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Language:
Español
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Published:
2023-04-21
Words:
2,998
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1/1
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5
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55
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536

Hércules

Summary:

Pablo no puede más.

Notes:

desde que leí esta nota, que cuenta que scalo era el que consolaba a los que extrañaban en Malasia, no pude dejar de pensar en escribir algo con esta temática so here it is, cortito y al pie

Work Text:

Un ambiente tenso se había generado en el aura de Aimar luego de la derrota 3-4 contra Australia. A los 10 minutos dentro del segundo tiempo lo habían sacado del campo y tuvo que limitarse a sufrir el resto del partido desde la banca de suplentes, sin poder alguno en sus manos que le permitieran cambiar la trayectoria del juego. Y si bien habían pasado a octavos de final, lo habían logrado en el segundo puesto de la tabla del grupo al que pertenecían, lo que trajo consigo una gran frustración propia de ese deporte tan preciado para Pablo.

Juntó con rabia sus cosas que habían quedado tiradas en el vestuario, prestándole poca o nada de atención a su amigo, Román, quién parloteaba a su lado notablemente entusiasmado por los partidos que tenían a futuro, creando especulaciones de quiénes serían sus próximos contrincantes y alardeando que a todos y cada uno de ellos les encajaría un gol. Estaba tan ensimismado en su monólogo que recién cuando Pablo cerró su locker con más fuerza de lo necesario, haciendo que la puerta del suyo vibrara, se dio cuenta del mal humor que cargaba su compañero.

—Ey, enano, ¿me estás escuchando? —le cuestionó, tomándolo del hombro con cautela para así evitar que se fuera del lugar arrastrado por la furia. 

El nombrado hizo caso omiso a su pregunta y elevó su brazo en un gesto brusco para quitárselo de encima mascullando un "¡salí!".

El número 8 de la sub-20, ya acostumbrado a los cambios de humor del más joven, no lo puteó como habría hecho otras veces y comprendió el estado en que se encontraba, dejándolo irse, sin mucho más que decir.

 

En el momento en que ingresó por las grandes puertas del lujoso hotel en que se instalaban, sintió como si el agobiante calor del país asiático se desvaneciera de su cuerpo y agradeció internamente por la bendición que era el aire acondicionado de la recepción. Arrastró sus cosas hasta el ascensor, y tocando el botón número 7 se dirigió hacia su habitación. 

No se había quedado a bañarse en el vestuario de la cancha junto con el resto del equipo, saliendo a dar unas vueltas por sus alrededores para evitar el contacto con sus compañeros y hacer tiempo hasta el regreso a su lugar de estadía, por lo que necesitaba una ducha ahora. Pudo aprovechar el tiempo que le había donado Román, quién probablemente había pensado que sería una buena idea dejar a su compañero de cuarto un momento a solas hasta que se calmara. Y efectivamente lo había sido. Se tomó el tiempo necesario para enjabonar todo su cuerpo, masajeando especialmente las zonas de su espalda que habían quedado doliendo luego de las largas noches insomnes que venía experimentando. El sueño estaba siendo algo difícil de conseguir para Pablo últimamente. No era capaz de encontrar la posición correcta y le costaba mucho no sobresaltarse ante el mínimo ruido que se presentase en la silenciosa habitación, haciendo que la mayoría de su noche la pasara dando vueltas en la cama. 

Con paciencia enjuagó sus rulos, armándolos y desarmándolos, para luego volver a hacerlo una vez más, insatisfecho con el resultado. Tenía un cuidado muy especial para su cabello, y generalmente luego de los partidos les regalaba una gran dedicación porque los sentía muy sucios. Más aún ahora, que se había dejado estar tanto tiempo sudado. Rió un poco al pensar en la libertad que tenía en Malasia, estando tan lejos de su casa. A estas alturas, ya habiendo pasado más de una hora desde que el partido había concluido, su madre lo estaría retando por haber estado tanto tiempo andando así de mugriento, como le decía ella. 

La memoria junto a su mamá le hizo recordar algo. 

Había roto su promesa de llamarla al término del partido, como venía haciendo desde que comenzó la fase de grupos. La bronca por algo tan estúpido lo había cegado y se había olvidado de la parte más importante de su día. Seguro se había preocupado por él al no recibir llamada alguna, como cualquier madre lo haría, mientras que el muy boludo ni siquiera se había percatado. El darse cuenta de este hecho lo hizo volver completamente a sus sentidos, y de pronto, todo el peso que venía cargando sobre sus hombros desde que habían llegado al país extranjero se le vino encima.

Su cuerpo se desplomó en la ostentosa bañera, golpeando accidentalmente su cabeza contra la pared detrás de esta. Adolorido, se hizo un bollito y dejó que las gotas de la ducha que mojaban su cara se mezclaran con las lágrimas que no paraban de brotar.

No aguantaba más, el sobreesfuerzo lo estaba matando. 

Desde que se había enterado de que habían clasificado para el mundial le había asegurado a su familia que no tenían de que preocuparse, que podía cuidarse sólo, después de todo ya tenía 17 años, no era más un niño. Odiaba sentirse menos por ser el más chico del plantel luego de Cambiasso, no quería que lo vieran como a alguien frágil, pero ahora estaba empezando a creer que tan grande responsabilidad no cabía en su tan pequeño cuerpo. Estaba cansado, física y mentalmente, no lograba comprender en qué momento el jugar a la pelota, que desde siempre adoró, se había convertido en algo con tanta exigencia. Se suponía que debía estar disfrutando al máximo de la oportunidad que estaba teniendo, dado que miles de chicos darían todo por estar en su lugar, y sin embargo, lo estaba sintiendo como una carga.

Con sus brazos se envolvió a sí mismo y deseó más que nunca estar al lado de su mamá. Estaba rodeado de gente que lo quería, que apostaba todo por él, lleno de lujos que muy pocos adolescentes como él podrían tener, pero aún así se sentía terriblemente sólo. 

El agua empezó a sentirse demasiado fría y se obligó a pararse y buscar algo para cambiarse. 

Al salir de la ducha se dio cuenta que el ambiente había refrescado, probablemente por la caída de la noche malasia. No se había dado cuenta de la cantidad de tiempo que pasó en la ducha, otra vez puteándose internamente porque ahora sí que no podría llamar a su mamá, quién seguramente, teniendo cuenta la diferencia horaria, se habría acostado a dormir. 

Una vez que se puso su pijama, se escabulló sigilosamente de la habitación. Escuchó música lejana en los pasillos, y supuso que sus compañeros debían estar festejando su pase a octavos. Esto lo tranquilizó un poco y ahora sin miedo a ser visto, caminó con menos cuidado hasta la terraza del hotel. Allí encontró un rinconcito donde sentarse y se acomodó flexionando sus rodillas y apoyando sus brazos sobre estas, buscando una posición que le permitiera estar cómodo y a su vez tener la vista despejada para intentar calmarse con el maravilloso cielo estrellado que se desplegaba ante sus ojos. Buscó con la mirada su constelación favorita, aún poco nítida debido a que el sol no se había ocultado por completo, recordando noches pasadas con sus abuelos en su quinta de Río Cuarto, reconociendo y nombrando cada astro que se hacía presente en la oscuridad del firmamento, y por un momento cerró los ojos, dejándose llevar por la nostalgia del recuerdo.

 

—¿Pablito? —una mano sacudió su hombro con delicadeza— ¿Qué hacés acá, boludo? —rió, los efectos del alcohol en su sangre causando que la situación fuera más graciosa de lo que realmente era.

El susodicho hizo caso omiso a la pregunta y se despabiló lentamente, levantando la cabeza de donde la tenía escondida entre sus rodillas, un poco confundido al ver que quien tenía enfrente era Scaloni, su compañero de la selección, y no su abuela despertándolo de la siesta para ir a merendar. Se había quedado dormido.

Aún sin responder, se llevó una de sus manitos a la cara, frotándose los ojos pegoteados, sintiendo el rastro que habían dejado sus lágrimas por sus mejillas.

—¿Estabas llorando? —la voz de Lionel rápidamente se tornó a un tono más de preocupación al notar el rostro del menor, y se agachó a su altura para poder verlo frente a frente, colando una mano entre los rulos del contrario.

Pablo ya un poco más despierto, sintió un calor acumularse en sus cachetes y avergonzado intentó esconder nuevamente su cara entre sus brazos. Si ya de por sí odiaba que Román, su amigo más cercano, lo viera llorando, peor aún si la persona que le tocaba presenciarlo en ese estado resultaba ser un compañero con quien tan pocas conversaciones había compartido en todo el tiempo que llevaban juntos en el equipo y que sin embargo, en todos esos intercambios de palabras siempre lograba ponerlo nervioso.

Su intento por ocultar su rostro fue en vano porque la mano del mayor que estaba en su cabeza tiró suavemente de sus rizos para que sus miradas pudieran encontrarse. Cuando sus ojos finalmente conectaron con los de Aimar, le ofreció una tenue sonrisa.

Scaloni podía ser muy jodón, muchas veces Pekerman lo había tenido que sacar del entrenamiento por distraer a sus compañeros, pero nunca molestó a ninguno con malas intenciones. Era una persona con mucha empatía y compañerismo, siempre era el primero en acercarse cuando notaba que alguno se encontraba medio bajón, y ahora, incluso estando un poco en pedo, su instinto protector se vio alarmado.

—No te tenés que esconder conmigo, si sabes que no le voy a contar a nadie —le aseguró, sonriendo—, aparte estoy medio ido así que probablemente en unas horas no me acuerde de esto con mucha claridad. —Pablo sonrió por primera vez en la velada y se dejó disfrutar de las caricias que el mayor había comenzado a dejarle en el cabello—. A ver decime, ¿qué pasó? —se acomodó mejor en el piso, ahora a su lado, cruzándose de piernas y rozando así levemente el muslo izquierdo de Aimar. Éste último lo siguió con la cabeza, todavía apoyada en sus brazos sobre sus rodillas, sin dejar de mirarlo en ningún momento, debatiendo en su mente si abrirse ante su compañero o no, pero la timidez muchas veces lo traicionaba y ésta vez fue una de aquellas—. ¿No vas a hablar? Está bien, lo suponía, vos no sos de hablar mucho conmigo, pero igual a mí me gusta pasar tiempo con vos, si bien… no pasamos mucho tiempo juntos en realidad, me pareces un pibe re copa-

Scaloni comenzó a llenar el silencio de Pablo farfullando palabra tras palabra, para así hacer que el menor se sintiera acompañado sin necesidad de dar explicaciones sobre su malestar. La acción enterneció su corazón y se limitó a observarlo, sonriendo cuando le decía alguna tontería, y de vez en cuando mirando hacia el cielo, en el cual ahora se podían ver con claridad la mayoría de las estrellas. Se ve que se quedó demasiado tiempo con su vista fija en este porque Lionel demandó saber qué era lo que le estaba robando la atención.

—Esa constelación de ahí —su voz salió un poco ronca por haber estado en silencio todo este rato, así que se aclaró la garganta antes de continuar— se llama Hércules, como el dios griego, ¿viste?

—¿Te gusta la mitología griega?

—En realidad, no es algo que me fascine pero sé un poco del tema, creo —sonrió—. Lo que de verdad me gusta es la astronomía. Cuando era un poco más chico solía ir todos los sábados a visitar a mis abuelos en el campo, me quedaba desde el almuerzo, que lo cocinaba mi abuela, hasta que oscureciera. Ahí mi abuelo sacaba un telescopio enorme —hizo un gesto con las manos para dar énfasis en lo que decía, mientras que Lionel lo observaba atentamente, notando sus ojitos brillar ante su relato— que tenía y nos sentábamos los tres con las reposeras en el medio del patio a mirar el cielo. Los dos fueron profes de más jóvenes entonces saben un montón de esas cosas y me lo trataban de explicar a mí, obvio que yo mucho no entendía pero sí me daba mucha curiosidad —puso una mano sobre su barbilla, como pensativo, en un intento de tapar el puchero que se le estaba formando—. Los extraño mucho.

Lionel notó el quiebre de su voz y colocó su mano en la del contrario, que estaba descansando en el frío suelo.

—Yo sé que ellos esperan mucho de mí, que soy el orgullo de la familia, que voy a llegar re lejos y no sé qué más. Pero no creo que esté preparado para tanto. Es mucha presión. Cada vez que le erro a alguna jugada sólo puedo pensar en qué van a decir de mí, qué me van a criticar. Y últimamente, por alguna razón, siento que vengo fallando en todas. No les quiero arruinar esto, no quiero que nos vayamos temprano, y menos por mi culpa. Quiero disfrutarlo, realmente lo intento, pero siento que es imposible. Y los miro a ustedes, que les puede ir para el orto en un partido y ni se inmutan porque después de todo están acá —su mirada se instaló en el rostro del mayor—. Quisiera ser como vos, que nada te derrumba. Yo soy un mariconazo —rió suavemente, dejando que las lágrimas que intentaba esconder se deslizaran por sus cachetes.

—Eu, eu, pero no llores —se apresuró a decir, envolviendolo con sus brazos, sus manos escapándose nuevamente a esos rulos que le encantaban—. Capaz que no lo demuestro muy seguido, pero te aseguro que en el fondo yo también tengo mis mambos, todos los tenemos. No te sientas culpable por eso. Y tampoco te hagas la cabeza con que jugás mal, porque te puedo asegurar que si nos toca volvernos a casa antes de lo previsto no va a ser por vos. Sos lo mejor que tenemos, Pablito. Sos el 10 —sonrió.

—No, no es tan así —negó. Sus manos fueron a su cabeza, tironeando de sus rulos como solía hacer cuando estaba nervioso, Lionel notó esto, y manteniendo su abrazo, buscó las manos ajenas con las propias, masajeandolas suavemente hasta que éstas dejaron de ejercer resistencia y se permitieron ser envueltas por las del mayor, quién las llevó detrás de su cuello, sin dejar de acariciarlas en el proceso. El gesto le hizo sentir cosquillas en el estómago a Pablo y no pudo evitar sonreír, emborrachándose enteramente del cuerpo de scaloni quién, parecía, no lo pensaba soltar en un futuro cercano por nada en el mundo. Y si bien no este no era exactamente el abrazo que necesitaba en este momento, se sentía suficiente para él.

—Sí, es así, no seas pavote Pablitola tenía con el apodo—. Si por eso Pekerman te cuida tanto, sos su mejor peón. Mirá, ¿cuánto te juego a que en el próximo partido metes un gol en la primera media hora?

—La veo difícil siendo que en los últimos tres partidos no pude meter ni uno en los noventa —contrarrestó el menor, quién ya se había acostumbrado al tacto del contrario y había acomodado su barbilla plácidamente sobre el hombro de Lionel, entrecerrando los ojos suavemente cuando sentía el placentero roce de la punta de sus dedos con su cuero cabelludo. Realmente le había hecho falta un abrazo.

—Dale, no jodas. ¿Una salida a comer te parece? Quiero probar de los lugares esos de comida callejera que vemos siempre, tienen una pinta tremenda —propuso.

—Mhm, bueno.

Pablo respondió vagamente, dejándose llevar por las sensaciones que los toques de su amigo le provocaba. Se podría haber quedado dormido ahí mismo.

Pero Lionel aún no estaba satisfecho con su conversación.

—¿Fue por esto que no estabas en la joda? Yo le preguntaba a Román a cada rato cuando venías y él me decía que estabas por llegar, ni idea tenía el boludon.

La cabeza del menor optó por ignorar el galope de su corazón que había ocasionado la mención de su búsqueda por parte del contrario en su ausencia, convenciéndose de que sólo estaba diciendo boludeces por el alcohol que había consumido.

—No sabía que estaban festejando ni siquiera —aclaró—. Cuando llegamos al hotel me fui directo a la pieza, no me sentía bien.

—Y… ¿ahora te sentís mejor? ¿Un poco? —inquirió, separándose lentamente, haciendo que los interiores de Pablo griten reclamando su compañía. Una de sus manos se deslizó desde su cuello, pasando por su pecho, donde Lionel la tomó y el de rulos suspiró, aliviado con el pensamiento de que aún no lo dejaría ir del todo.

Aimar asintió despacio, ofreciéndole una sonrisa que se le contagió en el rostro.

—Bien, entonces —dijo, sin abandonar su sonrisa, acomodándose nuevamente a su lado.

Ambos se quedaron callados por un momento, más el silencio no era incómodo, estaban simplemente disfrutando de la compañía del otro.

Pablo no recuerda mucho más de esa noche. Lionel le preguntó de alguna que otra estrella más que vieron en el cielo. Pablo le explicó lo que sus abuelos le habían enseñado sobre ellas, inundando la conversación de todos sus saberes sobre los astros, mientras él escuchaba atento. Le comentó algo más sobre las ganas que tenía de verlo perder su apuesta, muy seguro de sí mismo, y él simplemente rodó sus ojos. Luego de eso se deben haber quedado dormidos, y en algún instante del alba, aún poco conscientes por el sueño que cargaban encima, se volvieron a sus respectivas habitaciones.

Tres días después, en el partido de octavos de final contra la Sub-20 de Inglaterra, Pablo, con el pase de Bernardo Romeo, hacía el gol que llevaría a los "Tigres de Malasia" a la instancia de cuartos. 

Abrazado de su compañero y extasiado de felicidad porque por fin se le había dado, buscó con la mirada a Scaloni, que desde el otro lado de la cancha se mostraba tan feliz como él. Luego elevó la vista al marcador que contaba los 26 minutos transcurridos del partido y sonrió. Al menos ahora tendría una excusa para que se volvieran a reunir.