Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of Scaimar Week 2023
Stats:
Published:
2023-09-17
Words:
1,764
Chapters:
1/1
Comments:
20
Kudos:
80
Bookmarks:
5
Hits:
413

make the friendship bracelets

Summary:

Lionel ayuda a las hijas de Pablo a armar friendship bracelets para el concierto de Taylor.

Notes:

Para el prompt familia ensamblada del primer día de la Scaimar Week♥
Disclaimer: es todo ficción muchachada.

Work Text:

Lionel aferró en un brazo las cosas que acababa de comprar en el super, mientras hacía malabares para sacar del bolsillo su copia de las llaves del departamento de Pablo. Todo por olvidarte la bolsa de tela de nuevo, boludazo , se reprendió mentalmente. Finalmente, y evitando por poco que uno de los cartones de leche chocolatada se estrelle en el suelo, consiguió abrir la puerta. Lo recibió la cara ilusionada de la mayor de las Aimar, que decayó cuando lo vio entrar solo.

—Ah, hola, Lio —lo saludó, desilusionada.

—Epa, si no quieren que esté me voy. Pero me llevo todo esto —levantó la mercadería para mostrarles lo que les consiguió para merendar.

—¡Nooo! —gritaron al unísono las dos más chicas.

Dos pares de pies descalzos resonaron en el piso de parqué cuando las más jóvenes corrieron hacia él. Cada una le dio un corto abrazo, antes de sacarle de las manos los dos cartones de Nesquik y el paquete de galletitas surtidas, y perderse dentro de la cocina para preparar la merienda. Lionel negó con la cabeza, mitad divertido mitad resignado. Cerró la puerta y saludó a Agustín, que le devolvió el gesto desde el sillón donde se encontraba muy concentrado jugando con la Play.

—A tu viejo le salió una reunión de último momento —informó, acercándose para saludar a Sara. Ayudó a las otras dos a traer la bandeja con los cuatro vasos de chocolatada y el plato de galletitas —¿Necesitabas algo? —consultó, mientras calentaba agua en la pava eléctrica —Si tenés que ir a algún lado te puedo llevar yo.

—No es eso —suspiró la joven. Señaló la bolsa de tela que había arriba de la mesa del living —Tengo que hacer unas pulseras y me prometió que me iba a ayudar.

—Eso es lo del recital del mes que viene, ¿no? —interrogó —¿El de Taylor?

—Sí. Ya hice una parte con mamá y quedamos en que hacía el resto con papá. Encima falta re poco para el concierto, los voy a tener que hacer sola —rezongó, cabizbaja.

Lionel miró las cajitas pensativo. Suponía que era una actividad que la chica quería hacer con su papá y temía dar la impresión de querer ocupar un rol que no le correspondía, pero no toleraba la decepción dibujada en la cara de la más joven. 

—Sé que no es lo mismo, pero si querés puedo darte una mano —ofreció —Por lo menos con algunos, para arrancar. Después terminan el resto con Pablo, cuando vuelva.

Contrario a lo que imaginó, la cabeza de la chica se levantó para dedicarle una mirada ilusionada.  

—¿En serio me decís? —el otro asintió, sonriendo ante la reacción positiva, y ella se levantó de un salto de su silla —¡Sí!

Empezó a sacar uno por uno los elementos, mientras le contaba con alegría para qué se usaban. La caja plástica más grande era transparente, con varias divisiones en las que se guardaban bolitas grabadas con varias letras del abecedario. "Con esto armás las palabras, ¿ves?" , le explicó, al tiempo que desdoblaba una hoja de computadora llena de frases en inglés. Otra caja plástica, de menor tamaño, tenía mostacillas de distintos colores y formas. Había esferas, estrellas y corazones, en tonos brillantes, opacos y metalizados. El kit se completaba con otro par de frascos de adornitos y dos rollos de tanza. También le mostró de referencia las pulseras que tenía armadas, algunas simples y otras muchísimo más complejas, con diferentes combinaciones de dijes y colores.

El más grande observó todo en silencio, un poco aturdido por el caudal de información. Lo que sí, al analizar atentamente los objetos frente a él, estuvo seguro de una cosa.

—Dame un cachito que voy a buscar los lentes al auto y vuelvo.

 

Al principio le costó. Su torpeza y manos gigantes no eran un buen combo para una tarea tan delicada. Las primeras veces no podía enganchar el dije en la tanza y, cuando lo conseguía, se le escapaba por el otro lado y rodaba hasta el suelo. Sin embargo, a base de prueba y error –y después de ver cinco tutoriales diferentes–, logró hacer su primera pulsera decente, con mostacillas de color rosa y la palabra Lover . La mostró a las otras tres, orgulloso, pero se desanimó cuando vio que su compañera de armado acababa de terminar su cuarta. A pesar de todo, la muchacha aseguró que le había quedado bonita.

Sara señaló un conjunto de mostacillas rojas y negras, y un puñado de dijes de letras compuesto por puras consonantes, todo ubicado en un orden específico.

—Che, ¿y cómo surgió esto de intercambiar pulseras? —preguntó Lionel, enhebrando cada joya de plástico de acuerdo al orden marcado.

—Es por una canción —le explicó Juana, cebándole un mate.

You’re on your own, kid —especificó su hermana.

Scaloni se tomó un recreito para consumir la infusión y comer un par de galletitas, mientras pensaba de dónde le sonaba el título.

—¿Esa es la de Messi?

Las tres chicas se rieron.

—Sí, Lio, es la de Messi —repuso la otra, divertida.

—Ah, me gusta. Los pibes mandaron un montón de videos con esa canción.

—¿Y escuchaste las otras?

La tercera de los hermanos Aimar le habló de las canciones más comunes que la gente usaba para editar videos del mundial, al tiempo que las reproducía en el teléfono y explicaba a grandes rasgos de qué hablaba cada una. Lionel ofrecía su opinión sobre las que reconocía y escuchaba atentamente aquellas que no. De un momento a otro, el santafesino se encontró siendo educado por Sara y Juana en algo llamado “eras” –que, asumía, tenía que ver con el nombre del tour–. Las dos se dedicaron a ponerlo al día sobre la vida y obra de la cantante, incluyendo todos los temas que tenía que conocer sí o sí de cada disco, la historia detrás de cada uno y aquellas tradiciones que los fans siguen religiosamente durante los conciertos. Incluso le mostraron videos de ediciones del recital en otros países.

Por su parte, Eva se entretenía separando, según indicaba su hermana mayor, las mostacillas que cada uno iba a usar y acomodarlas en platitos para facilitarles la tarea. E incluso Agustín, a quien todo le parecía un poco tonto, colaboró con ellos saliendo de emergencia a comprar más dijes de letras cuando se les terminaron. Un termo de agua, dos cartones de chocolatada y una larga discusión sobre qué disco se amoldaba mejor a la personalidad del director técnico más tarde, cuarenta y ocho pulseritas descansaban frente a ellos. 

Ya había anochecido cuando Pablo cruzó al fin la puerta, con cuatro cajas de pizza del local favorito de los Aimar. Dejó todo en la mesa y saludó a cada uno de sus hijos con un beso en la cabeza, antes de darle un beso casto a Lionel en el cachete.  

—Hey, ¿todo bien en la reunión? —le preguntó éste, preocupado, al notar la molestia que el bajito intentaba disimular, sin mucho éxito.

—Después te cuento —evadió el dueño de casa —¿Qué es todo esto?

—Lio me ayudó con las pulseras, pa —informó Sara.

Las dispersó sobre la mesa en forma de abanico para permitir a su padre apreciarlas mejor. Se notaba a leguas cuáles habían sido realizadas por manos entrenadas. Un poco más de la mitad estaba compuesta por complicados arabescos formando flores, hojas y serpientes, mientras que los brazaletes de la otra porción eran bastante más sencillos.

El cordobés admiró las pulseras una por una, encantado pero, al mismo tiempo, un poco desanimado por no haber sido partícipe de la confección de los pequeños amuletos. Una tarde de distensión con su familia era todo lo que necesitaba últimamente y esa reunión de mierda lo había privado de ello. Encima al pedo porque no habían resuelto nada.

—Esta es tuya —la voz de Lionel interrumpió sus pensamientos —Ellas eligieron los colores y yo la armé —comentó, orgulloso.

Pablo agarró en su palma la pulsera que su novio le extendió y soltó una risotada. En una mitad se intercalaban mostacillas color blanco y rojo, por River; en la otra, una hilera de color celeste y blanco, por Argentina. En el centro, se leían las palabras Papa Swiftie y entre ambas palabras, al principio y al final había una estrella.

—Ojo no la vayas a regalar —advirtió el santafesino —Tenés que designar un brazo con pulseras que no querés cambiar, para no confundirte —agregó, mirando a las Aimar del medio, que asintieron complacidas.

—Lo voy a tener en cuenta —replicó el otro, divertido. Revolvió con la diestra el montoncito —Veo que estuvieron ocupados.

—¡Sí! Y estuvimos escuchando canciones también —contó Sara feliz, antes de girarse al pujatense, con los ojos abiertos y una idea recién formada en su mente —Lio, tendrías que ver si podés conseguir una entrada así nos acompañás.

—Ah, puede ser —accedió Scaloni, pensativo —Mañana le mando un mensaje a Martín para preguntarle si puede hacer algo.

—Dejá, le pregunto yo —intercedió Aimar rápidamente —Total tengo que ir a River para ver a las inferiores, seguro me lo cruzo por ahí.

El santafesino alzó una ceja, pero no hizo más comentario al respecto. Con la ayuda de Agustín llevó las cajas a la cocina para cortar las pizzas y sacar la vajilla. Entretanto, Pablo y las chicas empezaron a desocupar para comer. El cordobés observó con ternura su regalo y rodó la tanza por su muñeca, con intención de probar cómo le quedaba.

—¡Bancá, pa!

La advertencia de Sara llegó demasiado tarde. La tanza se abrió y las mostacillas rodaron por toda la superficie de la mesa. Como pudieron, los dos juntaron todo antes de que las bolitas caigan al piso y lo pusieron en un platito de cerámica.

—No le salía muy bien el nudo —explicó en susurros su hija —Pero estaba tan contento que me dio cosa decirle. En casa las arreglo.

Pablo echó una mirada rápida a la cocina y se agachó hasta quedar a la altura de su hija.

—Separame las que hizo él que yo me ocupo.

Entre los dos guardaron aquellas pulseras que Lionel había armado, junto con un hilo de tanza sin usar y algunas bolitas de colores extra. Terminaron de esconder todo en uno de los cajones del gran mueble del living justo cuando el santafesino regresó, enfrascado en una charla con Agustín sobre los partidos del fin de semana.

Al día siguiente, mientras Lionel estaba ausente con sus propios compromisos laborales, Pablo se ocupó de arreglar las pulseras y sumó al pilón unas cuantas de confección propia, incluyendo una con mostacillas violetas exclusiva para su novio.

Series this work belongs to: