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FELIX
Esta era la peor parte de su día. La capilla. Bokie no sabía por qué la llamaban una capilla cuando realmente era un granero. Olía a sudor, estiércol y paja mohosa, y ni siquiera había animales. Siempre estaba oscuro, incluso durante el día, como ahora mismo. La única luz provenía del sol que brillaba entre las tablas de madera que constituían las paredes, y los lugares en donde la pintura negra se había pelado de las ventanas.
Con las manos sucias se apartó los cabellos castaños de los ojos, sus dedos rotos y sangrantes por recoger rocas durante el día anterior. El overol que usaba era demasiado grande y estaba enrollado hasta los tobillos. La camisa azul con botones de plástico blanco que llevaba puesta también era grande para él, pero su madre había cosido las mangas a los codos para que no tuviera que empujarlos cuando trabajaba. Comenzó la mañana con las viejas botas de trabajo de su hermano, pero se las sacó en el momento en que las nubes tormentosas cubrieron el sol.
Al frente de la iglesia, su madre estaba de pie en un vestido del mismo color azul grisáceo que el cielo nublado del exterior. El viento hacía un escándalo, silbando entre los huecos de las tablas que hacía que el destartalado edificio crujiera.
Ninguno de los adultos parecía preocupado por la seguridad del edificio, pero Bokie tenía sus dudas.
Él no sabía que era peor: si estar del lado de afuera recogiendo rocas durante todo el día o quedarse de rodillas en el suelo de concreto mientras recitaba versos bíblicos. Ambos eran igual de malos. Los adultos de la congregación ya estaban en su lugar, de rodillas con las manos alzadas mientras que susurraban oraciones en siseos que hacían que Bokie pensara en miles de avispas. Él no entendía nada de eso. Su hermana mayor, Sullyoon, le decía que no era algo que él necesitara entender. Solo requería de tener fe. ¿Fe en qué? Bokie no lo sabía. ¿Dios? Solo tenía doce años, pero estaba bastante seguro que Dios no estaba allá afuera en el medio de ningún lugar en Nonsan mirando a su madre tirar arroz sin cocer en el suelo de cemento.
Todos los niños de la congregación estaban de pie junto a él, en una línea de mayor a menor. Siete de los trece niños eran hermanos suyos; Su hermano, Hyunjae, era el menor con solo cuatro años. El pastor, Deoksu, estaba de pie vestido con un par de pantalones negros y una camisa negra desabrochada, el largo cabello rubio castaño caía sobre sus hombros. Él miraba mientras que la madre de Bokie trazaba una línea con el arroz frente a toda la línea de niños. Cuando terminó, Deoksu dio un paso al frente, comenzando con la mayor en la fila, su hermana de diecisiete años, Haewon.
— ¿Cómo te encuentras, dulce Haewon? —preguntó Deoksu, besándole en los nudillos.
Su hermana soltó una risita. —Bien, hermano Deoksu. ¿Y usted?
Él rió. —También estoy bien. Aunque afuera los cielos están oscuros, la luz del señor brilla sobre todos nosotros, ¿no es así?
—Sí, hermano Deoksu.
—Ahora, dulce Haewon, por favor recita Levíticos 19:15.
Haewon entrecerró los ojos. —“No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo”.
—Excelente, niña. Excelente. Ahora, por favor arrodíllate con el resto de la congregación.
Haewon se giró con una sonrisa de suficiencia en su rostro, su vestido blanco ondeaba alrededor y un mechón de largo cabello castaño se escapó de su moño.
Deoksu siguió el camino de la línea. El hermano de dieciséis años, Sangyeon, su hermana de quince años, Sullyoon, y su hermano de catorce años, Yeonjun, todos recitaron los versos sin ningún incidente. Pero, cuando llegó a Lía de trece años, su comportamiento cambió. Sus ojos se entrecerraron y su boca se apretó a medida que miraba fijamente a la chica de rostro pecoso, cabello rubio y vestido blanco que se veía gris por el uso.
—Lía. Tu madre dijo que te encontró jugando de nuevo en el campo de girasoles. Sabes que nunca pasamos la cerca. Eres una chica terca y malhumorada. Serás confinada a tu habitación por los próximos tres días. Ahora, recita Romanos 13:4.
Los ojos de Lía se abrieron de par en par, inundados de lágrimas. —“Porque él es servidor de Dios para tu bien…” “Pero…”
Las entrañas de Bokie se retorcieron ante la insinuación de sonrisa en el rostro del hombre mayor. No entendía como Haewon podía pensar que él era bueno. Había algo muy… malo sobre él. Les ordenaba a las personas, los hacía trabajar durante todo el día mientras que él no hacía nada. Haewon no era la única. Sus dos padres siempre hacían lo imposible para complacer a Deoksu en todo. Decían que él era el sirviente de Dios y que sus palabras eran las palabras de Dios, pero eso no tenía sentido para Bokie. ¿No era la palabra de Dios, la palabra de Dios? Tenían todo un libro sobre lo que Jesús quería, ¿Por qué simplemente no lo leían?
—Quizás si pasaras menos tiempo invadiendo espacios prohibidos y siendo desobediente y, en cambio estudiaras los versos, no estarías luchando ahora mismo.
Lágrimas se deslizaron por su rostro sucio. —“Porque él es servidor de Dios para tu bien. Pero si… si tu…”
—Suficiente. De rodillas.
La muchacha miró hacia abajo, al camino de arroz sin cocer. — ¿Sobre eso? — preguntó con la voz temblando.
—Porque él es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo —Bokie recitó antes de dejarse caer de rodillas sobre el arroz, siseó cuando los granos duros se clavaron en la tierna piel —. Yo tomaré su castigo.
Una mano tiró de su antebrazo, alzándolo de pie y sacudiéndole las rodillas. —Tú no harás algo así, Lee Yongbok —espetó su madre —. Lía tiene que responder por sus propios pecados.
— ¿Qué pecado? No pudo recordar un estúpido verso. La biblia dice que se supone, debemos amarnos los unos a los otros. Mateo 5:44: “Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, bendigan a los que nos maldicen”.
Su cabeza se sacudió cuando su madre le abofeteó en la boca con tanta fuerza que sintió como si los glóbulos oculares hubiesen explotado y sus mejillas se hubieran encendido, pero eso no lo detuvo. Él tenía razón. Jesús enseñaba sobre el amor y sobre ser bueno. Él no quería que se castigaran los unos a los otros. —Mateo 6:14 “Porque si perdonan a los hombres sus ofensas, nos perdonará también a nosotros nuestro Padre celestial” —Su madre comenzó a arrastrarlo a través del pasillo improvisado —. Juan 13:43 “Un mandamiento nuevo les doy: Ámense los unos a los otros; como yo los he amado, que también se amen los unos a los otros”. Juan 15:13 “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” —Bokie continuó gritando para poder ser oído por sobre la charla de la congregación.
Antes de poder continuar, su madre azotó la puerta del granero, todo mientras lo arrastraba sobre el campo repleto de polvo. En lo alto, un trueno retumbó mientras que las nubes se arremolinaban en sombras de humo y cenizas. Él tropezó, sus pies descalzos se engancharon en pedazos de roca y maleza. Gimoteó en cuanto su madre lo alzó por el brazo. — ¿Qué pasa contigo? —ella gritó. No, ella lo arrastró hacia la pequeña cabaña blanca que su familia denominaba hogar. Lo arrojó contra el delgado colchón que él compartía con Hyunjae, antes de dejarse caer en una pequeña silla de madre y enterrar el rostro entre las manos. —Trabajas tan duro, te sabes de memoria la biblia, pero insistes en meter la nariz en donde no pertenece. No puedes ayudarlos a todos.
—No es justo. Lo que él hizo no es justo. Ella es solo una niña.
—Tú eres un niño, Bokie. Más joven que ella, y aun así, estudias duro y trabajas duro. No puedes seguir tratando de salvar a las personas que no merecen ser salvadas.
Los ojos de Bokie se llenaron de lágrimas. —Eso no es lo que dice la biblia.
Ella lo miró con exasperación. —Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos, Yongbok.
—No —dijo, con el corazón latiendo rápidamente. Eso no estaba bien —. Jesús ayuda a aquellos que no puedan ayudarse a sí mismos.
Su madre negó con la cabeza. Bokie no entendía como ella no podía ver la verdad en sus palabras. Todas estas personas leían la biblia por horas todos los días, pero ellos no veían lo que él veía. No tenía sentido. Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió de un golpe. Su padre estaba allí de pie, con expresión más tormentosa que el cielo en el exterior y un cinturón en la mano.
—De pie. Ahora.
Bokie hizo lo que le dijeron. Él tomaría el castigo. Tomaría cualquier castigo que quisieran darle. Él tenía razón. Tenía razón y ellos estaban equivocados, y los dejaría flagelar la piel de su cuerpo antes de traicionar lo que él sabía que era lo correcto.
Mientras que el cinturón de su padre caía a lo largo de su espalda y trasero, él rezó en silencio. Oró para que ellos vieran la verdad en sus palabras. Oró para que entendieran que ellos estaban destinados a ayudar a otras personas, y si todo eso no funcionaba, rezó para que algún día, él finalmente fuera libre de Five Oceans y libre del hermano Deoksu, incluso aunque eso significaba dejar que lo mataran.
Continuara…
