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Mentiría si dijera que las bodas no lo emocionaban. Después de todo era de escorpio, un signo de agua, era normal que se pusiera un poco sensible de vez en cuando. Ya estaba viejo, su reciente divorcio y el hecho de que el protagonista de este casamiento fuese su mejor amigo de toda la adolescencia, lo tenían hecho un mar de lágrimas.
Mientras la pareja decía sus votos, Pablo sonreía secándose disimuladamente sus mejillas. Miró hacia su costado, donde se encontraba su amigo Juampi Sorín, quién se veía en una situación bastante parecida a la suya, lo que lo dejó más tranquilo.
Volvió a dirigir su vista al frente, hacia donde estaban los novios, y por el rabillo de su ojo se asomó una silueta muy familiar. Era obvio que iba a venir, Pablo. No sé de qué te sorprendes. No pudo evitar girar su cabeza hacia donde ésta presencia se encontraba, su corazón traicionándolo, galopando fuertemente en su pecho cuando sus ojos se encontraron con el morocho que le venía robando suspiros desde que lo conoció en esa calurosa habitación, allá por el ‘97 en aquel país asiático.
Estaba igual que siempre. Su pelo bien bien corto, su barba un poco mal afeitada, probablemente en un apuro por verse presentable para el evento, vestido en un traje negro, con una camisa azul oscuro levemente desprendida, luciendo alrededor de su cuello una corbata no tan ajustada, con los colores de su amada boquita y una versión más elegante y minimalista del logo del club en la punta de la misma. Qué termo, pensó.
¿Cuándo fue la última vez que lo había visto? A su despedida no había ido por vergüenza , pero claro que él no sabía eso, le había metido la excusa de estar muy ocupado con los entrenamientos de la Sub-17 (sin embargo, su compañero Diego Placente sí había asistido, haciendo que su excusa sonara tonta, pero estaba seguro que Riquelme no se lo cuestionaría dos veces). No se creía capaz de soportar el compartir vestuario con él cómo cuando eran jóvenes. Menos de verlo vistiendo otra vez esa camiseta que él tanto amaba, con esos colores que Pablo detestaba, pero a él le quedaban tan bien…
Rápidamente, agitó su cabeza, despabilándose de su trance, obligándose a sí mismo a concentrarse en su amigo Javier y su (ahora) esposa, y solamente en ellos.
—Ahora, puede besar a la novia.
El gran jardín del Hotel Termas Victoria se llenó de vítores y aplausos, mientras la pareja por la que todos se habían reunido se besaba frente al altar, y Pablo soltó una o dos lagrimitas más.
Sorín le palmeó la espalda suavemente, dirigiéndolo hacia donde los invitados se estaban empezando a acumular, saliendo de sus asientos para ir a felicitar a su amigo.
…
Luego de una rápida ida hacia el estacionamiento del establecimiento para buscar sus bolsos, volvió a la recepción del hotel para que se le fuera asignada la habitación donde pasaría el resto del fin de semana en la ciudad entrerriana.
—¿Qué tal? Aimar, ¿verdad? —le preguntó una dulce mujer de mediana edad detrás del mostrador, mientras buscaba algo en su computadora.
—Si, sí —le confirmó, con una sonrisa, apoyando su mochila en el suelo—. Vengo por mi llave para el cuarto, no pude hacer el check-in hoy temprano, llegué más tarde de lo previsto.
La recepcionista movió el mouse un poco más por la pantalla, y cuando pareció encontrar lo que buscaba, se agachó en su escritorio para sacar de un cajón etiquetado con el número 4, una tarjeta que le extendió.
—Es la habitación número 42, en el cuarto piso. Una matrimonial, cómo se pidió. Su compañero ya retiró su tarjeta un rato antes.
Ah, qué raro. O Javi se confundió, o lo habrá puesto con alguno de los chicos para que no se sienta tan sólo. Igual, ¿por qué no dos camas individuales, mejor?
—¿Seguro que dice que es compartida ahí? —le cuestionó, moviendo su cabeza en dirección a la computadora.
—Sí, señor. Estaría con…—volvió a chequear en la pantalla para asegurarse—. Con el señor Riquelme.
Es una confusión.
Tiene que haber una confusión.
La cabeza de Pablo empieza a dar vueltas.
—P-pero… Y no se puede… ¿cambiar? No es necesario otra habitación individual, de última me voy con otra persona, no sé —empezaba a sentir como el nerviosismo le hacía picar las manos, esto no podía estar pasando —. Mire, no tengo la mejor relación, no sé si-
—Disculpe, señor, ya están ocupadas las demás habitaciones y los cambios se podían hacer hasta las 14 horas —Pablo miró su reloj de muñeca y comprobó que ya habían pasado al menos dos horas desde ese horario—. Lamento mucho si fue una confusión, pero ya no hay nada en lo que yo pueda ayudarlo.
Aimar bufó resignado y se dispuso a llevar su equipaje al cuarto asignado. En su cabeza pasan mil escenarios, mil maneras en las que podría solucionar esto, mil cosas que explicarían la confusión, el error, pero no es hasta que se sienta en la dichosa cama y deja su bolso a su costado derecho, que algo hace click en su cabeza.
El hijo de puta de Javier , ya lo iba a agarrar. Lo había hecho a propósito, probablemente en un intento de juntarlos a ambos. Siendo su mejor amigo de toda la vida, obviamente que estaba enterado de su pequeño enamoramiento, y el muy tarado los metió a los dos en una misma habitación esperando que así suceda algo.
Era una estupidez, lo único que iba a lograr es que su compañero se pusiera incómodo y que Pablo se muriera de vergüenza (como le solía pasar bastante seguido), creando un ambiente tenso entre ambos. No entendía qué le pasaba por la cabeza a este hombre para llegar a tales conclusiones. Todo el mundo, y sobre todo él , sabía que Román era heterosexual, jamás se podría fijar en un hombre. Y él estaba bien con eso, ya se había hecho a la idea de que nunca lo podría superar y que estaría para siempre suspirando por él desde la penumbra, ocultando su amor para no generar una situación incómoda entre ellos. Pero esa tarea evidentemente se le haría mucho más fácil si no lo tuviera que ver, o aún peor , si no tuviera que compartir una habitación con él durante todo un fin de semana, encima en un contexto tan amoroso y pasional como lo era una boda. La iba a tener complicada.
Abrió su mochila y empezó a sacar el conjunto que usaría en unas horas para la fiesta, así no lo tenía todo arrugado. Estaba acomodando su camisa en una percha cuando la puerta del baño se abrió y un Román empapado de pies a cabeza salió del mismo.
Cuando se dan cuenta de la presencia del otro, ambos se quedan completamente tiesos en sus lugares. El mayor estaba completamente al descubierto, a excepción de la toalla que rodeaba su cintura y lo protegía de la mirada curiosa de Pablo, cuyos ojos fueron involuntariamente, directo hacia los huesos de sus caderas, apenas cubiertos por ese pedazo de tela que muy lentamente se iba resbalando por el cuerpo mojado de su excompañero de la selección.
—No sabía que compartíamos habitación, perdón —exclamó Román, sacándolo de su embelesamiento a la vez que acomodaba mejor su toalla, haciendo que el de rulos suba la vista inmediatamente.
—Ah, sí, no, perdón yo- —se paró repentinamente— Debería… Debería haber avisado que entraba- Em… Te dejo… Te dejo que te cambies, perdón- De nuevo.
Con nerviosismo salió del lugar y cerró la puerta detrás suyo, quedándose en frente de ésta, golpeando levemente su cabeza con la madera, sin dejarle tiempo a Román de siquiera pensar en una respuesta para darle. No podes ser tan pelotudo , se maldijo a sí mismo. No podía ser que todo acto coherente se borrara de su cerebro ni bien tenía a ese hombre frente a él.
Casi se cae de cabeza cuando la puerta en donde estaba apoyado se abrió nuevamente, encontrándose una vez más con un Riquelme semidesnudo y cara de confusión que claramente lo estaba invitando a pasar a la que también era su habitación.
—No seas boludo, quédate, dejaste todas tus cosas tiradas ahí —le dijo, manteniendo un rostro aún un tanto confundido.
—Sí, perdón-
—Dejá de decir perdón —Román se movió hacia un lado, abriéndole el paso.
Pablo pasó por su costado y sin dirigirle la mirada, en un vano intento por evitar que su vista fuera otra vez hacia ese punto de su cuerpo, fue de nuevo a sentarse en su cama para retomar el trabajo de acomodar su ropa, ignorando al morocho que lo siguió detrás.
—Así que… —la voz de Riquelme lo sobresaltó, no esperaba que se pusieran a charlar— ¿Nos tocó juntos? Pobre Javier, no sabía que andaba corto de plata, me hubiera dicho y me pagaba una individual yo, nomás —rió, mientras se pasaba una toalla por la cabeza, pero al ver que el menor no daba indicios de que su chiste lo estuviera divirtiendo, se calló—. Ejem- Y… ¿Vos todo bien con la Sub-20?
¿Le estaba sacando charla?
—Sub-17, sí, todo bien —cortito y al pie, le respondió, mirándolo rápido a la cara para luego bajar la vista a su bolso de nuevo—. No te tenías que… ¿cambiar?
Román que lo seguía mirando expectante, esperando que le dirigiera la vista o algo, asintió levemente y dejó la toalla que estaba usando para el pelo, al borde de la cama.
—Sí, sí, tenés razón —abrió su carry-on que había dejado tirada en el piso y sacó un par de prendas para llevarse al baño—. ¿Vos te quedas con ese lado de la cama entonces?
Pablo levantó la vista unos segundos hasta que comprendió lo que le estaba insinuando. No lo iba a obligar a tener que compartir cama con él.
—En realidad pensaba buscar uno de esos sillones que había en el pasillo y dormir ahí —volvió su mirada ahora a los zapatos que estaba acomodando en el piso—, no creo que me digan nada mientras lo vuelva a poner en su lugar después de usarlo.
La mirada desconcertada del mayor, volvió. —Ah. Bueno, no, dejá entonces dormí vos en la cama y yo me busco el sillón, que sé que te agarran esos dolores de espalda a veces —¿cómo se acordaba de eso?
—Sí, es verdad. Bueno, gracias —silencio incómodo de nuevo.
Román lo miró un poco más y volvió a asentir con la cabeza, para luego meterse nuevamente al baño con su ropa y cerrar la puerta detrás de él.
Sólo cuando escuchó el portazo Pablo soltó todo el aire que no sabía que había estado conteniendo.
Qué difícil que se le iba a hacer este fin de semana.
…
La cena arrancó alrededor de las 9 de la noche. Se ve que Javier no había sido tan desconsiderado como para encima ponerlo en la misma mesa que Román, por lo que por al menos un rato, pudo tomar un respiro y disfrutar de la compañía de sus amigos y la buena comida que les ofrecía el servicio del hotel.
Luego del postre (una mesa llena de porciones pequeñas de distintas variedades de tortas, con las que Pablo se había dado el gusto de probar la mayor cantidad posible, quedando más que satisfecho) y de la gran entrada de los novios, por fin había comenzado la fiesta. Su amigo Sorín, que otra vez había sido sentado al lado suyo, fue el primero en pararse de su mesa en busca de unos tragos y arrastró a Pablo consigo.
—Cuatro vasos de fernet —le pidió al barman una vez que llegó su turno, indicándole con su mano la cantidad de tragos para hacerse entender por encima de la música.
—Pará, loco, ¿tres vasos te vas a mandar ahora? —exclamó Pablo en su oído, quién estaba bien pegado detrás suyo, prendido a su brazo derecho cosa de no perderlo entre la muchedumbre que se estaba empezando a acumular en la barra.
Juampi se rió y se soltó de su agarre para poder sostener los tragos que le iban pasando. —Son dos para vos, y dos para mí. Estás flojito enano, ¿no eras cordobés vos? ¿O ya te pegó la edad? —Aimar sonrió y lo golpeó suavemente en la espalda— El Pablito que yo conocí a los 20 rara vez le hacía asco a un buen fernet —se dio vuelta sobre sí mismo, entregándole sus vasos correspondientes y moviendo la cabeza indicando que salieran de ahí.
Pablo negó con la cabeza, risueño. —Eran otras épocas…
Ambos caminaron juntos nuevamente a la zona donde estaba ubicada su mesa, pero esta vez quedándose parados en un costado, cerca de una columna donde el cordobés apoyó su espalda para acomodarse y seguir charlando.
—¿Vos te acordás cómo te pusiste esa vez que ganaron el superclásico en la Libertadores allá por el 2000? Me acuerdo que me habían invitado a festejar y cuando te vi no podías ni formular dos oraciones seguidas.
—¡Callate que al otro día Ramón me cagó a pedos cuando se enteró! —rió.
—Y pensar que después nos re golearon a la semana —tomó un sorbo de su trago—. El Chelo Delgado y Palermo.
—Y un penal de Román —acotó Aimar, algo distraído, recordándolo justo cuando vio pasar al recién nombrado en la otra punta del salón, probablemente volviendo de buscar una bebida.
—Y un penal de Román —asintió—. ¿Vos sabes que yo siempre pensé que ustedes dos tenían algo? Viste, desde que nos contaste que te gustaban los hombres, ¿no?
Pablo se ahogó con su vaso, volviendo la vista inmediatamente hacia su amigo y tornándose completamente rojo.
—¿Eh? ¿Cómo? ¿Por qué-
—Sí, qué sé yo, todo ese tema de que sean el diez de Boca y el diez de River… Como que, no sé, tenía sentido —explicó, palmeándole la espalda al menor para que dejara de toser.
—Pero Román es heterosexual —le respondió, todavía tosiendo un poco.
Sorín simplemente se encogió de hombros y mientras seguía tomando, giró su cabeza para buscar la pista de baile y en el camino sus ojos se encontraron con el hombre que Pablo había estado mirando antes.
—¡Mirá! Allá anda, pará que lo llamo para que venga a charlar un rato —exclamó entusiasmado, amagando a levantar un brazo para atraer su atención, pero Aimar fue más rápido y lo tironeó de la camisa para que lo bajara, casi volcando uno de sus tragos encima de él.
—Eh, loco, tené más cuidado que me vas a manchar todo ¿ya estás chupado vos? —rió, girando nuevamente para volver a buscar a Riquelme.
—Ay, perdón, perdón —se disculpó enseguida, sosteniendo más firmemente su vaso—. Eh… Andá tranqui, charlen… Y-yo me voy a sentar un rato… Después salgo —y así de rápido cómo se excusó, salió disparado hacia la barra, dejando a un desconcertado Sorín solo en el medio del salón.
Cortala Pablo, por dios. Se tenía que calmar o no iba a disfrutar de nada. Por unos segundos, pensó en la posibilidad de volverse a su habitación para así ignorarlo por el resto de la noche, total, la cena ya había concluido, nadie notaría su ausencia. Además, él no era una persona muy fan de las fiestas así grandes, con toda esa música de mierda que se escuchaba ahora, cuyas letras no tenían sentido en lo más mínimo (Sorín le había mencionado más temprano que el grupo de Los Totora estaría tocando algunos temas en la noche, y él no pudo creer como Javier podía tener tan mal gusto, ¡pensó que en eso coincidían!). Tranquilamente esa podría ser otra excusa factible para retirarse antes de lo previsto.
Pero no podía. Era el casamiento de Saviola. Javier Saviola. Javi. Uno de sus mejores amigos y confidentes desde que era un adolescente, y se estaba casando con su novia de toda la vida. No se podía ir, incluso si ese boludo había sido el culpable de que se encontrara en esa situación tan incómoda.
Tenía que quedarse por él.
Una vez llegado a ese razonamiento, se acercó por segunda vez en la noche a la barra y se abasteció de unos cuantos tragos más. Por lo menos así la noche se le haría más amena.
Arrancó con fernet, pero después del tercer vaso, el trago ya le había aburrido, por lo que luego decidió irse por un gin tonic. Mmm , mala elección, mucha agua tónica y poco gin. Obviamente que se lo hizo saber al barman, quién ya lo había fichado porque Pablo no abandonaba la barra , y le pidió que se lo hiciera más puro, tomándose de un sólo trago lo restante en el vaso para vaciarlo y que pudiera volver a servírselo. Aunque el hombre intentó convencerlo de que esas eran las medidas correctas, el de rulos siguió demandándole lo mismo hasta el cansancio, así que al darse cuenta que no desistiría, directamente decidió cambiar su pedido, esta vez pidiendo una caipirinha, sabiendo que no había forma de que le preparara esa bebida con un porcentaje de alcohol bajo. Se ve que hartó al barman que lo estaba atendiendo porque luego de que recibiera ese vaso, su presencia fue reemplazada por la de un muchacho más joven y simpático, que no dudaba en complacer a Pablo con sus pedidos.
Trago tras trago, sin darse cuenta, se fue poniendo en pedo .
Ya estaba viejo, y si de joven tenía poca resistencia al alcohol, ahora tenía incluso menos. Debería haberse controlado un poco más. Este barman que le hacía caso cuando le pedía que se los hiciera más puros. Tenés que ser boludo para hacerle caso a un borracho.
Poco a poco comenzó a sentir como el calor provocado por el alcohol en su sangre le empezaba a subir la temperatura de su cuerpo, por lo que se arremangó y desprendió los primeros botones de su camisa en un intento de refrescarse.
Recién ahora que estaba más relajado en su estado de ebriedad, y ya desde una distancia considerada, se permitió buscar a Román entre la gente.
Lo encontró cerca de la cabina del dj, hablando con una mujer que suponía debía ser una de las amigas paranaenses de Romanela, la mujer de Javier. Al contrario de sentir celos como sería esperable, su imaginación lo llevó a verse en el lugar de esa mujer. Con Román levemente inclinado hacia él, un brazo sobre su cabeza, acorralándolo contra una columna, intimidándolo con su mirada como hacía siempre. No podía evitar pensar en cómo sería recorrer sus brazos semidesnudos. En desprender uno a uno los botones de su camisa, incitándolo a más. En pasar las manos por su pecho, acariciar su abdomen y-
Tan perdido estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta cuando el hombre con el que estaba fantaseando, se volteó en su dirección, notando como su vista no lo dejaba ni por un segundo, y cortando la conversación para dirigirse directamente hacia él.
Se sobresaltó cuando lo encontró tan cerca suyo apoyándose sobre la barra con su brazo izquierdo, y fingió en vano hacerse el que estaba muy ocupado con su bebida, simulando una distracción, como si Riquelme no se hubiera dado cuenta de la cantidad de tiempo en la que su mirada estuvo perdida en él.
Román rió al notarlo, y con su dedo índice levantó la barbilla de Pablo, reclamándole su atención.
—¿Disfrutando de la visssta?
El menor sintió como toda su sangre se le iba a la cara, avergonzado, quedándose completamente mudo.
Su compañero volvió a reírse. —¿Te comieron la leeengua los ratooones? —se le burló, estirando un poco las palabras, era evidente que se encontraba en un estado bastante similar al suyo— Me parece que te pasaste de tragos, vos, eh —dijo, mientras agarraba el vaso del que había estado tomando Pablo y lo ponía frente a su visión, fingiendo que lo analizaba.
—Callate’ —se quejó el de rulos, haciendo que Riquelme sonriera al escuchar como se le escapaba la tonada cordobesa, provocando que se sonrojara aún más.
—Así que nos pusieron juntos en el cuarto, ¿viste Pablito? —comentó mientras tomaba asiento a su lado, en la banqueta que estaba libre— Como en el ‘97, ¿te acordaaás?
—Sí, Román, ya lo hablamo’ más temprano —Pablo volvió a desviar la vista, ahora hacia uno de los candelabros que decoraban el salón que de la nada le parecía lo más interesante en la habitación.
—Fooo, que ortiva, enano, ¿no ves que quiero charlar con vos un ratooo? —dijo tirándose encima de él intentando llamar su atención, poniendo sus manos en los muslos del más bajito y estirando su torso en su dirección para que estén lo más cerca posible.
Este hombre lo quería matar. —¿Por qué? ¿Q-qué pasa? —titubeó, sin atreverse a mirarlo a los ojos, concentrándose en sus enormes manos y esforzándose en no pensar nada indebido con respecto a ellas y su tamaño.
—Es que te vi tan solito desde allá, mirándome, que me dio lástima y quise venir a-
—Así que ahora doy lástima, genial —respondió Pablo con un malhumor repentino que no estaba muy seguro de donde provenía, posiblemente producto de su ebriedad, empujando sus manos fuera de él y cruzándose de brazos.
—No, no, no, no, Pablito, no es lo que quería deeeciiir —se quejó Román, tratando de alcanzarlo nuevamente y fallando en el intento—. Vení, no seas un viejo choto y vamos a bailar un rato.
Mala elección de palabras. Aimar lo volvió a mirar con indignación ante el recordatorio de su “avanzada” edad. —Andá’, ¡viejo choto serás vos!
Román bufó resignado y se acomodó mejor en su asiento, volviendo a colocar su brazo sobre la barra. Pablo se sintió observado, los ojos oscuros del morocho penetrándolo sin descaro alguno. Si hubiera estado más sobrio hubiera sido coherente y, cómo tantas veces antes lo había hecho, se habría dicho a sí mismo que no se hiciera ideas locas en su cabeza, que esos pequeños actos no significaban nada. Pero como ese no era el caso, Aimar por primera vez se permitió pensar en la posibilidad de que el deseo fuera mutuo . O por lo menos se dejó fantasear con aquello.
Luego de unos segundos en silencio, con Román aún concentrado en Pablo, y éste disfrutando de la atención que le era ofrecida dejando lentamente su tonto enojo atrás, el mayor frunció levemente el ceño, algo estaba perturbando sus pensamientos.
—¿Por qué te- —se frenó y reformuló la pregunta— ¿Cuándo cambió tanto nueeestra… Nosotros?
Ahora era Pablo el que fruncía el ceño.
—Porque yo —dijo señalándose a sí mismo con su dedo índice— solía saber todo de vos —lo señala a él—, y ahora no te puedo ni decir “a” que parece que querés salir corriendo… Antes no era así.
Y tenía razón. Es que cuando Aimar se hizo consciente de su atracción por uno de sus mejores amigos –acompañado del descubrimiento de su atracción por los hombres, pero eso era tema aparte– se había decidido y empeñado en aislarse de él. No iba a decir que era algo de lo que estaba orgulloso, así como tampoco admitiría que es algo de lo que se arrepintió toda la vida, en el fondo sabe que hizo bien, que así se ahorró el sufrimiento del rechazo, de meterlo a su amigo en una situación más que incómoda, a la vez que todo ese bloqueo de sentimientos lo ayudaba a evitar distracciones y seguir con su floreciente carrera futbolística con éxito.
Pero esa carrera había llegado a su fin y ya no era más un adolescente. Era tonto e inútil seguir tapando sus sentimientos así, si iba a ser rechazado tendría que enfrentarse a eso como el hombre adulto que era y dejar de esconderse como un cobarde.
Aunque volviendo a la realidad, en la que estaba pasado de copas y con muy pocos pensamientos coherentes dando vuelta por su cabeza, prefería dejar esos sentimientos ahí adentro un poquito más, en otro momento los enfrentaría.
—Pablo —lo sacó de su trance—, ¿hay algo que te ponga incómodo?
Al recién nombrado se le volvieron a subir todos los colores a la cara. —¿Eh? ¿Por qué deeecís eso?
—Se nota, como hoy cuando nos vimos en la pieza —se detuvo un segundo, pensativo—. A veces no sé como… actuar, enfrente tuyo. Pero no es porque me pongas incómodo, al contraaario —Aimar sólo lo miraba, curioso por lo que pudiera decir—. Nomás que tengo miedo de decir algo que te pueda molestar o no sé, siento que mi presencia te intimida un poco, no sé si alguna vez hice… o dije algo que te molestó o-
—¡Eh, acá están! —un borracho Sorín se materializó frente a ellos con los brazos abiertos— ¡Pablin! ¡Te extrañeeeé! —gritó, envolviendo en un abrazo al susodicho y acariciando sus rulos.
Pablo cerró los ojos, disfrutando del tacto, ante la atenta mirada de cierto morocho que enseguida pudo sentir como una sensación agridulce lo invadía por completo.
Al notar ese par de ojos otra vez sobre él, el menor se restregó sobre el pecho de su amigo y elevó sus brazos para cruzarlos sobre su cuello y así pegarse aún más a él, ahora abriendo los ojos y mirando fijamente a su espectador durante el proceso.
—Qué pegote, enano —rió su amigo, sosteniéndolo fuerte con sus manos en su cintura para evitar que se caiga encima suyo—. ¿Venís a bailar un rato conmigo?
Pablo lo piensa, y está a punto de decir que sí, para poder escapar del martirio interno que era ser observado tan de cerca por el dueño de sus fantasías más profundas, pero Román es más rápido que él, interponiéndose entre ambos.
—Está conmigo ahora, capaz después —exclamó, mirando con el ceño fruncido el lugar donde Sorín lo estaba tocando.
Éste mira con extrañeza a Aimar y luego vuelve su vista hacia el morocho, esbozando una breve sonrisa que pasa desapercibida para ambos.
Soltó de su agarre a Pablo –para tranquilidad de Román– y se pidió otro fernet en la barra antes irse.
—Bueno cuando te liberen —le guiñó el ojo a su amigo, revolviendo sus pelos una vez más—, allá voy a estar —tomó un sorbo de su trago echándole un vistazo a Román y se fue, dejándolos solos a ambos de nuevo.
—El boludo este no te saca las manos de encima —gruñó el mayor en cuanto el nombrado se había alejado lo suficiente.
Pablo rió suavemente, apoyando su barbilla sobre su mano. —Ah, pero si vos me intentas sacar a bailar nadie te puede decir naaada —replicó, arrastrando las palabras.
De repente Riquelme se puso de pie, y con una mano extendida hacia él, le demandó: —Vamos.
—¿Eh? ¿A dónde?
–V amos a bailar —insistió.
—Te dije que no, que-
—No me importa, vamos —y sin dejar tiempo a que Pablo llegara a formular otro pensamiento coherente, lo agarró de la mano y lo arrastró a la pista.
Un shock de electricidad recorrió todo el brazo de Pablo cuando sus manos se unieron, quemándose la piel en aquellos lugares que se rozaban accidentalmente al caminar.
Como bien le había contado su amigo, Los Totora estaban tocando sus temas más conocidos, y si bien claramente esa no era la música que él suele disfrutar, se intentó dejar llevar por la melodía entretenida y la letra pegajosa en un baile improvisado, mientras se metían entre la multitud de gente que bailaba al compás de la canción.
Procuré, en otros brazos, sentir tu calor
Intenté, en otras bocas, sentir tu sabor
—No sabía que te gustaba la cumbia ahora, Pablitooo —rió Román al verlo cantando, haciendo que el de rulos rodara los ojos.
—No me queda otra, mirá’ que sino me voy a sentar de nuevo —hizo el amague de moverse pero el morocho se le adelantó, tomándolo del brazo y atrayéndolo hacia él.
—No te vas a ningún lado, vos —le demandó, sus ojos ardiendo como nunca antes Pablo los había visto, y le fue inevitable hacerle caso.
Me inventé, en otros cuerpos, tocando tu piel
Y yo sé, muy bien, no te olvidaré
Tanteando el terreno Riquelme pasó una de sus manos por la cintura del menor, quién cantaba sin dejar de mirarlo en ningún momento, y apretó su costado suavemente, siguiendo su ritmo y bailando con él. Pablo, en un acto de valentía, se animó a cruzar sus brazos alrededor del cuello del contrario. Ya no tenía conciencia suficiente como para ubicarse en tiempo y espacio, no entendía nada de lo que estaba pasando, pero eso no significaba que tenía que prohibirse de disfrutarlo.
Márchate ahora, borra los recuerdos que quedaron de los dos
Estarás sola, te arrepentirás al darte cuenta que no estoy
Olvida todo, sin pensar que un día fui el amor de tu vida
El morocho, ahora más confiado, sostuvo con su mano libre la barbilla del menor, observando detenidamente sus labios. —Pablo, yo-
—Sí me intimidas —soltó de repente Aimar.
Román no supo que responder.
—Eh- ¿En serio? ¿P-pero por qué? O sea me imaginaba algo de eso, pero no pensé qué-
—Pero no e’ por lo que pensas —su tonada cordobesa otra vez se hacia presente, inconscientemente estaba nervioso.
El mayor primero abrió su boca levemente, pensativo, y un poco escéptico, y luego sonrió casi imperceptiblemente al caer ante la confesión, el dedo que estaba en su barbilla ahora acariciando lentamente su labio inferior.
—¿Es lo que yo creo que es? —cuestionó
—Pero si te dije que no e’ lo que pensa’ boludo, no es por lo que vo’ crees, lo que pasa es que-
Román se cansó de tanto balbuceo y se lanzó a sus labios, callándolo por completo y sin dejarle tiempo a pensar. Pablo respondió al beso de inmediato, sus labios uniéndose en una danza bien ensayada, encajando perfectamente el uno con el otro. Ambos hundiéndose en la boca del contrario con necesidad, como si el otro fuera la única fuente de agua en kilómetros y ellos vinieran caminando por un desierto al rayo del sol desde hace días.
La mano del morocho que anteriormente estaba en sus labios, se posó en su nuca y tiró con delicadeza de sus rulos, moviendo su cabeza hacia atrás y provocando que abra más su boca, su lengua pidiendo paso, buscando más. Aimar estaba por ceder pero un pitido molesto del micrófono de la banda que tocaba de fondo lo hizo despertar del ensueño y separarse inmediatamente con la respiración agitada.
Román lo miró con desconcierto y preocupación en sus ojos, pensó que quizás había leído mal las señales y eso lo hizo sentirse completamente avergonzado. De paso, el hecho de que Pablo no emitiera palabra, y de pedo lo mirara, lo estaba exasperando aún más.
—V-vos… —Riquelme levantó las cejas, interesado en lo que el de rulos le pudiera decir, esperando oír más— Me diste un beso. Vos.
Román asintió, todavía un poco confundido —Sí, ¿no es lo que querías?
—No, es que- —el mayor, al escuchar una respuesta negativa, rápidamente soltó todo agarre que prevalecía en Aimar— ¡No! —se quejó alcanzando a tomar una de sus manos, y apretándola fuerte como para no dejarlo ir — No, no, no, déjame explicarme, es que- Es raro, porque… A ver, a mí me gustas hace muchísimo tiempo y-
Una parte de Román se destensó, y se permitió sonreír.—No creo que más tiempo que yo, desde Malasia que me tenés loco —confesó, acariciando suavemente los dedos de Pablo sin soltar su mano.
El de rulos se quedó tieso, realmente esperaba que le dijera cualquier cosa menos eso.
—¿Cómo, de verdad? —el contrario asintió—, ¿Desde el ‘97? —volvió a asentir— ¿En el mundial sub-20 en Malasia?
—Sí, Pablo, sí —ocupó ahora su otra mano y la volvió a poner en la nuca del más bajo, masajeando la zona, atrayéndolo nuevamente hacia él—. Escúchame si querés después lo charlamos, la verdad es que ahora estoy para otra cosa, enano, y me la estás haciendo re larga.
—S-sí —suspiró a centímetros de su boca, su mirada yendo inconscientemente a sus labios—, perdón.
El mayor rió y a Pablo se le erizó la piel al sentir su respiración chocar contra su rostro, justo antes de que Román acorte completamente la distancia entre ambos y una sus labios nuevamente como hace tanto tiempo venían deseando.
El beso no era dulce. Sus bocas luchaban por dominarse la una a la otra, sus dientes chocando en ocasiones, desesperados por alcanzar aquello que se habían perdido durante años, sintiendo que cualquier segundo en el que sus cuerpos se encontraran separados sería lo mismo que perder oro. La borrachera no ayudaba, haciendo que sus labios húmedos se resbalaran con mayor facilidad y que sus movimientos fueran descuidados, sus manos recorriendo con desespero el cuerpo contrario intentando sostenerse.
El cuerpo de Pablo ardía como si se estuviera a punto de desmayar. Sentía las manos del mayor por todos lados pero no estaba satisfecho , y rápidamente la ropa se le hizo una molestia. Sin dejar de besarlo, se levantó un poco la camisa, tomó una de sus manos y la apoyó en su vientre desnudo, suspirando sobre sus labios cuando el frío de la palma de Román entró en contacto con su piel.
—Vamos- —gimió entre besos— Vámonos, Romi.
El morocho sonrió ante el nostálgico apodo, y no lo pensó dos veces antes de arrastrarlo al cordobés a la salida del lugar.
El clima gélido de la madrugada chocó sus pieles calientes, enviando escalofríos por sus extremidades. Román lo tenía agarrado de la mano, y ágilmente se movía en el terreno buscando llegar a su habitación lo antes posible. No aguantaba más, se mordió el labio pensando en lo que lo esperaba, y no pudo evitar frenarlo y tirarlo contra la pared del ascensor para besarlo, una vez que entraron al hotel. Sus labios atacándolo de nuevo con fiereza.
—¿Estás ansioso, eh? —ronroneó en su oído Riquelme, dejando su boca para pasar a besar su cuello, haciendo que Pablo soltara pequeños jadeos— Dale que ya estamos —palmeó uno de sus glúteos para luego volver a arrastrarlo detrás de él cuando llegaron al cuarto piso.
Entraron a su habitación agitados, deseando apurar las cosas lo más que pudieran.
—Sácate eso —gruñó Román, tirándolo sobre el colchón y peleando con los botones de su propia camisa.
El de rulos le obedece, quedándose en cuero al igual que su compañero que se lo está comiendo con los ojos.
Ambos se juntan nuevamente, encontrando sus bocas en un beso pasional. Las manos de Pablo recorren el pecho de Román, justo como había estado fantaseando unas horas antes, y en un rápido movimiento invierte sus lugares y se posiciona encima de él. El xeneize sonríe, y sostiene sus rulos cuando empieza a sentir como el menor va descendiendo con sus besos a lo largo de su torso hasta llegar a su vientre bajo, y allí se separa para deshacerse del molesto cinturón que se interpuso en su camino, arrojándolo en alguna parte del cuarto, seguido de sus pantalones.
La ropa interior del mayor queda al descubierto y puede notar como su bulto erecto había dejado una mancha húmeda en ellos. Sus pupilas se dilatan, y hambriento , acerca su boca a la tela mojada y la acaricia con su lengua, haciendo que Román voltee sus ojos, temblando por la anticipación.
Con una mirada inocente, fija sus ojos en Riquelme y baja su bóxer, su pene saltando frente a él. Se acomoda mejor en el suelo, arrodillándose, antes de metérselo en la boca. Empieza saboreando la punta que brilla por el fluído preseminal, haciendo pequeños círculos con su lengua en ésta. El mayor gruñe excitado y lo apura tomándolo nuevamente por sus pelos, repentinamente entrando por completo en su boca, sacándole un gemido de sorpresa al cordobés que vibra por toda su longitud y lo hace tirar su cabeza hacia atrás, sumido en la satisfacción.
Pablo relaja su mandíbula y deja que Román use su boca como quiera, sin dejar de mirarlo fijamente. Pequeñas lágrimas escapan de sus ojos por la presión que ejerce el miembro de Riquelme al chocar contra el fondo de su garganta, pero se las aguanta y sigue succionando porque la vista que tiene enfrente suyo lo vale. Román mueve su cabeza con la ayuda de sus manos de arriba a abajo, acaparando toda su longitud, soltando gruñidos y puteando bajo al cordobés por las maravillas que estaba haciendo con su boca, agitándolo sin cuidado y provocando que chocara su nariz contra su pelvis cada vez que su boca cubría su pija por completo. Verlo así a su amigo lo calentaba a más no poder. Llevó una mano a sus testículos para masajearlos, ansioso por hacerlo alcanzar la cúspide de placer. Riquelme jadeó al sentir el tacto, aumentando sus movimientos con la cabeza del menor, al borde del éxtasis. Aimar entrecierra sus ojos, aguantándose el ardor que surgía en lo profundo de su garganta y ahueca sus mejillas, apretando más su boca alrededor del miembro para lograr su cometido.
Román empieza a desacelerar su agarre, cogiéndose la boca de Pablo desesperadamente lento, cuando siente un estremecimiento en lo más bajo de su abdomen indicándole que estaba por correrse.
—Pablo —gimió el bonaerense, avisándole. Pero su compañero no se dio por aludido y se mantuvo tocando ese punto débil en el mayor hasta que éste no aguantó más, y con un gemido gutural se vino dentro de su boca, llenando su garganta de semen sin recibir ni una sola queja del cordobés, quién se traga todo gustoso.
Román afloja el agarre en su pelo y se queda quieto en su lugar unos instantes, su pecho subiendo y bajando detenidamente mientras recuperaba la respiración. Claro que eso no iba a terminar ahí.
Lentamente se recompuso, sentándose en el borde de la cama, y buscó con la mirada al cordobés para comprobar su estado. No contaba con que la vista que lo recibió sería todo lo que necesitaría para ponerse en ritmo de nuevo. Pablo estaba hecho un lío, sus rizos despeinados, sus labios rojos e hinchados, chorreando su esencia por la comisura de su boca, con sus pupilas completamente dilatadas observándolo sólo a él , esperando sumiso que le diera las instrucciones para seguir.
Riquelme sonríe y tironea de su brazo para enderezarlo en frente suyo. Desabrocha su cinturón y baja sus pantalones con delicadeza, sin cortar en ningún momento el contacto visual, y con su mano izquierda ejerce una leve presión sobre el bulto que se había formado debajo de su bóxer, sacando un sonidito del menor, que se muerde su labio inferior aguantando la respiración. Con un dedo tironea de su ropa interior hasta sentarlo sobre sus piernas, acomodando sus muslos en cada costado y comenzando a acariciarlos. Aimar se deja hacer, completamente embelesado por el brillo de deseo en los ojos de Román mientras sube sus manos por el interior de sus piernas, rozando “accidentalmente” su erección, haciéndolo temblar ansioso con cada toque. Con tal de que no dejara de mirarlo así realmente dejaría que le hiciera lo que quisiera.
De repente, una mano traviesa del bonaerense se mete sin avisar dentro de su ropa interior y comienza a masajear el miembro de Pablo a la vez que deja suaves mordidas en su cuello, haciendo que empiece a removerse en su lugar por la estimulación.
—Agh, quédate quieto —gruñó Román sobre su mandíbula, sintiendo como su miembro le comenzaba a molestar nuevamente por los roces del cordobés
El menor gime, incómodo y se separa muy brevemente de Riquelme para sacarse esa última capa de ropa que ya lo estaba estorbando, volviéndose a acomodar nuevamente en sus piernas con una sonrisa pícara en la cara, por fin encontrándose los dos en las mismas condiciones.
El morocho continúa bombeando su pene cuando sin aviso previo se mete el dedo índice de su mano libre en la boca, cubriéndolo con saliva y tantea el culo del menor para introducirlo en su entrada haciendo que arquee su espalda y suelte un quejido por la repentina intromisión.
Había pasado bastante tiempo desde la última vez que a Pablo lo habían tocado en ese punto por lo que sintió que le había molestado más de lo usual. Román notó su incomodidad y acercó sus labios nuevamente para fundirse en otro beso, callando así sus gemidos y distrayéndolo de lo que su mano estaba haciendo.
Hundió su dígito lo más que pudo sintiendo como sus paredes lo apretaban y lo giró un poco en su lugar, sacando suspiros del de rulos, quién apretaba sus ojos fuertemente aguantándose el molesto dolor que pronto se convertiría en uno placentero. Con paciencia introdujo un segundo dedo, buscando relajar poco a poco el anillo de músculos y provocando que su labio temblara en medio del beso.
—Shh… –susurró Riquelme, calmándolo, dejando sus labios a un lado y pasando a besar la comisura de estos y luego su cuello, depositando pequeños mordiscos que hacían jadear al menor.
Lentamente separó ambos dedos, imitando una tijera, haciendo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Pablo, el cual ya se estaba acostumbrando a los movimientos que ocurrían dentro de él, comenzando a disfrutarlos. El de rulos inconscientemente empieza a menear sus caderas sobre la mano de Román, buscando más, y relaja sus facciones sumiéndose en el placer que le estaba provocando.
Las manos de Pablo se aferran a sus hombros, clavando sus uñas en la espalda del bostero, haciendo que este gruña y comience a embestir sus dígitos enérgicamente, manteniendo un ritmo rápido que no hacía más que excitar al menor.
Aimar era un desastre de gemidos y jadeos sobre él, moviéndose incontrolablemente sobre sus muslos rogándole por más, chocando su vientre contra la punta húmeda del ahora erecto miembro de Román con cada embestida.
—R-román, quiero- —el bonaerense levanta su cabeza del cuello del menor para prestarle más atención, y lo mira expectante, aumentando la velocidad de sus movimientos dificultándole el habla a Pablo que sólo se puede dedicar a gemir—. ¡Ah! P-pará, dale Rom- ah —el cordobés se echa hacia atrás, profundizando el contacto cuando siente como uno de sus dedos roza su punto dulce— Metémela-
—¿Qué querés? Pedímelo bien —la mano que hoy había quedado abandonada sobre el pene de Pablo comenzó a ejercer movimiento sobre este nuevamente, haciendo que el menor cierre los ojos con fuerza por la sobreestimulación—. ¿Cómo es que me dijiste hoy…? Que no me acuerdo.
—N-no, no sé —tembló bajo su tacto, mordiéndose los labios para calmar los sollozos que amenazaban con salir.
—¿Seguro? —el cordobés asintió levemente, un gemido ahogado saliendo de su garganta cuando sintió la respiración de Román bajo su oreja, mordiendo su lóbulo suavemente— ¿Necesitás que te haga hacer memoria? —susurró seductoramente en su oído, acariciando la punta de su miembro con su pulgar, a la vez que seguía bombeando su interior con su otra mano— “Ro…”
—¡R-romi…! ¡Metémela de una vez, la puta que te parió! —imploró, aferrándose con más fuerza a la espalda del mayor, sin importarle en lo más mínimo la marca que eso dejaría al día siguiente.
—Así me gusta —Román sonrió con picardía, por fin apiadándose de él. Sus manos abandonaron la intimidad de Pablo haciendo que éste soltara un jadeo al sentirse vacío, y rápidamente rodeó su propia cintura con los muslos del de rulos para arrastrarlos a ambos y acomodarse contra el respaldo de la cama, teniendo de donde sostenerse. Después de todo ya tenía una cierta edad.
Tomó con sus grandes manos al menor por la cintura y con delicadeza lo acomodó encima de su miembro, penetrándolo despacio. El cordobés gruñe por lo bajo, lentamente acostumbrándose a su tamaño y Riquelme lo atrae en un abrazo, dejando besos y suaves mordidas en su barbilla para tranquilizarlo.
Pablo se deja caer de lleno sobre su miembro y entre respiraciones entrecortadas comienza a moverse encima de él. Román afirma su agarre y toma el control, elevando y bajando el liviano cuerpo del riocuartense con facilidad, quién se dejó mover como su compañero gustase, con su boca abierta y sus ojos cerrados, sumido en el placer.
Estableció un ritmo suave pero constante, que va aumentando su velocidad con cada embestida y con cada gemido ahogado del menor que llenaba la habitación silenciosa, de no ser por el ruido que hacían los resortes de la cama donde estaban y sus pieles chocando.
Pablo lleva sus manos a la cabeza del contrario buscando con qué aferrarse y tirando de sus cortos rizos con fiereza, sacando un gemido ronco del interior de Riquelme.
—¡Ah! ¡M-más! —gimió con fuerza, meneando sus caderas de adelante hacia atrás, volviendo completamente loco a Román, que cerró sus ojos y con un gruñido apretó los cachetes del cordobés, embistiéndolo más fuerte y deleitándose con los lloriqueos de placer que salían de los labios del menor cada vez que su miembro golpeaba su próstata.
En un movimiento brusco, Riquelme volteó el cuerpo de Pablo, colocándose encima de él y elevando sus caderas para tener más acceso a ese punto que volvería loco al cordobés.
Mientras Román lo embiste sin piedad el de rulos está deshecho en jadeos, aferrándose con fuerza al torso del xeneize buscando el mayor contacto posible, sus manos desesperadas hundiéndose en la piel del morocho provocando en éste un mayor frenesí.
—¡A-ahí! —gimió con desesperación cuando Riquelme comenzó a golpear con insistencia su punto dulce, sintiendo como su visión periférica se empezaba a nublar y un cosquilleo placentero invadía su vientre bajo.
Bastaron unos toques certeros en la próstata del menor para que sus piernas se tensaran, sintiendo como el éxtasis recorría cada centímetro de su cuerpo haciéndolo ver estrellas y manchándose su vientre con su propio semen.
Pablo dejó escapar un alarido, sumido en placer, excitando aún más a Román que mantuvo su ritmo, golpeando el interior del ahora débil cuerpo de Aimar cada vez más fuerte, mientras éste se retuerce sin fuerzas por la sobreestimulación que estaba recibiendo, hasta que el morocho se viene con un gemido gutural y lo llena con su semilla. El menor gimotea al sentir su intimidad cargarse del cálido fluido y tiembla intentando calmar su agitada respiración cerrando los ojos con fuerza. Se mantuvo así unos segundos, hasta que sintió unos brazos rodeándolo, seguido de múltiples besos y sonrió, satisfecho, buscando con sus manos el rostro de Román y acercándolo aún más a él si eso era posible.
—Ey —suspiró sobre su rostro, haciendo que abra sus ojos—. Te quiero.
Pablo sonríe y le deposita un beso en la comisura de sus labios.
—Yo también —susurra—. Y te extrañé —pasa sus brazos alrededor de su cuello, amagando con tirarse encima de él, pero Román es más rápido, acomodándolo de nuevo en su lugar.
—No, espérame que te voy a limpiar —espeta mirando a su alrededor intentando ubicar el baño en la habitación, reteniéndolo con sus manos sobre su pecho.
—Mhm… no jodas Romi —ronronea Pablo, aprisionando su torso con sus muslos y abrazándolo como un koala—. Quédate acá… durmamos.
—Pero… —duda, no muy convencido, pero las caricias que el menor empieza a proporcionar en su cuero cabelludo parecen hacerlo cambiar de opinión, rindiéndose ante los mimos que su amigo de la infancia le regalaba.
El de rulos sonríe cuando Román deja caer el peso de su cuerpo sobre él, fundiéndose en su abrazo, y sonríe aún más cuando comienza a dejar suaves besos por todo su rostro, contando cada uno de sus más ínfimos lunares, sintiendo como lentamente lo envolvía la serenidad aplacando cualquier otro sentimiento que recorriera su cuerpo en ese instante.
—Sos lindo —susurra besando el lunar de su mejilla con delicadeza—. Sos muy lindo—planta un beso en su nariz—. Pablo…
Abre sus ojos buscando la mirada del cordobés y se encuentra con su rostro completamente relajado, y dormido.
Sonríe, enternecido por la escena y por lo rápido que se calmó el menor, y le deja un último beso en su frente para luego ubicarse cómodamente en su pecho, cuidando de no aplastarlo, cerrando sus ojos para unirse junto a él a los brazos de Morfeo.
…
Pablo no recuerda haber dormido tan bien en años, debería comentarle a Javier sobre la comodidad de los colchones del hotel , la cama era lo suficientemente blanda y lo suficientemente rígida, el punto justo de flexibilidad necesario como para hundirse en un sueño profundo en segundos.
Abrió sus ojos, desperezándose, entrecerrándolos nuevamente cuando su vista chocó con el sol matutino que entraba por la ventana de la habitación. Debían ser alrededor de las 12 del mediodía, y si no recordaba mal, su amigo le había indicado que el brunch sería servido a eso de las 1, por lo que sería dentro de poco y tendría que ir levantándose.
Pasó una mano por su cara despabilándose y giró sobre sí mismo buscando alcanzar la mesa de luz, donde suponía que había dejado su celular, encontrándose en su lugar con un enorme cuerpo dándole la espalda.
Qué carajo hace Román acá.
Rápidamente se enderezó, haciendo que su espalda chocara contra el respaldo por el brusco movimiento. Se llevó una mano al lugar del golpe, masajeandose, mientras con sus ojos escaneaba la habitación. Un gemido de dolor escapó sus labios al pasar sus dedos por el punto adolorido, alertando al morocho que yacía a su lado.
Los ojos de Pablo se abrieron como platos mientras el mayor se removía, pensando en las mil y un maneras en las que podría huir de allí, ninguna resultándole completamente factible, hasta que su compañero de habitación pareció encontrar nuevamente la comodidad y sus facciones se relajaron sumiéndose otra vez en el sueño profundo.
Aimar suspiró, destensando su cuerpo. Realmente lo iba a matar de un paro cardíaco algún día. Con lentitud levantó un poco las sábanas que cubrían a ambos, aún no entendía por qué , y usó todas sus fuerzas posibles para sacar media pierna de la cama en un intento de no despertar al xeneize.
Sonrió satisfecho y le echó un vistazo al cuerpo que dormía de su lado para asegurarse de que no hubiera movido ni un pelo. Así, se atrevió a destapar un poco más su cuerpo, ejerciendo fuerza sobre el colchón para enderezarse, y casi está por lograrlo, cuando de repente siente un gruñido detrás suyo y un brazo rodeando su cintura con fuerza.
Un dolor súbito invade su cadera cuando las manos de Román entran en contacto con su. cuerpo, haciendo que termine de entrar completamente en consciencia al mismo tiempo que observa su costado y se encuentra con la camisa que había usado anoche arrojada al otro lado de la habitación.
La cara de Pablo era un cuadro.
Todos los colores se le subieron a la cara cuando por fin entró en razón de lo que había ocurrido la noche anterior.
No puede ser.
Invadido por la ansiedad se deshizo del agarre del morocho y corrió hacia el baño, encerrándose con un portazo.
Apoyó su espalda sobre el dorso de la puerta, intentando calmar su respiración. Se sorprendió a sí mismo cuando miró hacia abajo y se encontró con que estaba vestido de pies a cabeza, a contrario de lo que imaginaba luego de comprender la situación. Llevaba una remera con un estampado de lobo que claramente no era suya , porque le quedaba por lo menos tres talles más grande, y unos calzoncillos de Boca que ciertamente tampoco le pertenecían.
¿Lo había vestido? ¿O él mismo había tomado su ropa en un arrebato de picardía? Odiaba no poder recordar concretamente los sucesos de la noche.
Se acercó al tocador del baño para mojarse la cara, cuando el dolor de cadera lo invadió de nuevo. Ya no estaba tan en forma como para ser revoleado de un lado a otro como acostumbraban hacer sus novios de la adolescencia, aprovechándose de su pequeño tamaño.
Moja un poco sus rizos, buscando acomodarlos en su lugar, e intenta hacer memoria. Recuerda haber tomado un poco de más, eso sin duda. Cree que Román se le acercó en algún momento mientras él estaba en la barra. ¿Habían coqueteado? Y , muy probablemente si es que terminaron en la misma cama. Tiene el vago recuerdo de las luces de la pista encandilándolo, las manos de Román en su pelo, las manos de Román en su cuello, él rogándole irse del lugar…
Ah, osea que él mismo le había pedido que fueran a la habitación. Tengo que empezar a controlarme más con el alcohol.
Un suave golpeteo en la puerta lo saca de su trance y, a sabiendas de que lo esperaba detrás, murmuró un rápido: “pasá”.
La puerta se abrió lentamente revelando un adormilado Román que lo observaba dubitativo, refregando su ojo izquierdo con la mano mientras se acostumbraba a la brillante luz que llenaba la habitación. —Emm… ¿Está…está todo bien? —preguntó con una mirada preocupada, sin atreverse a meterse completamente en el baño, cuidando el espacio del cordobés.
A Pablo le enterneció la imagen e inmediatamente se sintió un poco culpable. Lo había dejado sólo en la cama; probablemente había despertado, abrazado al vacío, desconcertado por la repentina huida del menor, y seguramente su primer pensamiento había sido que algo malo había pasado. Se sintió muy egoísta de repente, si habían estado juntos había sido por decisión de los dos. Pablo había tomado toda la responsabilidad, como si hubiera obligado a Riquelme a hacer algo que él no quería, y observándolo ahora, con la cara un poco hinchada del sueño, sus ojos lagañosos, y esa mirada de perrito mojado, se dio cuenta que el pobre realmente estaba preocupado por su bienestar.
Sonrió levemente y asintió, permitiéndose observarlo de pies a cabeza. No llevaba camiseta alguna, cubriéndose únicamente con un bóxer que tenía el elástico roto y estaban un poco deshilachados en el borde, haciéndolo soltar una disimulada risita.
Román no se movió de donde estaba, la incertidumbre carcomiéndolo por dentro. —Pero… Entonces, ¿por qué-? Lo de recién…
Pablo sacudió la cabeza. —No, olvídate de eso, perdón —lentamente se fue acercando a él—. Yo, es que… No sé nos vi a los dos ahí- Me asusté un poco creo —rió suavemente, mirándolo a los ojos, esforzándose en transmitirle que todo estaba bien .
Román lo observó atentamente, todavía con un poquito de inseguridad. —¿Seguro? Mira que si te sentís incómodo, o pasó algo que no-
—Román —lo frenó, tomando su mejilla haciendo que sus miradas se encontraran frente a frente por primera vez desde la noche anterior, haciendo que ambos se sonrojen—. Estoy bien —sonrió—. Estamos.
Román imitó su sonrisa sin dejar de mirarlo a los ojos, completamente embelesado por esos orbes color chocolate que lo tentaban de sobremanera. Sin poder escapar de lo que su mirada profunda le producía, le hizo caso a sus instintos y se lanzó sobre él, encontrando sus labios en un corto beso.
Pablo se rió en sus labios y se separó suavemente, juntando sus frentes y entrelazando sus manos en el cuello del contrario para sostenerse.
—¿Y eso? —rió a la par el xeneize, pasando sus brazos por la cintura del menor, sacándole escalofríos.
Aimar negó con la cabeza, todavía risueño. —Nada, estoy feliz —y le regaló otro beso más.
Luego de dedicarse un tiempo más a decirse cursilerías y a coquetearse mutuamente sin descaro, como por tanto tiempo se habían perdido de hacer, con paciencia ambos se vistieron y salieron juntos a desayunar.
Llegaron algo tarde al dichoso desayuno/almuerzo, y por consecuencia las mesas del buffet estaban casi vacías. Entre los dos intentaron juntar en una bandeja todo lo que consideran necesario para afrontar la resaca y se van a sentar juntos a una mesa al lado del ventanal con vista al río que ofrece el hotel, todo ante la atenta mirada de cierto ex-jugador de River, que los observa desde lejos con una sonrisa pícara plasmada en el rostro.
Pablo sonríe, un poco tímido, cuando le extiende su botella de agua a Román para que se la abra y él lo complace, incluso tomándose el trabajo de servirle el líquido en su vaso, sin dejarlo de mirar a los ojos, haciendo que se le suban los colores a la cara. Comen en silencio, uno cómodo, metidos en su burbuja, prestándole atención únicamente a la persona que tienen enfrente, dedicándose sonrisas bobas de vez en cuando, como dos adolescentes enamorados.
Están tan metidos en su mundo que apenas se dan cuenta cuando Javier Saviola, el protagonista de la fiesta (que había quedado completamente en segundo plano) a la que habían asistido, se acerca a ellos.
—¿Y? ¿Qué tal la pasaron anoche? Vi que te volviste temprano Pablin, al final.
Pablo se ahoga con el café que estaba tomando y empieza a toser. Este descarado .
Su amigo le palmea la espalda, risueño, y se le acerca al oído, para susurrarle sin que Román oiga, desplegando una sonrisa ante la mirada curiosa del morocho.
—Después contame quién fue el que se dio cuenta primero que tengo- estem… un temita que resolver con Sorín.
Pablo se alejó de él, mostrándole su mejor cara de indignación provocando que el recién casado riera, y se alejara de ambos con un movimiento de su mano, en forma de saludo.
Román se contagió un poco de su risa, elevando una ceja en forma de pregunta hacia Pablo, que parecía haber cambiado su humor de repente.
Ya los iba a agarrar . ¿Cómo se atrevían a hacer una apuesta sobre él y encima a sus espaldas? Los iba a matar.
…
¿O les tenía que agradecer?
