Work Text:
Luego del partido la idea era hacer un pequeño festejo todos juntos, fue lo que Román había arreglado. Pero cuando se cruzó a un Pablo recién salido de ducharse, con unos ojos que rogaban por un abrazo, por el más mínimo contacto, Román no pudo controlarse y sin una pizca de arrepentimiento u de preocupación por lo que podrían pensar los demás, tomó a Pablo entre sus brazos y le susurró en el oido un "Si me lo pedís, te lo doy ahora. "
Pablo lo miró un poco descolado, con una pizca de vergüenza en sus mejillas, pero de igual forma, asintió levemente, afirmándole a Román que iría a cualquier parte junto a él, por lo menos por esa noche.
Así es entonces que los dos se encuentran en el auto del homenajeado, conduciendo por la ciudad con tranquilidad, queriendo llegar lo antes posible al departamento del morocho.
La situación les recuerda a lo antes vivido. A esas tantas veces donde de escapaban y se encerraban en algún hotel a fundirse entre sí, solo porque sus cuerpos y mentes adolescentes no sentían el mínimo de pudor, solo buscando saciar eso que la excitación tanto les pedía.
Se miran y sonríen por el recuerdo, soltando leves carcajadas. Pablo por su parte sentía una adrenalina que le mimaba el pecho, la melancolía estaba presente pero de una forma bonita, no quería que ese momento se acabase jamás, y cuando Román pone una de sus manos en los muslos de Pablo, éste sonríe aún más grande por el recuerdo de un Román mucho más joven haciendo lo mismo, conduciendo en la misma ciudad.
Alguna vez, Pablo había soñado en vivir momentos así para siempre. Cuando su amor era joven y no tan incorrecto, cuando se les permitía un poco más el degustar del pecado.
- Qué es lo chistoso, ¿Mmh? - Román pregunta y Pablo niega sin dejar de sonreír.
El mayor aprieta un poco el muslo del contrario, subiendo su mano un poco más arriba. Por inercia, Pablo cierra sus piernas, aprisionando así la mano de Román que comienza a masajear entre aquellos trozos de carne tan esponjosos, y que tanto disfrutaba saborear y morder en el pasado.
Aquella mano callosa empieza a frotar la intimidad de Pablo, que gime y se arquea apenas un poco. Deja soltar un leve jadeo cuando los movimientos de Román se intensifican, el morocho sabía más que bien que el menor era sensible en aquella parte de su cuerpo.
Román no deja de conducir, como tampoco deja de tocar la hombría de Pablo por sobre sus pantalones.
Quiere alejar la mano de Román, sin embargo éste tiene más fuerza y acelera el movimiento de su mano que acaricia toda la erección ya notable de Pablo. El menor toma la muñeca de Román, apretándola por la sobre- estimulación. Sus gemidos se vuelven incontrolables y hacen que Román pierda la paciencia, aparcando el coche en algún en el primer lugar oscuro que encontró.
No pierde el tiempo en besar el cuello de Pablo, succionando y pasando su lengua a lo largo de este, aún con su mano presionando y trazando círculos sobre todo el pene de Pablo, que sigue apretando sus muslos y moviendo sus caderas en busca de más fricción.
El menor busca el rostro de Román, para estamparle un beso lleno de deseo y excitación, enredando su lengua con la del morocho, que no puede estar más duro en sus pantalones.
Pablo lo nota y gime, sintiéndose deseado.
- ¿Me dejás? - Pregunta con su voz quebrada, metiendo su mano en los boxers de Román quien asiente.
Se quitan las camperas que llevan puestas, para amortiguar un poco el calor que comenzaba a hacer en ese coche.
Pablo se inclina y deja un beso por sobre la tela en la pija del morocho, que se le escapa un ronquido.
Pablo no quiere esperar. Sus bocas siguen unidas, tragándose los gemidos del otro.
El cordobés deja un último beso en los labios de Román, para luego volver a agachar su cabeza en busca de darle placer a un Román que no esperaba la hora de sentir la boca de Pablito como tantas otras veces. Todavía puede recordar lo maravillosa que esa boquita era, regalandole los mejores petes de su vida.
- Quiero acabar dentro tuyo.
Román dice y Pablo puede sentir una corriente recorrer todo su cuerpo.
Mirando desde su posición cómo Román saca su verga, dejando la punta justo en los labios del rizado, que todavía tiene la boca cerrada. Román lo toma por el mentón, empujando su dedo pulgar dentro de la cavidad húmeda de Pablo, haciendo que abriera la boca, para después reemplazar su dedo por la cabeza de su pene.
Pablo succiona la punta, volteando los ojos hacia atrás por la sensación de tenerlo otra vez en su boca, listo para dejarse usar y estirar por esa verga que tanto había extrañado.
Siente como una de las manos del morocho se posa en su nuca, empujando su cabeza en un movimiento brusco que lo hace tragarse de una sola vez el pedazo de carne, perforando su garganta sin la preocupación de ahogarlo, porque Román se había corrido demasiadas veces ahí dentro, tuvo su verga calentita por la saliva de Pablo un sin fin de oportunidades. En el baño de la pensión, en la habitación que compartieron en Malasia, en los vestidores y hasta en la cocina del apartamento aquella vez que decidieron hacer un desayuno juntos.
Román tira su cabeza para atrás, soltando un gemido ronco, sin dejar de empujar la cabeza de Pablo un poco más, intentado que su miembro estuviese lo más profundo que la garganta del menor le permitiera estar. Siente la nariz de Pablo rozar su piel, quemando la zona con la respiración caliente, arañando a su vez los muslos de Román con la intensión de que se moviera.
El morocho lo mira desde arriba, acomodando uno de los rizos de Pablito (ahora cortos) para poder ver mejor esos ojos que tanto le gustaba ver mientras se la chupaban. Lo hace sin darse cuenta, acostumbrado a ver aquellos rizos largos que siempre le impedían mirar bien la carita de Pablo cuando este le hacía un pete.
El menor se saca la verga de la boca, tomando una bocanada de aire, limpiando la saliva que ensucia su mentón.
Pablo la toma entre sus dedos, masturbando un par de veces antes de meterla en su boca otra vez, haciendo feliz a un Román que solo gime y le tira del pelo. Puede sentir la punta tocar su campanilla y le encanta, dándole más ganas poder tragarse el semen de Román.
Pero el mayor dijo que quería correrse dentro de él, y Pablo no iba a desobedecer. No ese día.
Mueve su cabeza de arriba abajo, llenando su lengua con el sabor salado del pre-semen, venas hinchadas rozando su paladas con cada embestida directo a su garganta. Los muslos de Román se tensan, acumulando su orgasmo hasta el borde, sin dejar de mover sus caderas para enterrarse aún más, su verga empapada de saliva pesada y lista para explotar. Pero él no quiere hacerlo sobre la carita de Pablito, aunque suene y se vea tentador. Quiere venirse dentro de su culo, una última vez antes de separarse por unos días más, quiere volver a sentir esa asfixia alrededor de su pene, escuchar los gemidos y la voz de Pablo rogando por más, intentado pronunciar el nombre del mayor correctamente sin trabarse en el camino.
El tirón brusco en los cabellos de su nuca lo hacen sonreír aún con el miembro del mayor perforando su garganta, le encanta saber que Román estaba cerca y que estaba haciendo un esfuerzo inhumano para no correrse, pero la boca de Pablito se sentía tan exquisita y es tan buena haciendo su trabajo que, se la ponía demasiado difícil.
Pablo sabe lo que hace, succionando lo más que puede mientras sus dedos masajean las bolas del contrario, y lo mira desde su posición con ese brillito que Román quiere tanto destruir.
Si Román decía que acabaría dentro de Pablo, lo haría.
Lo separa de su verga sin tener el mínimo de cuidado, tirándole del pelo para poder manejarlo mejor, como a su muñequita.
El mayor dirige el cuerpito curvilíneo del menor hacia los asientos traseros, recostándolo sin cuidado allí.
Pablo se quita toda la ropa de abajo, abriendo sus piernas, esperando a que Román se moviera también y se colocara entre ellas.
El mayor mira a sus costados, asegurándose que nadie podría verlos. Sin importarle mucho de todas formas, se pasa para los asientos de atrás, gimiendo cuando por fin puede rozar su pene contra el de Pablo, que lo toma por los hombros.
- Abrí más.
Pablo hace caso, abriendo un poco más sus piernas. Román siquiera se quita los boxers, sacando solamente su verga que todavía tenía rastros de saliva en ella. - ¿A pelo?
El menor pregunta y sabe bien la respuesta. Román solo asiente y se inclina a besarlo nuevamente. Los jadeos inundan el lugar, polarizando los espejos del coche. Román agarra con fuerza el culo de Pablo, amasando con todas esas ganas que venía acumulando desde que lo vió por la tarde.
Se separan un poco y el morocho deja un escupitajo que cae experto en la punta de su verga, apresurandóse quiere entrar ya, pero Pablo lo detiene. - No, bancame un poquito.
Román se sienta en sus rodillas curioso, sonriendo cuando ve cómo Pablo chupa sus propios dedos y los dirige hasta su entrada, metiéndolos. Román lo mira embobado, con sus ojos fijos en los dígitos de Pablito que estiraban y empapaban su agujero.
Quita brusco la mano del menor, tomando los tobillos de éste para ponerlos sobre sus hombros, alineando así su verga en la entrada de Pablo, que lo mira con esa expresión tan arruinada que siempre le daba cuando quería sentirlo ya mismo dentro suyo. Román toma las mejillas del menor, sosteniendo su rostro para poder ver cada mínima expresión que hiciera, penetrandolo por fin.
Gimen al unisono con desesperación. Román comienza con penetraciones tranquilas, acariciando el rostro del menor con cariño.
Pablo no puede guardarse sus gemidos, sin importarle si alguien pasaba por aquel lugar con poca luz y lo escuchaba, la lujuria era tanta que su mente se encontraba nublada. Solo podía pensar en lo bien que se sentía volver a tener a Román así, martillado su interior con tanto deseo.
- Mmh... Romi, sí. - Su voz está afónica, ya sea por el placer o por haber estado un largo tiempo con la verga de Román maltratando su garganta. - Fuerte.
El morocho, (más bien canoso), se toma ese pedido con seriedad, comenzando a embestir el cuerpito de Pablo con más fuerza, abriendo sin pudor aquella abertura que lo asfixia tan bien, tan exquisito. - Tu culo se siente tan bien, Pablo.
El menor quiere decir, pero sus palabras se quedan a mitad de camino, costandole hasta respirar. Todo se intensifica cuando Román rodea su cuello con sus manos, juntado sus frentes para más contacto. Las piernas de Pablo tiemblan, el cansancio de haber jugado un partido no impedían el poder mover sus caderas en busca de su propio orgasmo. Los ronquidos de Román le erizan la piel, no quería que todo terminara tan rápido, pero su orgasmo estaba más cerca de lo que pensaba.
Esa sensación pesada en su estómago bajo se hizo presente, y Román está enterado, conociendo demasiado bien el cuerpo de Pablo, que se refuerza en todo el asiento trasero. - Te voy a llenar, Pablito, ¿Mmh?
Aimar asiente, con sus ojos blancos hacia atrás. - Lléname, lléname, lléname.
Su voz sale como un susurro, pero su peticion es música para los oídos de un Román que toma las caderas del cordobés con fuerza, empujando así con más brutalidad dentro de Pablo, que no para de chillar y rogar por ser llenado.
Román masturba el pene del menor, buscando que este acabe al mismo tiempo que él. Y así lo hacen, Pablo manchando por doquier y Román rebalsando el agujero del menor, que apenas puede mantener sus ojos abiertos por el orgasmo recién conseguido.
- Te amo... - Pablo dice, con un poco de vergüenza.
Pero no pudo controlar su boca, el sentimiento era más que real. Nunca había dejado de amarlo, y aunque la vergüenza lo molestaba un poco, él y Román sabían muy bien que todo era real, que ellos jamás dejarían de amar al otro.
- Yo también te amo.
