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Es una regla universal, que alguno de los dos individuos que componen una pareja, se despierte antes que el otro.
En este caso, sería Pablo.
Solía ser una persona de buenas mañana, rara era la vez que se levantara de mal humor, posiblemente gracias a una pelea en la noche anterior o porque su mente maquinó toda la noche con pensamientos que no lo dejaron dormir.
Abre sus ojos, mirando por unos segundos el techo tratando de enfocar su vista, disipando el sueño de su sistema. Mira a su costado y una sonrisa genuina sale de sus labios. Ver a la persona que amas dormir, con su rostro relajado, sin rastros de estrés o fastidio, le parecía hermoso.
Para él, su esposo era hermoso.
Posó su mano en su mejilla, acariciando lentamente sus facciones que se habían marcado con el paso del tiempo, pero que lo hacían resaltar y verlo más atractivo.
Mientras acariciaba su rostro, pensaba en la historia que tenían. En resumidas cuentas fue así: Dos chicos que se conocieron por el amor del fútbol y se terminaron enamorando del otro. Jugaron juntos, jugaron siendo rivales; se amaron y estuvieron juntos, se separaron por periodos gracias a la distancia y los problemas externos; hasta que se juntaron ya siendo más adultos y no se pudieron alejar luego, no después de darse cuenta que la vida era mejor con la compañía del contrario.
Y Pablo era una persona reservada, que no solía mostrar lo que sentía, pero era un romántico que haría lo que fuera para hacer feliz a Lionel. Llegó al punto de que si su esposo le pidiera que mate por él, lo haría sin pensarlo dos veces.
Podría sacarse el corazón y dárselo en bandeja de plata si tan solo se lo pidiera.
¿Parecía extremista? Eso es porque no conocen cómo es Lionel; si Pablo es romántico, entonces el contrario había creado el término romanticismo.
"—No trates de alejarte de mí, porque soy capaz de mandar a la mierda absolutamente todo para seguirte a dónde quieras ir. No puedo vivir sin vos, simplemente no funciono. Me gustaría que no fuera así, no depender y hacer mí vida solo, pero no puedo porque si no estás ahí no tiene sentido nada de lo que haga. Pablo, sin vos yo me muero, estoy muerto en vida si no estás conmigo — estaba arrodillado sosteniendo las manos del contrario; sus rodillas dolían al igual que su corazón, por pensar en el hecho de que sus vidas se volvieran a separar —; si te hago feliz y vos a mí, si me amas como yo lo hago, por favor — su respiración se acortó por un segundos y su voz se quebró mínimamente — no me dejes otra vez.
Era un adulto de veintisiete años, un futbolista reconocido por la forma magistral con la cual jugaba, arrodillado y entregando todo su ser a la disposición de otro futbolista de veinticinco años, valiente en la cancha pero que estaba aterrado por el mundo exterior.
Pero Dios, ¿Cómo podría irse después de esa declaración?"
Así que se quedó, ambos apostaron al 100% en su relación.
Y fue lo mejor que pudo hacer.
Ahora, estaba agradecido de su decisión. Porque los años pasaban, los buenos y malos momentos también, y en todos estaba Lionel.
Y justamente el mencionado cumplía un año más. Por lo cual, Pablo debía de hacer algo. Ya tenía más o menos planeado el día, lo primero que debía hacer era levantarse y preparar el desayuno.
Cómo sabía que Lio no iba a despertarse porque era de las personas que tenían el sueño profundo, dejó un pequeño beso en sus labios, se levantó de la cama y se dirigió al armario para poder ponerse algo, ya que solía dormir en boxers. Al abrirlo, lo primero que vio fue la infinita cantidad de camisetas de fútbol de distintos equipos que ambos habían recopilado a lo largo de los años, algunas eran de los equipos en los que jugaron, otros que les fueron entregados en el intercambio que se hacía al finalizar los partidos y los que quedaban eran compras de alguna edición limitada.
Sonrió instintivamente al ver la casaca de rayas blancas y azul marino pertenecientes al equipo de La Coruña. En la parte de atrás estaba el número 12 junto con el apellido "Scaloni", de cuando jugó durante un largo tiempo. Con calma la sacó del perchero, acariciando la tela con cariño y nostalgia saliendo de sus poros.
Recordar las veces en la que él vistió esa prenda en privado, era rememorar todas las veces que Lionel lo cogió sin piedad de su ser, aunque no se quejaba mucho que digamos.
Podía decirse que el mayor tenía un fetiche, le gustaba que la llevara porque lo hacía ver cómo suyo, Pablo era suyo y solo suyo.
Él no tenía problema con eso, si era sincero le gustaba la forma en la que Lionel lo aprisionaba a cualquier superficie, lo besaba, mordía y marcaba antes de cogerlo con su largos y gruesos dedos, solo para humillarlo con palabras indecorosas hasta hacerlo llorar, suplicando por su pija. Si, le gustaba sentirse sumiso, ser humillado y complacer al otro con su cuerpo. Pero, también le gustaba cuando lo hacían lento, con besos cargados de cariño; la forma delicada en la que entraba en él y arremetía su cuerpo en un vaivén comparado a bailar una canción lenta, mientras tocaban cada parte de la piel expuesta del contrario; con los miles de elogios que susurraba Lionel en su oído.
Ahora, mientras se colocaba esa camisa, recordando cada momento excitante, sintiéndose como un joven adulto que era espontáneo y se dejaba llevar por sus deseos, considero que el desayuno podía esperar un rato más. Además, sabría que no tendrían mucho tiempo a solas cuando sus hijos se despertaran.
Quitó sus boxers, dejándolo en el suelo. Caminó lento hacia la cama, quitando las sábanas para poder admirar el cuerpo de su amado, el cual dormía en boxers. Aún con los años, mantenía su cuerpo tonificado gracias al constante ejercicio. Colocó cada pierna alrededor de su cadera, juntando sus torsos, dejando besos en su rostro con toda la paciencia del mundo.
Acarició su cuello, clavícula y torso con parsimonia, mientras movía su cadera en lentos movimientos, escuchando los suspiros somnolientos que salían de los labios del contrario. Rió levemente mientras seguía bajando, Lionel siempre tenía el sueño tan pesado.
Posó sus manos arriba de la tela de sus boxes, que no dejaba a la imaginación el miembro erecto. Acercó su rostro mientras bajaba la tela; lo tomó con una mano, dejando leves caricias mientras sentía su boca llenarse de saliva ante la acción que era inminente que sucediera.
El tamaño y grosor eran más del promedio, con venas marcadas pero sin llegar a lo grotesco, se sentía suave y caliente y él lo amaba.
Se relamió los labios antes de besar lentamente de arriba hacia abajo, dejando rastros de saliva, para luego pasar su lengua hasta llegar a la base y luego lamer la punta. Su saliva mezclada con el inicio de líquido pre seminal, que ayudaba como lubricante al meterlo poco a poco en su boca. Metió la mitad, pasando su lengua alrededor del pene, escuchando los suspiros y graves gemidos que salían de los labios de su esposo.
Gimió, moviendo su cabeza en un vaivén lento de arriba hacia abajo, sintiendo su propio pene húmedo y la intensa necesidad de sentirlo dentro suyo, llenándolo y acabando en su orificio, tan pegajoso y cálido.
Dios, se sentía tan necesitado.
Aceleró sus movimientos, tomando cada vez más hasta llegar a la pelvis y gemir, sintiendo lágrimas salir de sus ojos, porque se estaba sofocando; no podía respirar correctamente y a él le importaba una mierda.
Realmente estaba necesitando de atención y sexo.
Sacó el pene de su boca cuando ya no pudo soportarlo más, la saliva y semen conectando sus labios hinchados, su vista nublada como si estuviera en medio de la neblina que hay en la madrugada. Sintió una mano pasar por su pelo, su mejilla y luego sus bellos, para luego meter dos dedos en su cavidad bucal, la cual él chupó.
Escuchó el gemido grave contenido de Lionel, a lo que Pablo se alejó colocando una sonrisa.
—Feliz cumpleaños, amor — saludó acercándose a los labios del contrario, besándolo con un deseo tan sofocante que podía quemar la habitación. Jugando con la lengua del otro de una forma obscena, escuchando los chasquidos y los gemidos de ambos. Pablo aún seguía masturbándolo con su mano; Lionel llevó sus manos a su culo para acariciarlo y luego apretarlo a su antojo, sacándole quejidos y haciendo que esté muerta con fuerza su labio inferior.
Se separó del contrario para poder admirar su rastro, el cual no había dejado rastro de sueño, solo puro deseo hacía su persona.
—Si así me vas a despertar en mí cumpleaños, entonces quiero que sea todos los días — declaró sacándole una risa al de rulos. Sintió como sus manos recorrían su cintura, dejando suaves caricias —¿Te dije lo mucho que amo que te pongas esa camiseta?
—Si, te llena el ego cuando me coges mientras la tengo puesta — respondió, el mayor mordió su labio, mirándolo de arriba a abajo. Tomó sus glúteos y los apretó fuertemente; soltó un fuerte gemido por el acto.
—Me conoces tan bien, mí amor — Las separó para llevar sus dedos a su orificio, sin meterlos, simplemente frotando. Escuchó los altos gemidos por esa acción, sonrió:—¿Ya estás tan necesitado de pija que gemís como puta solo porque mis dedos? — Pablo negó levemente — ¿No? ¿Entonces porque parece que te morís porque te la meta y te destroce el culo?
—L-lo quiero — susurró —Pero no me trates mal hoy, me siento muy…— no terminó la frase por los labios del contrario. El beso, esperando que sea duro y furioso, fue dulce y lento. Rodeó su cuello con sus brazos, moviendo ambos sus caderas para provocar fricción entre ambos miembros.
—¿Querés que te trate bien? — preguntó mientras dejaba besos húmedos en su rostro y cuello, Pablo susurró un leve "Si" entre suspiros — Está bien, mí vida. Sos tan bueno y hermoso, despertándome de esta forma — susurró en su oído mientras tomaba la mano de Pablo y la llevara a su pene —, pero ahora tenés que terminar con lo que empezaste, ¿si? — él asintió — y después te voy a compensar por ser tan buen esposo — murmuró acariciando todo su torso; su voz tan grave, cargada de erotismo lo mareaba, lo desestabilizaba y hacía que quisiera cumplirle todos sus más morbosos deseos —Te amo tanto — soltó un jadeo cuando incrementó la velocidad de su mano.
—Te amo — juntó sus labios nuevamente, sintiendo escalofríos por la forma en la que sus grandes manos lo acariciaban de forma lenta pero decidida, conociendo cada sector que lo hacía estremecer.
Cuando sintió que estaba por acabar, se separó de él para poder llevar su pija a la boca, lamiendo toda la longitud mientras Lionel tomaba su pelo con determinación y lo llevaba cada vez más hacia abajo. Relajó su garganta y dejó que él le hiciera lo que quisiera. Otra vez ese sentimiento de estar sofocado, sin poder respirar. Movió sus caderas unas cuantas veces para terminar en la boca del contrario mientras soltaba gemidos y unas cuantas puteadas al aire.
Sacó el miembro de su boca, tragando lo que había quedado dentro. El mayor limpió lo demás que se había salido de la comisura de su boca y lo frito entre sus dedos.
Con la otra mano tomó su barbilla y lo beso con parsimonia. Acarició su corto pelo y arañó levemente su hombro.
Soltó un suspiro mientras lo miraba con sus ojos cargados de amor y deseo:—Te amo demasiado, siempre me haces tan feliz.
Pablo sonrió como pudo, su mandíbula, labios y garganta dolían ciertamente, pero una frase de su amado hacía todo valer la pena.
—Acóstate — pidió luego de dejar un beso en su mejilla, él atacó la orden.
Escuchó una leve risa junto con el sonido del cajón de la mesa abrirse y cerrarse. Reconoció el sonido que hacía la tapa del lubricante; y se sobresaltó con el frío de este líquido cuando hizo contacto en él. Se colocó entre sus piernas y besó sus labios antes levantar la camiseta para bajar por su torso, dejando mordidas y marcas. Chupó su miembro por unos minutos, sacándole una sinfonía de jadeos combinados con su nombre. Cuando sintió la lengua de Lionel, no pudo calmar sus gemidos. La forma en la que la movía, a los lados, de adentro hacia afuera, al principio lento para que se acostumbrara y luego con movimientos rápidos. Fue agregando dos dedos, que lo hicieron gritar y soltar quejidos; la camisa pegada a su cuerpo por el sudor que empapaba su cuerpo, piernas comenzando a temblar y sintiendo como estaba a punto de llegar.
Cómo Lionel conocía cada una de sus expresiones y movimientos, preguntó:—¿Ya vas a terminar? — asintió como pudo, murmurando su nombre entre gemidos. Ante esto, metió otro dedo más y comenzó a arremeter con fuerza y rapidez, haciéndolo acabar unos segundos después, manchando su torso y la camiseta con su semen. Sus movimientos no cesaron; alargando su orgasmo y sus espasmos, con sus piernas temblando sin poder pararlas.
—Tan bonito — escuchó decir mientras sacaba los dedos de su interior y los lamía.
Apoyó sus codos mientras trataba de regular su respiración; se quitó el sudor y algunas lágrimas de su mejilla y sonrió levemente al notar la forma en la que el mayor lo miraba.
—¿Te gusta lo que ves? — preguntó con descaro, sentándose como pudo ya que sus piernas no habían parado de temblar.
—Mucho — confesó tomando sus caderas, acercó su rostro a su cuello lamiendo la zona y dejando besos en ella — no sabes las ganas de garcharte todo el día — murmuró cerca de su oído.
—¿Y qué te detiene?
Y eso fue todo.
En un segundo Pablo se encontró en cuatro, su espalda siendo presionada contra el colchón por una mano mientras otra agarraba su cadera; el contrario arremetiendo su entrada sin ningún tipo de consideración, siendo duro, rápido pero preciso, dando en el punto correcto para nublar sus sentidos y perder la habilidad de pensar y hablar bien. Con cada embestida, se sentía delirar, la estimulación previa lo hacía sentir todo al triple, su cuerpo se sentía entumecido, sin fuerza, simplemente existiendo para complacer a Lionel y que esté lo manipula, maltrate y rompa cuántas veces y como él quiera. El sudor y las lágrimas mojaban las sábanas, la forma tan fuerte y dura en la que lo estaba cogiendo hacían que solo pidiera más y más, que el tiempo dejase de existir para poder vivir ese momento de placer puro por siempre.
No sabe en qué momento acabó sin siquiera tocarse, solo sintió que las embestidas se volvían cada vez más rápidas y erráticas hasta sentir como el semen del mayor impregnaba su interior; soltó un gemido de satisfacción y sobre estimulación cuando salió de él.
Se acostó a su ludo, lo acercó a su pecho y acarició su cabello.
—Te extrañaba de esta forma — confesó Pablo luego de unos minutos, Lionel rió.
Dejó un beso en su frente:—Yo también. Lindo regalo de cumpleaños.
—Que bueno que te haya gustado, mí cadera lo va a lamentar todo el día — bromeó haciendo que ambos rieran.
Acarició su mejilla, ambos mirándose a los ojos con amor y paz:—Gracias — murmuró Lionel.
—¿Por qué?
—Por estar un cumpleaños más conmigo, no sé qué sería de mí vida sin vos y los niños — Y Pablo sonrió.
—Que bueno que nunca lo vas a tener que averiguar — murmuró antes de juntar sus labios una vez más, como miles de veces lo hicieron, pero que en cada una de ella se sentía como la primera vez.
Se quedaron un rato así, dándose mimos y recordando cada cumpleaños vivido, cada momento bueno y malo en el que compartieron con el otro.
El tiempo pasa y no vuelve, eso es algo que no podemos controlar. Pero si podemos elegir a un compañero con quién pasar este.
Ambos sabían que habían elegido bien a su compañero.
—Me voy a bañar — Pablo caminó hacia el baño que tenían en la habitación, para abrir la puerta y mirarlo con unos ojos sugerentes a algo más —¿No me querés acompañar? — preguntó con falsa inocencia.
Él soltó una risa, para levantarse de la cama y caminar hacia el de rulos que ya se encontraba en la ducha.
—Dios, cómo amo mí cumpleaños — Fue lo último que dijo antes de cerrar la puerta.
