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¡No es justo, no es justo!
Gritó llena de rabia, mientras sus damas se mantenían lejos, asustadas por la ira de su reina.
Su rey había desaparecido hacía unos días, iniciando una búsqueda para encontrarlo por el temor de que algo le hubiera pasado, pero cuando la noticia de que Paris de Troya había secuestrado y tomado a Menelao había llegado a oídos de toda Grecia, la ira de Helena no se hizo esperar.
Rompió, gritó y destrozó cualquier cosa a su alcance cuando escucho la noticia, dirigiéndose hacía una de las estatuas de su padre, para gritarle y exigirle una explicación que nunca llegaría. ¿Por qué permitió que le quitaran a su esposo?, ¿por qué no hizo nada para evitarlo?
-Llamen a los que hicieron el juramento y a los soldados, díganles que se preparen...
-Mi señora, no es necesario llegar a-
La mujer se quedó callada de inmediato ante la mirada que le dirigía su reina, nunca creyó ver a una mujer tan hermosa, tan tranquila y alegre con una mirada tan aterradora y furiosa.
-Ellos empezaron esto al llevarse a MI esposo, habrá una guerra y nadie me impediría volver a ver a mi esposo.
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Su mente estaba distante a las palabras que decían a lo que para ella era en otro mundo, 10 años, esos 10 años en guerra valdrían la pena al poder volver a ver a Menelao, Paris finalmente pagaría por lo que había hecho.
-Helena protege a tu esposo y escoltalo lejos de Troya.
Asintió sin palabras ante la orden de su prima, habían estado lejos de casa después de años, pero finalmente volverían, se preparo para la pelea.
"Apaga tu cerebro y deja que todo fluya."
Era el consejo que su amado le había dado un día cuando eran jóvenes, ella deseaba pelear y Menelao no tuvo problemas por enseñarle algunos consejos
¡Ataquen!
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Cuando recobro el sentido el cuerpo de Paris estaba en el suelo y hay estaba, tan hermoso como lo recordaba.
-Helena...
El seguía con la misma sonrisa que la había atraído como la primera vez, vestía ropas reales, un velo como el que ella usaba en sus primeros años juntos.
-Menelao, eres tu...¡Finalmente eres tu!
Dejo de lado la espada y se lanzó a los brazos de su esposo, sin importarle que la sangre de su armadura lo manchara, podían conseguirle algo mejor cuando volvieran a su hogar.
-Sigues tan hermosa como te recordaba.
Dijo Menelao con una sonrisa, observando a su esposa, apesar de la armadura, la sangre y raspones que está tenía en su rostro seguía siendo tan hermosa, con sus ojos brillantes y rizos dorados.
-Salgamos de aquí, hay un trono que te esta esperando.
Se separo lentamente de su esposo, depositando un beso en su mejilla y volviendo a tomar su espada ensangrentada.
-Como diga mi señora.
