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Enzo estaba cansado. Muy cansado. Físicamente, mentalmente, emocionalmente. Enzo estaba un poquito hecho mierda.
Después de ganar el mundial, consagrarse como el mejor jugador joven del mismo y ser recibido como un rey en Argentina junto a sus compañeros todo había ido en picada. Podría decirse que habían sido los peores meses de su vida.
Lo que era raro viniendo del jugador más caro de la historia de la Premier. Estaba cumpliendo un sueño, jugando en la liga en la que siempre había querido jugar. A qué costo, esa era la pregunta.
Su papá no le dejaba de hinchar las bolas con el tema. Enzo se limitaba a recordarle que en River se pagaban los sueldos gracias a él. Podía tomar sus decisiones él solito, para bien y para mal.
Aunque parecía que todo iba mal.
De ese todo, lo que más le pesaba era la ausencia de Julián.
Enzo todavía no entendía muy bien que había pasado. Un momento estaban más que bien, literalmente viviendo el sueño de una vida en Qatar, y al otro todo lo que había pasado entre ellos había sido un error y no podían seguir juntos.
Decir que Juli le había roto el corazón era quedarse muy corto. Se lo había arrancado del pecho, lo había pasado por una picadora de carne y después se lo había tirado a las águilas que cuidaban el pasto del Monumental.
—Gavilanes —corregía la voz del Julián que aún vivía en su cerebro, ese Julián que tenía grabado como un tatuaje.
La parte más ridícula de todo es que para sobrellevar el dolor Enzo se había vuelto fan de Taylor Swift. A su lado más teatrero le parecía hasta divertido estar triste con la cantante que la novia de Julián usaba para practicar el inglés. Es decir, lloraban la misma pija.
Con la guía espiritual de su amiga Valentina —que se le reía por ser cada vez más un estereotipo gay— se había armado su propia playlist para estar triste. Le había puesto “trolo triste :(” y había quedado bastante piola, con la cuota justa de cachengue para su corazón turro. Igual la mayoría de los días se la pasaban escuchando “august” de Taylor y “Tu amor” de la Joaqui en loop, una tras otra por horas.
Honestamente, si no fuera por João ya se hubiera tirado del balcón.
La bienvenida tan cálida que le había dado había sido el bálsamo que Enzo necesitaba después de tantos golpes. Habían entrado en confianza rapidísimo y Enzo se sentía realmente cómodo, cosa que no le pasaba seguido. Tenía que cuidarse mucho para no delatarse y eso a veces creaba distancia con sus compañeros.
João era un dulce y lo ayudaba dentro y fuera de la cancha. En los entrenamientos se entendían muy bien y en la vida en general el portugués se encargaba de que Enzo no se marchite como las plantas de su hermano.
No solo lo ayudaba con los trámites y todas las boludeces necesarias para navegar la vida en Londres —aún cuando João había llegado a Inglaterra solo un tiempito antes— sino que se preocupaba de que Enzo comiera y durmiera y si se riera de vez en cuando. Todavía no entendía muy bien por qué el portugues le prestaba tanta atención, pero no se iba a quejar de tener un amigo, menos uno que hablaba español.
João era un tipazo y si Enzo no estuviera enamorado del mismo pelotudo hace años seguro le gustaría. Mucho. João era lindo, atento y alto. A decir verdad, había mil millones de candidatos mejores para que no lo quieran. Enzo justo tuvo que elegir al que además de no quererlo lo usó y lo tiró como un trapo viejo.
Honestamente, Enzo era medio tarado, pero por lo menos estaba acompañado.
Tras otra bochornosa derrota, João lo había invitado a pasar la tarde después del entrenamiento paseando por la ciudad. En ese momento estaba chusmeando un puestito de la feria mientras João compraba algo para comer.
Londres era una ciudad muy linda, mucho más linda que Lisboa, y lo había recibido excelente. Esperaba que los ingleses fueran fríos y un poco ortivas, pero eran bastante piolas. Además, en el club lo cuidaban mucho y él estaba muy agradecido por eso.
—Ten —dijo João, sacándolo de sus pensamientos.
Enzo se dió vuelta sonriendo y extendió sus manos para agarrar lo que fuera que João le había comprado. Él no era asqueroso con la comida, pero tampoco podía decir que tenía un paladar muy conocedor. Era el típico argentino que si le preguntabas cual era su comida favorita decía milanesas con puré.
—Gracias —dijo, mientras intentaba descifrar cómo se comía esa cosa. João le había traído dos triángulos de masa fritos, rellenos de algo—. Estas son empanadas —sentenció, luego de su minucioso análisis.
—Casi. Se llaman samosas. Son de la India —contestó João sonriéndole con calidez. Tenía una muy linda sonrisa.
Enzo se le quedó mirando con ojos grandes y atentos mientras el otro empezaba a comer sus samosas, a modo de demostración. Una vez que comprobó que se comían exactamente igual que las empanadas empezó con las suyas.
—Che, está re rico esto —exclamó con la boca llena.
João rió.
—¿Por qué te daría algo que no esté rico? —preguntó, mirándolo con esos ojos dulces.
Enzo se encogió de hombros y se apuró a tragar antes de contestar. Le daba vergüenza ser tan desastre a veces, especialmente con João, que apenas se conocían.
—Y no digo que me vas a dar algo feo, solo que capaz a mí no me gusta. Tampoco es que probé muchas cosas de afuera —dijo, casi sin poder verle la cara.
El otro solo rió de nuevo y le pasó su brazo libre por los hombros para llevarlo a recorrer el resto de la feria. No iba a negar que la atención de João le daba un poco de mariposas en el estómago.
No era un enamoramiento, ni mucho menos, eso lo tenía claro. Pero se sentía bien y Enzo necesitaba sentirse bien.
-
Julián tenía un problema con las redes sociales. Él era muy consciente de eso.
Todo había empezado por su problema de ansiedad, que lo llevaba a obsesionarse con lo que la gente pensaba de él. Necesitaba saber qué decían de él, en qué era bueno, en qué no, qué tenía que cambiar. Había empeorado cuando se dió cuenta de que también le gustaban los chicos y de repente tenía todo un nuevo mundo de muecas, miradas e interacciones que monitorear.
Eventualmente, había juntado mucha fuerza de voluntad y tomado la decisión de distanciarse de las redes, porque le hacían mal. Pero con el mundial había vuelto un poco. Los (más bien las) hinchas habían hecho muchos vídeos de Leo y la Selección con canciones populares, en particular de Taylor Swift. El conocía a esa cantante por su novia, Emilia, y le gustaba bastante. Era divertida de escuchar y servía para practicar inglés. Además de que los vídeos estaban buenísimos. Incluso hacían muchos de él y se sentía muy halagado.
Con su vuelta a las redes habían vuelto sus quejas al respecto, más que nada con Enzo. Enzo lo escuchaba siempre, incluso cuando hablaba boludeces siempre tenía una sonrisa y un oído para prestarle.
Recordaba de forma particular una tarde que estaban tomando mate en su pieza en Qatar, después de entrenar. Él estaba en Twitter, riéndose con las boludeces que decían de ellos.
Con cada tuit o comentario particularmente gracioso, Enzo largaba una carcajada que le recorría todo el cuerpo, haciendo que el mate casi se le vaya de las manos.
Julián sonreía triunfante con cada risa de Enzo. Amaba verlo reír, más si él era el dueño de esas risas.
Todavía podía sentir la calidez que le había invadido el pecho al verlo a Enzo tan divertido. Lo extrañaba, más de lo que podía manejar. Y eso justamente es lo que lo había llevado a ese momento. A ese video.
Julián había tenido la intención de terminar su noche muy tranquilo chusmeando Twitter, como ya era de nuevo costumbre, cuando le apareció un video de esos con canciones de Taylor. Solo que este no era como los otros. Este trataba como de un triángulo amoroso entre él, Enzo y el larguirucho ese con el que Enzo jugaba ahora. João Felix.
Ver el vídeo era un torbellino de emociones. Le hervía la sangre de bronca y celos viendo como el portugués hijo de puta lo tocaba a su Enzo, la confianza que parecían tener en tan poco tiempo, las sonrisas que se daban. Pero luego el alivio viendo las imágenes de Enzo con él era momentáneo: todos esos recuerdos hermosos; en River; en Qatar; la que se había mandado Julián en la caravana; ahora estaban manchados de dolor. Y Julián sabía que era todo su culpa.
Él tenía muy en claro porque había terminado las cosas con Enzo. Para empezar, él tenía una novia a quien quería mucho. Segundo, Francia. Tercero, eran jugadores profesionales de fútbol y en ese ambiente te perdonaban ser un violador antes que ser puto. Y Julián tenía miedo, por su carrera y la de Enzo.
Y también tenía miedo de lo mucho que amaba a Enzo, en la privacidad de su mente se permitía no fingir. Lo que sentía por ese pibe era algo que no podía poner en palabras, lo consumía totalmente de adentro hacía afuera.
Lo que tenían lo habían empezado ya hace mucho, cuando todavía estaban en River y la vida parecía más simple. Había sucedido sin que se dieran cuenta, casi contra su voluntad consciente; había algo que los conectaba, que hacía que volvieran al otro una y otra vez. Enzo se había entregado a ese sentimiento, dispuesto, mientras Julián había tratado de resistirse. No le había durado mucho, Enzo era tan parte de él como sus manos o sus piernas y no resistía estar sin él.
Pero tampoco podía renunciar a la seguridad que le daba estar con Emilia. La tranquilidad que le daba saber que aún le gustaba las minas, que podía estar con una chica y estar contento. La protección frente al público de tener una relación con una mujer.
El propio Enzo había hecho algo parecido, mostrándose con su amiga Valentina y dejando que la gente especule al respecto. Aunque él nunca había oficializado nada y probablemente nunca lo haría.
Así habían nacido y así habían crecido, en la clandestinidad y en la intimidad particular que esta les daba.
Enzo nunca se había quejado de Emilia. Julián sabía que le molestaba, y le parecía lógico, pero también tenía la certeza de que Enzo entendía su postura.
Pero jugar con fuego era peligroso y después del mundial, de tanta magia, Julián sentía que era momento de tomar una decisión. Había optado por el camino seguro, el camino que los protegía a los dos. Aún cuando era el más doloroso. Cada lágrima de Enzo todavía se sentía como una puñalada en el estómago, su voz aguda por el llanto y su pedido desesperado de una explicación le daban náuseas.
Julián se había hecho fuerte en ese momento, a la larga era lo mejor para los dos y tenía que sostener la decisión.
Pero ahora, viendo ese video de mierda, se preguntaba para qué carajo había hecho eso. Porque tenía ganas de arrancarse la piel cada vez que veía a Enzo sonreirle a alguien más. Nunca había tenido celos tan intensos en todo el tiempo que estuvieron juntos, porque Julián tenía la seguridad de que podía agarrarlo y marcarlo y recordarle que era suyo, cada vez que quisiera, siempre que lo necesitara. Enzo estaba más cerca que nunca pero Julián ya no tenía el derecho de ir a buscarlo.
Impulsivamente, salió de Twitter y entró a Instagram para mandar un mensaje.
Algo tenía que hacer.
-
La salida con João había sido genial y Enzo estaba muy contento de haber dicho que sí.
Habían recorrido toda la feria, charlando y conociéndose. João era realmente encantador, casi se había sentido como una cita, pero Enzo no dejó que ese pensamiento prosperara. Aunque tenía que admitir que habían vivido una secuencia muy romántica cuando João lo sentó en un parque para ver el atardecer. Había sido un día sorpresivamente despejado en Londres por lo que los naranjas, rojos y rosas se veían muy claramente en el cielo. Enzo se había quedado casi sin aliento. Hace mucho tiempo no tenía una verdadera pausa y se aseguró de agradecerle particularmente a João por ese momento de paz.
Ya de noche habían vuelto a sus casas. El club les había alquilado temporalmente unos departamentos en un edificio cerca del predio, hasta que pudieran hacerse el tiempo de buscar un lugar propio. O por lo menos, esa era la intención de Enzo. João solo estaba de préstamo y en junio debía volver a Madrid, por lo que estaba seguro de que el portugués no se mudaría del edificio. Enzo probablemente tampoco lo haría hasta que João no se fuera.
Se despidió de su nuevo amigo en el ascensor, deseándole unas buenas noches.
Todavía tenía una sonrisa pintada en la cara. Pasar tiempo con João le hacía tan bien, se sentía mucho más liviano. Realmente había sido una tarde perfecta.
En cuanto pensó eso debió saber que algo estaba por salir mal.
Cuando finalmente abrió su puerta y entró a su casa después de un largo día afuera, se dió con que no solo estaban prendidas las luces, sino que había alguien sentado en su mesa, esperándolo.
—¿Qué haces acá? —preguntó, con la puerta todavía abierta y el corazón a mil.
—El larguirucho amigo tuyo me dejó pasar. Le dije que quería hacerte una sorpresa —contestó Julián con pose altanera, casi recostado en la silla con las piernas bien abiertas.
Enzo estaba en shock. No entendía qué hacía Julián ahí, por qué había vuelto después de haberlo dejado de forma tan abrupta. Le indignaba que el muy forro tuviera el tupé de actuar tan canchero después de hacerlo mierda y más bronca le daba lo mucho que Julián aún lo calentaba. Pero sobre todo, ¿de quién carajo estaba hablando?
Hasta que le cayó la ficha: João.
Ahora entendía porque el portugués había insistido tanto con que Enzo pase la tarde con él el día siguiente a un partido demoledor. El pobre cristiano necesitaba mantener a Enzo fuera de su departamento para meter al hijo de puta de su ex.
Con esa revelación la sorpresa terminó de salir de su cuerpo y cerró la puerta de un golpe. Avanzó hasta quedar lo suficientemente cerca de Julián como para ver bien sus expresiones.
—Estás hablando de João —dijo, sin rodeos.
Vió como Julián apretó la mandíbula ante la mención del portugués. Tenía un puño cerrado sobre la mesa y con la otra mano apretaba fuerte su muslo. En sus ojos se reflejaba una furia apenas contenida.
Pocas veces había visto a Julián tan enojado y nunca con él. En general, Julián era muy tranquilo, aunque tampoco rehuía de decir lo que le molestaba, simplemente procesaba todo de una forma mucho más interna.
Ver a Julián con esa ira a flor de piel debería haberle dado miedo. En cambio, lo emocionó saberse fuente de sentimientos tan fuertes en él.
—Estás celoso —afirmó Enzo, antes de que Julián pudiera contestar.
Como era de esperarse, Julián no contestó a su provocación, pero sus ojos parecieron oscurecerse.
Enzo tragó, analizando cada aspecto del otro. Sabía que estaba jugando con fuego y que como estaban dadas las cartas tenía todas las de perder. Pero la esperanza es lo último que se pierde, y Julián no se había venido desde Manchester solo para mirarlo feo.
—¿Para qué viniste, Julián? —preguntó. Era la primera vez en meses que decía su nombre en voz alta. Ni siquiera hablando del tema con Valentina había podido decirlo, le dolía demasiado.
La pregunta más neutral pareció tener un efecto en el susodicho, porque Enzo pudo ver cómo este relajaba la mandíbula y la mano agarrando su rodilla.
—Ví un par de cosas que no me gustaron —contestó finalmente, sin dar ningún tipo de claridad al asunto.
—¿Qué cosas?
Se sentía como en un interrogatorio berreta de la Ley y el Orden y no sabía cuánto más iba a poder aguantar. Enzo nunca había sido paciente y en ese momento no tenía ni un minuto más para los jueguitos de Julián
Y parecía que él tampoco, porque fue directo a los bifes.
—¿Te lo estás cogiendo?
Enzo, que estaba preparado para pelearle todo, casi se desmoronó con esa pregunta. Jamás se hubiera esperado un cuestionamiento del estilo. Le parecía un golpe bajísimo de parte de Julián, porque él sabía que Enzo estaba completa y estúpidamente enamorado de él, que no había nadie más para Enzo desde que era un pibe. Enzo se había encargado de que no hubiera lugar para la duda, mientras que Julián la había sembrado, sutileza va, sutileza viene.
Todo el fuego que había en Enzo se apagó de repente, dejando atrás solo amargura.
Cruzó el ambiente hasta llegar al sillón, apoyándose en su respaldo. Necesitaba alejarse de Julián.
No era algo raro que Julián lo deje sin palabras. Enzo era jodón y le gustaba cargar a la gente, pero Julián siempre tenía un as bajo la manga. Ese ida y vuelta era uno de los pilares de su relación. La diferencia era que ahora Julián no lo había callado a fuerza de superioridad mental, sino a fuerza de crueldad.
Se tomó un momento para calmarse, intentar procesar todo lo que estaba pasando.
—Suficiente con perder cada partido que juego, imaginate si sale que soy puto —dijo finalmente, roto. No era la respuesta más triunfal, pero era la verdad.
Ya sentía los ojos arder y ese nudo en la garganta. Enzo era un llorón desde chiquito, se había ganado más de una cargada con eso y múltiples comentarios sobre su sexualidad. Odiaba ese aspecto de sí mismo, odiaba sentirse tan vulnerable, tan fuera de control.
Aun así, juntó valor para levantar la mirada, desafiando a Julián a contestarle. Lo que vió le dió ganas de arrancarse los ojos.
Julián tenía eso de tincho hijo de puta que ya había visto cuando tuvo que irse de préstamo a Defensa, cuando erró el penal, y que ahora volvía a aparecer en sus ojos.
Lastima.
Un giro de 180 grados de la mirada de héroe enardecido que tenía antes, pero no por eso más deseada.
Julián lo estaba matando y ni se daba cuenta.
Desvió la vista rápidamente y se incorporó, rodeando el sillón.
—Andate —ordenó con la voz tomada por el llanto, sintiéndose más un nene caprichoso que la perra empoderada que quería ser.
Con un ruido de frustración se tiró bocabajo en el sillón.
Julián, como era un reverendo hijo de puta, no se fue, sino que Enzo escuchó como se acercaba.
No quería abrir los ojos, estaba harto de verlo, pero podía sentirlo ahí, acuclillado en frente suyo.
—Te cortaste el pelo. ¿Por qué? Si te quedaba lindo el platinado —llegó a sus oídos. No había cosa más Julián que decir eso: preguntar por un cambio en su apariencia para resaltar que prestaba atención, finalizando con un halago para ablandarlo. Huyendo completamente del meollo de la cuestión.
Pero Enzo estaba cansado, tan cansado. Y lo amaba a Julián así tal como era.
Abrió los ojos cautelosamente. Ahí estaba Juli, hermoso como siempre, mirándolo con una sonrisa dulce.
Enzo estaba completamente arruinado.
—El color era mucho laburo, me daba paja mantenerlo.
La sonrisa de Julián se ensanchó, sus ojos se iluminaron.
—¿Te lo vas a dejar largo de vuelta?
—No sé —dijo Enzo, con voz chiquita.
Podía ver que Julián estaba nervioso. Eso hizo que Enzo se relajara un poco.
—¿Para qué viniste, Juli? —volvió a preguntar. Necesitaba saber.
—Para arreglar las cosas. Porque soy un pelotudo.
Esas eran las palabras que más quería escuchar y al mismo tiempo las que menos se esperaba.
—¿En serio?
—Si —contestó Julián, estirando un brazo para hacerle mimos en la cabeza. A Enzo se le llenó la panza de mariposas—. Tenemos muchas cosas que hablar, pero ahora se me hace que estás cansado.
Julián resaltando la necesidad de hablar. Esa noche caía granizo.
—No estoy tan cansado —dijo Enzo, ansioso porque Julián conteste sus preguntas. Este rió sin aliento.
—Dale. ¿Me haces un lugar?
Enzo asintió, corriendose en el sillón hasta quedar contra el respaldo.
Julián le secó un poco las lágrimas antes de incorporarse. Se sacó las zapatillas y el sweater y se acostó a su lado. Acomodó a Enzo de forma que quede sobre su pecho, rodeándolo con sus brazos.
Nunca iba a dejar de sorprenderle lo fuerte que se había vuelto Julián. Hace un año le costaba ganarle en un forcejeo y ahora podía cargarlo sin esfuerzo.
Enzo decidió apagar el cerebro un ratito, escondiendo la cara en el cuello de Juli y aferrándose a él, disfrutando su calor. Se suponía que iban a hablar, pero no quería ser el que abra el juego. Julián había empezado esto y le correspondía terminarlo.
Se mantuvieron en silencio un rato largo, ya se estaba durmiendo cuando Juli habló:
—Soy un pelotudo. Ya sé que ya lo dije. Perdón por ser tan pelotudo. Posta.
A Enzo se le escapó una risa de la sorpresa. Juli lo abrazó más fuerte en respuesta.
—En serio. Yo te amo, Enzi.
Enzo sintió que se le paraba el corazón.
—¿Y por qué me dejaste? —preguntó. Se mordió los labios de los nervios. No estaba acostumbrado a vivir tanta tensión con Julián.
—Te amo tanto que me lastima y me pongo estúpido. Mi mamá me hizo darme cuenta que es porque me da miedo hacer lo que quiero, que pienso van a pasar cosas malas si hago lo que realmente tengo ganas de hacer.
—¿Le contaste a tu mamá de nosotros?
—Sí —Enzo casi podía escuchar la sonrisa de Julián—. Cuando me subí al tren me dí cuenta de que no sabía que iba a hacer una vez que llegara. Entré medio en crisis y le mandé un testamento a mi mamá por WhatsApp. No le sorprendió una mierda. Me dijo que se dió cuenta el año pasado cuando te llevé a Calchín. Está todo bien con ella, me dijo que no le importa que haga mientras sea feliz.
Por un lado, Enzo estaba muy aliviado de que la mamá de Juli estuviera de acuerdo con...lo que sea que fueran él y Juli. Por el otro, la mamá de Juli no solo sabía de ellos sino que se había dado cuenta sola y quién sabe quién más se había dado cuenta.
Paralelo a eso, sentía un dejo de envidia. Enzo nunca había sentido qué podía decirle a sus papás que era gay y probablemente ese momento nunca llegara.
—Perdón que le haya dicho, pero realmente necesitaba hablar con ella para acomodarme las ideas —dijo Julián ante el silencio de Enzo.
—No estoy enojado. Me gusta que sepa y que esté todo bien. Solo no me lo esperaba. Tampoco me esperaba que Julián Álvarez, superestrella de fútbol, le tenga miedo al éxito —bromeó, intentando reencauzar la conversación.
Juliá rió fuerte. Enzo sintió las vibraciones en el pecho de Julián contra el suyo. Había extrañado tanto tenerlo así de cerca.
—Y no sé, vos sabes que soy medio culposo y que me cuesta mucho cuando no me siento en control de la situación.
—Me dijiste que no te sentías así conmigo —le reprochó Enzo. Siempre le había enorgullecido saberse un lugar seguro para Julián, donde podía ser él mismo sin que lo juzguen, así como Juli era un refugio para él.
—Con vos no. Cuando estamos los dos solos, no. Pero el nivel de exposición que tuvimos, tenemos, después de Qatar me hizo tomar conciencia de todos los ojos que tenemos encima y de lo mucho que nos puede perjudicar. No podría soportar que pierdas tu carrera por mí, Enzo.
—Julián, yo ya era puto —le recordó Enzo inmediatamente.
—Ya sé.
—No voy a dejar de ser puto.
—¡Ya sé! —exclamó Julián, encogiéndose de hombros y sacudiendo un poco a Enzo en el proceso—. Pero bueno, soy medio boludo, qué sé yo.
Enzo se mordió el labio para no reírse de lo ridículo de la situación.
—Qué malo sos conmigo —dijo Julián, que claramente se había dado cuenta de la carcajada que Enzo estaba conteniendo.
No pudo más que soltarla. Pronto Juli se le unió y estuvieron un buen rato riendo juntos, todavía abrazados.
Una vez que se calmaron, Enzo se incorporó para poder ver a Julián. Este lo miraba como antes, con ternura y una pequeña sonrisa en los labios.
Enzo le dedicó una propia, de oreja a oreja.
—Te amo —dijo, con los ojos llorosos otra vez. Él y Julián todavía estaban lejos de una reconciliación completa, pero Enzo ya no podía contenerse.
—Yo también te amo, precioso.
Con eso Julián lo tomó de la nuca y lo acercó para besarlo por primera vez en meses. El torbellino interior que Enzo sentía desde diciembre se calmó al instante. En los brazos de Julián todo lo malo parecía desaparecer.
Después de un rato dándose mimos y disfrutando de estar de vuelta juntos se levantaron para hacer algo de comer.
Enzo por lo general comía en el club, por lo que tenía la heladera casi vacía. Se decidieron por fideos con una salsa lista de un frasco raro que la gente del club le había dejado a Enzo como paquete de bienvenida.
—Te miman más que yo acá —comentó Julián mientras abría y cerraba cajones y estantes en la cocina de Enzo. Había todo tipo de utensilios. La gran mayoría de ellos sin usar.
Enzo siempre había sido medio malcriado, siendo el más chiquito, por lo que no era muy dado en la cocina. Juli se daba más maña, habiéndose mudado lejos de casa tan jovén. De ahí que el acuerdo entre ellos era que Julián cocinaba y Enzo lavaba los platos. Aunque más de una vez le había hecho ojitos a Juli para que los lavará por él.
—Nadie me mima como vos. Ni mi mamá.
—Marta te tiene cortito, como corresponde. Yo soy el boludo que no sabe decirte que no —contestó Julián, mientras ponía agua a hervir.
Enzo se mordió el labio.
—¿Me comprarías un Ferrari? —preguntó, intentando seguirle el juego.
—¿De qué color lo querés?
—¿Y si te pido un yate?
Julián se volteó a verlo y le hizo montoncito como respuesta.
—Ganas el triple que yo —exclamó.
—Seguro con lo del mundial te alcanza.
—El auto te lo compro y le grabó “Enzurri Sexo” en el capó. El yate no tenés ni donde ponerlo.
Se le escapó una risa pero no la carcajada que el comentario hubiera provocado en otro momento. Había extrañado muchísimo esa cercanía con Julián, sin embargo no podía disfrutarla del todo hasta aclarar un último asunto.
—¿Juli?
—¿Qué pasa, lindo?
El tono de Julián era más serio. Siempre cazaba al toque el más mínimo cambio en los humores de Enzo. A veces, eso hacía que Enzo se sienta más cómodo y más seguro para hablar. Otras, se sentía desnudo.
Respiró hondo antes de contestar.
—¿Qué somos ahora? Onda, volvemos como antes o...no sé.
Julián no contestó inmediatamente, sino que se tomó un momento para poner los fideos en el agua y revolver la salsa que estaba calentando. Una vez satisfecho con el estado de la cocina se sentó en la mesa con Enzo, tomando la mano que este tenía sobre la mesa entre las suyas.
—Yo quiero ser tu novio —dijo, acariciando la mano de Enzo con un pulgar. Julián mantenía la mirada fija en él, intenso, obligándolo a devolvérsela—. Si bien cortar era algo que a veces me rondaba, por esto de la presión y el miedo, y nada, todo lo que implica que estemos juntos. No es algo que yo quiera de verdad, fue una reacción del momento, porque sentía que todo se me estaba yendo de las manos y no quería que salgamos lastimados. Pero lo único que hice fue lastimarte más y no sabes cuánto lo lamento, Enzi.
—Yo también quiero estar con vos.
La expresión de Juli se relajó, dejando que esa sonrisita suya aparezca. Enzo sabía que no era necesario que aclarara nada, aún así, le nacía devolver cada uno de los gestos de Julián.
—La distancia igual me ayudó a mí a darme cuenta de cómo son las cosas —siguió Julián—. Qué es lo que realmente quiero para mi vida. Y eso es compartirla con vos, Enzo. Lo único que quiero es tenerte a mi lado. Y voy a hacer todo lo posible para que eso sea así.
Enzo se mordió el labio. Estaba escuchando todo lo que siempre había soñado que Julián le diga, pero ahora el que tenía miedo era él. La había pasado realmente mal desde la ruptura y no estaba preparado para vivirlo otra vez.
—¿Qué es lo que te tiene preocupado?
—Tengo miedo de que pase lo mismo de vuelta —confesó, desviando la vista a su falda, donde su mano libre jugaba con la manga de su buzo—. Entiendo que va a ser distinto, porque hace cinco meses jamás me habrías dicho todo esto, pero no sé —terminó, encogiendo los hombros.
—Enzi, ¿me mirás, por favor?
Enzo levantó la mirada apenas, conectando con la de Julián.
—Me parece razonable que tengas miedo. Yo me disculpo otra vez por el daño que te hice y te prometo que voy a hacer todo lo posible para repararlo y mejorar. Yo quiero que esto funcione.
Enzo volvió los ojos abajo. No tenía razones para no creerle a Julián, nunca le había mentido. Capaz simplemente tenía que hacer las cosas con miedo.
—Te creo —anunció finalmente.
—Gracias, precioso —contestó el otro, dándole un beso en la mano atrapada entre las suyas, como el protagonista de una película romántica, haciendo que Enzo ría y lo mire. Julián era tan lindo, con su remera negra al cuerpo y su pelo ligeramente despeinado. Sonriéndole solo a él.
—Tengo hambre —le reclamó a Juli, que bufó mientras se levantaba para ver la comida.
—Qué malcriado que sos.
—Vos me querés así —replicó, estirando sus mangas hasta que cubrieran sus manos. Hacía mucho frío en Inglaterra y constantemente tenía las manos heladas. Todavía se resistía a usar guantes porque se sentían raros, casi como aprisionar los dedos. La solución entonces había sido andar con las mangas estiradas.
—Y la verdad que sí, sino no te malcriaría tanto yo. Tené —dijo Juli, dejándole su comida.
—Esto está bastante bien —comentó después de unos bocados. No le tenía fe a la salsa de frasco, pero no estaba nada mal.
Julián sólo le sonrió sin decir nada. Esa sonrisa que tenía sólo para él, como si Enzo fuera su gatito al que le festejaba todas las monerías. A Enzo le gustaba sentirse festejado.
Era muy intenso todo lo que estaba pasando. Había sido un día agotador de por sí, sumando todo lo que había pasado con Juli en menos de dos horas la cabeza de Enzo estaba hecha un desastre. No caía. Julián le había dicho un montón de cosas que le daban muchísima esperanza para el futuro de su relación, se había abierto finalmente, abandonando sus tendencias de acuariano tóxico. Pero aún así era demasiado para procesar y nada de lo que Juli había prometido iba a ser de verdad hasta que no lo intentarán de nuevo.
—¿Qué te pasa, leoncito? —preguntó Juli, cuando casi estaban terminando de comer.
Enzo dió un respingo al escuchar ese apodo. Julián no le decía así desde River, desde la última noche que pasaron juntos antes de ir a Europa. Lo miró asombrado sin contestarle.
—¿Te comieron la lengua los ratones? —insistió Julián.
—Hace mucho no me decías así.
No le iba a preguntar porque había dejado de usar ese apodo, ya sabía la respuesta. Era demasiado íntimo y al dejar River, abandonar el nido por así decirlo, Julián seguro había sentido la necesidad de poner distancia entre ellos, más de la que los 2.500km entre Lisboa y Manchester podían ofrecer. Enzo nunca se lo había reprochado, en general no le reprochaba cosas a Julián. Entendía que sus cartas estaban echadas de una forma particular, frágil.
Lo que no entendía, era porque ese apodo —que tanto amaba— había vuelto a aparecer.
—Sí, hace mucho —reconoció Julián—. Pero con ese corte estás más leoncito que nunca. Un gatito feroz.
Enzo soltó una risa, sonrojándose. Juli lo hacía sentir como una de las minitas que se desvivían por él.
—También pasa que te veo más contento acá.
Enzo se encogió de hombros.
—Me tratan bien.
—Y, una princesa como vos se merece trato de realeza —tiró Julián, con esa sonrisa de lado toda canchera. La cara de amianto tenía ese pibe.
Enzo se mordió el labio para suprimir una sonrisa. Le alegró saber que la intimidad y todo lo que Julián le provocaba seguía ahí, pero no sabía muy bien qué hacer con eso. Qué se podía, qué no, cómo. No solo por Juli, sino por él mismo.
Todo con Juli siempre había fluido. Ahora, arrancaba y frenaba como moto vieja.
—¿Me das un abrazo?
Necesitaba el contacto físico para paliar un poco de la ansiedad que se estaba acumulando en su estómago.
Julián se levantó sin decir nada, apretandolo contra él segundos después. Enzo se aferró a él con fuerza, hundiendo la cara en su pecho, inhalando profundo para que lo inunde su perfume. Julián usaba un perfume muy de macho que a Enzo le encantaba.
Después de un rato abrazados, la tensión se había ido de Enzo.
—Perdón por ser tan cargoso —dijo contra el pecho de Julián.
Este río y le dejo un beso en la frente.
—Vos sos un koala bebé por naturaleza, no sabes más que eso. Ves a uno y ya te le colgas.
—Dá, decime trola de una, loco —se quejó, separándose de Julián para poder verlo.
—Vos sos una trolita, pero no por eso —contestó Juli, acariciándole la mejilla con una sonrisa.
Enzo sintió esas palabras justo en la pija. La forma en que Julián era tan tan dulce hasta para decirle chanchadas lo calentaba en sobre manera.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué lo soy? —intentó sonar desafiante, pero le salió todo casi sin aire. Parecía una gata en celo. Julián tenía un don para desarmarlo en segundos. No ayudaba que con él sentado y Julián parado este le sacaba como dos cabezas.
—Y, para empezar, por chupar pija en el predio de River.
Enzo estaba carmesí.
—Bueh, tampoco fue para tanto. Todo el mundo cogé ahí.
Julián rió.
—Si, boludo, en el vestuario, no en la cancha.
—Y bueno, lo tenía a Cachete ahí, mirá si después ya no me dejaba —protestó Enzo con un puchero en los labios, plenamente consciente de que solo le estaba dando la razón a Julián.
Este se le río aún más, haciendo crecer el puchero de Enzo. Julián aprovechó ese momento para besarlo. Enzo sentía que iba a salir flotando en cualquier momento de la felicidad que tenía.
Eventualmente tuvieron que separarse para tomar aire y Enzo, que ya estaba más allá que acá, soltó un quejido en protesta. Julián lo calló con otro beso corto.
—Mi putita —susurró contra los labios de Enzo, arrancándole un sonido casi animal. Menos mal que estaba sentado, sino se desmayaba.
—No podés dejarme meses sin coger y después hacerme esto, hijo de puta —gimoteó, agarrando puñados de la remera de Julián para anclarse.
—Perdonáme, lindo —dijo este, para después dejarle un beso en la nariz.
Enzo se mordió el labio.
—Me vas a matar.
—Si te morís me muero con vos.
Enzo bufó.
—Dale, no seas boludo.
—Ya te dije que solo quiero estar con vos. Vivo o muerto. O reencarnado. ¿Te imaginas que reencarnamos en dos pajaritos?
Tenían las caras cerquita aún, sus narices rozándose. Los ojos de Juli eran tan lindos, parecía que tenían estrellas, como los dibujitos.
—Reencarnemos en los gavilanes del Monumental —dijo Enzo y Julián sonrió.
—Finalmente lo dijiste bien, solo te tomó 87 años —bromeó para luego darle un beso en la frente a Enzo por el puchero que le hizo—. Voy a lavar los platos, ¿sí? Vos a la cama, que tuviste un día movido.
—No me trates como si tuviera cinco —protestó Enzo, con toda la autoridad de un nene de cinco.
—Te cocino y te lavo los platos y te quejas. Dale, anda a ducharte, no seas malcriado —ordenó Julián sin más. Y al final del día Enzo no era quien para desobedecerlo.
-
Julián lo había echado de la cocina a Enzo para tener unos minutos a solas y calmarse. Habían pasado un montón de cosas, y el primer paso lo había dado él, lo que era una novedad.
La intención desde que bajó del tren había sido reconciliarse con Enzo, hablar francamente de sus miedos y todo lo que se le jugaba a nivel emocional, crear un nuevo acuerdo. Al imaginarse la escena la sentía ajena, por lo que la intensidad con la que lo había vivido al final lo había tomado por sorpresa. Enzo era pura emoción caliente y Julián no podía más que dejarse llevar. Ya lo había resistido demasiado tiempo y había perdido.
Esperaba sentir la misma incomodidad que percibía en Enzo, pero era todo lo contrario. Por primera vez, estaba completamente a gusto. Será que así se sentía hacer lo que uno tenía ganas.
Volver a estar bien con Enzo iba a requerir esfuerzo de los dos. Estaba preparado para las conversaciones difíciles, eran más que necesarias para restablecer la confianza. No contaba con que se iba a sentir tan liviano. Casi que se habían invertido los roles: ahora el que tenía dudas era Enzo y Julián era el que estaba preparado para saltar al vacío.
Tenía sentido. Le había partido el corazón en mil pedazos a Enzo, era normal que desconfíe. Mientras que Julián recién estaba bajando de 24hs de delirio místico en las que por un arranque de celos, a raíz de un video con una canción de Taylor Swift, había reorganizado todo su panorama emocional. Su proyecto de vida entero. Era un ridículo.
Le preocupaba lo poco preocupado que estaba al respecto. Supuso que la ansiedad lo atacaría una vez que se separe nuevamente de Enzo y vuelva a Manchester.
Y eso le recordó un tema a resolver urgente: Emilia.
No la quería dejar, pero simplemente no la quería. Al menos, no como lo amaba a Enzo.
Cortar con ella iba a ser complicado. No solo por la parte emocional, ya que si le tenía cariño a Emilia. Sino también por la parte logística: la había hecho mudarse a Inglaterra y ahora le pedía que se vuelva a Argentina. Ya podía ver los zócalos de LAM. Con algo de suerte no iba a ser tan grave como lo de Alexis. Lo más gracioso es que era casi la misma situación, solo que en vez de una mejor amiga había un mejor amigo.
Igual, estaba la otra posibilidad, infinitamente peor, de que la cancelada fuera Emilia. Después del video ese no era muy querida en redes, la gente decía que era tóxica. Que lo era, pero Julián una vuelta lo había marcado a Enzo hasta hacerlo sangrar minutos antes de salir a la cancha porque un ex compañero de Defensa se le había acercado de más, así que él no juzgaba.
Soltó un gruñido de frustración y se dejó caer en una silla. Todo esto por no decirle que no a Emilia. Si le decía que no quería oficializar, por la fuerza misma de las cosas iba a terminar cortando todo con ella y entregándose en cuerpo y alma a Enzo como Darcy a Elizabeth y problema resuelto. Pero no, se le ocurrió ser un traumado.
El Enzo de su cabeza lo corrigió inmediatamente hablando de la homofobia y que obvio que iba a tener traumas y bla bla. Coger en la oficina de Gallardo hubiera sido más sensato que ponerse de novio con Emilia. Si ya llevaba como medio año con Enzo.
Pero ese hijo de puta le había contado que muchos famosos tenían tapaderas y a su yo del pasado le había parecido la solución perfecta. Oficializaba el ida-y-vueltas que tenían con Emilia y la estabilidad de esa relación iba a asegurar la estabilidad de la suya con Enzo.
No había contado con que el inestable iba a ser él.
Suspiró, jugando con una tira de aspirinas que había en la mesa. Nada de eso importaba ahora. Ya estaba con Enzo, se iba a quedar con Enzo, y lo de Emilia lo iba a dejar para después. Satisfecho con su impecable resolución de problemas, se levantó y se fue al cuarto.
Al entrar, se le paró el corazón y un poco la pija. Se encontró con Enzo bocabajo, dormitando. Lo notable era su vestimenta: un slip negro, un clasico que le enmarcaba perfecto el culo, y su buzo de entrenamiento. El de Julián, del Manchester City, de Julián.
Si no lograba que Enzo se ponga su casaca antes de fin de mes se inmolaba en las orillas del Támesis.
Avanzó lentamente hacía la cama, procurando no hacer mucho ruido. No quería despertar a Enzo por si se había dormido posta. Este había desparramado sus cosas por toda la cama, así que en un movimiento agarró su neceser y se fue a pegar una ducha y lavarse los dientes.
Bajo el agua caliente reflexionó un poco más. Sobre la excelente presión de agua, sobre lo lindo que era el departamento de Enzo, sobre lo feliz que estaba de que finalmente lo trataran como la estrella que era. A Enzo le había costado que reconozcan lo talentoso que era y a Julián se le inflaba el pecho de orgullo por todo lo que había logrado. Le dolía un poco que tuvieran que vivirlo separados. No era razonable esperar que compartieran club toda la vida, Julián sabía eso, pero le chupaba un huevo y quería vivir en un mundo en el que Enzo le hiciera asistencias todos los fines de semana y se llenaran de títulos. Le parecía una verga ese mundo donde él comía banco y los muertos del Chelsea no podían hacer un gol para Enzo.
Cuando volvió al cuarto, cubierto solo por una toalla, Enzo estaba despierto esperándolo. Despierto era una forma de decir. Estaba semi-sentado, recostado sobre la montaña de almohadas en la que le gustaba dormir, mirándolo con los ojitos entrecerrado.
Julián sonrió.
—No era necesario que me esperes. Te estás muriendo de sueño.
No podía evitar ser una mamá gallina con Enzo.
—Ya sé —contestó Enzo, la voz ronca y profunda por el sueño—, pero me quiero dormir abrazándote.
A Julián se le anudó el pecho de la ternura y se estiró para dejarle un beso en la frente al menor.
—Déjame que me cambio y estoy con vos —dijo, dejando la toalla estirada sobre una silla.
Manoteó un boxer viejo que le gustaba para dormir porque ya estaba todo estirado y se lo puso. Podía sentir la mirada de Enzo sobre su cuerpo desnudo. No se sentía ni enojada ni sexual, sino amorosa. Quizás si un poco sexual.
Cuando estuvo más cubierto, guardó sus cosas en su bolso para despejar la cama. Una vez resuelto el Huracán Enzo, se metió debajo de las frazadas con el susodicho. Enzo inmediatamente lo abrazó con brazos y piernas, como pulpo. Julián río encantado y lo acomodó sobre su pecho. Esa era su posición favorita para dormir.
—No puedo creer que te dieron tus 17 almohadas —comentó Julián, acariciando la espalda de Enzo.
—Las compré con João.
—Me reemplazaste re rápido, eh —bromeó, tirándole de una oreja al menor.
—Nada que ver —se quejó Enzo—. Yo estaba sólo y despechado y João es un buen amigo, nomás —hizo una pausa y enterró la cara en la curva del cuello de Julián—. Además, no podría estar con nadie más.
Julián pasó a hacerle mimos en la nuca y la cabeza, no sabía cómo responder.
—Así dicen todos, después los escrachan en Twitter —dijo finalmente.
Enzo río y no contestó más, se estaba durmiendo.
Lo tranquilizaba que pudieran hacer chistes sobre João. Se había portado como un pelotudo con la escenita que había hecho y todavía no se había disculpado del todo bien. Había actuado por enojo, encima por algo por lo que no tenía derecho a estar enojado. No estaban juntos en ese momento, Enzo podía cogerse a medio club si le daba la gana.
Igual, lo volvía loco de placer confirmar que no había nadie más, que Enzo era todo suyo.
Suspiró aliviado, relajándose por fin después de un día tumultuoso. Abrazó fuerte a Enzo y dejó que el sueño lo agarrara a él también.
A la mañana siguiente Julián se despertó primero. Tenía el sueño mucho más liviano en general y evidentemente la ansiedad actuaba de forma inconsciente, porque había dormido entrecortado por pesadillas sobre la gente descubriendo lo de él y Enzo y todo lo malo que podría traerles eso.
Sin embargo, todo eso le chupaba un huevo y se sentía muy orgulloso de poder decir eso. Enzo estaba durmiendo aún sobre su pecho, con una mano aferrada a su bicep. En esas condiciones a Julián no le entraban balas. Con o sin pesadillas.
Estiró el brazo y con algo de esfuerzo agarró su celular para ver la hora. Era relativamente temprano pero en cualquier momento sonaba la alarma de Enzo, así que renunció definitivamente a volver a dormir. Revisó sus mensajes y por suerte no había nada importante, solo un mensaje de su mamá preguntando cómo había ido todo. Le dijo gracias y prometió llamarla después.
Pronto sintió a Enzo despertar, este se removía encima de Julián y soltaba soniditos de queja, como un gatito.
Enzo tenía mucha facilidad para dormir y mucha dificultad para despertar, era una lucha sacarlo de la cama todas las mañanas. En River siempre compartían pieza porque Julián era el único capaz de hacer que Enzo se levante sin rodeos.
Julián no tenía ganas de despertar a Enzo en ese momento y decidió esperarlo chusmeando, como no, las redes. En su defensa, se había decidido por Instagram, que era infinitamente menos interesante y en la que tenía que hacer cosas de trabajo.
Entre que veía historias e ignoraba los millones de mensajes privados, Enzo se sentó de repente. A Julián se le cayó el teléfono en la cara del susto.
—Enzi, ¿estás bien? —le preguntó a un Enzo claramente sobresaltado. Estaba a horcajadas de uno de los muslos de Julián, jadeando como si hubiera corrido una maratón, los ojos brillantes.
—Estás acá. Estás acá posta —fue la respuesta de Enzo, claramente asombrado.
Julián se sentía una basura. Rápidamente, se incorporó él también y abrazó a Enzo, para volverlo a su posición anterior acostados en la cama.
—Estoy acá y lo de anoche pasó en serio —dijo Julián, como primera medida, entre que le dejaba besos en la frente a Enzo.
—Te amo, estoy muy feliz de que estés acá.
—Yo también te amo, precioso. Quiero estar acá con vos siempre. Perdón si te asuste —se disculpó, haciendole mimos en la espalda.
Enzo negó con la cabeza rápidamente. La principal ventaja del nuevo corte de Enzo es que ya no se tragaba sus pelos cada que vez que cuchareaban.
—Queda un rato para que te suene el despertador —anunció Julián.
—No quiero.
Julián bufó, Enzo era tan difícil a veces. Decidió jugar un poco él también, deslizando una mano por la espalda de Enzo hasta su culo, el cual apretó con gusto. Su intención no era coger, pero había extrañado mucho a ese culo y estaba muy contento de tenerlo de vuelta.
—Sos un atrevido —le reprochó Enzo, para luego besarle el cuello.
—Y vos medio hipócrita —le retrucó Julián, tirando la cabeza atrás para darle más espacio a Enzo—. Además, tenes el mejor culo del mundo, ¿qué querés que haga?
—Quiero que me hagas el amor —le susurró Enzo en el oído, arrancándole una risa.
—Cuando quieras, lindo —contestó, poniéndose de costado para ver mejor a Enzo, quien le robó un beso.
—Sos más tierno vos —dijo este al separarse, dedicándole una sonrisa.
—Yo no ser tierno, yo ser macho —protestó Julián, mordiéndole la nariz a Enzo en venganza y haciéndolo reír.
Era casi un chiste interno, que la gente pensaba que Julián no era masculino. Cuando era chico le molestaba mucho como lo percibía el resto, en el vestuario era muy común que se burlaran de su altura o su timidez, incluso que lo retaran a probar su hombría. Por suerte nunca había aceptado ninguno de los retos más osados, pero siempre había tenido una necesidad subyacente de demostrar que era un hombre de verdad.
Lo que encontraba más frustrante era que no entendía por qué. No era particularmente distinto al resto y las veces que había preguntado la respuesta había sido “que era muy sensible” y que “hablaba mucho con su mamá”. A Julián le había parecido una reverenda pelotudez, ¿era menos hombre por querer a su familia? ¿Por extrañarlos estando lejos?
Con el correr de los años había entendido que nada de eso tenía que ver con él y que mucho de lo que llamaban “ser macho” era ser un pelotudo. Había dejado de darle bola a los comentarios, pero algo ahí había.
Enzo lo había ayudado mucho a sentirse cómodo consigo mismo, a ser hombre en sus propios términos. Un poco había sido la propia forma de ser de Enzo, tan libre, tan frontal. Enzo no podía ser otra cosa más que sí mismo. Otro poco había sido empezar a salir, a coger.
A Julián le había roto la Matrix que Enzo, a primera vista tan masculino, fuera tan cariñoso y vulnerable; que le chupara la pija sin dudarlo en el baño de un boliche; que le rogara que lo coja y gimiera y llorara y se estremeciera de placer cuando Julián lo tratara de puta y princesa. Su primera vez con Enzo había sido totalmente fundacional para Julián.
Y ahí estaban, miles de años luz después, Julián haciendo el chiste y Enzo, si lo conocía bien, preparando la cargada.
—Te crees muy macho vos, chichón de piso.
—¿Y que tiene que ver eso, eh? —preguntó Julián, tomando a Enzo de la cintura y pegándolo contra su cuerpo.
—Y nada, solo que te paras al lado de cualquiera pareces el hijo —Enzo tenía la voz ronca y los ojitos entrecerrados por el sueño. Se había relajado después del susto y ahora se estaba durmiendo de vuelta.
—Si me querés hacer enojar esforzate más, así solo me dan ganas de hacerte la chocolatada —se burló Julián mientras le dejaba besos por toda la cara, haciendo que Enzo se acurruque aún más en su castillo de almohadas.
—Y bueno, loco, calentate y empótrame, no era tan difícil —se quejó contra la almohada Enzo.
Julián lo miró enternecido por la escena. El amaba a todos los Enzos, pero Enzo medio dormido estaba en el top 3 de Enzos.
—No te vayas a dormir, eh, que en media hora tenes que ir a arriar burros.
Enzo soltó un quejido mientras se enterraba en las colchas.
—Dale, loco, basta. Hasta mi mamá me carga —dijo, su voz amortiguada por la tela.
—Dios, Marta es lo más.
—¡Siempre te pones de su lado! —exclamó Enzo, despegando la cara de la almohada para fulminarlo con la mirada. Cualquier efecto que hubiera tenido se esfumó por el adorable puchero que tenía en los labios.
Julián sonrió de oreja a oreja.
—Yo siempre estoy de tu lado, vos sos un mimado y un orgulloso que piensa que siempre tiene razón.
Enzo se quedó boquiabierto por sus palabras. No era la primera vez que se lo decía y Enzo era la persona más consciente de sus propios defectos que conocía, pero siempre se sorprendía igual. Julián no estaba tan seguro cuanto era genuino y cuanto fingido, pero le encantaba.
—¡Julián! —reclamó Enzo, con ese tono de nene malcriado.
Julián río casi sin aire.
—No tenés una idea de cuanto te amo. Anda al baño que yo ahora pongo la pava.
Vió a Enzo abrir la boca para protestar y habló antes de que él pudiera decir algo:
—Dale, leoncito, que vas a llegar tarde y sin vos no hay equipo.
—No soy tan importante, ni me conocen.
—Vos siempre sos el sostén, no importa donde estés —afirmó Julián, arrancándole las frazadas al mismo tiempo.
Enzo lo puteó de arriba a abajo pero se levantó y se fue al baño. Julián se fue a la cocina, satisfecho.
-
Después de lavarse los dientes Enzo se quedó un momento mirando su reflejo. Estaba igual que ayer: pelo rapado, nariz recta, ojos marrones. Pero Julián había vuelto y eso era suficiente para cambiarlo por fuera y por dentro.
Cuando se despertó pensó que lo había soñado todo, que había sido un delirio místico causado por la tristeza. Le había pasado antes, los primeros días de enero, solo en Lisboa. Había soñado que Julián lo llamaba, que se encontraban en un bar oscuro y se reconciliaban. Que Julián todavía lo quería. Esa vuelta había ido al entrenamiento con los ojos rojos de tanto llorar.
Pero esta vez era verdad. Julián había vuelto, le había dicho que lo amaba y que quería estar con él. Aún así, había sido tanta la angustia y el dolor de esos meses que no terminaba de sentirse feliz. Estaba aliviado, la ansiedad había disminuido mucho con las explicaciones de Julián, pero no lograba trasladar la felicidad que sentía estando con Julián a los momentos donde estaba solo. Y ese solo era absolutamente relativo, porque ninguno había salido del departamento desde que Enzo había vuelto la noche anterior, habían pasado las últimas 12 horas a diez pasos del otro.
Julián era como un espejismo para Enzo. Sentía que en cualquier momento iba a desaparecer, dejándolo solo en el desierto otra vez.
Pero Juli también había dicho que iba a calentar el agua para el mate y casi que lo podía ver haciendo tostadas y cortando las dos tristes manzanas que tenía en la heladera, porque a Enzo no le gustaba comer la fruta entera. Era su Juli. Su Juli.
Decidido, salió del baño y encaró para la cocina, donde Julián estaba haciendo justo lo que él había imaginado.
Enzo se mordió el labio para reprimir una risa. Julián se había puesto el sweater de la noche anterior y estaba luchando con la tostadora. Él siempre había preferido una buena tostadora de chapa y era de la opinión de que las tostadoras eléctricas juntaban mucha mugre. Enzo, por su parte, era un vago.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó, sorprendiendo a Julián, quien se dio vuelta de golpe y le sonrío.
—Nah, todo controlado. Vos sentate, hermoso, ahí te dejé las cosas para el mate.
Enzo le devolvió la sonrisa y se puso a armar el mate mientras Juli preparaba la mesa. Un mate dulce, porque Julián era medio trolo.
Entre que preparaba la yerba y comía pedazos de fruta del plato que le había dejado su...novio, el susodicho rompió el silencio mañanero para preguntar algo que objetivamente era una pelotudez pero que a Enzo lo ponía en una situación medio incomoda.
—Enzi, ¿desde cuándo escuchas Taylor?
—¿Cómo sabes que escucho Taylor?
—Recién quise poner música y me salían puras canciones de ella. Pensé que no escuchabas música en inglés —explicó Julián mientras ponía la mermelada en la mesa.
—Y bueno, iba a venir acá viste —intentó salir al paso Enzo, mientras el corazón le latía a mil. Se concentró en cebar lo mejor que podía en esas circunstancias, ignorando la mirada escéptica de Julián.
—¿Pero por qué Taylor? —insistió Julián, sentándose al lado de Enzo a esperar las tostadas.
Enzo tenía que o decir la verdad o inventarse la mejor historia de origen swiftie del mundo. Y por la forma en que Juli lo estaba mirando tenía dos segundos para decidir. Como siempre había sido un asco mintiendo, se decidió por la verdad.
—Porque me dejaste y ella tiene muchas canciones de despechada —confesó y se chupó un mate inmediatamente después, para más drama, pero sobre todo para no hablar por un rato. Enzo cebaba mates largos.
Los ojos de Julián tenían pinta de que se iban a salir de sus cuencas y rodar por toda la cocina de Enzo.
Se lo merecía, pensó Enzo, mientras se quemaba toda la boca porque Julián siempre calentaba el agua de más.
—¿Vos me estás hablando en serio? —preguntó Julián finalmente.
Sin pensarlo, Enzo se sacó la bombilla de la boca y dijo:
—Y sí, boludo. Tenía el corazón roto y todas las minitas escuchan Taylor cuando les rompen el corazón.
Volvió la boca a la bombilla en cuanto se dió cuenta de lo que había dicho, se sintió totalmente expuesto. Le costaba bastante hablar de las cosas que le dolían y pensaba que hablarlo justo en ese momento solo iba a servir para espantar a Julián.
—Yo. Perdón, Enzo. En serio..
—No, Juli, no quiero eso —lo interrumpió—, vos ya te disculpaste un montón de veces y está bien, posta. Y no quiero hablar de lo mal que la pasé porque ya está y no quiero que te sientas mal por eso porque, ¡ya está!
Julián lo abrazó, casi en un calco de la escena de la noche anterior, pero esta vez Enzo se permitió llorar en su pecho; no sabía en que momento habían aparecido las lágrimas. Julián por su parte le acariciaba la nuca y la cabeza, mientras le decía cosas lindas para calmarlo.
El ruido de las tostadas saltando cortó el momento y Juli lo miró, como pidiendo permiso para ir a buscarlas. Enzo se mordió el labio y asintió.
—Yo entiendo que no quieras hablar porque por ahí duele demasiado y ahora querés concentrarte en otras cosas —dijo Julián mientras ponía las tostadas en un plato—, pero es importante que hables sobre lo que te pasa en algún momento. Yo no me voy a morir porque me digas como estuviste este tiempo, quiero saber, así podemos reconstruirnos mejor, ¿si? —terminó, fijando la vista en Enzo.
Enzo asintió y se mordió el labio.
—No me gusta Taylor solo porque me dejaste —sintió la necesidad de aclarar.
Julián le dió un beso en la frente mientras ponía las tostadas en la mesa.
—Es divertida, ¿no?
Enzo sonrió, aliviado de que la conversación se desviara a otros temas.
—Si, tengo que escuchar las canciones con los videos traducidos en YouTube porque no entiendo mucho de lo que dice, pero la música está buena —respondió, mientras le alcanzaba un mate a Juli.
Este dió un sorbo e hizo un ruido de satisfacción.
—No sabes lo que extrañaba tus mates, nadie los hace como vos.
Enzo sonrío amplio, el pechito inflado. Le encantaba que halagaran sus habilidades de cebador, sobre todo ahora que no tenía con quien tomar mate. De a poco estaba adoctrinando a João pero venía complicado. Complacido, agarró la mermelada para prepararse una tostada, pero la tapa estaba durísima.
Soltó un quejido y estiró el brazo con el frasco hacia Julián para que se lo abra. Este solo lo miró divertido y siguió tomando su mate.
—Dale, abrime la mermelada vos que sos fuerte —reclamó.
—Ah, así que ahora sí soy macho —le echó en cara Julián, resentido como todos los petisos.
Enzo hizo un puchero dejando la mermelada en frente de Juli.
—Porfa.
Julián le devolvió el mate sin decir nada. Ni abrir la mermelada.
—Juli —insistió.
No obtuvo respuesta alguna, solo la mirada risueña de Julián.
—Vos sabes que sos mi macho, Julián, no te hagas el difícil y abrime la mermelada que tengo hambre —rogó finalmente, completamente extenuado por las circunstancias.
Julián se le río en la cara pero por lo menos le abrió el frasco. Enzo lo recibió con su mejor cara de perrito mojado.
—¿Por qué sos tan malo conmigo?
Inmediatamente, se le formó una sonrisa sobradora a Julián.
—Y, como tu macho tengo ciertas atribuciones, viste...
Enzo lo fulminó con la mirada.
—Que hijo de puta —refunfuñó, finalmente untando una tostada con la bendita mermelada de durazno.
Julián le dejó un beso en la mejilla como disculpa pero él lo ignoró, concentrado en su tostada. Como era de esperarse, terminó con los dedos llenos de dulce y justo cuando se los llevó a la boca para limpiárselos, Julián dijo:
—No tenés derecho.
Enzo frenó en seco y se volteó a verlo con los dedos todavía en la boca.
Esa frase era un código secreto entre ellos, la forma que tenía Julián de decirle que estaba lindo sin que la gente sospeche. Había aparecido en su primera semana juntos, una tarde libre que habían aprovechado para ir a tomar tereré al río. “No tenés derecho a ser tan hermoso” era la frase completa que le había dicho Julián al caer la tarde. Era la primera vez que halagaba su apariencia fuera del sexo y Enzo se había quedado sin aliento, en ese momento y ahora.
Julián no se lo decía muy seguido, en general buscaba formas más sutiles de expresar afecto en público, formas que no invitarán a los otros a hacer preguntas. Pero había momentos en que estaba tan lleno de emoción que necesitaba canalizarla de una manera tangible y explícita.
La última vez que Julián había usado esa frase había sido después de la caravana de campeones, cuando un Enzo borracho había llevado a un Julián totalmente ido del pedo a descansar un rato en su pieza en el predio de Ezeiza. Todavía lo podía ver desparramado en la cama, abrazado a la copa inflable, mirándolo fijo mientras Enzo le sacaba las zapatillas para que estuviera cómodo.
—No tenés derecho —había dicho, arrastrando las palabras por la borrachera—. No tenés derecho.
Esa escena lo había atormentado en los momentos más oscuros de sus meses solo. Porque esa frase era la forma de Julián de decirle que lo amaba tanto que no podía contenerlo en el cuerpo, que las barreras a todo que ponía Julián no tenían lugar en ese momento, en el que estaba consumido por Enzo.
En esa habitación oscura y mal ventilada las palabras de Julián se habían sentido más intensas que cualquier “te amo”. Enzo había abandonado el predio convencido de que estaban mejor que nunca, para que días después también en Ezeiza, pero esta vez en el aeropuerto, Julián le rompiera el corazón.
Pero ahora volvía a estar bajo la luz dorada de los ojos de Julián, sabiendo que nunca había salido de ahí realmente.
Juli le agarró la muñeca y gentilmente le sacó los dedos de la boca, robándole un beso inmediatamente después.
—Come que tenés que entrenar —le indicó Julián, acariciando la mejilla.
Enzo asintió un poco aturdido, llevándose la tostada a la boca. La mermelada esa era muy rica, se tenía que acordar de darle las gracias a João.
Cuando estaba por la mitad de la tostada, el mate le apareció en frente. Evidentemente, Julián le había usurpado el rol de cebador. Lo hacía de vez en cuando, cuando Enzo se distraía y dejaba de cebar. Ya lo tenía bien entrenado a Juli, así que no le jodía. Lo tomó sin problema, sonriendo para sus adentros al ver que Julián le estaba preparando una segunda tostada.
—¿Te acordas de la vez que Rodri casi nos agarra? —preguntó mientras le devolvía el mate, disfrutando de la cotidianeidad de la escena.
Julián soltó una carcajada tan fuerte que casi tiró la tostada. Por suerte, pudo salvarla y entregársela a Enzo.
—¿Cuando tuve que mentir que me sentía afiebrado y activarle a todos los flashbacks del COVID? Enzopé al arco —bromeó, arrancándole una risotada a Enzo(Fé).
—Y, estabas muy rojo, había que buscar una explicación plausible —justificó Enzo, encogiendo los hombros con una sonrisa—. Igual, no nos creyó una mierda.
—Tan boludo no es— dijo Julián, cebando un mate—. Quizás le deberíamos haber dicho la verdad, capaz hasta nos daba consejos sobre como andar de trampa.
Enzo se mordió el labio, reprimiendo una risa.
—A Maca le tendríamos que haber pedido, de él ni sospechas.
—Que hijo de puta ese Mac Allister —masculló Julián negando con la cabeza—. Ya sabemos de donde es tan bueno en el truco.
—Encima más pinta de buena tiene la ex...
—Bueh, mirá quién habla —lo frenó Juli.
—Bah, loco tampoco tanto —se quejó Enzo—, yo por lo menos nunca dije quererla a Emilia, ni me le hice la amiga. Exijo un atenuante por trola enamorada.
—Ajá. No te veo muy arrepentido a vos.
—Y no, pero no es lo mismo —insistió Enzo, desviando la mirada a su tostada moribunda—. Ale le podría haber cortado y se iba con la otra, no tenía ninguna traba. Igual, es un boludo, pero tampoco es que tienen hijos, es una poronga pero pasa todos los días —terminó, mandándose el último pedazo de tostada a la boca para no hablar más boludeces.
—Tenían una perra —dijo Julián, fingiendo seriedad.
—Y bueno, que se curta la picha —exclamó con la boca llena—. Además, ¿vos desde cuándo sabes tanto de Alexis?
—Y desde que le pido consejo…
—Andá.
—Raro vos defendiendo machitos —lo pinchó Juli.
Enzo lo empujó sin ganas.
—Es que por mí que hagan lo que quieran, si yo no soy la Madre Teresa tampoco. —Encogió los hombros—. Lo que me da paja es que te cagan la magia. Estamos en un mundial, no me hables de tu mujer, no quiero saber que en realidad la odias. Encima, cuando se ponen pesados por cualquier cosa ya te linchan.
Julián soltó una risa corta y le tomó una mano. Procedió a besarle los nudillos uno por uno, mirándolo dulce.
—Al que te diga algo lo mato y listo —dijo.
Enzo frunció los labios, intentando reprimir una sonrisa.
—Te dejaron fuerte ahí en el City, eh, estás bravo.
Julián le dedicó esa sonrisa de lado, claramente complacido.
—¿Te acordas cuando te cogí contra la pared después de Croacia?
Enzo se mordió el labio. Obvio que se acordaba.
—Mejor cogida de mi vida —afirmó, viendo como los ojos de Julián se oscurecían. Este lo miró de arriba a abajo, atravesándolo con la mirada. Pero después le soltó la mano y se alejó, sorprendiendo a Enzo que esperaba todo lo contrario.
—Seguí comiendo —dijo Juli, señalando con el mentón la tostada que le había preparado, matando toda esperanza de hacer algo más interesante.
—Sos malo —le reprochó Enzo, mordiendo la tostada con bronca.
—Malísimo —acordó Julian, arreglando el mate.
Enzo se relajó en su silla, decepcionado, y se concentró en terminar de desayunar. Terminó su tostada y se comió toda la fruta, cuando se dió cuenta de que Julián no le había pasado un mate en añares. Volteó para reclamarle uno pero se quedó en silencio cuando lo vió con la mirada perdida.
—Juli, ¿pasó algo?
—Voy a cortar con Emilia cuando vuelva a Manchester —soltó, absolutamente de la nada, con la cara más sombría de su vida.
—¿Qué?
Julián finalmente le dirigió la mirada.
—Mantener esto no le hace bien a nadie, es muy injusto con ella y con vos.
Enzo tragó. Muchas emociones distintas se agolpaban en su pecho.
—Vos sabes que a mi no me molesta, es hasta más seguro para los dos tener una tapadera.
—No te gusta un carajo —lo contradijo Julián, tajante.
Era verdad, pero a Enzo no le gustaba sentirse tan necesitado. Además, no es que fuera algo insoportable. Era molesto, pero no es que por cortar con Emilia Julián pudiera salir públicamente con él. Así que nunca le había pedido a Julián que se separara, en general evitaba toda mención de ella.
—¿Pero no la querés? —preguntó.
Julián negó con la cabeza y Enzo abrió los ojos como platos. No se esperaba eso ni en pedo.
—No lo suficiente para elegirla, no después de darme cuenta que no puedo vivir sin vos.
—Mierda.
Julián solo se encogió de hombros. No había nada más para decir.
Pasaron el resto del desayuno en silencio, Enzo retomando las riendas del mate. Él estaba para tirar fuegos artificiales, pero se contuvo porque entendía que era un momento difícil para Julián.
Antes de levantarse de la mesa, le cebó a Juli un último mate bien dulce y le dió un beso. Luego, se fue a la pieza a cambiarse. No daba caer con el buzo de otro club.
Preparó el bolso con cuidado, chequeando que estuviera llevando todo con mucha atención, aunque estuviera llegando tarde. No era la muerte de nadie y estaba a cinco cuadras del predio.
No quería ir. No quería separarse de Julián después de todo lo que había pasado entre ellos. Había vuelto a atacar ese miedo de que todo fuera un sueño, un delirio. En un impulso metió el buzo de Julián en su bolso de entrenamiento. Era la prueba tangible que necesitaba.
Con eso cerró el bolso y se lo colgó, volviendo al ambiente. Julián estaba lavando los platos.
—Me voy —anunció Enzo.
Juli se volteó a verlo y le sonrío.
—Dale, hermoso. Yo te espero acá cuando vuelvas, mi tren sale recién 23:30, así que tenemos tiempo de comer antes.
A Enzo se le llenó el estómago de mariposas, todavía le quedaba tiempo con Julián.
Mucho más animado, enfiló para el predio. En la puerta se encontró con João, que evidentemente lo estaba esperando por como se le iluminó la mirada al verlo. Enzo no dudó en ir a su encuentro.
—¿Y? —preguntó João expectante, como un nene a punto de abrir los regalos en Navidad.
Enzo le dedicó una sonrisa brillante y lo abrazó. João le correspondió al instante.
—Gracias —susurró contra el cuello de su amigo.
—De nada —contestó João, con una sonrisa propia.
Entraron al predio todavía abrazados.
El entrenamiento fue mejor que el del día anterior, los entrenamientos post derrota siempre eran particularmente duros en términos de ánimos, pero para el segundo día todos estaban de mejor humor. En especial Enzo, que no podía dejar de sonreír. El único que sabía la verdadera razón de su felicidad era João, que lo miraba de reojo cada tanto.
Al terminar el entrenamiento, se apuró a ducharse y cambiarse, siendo de los primeros en salir. Algunos lo miraron extrañados porque, en general, siempre iba y venía con João, quien estaba charlando muy tranquilo con Havertz y Kovacic, sin haberse bañado siquiera.
Enzo los saludó sin darle bola a las miradas. Aunque el atrevido de João le guiño un ojo en despedida.
Definitivamente lo había descubierto. Pero parecía no importarle, como evidenciaba la tremenda tarea de casamentero que se había mandado.
Casi corrió las cinco cuadras de vuelta al departamento. Cuando finalmente abrió la puerta y vió a Julián sentado en el sillón viendo dibujitos sonrió tanto que le dolían las mejillas.
Después de dejar el bolso al lado del perchero y cerrar la puerta, fue directo hacia su novio.
—¡Juli! —exclamó, antes de tirársele encima. Julián rió y forcejearon un poco hasta que logró acomodar a Enzo sobre su falda.
—Todavía no entiendo como haces para hacerte tan chiquitito —dijo Julián, mientras le acariciaba la espalda y le besaba la nariz.
Enzo solo se acurrucó más en el pecho de Julián. Este estaba viendo Coraje, el perro cobarde. A Juli le encantaba ese perro de mierda. Enzo nunca había visto más de una escena completa antes de conocerlo, porque de pendejo le daba mucho miedo. De grande tampoco le gustaba, pero el amor hacía que uno aprendiera a ceder.
—Compré para hacer milanesas con puré —anunció Julián, haciendo que Enzo salga de su escondite para verlo.
—¿En serio?
—Sip.
—Dios, sos el mejor.
Enzo se le abalanzó a Julián para darle un beso profundo. Una vez se separaron, Julián sonrió satisfecho.
—Ya sé.
Sonriendo, Enzo volvió a hacerse una bolita encima de Juli.
—¿Cómo estuvo el entrenamiento?
Que manera de bajarla este Julián.
—Bien, mejor que ayer. Igual no es tan terrible, son piola los pibes —contestó, jugando con los dedos de Juli—. Calculo que porque ya están acostumbrados —agregó con un poco de amargura.
—Vos la estás pasando para el orto asumo.
—Para el reverendo culo. Pero bueno, yo quería venir acá de antes y me tratan como rey, así que...
—Te bancas bastante bien la pelusa para alguien tan caletón.
Enzo sonrió por el doble sentido y se mordió el labio.
—Y, hay cierta pelusa que a mi me gusta mucho —dijo, dejándole un beso en la quijada a Julián, haciendo que este se voltee a verlo—. Que se yo, la paso peor que todos juntos pero porque soy un pelotudo, así soy y ya está. Yo tengo que tratar de seguir haciendo bien lo mío.
—Siempre fuiste demasiado fuerte para tu propio bien —susurró Julián, juntando sus frentes.
Enzo frunció el ceño.
—¿A qué te referís?
—Yo no podía estar en tu lugar —contestó Juli, repartiendo besos suaves por su frente y mejillas—. Me derrumbaría enseguida.
—¿Pero por qué es algo malo que sea fuerte? Además, vos nunca estarías en esa posición porque te sacas dos goles de la pija y listo.
Julián resopló, casi una risa, y le beso los labios.
—Porque te haces cargo de todo, incluso de lo que no te corresponde. Y después no dejas que te ayuden. Hasta que no te metí la pija no me dejaste cuidarte.
—Sos un guarango —le reprochó Enzo para luego esconder la cara en el hombro de Julián y abrazarlo fuerte, tratando de no llorar. Julián lo rodeó con sus brazos, meciéndolo suavemente.
—Está bien, Enzo. Te juro que podés contar conmigo, yo estoy acá para lo que necesites.
Con esas palabras las lágrimas salieron como chorros. Era como la décima vez en 24hs que se largaba a llorar. Julián solo le hizo mimos en la espalda y los brazos mientras le prometía que todo iba a estar bien.
Quizás sí, quizás las cosas podían empezar a salir bien.
Una vez se calmó, Juli lo mandó al baño a lavarse la cara. Cuando Enzo volvió del baño, le dió la tarea de cebar mates mientras él hacía las milanesas. Perfecta distribución de funciones.
—¿Cómo estás vos? Con el dolape y el yeti —preguntó Enzo, mientras le sostenía el mate a Juli para que lo tomé. Tenía las manos llenas de rebozador y huevo y Enzo no iba a permitir que estropeará su mate de Campeón del Mundo.
Julián lo miró divertido, los labios todavía alrededor de la bombilla.
—Te felicitó, eh, no puedo creer que no le dijiste cabeza de pene —dijo en cuanto terminó, arrancándole una carcajada a Enzo—. Y no sé, bien. Es frustrante a veces, jugar en la misma posición que una máquina de goles y encima copado. Si fuera un boludo de última le hago un gualicho y a otra cosa —bromeó.
—Yo te consigo a la curandera del barrio.
—Nah, tranqui, no necesito —dijo Juli, con una sonrisa dulce.
Enzo respiró hondo y se chupó un mate. Era la persona más suertuda del mundo.
Se quedaron callados, simplemente disfrutando de la compañía del otro. Enzo se dedicó a admirar a Juli. Sus hombros anchos, su espalda musculosa, sus rasgos fuertes. La seguridad y naturalidad con la que empanaba las milanesas, una tarea titánica para Enzo.
Después de un rato se empezó a aburrir, así que decidió hacer una pregunta más interesante.
—¿Cuál es el que te jode más?
Julián lo miró por el rabillo del ojo, con esa expresión que te hacía saber que acabas de decir lo más pelotudo del mundo. Enzo temía que no hubiera entendido a qué se refería.
—Los buitres de tus compañeros, ¿quién más?
Enzo se mordió el labio. Juli si había entendido, pero esa no era la respuesta que quería. En el Chelsea no había ninguno particularmente interesante además de João, y ya habían saldado ese tema. Quería entretenimiento.
—¿Seguro? ¿Nadie de la Selección, por ejemplo?
Julián dejó en el plato la milanesa que estaba empanando y lo encaró.
—Vos queres que diga que Leandro.
Enzo sintió un tirón en el vientre. Obvio que quería que diga que Leandro.
—¿Y no? —insistió.
Julián lo volvió a mirar como si fuera tarado. No debería calentarle tanto esa expresión.
—No, si es un cagón Leandro —dijo, encogiéndose de hombros—, me preocupa más Dibu, que es un lanzado, u Otamendi que también es un peligro. Cuando te fuiste a Lisboa estaba convencido que te iba a coger en el vestuario ni bien llegues.
Enzo arrugó la nariz del disgusto que le provocó esa imagen.
—Emiliano puede ser, pero Ota no, es como cojerme a mi hermano. Además, lo del vestuario solo lo hago con vos —prometió, haciéndole ojitos a Juli, quien finalmente le sonrió.
—¿Querés saber quién me preocupa en serio de la Selección? —lo provocó.
—Obvio —contestó Enzo de inmediato.
—Cachete.
Enzo se quedó tieso.
—¿Cómo Cachete? Si es re cercano con vos, boludo. Además, está re casado.
—Es el primer pibe que te gustó —explicó Julián con tranquilidad, volviendo a las milanesas—, le arrastraste el ala como tres años hasta que cogieron y encima es más bueno que el pan. Obvio que me va a preocupar un pibe así, más allá de que no hayan sido nada al final. Vos podés cogerte a quién quieras y lo sabes, pero a vos no te gusta cualquiera, a vos te gusta que te cuiden —continuó, girando la cabeza para verlo a los ojos—. Por eso con el larguirucho ese se me prendieron todas las alarmas, porque se nota que le importas.
Enzo no sabía qué contestar. Le temblaban un poco los labios de la emoción. Julián tenía razón, a él le gustaba mucho joder —y coger—. ¿Qué era un pete para un puto? Nada, un momento solamente, más en el ambiente futbolístico. Pero una relación exclusivamente sexual no era algo que le interesaba. No necesitaba un novio, aunque quería uno y si se llamaba Julián Álvarez mejor, pero sí alguien que fuera afectuoso, que le prestara atención más allá de coger.
—Emi es re atento —dijo, en vez de vomitarle sus sentimientos a Julián, porque era un malcriado.
Julián que lo conocía de principio a fin ni se inmutó, solo le dió un beso que Enzo no dudó en corresponder.
Una vez se separaron, Julián frotó sus narices y a Enzo se le llenó la panza de mariposas. Eso era lo que quería, Julián era todo lo que quería.
—Te amo —susurró Juli contra sus labios.
—Yo también —respondió Enzo y le robó otro beso.
Julián se separó con una sonrisa dulce y esos ojos estrellados.
—Andá pelando las papas, ¿sí?
Enzo asintió y se dirigió a la heladera. Era gracioso lo mucho que intentaba provocar y revelarse, cuando siempre terminaba haciendo todo lo que Juli le pedía.
Más tarde, cuando ya estaban comiendo y el resto de las milanesas estaban guardadas en el freezer, Enzo volvió a la carga. Lo que le había dicho Juli lo había tocado desde lo emocional, si, pero también desde lo chusma. Julián era muy observador y tenía una visión más amplia de las cosas. Enzo necesitaba saber más.
—¿Por qué decís que Lean es un cagón?
Por tercera vez en la noche, Julián lo miró como si fuera pelotudo. Enzo sabía que Julián se estaba hartando, pero necesita que le contesté eso nomás.
—¿Me estás cargando, no? —dijo Juli, sirviéndole más agua.
—Dale, sabes que no, yo no me doy cuenta de esas cosas. Yo pienso que capaz, tal vez, le gusto a alguien y después vos me decís que me tiene ganas desde 1810.
Julián suspiró.
—Enzo, Leandro te tuvo solo en las duchas después que ganamos y solo te dió agüita. Esa es la definición de miedo al éxito.
Enzo se acordaba, en ese momento hubiera jurado que Leandro lo iba a besar e iba a querer coger y se había angustiado porque no sabía cómo le iba a decir que no.
—Bue, que sé yo, capaz que me vió muy borracho —insistió.
—Te vió que no ibas a encarar. Leandro está acostumbrado a que la gente lo busque a él. Por eso es un cagón, no te rema una, —Juli bardero le hacía cosas— si yo que todavía me comía los mocos a la primera de cambio te empomé.
Enzo se mordió el labio recordando ese momento. Había sido entre sus cumpleaños; se habían juntado a festejar con unos amigos y borracho le había tirado a Juli la misma que había usado con Cachete: ofrecerle un pete. Nunca fallaba, menos cuando los chabones sabían de antemano que era puto. Pero a diferencia de Cachete, Juli no había dejado que la cosa muriera ahí, sino que después se lo había llevado a su departamento y nunca más lo había soltado. Con idas y vueltas, sí, pero siempre juntos.
—No seas malo con Lean.
Julián soltó una risa incrédula.
—No entiendo porque lo tenés tan presente. Anda y cogételo, ¿qué tanto? —lo provocó con una sonrisa, encogiendo los hombros.
Enzo instintivamente abrió la boca para contestar pero al toque la cerró porque no sabía qué decir. No se quería coger con Lean y eso estaba claro, pero le subía mucho el ego que Leandro se lo quiera coger a él y por eso le gustaba tanto hablar de ese bostero boludo. Julián sabía eso y no le quería dar el gusto de seguirle el juego, porque era un forro.
—¿Y si me lo cojo qué? —retrucó. No se iba a dejar ganar.
La cara de Julián perdió toda la diversión, oscureciéndose al instante.
—Seguime buscándome, que me vas a encontrar —fue la respuesta.
A Enzo le faltaba un poco el aire.
—Me parece que esta pose de varón posesivo es medio tóxica.
La sonrisa canchera de Julián volvió. Le agarró el muslo, peligrosamente cerca de su entrepierna.
—A vos te encanta ser mi putita, si fuera por vos saldrías a la calle con un collar con mi nombre.
De repente, Enzo tenía la boca seca y la pija dura.
—No me podes decir eso —reclamó con la voz ronca de deseo—, te vas ahora nomás, no hay tiempo de nada.
—Jodete por trola —sentenció Julián, sacandolé la mano de la pierna como si quemara y volviendo a comer sin siquiera mirarlo.
Julián era un forro. Un reverendo hijo de puta. Si lo volvía a dejar le pegaba un tiro.
Y no tuvo más que aguantarse y seguir comiendo.
Cuando terminaron de comer, Enzo insistió con lavar los platos él, mientras Juli juntaba sus cosas.
No quería estar lejos otra vez, pero no había nada que hacer al respecto. Se sorprendió de lo tranquilo que estaba con eso, comparado a su estado esa mañana. Sospechaba que esa tranquilidad no le iba a durar mucho, la prueba de fuego iba a ser que pasaba de ahí hasta que fueran a Argentina para los amistosos.
Resopló. No ayudaba a nadie que se pusiera a pensar esas cosas justo en ese momento.
Enzo estaba terminando de ordenar la cocina cuando vió a Julián acercarse usando uno de sus buzos viejos de River.
—¿Por qué tenés eso? —preguntó sin pensarlo, casi como un reproche.
Julián no le dió pelota al tono y le besó la mejilla.
—Vos me robaste el mío y hace frío.
Enzo se mordió el labio.
—¿Me avisas cuando llegues? Porfa.
—Obvio, leoncito.
Enzo lo abrazó fuerte. Julián le devolvió el abrazo y le susurró “te amo” en el oído. Enzo no podía ni hablar.
Con mucha fuerza de voluntad de ambos, lograron separarse y Enzo lo acompañó a Juli hasta la puerta del departamento. Si lo acompañaba hasta el lobby seguro lo seguía hasta Manchester.
En cuanto cerró la puerta, Enzo se apoyó en ella. Se sentía débil, vacío. Abrumado.
Decidió darse una ducha y poner su playlist de despechado al palo, para procesar mejor sus emociones.
Todo iba a estar bien. Todo iba a estar bien.
Horas después, Enzo no se podía dormir. Era tarde y al día siguiente tenía entrenamiento otra vez, pero solo podía mirar fijo a la negrura de su habitación.
De repente, una luz brillante irrumpió entre tanta oscuridad. Venía de su celular. Se abalanzó sobre su mesa de luz para ver qué notificación había sido la causante.
Se encontró con dos mensajes de Julián:
Juli ❤️🩹🕷️
Hola precioso
Llegue bien
