Chapter Text
Manuel y Lautaro se encontraban en la habitación del ojiverde. Eran las dos de la madrugada ya, y el rubio no tenía planes de abandonar el cuarto de su amigo.
—Vos no podés hablar, Manuel. No tiene goyete lo tuyo. Yo no sé cómo Santiago no te quemó ahí en pleno stream. —Se encontraban discutiendo las charlas que habían tenido durante el stream que finalizaron hace ya más de una hora. Con cada clip y tweet que el ojimarrón se encontraba, una nueva ola de comentarios era avalanzada sobre el emo.
El último reclamo tenía que ver con una pequeña mentira que el mayor había soltado en vivo, al encontrarse los tres hablando sobre morbos secretos y hechos asquerosos que se escondían entre sí.
—Pero, Moski, ¿qué querés que diga? Posta no tienen nada con que quemarme. Ustedes saben todo ya. Si no lo dije en stream, es porque se me iba a ir larga, gordo.— Manuel hablaba tranquilamente, y eso a Moski lo volvía loco.
Lautaro estaba sentado sobre los almohadones de la cama, con su espalda contra el respaldo. Mernuel se encontraba, a una corta distancia, en el centro del colchón, con sus piernas cruzadas.
—La noche esa…— Moski lo miró con acusación, apuntándolo con un dedo, —que trajiste a la mina esa y dejaste la puerta abierta, para que todos escuchemos cómo gritaba que era “tu gatita”, fue un montón, Manuel. Y para colmo al otro día había forros usados tirados acá en tu piso. Un asco, Manu.— Lautaro tembló levemente con una expresión de repulsión en su semblante. Los recuerdos lo suficientemente vívidos como para poder olvidarlos.
—Bueee, eso fue hace como seis meses, amor. Dale, no jodás. Además, si yo hablara de vos…
—Yo no tengo absolutamente nada, y vos lo sabés. Todo lo mío lo sabe el chat. Opinan, me lo recuerdan. Él único que tiene secretos acá sos vos, —finalizó Moski, fingiendo una leve ofensa, sabiendo que Manuel intentaría aflojarlo.
Mernuel inclina su cuerpo hacia donde su amigo se encontraba mirando la pantalla de su celular, pretendiendo ver algo mucho más importante que lo que su amigo podría llegar a aportarle. Coloca su cabeza por debajo de la de Lautaro, buscándolo con la mirada para que le devuelva su atención.
—Moski, esas cosas no las digo porque son un asco, y por la intimidad con la chica. Si vos querés decir que te encontraste forros lecheados en el piso de mi habitación, hacelo. Nada te detiene.
A este punto, Mernuel se encontraba con una mano apoyada sobre la rodilla de su amigo, ejerciendo una leve presión allí. Lautaro podría jurar que cada vez que el pelinegro le colocaba una mano encima, este buscaba una excusa para medirlo, comparar sus tamaños. Si pudiera, estaba seguro que el ojiverde tomaría todo su muslo en una sola mano.
—Pero, ojo que, todo lo que ventilás, —prosiguió Manuel, —vuelve…— Lentamente, se alejó de Moski, retomando su distancia inicial, y Lautaro ya podía sentir como la sensación de la palma de la mano de Manuel quemaba por sobre su jogging gris.
Mernuel sonrió satisfactoriamente cuando vio que había recuperado por completo la atención de su rubio. Este lo miraba con cara seria, confundido. —¿A qué te referís? —le preguntó. Espero a que Manuel comenzara a hablar antes de removerse en su lugar, no queriendo ser evidente con la notoria calentura que Mernuel le causaba.
—Moski, en el piso de tu pieza nos hemos encontrado, literalmente, waska…
—Nana, —Lautaro lo interrumpió, cortando un poco más la corta distancia entre ellos al inclinar su torso hacia donde su amigo se encontraba sentado. —Yo no me refiero a eso. Eso lo saben todos. Pero lo tuyo de andar diciendo nombres mientras cogés y que te escuche toda la casa es un asco.
Iba a retomar su posición inicial, ahora abrazando un almohadón que tomó de su lado, cuando el ojiverde soltó: —Yo te escucho, Moski.
Manuel estaba sonriendo, pero su mirada estaba fija en el acolchado debajo de sus piernas, al cual se encontraba tironeándole los hilos sueltos. Parecía ser una actividad muy interesante, pensó Moski con ironía.
A medio camino de volver a apoyarse contra el respaldo, Lautaro le espetó: —¿Qué?— Genuinamente se encontraba muy confundido. Él no recordaba nunca haber hecho algo tan bochornoso como lo que acababa de describir sobre Mernuel.
—No cogiendo, —le aclaró Manuel. —Pajeándote.— Su cabeza se elevó repentinamente, sus ojos chocando con la tibieza de sus orbes café, sosteniendo su mirada firmemente. Se encontraban realmente muy cerca, y eso ponía nervioso al menor. Sumado a la confesión que acababa de hacerle su amigo, podía sentir como su cara palideció al menos un tono, si era eso posible.
—¿C-Cómo? —tartamudeó Moski. Tuvo que bajar su mirada y reacomodarse donde estuvo sentado desde un principio, ahora con su corazón latiéndole a mil. Estaba seguro de que su cara ahora se encontraba levemente teñida de rosa. Podía sentir la mirada de Manuel quemando en todo su rostro. Iba a esperar a que el pelinegro elaborara antes de sacar conclusiones…
—Ayer…— Y Lautaro se quiso matar. Sentía que todo su cuerpo se estaba prendiendo fuego y no tuvo más remedio que taparse la cara con ambas manos. Intentando disimular sus respuestas naturales, utilizó este movimiento para fingir un poco de tos y acomodarse el pelo. Realmente el peor escenario había ocurrido.
—No sé de qué hablás, —le contestó apoyando sus brazos sobre el almohadón sobre sus muslos, con su mirada ida en algún punto cualquiera frente a él.
—¿Cómo que no?— Provocador, Manuel gateó hasta quedar a su lado, hablándole al oído. —Ayer quería pasar por tu habitación, vi un poco de luz desde tu pantalla y de la nada escucho un suspiro: “Manu”. —Dijo esto último imitando tan bien como podía, pero en tono de burla, la voz excitada de Lautaro, poniéndole todos los pelos de punto a este último.
—¡No! —le gritó Moschini, puteando internamente, y empujándolo lejos de él. Manuel, que había estado esperando esa misma reacción, apenas tambaleó. No podía parecerle más divertida la situación.
—Vos me decís a mí que yo soy un asco, —le dijo acercándose peligrosamente a su cara, de nuevo, la cual el rubio intentaba alejar lo más posible, evitando su mirada. —Pero vos te la pasas gimiendo mi nombre a mis espaldas. ¿Qué? ¿Tanto querés que te toque, culón hermoso?
La fina línea entre el humor y la veracidad en las palabras de Manuel era el único ancla de cordura para Lautaro en esta situación. Él no podía negarlo, ayer se dejó llevar por sus más profundos deseos. Él realmente pensó que nadie lo escucharía. No era la primera vez que susurraba su fantasías al masturbarse…
Su cara, estaba seguro, debía estar rojísima. Ya su cuerpo entero se encontraba bombeando sangre por cada centímetro de su organismo, reteniéndose justo en el lugar que menos le convenía en ese preciso momento.
Manuel lo empujó levemente, juguetón y le reclamó: —Te pregunté algo.
Odiaba el inmenso ego de su amigo. Quería borrarle esa sonrisa cínica que podía percibir desde la periferia de su visión. Al sentir el empujón de su amigo, Lautaro giró su cabeza hacia él, decidido a enfrentarlo. Sus pupilas totalmente dilatadas se encontraron con un ruborizado Manuel, de mirada intensa y labios hinchados. Y, muy seguramente, igual de engomado que él.
Sin siquiera aventar una mirada para comprobarlo, le espetó con confianza: —Te morís por tocarme vos, ¿no? Que me andás espiando mientras me masturbo; me perseguís con mi sexualidad… ¿Qué pasa, papito? ¿Te duele no…
Su acalorado discurso fue interrumpido por un agresivo beso. Lautaro no tuvo ni tiempo de respirar antes de que los labios de Manuel ataquen los suyos sin ningún tipo de aviso previo. Tuvo que tragarse sus palabras, literalmente, lo cual se escuchó como un gemido. En respuesta, Merlo colocó una mano alrededor de su cuello, ahorcándolo con una sutileza.
—Si vas a hablar, —le espetó al oído, —que sea para decir mi nombre. A ver si te da.
Lautaro no pudo evitar reír ante la situación. La mano de Manuel lo estaba asfixiado ligeramente, y todo lo que su amigo realizaba lo excitaba exponencialmente.
Rodeó la venosa muñeca de Mernuel con su tersa mano, dejando en evidencia la diferencia de tamaño entre esta y la que adornaba su cuello.
Pasaron unos segundos en silencio en esa misma posición, los cuales se sintieron como un largo minuto. Al no percibir más que una respiración un poco forzada de parte de Lautaro, y una sonrisa de satisfacción, Manuel le dejó en claro sus sinceras intenciones con una mirada, susurrándole suavemente: —¿Puedo?
Moski asintió y se removió como si toda su ropa le pesara. Manuel soltó el agarre en el cuello de Moski y se quitó su remera. Moski, simplemente, retiró el almohadón que yacía sobre su entrepierna, dejando en evidencia la notoria erección que se alzaba debajo de sus pantalones, y procedió a acariciar el torso desnudo de Manuel. Más bien, sus pezones endurecidos.
Mernuel, que se encontraba arrodillado frente al menor, dejó caer su cabeza hacia atrás, acariciando las carnosas piernas de su amigo, antes de acercarse peligrosamente a su boca, nuevamente, y comenzar a tironear el elástico de su pantalón.
—Ma-Manu… —suplicó Moski sobre sus labios, deteniendo su movimiento con una mano. Lo miró directo a los ojos, los cuales se habían convertido en dos lagunas negras.
Sosteniéndole la mirada, Manuel siguió tironeando, ante lo cual Moschini suspiró, retirando su agarre. Inconscientemente, comenzó a elevar sus caderas, facilitando el trabajo del mayor para dejarlo desnudo.
La mano de Lautaro se posó sobre la espalda desnuda de Manuel, y tuvo que contener un gruñido al sentir lo cálida y suave que se sentía su piel bajo su tacto.
Mernuel logró bajar, tanto el pantalón como su boxer, a la altura de sus tobillos, buscando restringir levemente la movilidad de su rubio.
—Te vas a manchar la remera si no te la sacás, —le advirtió tiernamente a su amigo, quien ya, impaciente luego de dibujar tantos trazos por su espalda, le contestó:
—Esforzate, entonces.
Merlo no pudo evitar la sonrisa que torció sus labios seductoramente hacia un costado, mientras movía su cabeza en negación.
—Bueno, intentaré lo mejor…
En un rápido movimiento, tomó el pene de Lautaro sorpresivamente, robándole un suspiro al susodicho, antes de escupir sobre su miembro. Mernuel rodeó la longitud firmemente, acariciando su glande con suavidad, haciendo que el rubio gruña en respuesta y le reclame, ronco: —Hijo de puta, —al no poder controlar el movimiento involuntario que realizó su cadera. Manuel dejó sus largos dedos envueltos alrededor de su falo, sin moverlos ni un milímetro para contribuir al placer del ojimarrón.
Nublado por la excitación, Lautaro comenzó a embestir contra aquella perfecta circunferencia que presionaba alrededor de su dureza. La imagen de Moski cogiéndose a su mano a un ritmo cada vez más acelerado, con sus ojos cerrados y ceño fruncido, llevaron a Mernuel a las más profundas de sus fantasías, aquellas que solo tenía reservadas para Lautaro. Lo aceptase o no, el ojimarrón era la única persona capaz de prenderlo de todas las maneras posibles.
—Como te gusta, putito, eh, cogerte mi mano, —lo retó casi lamiendo su oreja. —¿No querés imaginarte cogiéndome la boquita de paso?
Lautaro dejó escapar un gemido, chocando su cabeza contra el duro respaldo de la cama al arquear su espalda. Ante esto, Manuel reaccionó apretándole con mayor dureza la pija.
Los gemidos de Lautaro inundaban la habitación, fusionándose con el ruido de ambiente. El movimiento de sus caderas se había convertido en un vaivén desprolijo, haciendo notar su cansancio.
—Por favor… —suplicó este, resbalando sobre las sábanas luego de que el pelinegro volviese a escupir sobre su miembro, logrando una mayor lubricación.
—¿Qué cosa? —inquirió Manuel con maldad, a dos centímetros de su cara.
Mirándolo directamente a los ojos, su expresión totalmente rendida en un puchero, el rubio le suplicó: —Tocame, por favor, tocame.
Merlo accedió, ascendiendo su mano lentamente sobre su longitud, pero deteniendo su movimiento fríamente al llegar a la cabeza de esta. Lautaro resopló frustrado, temblando. —No, —le reclamó Manuel, dominante. —Vos ayer no me rogabas así. Yo te quiero escuchar decir mi nombre. Yo quiero que te animes, si te dan los huevos, a repetirlo en mi cara.
Durante sus palabras, aprovechó para apretar la cabeza del pene de Moski, haciéndolo ahogar un gruñido y profundizar su agarre sobre la nuca de Mernuel.
—Ma-Manu… —dejó escapar con su voz hecha un hilo.
—Hablá bien, —lo retó Manuel.
—Manu… Manuu… —comenzó a gemir Moski entonces sin pudor, temiendo las consecuencias del ojiverde si hubiese decidido resistirse.
Mernuel creía estar escuchando su canción favorita. Felicitándolo efusivamente, terminó de completar el movimiento de su mano, recorriendo toda la longitud de su más íntimo amigo con determinación y precisión en cada rotación de muñeca, manteniendo una velocidad constante.
—Manuu… Maanu… —siguió gimiendo el menor.
Sabía que este se encontraba ya muy cerca de alcanzar su orgasmo, por lo que eligió callar sus obedientes gemidos con un beso. Sus labios rodearon los del rubio, succionándolos dulcemente antes de penetrarlos con su húmeda lengua.
Manuel entendió cuando Lauti empezó a balbucear contra sus labios, queriéndole advertir que estaba por acabar. Por lo que el pelinegro, separándose ligeramente de su boca, le aseguró:
—Acabá, mi amor. Yo me la voy a tomar toda.
Al escuchar esta afirmación, Lautaro dejó escapar un fuerte gemido a través de sus labios hinchados. Sus fluidos se esparcieron obscenamente sobre la hábil mano de su mejor amigo, quien no detuvo sus rápidos movimientos hasta exprimir cada gota su semen, por más que el rubio ya se encontrara jadeando exhausto debajo suyo.
Tomando todos sus fluidos con el puño de su mano, Manuel miró fijamente los cansados ojos del menor e introdujo todo lo que pudo dentro de su boca, lamiendo cada rastro que se escurría entre sus dedos, tragándose cada gota.
—Sos tan rico, Lautaro, —le afirmó positivamente, sus ojos completamente atravesados por el profundo amor que le poseía. Por más que supiera que lo que había dicho era mentira, Moschini no pudo evitar sentir el cosquilleo de mariposas en su panza. Amaba sentirse tan amado por Manuel.
Mientras aún se recuperaba de su orgasmo, logró distinguir el sonido de Manuel deshaciéndose de su propia bermuda para comenzar a masturbarse a unos pocos centímetros de su cuerpo. Le hubiese encantado observarlo en el proceso, pero no podía mantener los ojos abiertos por más de dos segundos sin que sus párpados cayesen involuntariamente debido al cansancio que lo abrumaba. Momentos más tarde, pudo intuir a partir de un grave gruñido, que el mayor había acabado. Poniendo todo su esfuerzo, logró mantener los ojos abiertos el tiempo suficiente para poder apreciar su imagen favorita: su chico, cabeza inclinada hacia atrás, ojos cerrados, labios ligeramente partidos, y erección envuelta por su propia mano cubierta de semen. Si no estuviese completamente agotado, Lautaro podría jurar que aquello podría haber sido motivo suficiente para endurecerlo otra vez.
Encontrando su mirada excitada, Manuel limpió sus fluidos con una toallita húmeda de las que almacenaba en su cajón, sin cortar el contacto. Luego, pasó esta misma por los genitales y muslos de su rubio, en caso de que haya quedado algún rastro de su semilla allí.
Lanzando la toallita a un tacho al costado de su cama, Mernuel procedió a quitarle la remera a Moski, colocarle su bóxer, y realizar lo mismo con el suyo propio. Al finalizar, envolvió sus cuerpos bajo la sábana blanca, rodeando la cintura de Moski con sus brazos, para poder dormir abrazados piel a piel una noche más.
