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Suffering

Summary:

Barkovitch le sonreía con ternura mientras se cruzaba de brazos y los apoyaba en la orilla.

-¿No me extrañaste?-Preguntó.

Stebbins asintió, sintiendo un dolor punzante en el pecho.

-Más de lo que te imaginas.

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Starkovitch as Penelope and Odysseus

Loosely based on the song Suffering.

Notes:

Stebbins está MUY enamorado de Gary y su diálogo interno lo demuestra.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Encontrarse varado en una isla aparentemente desierta era la menor de sus preocupaciones en ese momento. Desde el día en el que partió de su reino, hasta esa tarde tan sombría su mente solo tuvo espacio para pensar en lo que había dejado atrás. Su esposo. La persona por la que estuvo dispuesto a abandonar su derecho al trono. No lo veía hacia mucho tiempo y dicha tortura parecía no tener fin.

Sus compañeros, los últimos que le quedaban, revisaban las escasas provisiones y consultaban con innumerables mapas para hallar otro camino a casa. Stebbins les había ordenado que descansaran, ya que zarparan al día siguiente, más ninguno le hizo caso. Dicha desobediencia sería desaprobada por su padre en vida. Solo Collie Parker debería poder darse el lujo de no escuchar al rubio ya que se trataba de un noble por derecho propio y no de alguien que trabajaba en el castillo. Billy no encontró en sí la voluntad para repetir su orden, así que los dejó hacer lo que quisieran.

Cerró los ojos y pensó en Barkovitch. Lo extrañaba más que a nada. Daría todo su reino, todo su poder, por un beso suyo. Moriría feliz si era en sus brazos. Algo allá arriba les había quitado su favor. Diezmaron su tripulación y maldijeron su camino. No podían volver, no por ahora. No sabían si eso cambiaría alguna vez. Stebbins no sabía si volvería a ver su rostro, ni siquiera sabía si Gary seguía con vida. La protección de Ray pudo tener fisuras, pudo no ser tan eficaz. Nunca se lo diría a Pete, pero a veces pensaba en ello. Pudieron quitar a Garraty del camino para llegar al rey consorte, ¿Quién? No lo sabía. Podría ser alguien del consejo, podría ser un pretendiente, porque sabía que habría pretendientes, llevaba demasiado tiempo fuera de su nación como para ser considerado muerto. Así, un hombre solo tendría que forzar a Gary una vez para que los casaran por ley, porque sí no lo hacían le quitarían su prestigio, su reputación quedaría manchada. Para ellos una persona viuda que aún estaba en la edad próspera para contraer nuevas nupcias era tan válida como cualquier otra soltera. Le dolió el corazón la certeza de que, de ser ese el caso, Barkovitch no dudaría en tomar su propia vida.

Recordó su noche de bodas, el cuchillo que su esposo ocultaba entre sus prendas, aún asustado ante la idea de ser tomado con violencia. Stebbins no lo recriminó, no podía hacerlo. Le devolvió el arma en cuanto la encontró después de desvestirlo, dándole la oportunidad de abrirle la garganta si sentía que le estaba haciendo daño, porque prefería morir antes que ver el miedo en los ojos de Barkovitch y si debía morir quería que sea en sus manos.

Puede que alguien haya intentado ultrajarlo y Gary no tuvo más remedio que escapar de manera definitiva, Stebbins no tenía forma de saberlo. Lo único que sabía era que sí los dioses fueron lo suficientemente crueles como para no permitir que lo viera con vida una última vez, al menos esperaba acompañarlo en el más allá.

No supo cuánto tiempo estuvo ensimismado, pero debió ser lo suficiente como para llamar la atención de una criatura.

De forma súbita, mientras el sol se ocultaba en el horizonte, una melodía captó la atención de todos. Una voz tan hermosa que parecía de ensueño llegó desde la oscuridad del bosque a sus espaldas. Los seis jóvenes se paralizaron por unos instantes antes de que Harkness lograra entrar en razón.

-¡Es una sirena! ¡No la escuchen!- Exclamó antes de cubrir sus oídos.

Cuatro de ellos lo imitaron de inmediato, cerrando los ojos de paso en caso de que dicha criatura decidiera hacerse presente. Stebbins hubiera hecho lo mismo, si tan solo aquel ruido angelical no hubiera cambiado de manera progresiva hasta convertirse en una voz que vivía por siempre en sus recuerdos.

-¿Billy? ¿Dónde estás? ¿Por qué no te acercas?

La voz de Barkovitch llenó el lugar, pero solo él lo notó. Nunca lo llamaba Billy, su esposo encontraba cierta diversión en esas 5 letras y solo pronunciaba su nombre cuando se lo pedía expresamente, o cuando estaba muy enojado. Además, el tono no fue el correcto; demasiado armonioso. Esa voz pronunció cada letra como si fuese una canción ya practicada y hubo un exceso de dulzura que no debería estar ahí. Aún así, Stebbins se levantó de su lugar en el tronco torcido que tomó como asiento y caminó sin titubear hacia la espesura del bosque. No se sentía hipnotizado, solo ansioso. Caminaba hacia la voz de Gary como si fuera algo que simplemente debía hacer, porque así se sentía. Cuando se casaron, cuando ataron el nudo en una tradición ya olvidada que él insistió en llevar a cabo, prometió guiar y ser guiado. Prometió seguir a su esposo y eso haría. Seguiría la voz de Gary hasta el final de los tiempos, lo seguiría incluso a la muerte.

Sus compañeros se dieron cuenta muy tarde de que se había ido. Escuchó a lo lejos sus gritos, los cuales ignoró a consciencia. Su mano se dirigió hacia un objeto que permanecía oculto en su bolsillo. Un recuerdo de Barkovitch “Para la buena suerte” había dicho él, con el ceño fruncido y sin mirarlo a los ojos. Stebbins lo sujetó con firmeza mientras aceleraba el paso.

Llegó a un claro a mitad del bosque hermosamente iluminado por luciérnagas, plantas y la gran laguna ubicada justo en el centro que parecía resplandecer por algo que habitaba en el fondo. Ahí, sumergido hasta la mitad, Stebbins encontró lo que buscaba.

Barkovitch le sonreía con ternura mientras se cruzaba de brazos y los apoyaba en la orilla.

-¿No me extrañaste?-Preguntó.

Stebbins asintió, sintiendo un dolor punzante en el pecho.

-Más de lo que te imaginas.

-¿Entonces por qué no entras aquí y me besas?- preguntó Barkovitch con tristeza. Stebbins hizo una mueca casi imperceptible.

-No sé nadar, Gary. Te lo dije muchas veces-. Mintió.

Algo sombrío pasó por el rostro de Gary. La sonrisa regresó, pero era un poco tensa. Las sirenas de lago no eran pacientes.

-Prometo que te mantendré a salvo.

Stebbins lo consideró. Tarareando un par de segundos bajo la atenta mirada de su esposo.

-Lo haré si sales un rato y me abrazas. Tengo tanto frío, pero si me calientas por unos momentos será más fácil entrar al agua contigo-. Prometió.

Barkovitch ladeó la cabeza, intentando adivinar si lo que decía era verdad. Al final, se limitó a asentir. Debía tener mucha hambre.

Salió del agua con una delicadeza que Stebbins sabía de antemano que su esposo no tenía. Extendió la mano para recibir ayuda y no tropezar, pero, para su frustración, fué ignorado. Se acercó al rey que aguardaba por él a una distancia prudente y lo abrazó con cuidado, siendo correspondido al cabo de unos segundos.

El humano se permitió cerrar los ojos, esforzándose en ser engañado por la ilusión y fallando en el intento. Cuando Gary lo abrazaba se le cortaba el aliento por más de una razón. Su esposo sujetaba su torso con fuerza mientras apoyaba la mejilla en su pecho, escuchando su corazón latir. A veces, cuando se emocionaba, lo abrazaba por el cuello para obligarlo a bajar a su altura y se balanceaba de un lado a otro. Nadie en la corte veía ese tipo de abrazo como algo que un gobernante debía hacer en público, aunque eso nunca les importó. Stebbins sintió su corazón estallar en cada ocasión. Ahora no sentía nada más que tristeza.

Apartó a Barkovitch y lo miró a los ojos, solo para apartar la vista al poco tiempo. Ni siquiera eran del color adecuado.

-Tengo una pregunta qué hacerte-. Dijo sonriéndole.

Barkovitch también sonrió, entusiasmado.

-¡Claro!

-Digamos que el camino a casa está maldito- comenzó, tratando de sonar como si fuera un caso hipotético. Cómo la pregunta de un exámen-. Es imposible llegar en barco y pasamos dos años intentándolo sin éxito.

Gary realmente intentó lucir preocupado. Stebbins podía darle un punto por eso.

-Entiendo- Dijo, esperando a que continuara. Las sirenas amaban presumir sus conocimientos.

-¿Existe otro camino para llegar a mi reino?

Gary se apartó de él y abandonó cualquier pretensión de bondad. Sonrió con malicia, lo cual fue lo más parecido a su esposo que pudo hacer.

-Oh, claro que hay otro camino- Respondió con cruel diversión. Stebbins frunció el ceño y la criatura se rió-. Ya debes conocer los mitos, todas las historias sobre la guardia de una bestia marina. Ningún ser inmortal se atreve a cruzar y mucho menos a intervenir.

-Creí que esa opción no existía.

-No existe para los marineros que aprecian a su tripulación, pero si a tí no te importa sacrificar a uno de los tuyos entonces es tu mejor opción.

-¿Sacrificio?- preguntó horrorizado. Pudo jurar que vió el indicio de dientes afilados en la boca de Barkovitch.

-Pues claro, la bestia tiene que comer- una de sus manos acarició su hombro, sus ojos vacíos se fijaron en su cara-. Todos tenemos que comer. No hay mucha diferencia entre un hombre y una bestia; ambos hacen lo que es necesario para sobrevivir.

Stebbins apretó los labios, sintiéndose enfermo y culpable, porque la criatura tenía razón.

Barkovitch abandonó su actitud tan siniestra y su sonrisa recuperó su toque dulce e infantil. Tomó su mano y comenzó a tirar de ella.

-Bueno, ya te respondí, ¿Puedes entrar al lago conmigo ahora?

El humano sintió otra punzada en el corazón y un enojo sin precedentes, ¿Realmente pensó por siquiera un momento que podría engañarlo? La criatura era idéntica a su esposo, pero Stebbins jamás lo vería de esa forma. No había modo de caer ante el engaño. Reconocería a su Gary en cualquier circunstancia. Podría perder sus cinco sentidos y aún así hallaría la forma de identificar a su consorte.

Se soltó de su agarre y acarició su rostro con reverencia. Su otra mano sujeto lo que guardaba en el bolsillo.

-Moriría por tí, si tan solo fueras él.

La sonrisa de Barkovitch desapareció, alarmado, pero no tuvo tiempo para reaccionar. La mano que se había posado en su rostro se deslizó hasta su nuca y apretó su agarre. Stebbins sacó el cuchillo al que se aferró como un amuleto y lo clavó con fuerza en el estómago de la sirena. La bestia se inclinó debido al dolor. Stebbins retiró el arma y lo hizo tropezar hasta que cayó de espaldas a centímetros de la laguna. Se sentó en su torso con el cuchillo en alto, la sirena lo miró con rabia mientras siseaba como una serpiente venenosa, levantó las manos para atacar al humano, pero estás cayeron laxas al suelo cuando perforaron su corazón de una estocada.

En cuanto la sirena estuvo muerta, Stebbins dejó de pensar. Se sintió entumecido, pero no fue agradable. Veía el rostro de su esposo con los ojos fijos en la nada. Su propio cuchillo alojado en su pecho como una sentencia.

El rey sintió la ansiosa necesidad de reír.

Barkovitch le había dado el cuchillo que siempre llevaba consigo por seguridad. Se mantuvo a salvó con ese objeto y ahora estaba sin vida gracias al mismo.
“Para la buena suerte” había dicho mientras se lo entregaba.

-Para la buena suerte- repitió Stebbins mientras observaba el cadáver de su esposo-. para la buena suerte, para la buena suerte, para la buena suerte.

Repitió esa frase hasta que lo encontraron.

Notes:

Esto tenía mucho lore de fondo pero no sé si lo escriba alguna vez