ay, no, Manu —lloriqueó el rubio, apoyando su cara en el hombro de Manuel para no ver la pantalla —. Manuel. ¿Qué pasa? Decime. ¿Da miedo?
Manuel soltó una risita suave y rodeó a Lautaro con su brazo, acercándolo más a él.
—No pasa nada, gordo, posta. Ya cambió la escena.
La escena no había cambiado, y cuando apareció una señora frente al espejo, Lautaro tiró el tarro de pochoclos al piso
—No, no, no. Me voy a la mierda, pelotudo. Esta película de mierda que me trajiste a ver, la puta madre.
Se intentó levantar del asiento, pero Manuel lo detuvo, sin parar de reírse.
—Dale, bebé. Quedate.
Lautaro rodó los ojos para arriba y se sentó otra vez. Sin que se diera cuenta, Manuel lo había grabado y subido a sus mejores amigos, poniendo: "Se asusta mi gordo".
—La próxima elijo la peli yo.
El corazón de Manuel se aceleró al escuchar que habría una próxima vez, sin necesidad de que él se lo pidiera.
En algún momento de la película, Lautaro apoyó su mano en el muslo de Manuel y no la sacó de allí hasta que terminó, apretando cuando le daba miedo y repiqueteando sus dedos cuando estaba nervioso. Su cabeza descansaba sobre el hombro de su amigo, quién podía oler muy bien el perfume que se había puesto. ¿Lautaro se había perfumado para ir al cine con él? Manuel sonrió con solo pensarlo, de verdad se había tomado el asunto de la cita con seriedad.
Al finalizar, el rubio estaba más molesto que nunca, insultando a Manuel y a la película a la vez:
—Una porquería esta peli de mierda, lo único bueno fue la flequilluda. Linda mina. El resto, una poronga. Nunca más elegís película, Manuel, sos un boludo. Peli de mierda. Igual, la parte que apareció la muñeca gigante se cayó a pedazos. Malísima, ¿a quién se le ocurre? Sólo vos venís a ver estas películas, sos un mogul.
Manuel lo atrajo hacía él, pasando su brazo por sus hombros. Caminaron abrazados hasta la salida.
—Estuvo buena, gordo. Bien que gritaste.
—¡Y sí! ¡Si da miedo obvio que voy a gritar!
—Hasta lloraste, Moski.
Lautaro lo empujó.
—Mira si voy a llorar, pelotudo.
Se subieron al auto, Manuel sin parar de reír y Lautaro sin parar de putear.
—Te vi llorando.
—Nadie se puede enterar —lo amenazó Lautaro.
El pelinegro le acarició la mejilla con ternura antes de encender el auto, ganándose un gruñido. Por una vez, se olvidó de revisar su celular a ver si ella había respondido.
***
"A nicki.nicole le gustó tu historia".
Manuel miró su celular antes de iniciar el stream, sus pulmones se quedaron sin aire. ¡Lo había logrado! ¡Había llamado su atención! Se preguntaba qué pensaba ella sobre él y Lautaro pasando tiempo en pareja, quería saber si le molestaba y cuál había sido su reacción.
Le enseñó el celular al rubio, quién sonrió de costado y le alzó el pulgar. No había nada que le chupara más un huevo a Lautaro, pero debía alegrarse por Manuel. Si su amigo era feliz, entonces él también. Aunque hubiese querido que fuese feliz con alguien más, con alguien que realmente le gustara. Pero se reservaba su opinión, por el momento.
—Los Mernoski fueron al cine —leyó Santiago del chat —. Si, gente. La banda fue al cine pero no invitaron a la Baya.
Los chicos se rieron.
—Es que era una cita —dijo Manuel, en tono de broma.
—¿Qué vieron? Cuenten.
—El boludo de Mernuel me llevó a ver "El Conjuro". Una poronga, ni la vean.
El chat empezó a criticar a Manuel por la elección de la película, mientras Lautaro sonreía falsamente. Su amigo estaba de buen humor y discutía con la gente. Quién diría que un like en una historia lo alegraría tanto.
Una punzada de bronca invadió el pecho de Lautaro. ¿En serio ella lograba poner a Manuel así? ¿Desde cuándo? El rubio recordaba lo mala pareja que eran, como Manuel estaba todo el día de mal humor, como se quejaba de ella y decía que no le gustaba tanto en realidad. ¿Qué había cambiado? ¿Era posible que Manuel estuviese realmente enamorado? La bronca creció un poco más. ¿Por qué se había enamorado de ella? ¿Qué tenía de especial? Lautaro no lo entendía, no veía lo que el resto de la gente veía. No le parecía linda, ni graciosa, ni simpática, ni siquiera buena persona. Un poco de miedo le daba que el plan resultara bien y que Manuel se pusiera de novio. No quería ni pensar en eso.
Cuando se fueron a acostar, el buen humor de Manuel chocaba con el ligero mal humor de Lautaro.
—¿Qué pasa, gordo?
Sus cuerpos estaban más alejados que cuando durmieron en la cama del rubio. Ni siquiera podía sentir el calor de Manuel cerca.
—Nada, ¿por?
Manuel lo miraba atentamente, intentando leerlo.
—No sé, te quedaste callado en el stream en un momento y después seguiste así hasta el final.
Lautaro se removió entre las sábanas.
—Ah, no me di cuenta.
—Yo sí.
Se quedaron en silencio, lo único que se escuchaba era el ruido del televisor en el living. Santiago miraba un partido de fútbol.
Manuel se acercó un poco, sus rodillas chocaron con las piernas de Lautaro.
—¿Estás así por la peli? ¿Te da miedo dormir?
Lautaro, que se había olvidado por completo de aquello, asintió. ¿Qué le iba a decir? ¿Que le incomodaba la idea de Manuel poniéndose de novio con ella?
La mano de su amigo encontró la suya, acariciándola.
—No pasa nada, gordo. No existen esas cosas.
Lautaro retiró su mano, cambiando la posición de su cuerpo para quedar frente a Manuel.
—Está basado en un caso real, ¿sabías?
El pelinegro abrió mucho los ojos, asustado.
—¡Mentira!
Lautaro se rio, el nudo en su pecho se aflojó un poco.
—Sí, tarado. Son personas reales los Warren. Las pelis están basadas en los casos que tuvieron.
—Ay, no, Moski. ¿Por qué me dijiste esto? Ahora estoy todo cagado yo.
Manuel se pegó un poco más a él, sus rodillas chocaban y sus frentes estaban a centímetros.
—Te va a venir a buscar Annabelle —susurró el rubio. Su amigo le tapó la boca con la mano.
—Cállate, cállate.
Manuel lo soltó lentamente, sin darse cuenta de que habían quedado más cerca aún. Estaban respirando el mismo aire. Sus cabellos se mezclaban en la almohada.
Un lindo brillo apareció en los ojos de Manuel cuando sonrió.
—Tenés pecas, Lauti —murmuró.
La cara de Lautaro se ruborizó. ¿Le había dicho "Lauti"?
—¿Recién te das cuenta?
—Nunca te miré tan de cerca.
El televisor de la sala se apagó, escucharon las puteadas de Santiago y sus pasos hacia su habitación. Los dos se rieron.
—Vos tenés las pestañas re gruesas —admiró el rubio.
Manuel, sin perder la oportunidad, dijo:
—¿Sabés qué más tengo grueso?
Lautaro arrugó la nariz, ahogando una risa.
—Sos un asco, chabón.
Manuel cerró los ojos, sonriendo por su ingenio.
—Hasta mañana, Moski —susurró.
—Chau, Mernuel.
***
No hubo beso de buenos días esa mañana porque Santiago se había ido temprano a la casa de sus abuelos y no necesitaban fingir. Sí hubieron toques en la cintura al pasar y algún beso en la mejilla por parte de Manuel. Él era una persona cariñosa, especialmente con Lautaro. Cuando su amigo lo alejaba o le gruñía, solo lograba motivarlo más. Le daba mucha ternura y sabía que a Lautaro realmente no le molestaba que sea cariñoso con él. Una vez se lo había preguntado y le sorprendió la respuesta. "¿Cómo me va a molestar?" le había dicho.
—Manuel, sos un desastre, pelotudo. Se te quemó toda la sarten, tarado —gritó Moski. Estaban intentando hacer el almuerzo.
El pelinegro se reía mientras grababa con su celular.
—¡No hice nada! —se defendió.
—¡Por eso, idiota! En vez de revolver, estás ahí parado como un pelotudo. Se pegó todo.
Manuel subió a su historia su pequeña discusión con Lautaro, poniendo: "Cuando tu novio se ve tan lindo que ni te importa que te esté cagando a pedos". Soltó el celular y fue a ayudar. Le pegó con la cadera a Lautaro, empujándolo un poquito.
—No te enojes, gordo.
—Una sola sarten tenemos, y la quemaste.
—Te compro diez más, si querés.
Lautaro rio.
—No se soluciona todo con plata, sabés.
—¿No?
Lautaro le devolvió el caderazo.
—No. Si fuésemos novios de verdad y en una pelea me compras algo para que me calme, te pego un tiro.
El cuerpo de Manuel reaccionó con un escalofrío, no esperaba ese ejemplo.
—¿Y cómo se soluciona todo? —quiso saber.
Lautaro se encogió de hombros, abriendo la canilla para que caiga agua fría en la sarten quemada.
—¿Pidiendo perdón, capaz? —contestó.
Manuel lo miró, Lautaro llevaba un delantal que no sabían de dónde había salido, quizás era un regalo de la mamá de Manuel que quedó olvidado en un cajón. Su pelo rubio estaba tapado por una gorra que le quedaba grande. Se veía demasiado tierno para él.
—Perdón, no sabía que te importaban tanto las sartenes.
Lautaro suspiró, poniendo los ojos en blanco.
—No me importan, tarado. Me molesta que me digas que cocinemos juntos y te quedes ahí con el celular sin hacer nada.
Manuel cerró la canilla.
—Te estaba sacando fotos —confesó.
Lautaro se tensó, quedando quieto en su lugar.
—¿Para tu historia?
—Subí un vídeo a la historia de cuando me gritabas, pero las fotos me las guardé para mí.
Las mejillas del rubio se volvieron bordó.
—¿Por?
Manuel no sabía el por qué, en realidad. Siempre le sacaba fotos a su amigo, más cuando se veía así de lindo con un delantal y una gorra gigante. Tenía la galería llena de fotos de Lautaro distraído, las acumulaba como un fanático.
Una notificación no le permitió responder. Revisó su celular y casi se le cae al piso al leer.
—Me respondió la historia —tartamudeó. Lautaro no le entendió ni una palabra.
—¿Qué? —preguntó, molesto.
—Nicki. Me respondió la historia que subí recién —Manuel apretaba el celular con fuerza, sin poder creerlo —. Me puso: "¿confirmaron?".
Lautaro se acercó a ver. El chat de ellos dos sólo tenía reacciones de ambos a las historias de instagram cuando salían juntos. Estaba vacío, no era esa clase de chat que mantienen las parejas, cuando se mandan vídeos de gatitos y dicen "somos nosotros". Lautaro no sabía mucho de parejas, nunca había tenido una, pero suponía que así funcionaban. Se imaginó saliendo con Manuel algún día, su amigo lo llenaría de vídeos de gatitos diciendo "somos nosotros". De hecho, de vez en cuando, lo hacía.
—Insólito —soltó el rubio, alejándose.
—¡Por fin! ¡Por fin, Moski! —la sonrisa de Manuel era radiante, y algo en el corazón de Lautaro dolió al verlo así por ella.
—¿Qué le vas a decir? —su voz salió finita, trataba de prestar atención a la olla de agua caliente para los fideos, que ya había empezado a hervir.
—Que sí, que estamos juntos —Manuel estaba tecleando en su celular, sin poder ver la extraña reacción de Lautaro —. Listo, ahí le puse. Se debe querer morir, boludo.
Levantó la vista y vio a su amigo poniendo los fideos en la olla, se acercó a ayudarlo.
—Está bien, no toques nada —lo retó Lautaro, al ver cómo Manuel acercaba su mano.
—Después te quejás si no ayudo.
Su teléfono volvió a sonar. "felicidades ♡" puso ella. Manuel likeó el mensaje, intentando parecer desinteresado. Volvió a poner sus ojos en Lautaro, que bailaba mientras revolvía los fideos. Manuel sonrió de oreja a oreja.
—¿Y la salsa? —preguntó.
—Metete en el culo la salsa, pelotudo. Si arruinaste la cebolla.
Manuel rio y lo abrazó por atrás, dándole un corto beso en el cuello. Lautaro gruñó, pero no se movió. El pelinegro apoyó su barbilla en el hombro del contrario.
—Perdón, mi amor. Bueno, comemos fideos blancos entonces. Qué manjar.
Mientras comían, Manuel respondía mensajes de instagram de gente sorprendida por su noviazgo. Lautaro no le sacaba los ojos de encima, su amigo era muy expresivo y al rubio le fascinaba. Pocas personas podían leer a Manuel tan bien como Lautaro.
—Angie y Brisa quieren hacer cita doble. No sabía que eran novias, ¿vos sabías? —le preguntó el pelinegro, sacándolo de su burbuja.
—Sí, tarado. Hace años.
Manuel se encogió de hombros. Realmente no era muy bueno reteniendo información.
—Ángela no lo puede creer, mirá —le mostró un montón de mensajes de su amiga, que festejaba la confirmación. A Lautaro se le hacía gracioso que tanta gente esperase este momento. ¿Por qué creían todos que hacían una buena pareja? ¿Por qué a nadie le sorprendía que estuviesen enamorados? ¿Por qué todos decían "por fin"? ¿Por fin, qué?
Lautaro fue a acostarse a su habitación, dejando a Manuel boludear con el celular tranquilo. A la noche no prendían stream porque Santiago no estaba y Coker los había invitado a su casa.
***
—Tranqui, están los de siempre. No nos van a decir nada —Manuel le apretó la mano con fuerza, Lautaro no sabía cuándo la había tomado.
Entraron a la casa de Coker y Juli, que festejaban algo que Lautaro no recordaba. ¿Su aniversario, quizás? ¿Cumpleaños? No tenía idea. Manuel tampoco.
Juli los recibió con un cálido abrazo.
—¡Llegaron los novios! —exclamó. La cara de Lautaro se volvió un tomate mientras todos los que estaban en la sala se acercaban a saludar y felicitarlos.
—¡Por fin! ¡Pensé que seguían de luna de miel! —Coker los abrazó, palmeando la espalda de Manuel como un padre orgulloso.
—Más o menos, es todo muy nuevo, ¿o no, amor? —el pelinegro le guiñó un ojo a Lautaro, que estaba siendo arrastrado por Juli para que le contara todo.
Por suerte, Manuel y él habían ensayado lo que iban a decir. No era muy difícil que la gente creyera que un día quisieron probar y se dieron cuenta de que se gustaban. Lautaro se preguntaba el porqué.
—Cuando vi las historias de Manu dije: "Estos dos ya oficializaron". Se lo comenté a Mathi y opinaba lo mismo.
—Y viste cómo es Manuel, no se guarda nada —rio Lautaro, viendo cómo Manuel festejaba con sus amigos. Se lo veía muy contento, pero ellos no sabían el verdadero motivo de su felicidad. No era por Lautaro, no. Era porque ella le había respondido la historia, dándole una mínima señal de que seguía pendiente a él.
—¿Y qué onda? ¿Es buen novio? —quiso saber Juli.
Lautaro asintió, con las mejillas sonrojadas. Manuel era un buen novio falso, no iba a mentir. Le preparaba café, lo llevaba al cine, le compraba comida, ¿qué más podía pedir? Y conociendo a Manuel, aunque era un mujeriego y no lograba comprometerse con nadie, Lautaro sabía que era una persona cariñosa y atenta, y que cualquier mujer que lograra ganar su corazón sería muy afortunada de ser su pareja.
Manuel le trajo un trago y regresó al otro lado de la sala. Lautaro sonrió por el gesto.
Bebió lentamente, aunque ya tenía ganas de irse. Las preguntas de Juli lo incomodaban. Manuel bromeaba con Balza y Coker. ¿A nadie de acá se le hacía raro que fuesen oficialmente una pareja? Manuel era completamente heterosexual, ¿por qué nadie sospechaba? Él también era heterosexual... claro. ¿Por qué nadie actuaba extraño si salía con otro hombre?
Luego de un rato, trajeron la torta de cumpleaños. El rubio aún no sabía a cuál de los dos anfitriones pertenecía.
Se acercó a Manuel, que estaba apoyado en la pared con el celular.
—¿De quién es el cumple? —le preguntó. Manuel alzó la vista y sonrió, guardó el teléfono y pegó a Lautaro a él, agarrándolo de las caderas.
—No sé, boludo. Estuve toda la noche hablando con Coker y no le dije "feliz cumple".
Lautaro, que no lograba acostumbrarse a actuar como pareja, apoyó torpemente las manos en su pecho.
—Yo estuve toda la noche con Juli y no le dije "feliz cumple".
Se rieron. Los ojos de Lautaro se achicaban mucho cuando sonreía y a Manuel le encantaba. También, cuando llegaba la noche, se tornaban muy oscuros, pasando de ser marrones a verse casi negros. De día, en especial cuando el sol los iluminaba, y si prestabas mucha atención, podías ver destellos dorados en los iris del rubio. Manuel lo estaba descubriendo ahora, con la cercanía que se veían obligados a tener como pareja. Si le preguntabas, no le importaba para nada estar así con Lautaro. No lo sentía como una obligación, hasta lo disfrutaba.
—¿Qué me mirás, mogul? —dijo Lautaro, sin perder esa hermosa sonrisa.
Los puños del rubio se cerraron en su remera, arrugándola. Manuel se relamió los labios.
—Estás muy lindo.
Lautaro se echó para atrás, soltándose de su agarre.
Empezaron a cantarle el "Feliz Cumpleaños" a Juli, y los dos se querían morir por no haberla saludado.
Manuel se quedó cerca de Lautaro, apoyando una mano en su cintura. De vez en cuando, le clavaba un dedo en las costillas, que hacía a Moski reír.
Se mantuvieron pegados el resto de la noche. Sin besos, ni tampoco los manoseos de los que Manuel había hablado. Solo pasaron el tiempo como lo hacían normalmente, riendo y hablando en su propio mundo. Las personas los miraban y creían que eran una pareja real por su manera de actuar, pero no estaban actuando para nada. Solo eran ellos dos pasando el rato, acercándose demasiado para hablar y mirando al otro cuando estaba distraído.
Cuando Lautaro bostezó, Manuel lo apretó más fuerte a su costado.
—Vamos a casa, gordito.
Se despidieron de sus amigos, le prometieron a Juli traerle un regalo atrasado la próxima vez que se junten y se fueron.
No tenían la necesidad de dormir juntos esa noche, Santiago no dormía en el departamento. Lautaro siguió a Manuel hasta su habitación de todas formas.
Se tiraron en la cama, exhaustos aunque no habían hecho la gran cosa ese día. Manuel se pegó demasiado a él, como si no tuviera una cama enorme donde dormir.
Estaban muy callados, ninguno sabía bien por qué. Con tanto silencio, hasta podían escuchar la respiración del otro. Lautaro le dio la espalda, siendo una invitación para que Manuel lo abrazara por atrás.
El calor del cuerpo de su amigo se posó sobre él. Su brazo envolvía su cintura, su pecho estaba contra su espalda, sus piernas se enredaban. Lautaro se sintió sumamente en paz, pudiendo conciliar el sueño demasiado rápido.
Manuel, por su parte, no podía dormir. Su cabeza estaba más inquieta de lo normal. Pensaba, mientras su corazón latía con fuerza contra el cuerpo de Lautaro, si alguna vez se había sentido tan bien durmiendo con otra persona que no fuera él. Intentó recordar cuando dormía con Nicki, pero ninguna imagen apareció en su mente. No solía dormir cuando estaba con alguien, ni siquiera con ella, que Manuel juraba que era el amor de su vida. Simplemente, no le salía. Pero con Lautaro era distinto. Encontraba en él una tranquilidad que nadie más le brindaba. Y esa misma tranquilidad no lo dejaba dormir esa noche, porque no debía sentirse tan bien estar así, ¿no? No debía querer esto para siempre. Manuel no podía acostumbrarse a Lautaro, no. Él tenía una misión: recuperar a su ex novia. Ella, que había conseguido a alguien más. Ella, que le dijo que lo amaba y él nunca pudo responder lo mismo. Ella, que no le daba paz. Ella, que no se sentía así de cálida cuando la abrazaba. Él quería volver con Nicki. Lo quería. ¿Lo quería? Sí. Obvio que sí. ¿Por qué no lo querría? Todos estarían felices si volvieran, hasta él. Todos le recordaban lo bien que quedaban juntos. Hacían una gran pareja, ella era hermosa y talentosa, entonces, ¿por qué Manuel no querría tenerla otra vez en su vida? Pero otra pregunta lo atormentaba más: ¿Por qué la había sacado de su vida en primer lugar? No podía contestarlo, no estaba seguro. No la quería en ese momento, o eso pensaba. Pero ahora sí, ahora estaba listo para amarla. Él podía amarla. Ella podía hacerlo feliz. Y la gente estaría feliz también. Lautaro estaría feliz por él, seguramente. Lautaro formaba parte de este plan porque, además de querer su viaje, quería que Manuel volviese con ella. Seguro veía lo que todo el mundo veía, lo buena pareja que hacían, lo mucho que se querían. Seguro Lautaro quería que ellos volvieran ya, y que Manuel lo dejara en paz. Seguro Lautaro pensaba que Manuel era un intenso por querer dormir con él todas las noches, pero no lo entendía. No entendía que con sólo él se sentía así de bien. No sabía que podía hallar tanta calma envolviendo a alguien con sus brazos. ¿Por qué se sentía tan bien? ¿Por qué Lautaro y nadie más que Lautaro? ¿Por qué no ella?
***
La semana pasó rápido, se había vuelto rutina pasar los días y las noches juntos. Manuel le sacaba fotos cuando comían, cuando terminaban de stremear, cuando veían películas, cuando cocinaban. Muchas veces, quizás tres de cada cinco, no las subía. Lautaro se preguntaba qué hacía con todas las fotos que se guardaba de él.
Se tocaban demasiado. Todo el tiempo. En stream, fuera del stream, con gente, sin gente. Parecía que no podían sacarse las manos de encima ni por un segundo. A Lautaro le gustaban las caricias de Manuel. A Manuel le encantaban los pequeños besos que Lautaro dejaba en su cuerpo.
Dormían en la misma cama, manteniendo una distancia prudente pero, en la mañana, despertaban enredados entre ellos. El que se levantaba primero, le hacía el desayuno al otro. Era un pacto implícito que tenían.
Hablaban y reían sobre cualquier cosa, se sentían más unidos de lo que alguna vez habían estado. Quizás, era por compartir cama, o... por compartir un secreto. Quizás, era porque Manuel era la única persona con la que Lautaro quería pasar el tiempo, y a Manuel le pasaba lo mismo.
Aunque, a veces, cuando Lautaro dormía o lo dejaba un rato a solas con su propia mente, a Manuel comenzaba a dolerle el pecho. Muchas preguntas pasaban por su cabeza, pero no lograba encontrar respuesta para ninguna. ¿Por qué con Lautaro sí y con Santiago no? ¿Por qué con Lautaro sí y con su ex no? ¿Por qué sólo era Lautaro el que lo hacía sentir así? ¿Por qué disfrutaba cada día, desde el principio hasta el final, solo porque lo pasaba junto a su amigo? Recordó cómo era su relación antes del asunto de "novios falsos": no dormían en la misma cama, no hablaban todo el tiempo, no comían juntos ni se tenían en cuenta para la comida, solo se veían a la hora de prender stream, ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que tuvieron una conversación real, más allá de preguntarse "¿qué onda?" o "¿te ves con una mina hoy?". Y Manuel no se sentía así en ese momento, no pasaba el día entero sonriendo ni sintiéndose lleno. Quizás, extrañaba a Lautaro más de lo que pensaba. Quizás, había sido un amigo de mierda.
—¿En qué pensás? —Lautaro le pegó con la toalla al tirarse junto a él en la cama, se había bañado y, como no tenía ropa limpia, le robó unos bóxers. Manuel resistió el impulso de inspeccionar todo su cuerpo con los ojos. Un calor se extendió por todo su abdomen, uno que se había vuelto familiar la última semana.
—En nada, ¿por?
—Estabas pensativo —respondió Lautaro, encogiéndose de hombros.
Era jueves y Santiago había insistido mil veces con que salieran a bailar con él. Cuando dijeron que no, usó la carta de que, desde que eran novios, no le prestaban atención, así que tuvieron que aceptar ir.
—Moski, vos... —intentar formular al menos una idea de las millones que pasaban por su cabeza era muy difícil —... Antes, cuando no estábamos así... juntos, vos... ¿me extrañabas? —quiso saber.
La mirada de Lautaro oscureció, como si hubiese recordado algo que le dolía.
—¿Cómo? Si vivíamos juntos igual —sabía lo que quería decir, pero intentaba ganar tiempo.
—Sí, pero... —Manuel parecía frustrado —Nada, no importa.
Se levantó de la cama para mirarse al espejo, ya estaba listo para salir, pero sentía que algo le faltaba. Alisó su remera con las manos llenas de anillos, reforzó su cinturón y peinó su cabello. Aún faltaba algo.
—Sí, te extrañaba —confesó Lautaro, en voz muy baja. Manuel volteó a verlo rápidamente, sorprendido.
—¿En serio?
El rubio asintió, sin devolverle la mirada, se había sentado en la cama y jugaba con sus manos.
—No estabas nunca, Manu, ni hablábamos.
Manuel se acercó a él, buscando sus ojos.
—Y... ahora, ¿te gusta que pasemos tiempo juntos?
Lautaro puso cara de hartazgo, con las mejillas sonrojadas. Odiaba esta conversación.
—Sí, tarado. Sos mi amigo, no me gusta cuando no me hablas.
Manuel sonrió, su pecho dejó de doler un poco.
—A mi también me gusta estar con vos —le pegó en el hombro, juguetón.
Lautaro levantó la vista hacia él, y no parecía del todo feliz.
—Cuando te pongas de novio con ella... —empezó a decir, pero se arrepintió.
—¿Qué?
El rubio exhaló todo el aire de sus pulmones, frustrado. ¿Por qué tenía que abrir tanto la boca?
—Va a ser todo igual que antes —soltó.
Manuel empezó a negar con la cabeza, ¿cómo iba a ser todo como antes? ¿Lautaro no se daba cuenta de que solo él lo hacía feliz? ¿De que solo lo necesitaba a él? Manuel no se podía imaginar volver a su vida pasada, sin tener a Lautaro a su lado todo el tiempo.
—No, gordo. No va a ser como antes, te lo prometo.
Lautaro puso los ojos en blanco.
—Te conozco, Manuel. Ya sé cómo sos. Apenas te de bola ella, vas a ir corriendo y te vas a olvidar de mi —pensó cómo sonaba eso y agregó: —...y de Santiago.
—No —respondió él, con un hilo de voz. ¿Por qué Lautaro pensaba así de él? ¿Tanto lo había herido como para que tuviera esa visión suya?
El rubio se paró de la cama y empezó a buscar ropa en los cajones de su amigo.
—Como digas, Manu.
Manuel no quería dejar las cosas así, quería que Lautaro entendiera que no iba a reemplazarlo jamás aunque tuviera novia. Quería que él fuese la persona con la que pasaba todo el día y cada noche. Ella jamás ocuparía su lugar.
—No me voy a olvidar de vos —le habló a su espalda, mientras Lautaro fingía que estaba ocupado revolviendo ropa.
—Como digas, Manu —repitió.
Manuel extendió la mano y acarició la espalda desnuda del rubio, causándole un escalofrío. La piel de Lautaro se erizó al instante.
—Te lo juro —susurró.
Lautaro inhaló y exhaló un par de veces, intentando ignorar la mano de Manuel que tocaba su cuerpo con suavidad. Tomó una remera y se volteó, mirándolo a los ojos. Su amigo parecía sincero, y a Lautaro le hubiese gustado creerle, pero era imposible. Conocía a Manuel tanto que aquellas palabras se escuchaban vacías. ¿Manuel priorizándolo a él antes que a la mujer con la que se veía? Imposible. ¿Manuel eligiéndolo a él antes que a Nicki Nicole? Una vez pensó que podría ser así, pero la realidad lo decepcionó. Manuel se alejó tanto de él cuando estuvo con ella, que Lautaro sintió que su corazón salió de su cuerpo y se hizo pedazos. Cuando cortaron, el rubio sintió alivio. Creyó que, tal vez, Manuel volvería a ser como antes. Que pasaría tiempo con él, que lo invitaría a merendar, que mirarían películas juntos, que se contarían cada anécdota de su vida antes de conocerse, que hablarían hasta del pensamiento más oscuro que pasaba por sus mentes, que lo invitaría a dormir con él y lo abrazaría por la noche, que le diría que lo quería y que era su mejor amigo. Que Lautaro ocuparía su lugar anterior, pero eso no ocurrió. Manuel siguió distante y, de no ser por su plan de volver con ella, posiblemente Manuel y Lautaro no hubiesen compartido ni una hora de tiempo juntos fuera del stream en toda la semana.
—Te tendrías que delinear los ojos —cambió de tema, porque seguir hablando de esto le dolía.
Manuel retrocedió, confundido.
—¿Delinear?
—Sí, gordo. Te queda bien. Te levanta el outfit.
Manuel se miró en el espejo, pensativo. Lautaro tenía razón. Eso era lo que le faltaba.
—Me voy a cambiar —habló el rubio, caminando hacia la puerta.
El pecho de Lautaro subía y bajaba con rápidez, aún sintiendo los dedos de Manuel recorriendo su piel y dejando electricidad a su paso.
***
Todos los que estaban en el VIP del boliche eran conocidos, amigos, streamers, influencers. Lautaro sentía que tenía demasiados ojos atentos a lo que hacían Manuel y él, ya que el rumor se había difundido en el círculo. Y, aunque en el cumple de Juli nadie les había prestado tanta atención, esta vez era distinto. No tenía confianza con toda la gente que venía y lo felicitaba por su romance, guiñándole un ojo y sonriendo amablemente, queriendo saber quién había dado el primer paso, cómo ocurrió todo, si eran una pareja cerrada. ¿Por qué Manuel tenía a todas estas personas en mejores amigos? ¿No conocía lo que era la privacidad?
Su amigo lo sostenía de la cintura, bailándole demasiado cerca. Le había hecho caso, sus ojos delineados de negro se robaban toda la atención. Estaba hermoso, mucho más hermoso de lo que el cuerpo de Lautaro podía soportar, por eso le daba la espalda y trataba de no mirarlo demasiado.
—Me estás apoyando toda la pija —le dijo Lautaro.
Manuel rio detrás de él, apretando su agarre para acercándolo más.
—¿Te gusta?
Lautaro, con las mejillas sonrojadas, se obligó a darse la vuelta. Sus pechos chocaron, Manuel seguía con sus manos en su espalda baja y lo miraba divertido.
—Sos un pajero pelotudo.
El pelinegro soltó una carcajada y bajó un poco más su agarre, tocando su trasero sin ningún tipo de vergüenza.
—No ponés mucha resistencia vos, eh —opinó Manuel, aprovechando para recorrer la curvatura con sus manos. No sabía cuántas noches había pasado pensando en hacer esto.
—Y vos parece que lo disfrutás —observó Lautaro.
Manuel se encogió de hombros, restándole importancia.
—Vayan a un telo, hijos de puta —les dijo Santiago, que pasaba junto a ellos.
Los dos se rieron y Manuel soltó a Lautaro, que se alejó tambaleante.
—Voy a buscar algo para tomar, ¿vos querés algo, bebé?
El rubio negó con la cabeza.
—Yo voy al baño.
De camino al baño, una chica se cruzó en su camino. Era rubia, baja, de ojos claros, tenía las mejillas rosas y una sonrisa hermosa. Sin dudas, el tipo de chica que le gustaba.
—Hola, ¿sos Moski, no? —preguntó.
Lautaro asintió, devolviéndole la sonrisa.
—Sí, ¿y vos sos?
—Valentina.
El rubio le extendió la mano para saludarla, ella se la tomó mientras reía.
—¿Querés ir a bailar? —ofreció Valentina, señalando la pista.
Lautaro tenía demasiadas ganas de decir que sí, pero su mente le tuvo que recordar su noviazgo falso con Manuel. ¿De verdad iba a rechazar a esta piba hermosa por su mejor amigo? Lo pensó, y la respuesta era sí. Rechazaría a mil personas, sin importar lo lindas que fueran, por Manuel. Y no habían acordado qué hacer si querían estar con alguien, pero Lautaro no quería echar a perder todo el plan por un descuido. Y sabía que Manuel lo estaba esperando en el VIP. Y... sabía que Manuel dormiría con él esta noche.
—Perdón, me están esperando —le respondió.
Valentina parecía decepcionada, pero se alejó sin decir nada.
Al regresar al VIP, Manuel estaba sentado en un sillón, con dos tragos en sus manos. Lautaro se tomó un tiempo para mirarlo, su amigo vestía totalmente de negro, y sus ojos maquillados le daban una apariencia demasiado oscura y misteriosa. El corazón de Lautaro empezó a latir con fuerza y una corriente de excitación recorrió todo su cuerpo. ¿Cómo podía alguien verse así de hermoso? Se quedó paralizado al sentir un pequeño tirón en su entrepierna, la confusión nubló su mente. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué Manuel le causaba esto?
Se acercó lentamente, creyendo que le iba a explotar el tórax por la presión que su corazón ejercía contra su pecho. Manuel lo miró fijo, con una sonrisa de costado.
—Tardaste —fue lo primero que le dijo.
Lautaro se sentó junto a él, intentando no tocarlo.
—Me entretuve en el camino.
—¿Ah, sí? —alzó las cejas y le extendió un trago. Lautaro lo tomó, aunque no le había pedido nada.
—Sí, una piba me encaró.
Manuel frunció el ceño, una pizca de celos se instaló en su estómago.
—¿Y? ¿Le diste bola? —preguntó, sintiendo todos sus músculos tensos.
El rubio negó con la cabeza, disfrutando de su reacción mientras le daba un sorbo a la bebida.
—Tengo novio —respondió, sonriendo.
Manuel se relajó, apoyando su espalda contra el sillón.
—¿Sí? ¿Lo conozco?
—Me parece que no. Es medio emo, mogulacho, no sé si te suena. Celonuel se llama.
El pelinegro rio, empujando su cuerpo con su hombro.
—No estoy celoso —dijo.
—Me parece que sí.
—¿Por qué estaría celoso?
—Porque estás enfermo. Y se te nota en la cara.
Manuel volvió a empujarlo.
—Nada que ver.
—¿No? —preguntó Lautaro, provocándolo —Si voy allá y la busco, me encargo de que nadie se entere de que me fui con ella, ¿no pasa nada? ¿No te vas a enojar?
Apretó con fuerza su vaso con sólo pensar en Lautaro haciendo eso. El malestar en su estómago se hizo más fuerte.
—No —contestó, serio.
—¿No? ¿No te enojarías? —Lautaro se divertía pinchándolo y eso le daba más bronca.
—No, no lo hagas. No la busques —escupió.
El rubio asintió.
—Celonuel —murmuró.
Se quedaron tensos, Manuel no entendía lo que acababa de pasar. ¿Por qué le daba tantos celos la idea de Lautaro con alguien más? Él no era una persona celosa, pero sólo de pensarlo hacía que su sangre hirviera de bronca. Lautaro, por su parte, había disfrutado la escena de celos, pero también lo había excitado más que antes. Debía darse una ducha de agua fría ya.
—Ya me quiero ir a casa —le dijo.
Manuel lo miró, cosa que venía esquivando hacer desde que Lautaro lo había provocado. El rubio estaba inquieto a su lado, subiendo y bajando su pierna con ansiedad. Manuel fue recorriendo el cuerpo de su amigo con la vista, pasando por sus muslos hasta llegar a su entrepierna, que se marcaba en el pantalón. Abrió los ojos con sorpresa.
—Te engomaste —sonrió, burlón. Lautaro puso los ojos en blanco, molesto.
—Cerrá el orto, pelotudo de mierda.
Manuel se rio, acercando su cuerpo un poco más al de su amigo.
—¿Fue por mi? ¿Te calienta la idea de que me ponga celoso? —le susurró, deleitándose con la forma en que la piel de Lautaro se erizaba.
—Fue porque me imaginé a tu prima —respondió Lautaro, con enojo, levantándose del sillón —. Me voy yo, vos hacé lo que quieras.
Manuel se incoporó también, siguiéndolo por el boliche.
—Nos vamos, gordo. Saluda a los pibes por nosotros —le dijo a Santiago cuando pasó a su lado. Su amigo estaba tan ebrio que ni siquiera recordaría que le había hablado.
Alcanzó a Lautaro, que se escabullía entre la gente con rápidez. Lo tomó de la mano para seguirle el paso. Fue incapaz de ignorar el calor que se extendió por su cuerpo con solo tocarlo.
—¿Estás enojado? ¿Te calentaste? —preguntó Manuel, entre risas.
Lautaro lo tironeó con más fuerza. Manuel le devolvió el tirón, metiéndolo en el baño del boliche.
—¿Qué haces, imbécil? —quiso saber su amigo. No tenía respuesta para eso, no sabía lo que hacía. No sabía lo que quería. Miró a Lautaro a los ojos y lo supo. Lo quería a él.
Manuel, con la respiración agitada, lo metió en un cubículo, trabando la puerta detrás.
—Te ayudo —respondió, poniendo las manos en el cinturón del rubio. Lautaro abrió mucho los ojos, confundido. Manuel le bajó el pantalón e iba a bajar el bóxer (su bóxer) pero Lautaro lo detuvo.
—Manuel —advirtió, su voz entrecortada —. No hagas boludeces.
Manuel lo miró de arriba a abajo, comiéndoselo con los ojos. Las mejillas de Lautaro estaban enrojecidas y necesitaba morderlas, morderlo entero a él.
—¿No querés? —preguntó, acariciando su cintura.
Lautaro cerró los ojos, sintiendo a su erección crecer.
—¿Me vas a pajear en un baño de un boliche? ¿Estás en pedo? —susurró, sin poder mirarlo.
—Si querés lo hago en casa —contestó.
Lautaro se subió el pantalón, con las manos temblorosas. Podía llorar del dolor en su entrepierna.
—Vamos —dijo, abriendo la puerta y aún sin verlo a los ojos.
El camino a la casa fue realmente una tortura, ninguno hablaba, estaban perdidos en sus cabezas. Lautaro seguía al palo y solo quería llorar de la bronca. Todo era culpa de Manuel, como siempre. ¿Cómo le iba a ofrecer hacerle una paja? ¡De la nada! ¿Estaba loco? Sí, sabía que estaba loco. Estaba mal de la cabeza, completamente enfermo. ¡Y Lautaro casi decía que sí! No podía estar más indignado.
Manuel también se había calentado en el cubículo. Cuando puso las manos en el cuerpo de Lautaro, el suyo ardió de deseo. Un deseo que no sabía que tenía, uno que no entendía cuándo había nacido, uno que lo tenía prendido fuego.
En el ascensor, ni siquiera podían mirarse. Lautaro, muerto de vergüenza. Manuel, sabiendo que si lo miraba no iba a poder contenerse.
Caminaron en silencio por los pasillos del departamento. Manuel llegó hasta su habitación, Lautaro se quedó atrás. El pelinegro volteó, viendo cómo su amigo se decidía a abrir su puerta y dormir en su propio cuarto.
—Lautaro —soltó. Fue como una súplica, una orden, una llamada de atención. El rubio levantó los ojos, encontrándose con los suyos. Se quedaron así, en una pequeña guerra de miradas que ninguno estaba dispuesto a perder.
—¿Qué querés?
—Dormir con vos.
Lautaro negó con la cabeza.
—No me jodas, Manuel —dijo, pero aún no se retiraba. Si Manuel se lo pedía una vez más, se veía incapaz de decirle que no.
—No hago nada. No te toco. No hablamos sobre eso, si no querés. Pero dormí conmigo, por favor.
Lautaro se ablandó al instante. Cerró su puerta y caminó hacia su amigo, su corazón palpitando al cien.
—¿No hablamos sobre eso? —preguntó. Manuel negó con la cabeza.
—Si no querés, no.
Lautaro asintió.
—No quiero hablar.
Los ojos de Manuel se encendieron, con una pequeña esperanza.
—¿Y qué querés hacer? —preguntó con voz ronca. Lautaro sintió un calor que bajó desde su cabeza hasta sus pies.
—¿Vos qué querés hacer?
Manuel dio un paso hacía él, dejándolo sin aire. El rubio tenía las cejas fruncidas y paseaba los ojos por toda la cara de Manuel, que lo miraba con deseo.
—Lo mismo que quería hacer en el baño del boliche —respondió.
Lautaro, sin pensarlo ni un segundo, se desabrochó el cinturón, dejando a Manuel sin palabras. Se pegó contra la pared y esperó. El pelinegro no tardó en acercarse a él y tomarlo de la cintura. Le respiraba en los labios pero no los unía, como si quisiera alargar el momento para siempre.
Lautaro no tenía paciencia.
—Dale, Manuel.
Su amigo sonrió antes de besarlo. Un beso de verdad, no como los anteriores que habían compartido. Los labios de Manuel envolvieron los suyos, mientras sus manos se encargaban de bajarle el pantalón. Lautaro soltó un suspiro cuando la boca de Manuel empezó a besarle el cuello, dejando pequeñas mordidas en su camino. Manuel acarició su erección por encima de su bóxer, haciéndolo largar un jadeo. Lautaro cerró los ojos con fuerza, arqueando su espalda para sentir el contacto otra vez.
—Lautaro —lo llamó. Sólo quería que lo mirara. El rubio abrió los ojos, que estaban vidriosos, el corazón de Manuel dolió al verlo así. Lo amaba muchísimo. Lo necesitaba. Volvió a besarlo, metiendo su lengua dentro de él y recorriendo cada espacio de la boca de Lautaro. Sus dedos se engancharon en el elástico del bóxer, bajándolo y liberando, por fin, su miembro. Manuel se alejó para mirarlo, sin poder creer lo que tenía en frente. Lautaro, semidesnudo, esperando ser tocado por él. ¿Cuándo había pasado todo esto? ¿Cuándo había empezado a desearlo?
Acercó su mano a la boca del rubio, ahuecándola. Lautaro entendió lo que tenía que hacer y escupió sobre su palma. La saliva se deslizó por sus dedos, sintiéndose caliente. Resistió el impulso de lamerla y pasó la mano mojada por toda la erección, mientras lo miraba a los ojos. Lautaro se mordió un labio, conteniendo un gemido. Sabía dónde tocarlo, sabía cómo hacerlo sentir bien. Ejerció una presión en su punta que lo hizo temblar, arañando la espalda de la remera de Manuel con sus uñas.
—Manuel —gruñó. Su amigo lo besó al mismo tiempo que lo masturbaba, subiendo y bajando la mano con rápidez. Lautaro no entendía cómo sabía que así le gustaba, ¿alguna vez se lo había dicho? Lo veía posible. La lengua de Manuel se movía sobre la suya y su mano libre apretaba su culo, masajeándolo con ganas. Lautaro sentía que iba a acabar en ese mismo momento, mientras las piernas le temblaban y su mente se nublaba. Manuel aceleró más sus movimientos, dándole duro, casi haciéndole doler. Dejó de besarlo solo para escupirse en la mano y seguir tocándolo, más patinoso pero a la misma velocidad.
Un pequeño sonido se escapó de su boca al acabar en la mano de Manuel, apoyándo la cabeza contra la pared. Su cuerpo seguía perdido en el orgasmo cuando su amigo retrocedió, mirándolo confundido.
¿Qué había pasado? ¿Qué había hecho? Pensó Manuel, viendo como el semen de Lautaro caía desde su mano hacia el piso.
El rubio abrió los ojos, arrepintiéndose al instante al ver la expresión en el rostro de Manuel. Se subió los bóxers y el pantalón, asustado. Recorrió a Manuel con los ojos, bucando una señal que no sea el asco en su cara. Se detuvo en su entrepierna, totalmente crecida. Manuel estaba excitado, tanto como lo había estado él. ¿Por eso lo miraba así? ¿Porque se había calentado mientras masturbaba a Lautaro? Lautaro no tenía la culpa, él se había ofrecido. ¿Por qué lo miraba con asco? ¡Él se había ofrecido! Sintió que iba a llorar y comenzó a alejarse.
Caminó hasta su habitación, lamentando haber dejado el cepillo de dientes en el baño de Manuel. Abrió la puerta y la soledad lo recibió. Hacia muchas noches que no dormía ahí. Cerró, usando la llave por si Manuel cambiaba de opinión y lo buscaba. No quería verlo, no después de que lo haya mirado así. Se acostó en su cama, sintiéndose vacío. Otra vez Manuel lo estaba hiriendo. Siempre encontraba una nueva forma de lastimarlo.
Manuel se limpió la mano en su pantalón, con la mente confundida. ¿Acababa de...? ¿Por qué? ¿Qué estaba haciendo? Él tenía un plan, no podía dejar que una calentura momentánea lo arruinara. Él iba a volver con Nicki, iban a ser la pareja del año, todo el mundo hablaría de ellos. ¿Qué había hecho? ¿Por qué había tocado a Lautaro de esa forma? ¿En qué momento decidió que pasar el límite de su amistad estaría bien? ¿En qué momento Lautaro lo calentó tanto como para que su erección no bajara ni con una ducha de agua fría? No lo podía creer. Apretó los puños con fuerza y golpeó la pared del baño. ¿Qué había hecho? ¿Había cagado todo?
Decidió limpiar el pasillo, no podía llegar Santiago y encontrarse con semen en el piso. Los mataría o los enterraría vivos, o los enterraría vivos por un tiempo, los desenterraría y los mataría.
Mientras limpiaba el piso con una servilleta, observó la puerta de Lautaro. ¿Estaría bien? ¿Lo odiaría? ¿Qué mierda había hecho? Lo peor es que había tenido tiempo para pensar, mientras viajaban en el Uber, pero había elegido tomar la decisión equivocada. Y... le había gustado. Muchísimo. Cuando Lautaro acabó sobre él, cuando gimió su nombre, cuando sintió el sabor de su lengua en su boca. Le había gustado. Le había gustado todo. Y necesitaba más.
Intentó abrir la puerta del rubio, decirle todo aquello. Que no se arrepentía, que había estado mal al alejarse, que estaba muy confundido pero ahora ya no. Que quería más, mucho más, quería todo de él.
Estaba cerrada. Lautaro la había cerrado con llave. Se apoyó contra ella, cerrando los ojos. ¿Se había arrepentido? ¿Por eso cerró con llave? ¿Le daba asco? ¿La había pasado mal? Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Se alejó de la puerta como si quemara y fue a acostarse, sabiendo que no lograría dormir bien. No si él no estaba ahí.
***
Lautaro no estaba en su cuarto, ni en la cocina, ni en el baño, ni en el balcón, ni en la sala, ni en la habitación de Santiago. Se había ido. Manuel lo llamó, desesperado. ¿Dónde estaba? ¿Era su culpa? Ya sabía la respuesta. Lautaro no atendió el teléfono, así que se quedó sentado en el comedor, esperando a que apareciera.
Santiago se levantó a las cuatro de la tarde y se encontró a Manuel entredormido en la silla.
—¿Qué hacés acá? ¿Y la Moska?
Manuel sentía que se iba a largar a llorar.
—No sé.
Santiago lo miró, confundido.
—¿No sabés?
—Nos peleamos —dijo, aunque no era verdad. No se habían peleado porque él ni siquiera se animó a abrir la boca.
Santiago se sentó junto a él, negando la cabeza. Parecía pensativo.
—Yo no sé si ustedes van para algo serio... o qué. Pero si es así, hermano, tené cuidado. Ya sabés que la Moska es sensible, no te mandés cagadas. No me gustaría tener que elegir con quién vivir como cuando se separan los papás de alguien.
Manuel asintió, con los ojos secos. No había dormido en toda la noche.
—Perdón —dijo en voz baja.
Santiago se rio. Ese sonido logró tranquilizarlo un poco.
—A mi no me pidas perdón, gordo. Y a la Moska seguro se le pasa, no te preocupes. Mira si con lo que renegaron para estar juntos se van a separar por una boludez.
Excepto que no era una boludez. Manuel se la había mandado. Había cagado todo, su amistad con Lautaro, su plan para volver con su ex, por una calentura. No lo podía creer.
Santiago le cebó unos mates, haciéndole compañía por un rato. Manuel odiaba el mate, pero trataba de tomar para sentirse incluido. Si fuera por él, le pondría una tonelada de azúcar para evitar sentir el sabor a la yerba.
La puerta se abrió y Lautaro apareció detrás de ella. Se lo veía cansado, con unas grandes ojeras, como si no hubiese pegado un ojo en toda la noche. Manuel y Santiago se tensaron. Lautaro paseó los ojos por ambos y soltó un "Buenas" que casi ni se escuchó.
—¿Qué onda, Moska? —preguntó Baietti.
—Nada, me junté con Davo un rato. ¿Ustedes?
Lautaro se sentó frente a Manuel, sin mirarlo. Santiago le pasó un mate.
—Acá con el emo, igual ya lo estaba por abandonar. Mi papá hace asado hoy.
Se levantó del lugar, apurándose para entrar a su habitación y buscar algunas cosas.
—¿Te vas? —quiso saber Manuel, nervioso por quedarse a solas con Lautaro.
—Sí, gordo. Si quieren venir más a la noche, vengan. Siempre compran carne de más.
Los chicos asintieron. Lautaro le devolvió el mate a Manuel, así que se vio obligado a ponerse a cebar. Era una buena señal, ¿no? ¿Lautaro quería que tomaran mates juntos?
—Me voy, nos vemos a la noche —antes de salir por la puerta, Santiago agregó: —Resuelvan sus mierdas.
Manuel apretó el termo, con la mano temblorosa.
—Hola —dijo, pasándole el mate.
Lautaro le dio un largo sorbo y respondió:
—Hola —seco.
No sabía por dónde empezar a hablar, pero Lautaro interrumpió sus pensamientos:
—No hablemos de eso.
Manuel sintió que su corazón se estremecía.
—¿Seguro? Porque yo quería que...
—No hablemos de eso, por favor —lo cortó.
Manuel asintió, creía que se podría largar a llorar si le quedaran lágrimas en los ojos.
—Bueno.
Le devolvió el mate, sus manos se tocaron un segundo de más. Ambos las retiraron como si se les hubiera derramado agua caliente arriba.
Lautaro tenía el ceño fruncido y miraba la mesa, esquivando sus ojos.
—¿Vamos a ir del Bayo? —preguntó Manuel, encontrando su voz luego de un largo silencio.
—Si querés.
Manuel dijo que sí con la cabeza.
—Bueno —Lautaro se levantó y se sacudió el pantalón, aunque no tenía migas de nada —. Me voy a dormir un rato. Cuando nos tengamos que ir, llamame.
Asintió, quedándose mudo de repente. Vio cómo Lautaro se encerraba en su cuarto, probablemente le había puesto la llave otra vez. Se estaba alejando de él, Manuel lo sabía. Y no podía hacer nada para evitarlo.
***
Lautaro se sentía la peor persona del mundo. No solo porque dejó que su amigo lo masturbara, sino porque fue a la casa de una piba a intentar olvidarse de las manos de Manuel sobre él. Y, además, les mintió a sus amigos sobre a dónde había estado esa tarde.
Durmió un poco, con la cabeza pérdida. No había logrado olvidarse de las manos de Manuel, claro que no. Apenas comenzó a besar a la chica, una piba random de instagram con quien había compartido un par de likes, recordó la forma en que Manuel lo había besado. Nunca nadie lo había besado así. No podía olvidarse de eso, no era tan fácil. Disfrutó estar con ella, obvio que sí, pero con Manuel había sido diferente. No entendía por qué los comparaba, qué tenía Manuel de especial.
Se despertó al sentir los golpes en la puerta.
—Lautaro, ya son las ocho y media.
Se incoporó en la cama, frotándose los ojos.
—Ahí voy —respondió.
No había cerrado la puerta con llave, una parte suya deseaba que Manuel entrara a la habitación y durmiera la siesta con él.
Cambió su ropa y se lavó la cara. A la mañana temprano había bajado a comprar un cepillo de dientes a la farmacia que tenían al lado, en vez de entrar al baño de Manuel. Quería tenerlo lejos, no sabía muy bien por qué. Quizás porque lo había herido demasiado con su silencio. Quizás porque le había gustado más de lo que pensaba admitir. Quizás porque deseaba besarlo otra vez.
Salió de la habitación, aún luciendo cansado. Manuel no se veía mejor que él.
—Ya estoy —dijo, tuvo que aclarar su garganta de lo seca que estaba.
El pelinegro lo observó un rato, tratando de leerlo.
—¿Estamos... bien? ¿Nosotros? —quiso saber. Su voz le dolió a Lautaro. Manuel estaba preocupado, arrepentido. ¿O se sentía culpable? Él también trataba de leerlo, pero se le hacía imposible. ¿Desde cuándo no lograba descifrar a Manuel?
—Estamos bien, no pienses en eso.
Manuel asintió, desviando los ojos.
—¿Seguís...? —no sabía cómo preguntarlo.
—¿Qué? —contestó Lautaro, con molestia.
—Seguimos siendo novios, ¿no?
El rubio puso los ojos en blanco y pasó junto a él.
—No podemos cortar de la nada, vamos a parecer unos pelotudos —habló, apretando los dientes —. Sí, seguimos siendo novios, Manuel. Olvidate de ayer y listo.
Manuel no quería olvidarlo, pero parecía que Lautaro sí. ¿De verdad no lo había disfrutado tanto como él? Él no podía dejar de pensar en eso, sentía que iba a explotar. No podía dejar de pensar en Lautaro, en poner sus manos sobre él, en besarlo. Ni siquiera recordaba el motivo por el que todo había empezado. Pero su amigo había tomado una decisión, y él debía respetarla. Se olvidaría de eso, o lo intentaría.
***
El asado en la casa de Bauleti los aflojó un poco. Ahí no debían fingir que eran pareja, Santiago entendió que no querían que su familia se enterara y dijo que los iba a cubrir. También le preguntó a Manuel si habían resuelto sus problemas, y el pelinegro tuvo que decir que sí, aunque no era así. No habían resuelto nada, creía que estaban peor que antes. Al menos Lautaro le sostenía la mirada ahora, pero en sus ojos solo había enojo.
Comieron y rieron un rato, hablando con cualquiera de la mesa menos entre ellos dos. Lo único que Lautaro le dijo fue que le pasara la mayonesa. Manuel sentía que la distancia entre ellos crecía cada vez más, y pensar que ayer lo tenía gimiendo su nombre en su boca. Apretó con fuerza el tenedor para sacar ese pensamiento de su mente. Le había prometido a Lautaro olvidarlo.
El celular de Manuel vibró y una notificación de instagram iluminó la pantalla. Lautaro quiso evitarlo, pero lo leyó:
"nicki.nicole Respondió a tu historia: van mañana al vélez? hace mucho no nos vemos".
Manuel abrió mucho los ojos y lo miró al instante. Lautaro apartó la vista, fingiendo interés en lo que decía la mamá de Santiago.
Manuel había subido una foto del asado, no iba con intenciones de que ella le respondiera. Hasta había olvidado que debía subir cosas para llamar su atención. Quería decirle eso a Lautaro, pero también quería responderle a ella. No sabía qué hacer. ¿Quería volver con ella? Sí, para eso había planeado todo. Lo de Lautaro fue solo un descuido, algo que no tenían planeado, algo inevitable. Sabían que había tensión entre ellos, en cualquier momento podía explotar. Y explotó, ¿qué iban a hacer? Nada, resolverlo. Era la única manera de resolverlo, pero ya estaba. No iba a pasar otra vez, ninguno de los dos quería. Bueno, sabía que Lautaro no quería. Se había alejado lo suficiente de él como para que Manuel captara la señal. ¿Manuel quería? Quizás. Sí. Obvio que quería que volviese a pasar, Lautaro era todo para él. Era su mejor amigo, la persona que más deseaba, su otra mitad. Era hermoso, gracioso, inteligente, sensible. Lo volvía loco. Lo que sentía por Lautaro no se comparaba con lo que sentía por nadie más. Si fuera por él, no elegiría a ninguna otra persona para pasar el resto de su vida. Solo quería a Lautaro. Pero como amigo. Porque era su mejor amigo. Porque no podía dañar una relación tan importante para él solo porque Lautaro lo excitaba. No podía. No podía ser novio de su mejor amigo, esas cosas no debían mezclarse. Entonces, no iba a volverse a repetir. Eran amigos. Lautaro no quería que se repitiera. Lautaro no le tenía ganas. Lautaro estaba arrepentido, ni siquiera podía mirarlo. Manuel no le tenía ganas. Esa era una mentira. Le tenía ganas, sí, pero las escondería hasta que desaparecieran. Manuel quería volver con ella. Así debían ser las cosas, no de otra forma. El plan seguiría tal cómo estaba pensado.
Tecleó en su celular una corta respuesta: "Sí, nos vemos mañana".
***
Llegaron al departamento, arrastrando los pies. Santiago se había quedado en lo de sus padres, así que el viaje fue en silencio, sin tener que fingir que tenían ganas de hablar. Ninguno las tenía.
Manuel se metió rápido al baño, sin querer ver cómo Moski dormía en su propia habitación.
Al salir, el rubio seguía parado en la sala, golpeando sus dedos contra su pantalón.
Lautaro caminó lentamente hasta el sillón y prendió el televisor. Manuel lo siguió con los ojos, sin emitir ni una palabra.
Su amigo, harto y sabiendo que Manuel no se animaría a dejar de ser un cagón, le dijo:
—Vení, mogul. Veamos una peli, algo.
Intentó sonar amable, pero fue más como una orden. Manuel, sobresaltado al oírlo, se acercó con cautela.
—¿Qué peli?
Lautaro se encogió de hombros.
—¿La primera de "El Conjuro"?
Manuel sonrió de costado.
—Pensé que no te gustaban.
—¿Estás cagoneando?
Se sentó en la otra punta del sillón, aceptando el desafío. Lo que no sabían es que la primer película era aterradora, mucho más que la última que habían visto en el cine.
Terminaron pegados, temblando del miedo. La cercanía pasó desapercibida, ambos queriendo prestar más atención a la peli que a lo que sea que pasaba entre ellos.
Lautaro le agarró la mano del susto, apretando con fuerza. A Manuel se le vino el recuerdo de la noche anterior, cuando lo mantenía apretado contra la pared mientras lo tocaba por todas partes. Borró eso de su mente, sintiéndose culpable. Tenía que parar. Tenía que respetar la decisión de Lautaro. Y la suya. Seguir con el plan. Olvidarse de anoche.
—La puta madre que me parió, la concha de la lora —murmuraba Lautaro, contra su cuello. Mantenía la cabeza ahí para no mirar la pantalla.
—Vos sos el que cagonea —lo pinchó Manuel, ganándose un gruñido.
Lautaro se alejó, fingiendo enojo.
—No cagoneo, mirá —y se quedó todo el resto de la película estático, sin apartar la vista de la televisión. Manuel se arrepintió de sus palabras, queriendo sentirlo cerca otra vez. Ya no había vuelta atrás.
Lautaro, por hacerse el valiente, pasaría por la peor parálisis de sueño de su vida.
Al terminar la película, cada uno se metió en su habitación sin entablar palabra. Lautaro no planeaba dormir con Manuel, y Manuel no pensaba suplicarle a Lautaro para que lo hiciera.
El destino quiso otra cosa, ya que alrededor de las tres de la mañana Lautaro no podía mover su cuerpo. En la esquina de su cama sentía como algo se movía, pero no llegaba a ver qué era. La presión fue subiendo, como si alguien escalara sobre él, y Lautaro la vio. Una mujer de cabello largo y oscuro, que le cubría todo el cuerpo se le subió encima, gritándole en la cara. Lautaro quería salir, empujarla, sentía sus lágrimas caer. Quería gritarle a Manuel que viniera, que lo ayudara. La mujer seguía encima de él, no tenía ojos, en su lugar había dos huecos rojos. Su cabello le acariciaba en la cara. Se oían ruidos en toda su habitación. Como rasguños, sonidos de cosas cayéndose, más gritos, llanto. A sus costados había otras cosas, sentía que le acariciaban las manos.
Cerró los ojos un largo tiempo, hasta que todo se esfumó lentamente. Su corazón latía a mil por minuto, se le iba a salir del pecho.
Manuel seguía despierto. No podía dormir, no sin Lautaro a su lado. Era un idiota por acostumbrarse a él, y lo sabía. Eran las tres de la mañana y seguía con los ojos bien abiertos, mirando un tonto vídeo de youtube. Por eso, cuando Lautaro abrió su puerta, Manuel lo recibió con los ojos rojos y un sonido insoportable de fondo. ¿Qué carajos estaba viendo? Ni él lo sabía.
Lautaro se metió entre sus sábanas, sin decir ni una palabra. El corazón de Manuel se agitó al instante. Preocupado, pausó el vídeo para mirar a su amigo, que se acomodaba junto a él.
—Déjalo —le pidió Lautaro.
—Lauti.
"Lauti". Manuel no tenía ningún derecho de llamarlo así. No si después lo miraba con asco, no si lo dejaba irse tan fácil después de arruinar todo lo que tenían.
—Tuve una parálisis, ya estoy bien. Pero voy a dormir acá porque me da miedo mi pieza —explicó, hablando lo más rápido que pudo.
Manuel asintió, despausando el vídeo.
—Qué boludez mirás, Mernuel —se burló, con tono amargo.
—Ey, está bueno.
—Pone otra cosa.
Manuel buscó hasta encontrar un vídeo más interesante, sabiendo que le podía gustar a Lautaro. Era un youtuber que hablaba de los mejores lugares a los que había viajado. El rubio escuchó, atento.
—Ahí quiero ir —dijo, cuando el del vídeo mencionó Dubai.
—¿Sí? —preguntó Manuel.
—Apenas termine el mes, me quiero ir. Deberías ir sacando el pasaje.
Manuel asintió, la tristeza que sintió lo tomó por sorpresa. Lautaro se iba a ir, no sabía por cuánto tiempo. Iba a tener a su persona favorita lejos de él.
—Está bien, mañana lo saco —contestó, apagando su celular.
Le dio la espalda, con lágrimas formándose en sus ojos. No sabía por qué lloraba, se sentía muy mal. Él los había puesto en esta situación, no podía quejarse. Era el culpable de todo.
***
Era sábado, por fin había llegado el Vélez de Luck Ra. Lautaro le preparaba el desayuno mientras tarareaba "Ya no vuelvas". Manuel estaba sentado frente a él, sacando el pasaje para su viaje.
—Y si soñás conmigo, pedime perdón —cantó Lautaro, extendiendo la letra "o".
—¿Fecha de vuelta? —preguntó, tratando de no mirarlo demasiado.
El rubio se encogió de hombros.
—No sé. ¿Cuántos días me pensás pagar el hotel?
Manuel imitó su gesto.
—No sé. ¿Qué tanto vas a hacer en Dubai?
Lautaro volvió a encogerse de hombros, poniéndolo de mal humor.
—Veo. ¿Dos semanas?
—¿Dos? Te vas a pegar un embole.
—Sino podría... hacer una semana en Dubai y otra en otro lado.
Manuel asintió.
—¿Dónde?
Lautaro lo pensó.
—¿China?
—China —repitió, de mala gana.
Planear un viaje no era nada fácil, odiaba que Lautaro no lo ayudara. Debía estar sentado ahí con él. O debía no irse a ningún lado y listo.
—No sé, gordo —soltó, indignado cuando su amigo se quedó en silencio —. Apoyá el culito en la silla y ayúdame, no puedo organizar todo.
—Estoy haciendo el desayuno —respondió, enojándose él también.
—Bueno, Lautaro, pero me estás haciendo armarte este viaje de mierda sin saber ni a dónde querés ir, ni cuánto tiempo. No me vengas a joder si no estás seguro.
—Ya te dije, Manuel.
Manuel apretó los puños, tratando de no romper la computadora.
—Está bien. Dubai, China. ¿Qué parte de China? O no sabés. Hay millones de lugares.
Lautaro le puso la taza de café y los pancakes en frente, usando más fuerza de la necesaria.
—¿Sabes qué, Mernuel? Dejá. Organizo yo usando tu tarjeta. No hace falta que reniegues.
—Ok —cerró la computadora, tomó la taza y el plato y dejó a Lautaro sólo en la cocina.
El rubio desayunó en silencio, mientras compraba los pasajes y averiguaba por hoteles. No se había despertado de mal humor, pero Manuel sí. Y si Manuel estaba malhumorado, él no tardaba en copiarle. Deseaba irse ya, alejarse de él. No quería ni verlo.
Toda la tarde la pasaron evitándose. Cuando uno iba a la sala, el otro se encerraba en su habitación. Cuando uno estaba en la cocina, el otro salía al balcón. No podían ni verse, no sabían cómo iban a hacer a la noche.
Nicki había subido una historia y Manuel la vio mil veces. Hoy era el día. Hoy la vería, después de un mes. Ella se moriría de celos al verlo junto a Lautaro. Pero, primero, debía estar junto a Lautaro. Y era una tarea difícil, porque estar con Lautaro era lo que menos quería en ese momento.
Se acercó al rubio, que estaba tomando mates en el balcón. Manuel recordó que, hace menos de dos días, estaban juntos todo el tiempo, sin poder separarse. Ahora, Lautaro ni le sostenía la mirada.
—Lautaro.
El rubio mantuvo la vista fija al frente, asintiendo con la cabeza para que sepa que lo escuchaba.
—Hoy es importante para mí. Va a estar Nicki.
No dijo nada. No asintió. Lo ignoró completamente ¿Lo quería sacar de sus casillas? ¿Quería que se enojara otra vez?
—Lautaro.
—Ya sé, Mernuel.
—Bueno, ¿qué te cuesta responder?
—No sé que querés que te diga. Bien ahí.
Manuel suspiró, quería matarlo.
—Tenemos que estar juntos. Llevarnos bien. Para que ella nos vea.
—Ajá.
—Lautaro —advirtió.
El rubio se levantó de la reposera, cargando el equipo de mate con él. Si Manuel quería arruinar su tranquilidad, ya lo había logrado.
—¿Qué querés? Ya sé lo que tengo que hacer, dejame tranquilo ahora. Demasiado te tengo que aguantar a la noche. No me rompas más los huevos.
Lo empujó al pasar, haciendo que Manuel hirviera de bronca.
—¿Qué mierda te pasa?
Lautaro volteó, riendo sin gracia. Se veía como un loco.
—¿Qué mierda me pasa a mí? ¿Qué mierda te pasa a vos?
Manuel retrocedió.
—A mí, nada.
—Genial, a mi tampoco.
Empezó a caminar hacia la cocina, pero Manuel le gritó:
—Es importante para mí, Lautaro. No lo arruines.
Negó con la cabeza, resistiendo el impulso de golpearlo.
—Es importante para vos —repitió, con burla —. Recuperar al amor de tu vida, ¿no? Es todo lo que querías.
Manuel, firme, respondió:
—Todo lo que quería, es verdad.
—Buenísimo, no veo la hora de que lo hagas.
***
La noche llegó rápido, y ambos pintaron una sonrisa en sus caras cuando Santiago llegó a la casa.
—Ya hay que irnos, gorditos. ¿Qué anduvieron haciendo hoy? ¿La pasaron bien? Trolatzos.
Lautaro forzó una risa.
—Re bien.
Manuel asintió.
Gracias a Dios estaba Santiago, que lograba hacer al ambiente menos pesado. Fueron en el auto de Manuel hasta el Vélez, escuchando música de Luck Ra. Lautaro se vio obligado a ser el copiloto, quemando a Manuel con los ojos cada vez que podía. No sabía en qué momento había empezado a odiarlo, pero ahora mirarlo le dolía. Quería que la noche, y el mes entero, terminaran ya.
El concierto estaba siendo divertido, bailaban y cantaban cada canción. Dejaron a Santiago en el medio para evitar problemas. Baietti estaba muy borracho, lo suficiente para no darse cuenta de la tensión que había entre ellos dos.
Cuando apareció ella en el escenario, Lautaro solo podía mirarlo a Manuel. Quería ver cada reacción que tenía, la forma en que la miraba, cómo actuaba su cuerpo al tenerla en frente. Manuel parecía hipnotizado, como si hubiera recordado que ella era el amor de su vida. Lautaro quería gritar de la bronca. Realmente estaba ahí, atontado, sin aire, sin palabras, con una estúpida sonrisa en la cara. A Manuel de verdad le gustaba ella. Se sintió cada vez más histérico, con ganas de romper algo y llorar a los gritos. Quería matar a Manuel porque, ¿cómo le podía haber hecho esto? ¿Cómo pudo darle, por unos minutos al menos, la esperanza de que ellos dos podían estar juntos? Porque la forma en que lo besó y lo tocó, la forma en que su cuerpo respondió ante él, lo dijo todo. Manuel lo había besado apasionadamente, y ahora la miraba así a ella. Lautaro no significó nada. No era absolutamente nada para él. Fue un desliz, un error que no podía borrar. Se había arrepentido al instante, mirándolo con asco, como si Lautaro no tuviera que estar ahí, como si ese no fuera su lugar. Y no lo era, supuso. Ahí debía estar ella, no él.
Manuel vio a su ex y miles de recuerdos se le vinieron a la mente. Cuando se conocieron, cuando la invitó al stream, cuando le respondió por primera vez una historia, cuando la besó, cuando la invitó a dormir con él, la forma en que su cuerpo se movía contra el suyo, cuando ella le dijo que lo amaba, cuando discutieron a los gritos, cuando Manuel se dio cuenta de que ella no significaba nada para él, cuando la borró de su vida, cuando se enteró de que tenía pareja, cuando le pidió a Lautaro darle celos para que volviera. Y ahora estaba ahí, cantando y viéndose hermosa. ¿Cómo podía desear otra cosa? Ella era increíble. Debía estar con ella porque si no estaba con ella era un imbécil. Era perfecta, era todo lo que Manuel necesitaba. Podría enamorarse de ella, estaba seguro. Esta vez, podría.
Sintió los ojos de Lautaro sobre él y volteó a mirarlo. Su amigo tenía sus mejillas coloradas y unas pequeñas lágrimas en sus comisuras. Quiso extender la mano y secarlas, besarlo para que se sintiera mejor, pero no podía. Lautaro era su amigo, su mejor amigo, no podía permitirse eso. No podía enamorarse de él, no podía. No debía. No podía aceptarlo. Debía enamorarse de ella. Era lo correcto.
Cuando terminó el show, Manuel sintió que también había terminado lo que sea que creía sentir por Lautaro. Debía dejarlo ir, por más que le doliera.
***
El festejo post-Vélez estaba estallado de personas. Celebridades por donde sea que mires. Querían ir a saludar a Luck Ra, pero debían pasar por un mar de gente. Manuel los guiaba, Santiago lo seguía y Lautaro iba último, agradeciendo que el espectáculo de "pareja falsa" aún no había comenzado.
Al llegar a Facundo y Joaquinha, Manuel acercó a Lautaro hacia él, colocando una mano en su cintura. El rubio respiró hondo, alejando cualquier pensamiento autodestructivo de su cabeza.
—¿Qué onda, primos? —sonrió Luck Ra, abrazando uno por uno.
La Joaqui, contenta, los saludó con un beso en el cachete.
—¿Qué tal? Qué lindos que están.
—Gracias, gracias —Manuel puso su mejor sonrisa, pero Lautaro vio que no le llegó a los ojos. No sabía si alguien más lo había notado.
—¿Cómo la pasaron? —quiso saber Facundo.
—Bien, bien. La banda se bailó todo —respondió Santiago, arrastrando las palabras.
—La Baya se tomó hasta el agua del florero —comentó Moski.
Todos se rieron, Manuel demasiado tenso, apretándolo contra su costado. Lautaro quería cortarle la mano y dársela de comer a los perros, pero no había ningún perro cerca, más allá del chihuahua de La Joaqui.
—Perdón, pero qué hermosa pareja hacen. Se los tenía que decir —dijo Joaquinha.
—¡Se los digo siempre! —exclamó Santiago.
—Felicidades, primos. Me alegro por ustedes.
Ambos les agradecieron, sonrientes. Facu y Joaqui se despidieron después de un rato, debían saludar a más personas.
Lautaro la vio primero, a lo lejos, deseando que no fuera ella. Deseando que Manuel no la viera. Su amigo siguió su mirada y la encontró. Santiago ya había desaparecido.
—Es la hora —susurró Manuel. El rubio solo asintió, aceptando su destino.
Manuel la saludó con la mano y ella se acercó a ellos. Su sonrisa mostraba todos sus dientes y Lautaro la odió. Ya la odiaba, pero la odió aún más. ¿Por qué les tenía que sonreír? ¿Quién se pensaba que era?
—Miren quiénes están acá —habló, abrazándolos a ambos a la vez. Lautaro quería salir corriendo. ¿Por qué lo estaba tocando? Otra vez, ¿quién se pensaba que era?
—¿Qué onda, Nicki? Tanto tiempo —respondió Manuel, acariciando la cintura de Lautaro de arriba a abajo. Lautaro tenía planeado quemar la ropa que llevaba puesta, no le quedaba otra opción. Todo lo que tenía que ver con estos dos le daba asco.
—Mucho, mucho tiempo. Cómo cambió todo, ¿no? —respondió ella, dándoles una mirada.
—Sí, posta. Estás de novia, felicidades.
Ella asintió, sin dejar de mirar a Lautaro. El rubio se dio cuenta de que no había dicho nada aún.
—Felicidades —soltó, ¿qué mierda le importaba a él si ella estaba de novia?
—Gracias. Felicidades a ustedes dos, no puedo creer que confirmaron —se rio. ¿De que se reía? Lautaro dejó que Manuel se hiciera cargo de la situación, empezando a disociar. Ya no quería saber más nada.
A Manuel esta charla cordial le estaba dando mucha paja, quería pasar a la segunda parte del plan, que era besar a Lautaro frente a ella. No porque quisiera besar a Lautaro, sino porque quería ver la reacción que Nicki tenía. Lo que menos quería era besar a Lautaro, de verdad.
—Yo tampoco lo puedo creer. ¿Que Lautaro me haya dado bola? Imposible.
Nicki se rio, se veía linda cuando reía.
—¡Pensé lo mismo! ¡Se me hizo re raro! Eran amigos y ahora son novios, es increíble.
—Y viste cómo es el amor. De la nada aparece, con la persona menos pensada.
Nicki concordó con la cabeza.
—Me alegra que te haya llegado esa persona —su voz sonó a que no se alegraba para nada.
—A mi me alegra que te haya llegado la tuya —dijo Manuel.
—Gracias, de verdad —Nicki le acarició la mano con cariño, Manuel se tensó —. Voy a estar en Buenos Aires unas semanas, por si querés hacer algo. Bah... los dos.
Lautaro soltó un resoplido, sin poder evitarlo. Manuel lo miró, perplejo.
—Dale, nos mensajeamos. ¿Vamos afuera, mi amor?
El rubio asintió.
—Chau, Nicki, nos vemos —dijo Lautaro, sonando lo más falso posible.
—Nos vemos.
Manuel apretó sus dedos con fuerza, causándole dolor.
—Pelotudo —soltó Lautaro, alejándose una vez que estuvieron solos afuera.
—Gracias por ayudarme, Moski, eh. El amigo del año.
—¿Qué querías que haga? ¿Que me ponga a hablar con ella? Ni la conozco.
—¿Cómo que no, Lautaro? Estuvo conmigo por dos meses.
Lautaro rio, sin gracia.
—Como si hubieses pasado tiempo conmigo en esos meses, ¿no? —murmuró, en voz tan baja que debías acercarte para escucharlo.
Manuel había oído cada palabra. La culpa lo invadió.
—Ya te dije que esta vez no va a ser así.
Lautaro se encogió de hombros.
—Me chupa un huevo, Mernuel. ¿Sabes qué? Mientras más lejos estés, mejor.
Manuel se acercó a él, empujándolo contra la pared.
—¿Me podés decir que mierda te pasa? ¿Por qué estás tan enojado conmigo? No te hice nada, Lautaro. Vos me dijiste que no querías hablar sobre eso. Yo estaba dispuesto a hablar.
El rubio lo apartó de un golpe en su pecho.
—¿Y qué me ibas a decir? ¿Que fue todo un error? ¿Que estabas arrepentido? ¿Que teníamos que fingir que no había pasado?
—No. No te iba a decir eso.
Lautaro puso los ojos en blanco.
—Sí, claro, Manuel. Lamentablemente te conozco. Conozco cada una de tus caras, y la que pusiste apenas pasó dijo todo eso.
Manuel quiso acercarse, calmar las aguas. Lautaro extendió la mano, marcando la distancia.
—¿De verdad vamos a hablar de esto acá? ¿Con toda la gente mirando? —susurró el pelinegro.
Lautaro estaba por tirarse encima de él y golpearlo, pero se contuvo. Decidió dañarlo con palabras.
—Ah, cierto que estamos acá por una misión. Recuperar al amor de tu vida, me había olvidado. Después de todo, por eso empezó todo esto, ¿o no, Manuel? Por eso empezaste a fingir que yo te importaba.
—Me importás —respondió, sintiendo que el aire se le quedaba en la garganta.
—Sí, claro, veo cuánto te importo. Un montón. Tanto como para ignorarme por meses. Tanto como para no dirigirme la palabra a no ser que necesites algo, ojo. Ahí sí soy tu mejor amigo, ¿no?
—¿Y vos? ¿No me podías hablar? Ah, cierto, pobre Moski, él es sensible. Él no sabe decir lo que siente, ni lo que quiere. A no ser que quiera que le pagues un viaje de millones de pesos.
Lautaro se rio.
—No podés ser tan mierda, Manuel, no lo puedo creer. No sé cómo acepté esta locura en primer lugar. No sé ni cómo sigo viviendo con vos. Ni siquiera admitís lo mal que estuviste, me estás echando en cara algo que vos mismo aceptaste. ¿Y todo porqué? ¿Por ella? ¿Para volver con alguien que nunca te importó? Porque no te importa nadie, Manuel, nadie que no seas vos mismo. Porque sos un egoísta del orto que quiere ser el centro del mundo de cada persona que te tiene en su vida. Pero al final del día, no te importa nadie. Y lo peor, si esto te lo hubiese pedido yo, nunca hubieras aceptado. Porque sos así, porque sos mal amigo. Porque jamás te importó un carajo mi vida o cómo me sentía yo. Así que no me vengas a reclamar lo del viaje, demasiado que acepté estar en este circo de mierda.
¿En serio creía eso de él? Como si Manuel no fuera capaz de prender fuego el planeta con tal de que Lautaro fuese feliz.
—Vos me importás —repitió, con voz entrecortada.
Lautaro se calmó, inhalando y exhalando.
—Está bien, Manuel, no importa. Sigamos con todo tu circo, a ver si vale la pena.
—Lautaro —las lágrimas se acumularon en sus ojos.
El rubio ni siquiera lo miró a la cara al hablar. Observaba sus pies.
—Después de todo, era lo que querías, ¿o no? Volver con ella. Eso va a solucionar lo vacía que se siente tu vida. Hagámoslo de una vez.
Manuel lo tomó de la mano, apretando.
—Me importás.
Lautaro negó con la cabeza, sus lágrimas amenazaban con salir.
—Ya es tarde, Manuel. No necesito esto, no lo quiero.
Manuel lo soltó. ¿No lo quería a él? ¿Eso estaba diciendo?
—Dale, hagámoslo —volvió a decir Lautaro.
El pelinegro asintió, sin saber muy bien cómo seguir. Tenía todo planeado, buscar un rincón que se viera desde adentro, que Nicki los viera juntos en público, cosa que jamás se permitió con ella. Pero su cabeza estaba nublada.
—Vamos —dijo Lautaro, agarrando su mano y guiándolo cerca del vidrio. Por suerte, se habían alejado del resto para discutir. Nadie los había visto ni escuchado.
El rubio miró para adentro, divisando a Nicki entre toda la gente. Desde ese ángulo los veía, Lautaro ya sentía sus ojos sobre ellos.
Tironeó la mano de Manuel para que reaccionara. Su amigo parecía perdido.
—Es tu oportunidad, Manu —dijo.
Manuel asintió, animándose a levantar los ojos. Lautaro lo miraba con el ceño fruncido, relamiéndose los labios. Manuel sintió a su cuerpo entero temblar.
—¿Está mirando? —preguntó, en voz baja. Lautaro asintió.
Manuel suspiró antes de atraerlo hacia él y besarlo. Se sentía mal, muy mal. No como en su departamento, no como cuando lo hicieron porque querían. Ahora Lautaro se sentía obligado a besarlo, y lo hacía sin ganas. Lautaro no lo quería, no de esa forma. Y él no debía quererlo de esa forma. No. No podía.
Se separaron, tensos.
—¿Sigue mirando?
El rubio asintió.
—Parece que va a matar a alguien —observó.
Manuel sonrió de lado, pero no le llegó a los ojos. Hacía mucho que Lautaro no los veía iluminarse. Ah, cierto, se le habían iluminado cuando hablaba con ella.
—¿Otro beso? —preguntó el pelinegro. Lautaro se encogió de hombros, restándole importancia.
—Como quieras, Manuel. Es tu circo.
Manuel lo volvió a besar, sintiendo ganas de llorar. No estaba bien. Nada estaba bien. Él. Lautaro. Besarlo se había sentido bien en su casa, pero no ahora. Ahora le dolía muchísimo. Mientras más lo besaba, más sentía que lo perdía. Creía que con cada beso, Lautaro se alejaría aún más de él. Porque ese era el problema. No podían ser amigos y pareja. No estaba enamorado, nunca lo estaría. No si eso significaba perderlo todo, perderlo a él.
Los labios de Manuel abrazaban los suyos, y todo estaba mal. Él se iría con ella, todo había sido por ella. Por ella había comenzado todo, y por ella terminaría. No existían ellos dos sin que estuviera ella en el medio. Manuel lo había dejado una vez por su culpa, destrozándolo poco a poco. Ahora volvía a hacerlo, pero mucho peor. Porque esta vez le había hecho creer que... que tenían una oportunidad. Lautaro había creído que podía ser real, que podía renunciar a ella por él. Pero fue un tonto, un imbécil por pensar así. Nunca podría ganarle, nunca tendría el corazón entero de Manuel para él. Nunca sería completamente suyo.
Se separaron, cansados. Lautaro quería estar lo más lejos de él. Manuel quería lo mismo.
No podían estar juntos, ambos lo habían aceptado con ese beso.
Solo pensar en estar juntos les hacía retorcer de dolor el corazón.
