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Tsumugi había sido pillada. La verdad había salido a la luz desde el preciso instante en que Akamatsu se dio cuenta del extraño pasillo oculto hacia la biblioteca que había en el baño y el testimonio de Shinguji fue determinante para acusarla. Todo había acabado, solo había muerto una persona y el quincuagésimo tercer juego de muerte había acabado más rápido de lo previsto.
Los catorce supervivientes salieron de la academia con un semblante que mezclaba esperanza y asco, siendo personas radicalmente distintas a las que entraron, con vidas, emociones y recuerdos falsos, sin saber quiénes son realmente. Sin saber cómo, entre ellos surgió un lazo muy profundo, pues, sin padres a los que acudir, solo se tenían a sí mismo. Kiibo consiguió fotos de Rantaro en poco tiempo e hicieron un altar para conmemorarlo y honrar su injusta muerte. Con el paso del tiempo, Kaito y Maki se enamoraron, Tenko y Himiko empezaban a gustarse y Kaede empezaba a pedirle salir a Miu de vez en cuando. Y ahí estaba Kokichi, sin dormir por miedo a repetir la misma fantasía de siempre.
Cada vez que cerraba los ojos soñaba lo mismo. Él era ese famoso ladrón que desaparecía de la escena del crimen sin dejar rastro y el famoso detective Saihara era el encargado de su caso. Era una fantasía estúpida, en principio nada problemática, hasta que sus sueños empezaron a volverse más intensos, empezó a fantasear con escenarios donde Shuichi quebrantaba sus principios de detective y le dejaba escapar, y otras donde lo besaba, enmascarado, esperando una respuesta rimbombante. Le gustaba muchísimo Shuichi. Y empezó a darse cuenta a través de sus sueños, que poco a poco pasaban de ser besos traviesos a verdaderos escenarios donde sentía la calidez del detective en sus pieles: sus besos y sus caricias. Y al despertar, Kokichi siempre sabía que esos labios nunca tocarían los suyos. Ni tan siquiera su frente. Con suerte algún día en la mejilla. Fantasías de adolescente enamorado de alguien inalcanzable.
A veces quería gritar, ir corriendo hacia Shuichi y pedirle salir. Pero le daba demasiado miedo. Seguro que Saihara estaba enamorado de Kaede, o de Kiibo. O quizá hasta le gustaba alguien que había conocido fuera, en su día a día. Él era un don nadie que solo pasaba con él las noches en la residencia, que cenaban juntos si coincidían los horarios y que a veces se les sumaba al plan de ver una peli con Kaito, Kaede y Maki.
Nadie dudaba de lo que sentía el líder supremo por el detective. Era flagrantemente obvio para el resto, incluido Kirumi habia intentado animarlo, pero cuando se trataba de sentimientos, Ouma era muy cerrado.
Apretó las sábanas de la cama con algo de rabia. Estaba acostado bocabajo, frustrado por no poder ser más cercano al chico que le gustaba, incluso llegó a pensar que si le conociera bien no le gustaría, que si Saihara es tan genial como él lo ve ya tendría pareja, pero cada vez que escucha su voz, tan suave y con sabor a caramelo, cada vez que prestaba atención a sus palabras y lo amable que era con los demás de forma natural. Y cada absoluta, maldita y desdichada vez que recordaba que Saihara era el único que nunca le había gritado pese a ser un autoproclamado pesado, se enamoraba más de él. Entonces llegaba la noche y volvía a soñar con su fantasía. Quería huir por la ventana del hotel en el que se hospedaba Shuichi después de darle un beso y dejarle una nota maliciosa que le avisaba de su próximo movimiento para repetir lo de esa noche. Kokichi siempre despertaba sonriendo y al recuperar la conciencia se volvía a sentir solo.
Su cama era matrimonial, fue un regalo de todos por su cumpleaños en vista de que había muchos peluches como para una cama individual, y eso hacía que el pequeño dictador se sintiera aún más vacío. Ya tenía 18 y quería dormir abrazo por alguien sin tener el miedo latente de despertar sin amigos ni familia una vez más.
A veces incluso lloraba. ¿Por qué tenía que amar a ese maldito, variopinto y jodidamente atractivo detective? Si tan solo tuviera una voz menos bonita, un ojos menos hipnóticos y una personalidad menos "enamorable", el pobre dictador no tendría que inventarse mil maneras de llamar su atención. Empieza a sentirse como un niño caprichoso que quiere un juguete en especial, pero al mismo tiempo empieza a pensar que él no vale lo suficiente como para que Saihara se fije en él.
Vamos, ni siquiera se aclara en si llamarlo Saihara, Shuichi o si directamente Shumai es algo molesto para él.
Entierra la cara en la almohada y hace una inhalación honda para luego soltar todo el aire. Está cansado, quiere dormir pero no quiere soñar de nuevo con él. Solo quiere que salga de su mente y enamorarse de una planta. Un cactus o un clavel estarían bien, supone.
—¿No puedes dormir?
La voz recién llegada hace exaltar al dictador, quien se gira a mirar al condenadamente atractivo detective que tiene por interés amoroso y compañero de residencia.
—¡No te preocupes, Shumai, solo me llevará un poco!
Volvió a usar ese apodo que se inventó de repente para llamar la atención del detective sin pensar en lo vergonzoso que suena a veces. No lo vio por estar en mitad de la penumbra, pero con lo blanco que es Saihara, era obvio que estaba rojo hasta las cejas.
—Son las tres. Normalmente te duermes temprano. ¿Te pasa algo?
—Nishishi—rio—, ¿preocupado, Shumai?
—Sí.
Y así es cómo hacer a Kokichi enmudar en un simple paso.
—Llevas días con mala cara, Kirumi y Kaede lo han notado.
—No me pasa nada.
—Mientes.
Llevaban dos años viviendo juntos, y aunque a Saihara le cueste entender al pequeño mentiroso, cada vez era más transparente para él.
Se hizo el silencio entre ambos. Por un momento, lo único que se escuchaba era el tic-tac del reloj que había en la habitación. Pero Kokichi también sentía su corazón latiendo a un ritmo tan veloz que podría ser peligroso. Ya era un adulto, tenía que empezar a abrirse un poco más si no quería volver a quedarse completamente solo. Para este momento, Kokichi había olvidado que esa soledad nunca fue real. Que él es solo un cúmulo de recuerdos falsos creados artificialmente. No quería recordar eso, solo sentía sus traumas salir a flote mientras notaba su cama notoriamente vacía.
—Me siento muy solo.
—¿Eh?
—La cama. Es muy grande.
Saihara sonrió en la penumbra, se acercó hacia Kokichi y le puso una mano en la cabeza, suavemente.
—Me quedaré contigo un rato. No seré yo la persona más cercana a ti pero espero poder hacerte algo de compañía.
Kokichi sabe que si Kaede estuviera ahí, habría reñido a Shuichi por no darse cuenta de lo evidente.
Sin poder articular palabra, Kokichi observó cómo Shuichi se abría paso entre las sábanas y se tumbaba con él en la cama. Fue cuestión de segundos que Saihara lo abrazase, dejando al dictador mudo, gélido e intentando procesar la información.
Kokichi no tardó mucho tiempo en ponerse a llorar silenciosamente. La piel de Saihara siempre era muy fría, pero ese día se sentía como un calor muy reconfortante. Ouma se acurrucó en el cuerpo de Saihara, era tal y como salía en sus fantasías. Al punto en que empezó a pensar que era una de ellas. Podía sentir las manos de Saihara acariciar los mechones que le caían por la frente para apartarlos, podía sentir su respiración e imaginar una sonrisa calmada. Su corazón dejó de latir a trompicones y se relajó mucho.
—Me gusta que me llames Shumai.
Eso fue lo último que escuchó Kokichi antes de quedarse completamente dormido, deseando fervientemente que al despertar supiera que todo eso fue real.
Y al despertar, Saihara todavía seguía ahí.
