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La vida de un cazador en la montaña es dura.
No solo debes enfrentarte a la crudeza de la nieve, soportar lo escarpado de las colinas y memorizar los bosques de pino laberínticos. Como si no fuera suficiente, también debes rastrear y combatir bestias salvajes como osos y lobos para ganarte la vida. En un ambiente tan hostil y gélido, no mucha gente puede vivir de criar animales o plantar hortalizas como lo hacen en climas más cálidos, así que la cantidad de individuos que habitaban el sector era casi nula.
Y quienes si se atrevían de hacer de la montaña su hogar, se dedicaban enteramente a la caza y venta de carne y pieles.
Schlatt no tenía problemas con esto. Desde que era joven sus padres lo criaron en una pequeña cabaña anidada en la base de un gran monte, bastante alejados del pueblo más cercano. No había mucho que hacer en aquella soledad, así que en su niñez fue instruido arduamente bajo un concepto clave: la supervivencia.
Había aprendido a construir trampillas para pájaros, liebres y diversos animales pequeños. Desde trampas de fácil elaboración, hasta artefactos que podían ser considerados pequeñas obras de mecánica. Y para las criaturas grandes, bueno, nada que su vieja escopeta y su excelente puntería afinada por la experiencia no pudieran controlar.
Era todo lo que conocía después de todo. La totalidad de su vida había transcurrido en torno al frío y la dificultad de las alturas y pendientes. El invierno era el soberano del lugar, mientras que el verano y la primavera solo aparecían como cortas visitas.
Su existencia era dura pero justa, suponía. Nada ocurría que fuera incontrolable o insuperable, incluso en ocasiones cuando la caza no había sido muy buena (como en esta temporada, por ejemplo).
En realidad, su verdadero dilema y dolor de cabeza últimamente eran los híbridos.
Bestias con rasgos humanos y dotados con la fuerza de un animal rabioso. Tenían cuernos, garras, colmillos y el paquete completo para despedazarte apenas lograran agarrar un centímetro de tu cuerpo. Eran silenciosos y vivían a la intemperie, como si no conocieran lo que significaba una casa sólida o la tecnología.
A todos en el pueblo les provocaban terror. Había leído en el periódico hace un par de semanas como un mestizo de zorro degolló cruelmente a todas las gallinas de una anciana, dejando los cadáveres esparcidos, como si se tratara de una advertencia personal hacia ella.
Schlatt bufó. Si algún hibrido venía a mendigar a su cabaña o a amenazarlo, lo primero que recibiría sería el plomo de sus balas. ¿Quién confiaría en esas criaturas ladinas?
Además, ni siquiera estaba seguro de que entendieran el lenguaje humano. Se decía que se comunicaban por medio de aullidos, ladridos o lo que sea de sonidos que hagan. Probablemente no supieran ni hablar, ni leer o escribir.
Aunque no eran ocurrencias tan comunes, siempre que escuchaba algo sobre esas alimañas, resultaban ser solo malas noticias o desgracias.
Recordó una ocasión especial hace un par de meses, algo que aún le provocaba escalofríos en la espalda. Se encontraba acechando a un gran ciervo con una enorme y magnífica cornamenta. Un ejemplar precioso, el cual probablemente le daría mucho dinero si vendía sus partes en el mercado del pueblo. Aquella vez estaba escondido detrás de un arbusto, ayudado por el ocaso y listo para dispararle, cuando tuvo el inexplicable instinto de mirar a la derecha por sobre su hombro.
Se topó de lleno frente a un par de ojos brillantes, con pupilas rasgadas. Un “chico” joven, alto y delgado, de cabello castaño ondulado y con facciones de gato montés lo miraba desde la altura de una gran roca, pensativo. Sus pequeñas orejas puntiagudas apuntaban a su dirección y su cola, gruesa y larga se movía perezosamente.
En ese momento la aparición casi le había provocado un infarto de la impresión. Antes de que Schlatt si quiera pudiera reaccionar y apuntarlo con su arma, este se esfumó entre la penumbra sin hacer ningún sonido.
Desde ese día, había sido extra cuidadoso con sus alrededores. Cada vez que caminaba por el lugar del suceso, nacía la ansiedad en su garganta.
Se preguntaba si la criatura lo estaría contemplando al pasar, invisible.
Como le gustaría haberle disparado.
No solo por satisfacción, atraparlo sería como ganarse la lotería. Entre el gremio de cazadores, había tentadoras ofertas por ejemplares de híbridos con y sin vida. Los mestizos eran expertos en escabullirse rápidamente, así que obtenerlos representaba una gran dificultad incluso para tramperos experimentados. Muchos cuchicheaban sobre coleccionistas anónimos quienes pagaban cantidades exorbitantes de dinero por un buen espécimen. Lo suficiente para vivir por años cómodamente, más de lo que Schlatt ganaría cazando incluso a los venados más sanos y bellos de la estación. Un viejo trampero incluso había presumido el haber cambiado a un híbrido de lobezno por una suma importante de efectivo y joyas en bruto.
Tal vez un mestizo de felino tuviera el mismo precio. Pero aquel que había visto era sigiloso como un fantasma, ¿cómo siquiera podría emboscarlo?
Schlatt cargó su arma y revisó los suministros de respaldo que guardaba en el depósito. Miró con desaprobación sus municiones, mientras se preparaba para aprovechar el buen tiempo y conseguir un par de presas antes de que terminaran los pocos días en el otoño era piadoso. Le quedaba menos de la mitad de una caja de balas, así que pronto tendría que bajar al pueblo a reabastecerse.
Cerró la puerta de su cabaña con un chirrido y aseguró el candado. La brisa escarchada tocó sus mejillas con advertencia, al mismo tiempo que sentía algunos copos de nieve caer fríos, quedando atrapados en su cabello. Muy pronto comenzaría la temporada de ventiscas. Para alguien como él, un poco de nieve no era problema, ¿pero sería su elección pararse en medio del frío? Claro que no.
La primera tarea del día era revisar las trampillas que había instalado en la mañana anterior. Si tenía suerte, un par de liebres habrán caído. El pelaje blanco esponjoso y su carne tierna tenían un buen precio en este tiempo, cuando eran más difíciles de capturar.
Realmente no quería regresar otra vez con las manos vacías.
Schlatt creía en dios, aunque no rezaba mucho. Pero esta vez como excepción formuló una plegaría mental, implorando por suerte en su caza.
Luego de caminar durante más de una hora por terreno rocoso, al fin se acercaba al sector de su última trampa. Lamentablemente, la fortuna no lo acompañó con las dos primeras, así que la tercera sería su única esperanza. La había ubicado a propósito en la falda de un risco, en un sector difícil de acceder y poco frecuentado por otros cazadores. De esa forma habría más probabilidades de que algo cayera dentro.
A estas alturas ya no le quedaban muchas expectativas. Ni siquiera había avistado a algún animal en el camino. Su escopeta descansaba contra su hombro, metal frío aún sin utilizar.
Por suerte en la cabaña guardaba la suficiente comida para pasar los primeros meses de invierno sin preocupaciones, pero la falta de dinero significaba que no tendría acceso a ningún otro tipo de suministros de emergencia. No deseaba amargarse y pensar en todo lo que podría salir mal a cada minuto, pero mientras caminaba a través de matorrales y extensos roqueríos no había mucho más que hacer para matar el tiempo.
Faltaban solo unos cuantos metros para llegar a su destino, cuando un ruido sordo lo detuvo en seco, paralizándolo como un instinto automático.
Un aleteo. Y un corto silencio.
Un segundo aleteo. Esta vez fuerte, desesperado.
Provenían de la trampilla, estaba seguro.
Schlatt avanzó despacio, tratando de hacer la menor cantidad de ruido posible. Era una suerte que no cayera mucha nieve aún, así que sus pisadas podían pasar más desapercibidas. Se refugió detrás de un pedrusco gigante, agazapándose como un predador.
Probablemente una lechuza o un águila se había enredado mientras perseguía a alguna presa. Ya era algo que había pasado un par de veces antes. Las aves rapaces se vendían a taxidermistas, pero honestamente no pagaban muy bien, así que prefería liberarlas.
Pero no en esta ocasión, de todas formas. Había sido una mala semana en general, eso significaba que tomaría todo lo que pudiera brindarle aunque sea un mínimo de ganancia.
Con cuidado, asomó su mirada desde la roca que lo ocultaba, y al fin lo vio.
Un color dorado tan fuerte y brillante que parecía un tinte ficticio, un tono totalmente ajeno a la crudeza de las cumbres. Schlatt solo había visto un amarillo así de vívido en las flores que aparecían en la primavera, cuando el terreno escarpado se llenaba de vida y fulgor por un pequeño periodo de tiempo.
Aquel dorado pertenecía indudablemente a las alas de un híbrido. Un chico bastante joven de cabello oscuro y pequeña estatura, quien jadeaba y sollozaba para sí mismo arrodillado, mientras trataba de desenredar sus manos y plumas sangrantes de los cables afilados de una trampa.
Claro. Su trampa.
Como primer instinto apretó su arma. Se había ganado el premio mayor. Un mestizo de ave era algo extremadamente raro, casi inexistente. En el gremio hablaban de éstos casi como criaturas míticas. Quizás dios si existía, mirándolo desde su omnipotencia con piedad y obsequiándole un boleto dorado (literalmente).
No tendría que cazar nunca más, pasaría el resto de su vida bebiendo whisky en algún resort de lujo; lejos, muy lejos de aquí. Las montañas serían solo una vieja historia, mientras disfrutaba de la calidez de alguna playa de la costa oeste.
Se trataba de un sueño cumplido.
Miró a la pequeña figura del híbrido, aun lamentándose e ignorante de su presencia.
Debía apuntarle y disparar. Tomaría solo unos cuantos segundos. Aquello era lo más prudente, porque los animales cuando se encuentran heridos son aún más peligrosos y letales que sanos.
Sabía que se trataba solo de una bestia. Esto era igual que derribar a una perdiz. O un pavo.
Pero este hibrido se veía imposiblemente humano. No tenía la mirada atroz de un felino o los colmillos salvajes de un lobo. No se parecía para nada al mestizo terrorífico que lo había sorprendido cazando. El único vestigio de su naturaleza aviar eran las grandes alas flageladas que nacían de su espalda. Su rostro era la de una persona normal; un muchacho, con mirada dulce deformada en una expresión de dolor.
Estupefacto mientras observaba al ave y debatía mentalmente, cometió el error de dar un paso en falso, con la mala suerte de aplastar una rama solitaria con sus pesadas botas.
El híbrido torció la cabeza inmediatamente en su dirección, uniendo sus ojos oscuros con los castaños de Schlatt. Su mirada era impactantemente penetrante, considerando lo poco intimidante de su aspecto.
Y antes de que pudiera pensar en una acción, el mestizo lanzó un siseo, seguido de un chillido tan agudo que parecía perforar sus oídos y destruir sus tímpanos. Quería, necesitaba cubrir sus orejas para bloquear el sonido, pero soltar su única arma no era la acción más inteligente.
— ¡Mierda! ¡Calla! — El mayor apuntó rápidamente el cañón de su fusil al híbrido, con la intención de que cesara su grito. Esto pareció surtir efecto al instante, ocasionando que el pelinegro cerrara la boca de inmediato y todo su cuerpo se contrajera sobre sí mismo. Schlatt pudo apreciar como sus alas trataban de cubrir su delgado cuerpo protectoramente, no pudiendo cumplir con su cometido al estar enzarzadas contra el suelo rocoso.
Se acercó lentamente al ave, sin quitarle la mira de encima. El ave se congeló, claramente asustado ante el arma y la cercanía del cazador. Ahora que se encontraba frente a la criatura, podía ver mucho mejor sus facciones. Parecía un sujeto común y corriente.
Cabello lacio y azabache, con un rostro salpicado con pequeños lunares y labios rosados. Su apariencia delataba quizás unos 18, 19 años; pero ¿quién sabría cómo funcionaba la edad en su especie?
— ¿Entiendes lo que digo? — Schlatt ladeó su cabeza hacia el costado, no pudiendo aguantar más la curiosidad. No sabía por qué le estaba preguntando, obviamente no lo comprendería. Quizás debía haber traído su silbato para imitar pájaros.
El pelinegro lo miró desafiante, pero todavía aterrado. Parecía la actitud de un chiquillo orgulloso, tratando de hacerse respetar y fallando estrepitosamente.
Para mala suerte de la conciencia de Schlatt, el ave no poseía los ojos de un animal estúpido. Su mirada mostraba reconocimiento. Inteligencia. No era como los usuales reportes de la radio describían a los híbridos.
Una sensación incomoda se asentó en la garganta del mayor.
Avanzó un par de pasos más y se agachó sobre el salvaje para inspeccionar sus heridas. Los alambres curtidos de la trampilla habían apresado dolorosamente la carne de sus extremidades, apretándolas y asfixiándolas. Sus delicadas plumas color oro estaban cubiertas de sangre y en un estado paupérrimo. Probablemente se enganchó sin darse cuenta, y en su sorpresa y pánico por liberarse terminó empeorándolo todo.
El cuerpo del chico temblaba. No sabía si de frío, miedo o ambas. De todas maneras, era obvio que éste (su especie) no pertenecía a las montañas. Le recordaba a las aves que habitaban territorios tropicales, donde todos los animales gozaban de colores más vivos y extravagantes. Aquí, desgraciadamente, se había convertido en un blanco de tiro viviente en medio de los pardos y neutros infinitos.
Schlatt estiró una mano para tantear las plumas amarillas del otro. Antes de siquiera tocarlo, la sombra rápida de un brazo lo arañó, haciendo sangrar sus dedos impertinentes.
Garras. Pequeñas y muy cortas, pero afiladas. El híbrido le mostró sus encías, siseando indignado. Su dentadura no tenía los colmillos puntiagudos de un predador, pero si notó que sus pequeños dientes casi humanos poseían bordes aserrados.
Ahí estaba la confirmación. Era un animal. ¿Por qué había creído que existía humanidad en la criatura? No podía desconfiarse solo por una cara inocente.
Schlatt suspiró pesadamente mientras retrocedía y cuidaba el rasguño fresco. Bueno, al menos ahora tendría su vida solucionada. Con calma preparó su escopeta, cargándola y soltando el seguro.
El ave pareció entender lo que venía al observar los actos del cazador, y estalló en aleteos frenéticos intentando soltarse. Schlatt gruñó al ver una multitud de pequeñas plumas saltar hacia todos lados, mientras la sangre brotaba en aún más cantidad desde los cortes. Mierda. ¿Le pagarían menos por entregar un ejemplar con las alas arruinadas? No había pensado en eso. ¿Por qué este pájaro estúpido tenía que caer en una simple trampa para conejos?
— Juro que voy a matar a alguien si con esto bajas el precio. — Schlatt lo apuntó de nuevo, frustrado.
El pelinegro emitió un quejido, casi como una vocalización. Schlatt evitó mirarlo a los ojos a toda costa, no quería observar la última expresión con la que abandonaría su vida. Un dedo índice se posó sobre el gatillo.
— ¡Espera! Espera. — El hibrido suplicó, arrodillándose de nuevo. La sorpresa de escuchar palabras salir de la boca del ave fue lo suficiente para bajar ligeramente su escopeta y ensanchar los ojos. El batido de alas cesó. — Por favor. — Parecía al borde de las lágrimas.
Schlatt no sabía qué decir. Nunca había escuchado a un mestizo hablar. No se supone que debían ser capaces de hacerlo.
Algo se contrajo violentamente en el pecho del castaño. Sus movimientos pausaron, ahora la duda apoderándose de él completamente.
— Solo… Solo estoy de paso. Por favor, déjame ir. — El pelinegro apeló, jadeante. Se veía extremadamente agotado. El haber perdido bastante sangre tampoco ayudaba a su caso.
El cazador mordió el interior de su boca, nervios comiendo sus entrañas. Genuinamente no sabía qué hacer, un hecho que no había experimentado desde hace muchos años. Una cosa era sentirse inquieto por la apariencia humanoide del mestizo, pero otro tema muy diferente era que de hecho fueran seres inteligentes.
¿Por qué aquello no era mencionado en ningún lugar? ¿En ninguna revista, ni diario, ni informativo? No tenía sentido.
Pero lo que si sabía y tenía certeza es que son seres oportunistas y engañosos. Había escuchado muchas historias sobre ello.
— ¿…Por qué debería? — Replicó, desconfianza tiñendo sus palabras. No podía confiar en este… esta ave.
Parecía que su pregunta tentativa había tenido un efecto devastador en el pelinegro. Sus ojos se ensancharon, sorprendidos, y luego cayeron, agotados.
— Ustedes son todos iguales. — dijo mientras sus alas bajaban contra el piso, abandonando cualquier intento por zafarse. Lucía súbitamente derrotado, rendido.
Al ver su reacción, el sentimiento extraño en el pecho de Schlatt punzaba con mucha más fuerza, pinchándolo como si fueran espinas. ¿Por qué reaccionaba de manera tan débil ante una bestia? Independiente de que pudiera hablar o no, si no estuviera enmarañado ahora mismo sin poder moverse, estaba seguro de que el ave saltaría directo a su yugular, tratando de herirlo de muerte. Así era la naturaleza. Gana el más fuerte, gana el más astuto.
Tal vez podría llamar a alguien del gremio y que se lo llevara. No necesitaba siquiera la paga completa, con una fracción le bastaba. Que otra persona se encargara de él, alguien que supiera como manipular a esta clase de seres. No era su problema.
El tiempo había terminado para el híbrido y este parecía haberlo comprendido, ahora su suave rostro mirando hacia la tierra sucia a la que estaba enganchado.
Sea lo que sea que decidiese al final, Schlatt ganaría algo de dinero con él. No podía quedarse parado en medio de la nada creando debates morales en su cabeza como un tonto. Era un híbrido, legalmente reconocido como una alimaña cualquiera, al mismo nivel que un mapache o una gallina. Tenía todo el derecho de reclamar el producto de su caza.
Schlatt bajó su escopeta y tomó con firmeza las muñecas del mestizo, amarrándolas firmemente con la soga con la que usualmente colgaba a las liebres. El pelinegro ya no parecía replicar ni oponer resistencia, sus brazos se dejaban llevar sin poner obstáculos.
Su silencio estaba poniendo nervioso al mayor.
¿No era mejor así?
Dios, esto se sentía como un secuestro.
“Es un animal, solo un animal” , repitió como un mantra, ignorando la culpa. “Y uno de mucho, mucho valor”.
Las palmas pálidas del pelinegro se encontraban completamente ensangrentadas, manchas de rojo oxidado entrelazándose con las gotas frescas. El mestizo seguía sorprendentemente dócil, cabeza cabizbaja mientras se dejaba maniobrar.
…
Apiadándose del ave, aunque ello no tuviera coherencia con sus intenciones futuras, cortó algunos de los cables que lo apresaban. El pelinegro no dijo palabra alguna frente a esto, pero casi pudo jurar que escuchó un pequeño suspiro de alivio abandonar sus labios.
Schlatt se convenció de que no había oído nada.
