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Language:
Español
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Published:
2024-07-29
Words:
1,763
Chapters:
1/1
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304

Shun'nōden

Summary:

Era desconcertante y un poco perturbador, pero más allá de los sentimientos encontrados, era tan estimulante −en una manera que le recordaba tanto a la emoción de luchar−, que dolía. La mente de Tokiyuki le gritaba que caminaba por un sendero peligroso, que tenía todo el derecho de volver atrás y olvidarlo, pero, ¿no había decidido vivir al límite desde el día en que lo perdió todo?

O: una versión alternativa y más lasciva del capítulo 61 (sin spoilers).

Notes:

Shun'nōden ("Canción del ruiseñor en primavera") es el título de una pieza de gagaku, la música clásica de la corte imperial que estuvo en decadencia durante la era Kamakura, pero la elegí porque 1) me gusta la música y 2) el ruiseñor simboliza el romance y la renovación, lo que pensé que encajaba con Tokiyuki en general.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Tokiyuki no lo diría en voz alta por un sinfín de razones, que iban desde no querer elevar el ego de Yorishige hasta ser algo simplemente vergonzoso, pero le gustaba «ese» hombre.

Por supuesto, Yorishige le parecía un pervertido, sus plegarías sonaban como una farsa −según Shizuku y Tokiyuki confiaba en su juicio− y era un problema en general, pero Tokiyuki había aprendido a apreciar cada una de esas cualidades de él desde su segundo encuentro; no desde el primero, ese era demasiado desastroso para recordarlo.

Si alguien le preguntaba qué era lo que más le gusta de Yorishige, Tokiyuki diría: sus ojos. Fueron lo primero que notó en él, bueno, después de la cegadora luz divina. Los ojos de Yorishige eran claros, veían directamente a través de su alma, y ​​​​sacudieron hasta la médula del niño cuando ese hombre lo llamó «héroe». No obstante, en ese preciso momento, lo único que esos ojos le inspiraban era un vago disgusto y excitación al sentir cómo recorrían su cuerpo.

Con un suspiro, Tokiyuki se sentó en el futón, reacomodando la parte delantera de su kosode, que se aflojó tras el extraño juego al que Yorishige insistió en jugar: una «pelea de almohadas», que proclamó sería algo del futuro, pero ¿quién podía asegurarlo?

Pedir que los dos durmieran juntos esa noche sonó como una mala excusa para sus jóvenes oídos. Tokiyuki podía ser un niño aún, pero la experiencia adquirida en esos últimos dos años le había servido para comenzar a comprender mejor el mundo, aunque sus sirvientes seguramente no estarían de acuerdo con esa afirmación.

Después de pasar tanto tiempo ayudando y estudiando con Yorishige, Tokiyuki había notado algo: la forma en que el sacerdote lo trataba era distinta; no por la diferencia de estatus. Eso era obvio. Se trataba de algo más… sutil (si es que las cosas que Yorishige hacía podían considerarse sutiles).

Tokiyuki advertía un cúmulo de fragmentos diminutos que, al unirse, dibujaban una imagen lujuriosa. Los ojos esmeraldas de Yorishige se fijaban demasiado en el cuerpo de Tokiyuki, especialmente los días en que su ropa estaba desordenada después de la práctica de espada o del tiro con arco. La punta de los cálidos dedos de Yorishige rozando las mejillas y el cuello de Tokiyuki con demasiada dulzura y demasiado fervor parecían buscar provocarlo.

La forma en que Yorishige insistía en permanecer cerca de Tokiyuki, con sus cuerpos tan juntos que el joven príncipe bien podría sentarse sobre su regazo, para otros podría lucir como el cariño normal de un padre o un tutor, pero Tokiyuki lo conocía mejor que nadie y sabía que los ojos que lo reconocieron como un héroe, ahora se posaban sobre él con la misma intensidad en que una bestia observa a su presa.

Era desconcertante, un poco perturbador, pero más allá de los sentimientos encontrados, era tan estimulante −en una manera que le recordaba tanto a la emoción de luchar−, que dolía. La mente de Tokiyuki le gritaba que caminaba por un sendero peligroso, que tenía todo el derecho de volver atrás y olvidarlo, pero, ¿no había decidido vivir al límite desde el día en que lo perdió todo?

Entonces, cuando Yorishige insistió en que compartieran un futón de la manera espeluznante a la que Tokiyuki se había acostumbrado, contrario a las expectativas del hombre, Tokiyuki simplemente asintió.

Yorishige se congeló ante la dócil respuesta y Tokiyuki se acercó hacia él, recostándose a su lado con la espalda contra el pecho del sacerdote. Tokiyuki era incapaz de comprender cómo Ayako lograba demostrar afecto de forma tan directa. Ser tan atrevido era un poco vergonzoso.

¿Qué debería hacer ahora? En el campo de batalla, su cuerpo entrenado se movería por sí mismo, pero en esa habitación era inexperto, pese a encontrarse deseoso; era como un retoño que ansía convertirse en un árbol adulto.

Si no pasara nada entre ellos, Tokiyuki ya se habría comprometido; incluso sin experiencia, Tokiyuki había aprendido lo suficiente para saber cómo actuar durante su primera noche. Sin embargo, frente a sus ojos la llama de una vela baila incesante, tan inquieta como los pensamientos que giraban en su cabeza.

Tokiyuki no buscaba otra cosa más que ser de utilidad para su benefactor y con gusto calentaría su cama si era necesario; le gustaba la idea. El único problema era que no había nada más que pudiera imaginarse haciendo; en primer lugar, ni siquiera sabía cómo podría dar pie para hacer otra clase de cosas.

El roce de la tela y el aire exterior que golpeó su piel empapada en sudor sacaron a Tokiyuki de sus pensamientos. La parte superior de su kosode fue empujada hacia un lado, exponiendo la mitad de su torso y, de manera involuntaria, jadeó cuando una mano grande se posó sobre su pecho plano para amasarlo con fuerza.

—Y pensar que se me permitiría tocar a mi señor de esta manera…

—¡D-deja de hablar como un pervertido! —Tokiyuki reprimió un escalofrío originado por la voz rasposa de Yorishige que alcanzó su oído.

De un momento a otro, Tokiyuki fue levantado mientras Yorishige se erguía en el futón, para terminar sentado sobre su regazo. Había estado en situaciones más terribles, donde su vida estuvo tan cerca de terminar, que su supervivencia podría considerarse un milagro, pero también había pasado mucho tiempo desde que su cuerpo se congeló del modo en que lo sentía ahora. No era miedo lo que experimentaba, más bien, estar a merced de alguien, especialmente de una persona en quien confiaba con todo su ser, hacía que el calor aflorara dentro de su pecho y que su corazón se saltara un par de latidos.

La respiración se lo atascó en la garganta cuando las manos de Yorishige encontraron lugar en su pecho, tocándolo con tanta suavidad que parecía más una dulce tortura. Su kosode fue despojado de su cuerpo, dejándolo expuesto, desprotegido y desnudo, como el día en que había nacido.

—Señor Tokiyuki, si me lo permite —dijo Yorishige, mientras una de sus manos descendía para agarrar el muslo derecho de Tokiyuki—, por favor, entréguese a mí.

Tokiyuki nunca había entendido con exactitud lo que pasaba por la cabeza del sacerdote, pero en ese momento le importaba muy poco.

El cuerpo de Yorishige, presionando contra la pequeña figura del príncipe, resultaba como una roca firme a la que Tokiyuki buscó agarrarse. Sin ser del todo consciente de lo que estaba sucediendo, Tokiyuki abrió las piernas por instinto, permitiendo que la mano de Yorishige fuera más allá, hundiéndose entre sus ingles. Era la primera vez que alguien más lo tocaba en ese sitio y aunque Yorishige tan sólo envolvía los dedos alrededor de su pequeño pene, era demasiado para Tokiyuki: su cuerpo entero se retorció y un par de chispas destellaron frente a sus ojos.

La otra mano de Yorishige mantuvo a Tokiyuki en su lugar, incluso cuando sensaciones desconocidas se apoderaron de su cuerpo. Los pies de Tokiyuki se restregaron contra el futón y sus dedos se curvaron mientras gritos sin voz salían de su boca. Tenía la mente aturdida, inseguro de lo que realmente sucedía, pero su cuerpo se encontraba alerta, un instinto adquirido por los entrenamientos para mantenerse despierto incluso cuando sus pensamientos se desvanecían.

Con los ojos llorosos, vio la mano de Yorishige moverse de arriba hacia abajo. Cada acción le provocaba un escalofrío en la columna y le hacía sentir un peso extraño en la parte inferior del estómago. Tenía calor. Tokiyuki no podía apartar la mirada de su entrepierna: contemplaba el pulgar de Yorishige centrándose en la punta de su pene, rozando la hendidura con suavidad mientras salía un líquido transparente.

Los sonidos húmedos llenaron la habitación y rompieron el silencio junto a los ecos débiles de los gemidos confusos de Tokiyuki.

Algo caliente se empujó contra la espalda de Tokiyuki; su longitud era lo suficientemente extensa como para tocar su espalda por la mitad. Si la mente de Tokiyuki gozara de su concentración habitual, no tendría ningún problema en adivinar qué era; por desgracia, se había quedado en blanco desde hacía un buen rato. Aquella cosa dura se frotó contra la parte baja de su espalda, esparciendo un líquido viscoso por toda su piel, pero Tokiyuki no reparó en ello. Su cabeza pasó por alto varios detalles para centrarse en la dulce sensación de placer que se incrementaba y le hacía olvidar lo que pretendía hacer en primer lugar.

La mano alrededor de su pene se movió más rápido y Tokiyuki supo que era el momento; no lo entendía del todo, pero sabía que algo provenía de lo más profundo de su cuerpo y que liberarlo le hará experimentar el paraíso. Unos segundos después, sus caderas se elevaron tanto como pudieron mientras era sostenido en su lugar y su mente se quedó en blanco. Acto seguido, su cuerpo se relajó, quedando flácido en el sitio de agarre de Yorishige. Cerró los ojos por lo que le pareció una eternidad, a medio camino entre el sueño y la realidad. Sintió un líquido cálido salpicarle la espalda, pero fue limpiado de inmediato.

Cuando abrió de nuevo los ojos, continuaba en los brazos de Yorishige, con la respiración entrecortada y el pelo hecho un desastre.

Yorishige se llevó una mano a la boca y tragó sonoramente algo que Tokiyuki no pudo ver con claridad, lo único que alcanzó a notar fue un hilo de líquido blanco que se deslizaba por la barbilla del sacerdote.

—Es exactamente como lo había previsto. Mi señor, finalmente se ha convertido en un hombre.

—¿Gracias? —Tokiyuki no tenía ni la menor idea de lo que estaba hablando el hombre, pero había un asunto más urgente en juego: ¿Era correcto ser el único que se había sentido así de bien?

No podía recordar con exactitud todo lo sucedido, pero parecía que toda la atención se había centrado en él y su propia satisfacción. Su objetivo de ser útil esa noche para Yorishige no se lograría si se entregaba al placer de forma egoísta.

Aún con los pensamientos desorganizados, Tokiyuki abrió la boca para expresar su intención.

—Yorishig…

—En el futuro me llamarán un "shotacon" —susurró Yorishige, somnoliento, mientras abrazaba a Tokiyuki contra su pecho.

—¡¿Qué clase de tonterías estás diciendo esta vez?! ¿Shotacon? —La palabra no le sonaba japonesa del todo y su desconocido significado hacía el asunto más confuso, pese a que debía resultar vergonzoso.

¿Acaso toda la gente del futuro sería tan pervertida como Yorishige?

Ese último pensamiento persiguió a Tokiyuki hasta el sueño y se preguntó si él sería la causa de ese inconveniente en particular.

Notes:

¡Gracias por leer y llegar hasta aquí! ✧◝(⁰▿⁰)◜✧

Esta es una traducción autorizada, por lo que todo los comentarios que lleguen aquí los estaré poniendo en el fanfic original (traducidos también) para que la autora pueda leerlos (en caso de que no quieran comentarle directamente en su fanfic). De igual modo, yo les estaré traduciendo sus respuestas (´。• ᵕ •。`) ♡