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he's working at the pyramid tonight

Summary:

Nicolas Otamendi lleva una vida lúgubre con un trabajo que lo consume día a día.

Enzo, un bailarín en un antro de mala muerte, es su último escape.

Hay destinos fatales e inevitables.

Notes:

No me pregunten qué escribí porque ni yo se. Todo es muy random y en realidad no lo iba a postear pero dije ya fue y acá estoy.

Es un pairing medio raro pero que quería escribir hace rato y siento que esta dinámica les quedo bastante bien.

Si leyeron las etiquetas ya se imaginan de qué va esto, pero no es nada heavy es más bien muchos sentimientos y decisiones difíciles(?

No tengo beta reading y escribi la mayor parte de esto mientras iba en el micro para la facultad así que no esperen mucho hermanas.

Gracias por leer.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La lluvia repiquetea sobre la acera, creando un charco a sus pies. Las luces azules y rosas del cartel se reflejan en el agua.

Nicolas le da una última calada a su cigarro y luego lo tira al suelo. Cruza el estacionamiento y sacude su cuerpo en un escalofrío antes de atravesar la puerta. Con un ademán saluda al hombre robusto que custodia la entrada, luego guarda sus manos en los bolsillos de su pantalón.

Sumergirse a ese antro de vicios y asuntos ilícitos era como sumergirse a un mundo extravagante hecho de paillette y seda roja. El club a primera vista podría parecer normal, sólo otro refugio para ahogarse. Uno donde el aire está viciado por humo de cigarrillo y el olor a alcohol rebasa por cualquier esquina. Pero hay algo que lo diferencia del resto de bares que forman una hilera allí afuera, en las calles de la zona oeste de la ciudad. Y es que aquí, las chicas se pagan como uno paga por una bebida.

No es un discurso figurativo. Las mujeres del bar venden su cuerpo como un servicio más. La prueba es evidencial y está a la vista de todos, aquellas mujeres que rondaban la pista de baile y luego se perdían en el pasillo de habitaciones con luces rojas, la profesión más vieja del mundo se ejerce allí y rinde frutos como ninguna otra.

Nicolas toma su asiento habitual, frente a la pasarela. Una mesera se acerca hasta él, Nicolas no la reconoce pero no se sorprende, ha concurrido por demasiado tiempo para saber cómo son las cosas allí. Nada perdura.
Le pide una botella de cerveza y la chica se va. Nicolas hace un sondeo del salón mientras limpia las gotas de lluvia en sus hombros cubiertos de cuero. No hay mucha gente esta noche pero es esperable, apenas es el jueves de otra tediosa semana que no parece hallar fin.

Nicolas arroja el paquete de cigarrillos sobre la superficie redonda, la mesera se acerca y deja la cerveza en un posa vasos. La chica se inclina demás, tal vez en propósito de que Nicolas recuerde su escote cuando sea la hora de dejar la propina. Pero Otamendi no presta atención, solo le da una sonrisa que no llega a sus propios ojos y vuelve a enfocar su vista adelante.

La pasarela está vacía, por ahora. Hay una música que se reproduce suavemente para ambientar el antro. Nicolas aguarda pacientemente, tamborileando sus dedos al ritmo. Da pequeños sorbos al alcohol helado y cuando la botella de cuello largo está a mitad, las luces bajan y Nicolas siente un agobio y desahucio que lo marean. Dos sentimientos que solo podrían ser explicados si los demás supieran qué está por venir. Porque la rutina que realizó esta noche lluviosa de abril, bajo los ojos de un imperante sentimiento solitario y una obligación impuesta, está muy lejos de ser su primera o segunda vez.

Tan lejos como lo está de ser algo inocente.

La música empieza y Nicolas se acomoda en su asiento. Como siempre, lo primero que nota son piernas largas. Muslos gruesos que brillan por el sudor. Nicolás los ve flexionarse cuando suben a la plataforma frente a él. Los delinea con la mirada, cada curva de ellos, y lo impolutos que son. No hay vello, y a diferencia de las demás piernas allí afuera, éstas pertenecen a un hombre.

Son músculos fuertes y duros y no se mueven cuando empiezan a caminar hasta el tubo en el medio del suelo, tampoco cuando se enredan alrededor de este. Nicolas está hipnotizado y siquiera el ruido de aquellos zapatos tan altos distrae su atención del cuerpo que tiene frente a sus ojos. Cada parte es digna de admiración y no se priva de estudiarlo. Las prendas diminutas son una mera decoración, ni el satén más fino logra distraerlo de cada detalle en aquel chico.

Es fascinante. Desde el abdomen suave hasta los pómulos definidos. Aunque lo que más le gusta a Nicolas, es aquel pelo corto y negro. Una prenda sumatoria para la temática de la noche: disfraces. Sabe que es falso y que no es otra cosa más que una peluca, pero destaca entre los demás accesorios del disfraz de bailarina, y aunque no tiene mucho movimiento, cuando el cuerpo da una vuelta y las fibras opacas se mueven, algo dentro de su pecho lo hace al mismo tiempo. Y también en sus pantalones.

Enzo comparte oficio con las demás chicas aquí. Nicolás lo había conocido en una noche como esta, tiempo atrás. Recuerda haberlo visto hacer su rutina y sentirse hechizado, atrapado por una fuerza magnética ineludible y cuando lo busco tras bastidores, tampoco pudo evitar terminar en una de las habitaciones rojas del club, con Enzo moviéndose sobre regazo, dándole un show privado y luego montando hasta que la complacencia de empalarse en él lo dobló en dos. Un orgasmo lento y devastador.

Esta noche, Nicolas no puede apreciar del todo su cara. Las luces bajas y el maquillaje no ayudan, ni tampoco lo mucho que Enzo se va moviendo por todo el escenario.
Su cuerpo es suave y grácil, de un modo en que aún en ese ambiente tan ordinario y vulgar, como solo lo puede ser un stripclub a las tres de la mañana, emana un aura de distinción, de finura. No importa si es un chico fornido y está vistiendo la ropa más barata que pudo conseguir, porque Nicolas ve justo a través de todas esas distracciones y cuando el cuerpo del bailarín se flexiona en varias poses, danzando alrededor del escenario, Nicolas concluye que es el tipo de cuerpo al cual jamás podría ponerle un precio.

Enzo dobla su figura en dos, piernas firmes y abiertas sobre el suelo mientras va de arriba hacia abajo, meneando sus caderas. Los otros transeúntes en el recinto silban halagos y recitan vulgaridades potenciadas por el alcohol cuando el morocho pierde la parte superior del traje. Nicolas no se inmuta cuando ellos tiran dinero encima del cuerpo de Enzo.

El chico da una vuelta más, sus piernas enredadas en el metal cilíndrico mientras echa su cabeza hacia atrás. En ese segundo, Enzo capta sus ojos con los de Nicolas. Es apenas un instante, pero a Nicolas el corazón le bombea con más fuerza. Luces intermitentes toman todo el escenario, la adrenalina se le dispara en una forma en que Nicolas recuerda porque encuentra tanta satisfacción en venir cada noche.

Puede jurar que Enzo le guiña uno de sus ojos delineados.

Hay otra vuelta de caderas, el abdomen de Enzo se contornea como el de una serpiente, el caderín brilla con las lentejuelas en él y luego está en el suelo. El disfraz se deshace, ahora Enzo es solo un cuerpo exótico bailando arriba del caño. El chico hace unos trucos más y termina el baile sin ningún tipo de ropa más que una pequeña braguita rosa.

El show acaba muy pronto para su gusto, Enzo hace su salida luego de bajar del caño y perderse entre bambalinas. Nicolas se queda un rato más sentado, ahora una bailarina regala sus atributos en el escenario pero Otamendi ya no mira, pide otra cerveza y espera a que el bulto en sus pantalones se disipe un poco. Cuando pasa tiempo suficiente, paga su bebida en la barra y hace su camino hacia afuera.

La nicotina sirve como apaciguador para todos sus sentimientos, así que mientras espera por el bailarín, Nicolas dibuja espirales de humo bajo la oscuridad del cielo. Un rato después la puerta del callejón trasero se abre y de ella emerge un renovado Enzo, ahora con más que un conjunto de ropa interior sobre él. Lleva puesto una campera grande, que tapa lo que apenas cubre un vestido opaco pegado al cuerpo.

Ya no es un bailarín exótico ni un stripper. Sin maquillaje sobre él, solo se trata de Enzo. Un dulce chico que hace lo que puede para ganarse la vida.

"¿Tú lugar?" Le pregunta Nicolas apenas el chico llega a su lado. El frío de la noche hace que el vapor salga de su boca.

Enzo le retira de la mano el poco cigarrillo que le queda y los posa sobre sus labios, le da una calada profunda y escupe el humo en su cara. A Nicolas lo mueve, así que persigue la sensación y con brusquedad busca los labios del menor en un beso sucio y rápido.

No suele besarlo en público, pero está noche su audiencia es nula y Nicolas siente que tiene un pase libre para todo.
La lengua se acarician unas a otras, Nicolas escucha a Enzo lanzar una risilla cuando su barba le raspa las mejillas. Son espalda y manos contra el muro de ladrillos hasta que el oxígeno es inexistente y los obliga a separarse.

"Vamos." Le responde Enzo, risueño.

Nicolás los conduce. Su motocicleta es rápida en el viaje y hace que las luces de las calles se conviertan en breves destellos que atraviesan el visor de su casco. La noche es fría y aunque la lluvia copiosa ha cesado, un leve rocío cubre la tierra. Enzo esconde sus manos abrazando el torso de Nicolas bajo la campera de cuero, pero Nicolas tiene una necesidad por mantenerlo cerca así que para saciar esa escasez de contacto, posa su palma sobre el costado del muslo de Enzo, conduciendo con una sola mano y haciendo sacrificios para no sentir que es todo lo que estuvo anhelando desde esta mañana, cuando observo el calendario amarillo en su heladera y vio el encuentro marcado con un recordatorio.

Se detienen en un complejo de departamentos. Enzo los hace subir por las escaleras. Con la llave en mano y un suspiro de cansancio, entran. El lugar de Enzo no es la gran cosa, incluso está muy lejos de ser decente. Es solo un monoambiente con un baño a la izquierda. Un piso que aún siendo pequeño, sigue pareciendo vacío.

Nicolás lo ve tirar su bolsa al suelo y luego perderse dentro del baño. Lo toma como una señal, se sienta a los pies de la cama ante la falta de un sillón. Ninguno se molestó en encender las luces, el televisor de tubo con estática se encarga de alumbrar pobremente.

"Perdón por el desorden." Enzo le grita desde el baño. Nicolás lo nota. Hay restos de comida china en la bacha de la cocina y una que otra prenda en el suelo del área del dormitorio. "Me fui apurado hoy."

Un espejo de pie está posado frente a él, un hombre con expresión de cansancio y barba recortada le devuelve la mirada. Ojos oscuros, tatuajes y vestimenta negra. Nicolas se observa a sí mismo y no encuentra gusto en lo que ve. En realidad, Nicolas nunca está contento con su reflejo. Pero está noche en particular siente que mirarse a si mismo es una tortura. No le encuentra mucho sentido a esto de rehusarse, después de todo, no hay forma de escapar de uno, de correr lejos del cuerpo que habitamos, pero es que sabiendo lo que sabe, Nicolas odia ser él y esa sensación lo está comiendo vivo.

Enzo lo salva de su introspección al salir del baño. Se pone delante del espejo y suelta en el suelo los tacones que traía consigo. El impacto es apenas un ruido en la habitación, la persiana hace vislumbrar las luces de autos que conducen por allí y cuelan el sonido de sus motores por el marco con pintura descarada.

Nicolas se inclina hacia atrás, codos sobre el colchón mientras observa a su joven amante desvestirse frente al espejo. Desliza el cierre del vestido, la prenda cae lento desvelando una lencería blanca que resalta contra su piel bronceada. Enzo, a diferencia de él, no tiene tantos tatuajes. Tan solo unos cuantos, pequeños y casi imperceptibles para los demás. Pero Nicolas los conoce demasiado bien. Después de todo, ha pasado el último mes delineando cada uno de ellos con su lengua.

"Vení acá, sentate."

Enzo le sonríe a través del espejo cuando lo ve palmear sus piernas. Lo deja sentarse arriba suyo, el chico se vuelve chiquito cuando están así de cerca. Nicolas es macizo, tiene un torso grueso y velludo, así como brazos fornidos y piernas atléticas. Enzo también tiene lo suyo, debido a los esfuerzos que conllevan un trabajo como el de escalar y danzar sobre caños todas las noches. Son frutos pequeños, pero están allí. Nicolás los siente bajo sus manos, los muslos carnosos, las mejillas redondas y pomposas, el abdomen marcado. Nicolás los va tocando poco a poco, lugares que muchos han tenido pero se convierten en virginal cuando los dedos pertenecen a él, zonas descubiertas como erógenas gracias a su habilidad, Nicolas hace que Enzo se sienta como un inexperto.

"Me gusto el pelito negro de hoy." Nicolas pasa la mano por el pelo corto del chico, da un tirón leve haciendo saber su añoranza por la peluca barata.

"Me lo puedo poner si querés." Enzo lo sugiere inseguro pero buscando complacerlo.

"No, está bien. Me gustas más así." El comentario de Nicolas parece ser lo que Enzo necesita escuchar. El chico lo besa, entonces.

Nicolas a veces se pregunta si Enzo está cansado de que lo traten como un objeto, en todas esas noches degradantes decoradas con glitter y champagne burbujeante, cuando los hombres ponen el precio de su dignidad en el borde su ropa interior. La primera noche en que ambos se encontraron, Nicolas había dejado que Enzo hiciera todo, que degustará su cuerpo y lo usará para su propio placer. Tal vez en propósito de retornar algo de lo que le quitaban siempre. Y la noche siguiente, cuando volvió a buscarlo, Nicolas no intentó dejarle billetes arrugados en la mesa de luz ni se había marchado sin dejárselo saber, mientras lo arropaba con las sábanas.

No tenía porqué hacerlo. Pero así fue y capaz que esa es la razón por la que cada noche, Enzo elige volver a casa con él.

A Nicolas también le gustaría que esa sea su razón.

El beso continúa, Enzo empieza a moverse contra el muslo de Nicolas. Sus piernas abiertas y espalda arqueada hacen que le dé un buen ángulo para que el muslo de Nicolás roce contra el coño de Enzo en cada ida y vuelta de sus caderas. Le va sacando la campera poco a poco, Nicolas lo deja hasta que queda en su camiseta y el cuero termina como otra prenda acumulada en el suelo.

Hace meses que hacían esto. Todo este circuito donde Nicolas aparecía unos diez minutos antes de su show, solo para luego esperarlo en el callejón trasero y llevarlo a casa, donde intencionalmente terminarían en la cama. Una y otra vez.

Al comienzo Enzo se mostraba inaccesible, Nicolas lo veía pretender que nada de lo que hacían le generaba emociones. El chico intentaba parecer indiferentemente relajado, como si sus ojos no brillarán al encontrarlo esperando por él. Nicolas se lo tomó con calma, cada noche de verlo fue un avance a otra casilla, un nuevo nivel de confianza desbloqueado hasta que Enzo comenzó a abrirse emocionalmente. Otamendi lo entendía. Enzo tenía una vida difícil, trabajando en un club nocturno y siendo objeto de la lujuria y la codicia de extraños. Era un chico hermoso y fuerte, pero a la vez frágil y vulnerable.

Nicolas deja que sus manos hagan lo que quieran con él y no ofrece pelea cuando Enzo lo besa en el cuello y comienza a dejar una cadena de chupetones.

El chico aún se mueve encima de él cuando abre los ojos, con el reflejo del espejo mostrando sus movimientos. Nicolas no aparta la mirada, en un intento de reversionar su miedo a su propia figura. Enzo está prácticamente montando su muslo, sus embestidas siguen provocando un roce placentero, que Nicolas busca potenciar aún más al sujetarlo por las nalgas descubiertas y acompañar el movimiento.
Enzo se vuelve loco y con impaciencia arranca la camiseta del otro. Así, viéndose en el espejo, Nicolas denota aún más las diferencias entre ambos. Enzo luce frágil en su erraticidad lujuriosa y se mueve sobre su regazo como un animal en celo. Él, en cambio, es un depredador que espera paciente a que su víctima se distraiga para dar la primera mordida.

"Nico." Como siempre la voz de Enzo lo saca de su propia mente. Esta vez no es un llamado, su nombre sale de la boca del chico en forma de gemido.

Nicolás lo besa para complacerlo, es un beso dulce pero profundo, Enzo ya está prácticamente deshaciéndose sobre él. Se aferra a su espalda con las uñas como clavos y con cada balance de sus caderas Nicolas comienza a notar más y más una conocida humedad que choca contra su muslo.

Nicolas se para y voltea a Enzo, quedando el striper sentado en la cama con sus talones apoyados en el borde del colchón.
Baja las bragas blancas, la tela queda enganchada en uno de los tobillos de Enzo, pero ninguno le hace caso. Nicolás lo hace abrir las piernas y con entusiasmo cae sobre sus rodillas para quedar cara a cara contra el coño de Enzo.

Entierra la cara, literalmente. Nicolas encuentra placer en esta tarea, le gusta bajar y más cuando se trata de Enzo y los sonidos de placer que hace salir. La primera degustada siempre es la mejor, Nicolas lame un raya de abajo hacia arriba y el sabor de Enzo se explaya por toda su lengua, la humedad se mezcla con su saliva, Nicolas lame ávido, concentrándose en el clítoris y succionando con fuerza.

Enzo se retuerce, encontrando dificultad en quedarse quieto cuando Otamendi decide dejar de torturar su clítoris y hunde su lengua. Abre las paredes de carne, golpeando dentro y fuera y Nicolas quiere sonreír complacido cuando Enzo cae rendido sobre su espalda y comienza a jadear por aire. Dos de sus dedos empieza a acompañar el movimiento de su lengua, los dígitos tijeretean dentro del coño y Enzo termina con sus pies sobre los hombros de Nicolas, con su nombre derramándose de sus labios.

"¿Te gusta?" Nicolas se lo pregunta desde el suelo. Enzo tiene que levantar un poco la cabeza para encontrar sus ojos y asentir.

"Si, dios, si." Nicolas sigue dedeando su coño, lo mira fijamente mientras da lamidas repetidas al clítoris de Enzo e intercala con succiones. Enzo frunce el ceño y se muerde los labios, la barba de Otamendi genera un diferente tipo de fricción y este mismo se da cuenta cuando hace más movimientos sobre los labios húmedos y Enzo suelta su boca.

De repente, un sonido rompe con la atmósfera creada. Desde el suelo, la oscuridad se ve afectada por la pantalla encendida de un celular y su constante vibración que anuncia la llamada entrante. Nicolas se tensa en el mismo segundo en que escucha el timbre del aparato pero sabiendo de qué se trata pretende ignorarlo, así que continúa con lo suyo. Enzo le sigue la corriente y ninguno rompe la burbuja.

Nicolas sigue con lo suyo, ahora parado en sus pies mira a Enzo tirado en la cama. Un poco queda atontado, cada vez que la anatomía de Enzo aparece frente a sus ojos. Enzo es hermoso. Es un rayo de luz para Nicolas, más en momentos como estos, cuando la oscuridad de la habitación parecía tragarse todo. Es la presencia de Enzo lo que esclarece su ceguera.

Nicolas se acerca a Enzo y lo rodea con los brazos, apretándole contra su pecho desnudo. Se estremece al sentir el contacto de la piel de Enzo contra la suya. Una exigencia abrumadora se le instala en el cuerpo. Quiere besar a Enzo, pero no quiere hacerlo en la forma que habitualmente lo hace: descuidado y sin mucho miramiento. Hoy quiere besarle como si Enzo fuera su Dios y su cuerpo fuera un altar.

Así que comienza lentamente. Con Enzo sobre su espalda, Nicolas va trazando un camino de besos húmedos, primero por aquel cuello perfumado donde no tiene permitido dejar marcas. Luego baja un poco más y los pezones sensibles lo reciben. Toma uno en su boca y el chico bajo él se estremece. Moldea el botón de carne con sus dientes, mezclando gozo y dolor. Cuando ha tenido suficiente pasa al otro pezón y repite los movimientos mientras Enzo gimotea. En el proceso, los dedos de Nicolas se mantienen provocativos, se deslizan entre los pliegues del coño pero no penetra del todo, solo logrando que Enzo se arquee más.

Nicolas sigue con su viaje, volviendo a su lugar anterior. Las piernas de Enzo se abren para él, la carne tierna y húmeda de su entrepierna es oscura al igual que la piel de sus muslos. Otamendi deja besos allí, tiernos y pausados. Adora la carne que sus manos sujetan.

"Sos hermoso." Su voz suena quebrada. Emocional. Nicolas sabe entender lo que le está pasando y temeroso porque Enzo lo note, decide volver a revertir la situación. Palmea las caderas de Enzo y le indica que cambie de posición. "Date vuelta, dale."

Enzo actúa enseguida, tan complaciente como solo él sabe, se presenta en cuatro, manos y rodillas presionadas contra el colchón. Otamendi no pierde tiempo, se quita los zapatos, pero no sus pantalones. Solo los desabrocha y los desliza lo suficiente para que su miembro duro quede al descubierto. Vuelve a subir al colchón para presionar su pelvis contra la retaguardia del chico. Su miembro erguido se desliza entre los pliegues del chico, está hinchado y la punta del glande ya escupe líquido preseminal.

Nicolas ya está pensando en enterrarse en ese coño apretado y cálido cuando Enzo le llama la atención. Voltea su cabeza y con el desentendimiento en su cara le pregunta si no piensa atender el teléfono.

"No es importante." Nicolas trata de parecer calmado. "¿Tenés forros?"

Enzo lo mira por un segundo, como si estuviera tratando de descifrarlo pero Nicolás planta su mejor cara de piedra y el chico se termina rindiendo. Entonces se arrastra como un felino hasta que alcanza el cajón de la mesita de luz, de ella extrae un envoltorio cuadrado brillante y se lo arroja a Nicolas, que lo abre sin mucho cuidado. Desliza el condón sobre su pene, la lubricación hace al látex relucir y los propios fluidos de Enzo lo embadurnan aún más a medida que Nicolas se hunde en su coño.

El hombre observa el punto de unión entre ambos y no puede evitar putear. La piel mansa de Enzo es desemejante con la piel peluda de Nicolas, su vello púbico se pega contra las mejillas del otro a medida que el choque de pieles se produce. El coño del bailarín es suave y húmedo, de lo mejor que Nicolas ha tenido, y que este venga acompañado de Enzo es solo otro premio más.

Comienza a moverse y la carne lo absorbe. Nicolas ha tenido a Enzo antes, pero su estrechez y calidez nunca lo deja de hacer sentir mareado. En esta posición la profundidad también lo vuelve loco, Enzo pegó su pecho contra el catre, dejando su parte inferior al aire para que Nicolás pueda abusar de su coño como quiera.

Aunque Nicolas desea que Enzo lo esté mirando. Pero al estar boca abajo todo lo que puede ver es la piel de su espalda besada por el sol. El rostro de Enzo, corrompido por el cansancio y la mala vida que lleva, está escondido entre las sábanas de la cama.

Nicolas pone una mano entre los omóplatos del chico y aumenta el ritmo. Los sonidos obscenos de Enzo comienzan a dispararse y son un deleite. Enzo gime y jadea como una estrella porno, algo que en un principio podría hacer sentir a cualquiera como si estuviera fingiendo, pero es que el bailarín le había confesado a Nicolas que nunca en su vida nadie lo había cogido como él lo hacía. Así que oír esos sonidos solo son un aumento para su ego.

"Más, más fuerte. Si, dios." Enzo pierde la cordura a medida que Nicolas acata la orden.

Pero a lo lejos, otro timbreo molesta su actividad. Nicolas aprieta la mandíbula, aún no quiere enfrentar la realidad. Así que, testarudo y mezquino, toma las mejillas traseras del bailarín y embiste con más bronca. Pero ningún choque de piel con piel, ni ningún jadeo de Enzo, son lo suficientemente fuertes para acallar el sonido de la llamada entrante. Ni mucho menos las voces que queman la mente de Nicolás.

"Decí mi nombre." Otamendi deja caer un golpe seco en una de las nalgas, el escozor se esparce y vuelve la piel roja.

"Nico, Nico, Nico." Uno detrás de otro, los llamados a su nombre se desprenden y generan en él una complacencia inmensurable y un vacío abismal para su espíritu.

Puede que esta sea la última vez que escuche a Enzo nombrarlo. El hecho acumula un picor lagrimal en sus ojos.

El teléfono vuelve a sonar, son las campanadas que anuncian el final de todo. Debería hacerlo ahora, apartado de los ojos de Enzo, sería cobarde pero Nicolas no podría hacerlo de otra forma. El pitido de sus oídos aumenta, su sangre bombea con fuerza mientras sigue embistiendo dentro y fuera del coño de Enzo, el chico gime y exhala su nombre reiteradas veces. La escena es una mezcla de sudor y adrenalina y aunque parezca un desastre, solo es el preludio de uno peor.

Entonces, Nicolas alcanza el arma guardada en el tobillo de su pantalón.

El secreto que le pesó toda la noche, físico y psicológico. El secreto que lo carcome vivo desde la primera noche en que llegó a aquel bar de mala muerte con un trabajo en manos y una misión en su mente. El ultimátum rojo que marcaba una fecha inevitable en su seguimiento, finalmente cobra vida ante sus ojos.

Asesinar a Enzo Fernandez, el único testigo del homicidio de un importante funcionario del gobierno. Enzo, el próximo nombre en la lista de víctimas que Nicolas Otamendi, asesino a sueldo, lleva.

"Más, Nico, por favor." Enzo ruega desde la cama.

La mano le tiembla cuando apunta con el revólver a la nuca de Enzo. El chico no está consciente de nada, con la cabeza enterrada entre las almohadas, saca sus caderas para que estas lleguen a un encuentro con su pelvis. El miembro de Nicolas enterrado hasta el lugar más recóndito de su cavidad lo saca de órbita y lo convierte en algo deshuesado, solo piel sufriendo espasmos de placer.

Nicolas tiene el dedo sobre el gatillo. No había llenado el tambor del revólver. Había puesto una sola bala y le había dado dos giros antes de cerrarla. Dejando todo en manos del destino austero. Si apretaba el gatillo, existían las mismas posibilidades de que el arma se disparará, como también que no lo hiciera.

Enzo se vuelve a empujar, está prácticamente cogiéndose así mismo. Nicolas sólo mantiene sus caderas firmes mientras Enzo se empala así mismo, tomando con su coño toda la extensión de carne. Tiene las manos en puño, apretando las sábanas hasta que sus nudillos son pálidos.

No estaba seguro de cuando el prostituto se había convertido en una persona con resonancia en su vida. Pero la mira de su revólver está apuntada a la cabeza de Enzo y Nicolas no puede evitar pensar en todas las veces que lo escucho reír, con la boca llena de felicidad y vida. Algo que jamás le había pasado.

Había estado en el negocio del asesinato durante años, y había aprendido a despersonalizar a sus objetivos. Pero esta vez era diferente. Enzo había sido su trabajo más largo, pero es que su orden de contratación no venía solo con el pedido de asesinato. Si no que también un pedido de información.

La gente que contrató a Nicolas había pedido que averiguara que tanto había visto y escuchado Enzo esa noche: cuando, en una de las tantas fiestas indecorosas en las que vendía su cuerpo, había presenciado el asesinato de un burócrata de alto perfil. Hecho que le terminó costando su estadía en la ciudad. Desde que había sucedido, Enzo se iba moviendo de lugar a lugar, temeroso de que lo persiguieran.

Nicolás lo venía siguiendo desde entonces. No fue hasta hace tiempo atrás cuando finalmente pudo acceder a él. Porque si bien Otamendi podría haber sacado toda la información necesaria en cuestión de horas, en la primera noche que lo había conocido, con una buena soga y un cuchillo de doble filo no había nadie que no cantara información, Nicolas había decidido hacer un acercamiento diferente está vez.

Su error más grave.

Nicolas observa el cuerpo desnudo y vulnerable de Enzo, quien se mueve en la cama. Enzo es tan precioso, y Nicolas no puede evitar sentir algo por él. Algo que nunca había sentido por nadie más. Sabía que si hacía lo que se suponía que debía hacer, su vida cambiaría para siempre.

Tal vez Enzo sea su karma. Alguien como Nicolas, que había vivido todos estos años como si no tuviera nada que perder, llevándose todo por delante, ahora tenía algo por lo cual temer. Su talón de Aquiles era extra corporal, había llegado en forma de ángel caído. El problema era que había caído en los brazos de un demonio que destruye todo lo que toca.

Porque si el error más grave de Nicolas fue no haber asesinado a Enzo esa noche, el haberse involucrado con él no tenía nombre. Se había consolado así mismo diciendo que sus impulsos le habían ganado, pero la realidad es que no hay nada más sincero que un impulso. Haberse quedado con Enzo es probablemente lo más honesto que ha hecho en su vida y es por eso que estar haciendo todo esto, mentirle y jugar en dos bandos al mismo tiempo, lo está matando.

Y sería más conveniente si todo esto no fuera algo más que atracción física. Un descargo de dopamina entre cuerpos sudorosos, pero Nicolas también rompió sus propios principios al ver a Enzo en otro ámbito más que el sexual. Todas las veces en que hicieron cosas domésticas están grabadas a fuego sobre su mente. Nicolas no quiere dejarlo ir aún. La idea de no tener la oportunidad de volver a ver una película con el chico, ambos tirados en el colchón con las piernas enredadas para combatir el frío de esa tarde otoñal. Cuando Enzo había quedado dormido sobre su hombro y a Nicolas se le ocurrió que algo como esto, en cantidades diarias, por el resto de su vida, tal vez no era algo malo. Tal vez era algo que quería.

Si Nicolas había cruzado la línea, era porque
Enzo había cruzado su corazón. Y sabía que era mezquino exigirle lo eterno a un simple mortal como lo es Enzo, pero Nicolas nunca se destacó por ser considerado. Su papá solía decirle que su orgullo iba a lograr que lo mataran, pero el amor iba a ser su verdadero asesino.

En algún lugar del suelo, el teléfono sigue sonando una y otra vez. El estruendo del sonido electrónico se mezcla con los gemidos de Enzo y el chapoteo que el choque de pieles produce. Es todo tan abrumador que Nicolas siente que ya no respira, el orgasmo escala su vientre y los empujes van y vienen.

El arma en su mano pesa, la mira está fijada y sería tan sencillo hacerlo allí mismo. Sería un segundo, un disparo a quemarropa y Enzo jamás se enteraría ni sentiría dolor. Probablemente la sangre salpicaría a Nicolas, obligándolo a tomar una ducha antes de huir de la escena del crimen. Ya había hecho esto decenas de veces, pero jamás se había involucrado con ninguna de sus víctimas como lo había hecho con Enzo. El pensamiento de usar su baño mientras el cuerpo inerte se enfría sobre su lecho de muerte le revuelve el estómago.

Él no puede, él simplemente no puede hacer esto.

Entonces, Enzo lanza un alarido. Su voz se quiebra a mitad de un gemido agudo, su coño se contrae alrededor de la verga de Nicolas y se viene sobre ella. Soltando una letanía de gemidos y exclamaciones que decantan el nombre del dueño de su orgasmo.

Nicolás lo sigue por detrás. Lanza la pistola a un costado y cae escondida entre el colchón y la pared, su orgasmo lo golpea y Nicolas llora como si fuera su primer día de vida. Entierra su rostro entre los omóplatos de Enzo y se quiebra en mil pedazos, el chico no sospecha nada, probablemente creyendo que las lágrimas salen potenciadas por el acto abrumador que cometen. Nicolas queda quieto, descargando su corrida dentro del coño de Enzo pero restringido por el forro de látex.

El teléfono chilla, aún perdido en el suelo. Nicolas se retira tembloroso y Enzo cae desplomado sobre las sábanas. Le murmura algo sobre limpiarse y sin darle tiempo a responder se levanta de la cama. No pierde tiempo, arroja el condón usado en la bolsa de basura y en la distracción del chico tirado en la cama toma el teléfono, para encaminarse al baño.

Al cerrarse la puerta, Nicolas se deja caer contra el suelo. Hay una tormenta en su pecho y el agua rabiosa lo está ahogando. Las lágrimas todavía le decoran las mejillas cuando atiende la llamada entrante.

"¿Por qué mierda no contestas?" El enojo es palpable en la voz de Cristian.

"No puedo, no puedo hacerlo." Otamendi se arrastra hasta el borde de la bañera, el mundo le da vueltas y a todo lo que atina a aferrarse es a la cortina de baño transparente.

"¿Vos sabes lo que va a pasar si no lo haces?" Cristian le pregunta con impaciencia y desespero. "Te van a matar a vos, y a él también. Los dos van a aparecer muertos en una zanja. Si el trabajo no lo haces vos, van a conseguir a otro que sí lo haga."

"No voy a dejar que le pongan un dedo encima." Nicolas es mitad racional, mitad delirante. Sabe muy bien que podría pasar y por eso mismo reacciona como reacciona. Nadie se mete en un dilema así de grande y sale ileso. Pero así como a Otamendi le gusta romper huesos también le gusta romper las probabilidades. Es una amenaza estúpida, pero el amor es la mayor de las fuerzas.

"¿En qué te metiste hermano?" Cristian le pregunta pero más que una pregunta es un reproche.

Nicolas se levanta tembloroso y sorbe su nariz, el espejo cuadrado y pequeño del baño lo mira devuelta. Probablemente Cuti ya ha caído en cuenta de los sentimientos que Nicolas tiene por Enzo. Por algo ambos se consideraban uno a otro como mejor amigo, conocerse hace años le regala la sabiduría.

"No vio nada. Te lo juro." Una risa amarga corta su habla.

"No mientas más Nicolás. Esa noche me vio, yo mismo lo vi." Es un intento desesperado al que Cuti responde con indiferencia.

Las palabras lastiman a Nicolas. Esa era la otra cara del problema. El asesinato que Enzo había presenciado había sido en manos de Cristian. Colega y casi hermano de Otamendi. Los dos habían trabajado en conjunto varias veces, pero esa noche en particular Cristian se estaba moviendo por su cuenta. Nicolas también había sido ofrecido para la ejecución pero le había parecido algo demasiado peligroso como para involucrarse. Si bien aquel político ya era carne de cañón, seguía siendo un ciudadano renombrado y a Nicolas nunca le gustó tener víctimas de alto perfil en su lista.

Ahora, la gente para la que ambos delincuentes trabajan, temían porque Enzo hablara y la policía conectará los puntos de toda esta red criminal. Si Otamendi no cumplía su cometido, no sólo Enzo se hallaba en grave peligro. Cristian también lo hacía.

"No va a hablar. Te lo prometo, Cristian. Déjalo vivir."

El silencio del otro lado de la línea es ensordecedor. El silencio en el propio baño es aturdente. Cristian está impactado por escuchar a su amigo demostrar interés por algo más que él mismo.

"Esto me excede a mi." Hay unos ruidos detrás de la puerta, pasos arrastrándose. Nicolas presiona el celular contra su oreja aún más. "No me importa que me haya visto matar a Ayala, pero hay más gente detrás de esto, Nicolas. Tarde o temprano alguien va a ir por Enzo."

Escuchar el nombre de su amante en aquel tono lúgubre lo envía al borde. Nicolás corta el teléfono al mismo segundo. La cabeza le va a mil por hora, y los efectos de su ansiedad le recuerdan a los mal viaje que se daba cuando tenía que adormecer las consecuencias de su trabajo con polvo blanco alineado sobre mesas de marfil.

Intenta tranquilizarse y pensar en claro, por su bien y por el de Enzo. Cristian tiene razón, alguien se encargaría de ellos. Necesita sacar al joven de allí si lo que quiere es mantenerlo con vida. Nicolas reporta a quienes lo contratan, y no había sido hace más de dos días cuando Nicolas volvió a confirmar la dirección de la casa del bailarín. Era cuestión de tiempo antes de que alguien pateara la puerta abajo.

Tienen que irse lejos.

Nicolas recuerda un par de personas las cuales le deben un favor, algunos con suficiente dinero como para poseer cabañas en su patrimonio. Podría convencer al chico de viajar al sur, perderse entre los bosques del país. Sería otra mentira más, pero haría lo que sea necesario para mantenerlo a salvo.

Sale del baño con la disposición de persuadir al chico. Pero no encuentra a Enzo tirado en la cama, o fumando contra la ventana abierta. Lo que recibe es el cañón de un arma apuntando a su cabeza. Enzo se para frente a él y con manos temblorosas lo mantiene, a punta de pistola, quieto en su lugar.

Nicolas está mudo y el chico tiene los ojos cristalizados.

"¿Enzo?" Le pregunta confundido.

Nicolas intenta dar un paso, pero Enzo vuelve a puntear con el cañón, insistiendo que se quede justo donde está. Nicolas tiembla, pero no por estar siendo apuntado, no es la primera vez. Lo único primerizo es el sentimiento de importancia que tiene por quién está detrás del arma.

"Escuche todo." Lo acusa, las lágrimas empezando a caer también.

El corazón de Nicolas se desploma.

Luego, el sonido de un gatillo siendo apretado rompe con la quietud de una habitación en penumbras.

Notes:

Kudos y comentarios son bienvenidos. (Perdón si no los contesto, me da vergüenza, soy un caniche)

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