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Balada interior

Summary:

Julián y Enzo coinciden en el mismo micro de larga distancia camino a Córdoba, en el que durante pocas horas se conocen y donde muy probablemente gestan algo mucho más grande que la distancia que recorren, viajando uno al lado del otro.

Notes:

Hola hermanas!! mi promesa de copa américa fue subir algo más de estos dos, en concreto algo que tenía en borradores sin terminar hace un montón. Así que acá va (el título es el nombre de un poema de Lorca!!!).

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

-Disculpa…- dijo en voz baja -¿No sabes si ya pasamos Calchín?- a su alrededor no reconocía la maleza típica de la ruta ni las luces que detrás del joven moreno se sostenían con la única esperanza de ser vistas desde lejos, como Julián estaba haciendo ahora, intentando divisar algo en medio del sueño. No sabía por cuánto tiempo había dormido desde que subió al micro y haber despertado por el rebote contra un bache en plena ruta lo había dejado todavía más aturdido que de costumbre.

-No, es la parada que sigue después de Luque… creo recordar, y todavía no estamos ni cerca.- dijo, despreocupado.

-Ah... qué raro.- dijo, ya intentando calcular los horarios en su mente. -Gracias- agregó.

-¿Es la primera vez que viajas hasta allá?

-Eh... soy de ahí, pero es la primera vez que me vuelvo desde Buenos Aires.- encogió los hombros con un poco de vergüenza.

-Ah, ¿y ya te olvidaste de tu pueblito? Así los porteñizan, eh.- sonrió. Julián se sorprendió por el comentario.

-Vos no tenes mucha tonada de por acá- acusó tomando la misma postura que el muchacho desconocido.

-Eso es porque yo soy de San Martín…- Julián repasó en su cabeza los parajes cerca de su pueblo y al otro le creció otra sonrisa -...que queda en Buenos Aires.

-Ah, sos muy gracioso.

-Ustedes no entienden la diferencia entre Buenos Aires ciudad y provincia- se excusó -me parezco más a vos que a cualquier porteño.

-¿Cómo te vas a parecer más a mí?- inquirió rápidamente Julián. -a ver, pero ¿de qué cuadro sos?

Desde que el ómnibus estaba casi vacío salvo por él, una pareja de ancianos sentados, un hombre y una mujer sentados en diferentes butacas y un par de adolescentes en la parte de atrás, Julián se permitió comportarse como si no fuese a ver a nadie dentro de ese bus otra vez en su vida.

-Del más grande- contestó y Julián sonrió sintiendo su desafío implícito.

-Ah, de River entonces.

-Y claro.- le guiñó el ojo con sutileza, como si no fuera para él su gesto. -Me llamo Enzo.- se inclinó un poco para tenderle la mano.

-Julián.- le dio un apretón suave al muchacho. Enzo miró alrededor de su compañero.

-¿Leías?

-Sí… Pero no me dormí porque estuviera aburrido, es que estaba cansado.

-¿Cómo se llama?- pispeó Enzo. Julián levantó el libro para que pudiese ver la tapa blanda teñida de bordó.

-Es como una recopilación de su poesía.- dijo, esperando alguna reacción. Enzo posó una mano sobre la suya para mover el libro con suavidad y ver el lomo del poemario. Le resultó tan inesperado que inhaló durante un segundo demás.

-Federico García Lorca- leyó dubitativo.

-¿Te gusta?

-Nunca leí mucha poesía.

-Ah…

-A ver, tengo muchos hobbies pero con el tiempo termino dejando de practicarlos tan seguido…-devolvió Enzo para evitar que fueran inundados por el silencio.

-Entonces no tenes ninguno.- le sonrió Julián.

-Eu, me gusta intentar cosas nuevas. Hace unas semanas empecé el curso para la licencia de conducir.

-Pero eso no es un hobby. ¿Por qué lo empezaste si tenías que viajar?- le picó la curiosidad.

-No sé, porque no me quería ir sin haber probado.

-Así que lo dejaste a medias.- dijo, pero a Enzo no parecía molestarle que Julián tuviera una acotación para todo.

-Igual que vos a tu libro.

-Sí, o a veces los leo en un día entero, no hay punto medio.

-Te debe ir bárbaro en la facu.

-La verdad me gusta lo que hago, lo disfruto. Hasta que lo dejo de disfrutar.

-¿Letras?- precipitó Enzo con el pensamiento más estereotipado que tuvo. Aún así recibió una sonrisa.

-Sí, me imagino que no es difícil darse cuenta. ¿Vos?

-Psicología. Sé lo que estás pensando.

-Ah bueno, ¿no peligroso?

-¿Por qué? ¿Mientras conversas con alguien te pones a pensar sobre tus secretos más profundos?

-Y… justo estaba pensando en uno.

-A ver…- Enzo se giró para quedar recto en paralelo al muchacho y observó lo que pensó que eran los ojos de ciervo más desconcertados que había visto. Por eso, sentenció, la sonrisa que le iba creciendo encajaba perfectamente en su expresión. -Creo que ahí está.

Julián contuvo una risa, un poco nervioso.

-Sí… le tenes cagazo a los payasos.- el cordobés largó una carcajada limpia.

-Malísimo. Además, ¿cuántos años pensas que tengo?

-Pero la edad no restringe las fobias.- se hizo el serio Enzo. Levantó la mano para que Julián no hablara y rápidamente la colocó sobre su propia sien, como si estuviese sintiendo algo. -Espera, hay otro.- dijo sin despegar su mirada de él. -Desde que viste un documental de dudosa procedencia, crees que la tierra es plana y que nunca llegamos a la luna. Julián chistó fingiendo frustración.

-Me descubriste. Pero la gente no se puede enterar de los secretos del gobierno.- Enzo le devolvió una mueca.

-En realidad, estaba hablando de que sabía que ibas a mencionar eso sobre la psicología. Lo de analizar a la gente.

-Igual da un poco de miedo no saber qué cosas pueden leer de los demás.

-¿Por qué dijiste que era peligroso?

-Lo que digo es que… mientras más notas cómo se comporta alguien, más sabes sobre las cosas que nunca dice.

-Sí, pero nadie va analizando personas por ahí.- Julián lo miró un poco escéptico. -Un poquito, pero sin darme cuenta.- Julián continuó sus gestos. -No, es que sería imposible saber sobre la personalidad de alguien con una conversación superficial, o sólo con la observación.

Julián se lo concedió con un asentamiento. Seguro que él no podía saber más del tema que aquel muchacho.

 

* * *

Enzo y Julián se encontraban sentados en el suelo del micro, espalda contra las butacas y frente a ellos el ventanal amplio que avanzaba como una película en constante movimiento, conforme el paisaje de la ruta iba cambiando de verdes a amarillos a marrones y volvían a surgir, progresivamente, hierba y flores a ambos lados.

-Dale, sacá cualquiera.

-Este me gusta mucho, es medio rara la forma, ¿no?- examinó Enzo con cuidado. No tenían mucho para hacer y los dos se estaban poniendo inquietos, aunque fuese físicamente más notorio en el menor.

Cinco estuches de lentes de sol de posaban para ellos a sus pies. A medida que, como no podía ser de otra manera para Enzo, charlaba con el desconocido que se veía como de su edad, los rayos de sol incrementaban camino al mediodía. Había intentado cubrirse la cara revolviendo en su bolso en búsqueda de cualquier cosa que pudiera obstruir el sol que les golpeaba sin piedad, pero el mal humor que el calor traía consigo para él estaba comenzando a mostrarse.

Enzo abrió el par de lentes con el que estaba jugando y se acercó más al otro, para quedar frente él, estirandose cautelosamente para probar cómo se veían en Julián. El silencio que de éste emanó, incluso aunque de fondo se escuchase una canción proveniente de la radio que el chofer había puesto hacía un rato en un volumen más alto que el habitual, hizo reír a Enzo.

-El más grande seguro te sirve. A ese lo compré en Calchín.- Julián se subió el par de lentes para posarlos entre sus rizos. Giró tomando otros y se los alcanzó. El más chico volvió a examinarlos con minuciosidad. Se los probó y giró su cabeza en varias direcciones.

-¿Vos decís? Me quedarían mejor aquellos, ¿no?- sin esperar respuesta, se estiró para tomar el estuche más lejano y se puso un par de lentes que resultaron más pequeños en su rostro. -¿cuál es su veredicto?- aguardó esta vez. Julián sonrió.

-No, no. A ver aquellos.- Julián hizo un ademán y sin más Enzo le alcanzó el par del extremo contrario. El mayor le sacó el que él había pensado siempre que era el peor par que tenía, y lo guardó en el estuche que Enzo conservaba en sus manos. Todavía mirándolo a los ojos sin ningún plástico polarizado en medio, abrió el otro par y se los puso. Su mismo gesto se espejó en los labios de Enzo como un gato que esperaba en silencio.

-Sí, el marrón te queda mejor.- dijo Julián en un tono más bajo, un poco para que sólo ellos pudieran escuchar, pero también porque en algún momento Enzo se había acercado a él un poco más y no podía acordarse de cuándo.

 

* * *

 

-¿Querés un café?- había preguntado Enzo, levantándose sin más. El castaño, distraído otra vez en su lectura, se tomó un segundo demás cuando alzó la cabeza y contestó que sí. La voz del más chico se escuchaba diferente. Tenía el flequillo todavía bastante bien peinado a pesar del vapor que se había formado durante el día, que por el contrario había hecho que su propio cabello hubiera tomado una textura esponjada. “¿Le pongo leche?”, preguntó. Entendió que en realidad su voz no estaba distinta; no sabía cómo podía sonar tan imperturbable. Un poco, respondió.

Julián no se consideraba el mejor para desenvolverse alrededor de personas de su edad, aunque por lo general no tenía problemas en entablar relaciones con niños y con adultos amablemente. Algo acerca de hablar sin mucha preocupación con Enzo le parecía divertido, algún experimento que el estudiante de psicología estaba conjugando en él sin darse cuenta. Si era honesto consigo mismo, despreocupación no era algo que describiría cómo se sentía alrededor del muchacho hasta aquel momento, pero se convenció de que después de todo no importaba demasiado.

Enzo volvió trastabillando, con dos vasos descartables, sobrecitos de azúcar en el bolsillo porque había olvidado preguntar si le gustaba tomar el café con azúcar, y una expresión de concentración que se quedó en la mente de Julián por mucho tiempo. Después de endulzar su café y de un rato sorbiendo del polietileno, que no le dio el tiempo suficiente a Julián para articular algún pensamiento sobre la proximidad de su compañero de viaje, este, sin mucho más que hacer, le pidió que le leyera algo.

-Estabas como re enfocado ahí, Juli, dale, yo también quiero saber.- había insistido.

Una sumatoria de varios factores, entre ellos la voz suave en el pedido de Enzo, había hecho que el castaño cediera. Una vez hubieron terminado de beber, Julián se reacomodó en su butaca y abrió su libro en una sección que recordaba que le había gustado mucho.

-“No duerme nadie por el cielo. Nadie. No duerme nadie”.- leyó Julián con pudor de hacer algo que habituaba en su privacidad ahora en un espacio público. Reunió un poco de solemnidad desde lo profundo de sus cuerdas vocales, porque pensó que Ciudad sin sueño se lo merecía. -“Las criaturas de luna huelen y rondan las cabañas. Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan”.

Enzo levantó el apoyabrazos que separaba las butacas en las que llevaban sentados demasiadas horas para estirarse con mayor facilidad. Se acomodó casi en posición fetal lo máximo que aquel espacio reducido le permitía.

-“Y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros".- Enzo arrugó las cejas y el más grande se dio cuenta. -No digas nada todavía- su voz fue más suave al interrumpirse y Enzo enfocó su visión en él, que había estado divagando por el ventanal a medida que el cielo se aclaraba.

-“No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. No duerme nadie. Hay un muerto en el cementerio más lejano que se queja tres años porque tiene un paisaje seco en la rodilla”- el moreno empezó a jugar en silencio con el dobladillo de un bolsillo lateral de su pantalón, mirando al otro en ocasiones, cuando sus dedos bailaban con el borde superior de cada página. Julián continuó leyendo por un par de minutos, asegurándose de terminar la prosa.

-Qué loco es.- dijo Enzo cuando hubo terminado. -Varias cosas eran medio inentendibles, ¿no? ¿Por qué ese?

-Porque siento que acá te quiere meter en medio de todo ese quilombo. Y al final lo hace ver como… si no fuera a terminar más.

-¿Siempre es así?

-En general creo que no.

-Se parece un poco a Capital, ¿no? Y también le dicen la ciudad que nunca duerme.- Enzo pronunció en una sonrisa, con lentitud y una voz cada vez más baja. A Julián nunca le produjo sueño leer en un lugar en movimiento, aunque podía intuir que la noche estaba bastante avanzada.

-Sí, tranquilamente podría estar describiendo un piquete en la 9 de Julio.- dijo Julián y Enzo agrandó su sonrisa porque no tenía energía para más.

-Igual prefiero mil veces vivir acá que en esa ciudad.

-Aparte no hay cocodrilos.

-¿Les tenes miedo?- Enzo pensó en que quería saber todo lo que le daba miedo, pero se sentía demasiado cansado.

-En realidad nunca los ví.

-Yo sí, en un parque natural cerca de mi ciudad.- se estiró hacia el bolso más chico que había llevado, en la parte lateral de su asiento reclinado, y sacó un cobertor de algodón fino para taparse la parte superior del cuerpo. Cubrió a Julián sin preguntarle. -También había monitos.

-Qué zarpado.- reclinó su butaca un poco más para quedar a la misma altura que Enzo -Yo sólo conozco animales domesticados.

-Estuvo muy tranquilo todo el tiempo. Me dio un poco de miedo.

-Eu, yo también estoy tranquilo todo el tiempo. ¿Te doy miedo?- Julián aprovechó que el moreno estaba bailando con el sueño.

-Cómo me vas a asustar vos, Julián, si sos un dulce de leche.

-No sé qué te llevó a esa conclusión pero no sabes ni lo que decís, mirate, te estás durmiendo.

-Vos te estás durmiendo.

-Enzo, deja de hablar un segundo.

-Casi no hay gente en este colectivo, ¿qué sentido tiene hablar bajo?

-Para que yo pueda descansar de escucharte todo el tiempo.

-¿Te vas a hacer el malo porque te dije que eras un dulce?- los ojos de Enzo ya estaban cerrados pero se las arreglaba para seguir hilando pensamientos mientras pudiera molestar a Julián.

-Qué rompe bolas sos, eh.

-Bueno, basta. Que vuelva el Julián respetuoso y con vergüenza.

-No me da vergüenza hablar con vos.

-Cuando me hablaste por primera vez te veías muy tímido, ¿sabes?

-Bueno, en ese momento creía que eras un chabon decente.

-Eu, qué malo, pero no estás cambiando mucho mi pensamiento. Ahora, en general, también pareces un poco tímido, pero ya sé que no lo sos.- divagó.

-Enzo, te pido por lo que más quieras que te duermas.

-Y si me lo decís así…- susurró el más chico. Se acurrucó, quedando más cerca todavía del cuerpo de Julián, quien se mantuvo en la misma posición sobre su butaca pero subió las rodillas hasta su pecho. Dejó de reprimir su sonrisa, tan cansado que de repente no le importaba si Enzo podía verlo. Un par de minutos más bastaron para que cayeran dormidos. Más tarde, cuando Julián dejara caer su cabeza sobre Enzo, ya completamente encogido sobre él, nadie pudo verlos.

 

* * *

El constante y suave movimiento de alrededor, que cuando dormía lo mecía como una cuna, había desaparecido. Pero lo que en realidad había despertado a Julián había sido la falta del sonido del motor del colectivo, invasivo como ruido blanco. Su visión se estaba acomodando a la luz que provenía del ventanal, más clara por cada segundo que pasaba. No pudo detenerse a pensar en que aquel lugar del que se estaba incorporando era, parcialmente, el cuerpo de Enzo, porque el hombre que reconocía como el chofer apareció en su campo visual. Cuando miró de manera automática a su lado con confusión, el menor parecía mucho más despierto que él.

-Estamos en una parada de descanso, chicos.- informó el corpulento tipo a un lado de sus butacas. -Hay un bodegón acá cerquita.- los dos muchachos asentían ante la información. -Tenemos que volver a eso de las 13, no más.- terminó de hablar y dio media vuelta sin esperar respuesta.

Ambos se miraron y Enzo tuvo que contener su mano para no estirarla sobre algunos de los rizos del mayor que se estaban mostrando rebeldes aquella mañana, queriendo convencerlos de que se portaran igual por el resto del día. Julián inhaló profundo, ya habiendo despertado del todo.

-¿Almorzamos?- aventuró Enzo.

Al bajar, la luz les pegó de lleno y el castaño lo sintió en la somnolencia que todavía se paseaba alrededor de su rostro. El paisaje desolador que solamente tenía árboles secos y muy poco verde para ofrecerles, le recordó a esas películas western con las que se había obsesionado durante la pre adolescencia, seducido por la virilidad del paso seguro de los cowboys, cuando los conoció por primera vez gracias del cine de su barrio durante de uno de sus ciclos temáticos.

-Me siento un poco en los ‘40.- dijo Julián en un tono más bajo.

El lugar, no muy espacioso pero con varias mesas dispuestas un poco más cerca entre sí de lo que Julián preferiría, tenía una iluminación cálida y un techado con vigas de maderas. A lo largo de las paredes blancas y desgastadas se erguían cuadros con fotografías de personas que no reconocía, además de algunas camisetas enmarcadas orgullosamente. Pensó que aquel podría ser un lugar propio de su pueblito.

-Y más o menos te vestiste como si estuviéramos.

-¿Qué decís?

-Pareces mi abuelo un día cualquiera.

-Yo prefiero esto a tu camiseta roñosa de una banda que seguramente sólo escuchas vos.

-No sé por qué me tendría que ofender eso Juli, te soy sincero.

El aludido se quedó en el umbral del lugar mientras Enzo ya se estaba moviendo entre las mesas, por lo que se vio obligado a caminar a su lado. Cuando habló, lo hizo un poco más bajo, inhibido por lo vacío que se encontraba el lugar, a excepción de un matrimonio en una de las mesas cercanas a la vieja barra de madera.

-¿Dónde nos sentamos?- preguntó, pero Enzo ya estaba tomando un lugar en una de las mesas cerca de un ventanal que proveía al lugar de gran parte de su luz.

-¿Qué te vas a pedir?- preguntó Julián.

-Me gustaría unas milanesas con fritas.- le dijo y Julián concordó en que también estaba para esa.

Una muchacha que portaba un delantal y se veía un par de años más grande que ellos se acercó y, ajena a cualquier situación, habló para preguntarles qué iban a pedir. Enzo ordenó con tranquilidad la comida de ambos y algo para tomar.

Después de un rato, comenzó a sentir el aroma a comida casera, tan alejado para sus sentidos de lo que él lograba elaborar en la pequeña cocina del lugar ya bastante reducido en el que vivía durante su cursada. Algo que se acercaba más a la comida de su mamá o su abuela. Su mente estaba tomando vuelo acerca de su familia cuando escuchó una pequeña risa amortiguada, casi una exhalación, del chico sentado frente a él.

-¿En qué pensas?- volvió a hablar Enzo.

-No, nada…

-Mmm… bueno. Yo sí sé.- dijo Enzo a medida que su sonrisa se agrandaba.

-Ah, ¿volviste a encontrar los peores secretos de mi vida?- Enzo ya había levantado sus manos para captar mejor sus pensamientos, formando una mirada que encerraba a Julián en su periferia.

-Tengo uno, te juro que esta vez es posta.- hizo un silencio. -Además, ¿en qué más estarías pensando?

-A ver.- dijo Julián como si no tuviera opción.

-...Yo sé…- Enzo jugó al misterio con un silencio -...que practicas frente al espejo cómo hablar con pibas.- soltó. Le arrancó otra risa al mayor.

-No, no.- dijo mientras Enzo alzaba una ceja, esperando y escondiendo su propia sonrisa. -Podría practicar para hablar, seguramente. Pero no para hablar con pibas, no me interesa así.- sostuvo su mirada por un momento.

Enzo se sobresaltó ligeramente cuando la misma muchacha que los había atendido reapareció como espectro a un lado de ambos, haciendo sonar con demasiada fuerza los dos platos, uno a la vez, sobre la mesa de madera de roble, como muchos de los muebles del lugar.

Después de que ninguno de los dos hubiese desayunado propiamente, el moreno se engulló sobre el plato de enormes proporciones y todavía mayores raciones.

-Estaba pensando en que extraño no tener que cocinarme todos los días.- volvió a hablar Julián, eligiendo abordar otro tema. -Pero mucho más extraño comer la comida de mi abuela.

-¿La ibas a visitar seguido?

-Vivía con ella. Con mis hermanos nos peleábamos por quién se servía primero.- dijo y la sonrisa de Enzo adquirió calidez.

-¿Vos eras el más chico?

-Sí, el menor. En esa época yo era muy chiquito y ellos capaz demasiado grandes para seguir peleando, pero mi abuela nos dejaba.

-Debe ser lindo, igual. Tener compañía todo el tiempo.- dijo Enzo y el contrario asintió con energía.

-Pero no faltó mucho para que se fueran a estudiar fuera de la ciudad y después de eso hicieron familia. Solamente me acuerdo de verlos de visita, de más grande.

-Yo no tengo hermanos, pero mi papá siempre me dice que vivía correteando por la calle con los nenes de la cuadra.

-Sí que tenías compañía todo el tiempo, entonces, ¿no?- preguntó y Enzo amplió su sonrisa antes de hablar.

-Me castigaban bastante seguido y ahí, en mi casa, a veces durante días, tenía que buscar qué hacer solo.

-Ah, debes saber lo frustrante que se vuelve deambular por ahí.- dijo haciendo un movimiento con las manos. -Está buena la mila.

-¿Es mucho para vos? Es como enorme.

-No, si tengo un hambre. -contestó después de darle un sorbo a su gaseosa. -A mí no me gustaba mucho salir y no me terminé de acostumbrar a que mis hermanos no anden dando vueltas por la casa, después de que se fueran.

-Viste que estando encerrado en un momento ya nada parece divertido de hacer. Yo nunca me llevé tan bien con ese silencio.- le dio otro mordiscón a su milanesa y Julián esperó. -Ahí me dormía una siesta. Y otras veces me escapaba.

-¿Cómo?

-Me hacía el enojado y revoleaba la puerta de mi cuarto. Al rato prendía mi radio portátil, volvía a abrir la puerta despacito y corría hasta la salida de la parte de atrás de la casa.- contó y Julián trató de no reírse mientras se llevaba más papas fritas a la boca.

-¿Nunca te agarraron?- preguntó ininteligible por la cantidad de comida, pero Enzo entendió.

-Muchas veces. Pero ya era medio inevitable y, como cualquier padre, aceptaron su destino.

Julián largó una carcajada que resonó en el vacío local.

-Claro, obvio que fuiste un malcriado.

-No boludo, qué se yo. Cuando no podía irme, agarraba la pelota y pateaba dentro de la casa, la volvía loca a mi vieja.

-A mí también me gustaba jugar ahí nomas en la sala, me terminaban echando al garaje.

Julián quiso saber qué otras cosas acerca de su propia infancia que él pudiera contarle causarían que sus ojos se hicieran pequeños y tirara su cabeza hacia atrás estruendosamente, como casi todas sus expresiones. Pensó en aquella tarde en la que, harta, su abuela lo había corrido del comedor, donde había estado ensuciando las paredes con la vieja pelota que le había pertenecido a sus hermanos antes. Ya en el garaje, con la adrenalina disminuyendo, había empezado a indagar en los estantes, sin encontrar nada que picara la curiosidad. Rendido, se tiró sin preocupaciones de ensuciar su ropa cuando chocó con una caja en la que, después de abrir con aburrimiento, encontró libros viejos. Ese había sido el inicio de su voracidad con cualquier cosa que incluyese textos en su casa, hasta que su mamá comenzó a llevarle lo que conoció como sus primeros libros de temática todavía infantil.

-Al final no terminaste.- dijo Enzo. Su expresión todavía se veía ligera y Julián sentía que sus ojos le murmuraban en un llamado constante.

-Parece que si era un montón.

-¿Pedimos unas cervecitas?

Julián no quiso. Enzo pidió para sí mismo pero el mayor no pudo evitar contagiarse de un poco de alcohol. Ninguno sintió mucha diferencia.

Sin embargo, cuando Enzo sacó de su bolsillo un pequeño teléfono móvil Nokia de su bolsillo para saber cuánto tiempo les quedaba afuera, la muchacha que los había estado atendiendo se acercó a dejarles la cuenta. En cuanto se hubo alejado, a Julián desde algún lugar dentro de sí se le ocurrió decir:

-Eu, deberías dejarle tu número. ¿Viste cómo te miró cuando llegamos?

Julián no había visto nada. Apenas le había puesto atención a la muchacha y ciertamente no podía recordar nada que le diese algún indicio de que estuviera de cualquier forma interesada en el menor. Pero puso toda su atención en la manera en que Enzo largó una exhalación en forma de risa y bajó la vista hacia su plato que contenía ya las desordenadas sobras antes de preguntar:

-¿Qué decís?

-Sí boludo, ¿No te das cuenta?- insistió sin sacar la mirada en la reacción del contrario.

-Dejate de joder, dale, se nos hace tarde.- zanjó el tema levantándose para dirigirse a la caja, donde saludó como si nada a la anciana que atendía cortésmente.

 

* * *

 

A lo lejos podían divisar a los pocos pasajeros que ya pululaban alrededor del bus negándose a entrar otra vez, los adultos estirando sus piernas, intentando persuadir al chofer por un par de minutos más. Julián recordó que no estaba usando protector solar y pensó en que seguramente su rostro estaría enrojeciendo para ese momento.

-Te sacaste del orto un celular, boludo.

-¿Cómo?

-Que no me habías dicho.

-Ah, qué se yo, lo tengo por las dudas, viste.

-Hicimos nada durante horas, ¿y vos tenías un celular?

-Y sí, qué podíamos hacer con esto.

-No sé, ¿escuchar la radio por lo menos?

-Estuvimos escuchando la radio que pone el chofer por un montón de tiempo.

-Sí, pero no es lo mismo.- Julián mantenía su tono de incredulidad, le parecía una novedad digna de ser mencionada.

-¿Y cómo te comunicas con tu familia entonces? Digo, ¿se mandan cartas?- le preguntó y Juli lo miró con molestia fingida, todavía en su pose de indignación.

-Tenemos teléfono y yo tengo uno donde alquilo, en mi casa de acá, así que nos llamamos entre semana.

-Fa, qué vintage.

-Pero dale, quién manda cartas todavía.

-¿Me vas a decir que nunca le escribiste una carta a alguien que te gustaba?

-...¿No? No cuenta esa vez que le puse “me gustas” a un amigo durante una clase aburridisima de geografía, cuando nos pasábamos papelitos a escondidas de la profe.

-No bueno, re romántico.

-Yo no podría pensar en nada menos romántico.

-Qué sabes vos, Juli, ¿sos Shakespeare ahora?- pensó en el romanticismo trágico durante un momento.

-A ver, si queres que te escriba cartitas, decímelo y listo.

-No es romántico si tengo que pedírtelo, Julián.- se quejó, y el mayor pensó que si tenía que seguir escuchándolo decir su nombre de esa forma iba a recurrir a impulsos un poco desproporcionados.

-Yo no hablaba de cartas de amor.- aprovechó.

-¿Y sobre qué me vas a contar en tus cartas?- dijo Enzo. Su voz no expresaba ningún cambio, pero para quien observara lo suficientemente rápido, su mirada había comenzado a divagar hacia cualquier elemento alrededor de ellos que no incluyera la figura de Julián. Él, por su parte, siempre se había caracterizado por ser un muchacho observador.

-Te la mandaría con una foto de mi gato, que ya está viejito, para que lo conozcas.- contestó y el rostro de Enzo se iluminó.

-Yo tengo dos perros, también grandes ya. ¡Nos llevaríamos re bien seguro!- a medida que se acercaban al micro, Julián pensó en que indudablemente Enzo se llevaría bien con su gatito porque se llevaría bien cualquiera, que el resto del mundo era preso de su sonrisa compradora y que nada podía evitar que, al final del día, todos orbitaran cerca de donde fuera que estuviera su cuerpo.

El de San Martín le había dado la razón sin saberlo cuando ostentó su encanto ante el grupo de adultos mayores que hablaban de jugar alguna partida de truco esa noche, aprovechando que uno de ellos había adquirido un mazo en la estación de servicio cercana. Los saludó y a modo de presentación mencionó que todavía le quedaban horas arriba del micro. Logró que los invitaran, a Julián y a él, a jugar un par de partidas con ellos. Para cambiar de aires, según había asentido una señora con demasiados abrigos encima para la temperatura bajo la que estaban en aquel momento.

-Yo no sé jugar. -le dijo mientras subían el tramo de escaleras que separaban los pisos del micro.

-¿Al truco?

-De chico jugaba con mis tías y primos, pero la verdad es que ya no sé nada.

-Pero no te podes olvidar, es como andar en bici.- había acotado Enzo.

Las palabras de Julián en alguna respuesta insufrible como casi todas las suyas se quedaron a medio camino cuando se sintió perder el balance del cuerpo y las suelas de sus zapatillas gastadas se deslizaron, cayendo sobre varios escalones. Enzo, que iba delante suyo, se volvió para ver al otro muchacho aterrizando sobre sus brazos, con mucha más presión sobre su lado izquierdo. No había reaccionado hasta ver la expresión de dolor en el rostro de Julián, que hizo sonar sus alarmas. El mayor había comenzado a contener sonidos de dolor y él se apuró a levantarlo mientras Julián soltaba alguna puteada ininteligible. Caminó a su lado hasta llegar a sus butacas, sin hablar más que para decirle que estaba todo bien, de maneras que se le ocurrían sobre la marcha.

Se posicionó de cuclillas frente a Julián sentado en su lugar, casi entre sus piernas en un intento de acercarse lo máximo posible para comenzar a inspeccionar su brazo. Julián ya había comenzado a decirle que no pasaba nada, pero tanteando la longitud de su piel con manos calientes y firmes, el menor descubrió que, si bien sentía dolor a lo largo del antebrazo, la única zona afectada había sido su muñeca. Contrario a la contracción de sus labios y sus cejas arrugadas, el castaño negaba que le estuviera doliendo algo de aquella revisión. Sin embargo, se dejó hacer porque la mirada determinada de Enzo que lo escrutaba lo distraía de la punzada de dolor que experimentaba de a ratos. Intentó alternar su atención, dentro de lo que le resultó posible, entre las manos del muchacho frente a él y el sol abriéndose paso a través de la tarde, a espaldas de éste.

Muy poco tiempo en soledad les fue concedido: sólo hasta que algunas de las mujeres mayores comenzaron a subir al micro y no pudieron evitar detenerse en el tono preocupado de Enzo.

-¿Todo bien, chicos?- indagó una de ellas, que se había animado a acercarse al ventanal.

-Eh, sí, no… Juli se lastimó la muñeca.- habló Enzo.

-No hay sangre, solamente no puedo moverla.- aclaró rápidamente Julián.

-Ay, chicos, por qué no tienen cuidado… pobrecito.- dijo en un tono lastimero y se acercó un poco más antes de seguir. -A ver, esperame un segundito.- se movió con rapidez.

Escuchando los reproches de la mujer desvanecerse a lo lejos, Julián miró a su compañero y éste entendió muy bien que le estaba queriendo decir “te dije que no es para tanto”. Sin embargo ninguna palabra salió de su boca, pero no porque no quisiera seguir defendiendose ante la reacción del menor. En cambio, la vergüenza de pensar en lo torpe que había sido -frente al otro muchacho- para lastimarse lo tenía inhibido. Además, ¿qué hacía teniendo que ser cuidado por personas que no lo conocían? Las punzadas agudas le atravesaban el antebrazo cada vez que intentaba moverlo y rápidamente se cruzó con el pensamiento de cómo sería observado por sus amigos de Calchín si se mostrara así. Su expresión se cerró todavía más a medida que la estaticidad en el lugar reducido que había entre Enzo y Julián se profundizaba.

Ante su silencio, Enzo buscó su mirada y se encontró con el espejo de mucho más de lo que el otro estaba dejando salir en palabras.

-¿Todo bien? -preguntó Enzo. -¿Qué es, te duele?- se acercó a su rostro un poco más, sabiendo que seguramente esa no era la respuesta y que tampoco conseguiría una. Lo único que Julián le podía devolver era la intensidad de sus propios ojos.

La mujer regresó con una bolsa entre brazos y después de que el menor se hiciera a un lado para observar desde un costado, le vendó la muñeca, al tiempo que le daba instrucciones en voz baja a Julián con la suavidad que Enzo mismo hubiese hecho, como se encontró pensando. Se ofreció, más como un anuncio que como una pregunta, a volver a chequear si estaba todo bien y logró que el muchacho verbalizara que le avisaría si pasaba algo más. Señaló la zona en la que se encontraba su butaca y le indicó el número, desde donde otra mujer más joven se extendió para saludar.

-Me duele, pero un poco nada más.- decidió hablar Julián, cuando estuvieron solos y en silencio otra vez.

-Fue un accidente, Ju. Le puede pasar a cualquiera.- le dijo casi en un murmuro. Sabía que no era la mejor cosa para decir, pero no soportó estirar la espera de hablar con el otro.

-Además de que no me gusta tener el centro de atención, es por una boludez que me mandé.

-No es una boludez. Y sos un buen centro de atención.

-¿Te das cuenta de lo que decís? -dijo, aunque había querido ser un poco más agresivo de lo que su tono de voz había expresado.

-Sos un pibe para escuchar hablar por horas, aunque se ve que te gusta más ser vos el que escucha, ¿no?- escuchó Julián y se negó a sí mismo sentir su sangre enrojeciendo sus pómulos.

-¿Ya me estás psicoanalizando?

-Te estoy diciendo algo lindo que encima es verdad.- contestó Enzo y se hizo un pequeño silencio, que el menor le concedió conforme con el resultado de sus palabras en el cuerpo de Julián. Pensó en que eran sólo suyas y que no quería que fueran de otros la siguiente vez que el mayor contuviera una sonrisa y comenzara a jugar con sus manos e intentara continuar la conversación como si él no pudiera notar su nerviosismo. Qué otras palabras le podían golpear de esa manera y cuánto faltaba para averiguarlo, se preguntó, observando de refilo sus cachetes que ya no eran pálidos.

-Ya sé, ya sé.- dijo como si le costara darle la razón al otro. -A mí también me gusta escucharte hablar y saber de vos, de tus cosas.

-Y eso que sabes muy poco de mí, llevamos acá arriba no más de un par de horas, pero incluso menos contándonos sobre el otro.- dijo Enzo. Incluso así, pensó Julián.

-¿Me vas a contradecir en todo? No podes, estoy mal ahora.- puso su muñeca a la vista del menor.

-Sí, tenes razón. Y además estaba pensando que no vamos a poder ir a jugar con las chicas.- dijo, las chicas siendo las abuelas que había convencido para que los dejaran entrar a alguna partida de truco.

-Cómo que no, obvio que podes. Yo, como te decía antes, no sé jugar, así que tampoco habría podido participar.

-No, no. No quiero que te quedes acá.

-Yo tampoco quiero que te quedes por una boludez.

-Te digo que no es una boludez, Ju.

-Te puedo acompañar, entonces. Pero que sepas que va a ser muy incómodo estar ahí sin hacer nada, eh.

-Nah, olvidate, vas a estar bien.- le sonrió Enzo, como si estuviera pensando en todas sus mañas sociales, como si estuviese acostumbrado a ellas, como si conociera a Julián desde siempre. -Son re amables todas, si ya las viste.

-Te dijeron que vayas a la noche igual, ¿no?- Enzo asintió. -Voy a guardar mis peores pensamientos para ese momento, falta todavía.

-Dale boludo, ponele onda.- se quejó.

 

* * *

 

Enzo se encontraba sentado contra el ventanal inmenso del colectivo, que les daba una vista a algunos hermosos paisajes inundados de verde. Cansado de estar contra el acolchonado de la butaca, le dijo a Julián que estaba dispuesto a perderse un poco de la mejor vista de su vida para que su espalda pudiera variar de postura por un rato. Julián no renunció a presenciar la flora y fauna argentina ni tampoco a tener a Enzo sentado frente a él, y no a su lado como ya era costumbre. Además, no quería moverse demasiado, por si en algún mal movimiento se golpeaba el brazo, que había quedado sensible por el golpe aunque fuese su muñeca la única vendada.

-Estaba pensando…- empezó Juli, dejando de lado su libro y Enzo exageró un sonido de sorpresa. Lo miró con expresión del hartazgo que los dos sabían que no tenía. -...casi no llego a tomar este colectivo porque estuve a punto de perder el tren que me llevaba a la terminal. Creo que habría sido una cadena re desafortunada.- dijo y Enzo lo dejó continuar porque sintió que Julián divagando interminablemente seguro no era algo que sucedía seguido. -Me parece loquísimo que nuestras acciones impacten en todo… a ese punto. Ya sé que así funciona el mundo, pero a veces el curso de las cosas me parece…- no pudo terminar de elaborar su idea, pero quiso pensar que Enzo entendía.

-A veces me da… no sé si miedo, pero me pone inquieto saber que determinamos todo con cosas tan chiquitas.- continuó Enzo.

-Es eso. Igual creo que el lado bueno es que cuando lo pienso mucho, me hace un poco más decidido.- osado, pensó Julián en realidad.

-¿Cómo?

-Sí, digo… está bueno ser consciente de las pocas cosas sobre las que tenemos control.- Enzo supuso que se explayaría, por lo que mantuvo su mirada en él. -Así, si no puedo evitar que mañana llueva y me retrase, por lo menos puedo asegurarme de ser más cuidadoso para no perder mi micro, supongo.

-Pero no es tan fácil, los accidentes pasan. Tu muñeca es un claro ejemplo.

-Sí, puede ser. Pero no significa que no pueda intentar.

-Bueno, mira en lo que estás pensando un sábado a la tarde en el colectivo hacia Córdoba.- Enzo sonrió. -Pero me gusta saber que en un par de horas te moví el piso, parece.

-Lo insoportable que sos.

-Qué habría sido de tu vida si no me conocías, ¿no?

-Vos te reís, pero para mí es verdad lo que te digo.- Julián intentaba contener la sonrisa que quería salir y hacer eco entre las butacas del colectivo. Por nada del mundo estaba dispuesto a mirarlo a la cara mientras se daba cuenta del calor que se extendía hasta la base de su cuello después de escuchar a Enzo. Pero este ya había presenciado los rayos del sol resplandecer contra los ojos enormes de Julián, que no podían escapar de su escrutinio cuando la luz natural le pegaba de lleno.

-Ya sé que sí.

-Aunque también podríamos decir que si tenía que pasar, iba a pasar, ¿no? Capaz nos veíamos en Buenos Aires… o por ahí nos encontrábamos en algún lugar de Córdoba. Si todos vivimos cosas que van a pasar inevitablemente, estamos siguiendo todo el tiempo caminos que nunca se van a bifurcar. Yo tendría un lugar asegurado en tu vida, como tus amigos de la infancia tuvieron uno en su momento, como mis compañeros de la facu tienen uno en mi vida, como mis viejos se tienen el uno al otro desde que se conocieron.

Enzo consideró que tenía sentido para él creer que las personas que había conocido de casualidad y habían resultado ser importantes en su vida tenían que estar ahí para que se pudieran dar ciertas situaciones. Como cuando hacía un par de años, a falta de sillas y mesas, durante una clase se sentó al lado de Lautaro, un compañero con el que había compartido toda la secundaria pero con quien nunca había formado ningún tipo de vínculo. Se hicieron cercanos en muy poco tiempo y cuando Enzo descubrió que era muy bueno en matemáticas, el toro -como Enzo insistía en llamarlo- a pesar de ser muy reservado, se ofreció a ayudarlo a preparar la materia a finales del ciclo lectivo, salvándolo de repetir cuarto año.

-¿Vos crees eso?- Preguntó Enzo, a quien Julián había ya despojado de su tono descarado.

-¿Qué parte?

-Que las personas están encaminadas para encontrarse, ¿no? todos, nosotros también.

Julián dejó que su pregunta se asentara en el aire húmedo del anochecer que se acercaba. Observó las manos del contrario que tocaban el borde superior de su propio pantalón, en un gesto de distracción.

-No.- Analizó la expresión de Enzo pero no encontró en su mirada más que un deje de sorpresa intentando ser escondida -Pero es lo que diría si te estuviera chamuyando.

-Sos un boludo.

-¿Pero en qué pensabas?

-Nada, en qué voy a pensar.- Enzo intentaba zafar de que la risa del muchacho se trasladara a sus propios labios, pero resultó inútil.

-Boludo, en que tenemos el hilo rojo.- la liviandad de la voz de Julián y su risa incipiente para ese momento le resultó un alivio a Enzo.

-A ver, hilo rojo, ¿Por qué no te pones a leer eso que no terminas más?

-Y bueno, puede ser que a veces sea un toque más entretenido hablar con vos.

 

* * *

 

La luz de la noche entraba por las ventanas a los costados de la hilera de butacas que se cernían tras ellos, pero no estaban en absoluto interesados en mirar. Se encontraban en la planta baja del micro, donde habían decidido que había más espacio para jugar, aunque no fueran muchos. Sobre una superficie pequeña que se extendía como una mesa frente a las dos primeras butacas se encontraba el mazo de cartas. La mujer que había ayudado a Julián y su acompañante estaban sentadas en estas, mientras un hombre mayor se extendía desde la primera butaca de la hilera de al lado para jugar, y otra mujer, de posiblemente la edad de las madres de los dos chicos, se encontraba sentada sobre un bolso enorme del otro lado de la mesa improvisada, junto a estos últimos, que habían preferido dejar los asientos disponibles para los más grandes.

Después de un par de partidas perdidas, cuando Enzo ya no estuvo jugando, decidió que iba a continuar mirando a los demás terminar. Se apoyó en la pared del micro, hombro a hombro con Julián, quien si bien no estaba jugando, había estado participando mucho de la reunión, para sorpresa del menor. Se veía mucho más tranquilo en ese ambiente que cuando sólo estaban los dos, pensamiento que inquietó a Enzo por un segundo. Solamente hasta que el mayor le dijo algo que él no alcanzó a escuchar pero pronunciado en una tonada típica de su provincia, agravada por haberse criado en el interior, que hizo que Enzo largara una carcajada que había llegado hasta el resto de las personas en aquel espacio reducido. Muriel, la mujer más joven de todos ellos, les sonrió con una complicidad que hizo enrojecer el rostro de Julián. Ella se dirigió a él sugiriendo que quizás ya era momento de cambiar ese vendaje suyo, que podía buscar más gasas en la caja que su madre llevaba. Cuando regresó con el botiquín en mano, se ofreció a ayudarlo, pero Enzo se aseguró de rechazarla amablemente por él lo más rápido que pudo.

Los condujo a un par de butacas dejando atrás al resto de la gente y una vez sentados, le pidió a Julián permiso para alcanzar su muñeca. Toda la atención de éste no pudo hacer más que centrarse en el toque firme del otro y la sensibilidad que el vendaje que ahora estaba siendo desenvuelto con cuidado le había dado a su piel. De a ratos, Enzo levantaba la mirada para chequear que no estuviera presionando demasiado en medio de la tarea. Se propuso aprovechar la oportunidad de preguntarle a Julián sobre la vida donde había crecido, mientras pudiera excusarse con crear distracción para el castaño. Éste insistía en que no había mucho que hacer en general ahí, que tenías que crear tu propia diversión todo el tiempo.

-Igual ya estoy acostumbrado. Si lo pensas, forma parte del encanto del lugar, me gusta a mí.- dijo Julián en la voz baja con la que habían estado conversando por bastante tiempo ya, ajenos a los gritos de las mujeres mayores que de rato en rato se denunciaban como tramposas unas a otras. Habían quedado lejos, pero todavía sentía la privacidad sobre ellos.

-Claro, pero ¿no te cansas de hacer nada?

-Bueno, tampoco es que hacía nada. De más chico me gustaba mucho andar en bici. No es un lugar muy grande, bastaban unos minutos para recorrer todo.

-Entonces eso de “pueblo chico, infierno grande”, ¿pasa también ahí?- Enzo terminó de deshacerse de las gasas viejas. Con su mano libre, Julián comenzó a tirar del rollo dentro de la bolsa sobre su regazo para alcanzarle más, midiendo la cantidad necesaria.

-No, no sé. Todo el mundo se conoce, sí. Esa idea llega a ser asfixiante. Y mucha gente, la mayoría, son viejos rancios: olvidate de que no hablen mierda sobre… todo. Bueno, sí es un poco lo que decís.

-Me imagino que no es gente amable como ellos.- señaló con la cabeza en dirección al frente del micro. -Mi ciudad es bastante grande. Siento que nos conocemos todos pero de una forma diferente. Ponele, a mí me gusta ese sentido de poder acudir a cualquiera que ande por ahí, si pasa algo.

-¿Hay mucho quilombo en la calle?

-¿...Lo normal?- Julián lo vio dudar sobre sus estándares. Se estaba acercando más a él de una manera que habría sido imperceptible si no estuviera extremadamente consciente de lo que sentía a su alrededor cada vez que estaban a su lado.

-Lo que me gusta de mi pueblito es que podes dormir sin poner llave, con la puerta abierta.- Julián pensó en la única vez que había escapado de su casa por la puerta del frente para ir al boliche de la localidad con sus hermanos, durante una de las primeras vacaciones en que estos habían regresado de visita. Sus hermanos habían logrado convencerlo de probar suerte y darle una oportunidad a algo que de antemano pensó que no era lo suyo. Por lo menos, pensó, pudo confirmar su corazonada, cuando no se dio cuenta de la cantidad de alcohol que estaba tomando y terminó quebrando en la vereda del lugar. Obvio, boludo, si no estás acostumbrado, le había dicho el mayor de sus hermanos, pero para él fue suficiente para dar por cerrado el asunto.

-Es un montón eso, en mi casa nunca podríamos.- Dijo, pensando en algo que Julián no pudo saber con exactitud. No había comenzado a trabajar en el nuevo vendaje, su mano desnuda estaba siendo sostenida por la del otro. Enzo palpó su muñeca con suavidad con la otra mano, sintiendo lo terso de su piel pálida.

-Es lo común para mí.- se obligó a contestar Julián, para que el otro no sintiera su respiración irregular, que estaba seguro que iba a ser capaz de captar, igual que él notaba la del menor si se concentraba en ella en lugar de todas las partes de sus cuerpos que estaban en contacto en ese momento. Cerró sus dedos atrapando la mano de Enzo y fijó su mirada en él. Le devolvió el gesto por un ínfimo momento, antes de que Julián pudiera disolverlo cuando bajó la vista para observarlas. -Me costó al principio acostumbrarme a mirar para todos lados, a sentir el ruido de la ciudad como algo que podía indicar algún peligro.

-Sí, tenes pinta de despistado un poco.- señaló al tiempo que le crecía una sonrisa. Julián se dio cuenta de que no había visto su expresión tan de cerca hasta ese momento.

-¿Qué queres decir con eso?- Le preguntó alzando las cejas. Enzo chasqueó la lengua para restarle importancia y continuó con su tarea como si nada.

-A mí me gusta mucho una canchita a un par de cuadras de la casa de mi abuela, a la que íbamos con mis amigos después de almorzar.

-Hay algo rarísimo en volver al lugar donde creciste, ¿no?- preguntó Julián a medida que sentía la venda envolviéndose alrededor de su muñeca, cruzando después hasta su dedo pulgar y regresando.

-Yo siento que vuelvo en el tiempo.

-¿No te sentís fuera de lugar? Como intentando encajar en el pasado.

-O como que no estás más en el presente.

-Igual no es algo… para mí no es una sensación mala ni buena, viste.

-La mente te juega alguna pasada rara. Pensa en… después de haber viajado al otro lado del charco, cuando el cuerpo empieza a notar esos cambios y te agarra una descompostura, pero esta vez es tu mente la desfasada.

-Es un jet lag mental, hasta que te acostumbras.

-¿Está bien ahí?- indagó Enzo. -¿Te duele si…?

Julián negó varias veces. Deseó inmediatamente haber contestado cualquier otra cosa cuando no sintió más su mano bajo el vendaje que había acabado de fijar tan cuidadosamente.

 

* * *

 

Desde el ventanal del frente del colectivo las señalizaciones eran cada vez más frecuentes, a medida que se acercaban a la zona urbana que llegaría después de pasar por los pueblitos y parajes esparcidos a su alrededor.

-Dale, acercate.- dijo Enzo. El mayor le había ofrecido usar su protector solar una vez que los rayos del sol que pegaban desde la mañana en verano le habían recordado que era necesario. Julián se levantó de su butaca y se sentó en el suelo contra el ventanal, frente a donde Enzo había estado extendido, controlando que las cosas en su bolso estuvieran en orden.

-¿Te vienen a buscar?- le preguntó Enzo, quien se había acercado al castaño todavía más a medida que volcaba una buena cantidad de la crema en sus manos.

-No, la verdad que no quería hacer venir a mi vieja.- dijo queriendo mantener su rostro impasible mientras el menor esparcía sus manos por sus pómulos primero. -Le dije que no se hiciera drama y que me tomaba un taxi.

-¿Esto es lo único que trajiste?- preguntó. Sus dedos se estiraban desde el nacimiento hasta la punta de la nariz del cordobés.

-Tengo dos más en el depósito del micro, atrás.

-¿Vas a ir con todos tus bolsos?

-Bueno, sí, pero es caminar un toque hasta la parada nada más.

-¿Dónde queda?- después de terminar de cubrir su rostro, Enzo siguió haciendo movimientos suaves sobre la piel del mayor durante un rato más, sin querer renunciar a ese momento. -Te acompaño hasta ahí.- le dijo sin esperar una respuesta. Se le ocurrió que los brazos de Julián estaban descubiertos y se dio a la tarea de distribuir un poco de protector solar ahí también.

-No boludo, te va a dejar el cole.- dijo exhalando una sonrisa leve.

-Así no vas tan pesado vos solo.

-¿Tenes ganas de correr?

-De paso estiro un poco las piernas, ¿no?

-Qué te van a decir si te quedas acá, eh.

-”Mamá, no sabes, me hicieron el cuento del tío”- simuló que sostenía un teléfono contra sí con preocupación con su voz.

-”Enzo, no rompas las pelotas, ¿a qué hora llegas?” - Julián espejó su mímica.

-”No no, no voy a volver. El tipo me propuso quedarnos a vivir acá”.- Enzo, que había terminado con el dichoso protector solar, se mantuvo en su lugar.

-”Ah bueno, el chamuyero fue chamuyado para variar.”

-”Dijimos que no íbamos a hablar sobre eso, ¿te acordás?

-”Mmm. ¿Por lo menos tiene guita?”

-”No sé, pero sabe lo que hace, mamá.”

-”¿Ah sí?”

-”No entendes, tiene una tonadita cordobesa que no me deja tranquilo. A veces no puedo atender a lo que me está diciendo.”

-”¿Cómo?”

“-Sí. Y unos ojos enormes que te persiguen hasta cuando dormís. Vos no sabes lo que es. Un insoportable.”

-”¿En serio?”

-”Sí, pero se salió con la suya.”

-”Seguramente te vio ahí y no pudo hacer otra cosa, Enzito. Con esas palabras encantadoras y esa sonrisa descarada tuya.”

-”La verdad que sí, ¿no? Le causo esto a todo el mundo, como ya sabrás vos.”- dijo, inclinando su cabeza un poco más hacia él. Julián largó una risa suave donde sus nervios se colaron, pero no se alejó. Por el contrario, sintió que su cuerpo le pedía cada vez más proximidad, más palabras que eran pura labia y más calor del aliento que salía de la boca de Enzo y tardaba nada en golpear su rostro.

En cambio, lo que hizo cambiar el centro de su atención fueron los gritos del chofer, que desde su cabina anunciaba la terminal de la próxima localidad, la de Julián. Miró por la ventana a su costado y pudo reconocer la maleza al costado de la ruta, la estación de servicio, la señal de chapa que anunciaba de forma olvidable el nombre del pueblo y que a él le resultaba tan familiar. Inhaló profundo y volvió la mirada a Enzo.

Naturalmente, no tardaron en llegar. El de San Martín le hizo un ademán para salir. Julián cargó su bolso al hombro del brazo que no tenía lastimado y emprendió hacia la puerta del micro que ya se encontraba abierta. Salió un poco aturdido por las personas alrededor, sin poder creer en lo rápido que había cambiado de escenario, y comenzó a acercarse al chofer que abría la cabina de equipaje pesado en la parte inferior del colectivo. Vio que Enzo, ya a su lado, estaba intentando divisar los taxis, moviéndose alrededor con agilidad hasta que los vio, a aproximadamente una cuadra de donde se encontraban.

-Maestro, tengo tiempo de ir hasta la parada de taxis con él, ¿puede ser?- preguntó señalando la zona, aunque supiera que no le importaba la respuesta.

Julián le indicó al hombre cuáles eran sus valijas, todavía en silencio. Era el único bajando en la parada de Calchín, nadie estaba esperando detrás suyo, pero se sintió inquieto.

-Si te apuras, flaco.- contestó sin más.

Enzo tomó las dos valijas estirando las barras de metal y miró a Julián incluso cuando éste no terminó de comprender la determinación en sus ojos. El mayor comenzó a caminar hasta que no quiso hacerlo más y desaceleró el paso, proponiendose atrasar su destino, sin importar las consecuencias que podría traer para Enzo. A paso decididamente lento, Julián observó su alrededor por primera vez aquel día. El verde inundaba su visión y, desde hacía un par de cuadras, se veían las primeras casas de sus vecinos. Había una nueva casa en construcción frente a la plazoleta que estaban dejando atrás, pero por lo demás, el tiempo se había detenido para ellos. Se podía ver a sí mismo correteando con sus hermanos, imprudentes por el paso de la ruta 13 que atravesaba toda la localidad, arrancando las flores de sus tallos en los patios de las casas cercanas y deshaciendolas en su puño. ¿Qué hacía Enzo caminando al lado suyo con el peso de sus pertenencias? Lo miró de refilón para descubrirlo pispeando sus alrededores, hasta que puso sus ojos en él.

-Juli.- llamó.

-Ya estamos.- dijo él aunque todavía no hubieran llegado. -Gracias, Enzo.

-Juli, ¿no me das tu número?- el único ruido que llegaba a oídos de Julián, además de la voz del otro que pedía con suavidad, era el de las ruedas de su equipaje contra el pavimento. Dejó de escucharlo de golpe pero no fue la razón por la que tuvo que girar para mirar a Enzo. -Esto no tiene que ser algo. Pero quiero hablar con vos más que por un par de horas en un micro.- continuó. Sus manos estaban aferradas con fuerza a las varas de metal de las valijas. Sabía que el tiempo se le estaba escapando y no entendía la mirada que Julián le estaba dando, algo que consideraba raro en él, que se jactaba de saber leer a los demás fácilmente. -Tene en cuenta esto,- siguió- cuando seas un viejo rancio, y pienses en todas las cosas que hiciste en tu vida, vas a acordarte de las personas que conociste y nunca más volviste a ver. Y yo voy a ser una de ellas. Y vos vas a pensar “¿por qué nunca me reencontré con ese pibe tan fachero?”- Julián exhaló una sonrisa en medio de la vereda. -“Pasé las mejores… ¿diez? horas de mi juventud con él en un micro larga distancia de mala muerte. Pudo haber sido una vida linda”. Así que por qué no hacernos un favor y… ¿seguir en contacto por lo menos?

El cordobés se dio cuenta de que su silencio había sido escuchado como lo que no era. Pensó en Enzo reunido con su familia y sus amigos, haciendo boludeces alrededor del living de su casa, donde no había lugar para él, un desconocido. Pero también pensó en él sosteniéndo su celular contra su oreja, ese que no había tocado por más de un par de veces durante todo el viaje, y hablándole con una sonrisa que ya conocía a través del parlante, en algún rincón lejos del murmullo de la gente. Supo, con un tirón en el estómago, que sí quería que fuese algo. Miró hacia atrás, donde el micro seguía parado en la estación.

-¡Anotá rápido!

Julián le dijo, en voz baja por los nervios, los dígitos que se sabía de memoria del teléfono de su casa donde había crecido. Inmediatamente, Enzo reinició la marcha al mismo paso que Julián antes de detenerse, porque se le ocurrió que seguramente iba a pasar mucho tiempo hasta volver a tenerlo a su lado como aquella vez. Sin embargo, no fue algo que lo atormentó ya de vuelta en el micro, en tanto lo único en lo que pudo concentrarse fue la sensación espectral del otro chico contra su hombro cuando lo estrechó en un abrazo, hundiendo su rostro contra él y murmurandole palabras de despedida que no quería recordar. Antes que eso, prefirió mirar la pantalla de su celular donde todavía estaba el número que había salido de los labios de Julián, que resplandecía en promesas de verano.

Notes:

En varios fragmentos me basé en escenas de películas que amo que, igual que esto, transcurren dentro un transporte, como Las Siamesas o Before Sunrise, e incluso otra que no tiene nada que ver con la temática pero que ví en medio del proceso, Past lives. Y mucho lo hice inicialmente para practicar diálogo?? entenderán~
Diganme qué piensan en los comentarios si quieren!!!