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La falta de heridas no garantiza una victoria.
Y estar herido tampoco implica una derrota.
Cuando Jaime volvió a Desembarco del Rey, Cersei lo contempló a lo lejos, cruzada de brazos y ocultando su miedo. Mientras el maestre, preocupado, posaba la mano en la frente de su hermano en busca de fiebre que advirtiese de una infección. El Matarreyes estaba tumbado sobre la cama, moribundo.
Jaime, estaba lleno de heridas: pero había ganado.
Se marchó de la capital días atrás, muchos días atrás. Cersei había perdido la cuenta de todas las fases de la luna que pintaron el cielo hasta que Jaime volvió. Las noticias eran buenas: los Lannister habían defendido las tierras colindantes a Roca Casterly de la traición de un puñado de vasallos. Pero el aspecto de su gemelo no era tan bueno.
Para empezar, no había vuelto cabalgando, a lomos de su caballo blanco como las nubes. Tampoco se había colado en los aposentos de Cersei para celebrar la victoria. La Reina había visto los estandartes del león dorado sobre fondo carmesí agitándose como serpientes con la vuelta del ejército Lannister. Pero no había visto a su hermano ondeando la bandera de su familia. Supo que algo iba mal. Y pocos minutos después el maestre llamó a la puerta de su dormitorio para informarle de la situación.
Jaime había ganado, pero la batalla casi le había hecho probar la derrota. Casi besa los labios de la muerte. Cersei no soportaba pensar que los labios de su hermano pudiesen probar otra boca que no fuese la suya, pero la muerte era todavía peor que una mundana infidelidad. Aunque muchas veces había le había asegurado con frialdad a Jaime que no viviría para contarlo si alguna vez le era infiel.
Al verle malherido no pensó en el León de Oro, sino en un gato indefenso y herido por los colmillos de un lobo huargo. A Cersei no le gustaba verle así. Jaime era su seguridad y notarlo tan indefenso significaba que ella de alguna manera también lo estaba. Se le encogió el estómago, asustada, al ver toda la sangre que había en sus ropas.
Todavía de brazos cruzados, la Reina observó al maestre poniéndole un paño mojado con agua fría en la frente a su hermano, perlada por el sudor. Después le cosió una herida abierta que tenía en el antebrazo y le desinfectó varios cortes superficiales en las piernas. Por último, le rajó la tela sucia de la camiseta para comprobar que el abdomen y el pecho estaban intactos, que la piel de su vientre no había sufrido ningún daño. Pero no era así. Un corte profundo, con sangre coagulada y seca, le cruzaba desde la ingle hasta el ombligo, creando un surco rojizo como una garra sangrienta. El maestre lo limpió y lo cosió.
Todo ocurrió en silencio, mientras Cersei trataba de mirar el aspecto enfermizo de su gemelo, el cual apenas se movía. Se quejó varias veces por los pinchazos del maestre al coserle, chasqueando los dientes y apretando los párpados, pero de su garganta no salía apenas sonido.
¿Dónde estaba el León de Oro de los Lannister? ¿Dónde estaba el caballero de cabellos rizados como el oro batido? ¿Dónde estaba su hermano? ¿Dónde estaba su amante? Aquel cuerpo tirado sobre la cama, manchándolo todo de sangre y sudor, no era Jaime.
Cersei y su cobardía se marcharon a sus aposentos. Desconsolada y asustada, se bebió una jarra entera de vino del Rejo, mirando por el ventanal el puerto de Desembarco del Rey. El líquido del color de las uvas maduras descendía por su garganta al mismo tiempo que el sol descendía en el oeste, hasta estallar en miles de tonos naranjas en el cielo para dar paso a una noche oscura pero iluminada por las estrellas. El vino era dulzón y fuerte al mismo tiempo, y cuando no quedó nada de él, se levantó tambaleándose un poco y caminó hasta los aposentos de Robert Baratheon.
Su marido roncaba con la boca entreabierta contra la almohada y dejando un reguero de saliva turbia en la tela. Contempló a aquel espanto de hombre y sintió unas nauseas procedentes de las profundidades de su estómago. Solo su marido podía hacerle vomitar un vino exquisito del Rejo.
-Ha vuelto…- musitó Robert, riéndose.
-¿Quién?
-El Matarreyes- se limpió la saliva seca de la comisura de la boca y entrecerró los ojos para enfocar la figura oscura de Cersei en el umbral de la puerta.
“Ha vuelto y está medio muerto. Pero tú jamás calentarás mi cama como él lo hace, por muy vivo que estés y por mucho que seas el Rey de Poniente” Pensó la mujer de ojos esmeralda, marchándose.
El camino hasta los aposentos de Jaime despejó la neblina alcohólica que turbaba su mente. Por mucho que le doliese ver a Jaime en ese estado, tenía que hacerlo. Él había estado con ella siempre que le había necesitado. Y al fin y al cabo ella era la Leona de los Lannister. ¿Qué significaban la sangre y las heridas cuando estas le habían entregado otra victoria a su familia?
Entró sigilosa a la habitación. El maestre había dejado unas velas encendidas y una lámpara de aceite en la mesita de noche, junto a una jarra de agua y un cubo repleto de hielo que se derretía. Hacía frío. Cersei notó el helor al cerrar la puerta y mirar a Jaime. Su hermano dormitaba con los ojos cerrados, tapado hasta la cintura por varias sábanas blancas manchadas de rojo. La Reina vio el vendaje de su brazo y el parche de algodón que iba desde la ingle hasta el ombligo. Sus rizos dorados estaban sucios y se le pegaban a la frente, mojados por el paño de agua fría y sin su brillo dorado.
Pero aun así era el hombre más atractivo y hermoso que había visto jamás. Con su nariz fina y larga sobre los labios que tantas veces había besado. Las pestañas rubias espesas y curvadas. La línea de su mandíbula afilada como el acero valyrio. A pesar de las heridas, tenía el aspecto de un Rey. Jaime siempre tenía aspecto de Rey.
Cersei caminó con cautela hasta él y se arrodilló al borde de la cama. Le invadió el olor del sudor, de la batalla, de la sangre seca y del fantasma de la testosterona liberada durante la ofensiva. Deslizó sus dedos largos para tocar el paño, estaba seco. Se lo retiró de la frente con cuidado.
-¿Cersei…?- Susurró Jaime, sin abrir los ojos. Sabía que era ella. Él también podía olerla.
-Duérmete- respondió, sumergiendo el paño en el cubo de hielo.
Una vez estuvo empapado y frío, se lo colocó de nuevo en la frente. Jaime gimió, quejándose por el helor, pero necesitaba aquel frío para bajar la temperatura de su cuerpo.
-Tranquilo- le colocó unos mechones de pelo rubio detrás de sus orejas, tras las cuales también había sangre seca. Seguramente le habían tirado del pelo.
-Cersei…- Jaime le agarró la muñeca con sus enormes manos, surcadas por un par de venas gruesas. Las uñas de sus dedos estaba llenas de tierra y porquería que Cersei prefería no saber de qué eran. Pero el tacto de sus yemas seguía siendo suave como el terciopelo.
-Por favor, duérmete- le susurró a su hermano, con un nudo en la garganta y agarrando su mano y besándola suavemente, apenas posando sus labios sobre las venas azuladas-. Tienes que descansar, Jaime- al decir aquello se le quebró la voz.
Apretó con fuerza la garganta, notando unas lágrimas formándose en sus ojos. Las reprimió, no quería llorar delante de su hermano. Tenía que ser fuerte, tenía que ser una Leona como siempre lo había sido. Aunque con Jaime podía ser una gatita asustada, en sus brazos podía ser vulnerable y frágil como un gorrión que se ha caído de su nido. Pero no era el momento. Ahora era Jaime el que necesitaba su seguridad, y ella le iba a dar todo lo que él necesitase, igual que él siempre se lo daba.
Se acurrucó a su lado en la cama. El cuerpo de Cersei era muy fino en comparación con el de su hermano, cuyo cuerpo era musculoso y esbelto, ancho como un caballero. Con la mano le acarició la mejilla, que ardía como el resto de su cuerpo. La barba de varios días pinchaba. Deslizó los dedos por el cuello, podía notar el latido de su corazón en el gran vaso sanguíneo que cruzaba el cuello de su hermano. Su corazón palpitaba con ansiedad, agotado por la batalla. Cersei colocó su cabeza pegada a la de Jaime, rozando su nariz respingona con la nariz afilada del hombre. Se durmió calmada por el aliento caliente que salía de entre los labios de su hermano.
Mientras su aliento caliente estuviese allí, él seguiría respirando, y ella podría dormir tranquila. Podría ser, simplemente. No existía Cersei sin Jaime. No existían el uno sin el otro, y acurrucados como dos bebés en el útero materno, consiguieron descansar toda la noche.
*
Cersei se removió entre las sábanas durante la noche hasta ponerse de espaldas a Jaime. Al despertar por la mañana, cuando un rayo de sol se coló por la ventana y le acarició los ojos, sintió la erección de Jaime contra su trasero. Secreta y silenciosa. No estaba muy dura, pero ahí estaba, como siempre que se acercaban. Era una reacción casi automática de sus cuerpos, inevitable.
La Reina sonrió y se dio la vuelta. Su hermano respiraba muy relajado, y aunque el sudor había empapado la almohada durante la noche, la temperatura de su cuerpo había disminuido. Su carne ya no desprendía el calor propio de las llamas verdes del fuego valyrio. La mujer tocó el brazo de Jaime, cálido y resbaladizo, pero cada vez más cerca de una temperatura normal.
Contenta, Cersei cogió el paño de su frente y lo volvió a mojar en el cubo de hielo. Apenas quedaban bloques de hielos, casi todos se habían derretido, pero al agua estaba helada. Al devolver el paño congelado a la frente de Jaime, este se despertó bruscamente, molesto. Entreabrió los ojos, y el verde esmeralda de su iris coloreó la habitación.
-Póntelo- sentenció la Reina, apartándole los rizos dorados de la cara y cubriendo su frente con el paño.
Su hermano todavía lucía débil, indefenso. Seguía siendo un cachorro que necesitaba que le cuidasen.
-Está…
-Frío, lo sé. Pero tienes que aguantarte hasta que el maestre diga.
-Decía que…
Jaime intentó formular una frase entera, pero al moverse para sentarse, el vendaje del abdomen le estiró la piel y se retorció del dolor. Cersei no sabía si por el tirón del vendaje o por la herida.
-No te muevas. Tienes que estar quieto.
Su hermano se dejó caer de nuevo sobre las sábanas, y gruñó frustrado.
Cersei le besó la frente, posando sus labios sobre ella durante unos segundos. El tacto templado de la saliva relajó a Jaime. Bajó la guardia y ella aprovechó para colocarle el paño frío. Le besó la nariz y después fue a besarle los labios pero se dio cuenta de que estaban secos y agrietados. ¿Cuándo había bebido por última vez?
-¿Quieres agua?- La Reina se levantó de la cama, llevaba el vestido escarlata del día anterior retorcido, el pelo despeinado como espigas de trigo enredadas, y sabor a vino amargo en la boca.
Su hermano asintió y ella llenó un vaso de agua pero era inútil darle de beber si no se podía incorporar. Acabaría tirándolo por toda la cama.
-No lo mueva, alteza- el maestre apareció en la habitación con vendajes nuevos, frascos de medicina y leche de amapola-. Su estado sigue siendo grave. Yo me encargo.
-De acuerdo- dejó el vaso intacto en la mesita y reprimió las ganas de abrazar a su hermano delante del maestre-. Volveré después de comer. Si necesita algo avíseme, por favor.
-A sus órdenes, alteza.
Cersei abandonó los aposentos notando el tirón de la mano de Jaime en la falda de su vestido. Ella tampoco quería marcharse. *
La Reina no pudo volver a los aposentos de Jaime después de comer porque el Rey Robert reclamó su presencia en un torneo que se celebró entre los caballeros de la Guardia Real. Cersei se sentó con aburrimiento en el asiento al lado de su marido. Incómoda por tener que estar físicamente cerca de aquel hombre que aborrecía. Incómoda por no saber cómo estaba Jaime. Incómoda por tener que fingir, como siempre, que amaba a una persona que jamás había llegado a tocar su corazón. Una persona que tampoco había intentado llegar hasta él.
Jaime por otra parte había nacido sosteniendo el corazón de Cersei entre sus manos. Con cuidado y ternura. Lo había acunado y le había cantado mientras el resto de hombres trataban de pisarlo. Empezando por su padre, después Robert, y hasta su propio hijo Joffrey.
Cuando el torneo terminó, el atardecer teñía el cielo de naranja y los bordes de las nubes se matizaban de dorado. Robert se retiró a algún rincón de la Fortaleza Roja para emborracharse con un par de prostitutas caras que Meñique había conseguido. La Reina se escabulló hasta los aposentos de Jaime. Escuchó movimientos detrás de la puerta. Asustada por si alguien se había colado, queriendo hacerle daño a su hermano, entró de un portazo, asustando al maestre, que en aquel momento cerraba las ventanas de la habitación.
-Alteza- hizo la correspondencia reverencia-, me habéis asustado.
-Es tarde. Está anocheciendo.
-Lo sé, mi Reina. Pero su hermano ha tenido un poco de fiebre durante el día.
-¿Fiebre?- Preguntó la mujer preocupada, arrodillándose al borde de la cama, y sosteniendo la mano de Jaime.
Sus dedos ya estaban limpios y su cuerpo olía a jazmín y miel, los sirvientes debían de haberle lavado. El olor a sudor y sangre coagulada se había esfumado. Y sus rizos dorados eran tirabuzones sedosos que bordeaban la cara del León de Oro.
-No mucha. Aun así me he quedado con él para vigilarle- le puso una mano sobre la frente-. La fiebre ha remitido hace unas dos horas, y no creo que reaparezca por la noche. Aun así, ante cualquier cosa avisadme, alteza.
-Espero no tener que avisarle, maestre. Hasta mañana.
-Buenas noches, alteza.
El maestre abandonó los aposentos y Cersei se sentó sobre las sábanas que cubrían el colchón. Jaime estaba tapado hasta las rodillas y solamente vestía unos pantalones de tela grisácea. Los vendajes del antebrazo y el abdomen eran nuevos, estaba limpios y no se habían teñido de rojo; las heridas de su hermano se estaban curando.
Su hermano se estaba curando.
-No te preocupes, Cersei- Jaime por fin pudo vocalizar una frase entera.
Alargó el brazo intacto de la batalla y agarró un mechón ondulado del pelo de Cersei, suave como la seda de su vestido. Después posó la mano en su hombro desnudo, los tirantes de su ropa trazaban una línea a la altura de la clavícula. La mano de Jaime envolvía el hombro de la Reina, agarrándolo, tirando de ella hacía él.
-Jaime…- Lloriqueó Cersei, aproximándose hasta su boca y besándole, envolviendo sus labios con los suyos.
Besó su boca, buscando su lengua con la suya, y suspiró aliviada cuando la encontró. Mordió la carne de sus labios, dejando la marca de sus dientes en ellos. Estaba feliz por ver su recuperación pero también estaba rabiosa porque le hubiese dejado tanto tiempo sola para volver hecho un desastre.
-Pensé en ti- murmuró el hombre contra su boca, separándose de ella unos centímetros. Su mano había agarrado con fuerza el muslo de Cersei, apretando la carne y atrayéndola hacía él, clavando su erección contra ella.
Estaba más dura que por la mañana. Una dureza que Cersei anhelaba y reconocía muy bien.
-¿En mí?- Inquirió la Reina, llevando la mano hasta su entrepierna. Envolvió la erección, llenando con ella sus manos. Tan gorda como la recordaba. Caliente bajo la tela. Era como sumergir los dedos en agua caliente.
-Lo digo en serio- la cogió con suavidad del cuello para que le mirase a los ojos-. Cuando creía que me iban a matar pensé en ti, Cersei.
-¿Pensaste que te iban a matar?- Al formular la pregunta, la mujer apartó su mano de la entrepierna del hombre y la llevó hasta la herida del abdomen, notando otro incómodo nudo en la garganta, preludio de las lágrimas.
-Sí. Al final de la batalla lo pensé varias veces. Y casi pasa. Pero al final conseguimos matarlos a ellos antes de que nos matasen a nosotros.
Mientras hablaba, Cersei miró las ojeras de Jaime y sus ojos enrojecidos. Estaba muerto de sueño aunque lo disimulase, aunque no bostezase. Sobre la mesita había leche de amapola, seguramente el maestre le había dado un vaso antes de marcharse, para que durmiese bien.
Todavía necesitaba descansar.
-Al final de la batalla el cielo era dorado, Cersei. Como tu pelo, como el oro que siempre llevas colgado en el cuello. Era como si toda la luz que nos rodeaba fueses tú. Por eso pensé en ti. Esa luz fue lo que me guio al final.
-Si hubiese estado contigo no habría sido ninguna luz, tonto. Habría sido una maldita espada y los hubiese matado a todos antes de dejar que te hiciesen daño. Los hubiese cortado por la mitad para abonar la tierra con sus tripas.
-Mi amor…- Jaime sonrió ante la característica agresividad de su hermana, su primera sonrisa después de mucho tiempo, y sus ojos verde esmeralda se achinaron.
-Duérmete- cogió la sábana y lo cubrió hasta el pecho-. Por suerte tenemos todo el tiempo del mundo para discutir lo que yo sería si me dejasen luchar como a ti. Pero ahora no, ahora descansa.
-Pero…- Los dedos de Jaime se deslizaron por el culo redondo de Cersei, siguiendo la curva de su cadera y erizando la piel de la Reina- Estoy cansado, pero…
-No lo hagas más difícil- detuvo su mano y entrelazó sus dedos con los suyos-. Hay que esperar.
-No sé esperar contigo a mi lado, Cersei. Nunca he sabido hacerlo.
-¿Crees que te será más fácil dormir si me voy?
-No- dijo con seriedad, frunciendo el ceño-. Ni se te ocurra irte.
Jaime cerró los ojos y se acomodó bajó la sábana.
*
Cuando Cersei despertó, estaba sola en la cama. Su mano descansaba donde antes estaba el pecho de Jaime. La había colocado justo encima de donde el corazón de su hermano latía. Pero ya no estaba. Escuchó el eco de los latidos.
Alarmada, abrió los ojos de golpe y la luz rosada del amanecer se los irritó. ¿Dónde se había metido el hombre? No estaba en condiciones de ir a ninguna parte. La bruma de la mañana empañaba los cristales. Fuera, en los patios de la Fortaleza Roja, hacía bastante frío. Pero dentro de la habitación, el calor de los dos cuerpos había caldeado la temperatura.
Cersei salió de los aposentos y encontró a Jaime caminando con normalidad hacia ella. Llevaba el pelo enredado y cara de sueño.
-¿Qué haces aquí fuera?- Su hermana le agarró la muñeca y tiró de él para meterlo en la habitación- El maestre no ha dicho que puedas salir.
-Me apetecía moverme, llevo dos días postrado en esa cama. Drogado con leche de amapola. O me movía o me tiraba por la ventana.
-No cabes por la ventana- sonrió Cersei, cerrando la puerta-. El maestre tiene que estar al llegar. ¿Tienes hambre?
-Bastante. Ayer solo comí una vez- se sentó en la cama y muy despacio, se fue tumbando sobre el colchón. Siseó, dolorido, cuando la herida del abdomen se estiró por el movimiento.
-Se acabaron los paseos hasta nueva orden- Cersei se acurrucó a su lado, colándose entre sus piernas, y le besó la herida del abdomen, posando sus labios a un par de centímetros de ella.
La carne estaba dura, musculosa, pero suave.
-¿Tus órdenes o las del maestre?- Jaime sonrió, enroscando sus dedos en el pelo de la nuca de su hermana.
-Diría que las de ambos, pero no- arqueó una ceja rubia y acarició el pecho de Jaime, encontrando de nuevo el añorado latido de su corazón, tocando el relieve de sus músculos-. Espera mis órdenes.
-Vale- el hombre bajó la mirada hasta el cuello de Cersei, largo y esbelto como un cisne, y después hasta el escote de su vestido. Los pechos abultaban, claros y redondos, aprisionados por el corsé-. Si me lo dices así... Tendré que hacerte caso.
-Más te vale- respondió ella, notando como las manos de Jaime ahuecaban sus pechos.
La palma de sus manos era más grande que los pechos de la Reina, le cabían perfectamente, apretando la carne blanda con sus dedos.
-Jaime...
Cersei escaló hasta su cuello y le olió la piel. Olía a hombre, a caballero, a hermano, a todo lo que estaba prohibido, a lo que los Septones juzgaban y señalaban con un dedo acusatorio en la plaza de los pueblos. Olía a lo que a ella más le gustaba, a lo que hacía que su vientre se contrajese de placer. Le besó el cuello muy despacio, envolviendo la carne con sus labios, humedeciéndola. Jaime gimió en su oído, el calor de su aliento erizó la piel de Cersei, mientras las manos del hombre se colaban con descaro debajo de su falda, ansiosas. Buscando algo, buscándola.
A Jaime no le convenía que follasen violentamente como solían hacer. Seguía herido. Pero la Reina lo necesitaba. Necesitaba sentirlo dentro, que ocupase la soledad que dejaba cuando se marchaba a pelear. Tal vez podrían follar con cuidado, despacio. O simplemente ella podría chupársela. Sentir su polla dentro de la boca. Por el momento le bastaba, era suficiente para ella...
Escucharon la puerta y Cersei se puso en pie de un salto, recibiendo al maestre.
-Buenos días, alteza.
-Buenos días.
Jaime se tapó con la sábana hasta la cintura, disimulando el delatador bulto de su entrepierna.
-Veo que tiene mejor cara, Ser Jaime. Vamos a revisar esas dos heridas. La del brazo estaba prácticamente curada anoche. Y en cuanto la cicatriz del abdomen crezca un poco más, estarás recuperado. Aunque hasta que la cicatrización finalice queda tiempo.
-Me marcho. En cuanto pueda volveré- Cersei se alisó las ondulaciones del pelo con la mano.
Jaime apretó los dientes y su mandíbula se afiló todavía más. Cersei sabía lo que quería decir: "mira qué cachondo que estoy, no me dejes solo con este viejo".
La Reina se rio en voz baja y se marchó, con una tensión no resuelta entre los muslos.
*
Cersei regresó a sus aposentos y pidió a las sirvientas que preparasen un baño de agua perfumada y caliente. Le lavaron el pelo con esencia de lavanda y rosas, y mientras ella se frotó el cuerpo con una pastilla de jabón cremoso de Lys, coloreada por pétalos de margaritas y jazmines. Desde que su hermano había vuelto a Desembarco del Rey no se había bañado. Pero Robert estaba tan borracho que no podía olerse ni a sí mismo. Y mucho menos oler a alguien por encima de su propia peste a alcohol.
No como Jaime, incluso sucio y recién llegado de pelear, su olor era irresistible. La Reina se derretía con el aroma que desprendía su piel.
Se secó el cuerpo y eligió un vestido verde como el mar un día nublado, y se trenzó la melena rubia en una coleta que le rozaba las lumbares. Se desperezó frente a su tocador, elástica y curvilínea, proyectando en la pared de mármol la sombra de una Leona. Hubiera rugido de haber podido. Haciendo olor a la casa de los Lannister: “Oye mi Rugido”. Se colocó dos pendientes de esmeralda en los lóbulos de las orejas y bajó a desayunar con su marido. Quien como siempre no se presentó porque la resaca le impedía moverse de la cama. Comió con sus tres hijos, saboreando la deliciosa combinación de queso azul con uvas, colocadas en racimos en el centro de la mesa. Se hidrató con una taza de té negro con leche y canela, y deseó que el día pasase rápido para poder volver a los brazos de su hermano.
A media tarde, el maestre se acercó a Cersei, que paseaba con Myrcella por el Jardín de Dioses del castillo. La niña agarraba a su madre con una mano regordeta e iba tirándoles migas de pan duro a las palomas con la otra.
-Mi Reina- el viejo hizo una reverencia ante la mujer-. Ser Jaime ya está recuperado. Sepa que el vendaje del brazo ya no es necesario. De hecho, es mejor que la cicatriz se airee. El único vendaje que le queda es el del abdomen, que revisaré en unos días. Pero el pronóstico no podría ser mejor.
-Muchas gracias, maestre.
-Siempre a sus órdenes, alteza- indicó antes de retirarse.
-¿El tío Jaime estaba malito?- Preguntó con inocencia Myrcella.
-Sí, tu tío Jaime estaba bien.
Cersei estuvo con su hija un rato, hasta que los tres Lannister más pequeños fueron a cenar con su padre, que había logrado ponerse en pie. La mujer regresó a sus aposentos un momento para escoger un atuendo cómodo para la cena, el vestido le apretaba bastante en la cintura. Habría engordado, la última vez que se lo puso no le apretaba, de hecho le quedaba un poco holgado.
-¿Cenas conmigo?
La Reina pegó un grito que alarmó a los Guardias.
Jaime la esperaba, sentado en el sillón del tocador. Con ropa nueva y limpia. Llevaba una capa larga y dorada, vaporosa, y debajo unos pantalones de tela blanca y una camiseta grisácea. Se había puesto una pinza de oro de Cersei en el pelo y parecía Myrcella cuando jugaba a ser una princesa.
-Me ha dicho el maestre que ya estás bien- murmuró, cerrando la puerta y acercándose a él-. Pareces… Myrcella- tocó la pinza de oro y sonrió.
-Somos familia, la familia se parece- indicó, quitándosela y mirando a su hermana a los ojos.
La mirada hambrienta de Jaime detuvo el corazón de Cersei. Estaba bien. Estaba recuperado. Y ambos sabían lo que eso significaba. Lo que les permitía.
-Quiero follarte desde antes de volver, Cersei- colocó sus grandes manos en la cadera de la mujer y la atrajo hacia él.
-¿Y cuándo no?- Inquirió, mordiéndose el labio de abajo. Le quitó la capa.
La proximidad de los cuerpos era electricidad. Cersei posó la nariz en el hombro de Jaime y le olfateó desde el hueso hasta el cuello, terminando en su oreja. Suspiró con deseo, notando el fervor de la necesidad en su vientre y su coño empapándose como una flor bajo la lluvia de verano.
-Siempre- Jaime agarró la trenza rubia de su hermana con una mano y con la otra elevó su barbilla para besarla.
El beso hizo que saltase la chispa que reprimían. Entrelazaron los labios en un festín de lengua y saliva que a Cersei le supo a gloria. La lengua de Jaime jugaba con la suya, y entre beso y beso, el hombre gemía, deseando besar más y más de ella. El coño de Cersei se tensó, mojado bajo la falda del vestido. Literalmente le dolía lo mucho que deseaba a Jaime. Su cuerpo le necesitaba dentro de ella. Necesitaba sentir cómo el hombre se movía dentro de ella, como tantas otras veces que lo necesitaba lo había hecho.
Cersei se relamió cuando las manos de Jaime le agarraron con fuerza el culo. Notó los labios calientes posando besos en su cuello. Besos muy lentos, recreándose en su piel mientras las manos amasaban el culo, apretándola contra su erección. La mujer agarró la polla de Jaime por encima de la tela, pero se sorprendió al ver cómo Jaime se la quitaba.
-No. Tú me has cuidado estos días. Ahora déjame a mí.
La tomó en brazos, sin darle tiempo a reaccionar, y la tumbó sobre la cama, encima de un puñado de cojines de seda.
-Jaime, por favor…- No podía negarle su derecho a tenerle dentro.
-Más tarde- le calló con un beso, bajó por su barbilla, dejando un rastro de saliva, y comenzó a quitarle el vestido-. Voy a tratarte como te mereces.
A Cersei le dieron ganas de llorar al oírle decir eso. Si la gente la trataba como ella se merecía, entonces se merecía ser maltratada por todos. Pero sabía que no era así. Quien la trataba como merecía, como mujer, era Jaime. Jaime y solamente Jaime. Siempre había sido él. Desde que eran dos niños que jugaban a quitarse la ropa. Que jugaban a intercambiar atuendos y hacerse pasar el uno por el otro en Roca Casterly.
Las manos del hombre desabrocharon poco a poco el vestido, botón a botón, desatando los lazos. El cuerpo de Cersei fue quedando al descubierto, desnudo por completo excepto por la ropa interior. Su pecho blanco como la leche y sus pezones rosados como dos capullos de flor. Sorprendentemente, la Reina se sonrojó. Hacía tiempo que no estaba desnuda delante de él. Expuesta y vulnerable.
Sus pezones estaban rígidos y Jaime se llevó uno a la boca, tirando de él.
-Siempre que te toco están así de duros…
-Chúpalos, Jaime. Chúpalos como me gusta.
Cersei se volvía loca cuando el hombre le lamía los pezones. Lo hacía de una manera desinhibida y sucia que le marcaba en la piel. Los lamió, pasándoles la lengua una y otra vez para después besarlos y morderlos. Tirando de ellos con los dientes. Después chupaba el resto del pecho, pellizcando el pezón irritado con los dedos. Era un dolor tan placentero que la ropa interior de Cersei se mojó hasta que la humedad atravesó la tela y comenzó a empapar la sábana que cubría el colchón. Sus tetas se mojaron con la saliva de Jaime y varias marcas de dientes se dibujaron rojizas en la piel delicada.
-Solo quiero hacerte sentir bien, mi amor- murmuró Jaime, con el pezón de Cersei en la boca, apretando el otro pecho con la mano, el pezón se colaba entre sus dedos, tan mojado que brillaba bajo la luz que se colaba en la habitación.
Si tan solo Jaime supiera que era capaz de hacerla sentir mejor que bien. Si tan solo pudiera demostrárselo. En sus brazos, debajo del peso de su cuerpo, Cersei volaba libre como una paloma.
El hombre soltó las tetas y le besó en el centro, justo donde el corazón de la Reina latía. La boca de Jaime acarició la piel, temblorosa por el ritmo trémulo de sus latidos. Demorándose en cada hueco, fue descendiendo, siguiendo la línea blanca de su abdomen, coloreada por una fila casi imperceptible de pelo fino y dorado, que iba desde encima del ombligo hasta el vello púbico de Cersei. Jaime llegó hasta su ropa interior y la deslizó por sus piernas. La tiró a los pies de la cama y el coño de Cersei se abrió como una flor ante él. La mujer volvió a sonrojarse, el calor en las mejillas le resultaba excitante pero también le asustaba. Nunca le había gustado sentirse vulnerable. A Robert nunca le había dejado que la viese completamente desnuda bajo la luz del día, pero a Jaime sí.
-Eres preciosa…- Jaime le separó las piernas y se coló entre ellas.
Llevó dos de sus dedos hasta la boca de Cersei y la mujer los chupó. Sabía que los usaría para empezar a follársela. Así que disfrutó del sabor de la piel en su lengua. Los dos dedos ya eran suficientes para llenarle casi toda la boca. Jaime la miró mientras los chupaba, sus ojos iban de los labios de Cersei hasta sus ojos verdes.
-Para- le dijo, pasándole los dedos mojados por el labio inferior-, para porque no voy a durar si sigues haciéndolo.
Jaime fue hasta el hueco entre sus muslos y separó los pliegues de la mujer hasta que el clítoris estuvo perfectamente a la vista. Conocía muy bien la anatomía de la Reina. Con su lengua acarició el clítoris, primero despacio de arriba abajo, reconociendo el bulto redondo y rosado que coronaba la zona. Después lo chupó ejerciendo un poco de presión y Cersei arqueó la espalda como una gata, retorciéndose de placer en su boca.
-Me vas a matar- gimió la mujer, agarrando los rizos de oro de Jaime.
-Al contrario- dijo él, haciendo movimientos circulares alrededor del clítoris.
El coño de Cersei goteaba cuanto más lo estimulaba, un gran parche de humedad se formaba en la sabana, y la barbilla de Jaime estaba empapada con pequeñas gotas de feminidad. La entrada de la Reina estaba dilatada, Jaime metió los dos dedos por ella, con cuidado, recordando la forma de su interior. La carne rugosa de dentro se separó con facilidad, escurridiza y caliente. El hombre dobló los dedos, tocando el punto sensible de su clítoris desde dentro. El coño de Cersei le apretó los dedos en una contracción de placer.
-Jaime, fóllame, por favor- lloriqueó, apretándole la cara con los muslos, mojando cada vez más las sábanas, sin poder frenar. Notaba como si estuviese derritiéndose, deshaciéndose en sus dedos.
-Ya lo estoy haciendo- sacó los dedos, escuchando el delicioso sonido de estos abandonando el coño de Cersei, y los volvió a meter, estaba vez rápido, con un fuerte empujón, pero el coño estaba tan abierto que no hubo impedimento.
-No, Jaime. Me refiero con la polla. Por favor, quiero sentirte dentro de mí. Los dedos no son…
Cersei dejó de hablar. Notó lágrimas en los ojos.
No es que los dedos no fuesen suficientes, es que quería que el hombre le mirase a los ojos mientras se la follaba, con la cara pocos centímetros de la suya. Tenerlo así entre sus piernas era tenerlo lejos. Después de los últimos días, no cualquier cosa era suficiente. Lo quería lo más cerca posible.
Lo más cerca que podían estar un hombre y una mujer.
-¿Estás bien?- Jaime paró alarmado y escaló por el cuerpo de Cersei hasta acunarle las mejillas con las manos- ¿Qué te pasa?
-Me asusté, Jaime…- Una lágrima se deslizó por su pómulo, como una perla- Cuando te vi tan mal y tan lleno de heridas…
-Lo sé- el hombre le besó por donde había pasado la lágrima, y dejó caer todo el peso de su cuerpo sobre ella-. Pero ya estoy bien, Cersei. Estoy otra vez contigo.
-Vale… -Cersei asintió con alivio y apretó los ojos, dejando que dos últimas lágrimas mojaran su cara.
Le quitó la camisa a su hermano. El pecho esbelto y musculoso se dibujaba en la tenue luz que quedaba en la habitación. Cersei lo recorrió con las manos, demorándose en el vello rubio, le encantaba enterrar sus dedos en él, especialmente en la espesura cerca de su entrepierna. Llegó hasta sus pantalones y los bajó. La polla de Jaime estaba dura y lista para follar, con su cabeza rosada y un par de venas cerca de la base. Cersei suspiró, le deseaba tanto. Envolvió su mano alrededor de la polla y subió y bajó, sintiendo la piel estirándose y relajándose conforme tiraba de ella muy suave. El tacto era caliente e íntimo. Se detuvo en la punta y le pasó el pulgar por el glande, húmedo por el líquido pre seminal. Antes de llover siempre chispeaba.
-Yo también me asusté- gimió Jaime, apoyando la frente en el hombro de Cersei, disfrutando de las caricias, que endurecían todavía más su pene, aunque parecía imposible que pudiese estar más duro.
-Nadie te va a hacer sentir como yo, Jaime- llevó la polla hasta los pliegues de su coño, completamente empapados y enrojecidos. Los acarició con el pene, que se mojó con el flujo de la mujer, resbalando entre los pliegues.
-Cersei…- Suspiró en su oído, fundiéndose en el contacto húmedo.
-Podría correrme solo con esto.
-Voy a follarte como te gusta- indicó el hombre.
Cersei retiró la mano y le besó, el hombre atrapó sus labios entre los suyos, hambriento. Y sin separarse de ella, la penetró, separando la carne de su interior y llenándola por completo.
-Sí, Jaime…
El hombre se movía en su interior, marcando un ritmo acelerado, ansioso. Ninguno iba a durar mucho más. La cadera de Jaime chocaba contra la suya, y su coño estaba tan mojado y apretado que podía sentir como la punta de la polla rozaba la parte superior de las paredes. A Cersei le faltaban un par de embestidas más para el orgasmo, pero en noches como aquella le gustaba que fuese un orgasmo lento. Alargarlo al máximo con la respiración, y para eso necesitaba que Jaime se relajase.
-Jaime, mírame- le agarró la cara, liberándolo de su éxtasis de placer, y proyectó sus ojos sobre los de él-. Házmelo despacio. Tienes que relajarte…
Una gota de sudor nacía en la frente del hombre. Miró y escuchó a Cersei. Se apoyó sobre sus codos, parando la penetración, y le besó muy despacio. Cambió el ritmo y comenzó a moverse con cuidado, dilatando la penetración al máximo, como si tuviesen todo el tiempo del mundo para follar, como si ambos no tuviesen otras vidas fuera de la habitación. Jaime entró y salió de ella lentamente. Cersei llevó las manos al hueso de las caderas del hombre, acariciando la piel, indicándole que le gustaba así. Así de despacio, así de cariñoso, así de suave.
-Ojalá pudiese estar así toda mi vida- le susurró Jaime al oído, casi en un gemido.
-Sigue…- suspiró la Reina.
Ella tenía los ojos cerrados. Escuchaba la respiración de Jaime contra su cuello, el sonido de su polla saliendo y entrando en ella. Sentía la carne de Jaime en sus dedos. Olía el sudor y la humedad de ambos sexos. Saboreaba la saliva y el recuerdo de los dedos de Jaime en su lengua. Abrió a los ojos. Vio la espalda ancha y musculosa del hombre, el perfil de su trasero moviéndose encima de ella. Para Cersei, aquello era el paraíso, un paraíso infinito al que siempre podría volver en su memoria.
Jaime gruñó sin poder aguantarlo más, y la mujer sintió la semilla del hombre rociando su interior. Mientras se corría, Jaime no aceleró, sino que alargó el orgasmo durante varios segundos. Siguió follándose a Cersei con la semilla dentro, y en cuestión de un instante un orgasmo erizó el cuerpo de la mujer, naciendo en su coño y extendiéndose a todo el cuerpo. Jaime se movía tan despacio que el placer duró unos segundos infinitos que la sacaron de aquella habitación. Se olvidó de quién era, y al terminar volvió a su cuerpo.
Besó el cuello de Jaime, cada beso era una declaración de intenciones. No quería que se moviese nunca. Quería estar protegida, en sus brazos, siempre. Siempre.
-Tenemos que hablar con el maestre para que la semilla no haga un bebé- bromeó Jaime, agotado sobre Cersei.
-Sí, pero más tarde. Vamos a quedarnos un rato así- le dijo, notando como el pene de Jaime perdía dureza, como la respiración del hombre se ralentizaba.
-Toda la noche si quieres.
