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Franco se apartó de la máquina para tomar agua y dejó que se le escurriera un poco para aminorar el calor. A pesar de que era enero en Inglaterra y el aguanieve mojaba las calles, dentro del gimnasio la calefacción no daba respiro.
Era de noche, en el lugar ya no quedaba nadie más que él. Su entrenador lo había abandonado en medio de la rutina para hablar con alguien y ahora no veía la hora de terminar para volver a casa.
Se preparó para seguir una vez más cuando sintió como la puerta se abría detrás de él.
—Al final era cierto.
Franco se puso rígido, podría reconocerlo por su voz incluso con los ojos vendados. No se giró, sabía que estaría junto a él en menos de un segundo.
—Alpine tiene tantos reserva que puedes encontrarte uno en cualquier lado.
Lo sintió junto a él incluso antes de que terminara de hablar.
—Ey, no te vi llegar —dijo Franco, intentando no sonar nervioso— ¿Cómo estuvo tu navidad, Lando?
A pesar de intentar sonar todo lo amigable que podía, Franco seguía sin mirarlo, solo se concentró en terminar sus ejercicios.
—Nadie está aquí, ¿Sabes? —dijo Lando, sin apartarse de él— El entrenador está atendiendo un llamado.
Si esperaba alguna reacción distinta por parte de Franco no iba a conseguirlo. Le tomó unos segundos que parecieron una eternidad, pero Franco había terminado por hoy. Con su botella de agua en la mano se giró para marcharse y entonces lo vio.
Se veía tan lindo como ese último día en el paddock.
Lando Norris.
Lo conocía tan bien que hasta lo enfurecia. Vestía ropa de gimnasia como él y tenía el cuerpo lleno de sudor, podía notarlo. Ambos compartían entrenador, Franco lo sabía, pero no esperaba verlo aquí a esta altura del año. Y menos cuando él vivía en Mónaco.
—Fue bueno verte, nos vemos pront-
Franco no pudo terminar de hablar, estaba pasando junto a él. Mejor dicho, estaba huyendo de él, cuando lo sujetó con fuerza del brazo.
—¿Qué sucede contigo? ¿A caso eres estúpido?
Aquella sonrisa que a Franco tanto lo derretía ya no estaba, ahora mostraba los dientes ante cada palabra que salía de su boca. Estaba enojado.
Franco miró la puerta para cerciorarse de que estuviera cerrada. Nada entraba y nada salía. Volvió la vista a Lando y replicó la intensidad de sus palabras.
—Suéltame, ahora.
Su pedido no hizo mella alguna en Lando, que nunca dejó de sujetarlo e incluso tiró de él para traerlo más cerca.
—¿Piensas que dejaré que ignores mis mensajes?
Franco estaba comenzando a hartarse.
—No se de que estas hablando —dijo mientras forcejeaba su brazo.
—Firmas para Alpine y te escondes en la fábrica. Eres demasiado astuto como para saber que en algún momento iba a encontrarte.
Franco lo miró y sintió la intensidad de su mirada. Lando no estaba jugando. Y de ninguna manera seguiría su mentira de actuar como amigos.
—¿Yo me escondo? ¿Acaso no eres tú el que se escabulle por las calles de Mónaco?
Franco se arrepintió al instante cuando salió de su boca, y mucho más al ver la sonrisa burlona que se alojaba en el rostro de Lando.
—Entonces era eso —dijo Lando, repasando con la mirada— Sabes, te ves el doble de sexi cuando estás celoso.
Franco sintió como le hervía la sangre.
—Apártate.
Intento pasar junto a él una vez más, pero sin éxito. Ahora Lando aprovechó la cercanía para juntar sus cuerpos.
—Lando... si no me sueltas.
—De aquí no sales hasta que yo diga.
Lando lo tomó de la nuca y unió sus bocas en un beso. Franco intentó resistirse en un principio, pero después cedió ante sus propios impulsos. Incluso dejó que la botella escapara de entre sus dedos para llevar ambas manos al cabello de Lando y enredarlas allí.
La intensidad del beso reflejaba lo mucho habían deseado el encuentro. Sus lenguas se enredaban y cada gemido que salía de sus bocas inundaba la habitación.
Lando, que ya acariciaba cada parte de Franco por debajo de la ropa, comenzó a caminar y lo llevó consigo hasta estamparlo contra algo. Lando se concentró en su cuello y se encargó de poner sus mejores marcas en él; Franco tomó el elástico del pantalón de Lando y lo bajó hasta descubrirlo por completo. Un gemido se escapó de él cuando Franco lo tomó entre sus manos y comenzó a subir y bajar.
—Extrañe esto cuando terminó la temporada, demasiado —dijo Lando, apretando la mandíbula.
—Cierra la boca.
Franco se arrodilló frente a Lando y dándole una mirada lasciva, se llevó su erección a los labios. Sintió la sal en su boca antes de que Lando le sujetara el cabello con una mano. El sonido de fricción y succión se mezclaba con los gemidos de Lando. Franco, que chupaba y se ayudaba con una mano, lo miró en todo momento. Incluso cuando usó su lengua para jugar con el glande. Quería ver en cara de él como disfrutaba y lo deseaba en todo momento.
Pero entonces, Lando lo apartó y lo levantó por los hombros.
—¿Qué haces?
—Aunque te veas demasiado sexi con mi pene en tu boca, todavía debo darte una lección —dijo Lando, limpiando la comisura de sus labios con el dedo pulgar— Date vuelta.
Franco no entendía lo que Lando estaba haciendo. Pero no estaba en sus planes seguir sus órdenes, no más.
—A mi no me dices que hacer.
Sus miradas eran intensas, pero ninguno la apartó. Lando está muy enojado, Franco lo sabía. Pero no lo podía culpar por ignorar su existencia, menos después de ver sus fotos con esa chica.
Lando lo tomó de la cintura y Franco sintió como su erección se le clavaba entre los muslos.
Un gemido se le escapó de los labios, pero lo reprimió lo mejor que pudo.
— Así me tienes desde la última vez que te vi —la voz de Lando sonaba ronca, casi insostenible— Mírame y dime que no sientes lo mismo.
Franco intentó esquivar lo inevitable, pero antes de que se diera cuenta ya se estaban comiendo otra vez. Su espalda chocó contra algo duró y se giró. Lando se posicionó de inmediato detrás de él, el pene de Lando que pegó a su trasero mientras le invadía el cuello con los labios. Franco gimió.
—Abre.
Con una rodilla Lando se abrió paso entre los muslos de Franco y con las manos le levantó la camiseta.
—¿Qué carajo?
Franco intentó desatarse, pero ya era demasiado tarde. Lando, en un movimiento rápido, había utilizando su propia ropa para atarle las muñecas a la máquina de ejercicio.
—¡Suéltame, imbécil! ¡Qué crees que haces!
— Dije que te irías cuando yo disponga. Es tu deber no hacerme esperar
Franco lo vió quitarse la ropa, con su propia camiseta improvisó un venda que luego utilizó para tapar sus ojos.
—Lando estoy cansado de tus malditos juegos.
—Antes no parecía ser un problema para ti —dijo Lando, mientras se apartaba para contemplar su obra— Tranquilo, lo disfrutarás.
Franco lo escucho moverse, pero no podía verlo. La espera se hacía eterna cuando solo habían pasado unos segundos. Aunque estuviese un poco asustado extrañaba las manos de Lando sobre él.
Algo congelado hizo contacto con su piel. Bajó por su espalda y Franco gimió, un instante después la lengua de Lando recorría cada lugar por donde había pasado el líquido frío. Supo de inmediato que había vaciado sobre él su propia bebida.
—Deja de jugar conmigo.
Franco lo oyó reír detrás de él. Ahora fue el turno de sus pantalones. Lando fue rápido y en cuanto se deshizo de ellos se metió entre sus piernas y le levantó el trasero.
—Llevó esperando semanas a que dieras la cara, Franco —dijo, cerca de su oreja y en apenas un susurro— Hoy aprenderás a no ignorarme.
Cuando estuvo a punto de responder un golpe fuerte y a mano abierta le dio de lleno en el culo. Franco gimió y Lando aprovechó para meterle un dedo. Se ayudó con saliva y bombeo dentro y fuera hasta encontrar el ritmo. Franco apoyó la cabeza en la máquina buscando algo de aliento cuando sintió un segundo dedo entrar. Gimió con fuerza ante las embestidas de Lando, este no bajaba el ritmo y miraba con fascinación como Franco lo tomaba. Cuando el tercer dedo entró las piernas de Franco flaquearon y Lando lo sostuvo para evitar que cayera.
—Me vuelves loco.
Franco podía sentir el aliento caliente de Lando sobre él aunque no pudiera verlo. Se giró lo suficiente para unir sus bocas en un beso que no duró lo que él hubiera querido.
— Te quie- ro.... dentro.
Eso último había sonado casi como una súplica y Lando no lo hizo esperar. Retiró sus deseos en un movimiento que hizo gemir a Franco, abrió sus muslos para tener más espacio y de forma lenta entró en él.
Al principio dejó que Franco se adaptará, todavía respiraba entrecortado, pero cuando lo sintió moverse Lando supo que era él momento de más. Con estocadas suave pero profundas entró y salió de Franco una y otra vez. Lo sintió gemir de placer y se entregó él también.
Franco podía sentir sus ojos llorar cuando Lando aceleró el ritmo. El sonido de sus pieles chocando se mezclaba con las respiraciones agitadas y gemidos.
Un quejido de placer escapó de Franco cuando Lando le tapó la boca.
—Shhh
Franco estuvo a punto de quejarse cuando la realidad lo golpeó.
Por el pasillo, al otro lado de la puerta, alguien se acercaba. La voz se mezclaba con el ruido de los pasos y Franco sintió terror.
Él de verdad estaba seguro de que en el edificio no había nadie, si alguien los veía así sería un escándalo.
Franco dejo escapar otro gemido que fue reprimido por la mano de Lando, a pesar de estar a punto de ser descubiertos, nunca dejó de entrar y salir de él. Y eso lo excitaba más. A Lando parecía no importarle, siguió bombeando dentro de Franco cuando la voz al otro lado de la puerta se sintió más cerca.
Para su suerte, la puerta no se abrió, sino que la persona se perdió por el pasillo.
Lando soltó a Franco y le sujetó el trasero aumentando el ritmo, buscaba con desesperación su liberación cuando Franco alcanzó la propia con un gemido de placer. Como pudo, Franco se sostuvo recibiendo las embestidas de Lando. Este no tardó mucho más, con un gruñido salió de Franco y se desbordó sobre su espalda levemente inclinada.
Ambos quedaron en silencio, intentando recobrar el aliento hasta que Lando se apartó.
—Mañana regreso por ti.
—¿Qué?
Franco pensó que estaba bromeando, pero cuando escuchó los pasos de Lando alejándose entró en pánico.
—¡Lando, regresa aquí!
La voz de Franco salió como un susurro desesperado. No sabía si la persona que había oído seguía por allí y decidió no arriesgarse.
—Es tu castigo, te lo mereces.
—¡Juro que cuando salga de aquí me las pagaras!
Su amenaza no sonó lo suficientemente seria cuando ni siquiera podía ver a Lando.
Lando camino hasta la puerta ya vestido y la abrió, del otro lado su entrenador se acercaba por el pasillo.
—¡Lando, sigues aquí! Pensé que te habías ido. —dijo el hombre, una vez estuvo lo suficientemente cerca— ¿Has visto a Franco? Estaba por aquí hace un momento.
Franco podía oír todo desde adentro. Sabía que si gritaba alguien vendría por él, pero las consecuencias eran aún mayores. Si alguien lo veía así, atado y completamente desnudo, moriría de vergüenza.
De ahora en más estaba sujeto a voluntad de Lando.
—No tengo idea, no he sabido de él en semanas.
Las palabras de Lando retumbaron en su cabeza y se juró a sí mismo cobrar venganza.
Luego de un rato Franco los escuchó alejarse. Cuando las luces se apagaron, supo que se encontraba solo.
— Hijo de remil puta.
