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El atardecer en Mónaco se filtraba cálido y dorado por las ventanas del departamento de Lando, acariciando los muebles como si también quisiera formar parte de la escena.
Dentro del living olía a pochoclos recién hechos, y la película apenas avanzaba en segundo plano. Los ojos de Lando, sin embargo, no estaban en la pantalla, sino en Franco, recostado contra él, la cabeza apoyada en su pecho, una pierna entrelazada entre las suyas.
—No entiendo nada de esta trama —murmuró Franco, acurrucado contra el pecho de Lando.
—Yo tampoco —rió él, bajando el volumen con el control— Pero tu cara cuando el villano apareció con esa peluca... eso sí valió la pena de ver.
Franco soltó una carcajada nasal, pero no respondió. Sólo se acomodó mejor entre sus brazos, apoyando la mano en el pecho de Lando, justo donde sentía latir su corazón.
Había una tensión flotando en el aire, una de esas que se construyen con días y semanas de no poder tener un segundo a solas.
Desde que habían empezado a salir como pareja, entre carreras, eventos de prensa y compromisos con sus equipos, no habían logrado dar el siguiente paso en su relación. Y no porque no quisieran. Lo deseaban, lo necesitaban.
—¿Sabés lo mucho que pensé en esto? —susurró Franco, deslizando los dedos por debajo del buzo de Lando.
—¿En qué? —Lando alzó una ceja, aunque su voz ya se había vuelto grave, espesa.
—En esto, vos y yo. Solos, sin cascos, cámaras o el puto paddock.
Lando se inclinó hacia él, besando lento, con esa urgencia suave que se guarda para los momentos importantes. Franco respondió enseguida, moviéndose sobre él, envolviéndolo con sus piernas. Los besos se hicieron más profundos, las manos más osadas.
—¿Estás seguro? —preguntó Lando contra sus labios, sin aliento, mientras una de sus manos se colaba bajo la camiseta de Franco, acariciando la piel con dedos temblorosos.
—Hace semanas que lo estoy. Pero si me volvés a preguntar te juro que te muerdo —susurró él con una sonrisa juguetona, jadeando apenas.
Lando rió, su frente apoyada contra la de Franco, sus cuerpos entrelazados en el sillón. Bajó los labios a su cuello, besando y mordiendo con cuidado, Franco dejó escapar un gemido suave que encendió a Lando como una chispa en pólvora.
Estaba a punto de tirar de su camiseta cuando...
Ding-dong.
El timbre del departamento cortó el momento como un balde de agua helada.
Ambos se quedaron quietos.
—Ignoralo —dijo Lando, sin despegarse.
—Tal vez es algo del edificio... —susurró Franco, pero tampoco parecía querer moverse.
Volvieron a besarse. Con más fuerza. Más ansiedad. Necesitaban ese momento como se necesita el aire.
Ding-dong.
Franco se rió contra su boca.
—Dale, anda a ver. Si no es importante, entonces yo te saco la ropa.
—Juro que si es un cartero, lo mató —masculló Lando, levantándose con toda la frustración acumulada.
Caminó a la puerta como quien va a enfrentar a su archienemigo, mientras trataba de acomodarse el bulto prominente que se formaba en su pantalón. Queriendo esconder la erección.
Y cuando abrió... ahí estaba.
—¿Kimi?
Kimi Antonelli, aquel joven italiano de la parrilla estaba frente a su casa, con esa energía chispeante que lo caracterizaba sonriendo como si nada.
Como si no estuviera en Mónaco, más específicamente en la puerta del departamento de Lando.
—¡Hola, Lando! ¿Todo bien?
—¿Qué hacés aqui? ¿No estabas en Italia?
—Toto me dijo que esta semana debía quedarme en Mónaco con George —respondió alegre— Y George me dijo que vivías cerca, así que vine a visitarte. No quería molestar mucho en su casa.
Lando parpadeó.
—Claro, claro... qué considerado.
Detrás de él, la voz de Franco se hizo escuchar:
—¿Quién es, amor?
Apareció en el pasillo, con la camiseta todavía un poco torcida por la intensidad del momento interrumpido.
—¡Kimi! —exclamó al ver al joven italiano— No te puedo creer.
El chico se lanzó a abrazarlo y Franco lo recibió entre risas.
—Acabo de escuchar tu conversación con Lan ¿Querés un té? Estábamos justo por... relajarnos.
—¡Sí, gracias! —dijo Kimi, ya entrando como si fuera su casa.
Lando se quedó en la puerta, viéndolos avanzar hacia la cocina. En cuanto su novio volteo a verlo no dudó en demostrar su disconformidad, haciendo gestos y caras de reproches.
Más Franco con su sonrisita compradora y sus ojitos de venado arrollado. Le pedía por favor que sea considerado con el invitado.
Ganó, obvio. Lograba compralo con esa carita de niñito bueno.
Soltó un largo suspiro y se pasó una mano por la cara.
Desde el otro lado en la cocina escuchó la risa de Franco con la voz de Kimi preguntando si tenía miel para el té.
Lando cerró la puerta.
Hoy tampoco iba a ser. Pero al menos, pensó con resignación.
Había té.
