Chapter Text
Pablo Aimar tenía, lo que muchos considerarían, la vida perfecta: un esposo que lo amaba, una casa linda y la suficiente solvencia económica como para no tener que volver a preocuparse por trabajar otro día de su vida.
Sin embargo, nadie le había dicho lo aburrida y, sobre todo, lo solitaria que podía llegar a ser la vida del esposo trofeo.
Estaba casado con Juan Román Riquelme hacía ya catorce años. Una vida. Una vida, si le preguntan, con la que no había hecho mucho.
Con Román se habían conocido cuando ambos fueron llamados para ser parte del seleccionado argentino juvenil sub-20 y lo que sintieron fue un flechazo. Pablo tenía diecisiete años y Román dieciocho. Vivieron un romance intenso, potenciado con la gloria de ganar el mundial, y esa misma noche que alzaron la copa, decidieron pasar el resto de sus vidas juntos.
Tanto él cómo Román tenían brillantes carreras por delante y parecía que juntos se iban a comer el mundo... si no hubiese sido por ese maldito accidente.
Pablo se lo reprochaba cada día de su vida. Podría tranquilamente haberse comprado un auto, como todos los demás, pero no. Le gustaba la atención, le gustaba que lo admiren y le encantaba hacerse el canchero yendo para todos lados en su Royal Enfield, con sus lentes oscuros y su campera de cuero. Hasta que un taxista se lo llevó puesto en una avenida y se quebró el tobillo derecho, lesión de la que no pudo recuperarse nunca.
Fue a los mejores médicos y los mejores especialistas, hizo todo tipo de terapias, pero no hacía más que pasar por el quirófano para a los pocos meses estar de nuevo imposibilitado por forzar la recuperación. Tal vez debería habérselo tomado con más calma, pero era joven y terco, y cuando se dio cuenta que eso solo lo perjudicaba, ya era muy tarde y no había nada más por hacer. Las secuelas fueron tales que no pudo volver a jugar nunca más, terminando prematuramente con su carrera. Podía caminar con normalidad, saltar, subir escaleras, ese tipo de cosas, pero el solo hecho de pensar en correr durante más de diez minutos era un absurdo.
En ese momento Román le había asegurado que todo iba a estar bien, que él iba a permanecer a su lado y lo iba a acompañar siempre, y hasta ahora había cumplido... más o menos.
Para todo el mundo siempre fueron la pareja perfecta, un ejemplo a seguir, pero ya habían pasado catorce años desde ese amor juvenil que los unió y la monotonía los estaba consumiendo.
Habían hablado sobre tener hijos, pero nunca parecía ser el momento correcto. O al menos esa era la excusa que siempre ponía Pablo, a quien la sola idea de adoptar un niño con un hombre al que parecía que su presencia cada día le aburría un poco más le parecía una ridiculez. Y tampoco es que a Román le interesara tanto la idea de ampliar la familia, pero eso era parte de lo que había que hacer, por lo que cada tanto traía el tema a colación y trataba de disimular su alivio cada vez que recibía una negativa de parte de Pablo, aunque el castaño siempre lo notaba.
Con Román tenían días en los que ni siquiera se hablaban: la mayoría de las veces cuando su marido llegaba de los entrenamientos, Pablo ya estaba en la cama, o había salido con amigos y volvía lo suficientemente tarde como para no tener que despertarse temprano y compartir el desayuno con su esposo.
Eran la pareja perfecta, pero siempre de puertas para afuera.
Varias veces había pensado en pedirle el divorcio a Román, pero gran parte de la carrera de su marido dependía de las apariencias y de que este tenga un matrimonio pleno y dichoso. Un futbolista que tiene problemas en casa, es un futbolista que no rinde. Pablo lo sabía perfectamente y por más que ya no era feliz a su lado, igual lo quería y no podía hacerle eso.
Y ahora acá estaban, una vez más, comenzando de cero: a Román lo acababan de fichar en Milán y mientras él tenía entrenamientos, reuniones, conferencias y cenas con sus nuevos compañeros para "formar lazos", Pablo se quedaba solo en una casa enorme que odiaba, en una ciudad nueva que odiaba, y donde encima no conocía a absolutamente nadie.
La mitad de sus amigos estaban en Buenos Aires y la otra mitad en Barcelona, donde había quedado también su círculo de lectura, la asociación de bridge, el club de golf y el brunch semanal con las otras esposas. Lugares donde básicamente lo único que hacían era juntarse a tomar, pero ahora tenía que hacerlo solo y eso no era tan divertido. Y como si fuera poco, no hablaba el idioma así que no tenía idea de cómo iba a lograr amoldarse. Si antes se sentía solo, ahora había roto cualquier límite de lo que es la soledad.
Así que por ahora no le quedaba más que tratar de crear una rutina más o menos llevadera y no pasarse el día solo, tomando. Aunque tampoco es tan mala idea pensó antes de salir del jacuzzi ubicado en el patio trasero de la casa para envolverse en una bata de toalla, mientras se encaminaba hacia el living para prepararse su Martini de las 10 a.m.
Apenas se había mojado los labios cuando sonó el timbre. Protestó por lo bajo porque odiaba que lo interrumpieran cuando estaba haciendo algo tan importante. Dejó su copa sobre la barra y se encaminó hacia la puerta principal. Cuando iba a mitad de camino, el timbre volvió a sonar, "¡ya va!" gritó con impaciencia.
Al llegar a la puerta, la abrió apenas como para sacar la cabeza y ver a un joven alto de pelo negro parado del otro lado.
- ¿Sí? - preguntó Pablo, cortante y sin mucha simpatía, aunque del otro lado lo recibió una sonrisa enorme y compradora.
- Buongiorno, signore. Sono il fattorino dell'acqua della zona e volevo sapere se siete interessati a comprare qualcosa - habló con rapidez el muchacho sin perder en ningún momento la sonrisa.
- ¿EH? - Pablo lo miró totalmente confundido, no había entendido una palabra de lo que ese joven le había dicho.
- Scusi, parla italiano? - le preguntó el joven, esta vez hablando más lento pero siempre con total amabilidad.
- No, disculpa flaco, no te entiendo nada - fue lo único que respondió Pablo, negando con la cabeza mientras cerraba la puerta, pero una mano la detuvo antes de que pudiera hacerlo.
- Perdón, ¿habla español? - preguntó el joven del otro lado con un fácilmente reconocible acento. Pablo volvió a abrir la puerta con expresión de sorpresa.
- ¡Sí! ¿Vos también? - le contestó con una pequeña sonrisa asomándose en su rostro. El joven le dirigió una pequeña risita a la vez que asentía.
- Sí, soy argentino. Igual que usted por lo que veo. - le respondió con una sonrisa aún más grande que antes.
Pablo no pudo evitar reír un poco. Era un poco tonto, pero encontrar a alguien con quien poder hablar y entenderse en lugar de comunicarse con rústicas señas lo ponía muy contento. Abrió del todo la puerta para poder hablar con el joven y no fue hasta que este bajó la mirada, abrió grandes los ojos y la volvió a desviar rápidamente, que se dio cuenta de que todavía estaba en bata, la cual, atada con el lazo de la misma a la cintura, hacía que la parte de arriba se abra en una V sobre su pecho a la vez que la parte de abajo lo cubría levemente por debajo de los glúteos. Hubiese sentido algo de pudor de no haber sido por lo divertido que le resultó el rubor que cubrió las mejillas del muchacho, quien ahora intentaba mirar en cualquier dirección excepto en la que se encontraba Pablo. El hombre no pudo contener la sonrisa que se dibujó en su rostro.
- ¿Me decías? - le preguntó con un dejo de diversión en la voz.
- ¿Qué? - le preguntó el joven dando un pequeño respingo y mirándolo brevemente a la cara para al instante volver a desviar la mirada. Lucía como si lo hubiesen atrapado cometiendo un crimen.
- ¿Para qué me tocaste el timbre? ¿Qué necesitas? - le preguntó Pablo.
- Ah... - respondió el morocho aún algo distraído. Parecía estar haciendo una fuerza sobrehumana para hilar los pensamientos - eeh, sí. No, le decía que soy el repartidor de agua de la zona y quería saber si necesitaba algo. - le contestó. De repente parecía estar extrañamente interesado en el girasol que crecía en una maceta junto a la puerta. Esto a Pablo lo divirtió aún más.
- Sí, dale. Dejame un par de bidones. - respondió con la sonrisa oyéndose en su voz. El joven asintió levemente y se dio la vuelta con velocidad para ir a buscar lo pedido a la camioneta que había estacionado a unos metros.
Pablo aprovechó ese momento para mirar mejor al joven y notar lo bien que estaba. Era más alto que él, tenía el pelo más oscuro y más corto y unos brazos fuertes que podían apreciarse perfectamente gracias a la musculosa blanca que estaba vistiendo. El joven volvió cargando los dos bidones, uno con cada brazo, y Pablo tuvo que reprimir un sonido de admiración porque él definitivamente no podía hacer eso. Al llegar de nuevo a la puerta, el joven dejó los bidones en el suelo, ganándose una mirada confundida del hombre que tenía enfrente.
- ¿Qué? ¿Los vas a dejar ahí? - le preguntó el castaño.
- Si, disculpe, no puedo pasar - contestó el joven con una voz levemente más tímida que hace tan solo unos instantes.
- Uy, pero yo no los puedo entrar, si los dejás ahí van a quedar hasta la noche que llegue mi marido. Dale, haceme la gauchada - le dijo haciendo uso de su sonrisa más compradora, aunque tuvo que inclinarse un poco para lograr ver mejor el rostro del joven, ya que este permanecía con la vista clavada en el suelo. Toda la galantería que tenía hace apenas unos minutos atrás, cuando Pablo abrió la puerta, parecía haberse esfumado. Sus ojos se encontraron durante una fracción de segundo y Aimar pudo notar lo bellos que eran. Eran negros, como tantos otros, pero había algo en ellos que hizo que quisiera seguir mirándolos, aunque no tuvo oportunidad porque el joven murmuro un bueno y desvió la mirada para volver a levantar los bidones.
Pablo lo guió hasta la cocina y se sentó en la mesada para observar con interés como el joven dejaba un bidón en el suelo y se disponía a colocar el otro en el dispenser que hasta el momento había permanecido vacío, todo movimiento realizado con una delicadeza metódica, lo que sorprendió a Pablo viniendo de alguien tan... robusto.
Apenas terminó, se giró para estar de frente a Aimar, quien se hallaba con las manos apoyadas detrás de él en la mesada, lo que hacía que la parte baja de su cuerpo se incline levemente hacia adelante. Al castaño no se le escapó el detalle de que el otro aún evitaba mirar en su dirección.
- ¿Te gustaría tomar algo? - le preguntó Pablo en un tono totalmente casual.
- Eh-yo-eh- n-no. No, gracias, tengo que seguir - respondió el joven atropellándose con sus propias palabras y dirigiéndose con pasos largos y rápidos hacia la puerta.
- ¿No te estás olvidando algo? - preguntó Pablo antes de que el otro pudiera cruzar el umbral que separa la cocina del comedor.
El joven se dio vuelta rápido para observarlo, aunque no dijo una palabra. Pablo se bajó de la mesada y se acercó a él con paso lento, viendo como los ojos del muchacho se abrían cada vez más en una expresión de sorpresa. Parece un perrito asustado pensó Pablo riéndose para sus adentros. Cuando estuvo parado justo frente al joven, se inclinó un poco hacia adelante y estiró el brazo izquierdo para tomar su billetera de un pequeño estante en la pared.
- No te pagué - le dijo con una sonrisa, mostrándole el objeto que ahora sostenía entre sus dedos. No se le escapó como el joven largaba lentamente todo el aire que estaba conteniendo en los pulmones.
- ¿Cuánto te debo entonces? - le preguntó a la vez que abría la billetera. El joven le dijo el monto y metió la mano en el bolsillo de su bermuda de jean para sacar un pequeño talonario y una lapicera, y garabatear un recibo.
- Eeh... Necesito saber su nombre - le dijo con timidez.
- Por supuesto - contestó el otro, que observaba cada uno de sus movimientos con una sonrisa. - Me llamo Pablo. - vio cómo el joven anotaba su nombre con letra pulcra. - Aimar - agregó al ver que se había detenido con la lapicera en el aire.
- ¿El tuyo? - le preguntó cuando el otro terminó de guardar la libreta y el dinero.
- Ehm... Lionel - le respondió en voz muy baja, de nuevo evitando mirar al otro.
- Un gusto, Lionel - le dijo Pablo mirándolo a la cara. -¿Cuando te veo de nuevo?- le preguntó logrando con estas palabras que el otro finalmente levante la vista.
Lionel lo miró sin decir nada durante unos segundos, con expresión confundida.
- Qué días pasas te preguntaba - le aclaró el castaño.
- Ah, ehm... todos los martes. A esta hora - respondió el joven dirigiéndole una pequeña sonrisa antes de darse la vuelta y abandonar la residencia sin darle tiempo a Pablo a decir nada más.
