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Por los próximos 100 años

Summary:

—Le compré las papas porque se que no le gustaron las palomitas —dijo la mujer a su lado interrumpiendo sus pensamientos.
—¿Cómo sabe que no me gustan?
—Lo vi en Shibuya.
—¿En serio lo ve todo eh?

La mujer a su lado asintió con una sonrisita cómplice. Había extrañado que ella siempre tuviera la razón, incluso en aquel entonces cuando era un simple hombre tenía la sensación de que ella siempre podía leerlo.
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Una noche tranquila con el hombre detrás del Rey de las Maldiciones.

Notes:

Advertencia: ni yo se qué quise escribir.

Work Text:

El cansancio y el aburrimiento es algo que lo perseguía desde hace 500 años . Si bien, podía llegar a pensar que siempre hay algo por hacer, había veces que se encontraba con el hecho de que ya lo había probado casi todo. Siglos después, libre de nuevo, o algo así, no podía evitar sentir lo mismo. Horas y horas de cavilación en donde no ocurría nada de nada. 

Las semanas en las que el mocoso estuvo entrenando fueron las peores. No quería volver a ver una televisión por el resto de su vida. Solo obtenía interés cuando podía curiosear cómo era el mundo ahora. Pero tampoco había mucho que pudiera hacer que el gran Ryomen Sukuna no haya probado u obtenido antes. No podía decir que odiaba la actualidad, que los humanos y las maldiciones se habían vuelto más interesantes y complicados a lo largo de la historia, no sin tener sus mismas desgracias por supuesto. Aunque siendo honesto, tampoco se divertía mil años atrás. 

Era contradictorio, extrañaba los viejos tiempos, y había prometido vivir y experimentar cada una de las siguientes eras, incluso cuando en aquel momento no sabía qué era lo que sería de ellas. La desgracia en la era Edo, el cambio en la era Meiji, y el aire de nostalgia del siglo recién pasado era algo que le hubiese gustado vivir. Es ridículo pensar que justo ahora que se encontraba con un cono de papas fritas en la mano, y una coca cola en la otra, no podía evitar quizás y solo quizás pensar que vivir el ahora no estaba tan mal, muy a su pesar de haberse perdido las épocas  pasadas. 

—Le compré las papas porque se que no le gustaron las palomitas —dijo la mujer a su lado interrumpiendo sus pensamientos. 

—¿Cómo sabe que no me gustan? 

—Lo vi en Shibuya. 

—¿En serio lo ve todo eh?

La mujer a su lado asintió con una sonrisita cómplice. Había extrañado que ella siempre tuviera la razón, incluso en aquel entonces cuando era un simple hombre tenía la sensación de que ella siempre podía leerlo. 

—También puedo ver que no la está pasando tan mal.

Sukuna lanzó una risa burlona y estaba a punto de decir algo irónico y cruel, pero se detuvo al saber que no había nada para decir. Ella tenía razón de nuevo. 

—Increíble que nuestra primera cita después de mil años sea ir a un cine. 

—Podemos ir a comer luego —sugirió ella.

—La comida de esta era es un asco.

—Eso solo lo dice porque no cocina usted.  

No pudo evitar suspirar y asentir lentamente. Quizás era una mejor idea para este reencuentro, comer algo que haya sido hecho por él mismo. Ella era una de las únicas personas en su larga vida, que ha probado el sabor de su comida. La mujer a su lado simplemente lo miraba. Sabía que ahora que la había visto se estaba lamentando de no haber estado presente los anteriores siglos.

—Después de mil años, tenemos otra oportunidad —susurró ella. Y tenía razón, como siempre.

 

La película fue mediocre, seguro que al mocoso le habría gustado. La coca cola seguía pareciéndole horrible y sumamente dulce, y sin embargo seguía tomando sorbos cada dos pasos que daba. 

El aire cálido soplaba y movía sus cabellos largos . Se sentía bien, casi como si fuera un humano de vuelta. Caminaban en silencio, simplemente oyendo el sonido de sus pasos. Eso sí le gustaba, el sonido tosco y duro de sus botas contra el cemento . Y los bolsillos, amaba los bolsillos, eran tan cómodos. 

—¿En qué está pensando? —preguntó su compañera.

—Dígamelo usted. 

Ella esperó un momento para responder. No le molestaban los silencios. 

—¿No está tan mal, verdad?

Él también se tomó su tiempo en decir algo. No estaba mal a decir verdad. No estaba sufriendo. No estaba aburrido, no cuando la tenía a ella al lado.

—¿Crees que nuestro voto está roto o completo? 

La mujer se congeló al escuchar la pregunta. No habían hablado de eso desde que se encontraron, la rapidez con la que sucedieron las cosas no se los permitió. 

—Creo…que es imposible cumplirlo ahora. Pero si estuviera roto, usted y yo ahora mismo no estaríamos hablando. Probablemente hubiésemos muerto definitivamente mil años atrás. 

Asintió lentamente mientras suspiraba. Había anhelado tanto este momento que ahora no sabía cómo sentirse. Había pasado tantos siglos siendo una maldición que casi había olvidado cómo. El amor es una mierda . Ya se había resignado a eso, y a qué cualquier posibilidad de tenerlo de vuelta era imposible. Miles de años de haber pensado que sus palabras no habían sido lo suficientemente fuertes como para cumplirlas. Que la maldición que nació de su muerte había sido en vano. Ahora que lo tenía a su lado no sabía qué hacer, no después de tantos años de haber sido un monstruo. 

—Quiero quedarme con usted. Por si estaba dudando de eso —dijo su todavía prometida. 

—Es muy ilusa al querer eso incluso después de todo lo que hice. No era así cuando nos conocimos —sin embargo ella sí se veía y actuaba igual a cuando se conocieron. No podía entender como alguien que amaba tanto como ella podría estar con alguien como él. 

—¿Y quién cree que tiene la culpa? 

Sukuna sabía que ella se culpaba de cómo habían resultado las cosas. Le molestaba un poco que lo subestimara. 

—Le recuerdo que somos dos los que hicimos el voto. 

—Pero usted es el que murió. — auch, eso hirió su ego— pero supongo que tiene razón. Puedo culparlo un poco por cómo resultaron las cosas. 

—¿Se arrepiente? 

—No. Estoy viendo su cara y sosteniendo su mano nuevamente. Las personas que más quiero están vivas. No hay ni un mínimo pensamiento en mi mente que muestre arrepentimiento, aunque eso haya significado el sufrimiento de miles de personas. 

Suspiró con un poco de alivio.

— ¿Acaso usted se arrepiente? En ese caso me disculpo por haberlo maldecido. 

—No, no me arrepiento —mintió un poco, incluso sabiendo que se notaba. La había odiado los primeros años cuando se dio cuenta que lo dejó solo, pensando que estaba muerta— estoy agradecido justo ahora —había verdad en eso. 

—Entonces me disculpo por haber tardado tanto en volver a usted. 

Siguieron caminando hacia la casa de la mujer en silencio mientras digerían la conversación que acababan de tener. 

—¿Y qué se siente saber que ha contribuido a la creación del Rey de las Maldiciones? —preguntó él con una sonrisa pícara. 

—Creo que si no tenía ya un lugar en el en el infierno, ahora me lo merezco —ambos rieron fuertemente ante su declaración. No podía negar que él había hecho de las ciudades un horror. —pero me sorprende pensar que he creado algo tan fuerte . —mencionó mientras se inclinaba sobre él. 

—Bueno ¿Somos los más fuertes después de todo, no? 

Su novia tardó un poco en responder, incluso dudó en si hacerlo. 

—No quiero que seamos los más fuertes.  

Sabía por qué lo decía. Era como una maldición. Eran los más fuertes en ese entonces y luego permanecieron separados por un milenio. Los que siguieron se mataron el uno al otro. Y a los últimos tampoco les había ido muy bien. Al final, como si fuese parte de un dicho generacional, Satoru Gojou tenía razón: el amor es la maldición más retorcida de todas, y ellos eran el primer ejemplo en probarlo. 

—Me conformo con volver a verlo después de tanto tiempo. 

 

Cortaba los vegetales con precisión y rapidez, a mano. Otro sonido que amaba y había olvidado por completo era el del cuchillo contra la tabla de cortar, que luego fue reemplazado por su técnica cortando los cuerpos.

Sabía que tenía unos pares de ojos mirándolo y perforando su espalda.  

—Extrañaba su comida. 

—Yo también extrañaba mi comida. 

Ella rió al escucharlo. 

—¿Quiere que le ayude? 

—No, ya casi termino —dijo mientras agregaba los últimos vegetales a la sopa.

Le gustaba cocinar como si ese acto fuese un ritual. En cierta parte lo era. Siempre le había gustado cocinar para su amada y su familia cuando todavía estaba vivo. Luego de su muerte no volvió a cocinarle a nadie más, ni siquiera a él mismo, salvo excepciones en donde se quería divertir con la carne humana. Aunque para eso estaba Uraume. 

Sirvió la comida en la mesa que ya estaba preparada y se pusieron a comer, no sin antes prender unas velas, tomándose la comodidad de hacerlo con su técnica maldita.

—La cena para la reina —le dijo dándole su plato, y por un momento tuvo un vu . Eso mismo le había dicho en la primera y última cena que tuvieron. 

— ¡Gracias! 

Empezaron a degustar tranquilamente en el silencio de su casa. Pensaba que había ciertas diferencias a la última comida que compartieron antes de separarse. Sin embargo, la emoción con la que su amada comía y disfrutaba de lo que había hecho, era la misma. 

Comieron casi en silencio. Se dió cuenta de que no podía evitar mirarla. Tenía la misma forma de comer. Los mismos gestos. La misma forma de mirarlo con esos ojos azules que pocos eran capaces de ver. Dejó el plato de sopa sobre la mesa suavemente. También amaba ese sonido. 

—No hay comida que se compare con la suya y la de Uraume —dijo mientras se regocijaba. 

—¿Por eso esperó mil años para volver a probarla? 

Vio como la mujer asentía emocionada. 

—Si…quizás yo también esperé mil años para volver a probarla. 

—¿Está hablando de la comida?

—No. 

Ambos rieron, era la primera vez desde que se encontraron, que osaba a ser más atrevido con ella. 

 

La cena transcurrió tranquila.

 

—¿Cómo hizo para conseguir este lugar? —preguntó refiriéndose a la casa. 

—Tengo contactos. 

—¿Cómo hizo para sobrevivir hace mil años? 

—Tenía contactos.

El silencio volvió a la casa y solo pudo escuchar la risa y luego el suspiro de su compañera. Había ansiado preguntar eso desde que volvió a verla en los juegos del sacrificio. 

—Solo hice una especie de voto vinculante.

—¿Cuál fue tu sacrificio? 

—Tiempo y trabajo. Al fin y al cabo han pasado mil años. 

—¿Por eso no volvió apenas pudo?

—Exacto.

Hubo una pausa antes de que él decidiera hacer la siguiente pregunta: 

—¿Qué deberíamos hacer ahora?

Y otra vez no hubo respuesta. 

 

La noche estaba cálida. Disfrutaba de la suave brisa que corría por el balcón. Podía escuchar cómo algunos vecinos se preparaban para cenar. Otros todavía estaban trabajando. También podía escuchar cómo algunos ponían música aprovechando que era viernes.

—¿Volveremos a Japón? 

La mujer asintió vagamente. 

—Pero no ahora. Todo es muy reciente. 

Tenía razón. Kenjaku había muerto no hace mucho supuestamente y todavía no se sabía si todo había vuelto a la normalidad o había sospechas de que siguiera vivo. 

—¿Quiere bailar? 

—¿Qué? 

Se quedó atónito ante la pregunta de la mujer. Todavía no sabía si se sentían lo suficientemente cómodos como para ser físicamente tan cercanos como antes. Sin embargo, no podía decirle que no a ella, por lo que terminó ofreciéndole su mano. 

Ella la tomó contenta, solo para ponerla junto a la otra en su cintura. No tardó en rodearle el cuello con sus brazos, pegando sus cuerpos. 

—Esto no es bailar, esto es un abrazo. 

—Entonces bailemos abrazados y ya. 

Se calló y simplemente dejó que la mujer lo guiara con sus pasos. Era extraño sentirla tan cerca después de tanto tiempo, con su pecho contra el suyo y rodeándola de la cintura. Ni siquiera días antes de morir tuvo esa dicha. 

No pudo evitar acariciar la cintura de la mujer, su mujer , y recordar que era mucho más pequeña que la última vez que tuvo oportunidad de tocarla. Había notado las diferencias apenas la vió de vuelta, pero no se había detenido a pensar y observar cada una de ellas hasta ahora, que la tenía contra él. Sus pechos estaban más pequeños, y obviamente estaba muchísimo más delgada. 

No estaba acostumbrado a sentir tristeza, o culpa, o algo en general que no sea satisfacción o aburrimiento. Pero una no tan extraña sensación de lástima lo atacó cuando pensó en que ella tuvo que curarse estando sola.  

Intentó no pensar en nada y solo siguió su instinto al abrazarla más fuerte contra él. La última vez que la vió, estaba moribunda, desangrada, abierta y sola. La única razón por la que ella no terminó convirtiéndose en una maldición es porque no murió, a diferencia de él.

—Es iluso pensar en un final feliz ¿no?

Temía esa pregunta. Había vivido como una maldición y hecho atrocidades durante siglos. Y lo había disfrutado. No sabía si podría acostumbrarse a vivir como un humano de vuelta. Por lo menos por mucho tiempo. 

—No quiero decirle algo que luego no terminaré cumpliendo. 

—Quédese por lo menos los próximos cien años. Así por lo menos le haremos honor a nuestra promesa. 

Se quedó callado y simplemente siguieron bailando. El Rey de las Maldiciones no puede llorar. El monstruo de cuatro brazos y dos caras no tiene sentimientos. Pero el hombre que bailaba junto a su prometida sí, aunque las lágrimas solo se le juntaran en los ojos. Todavía no sabía de qué, si de tristeza por haber perdido todo mil años atrás, de felicidad por haberlo (casi) recuperado, o de impotencia al darse cuenta de todos los errores que habían cometido. 

Todavía podía sentir la espalda de su amada contra su pecho mientras se movían lentamente aquella tarde antes de su muerte. Era la única manera en la que podían bailar en aquel entonces. Tenía sus brazos rodeándole el vientre y simplemente se balanceaban de un lado a otro. Solían hacer eso la mayoría de los días, y ese fue el último. Quien diría que horas después serían parte de una tragedia en el primer equinoccio del año. 

Pero no tenía por qué pensar en eso ahora. En sus últimos momentos de vida estaba deseando lo que ahora mismo tenía, por lo que pensar en el pasado era una pérdida de tiempo. 

Lo besó tomándolo por sorpresa, o no tanto. Era obvio que sería ella quién daría ese paso nuevamente. Ni antes ni ahora estaba seguro como para haberlo hecho él. Sin embargo no tardó mucho en acunar la mejilla de su amada y seguir besándola. No había tenido la oportunidad en siglos. 

Tenía su otra mano rodeando su cintura, no podía evitar querer abarcar todo de ella. Decidió terminar el beso que se había vuelto intenso, solo para apoyar su frente contra la de su prometida.

—En estos momentos me gustaría tener mis cuatro brazos.                   

Ella solo rió fuerte y lo acercó de vuelta para besarlo nuevamente. Quizás podía acostumbrarse a estas noches. Y a las 35 mil de los próximos cien años. 










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