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El atardecer se adentraba y el mar parecía más tranquilo de lo normal en Valencia. Lionel Scaloni se encontraba paseando lento por la orilla sumergido en sus propios pensamientos sin prestarle mucha atención a su camino. Lo único que ocupaba su mente en esos momentos es que había sido convocado para ser el director técnico de, ni más ni menos, la selección Argentina.
—¡Lionel! ¡Che! ¡Eu!
Scaloni tan metido en su mente como solía estar, ni registró que había alguien llamándolo desde hacía rato, hasta que una mano se posó sobre su hombro.
—Algún día te vas a meter tan adentro de tu cabeza que no vas a volver, eh —comentó con cariño el hombre de rulos.
—Disculpa, Pablito —respondió riendo Scaloni—. Todo este tema me tiene dando vueltas.
Aimar observó cómo su amigo realmente parecía angustiado por el tema y le surgió la necesidad de querer ayudarlo. Apretó la mano que seguía en su hombro y habló.
—Armemos la lista.
—¿Qué?
—Sí, eso, armemos la lista de jugadores cosa que si te decidís ya sabes a quién querés llamar —afirmó seguro Pablo mientras bajaba la mano del hombro de su amigo.
—Cada tanto tenés buenas ideas, Payasito —se mofó el pelinegro.
—Que sería de vo' sin mis ideas, eh.
—Y... me costaría.
Ambos rieron y Lionel se tomó un segundo para apreciar el perfil de su amigo a contra luz y con el mar de fondo. Parece sacado de película el hijo de puta, tiene todo el pelo revuelto e igual se ve bien pensó mientras lo observaba, pero al segundo corrío la cabeza con un poco de vergüenza que no sabía muy bien de dónde había salido. Se aclaró la garganta y habló.
—Bueno, entonces, Messi definitivo en la lista.
—Obvio, ni el ni Di María pueden faltar —confirmó el más bajo.
—Otamendi y Agüero también son indispensables.
Siguieron de esa manera un largo rato, tirando nombres, evaluando posibles lineamientos, tácticas y jugadas. Ambos sabían que si decidían quedarse con la selección se le venían días duros. No por los pibes, sino por la prensa, esos seguro que iban a boquear de más.
—Me parece que ninguno de lo' do' está muy bien de la cabeza —suspiró Aimar después de haber terminado de evaluar a los jugadores.
—Pero bien que hacemos un buen equipo ¿O no? —preguntó el pelinegro guiñándole un ojo.
El más bajo se quedó quieto por un momento. No quería darle mucho manija a la guiñada de ojo, seguro le estaba haciendo una joda así que optó por la salida fácil y respondió con una broma.
—Recién empezamo' y ya te estás agrandando, eh.
—Y... con vos a mi lado me parece que tengo con qué —le respondió sonriendo.
De todas las cosas que Pablo esperaba que Lionel le diga, esa ni siquiera entraba en la lista. Lo dejó recalculando mientras pensaba que responderle. La verdad, lo había tomado de sorpresa y no sabía leer si su amigo estaba boludeando o coqueteando, lo cual le provocaba un sentimiento raro que le hacía acordar a cuando era pendejo.
—Se ve que caminar en la playa te saca lo galán, eh.
O por ahí sos vos pensó Scaloni pero no lo dijo. Sin embargo, cuando vio que Pablo corrió rápido la cabeza para el lado opuesto al suyo y muy fugazmente vió como se le enrojecían las mejillas, se dió cuenta de que tal vez se le había escapado en voz alta.
Aimar no supo que contestar, inclinó rápido la cabeza al mar porque no quería parecer un pibito de catorce que recién empieza a chamuyar y se sonroja fácil. Quería con todo el corazón responder algo, pero se mantuvo callado; decir algo en ese momento ya iba a sonar incómodo y hacerlo pasar como un chiste iba a quedar forzado. Al final, los dos optaron por seguir caminando en silencio, ambos metidos en sus propios pensamientos, pero cada tanto se rozaban el brazo para hacerle notar al otro que todavía seguían ahí y no pensaban irse.
Por su parte, Scaloni, casi se insultaba a si mismo, pensando en que la lista de jugadores le había consumido todo el pensamiento lógico que tenía y ahora solo podía decir boludeces que incomodaban a Pablo. Por el otro lado, Aimar, seguía medio confundido. La última vez que lo había visto a Lionel actuar así fue cuando eran pendejos y ganaron para la sub 20.
En la noche del festejo copa iba y copa venía, una cosa dió a la otra y Pablo terminó en el baño de la asociación observando a Lionel tomar agua de la canilla para "sacarse la borrachera". Como era de esperarse, no funcionó del todo, sin embargo, estaba lo suficientemente mejor como para dar un discurso sobre como Pablo era lo mejor del fútbol y que suerte tenía de ser su amigo. Aimar se reía de sus incoherencias hasta que el discurso avanzó.
—Pero, no solamente sos el mejor jugador, Payasito, también sos el más hermoso —continuó el pelinegro.
—Dale, Lio, dejate de huevada'. —contestó mirando para otro lado.
—No son huevadas, es la verdad, sí sos el más lindo —replicó acercándose— Mirá esos rulos, me vuelven loco.
—¿Cuánto tomaste? Estás medio delirante vo'.
—No, no, nada de deliro, envidio a cualquiera que pueda tocar tu pelo... o tocarte en general —afirmó inclinado la cabeza.
Aimar ya no podía responder, sabía que estaba sonrojado a niveles extremos y si Scaloni lo había notado no se detuvo en mencionarlo. No podía creer lo que estaba escuchando, pero lo peor era no saber si era producto del alcohol o pensamientos genuinos. Sin embargo, no llegó a profundizar la idea ya que, Lionel, había colocado sus manos en sus mejillas envolviendolas detrás de su cuello.
—¿Qué me estás haciendo, Payasito? —había dicho el pelinegro suspirando.
—Lio, te re chupaste, necesitás descansar un rato, dale vamo'.
—¿Vamos? No veo que te estés moviendo —había replicado atrevido.
Pablo quizo ser responsable, hacer entrar en razón a su amigo, sin embargo, Scaloni tenía razón: no tenía intención de moverse de dónde estaba. No iba a negar que las acciones de su amigo lo estaban tomando de sorpresa, pero tampoco podía negar lo bien que se sentía tenerlo así de cerca y ver cómo sus ojos no dejaban de alternar entre mantener su mirada o mirar sus labios. A su vez, Pablo se iba haciendo para atrás en reacción a cada paso que Lionel tomaba y como era de suponer terminó acorralado entre él y la pared del baño.
—Permiso —dijo el pelinegro en un susurro ya solo mirando hacia la boca del contrario.
Lo besó y Pablo decidió que ya que estaba en el baile también podía bailar y le siguió el beso. Fue lento en un principio, hasta que la mano de Lionel subió hacia sus rulos y tiró su cabeza hacia atrás para intensificarlo. Aimar no sabía en qué momento permitió la entrada de la lengua del otro, o cuándo fue que sus manos se aferraron con fuerza a la cintura de Scaloni, pero ahí estaban los dos casi batallando para no soltarse. La mano de Lionel, que no estaba enredada en su cabello, bajó de su cuello y le recorrió toda la espalda hasta posarse en la parte más baja, ya no quedaba parte de ellos sin tocarse, hasta que una especie de gemido ronco se escapó de su garganta y Pablo volvió a la realidad rompiendo el beso.
—Para, Lio, estás borracho ni te vas a acordar de esto mañana —dijo con el poco autocontrol que le quedaba.
—De esto no me olvido nunca, Pablito —revatió el otro.
Aimar lo miró fijamente, tenía los ojos brillosos ya sea por la exitación o el alcohol, las mejillas habían tomado un color rosado y él sabía que si no fuera porque su amigo tenía el pelo rapado, este estaría igual de desordenado que el suyo. Aimar quería creerle, pero sobre todas las cosas Lionel era su amigo y no podía hacerle algo así a él. Si en algún momento se les volvía a dar, él prefería que ambos estén cuerdos y realmente al mando de sus acciones, por lo que terminó convenciendo a Scaloni de abandonar su momento y subir a dormir.
Una vez en la habitación que compartían, después de haberse asegurado que su compañero estaba realmente dormido, se tiró en su cama y se tapo los ojos con el antebrazo. No quería llorar, pero tenía miedo, no quería despertar al otro día y que su amigo no se acuerde de esa noche o que finja que no pasó nada, o peor, que se arrepienta.
Pablo casi pasó la noche en vela, no sé dió cuenta de que se había dormido hasta que sintió que algo le pinchaba el costado tratando de despertarlo. Cuando abrió los ojos ahí estaba su amigo, contándole cómo le dolía la cabeza y que se les estaba haciendo tarde para el desayuno. Nunca comentó nada sobre la noche que habían pasado, y Pablo en ese momento tampoco tuvo la valentía de preguntarle, así que tragando el nudo de su garganta, había fingido que nada pasó.
Aimar parecía casi en un trance, ya era la tercera vez que Lionel le tocaba el brazo y el otro seguía caminando como si nada. A una parte de él le surgió el miedo de que Pablo se haya enojado, pero la otra parte, la más lógica y analista, le dijo que se notaba que estaba distraído, perdido pensando en vaya a saber qué.
—Che, Payaso.
Nada.
—Eu, Pablito —insiste con sutileza tocándole el hombro.
Su amigo gira la cabeza despacio medio perdido, pero da a entender que lo escuchó y está esperando a que continúe. El sol ya casi se había puesto y ahora los bañaba la luz dorada del ocaso. Si estuvieramos en un libro ahora es donde el tipo confiesa su amor piensa Scaloni y se quiere reír de su idea, pero sabe que eso va a confundir más a su amigo, así que se la aguanta.
—Estabas medio ido, hace rato te estoy llamando ¿En qué anda esa cabecita tuya?
—Boludece', ya sabe', tanto tiempo con vo' se me pegó esto de maquinar mucho —contestó medio en broma Pablo.
—Cuidado, eh, no te vayas a agarrar un ataque de pensamiento.
Rieron juntos hasta que el silencio volvió a inundarlos, Lionel sabía que algo estaba agobiando a su amigo, pero increíblemente no encontraba las palabras para preguntarle que le pasaba, hasta que es Pablo por su cuenta quien rompe el silencio primero.
—Che, Lio ¿Vos te acordás algo de la noche que ganamos la sub 20? —preguntó cauteloso el más bajo.
—¿Recorando los viejos tiempos, Pablito?
Scaloni al principio respondió en chiste, lo había inundado el pánico porque Pablo nunca había hablado de este tema antés, aunque al ver como su amigo no reía y parecía estar muy preocupado por su respuesta decidió constestarle en serio y que fuera lo que dios quiera.
—Sí, me acuerdo —arregló mirándolo a los ojos— Todo.
—¿Qué es todo para vo', Lio? —replicó su amigo con una mirada sorprendida y llena de brillo.
—El beso en el baño —dijo francamente pero queriendo que lo trague la arena— Tan mal no estaba como para olvidarlo.
Fue momento de Aimar de quedarse callado, siempre decidió creer que realmente Lionel no se acordaba de nada, porque si lo hacía eso implicaba que decidió ignorarlo y hacer como que nada hubiera pasado. Esa misma idea fue la que lo impulso a hablar con un poco de enojo en la voz.
—Yo pensaba que sí. No comentaste nada al otro día y mirá que esperé, cada vez que te acercabas a hablarme medio que rogaba que dijeras algo sobre lo que había pasado.
Scaloni hizo el puchero que solía hacer cada vez que se estresaba o estaba nervioso, y en ese momento era ambas.
—Me parece que al final somos dos boludos, Pablito —dijo medio en broma medio en serio—. Cuando te fuí a despertar ese día, no quería tocar el tema de una, sabía que yo había estado medio chupado y por ahí mis recuerdos no eran los mejores, así que comenté sobre otra cosa para que seas vos el que pregunte; como no lo hiciste pensé que a lo mejor te había incomodado y preferías hacer como que no pasó nada —finalizó con una risa amarga—. Mirá que algunas veces tengo ideas de mierda pero esa fue la peor de lejos. Perdoname.
Aimar no sabía si quería reír, llorar o no hacer nada. La verdad, como dijo su amigo, era que habían sido dos boludos; vivieron en un malentendido por años a pesar que ambos se acordaban de lo que había pasado.
—Al final para el fútbol hacemos muy buen equipo, pero para lo demás somo' medio lerdos.
Una carcajada liberó el ambiente tenso que se había formado y empezaron a reir de su propia idiotez. A medida que la risa iba disminuyendo y quedaban los dos enfrentados otra vez, comenzaron a acercarse lentamente el uno al otro casi como si tuvieran miedo de que alguno se escapara. Ahora como en ese entonces, Lionel, es el que posó sus manos en la cara de Pablo, y este el que se aferró a su cintura. Ninguno supo muy bien quién fue el primero en cerrar el espacio que los separaba, pero por segunda vez en años, ambos amigos se encontraban besandose. El beso fue casi una réplica de lo que había sido, empezó lento para luego tomar intensidad después que Lionel bajara su mano hacia la espalda baja del otro y los acercara más, sin embargo, esta vez Pablo la continuó, moviendo sus manos a la nuca de su amigo tratando de sentirlo más cerca aunque era imposible, a estas alturas ya se encontraban jadeando en la boca del otro buscando algo de aire pero sin querer separarse, hasta que el beso volvía a comenzar. A pesar de sus ganas de mantenserse unidos, Scaloni, abruptamente cortó el beso y lo miró determinadamente como si una idea importante se le hubiera cruzado mientras se besaban.
—¿Qué pasó, Lio?
—Tenemos que ir.
—¿Vo' 'tas seguro? —respondió Pablo cazandole el pensamiento al instante.
—Ni entrenador tienen, Pablo, faltan quince días nomás, no los podemos dejar así. Tenemos que ir.
Se miraron a los ojos mientras el silencio surgía entre ambos. Scaloni sintió el miedo infundado de que Pablo se quiera oponer, hasta que vio como una sonrisa se le formaba en la cara mientras sus ojos tomaban un brillo divertido.
—Vos estás loco.
—Sí y vos tampoco estás muy sano —respondió con alivio siguiéndole el juego y abrazandolo por la cintura.
Ambos estallaron en una carcajada limpia mientras sus cuerpos se rosaban por los pequeños espasmos que la risa iba dejando, a la vez que el poco sol que quedaba los iluminaba con sutiles rayos dorados.
