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tal vez mañana.

Summary:

A los veintidós años, Julián lo tiene todo: el novio perfecto, un futuro brillante y un lindo departamento que comparte con su mejor amigo. Pero todo cambia el día en que Enzo, su misterioso y atractivo vecino músico, le hace saber que su novio lo engaña con su mejor amigo.

Sin saber a dónde ir, Enzo tiene piedad de él y le ofrece su casa para quedarse.

Su vecino no deja de sorprenderlo: es el líder y letrista de "Sonidos de Cedro", el grupo de moda, y es capaz de componer maravillosas melodías, a pesar de ser completamente sordo.

Juntos empiezan a escribir letras para el grupo.

Julián vibra cuando él toca sus hermosas melodías y, aunque el corazón de Enzo está ocupado, él no puede ignorar que ha encontrado a su musa.

Cuando finalmente se den cuenta de que se necesitan, entenderán que los sentimientos no pueden traicionar al corazón.

Notes:

hola! esta es una adaptación del libro "maybe someday", uno de mis libros favoritos. es lo más lindo del mundo, y tiene un álbum con las canciones que van apareciendo a lo largo de la historia. les voy a ir dejando los links de las canciones a medida que las vayan creando.
espero que les guste<3

Chapter 1: Prólogo.

Chapter Text

 

Julián

Le acabo pegar en la cara a una persona. Y no a cualquier persona. A mi mejor amigo. Con quien vivo.

Bueno, creo que desde hace cinco minutos ya quedó bastante claro que no vamos a vivir más juntos.

Le empezó a sangrar la nariz casi de inmediato y, por un segundo, me  sentí mal por haberle pegado. Pero después me acordé de que es un mentiroso y un traidor, y me dieron ganas de darle otra piña. Y lo habría hecho de no ser porque Agustín se puso entre medio de nosotros y lo impidió.

Pegarle a alguien duele más de lo que imaginaba, aunque tampoco es que hubiera dedicado mucho tiempo de mi vida a pensar qué se siente darle un golpe a otra persona. Pero, ahora que vi un mensaje de Enzo en mi celular,  me están dando ganas de hacerlo otra vez. Otro con el que tengo que ajustar cuentas. Ya sé que, técnicamente, él no tiene nada que ver con el quilombo en el que estoy metido ahora mismo, pero podría haberme avisado un poquito antes. Sólo por eso, también me gustaría darle una piña a él.

Enzo: estás bien? queres subir hasta que pare de llover?

Obvio que no quiero subir. Ya me duele bastante la mano. Si subiera al departamento de Enzo, me dolería todavía más después de haber terminado con él.

Me giro para mirar hacia su balcón. Está apoyado en la puerta corredera de cristal, observándome, con el teléfono en la mano. El sol ya bajó casi por completo y la oscuridad empieza a hacerse presente, pero las luces del patio le iluminan la cara. Me mira fijamente con sus ojos oscuros, y la forma en que curva los labios en una especie de sonrisa dulce y apenada hace que me cueste recordar por qué estoy enojado también con él. Se pasa la mano libre por el pelo que le cae sobre la frente y su preocupación se hace más patente. Aunque tal vez sea una expresión de arrepentimiento. Como correspondería.

Decido no contestar y, en lugar de eso, levanto mi mano y extiendo mi dedo del medio. Él niega con la cabeza y se encoge de hombros, como si quisiera decir “por lo menos lo intenté”. Después entra en el departamento y cierra la puerta corredera.

Vuelvo a guardarme el celular en el bolsillo antes de que se moje y dirijo mi vista hacia el patio del complejo de departamentos en el que he estado viviendo durante los dos últimos meses. Cuando nos mudamos, el abrasador verano de Buenos Aires estaba devorando los últimos vestigios de la primavera, pero este patio parecía seguir aferrado a la vida. Los senderos que llevan a los distintos portales y a la fuente situada en el centro estaban flanqueados por hortensias de intensos tonos azules y violeta.

Ahora que el verano ya alcanzó su más desagradable punto álgido, el agua de la fuente se evaporó. Las hortensias no son más que un triste y marchito recuerdo de la emoción que sentí cuando Agustín y yo nos mudamos. Contemplando ahora el patio, arrasado por el verano, es como observar un inquietante reflejo de cómo me siento en estos momentos: derrotado y triste.

Estoy sentado en el borde de la fuente de cemento, ahora vacía, con los codos apoyados en las dos valijas que contienen la mayoría de mis pertenencias, a la espera del Uber que ya pedí. No tengo ni idea de a dónde me va a llevar, pero sí sé que cualquier lugar es preferible a éste. Dicho de otro modo, soy un sin techo.

Podría llamar a mis papás, pero eso sería darles la munición que necesitan para empezar a bombardearme con esas palabras que sé que están ansiosas por salir de sus bocas: “te lo dijimos”.

“Te dijimos que no te fueras a vivir tan lejos, Julián”.

“Te dijimos que no te entusiasmaras con ese chico”.

“Te dijimos que si elegías derecho y no música, te pagábamos los estudios”.

Bueno, puede que nunca me enseñaran la técnica correcta de cómo pegarle a alguien, pero, si tanta razón tienen siempre, deberían haberlo hecho.

Cierro el puño, estiro los dedos y después vuelvo a cerrarlo. Siento la mano muy dolorida y no me cabe duda de que tendría que ponerme hielo. Pelearse y pegarle a alguien es un horror.

Y hay otra cosa que también es un horror: la lluvia. Siempre encuentra el momento más inoportuno para caer, como ahora mismo, cuando acabo de convertirme en un sin techo.

Al fin llega el Uber y me pongo de pie para agarrar las valijas. Las arrastro mientras el conductor baja del auto y abre el baúl. Antes de llegar a darle la primera valija, se me cae el alma a los pies al recordar que ni siquiera llevo la mochila.

La puta madre.

Observo a mi alrededor, hacia donde estaba sentado con las valijas, y luego me toco el cuerpo, como si la mochila fuera a aparecer como por arte de magia colgada del hombro. Sé exactamente dónde está. Me la saqué del hombro y la tiré al suelo justo antes de pegarle una piña Lucas.

Suspiro. Y después me empiezo a reír. Obvio que me olvidé la mochila.

—Disculpa —le digo al conductor, que en este momento está cargando la segunda valija—. Ya no necesito que me lleves a ningún lado.

Sé que hay un hotel a poco más de medio kilómetro de acá. Si reúno el valor necesario para entrar otra vez y recuperar la mochila, puedo ir caminando hasta ahí y quedarme en una habitación hasta que decida qué hacer. Total, ya estoy mojado.

El conductor vuelve a sacar las valijas, las deja justo delante de mí y se dirige de nuevo a la puerta del auto sin siquiera mirarme. Sube y se va, como si mi cambio de idea le supusiera un alivio.

¿Tan patético parezco?

Agarro las valijas y vuelvo al mismo lugar donde estaba sentado. Levanto la vista hacia mi departamento y me pregunto qué pasaría si subiera a buscar mi mochila. La verdad es que armé un lío antes de irme, así que casi que prefiero seguir sentado abajo la lluvia a subir otra vez.

Me siento encima de la valija y analizo la situación. Podría pagarle a alguien para que fuera a buscarla, pero… ¿a quién? Por acá no hay nadie y, además, ¿cómo sé si Agustín o Lucas le darían mi mochila a un desconocido?

Esto es un horror. Sé que al final no me va a quedar otra que llamar a algún amigo, pero ahora mismo me da mucha vergüenza contarle a cualquiera lo ingenuo que fui durante los dos últimos años. Viví completamente engañado.

Ya odio tener veintidós años, y eso que todavía me quedan 364 días más.

Es todo tan patético que estoy… ¿llorando?

Genial. Ahora estoy llorando. No tengo casa, no tengo mi mochila, y encima lloro y soy violento. Y, aunque no me gusta nada tener que admitirlo, también tengo el corazón destrozado.

Sí, estoy sollozando. Deduzco que esto es lo que se siente cuando te destrozan el corazón.

—Está lloviendo. Dale.

Levanto la vista y veo a una chica justo encima de mí. Se tapa la cabeza con un paraguas y me mira con inquietud mientras salta de un pie al otro, como esperando a que yo haga algo.

—Me estoy mojando, nene, dale.

Su tono es un poco autoritario, como si me estuviera haciendo un favor y yo soy un desagradecido. Arqueo una ceja al mirarla y me protejo los ojos de la lluvia con una mano.

No sé por qué se queja de que se está mojando, porque tampoco es que lleve mucha ropa que se pueda mojar. En realidad, no lleva casi nada. Me fijo en su remera, a la que le falta la mitad inferior, y me doy cuenta de que tiene el uniforme de una cadena de restaurantes de comida rápida.

Este día no estar yendo peor. Estoy sentado encima de casi todas mis pertenencias, bajo una lluvia torrencial, mientras una moza me mandonea.

Todavía estoy absorto en lo ridícula que es la situación cuando me agarra de una mano y me levanta de un tirón.

—Me dijo Enzo que ibas a actuar así. Me tengo que ir a trabajar. Seguime y te muestro dónde está el departamento.

Agarra una de mis valijas y la empuja hacia mí. Después se apropia de la otra y cruza el patio con paso decidido. La sigo, aunque sólo sea porque se llevó una de mis valijas y quiero que me la devuelva.

Cuando empieza a subir la escalera, se gira para gritarme por encima del hombro:

—No sé cuánto tiempo tenés intención de quedarte, pero sólo tengo una regla: ni se te ocurra entrar en mi habitación.

Llega a un departamento y abre la puerta sin molestarse siquiera en mirar si la seguí. Cuando llego al final de la escalera, me paro justo delante y contemplo el helecho que, ajeno al calor, crece en una maceta al lado de la puerta. Tiene las hojas verdes y exuberantes, como si esa negativa a sucumbir al calor fuera una manera de hacerle la contra al verano. Le sonrío a la planta y me siento orgulloso de ella. Después frunzo las cejas al darme cuenta de que envidio la capacidad de resistencia de un helecho.

Niego con la cabeza, aparto la mirada y, con paso vacilante, entro en el departamento desconocido. La distribución es parecida a la del mío, sólo que éste tiene cuatro dormitorios en total, dos de ellos comunicados. El departamento que compartíamos Lucas y yo tiene dos habitaciones, pero el living es del mismo tamaño que éste.

La otra diferencia destacable es que por acá no veo a ningún traidor y mentiroso con la nariz ensangrentada. Ni tampoco veo los platos sucios de Lucas ni su ropa tirada por ahí.

La chica deja mi valija junto a la puerta, se hace a un lado y espera a que yo… Bueno, en realidad no sé qué espera que haga.

Con un gesto de impaciencia, me agarra del brazo y me obliga a dejar atrás el umbral y a entrar en el departamento.

—¿Qué te pasa? ¿Sabés hablar? —me exige.

Empieza a cerrar la puerta, pero de repente interrumpe el gesto y se vuelve hacia mí con los ojos como platos. Levanta un dedo.

—Banca —dice—. ¿Sos…? —Hace un nuevo gesto de impaciencia y se da una palmada en la frente—. Ah, la puta madre, sos sordo.

¿Qué le pasa a ésta? Hago un gesto de negación con la cabeza y me dispongo a contestar, pero me interrumpe.

—Bravo, Florencia —murmura. Se pasa las manos por la cara y se lamenta, ignorando por completo el hecho de que le estoy diciendo que no con la cabeza—. A veces sos demasiado estúpida.

Cree que soy sordo. Ni siquiera sé qué decir. Sacude la cabeza, como si estuviera decepcionada consigo misma, y después me mira fijamente.

—¡ME TENGO… QUE IR… A TRABAJAR… AHORA! —grita muy alto y con una  lentitud exasperante.

Me encojo y doy un paso atrás, lo cual debería darle una pista de que escuché muy bien sus gritos, pero no lo capta. Señala la puerta que está al fondo del pasillo.

—¡ENZO… ESTÁ… EN… SU… HABITACIÓN!

Antes de que me dé tiempo a decirle que deje de gritar, sale del departamento y cierra la puerta detrás ella.

No sé qué pensar. Ni qué hacer. Estoy completamente empapado en mitad de un departamento desconocido y la única persona a la que tengo ganas de pegarle —aparte de Agustín y Lucas, claro— está a unos pocos pasos de mí, en otra habitación.

Y hablando de Enzo, ¿por qué mandó a la psicópata de su novia buscarme? Agarro el teléfono y ya le estoy mandando un mensaje cuando se abre la puerta de su habitación.

Sale al pasillo cargado con unas cuantas mantas y una almohada. En cuanto establece contacto visual conmigo, contengo una exclamación. Espero que no haya resultado demasiado obvio, pero es que hasta ahora nunca lo había visto de cerca… y a escasos metros de distancia es todavía más hermoso que desde el otro lado del patio.

Creo que nunca había visto unos ojos capaces de hablar. No sé muy bien qué quiero decir con eso, pero es como si bastara con que él me lanzara la más discreta de las miradas con esos ojos suyos para que yo supiera con exactitud lo que quiere que haga. Tiene una mirada intensa y penetrante y… Dios, no me doy cuenta que paso un largo tiempo mirándolo.

Al pasar junto a mí para dirigirse al sillón, curva la comisura de los labios en una sonrisa de complicidad.

A pesar de ese rostro tan atractivo y de su expresión un tanto ingenua, me dan ganas de pegarle por ser tan falso. No tendría que haber esperado más de dos semanas para contármelo. Me habría gustado tener la oportunidad de planearlo todo un poco mejor. No entiendo cómo pudimos haber pasado dos semanas charlando sin que él sintiera en ningún momento la necesidad de contarme que mi novio y mi mejor amigo estaban juntos.

Deja caer las mantas y la almohada en el sofá.

—No pienso quedarme acá, Enzo —le digo con la intención de que deje de perder el tiempo mostrándose hospitalario.

Sé que me compadece, pero apenas nos conocemos y me sentiría mucho más cómodo en una habitación de hotel que durmiendo en el sofá de un desconocido.

Pero para ir a un hotel necesito plata.

Cosa que no llevo encima en este preciso momento.

Cosa que está dentro de mi mochila, al otro lado del patio, en un departamento en el que ahora mismo se encuentran las dos únicas personas del mundo a las que no me gustaría ver.

Puede que el sofá no sea tan mala idea, al fin y al cabo.

Enzo termina de preparar el sofá, se gira hacia mí y después baja la mirada hacia mi ropa mojada. Contemplo el charco de agua que estoy dejando en el medio de su piso.

—Perdón, no me di cuenta —murmuro.

Tengo el pelo pegado a la cara y la remera que tengo parece ha visto días mejores, está gastada, tiene algunos agujeros y además es bastante transparente.

—¿Dónde está el baño?

Él me señala la puerta con un gesto de la cabeza.

Me doy la vuelta, abro una valija y empiezo a rebuscar entre el contenido mientras Enzo vuelve a su habitación. Me alegra que no me haya hecho preguntas sobre lo ocurrido después de nuestra conversación de antes. No tengo ganas de hablar de eso.

Agarro un short de River y una camiseta cualquiera, y me dirijo al baño.

Me molesta que todo lo que hay en este departamento me recuerde al mío, a excepción de unas cuantas diferencias sutiles. Es el mismo baño con las mismas puertas a derecha e izquierda que dan a las dos habitaciones contiguas. Una de ellas es la de Enzo, obviamente. Siento curiosidad por saber quién duerme en la otra habitación, pero no la suficiente como para abrir la puerta. La única regla de la chica que me buscó para venir hasta acá es que ni se me ocurra entrar en su habitación, y no parece de las que dicen las cosas en chiste.

Cierro la puerta que da al living y la trabo. Después compruebo que las puertas que dan a las dos habitaciones estén cerradas, para asegurarme de que no entre nadie. No sé si en este departamento vive alguien más aparte de Enzo y la chica,  pero prefiero no correr riesgos.

Me saco la ropa mojada y la dejo sobre el inodoro para no mojar el suelo. Abro la canilla de la ducha y espero hasta que el agua empieza a salir caliente para entrar. Me quedo bajo el chorro y cierro los ojos, agradecido de no seguir sentado en la calle, bajo la lluvia. Pero, al mismo tiempo, tampoco me hace muy feliz estar donde estoy.

Nunca se me habría ocurrido pensar que el día de mi vigésimo segundo cumpleaños terminaría duchándome en una casa desconocida y durmiendo en el sofá de alguien al que sólo conozco desde hace dos semanas, y todo por obra y gracia de las dos personas a las que más quería y en quienes más confiaba en este mundo.