Chapter Text
Aemond se acomoda en su posición habitual de presentación, es vergonzoso, pero en este punto han intentado de todo para que la semilla de su esposo logré plantarse en su vientre fértil.
No han tenido resultados positivos y su esposo empieza a cansarse.
— Levanta más las caderas — dice el alfa, colocando su mano en su espalda y dándole un leve golpe. Aemond gime, no encuentra placer en las palabras más bien es un gemido de angustia. Se siente como una prostituta de la calle de la seda.
Gime de nuevo ante la intrusión violenta del alfa, no es cuidadoso y tampoco se disculpa por ello. Aemond aprieta sus labios y deja que el alfa lo tome de la forma en la que desee.
Han estado juntos por más de un año, y no han logrado concebir un hijo. El deleite de las primeras veces juntos ha pasado y lo único que tienen ahora es estos momentos en los que tratan de cumplir con su deber.
Ya no se miran para comer o compartir momentos, se evitan tanto como pueden a menos que de verdad se requiera su presencia juntos.
Madre siempre imploro que buscará la forma de convencer a su esposo, dijo que un esposo que es feliz en el lecho, estará feliz con su Omega. Aemond lo intento los primeros meses, incluso disfruto de cierta manera los toques del alfa. Pero con el paso del tiempo eso se difuminó y dio paso a una relación cercana a la de su madre con el rey Viserys. Algo aburrido.
El alfa gime y derrama su semilla dentro de su cuerpo. Aemond no siente nada y solo cierra los ojos. Orando tal como dijo su madre en una de las cartas, pero eso no funcionaba, Aemond hace muchos años dejo de creer en los dioses después de que perdió su ojo y ninguno escucho su plegaria de devolverlo. Pero aun así hace el esfuerzo, quizás esta vez los dioses si estén escuchando.
Quizás esta sea una forma de recompensar, permitir que tenga el heredero que necesita.
Pero no puede confiar toda la tarea a los dioses.
Aemond se arrastra en el colchón hasta el extremo de la cama y coloca sus piernas arriba como los maestres han sugerido para ayudar a concebir. De nuevo se ve reducido y contrariado por la vergonzosa posición en la que se encuentra.
Es injusto, su hermano Aegon ya tenía dos hijos después de tres años de matrimonio, sus embarazos fueron fáciles, incluso Aegon señaló que el último de sus hijos no estaba planeado, pero simplemente sucedió.
Para Aemond las cosas no sucedían simplemente, tenía que luchar por ellas. Ni siquiera cuando era algo tan fácil como tener un heredero.
Alfa deja escapar un suspiro también cansado de la situación.
— Tendremos visitas, encárgate de que todo esté en orden para dentro de una quincena — anuncia su esposo, mientras guarda su miembro flácido dentro de sus pantalones. — Comida, habitaciones, no debes descuidar ningún detalle. No quiero que nuestros invitados hablen mal de nuestra negligente hospitalidad.
Aemond asiente con un tarareo.
— ¿A quién estamos recibiendo? — pregunta, mientras observa los dedos de sus pies, incapaz de encontrar algo más entretenido que hacer mientras está en su posición.
— Al príncipe Lucerys Velaryon — dice su esposo, avanza hasta su posición en la cama y pasa una mano por su cabello. Aemond se permite disfrutar del gesto, es el único que ha recibido desde hace meses. — Es tu sobrino, confío en que sabes lo que le gusta. Y así podamos agradar. La serpiente Marina está cada vez más enfermo, tu sobrino pronto será el heredero de Driftmark y será bueno tener una relación amistosa con él.
Su esposo toca ligeramente la cicatriz que tiene en su rostro y se aleja tras darle un suave pero frío beso en la mejilla.
Aemond cierra los ojos de nuevo y trata de controlar su respiración.
No tiene idea alguna de lo que pueda gustarle a su sobrino, nunca fueron cercanos más allá de la cordialidad que se debían como familia, las última vez que se vieron Aemond no presto atención al alfa, demasiado preocupado por sus propios asuntos ya que fue durante su boda.
Tal vez Aegon podía tener una mejor idea de cómo agradar a su cuñado, así que más tarde escribiría una carta a su hermano solicitando su ayuda.
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Es exactamente una quincena después cuando el barco de los Velaryon aparece en el horizonte, con sus estándares ondeando en el viento y las velas de sus barcos anunciando de quién se tratan. Pero eso no es lo que llama su atención, sino el rugido que rompe el silencio que se ha instalado en la comitiva que espera al príncipe.
Escucha a Vhagar también rugir en la distancia, posiblemente conmocionado de escuchar a otro dragón después de tanto tiempo. El dragón y su jinete son los primeros en tocar tierra, del dragón desciende su sobrino. Su dragón sigue siendo pequeño en comparación con Vhagar, pero ha crecido lo suficiente para lucir imponen al igual que su jinete.
Lucerys es más alto que él, su cabello sigue siendo largo y rizado, pero ahora hay una barba en su rostro. Que se supone debería endurecer sus facciones, pero Aemond lo encuentra más agradable.
— Príncipe — saluda su alfa haciendo una reverencia a su sobrino. — Es un gusto recibirlo.
Aemond le dedica una mirada a su sobrino y lo saluda con un movimiento de cabeza asintiendo en su dirección.
— Es un placer recibirte, sobrino. Espero tu camino hacia aquí fuera favorable.
— Lo fue — responde Lucerys dedicándole una sonrisa. — Me he adelantado a mi comitiva, pero pronto estarán aquí.
— Hemos preparado el puerto para su llegada, no debe preocuparse — señala su alfa con una sonrisa.
— Me gustaría retirarme a mis aposentos a lavarme, volar en un dragón por horas no deja un olor agradable— comenta Lucerys, mirándolo, quizás esperando que esté de acuerdo con él. Aemond lo está, pero solo le sonríe de vuelta a su sobrino y no dice nada.
— Mi esposo, su tío Aemond ha preparado una comida especial para usted, se servirá más tarde.
Lucerys le agradece y empiezan a caminar de vuelta hacia el castillo. Aemond mira sobre su hombro para ver a Arrax volar sobre el cielo, siente envidia de la libertad que posee, al igual que Vhagar debe hacerlo.
Por la noche cuando la comitiva de Lucerys ha llegado, se sirve la comida que preparo con ayuda de los consejos de Aegon.
Las personas disfrutan de la comida y de la bebida, así que Aemond se relaja en su posición y se permite comer unos bocados del trozo de cerdo y beber un poco de vino dulce de Lys.
— Príncipe, noto que no ha probado bocado — señala su esposo. Aemond se tensa en su lugar y dirige su atención al plato de su sobrino, quien en efecto no ha comido nada de su plato. Los ojos de su esposo lo miran brevemente antes de volver su atención hacia su sobrino.
— No hay problema alguno, es una cena que luce apetitosa, pero soy alérgico a las almendras — Dice Lucerys, la sonrisa no abandona sus labios mientras habla, pero hay un tono filoso en sus palabras.
Aemond decide que matara a su hermano tan pronto cómo lo vea, colocará su cabeza sobre una pica y la dejara por todo el verano hasta que se pudra.
— No tenía idea — su esposo chasquea los dedos a uno de los sirvientes apurándolo para que aleje el plato. — Ha sido un error, pido me disculpé su majestad. Le prepararan un platillo diferente.
— Preferiría que no — dice Lucerys encogiéndose de hombros. — Estoy bien.
Los ojos del alfa lo miran por unos segundos y Aemond se encoge en su lugar y traga saliva intentando que el nudo de su garganta de deshaga.
Lo ha arruinado, no puede ser un buen Omega, no dando a luz hijos para su alfa, tampoco para hacerse cargo de una tarea del hogar tan sencilla como servir a los invitados de su esposo.
— Es una suerte que trajera mi propio vino, no quisiera arriesgarme — bromea Lucerys, pero sabe que detrás de eso está una acusación explícita.
Su esposo también lo capta porque ríe de la broma de su sobrino, pero no hay rastro de diversión en sus ojos.
— Debí confundir algunos ingredientes para tu comida, sobrino. Fue un error mío, me disculpo — dice mirando a Lucerys, el alfa acaricio el borde de su copa y asintió con una sonrisa.
— Aemond deberías ir ya a la cama es tarde — indica su alfa antes de beber de su copa de vino.
Lucerys enarca una ceja en su dirección. Pero Aemond lo ignora y se levanta de la mesa.
— Buenas noches — se despide antes de caminar de regreso a su habitación.
Su alfa estará furioso por el enorme error que ha cometido, puede considerarse un atentado contra la vida del heredero de Driftmark. Reza porque el alfa considere apropiada su disculpa y no pierda sus estribos.
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Lucerys bebe la copa de vino que le sirve uno de los sirvientes y huele el líquido con discreción antes de beberlo.
Esperaba encontrar una bienvenida diferente cuando su abuelo Corlys lo invito a reunirse con el viejo hombre para reafirmar “su relación”, Lucerys lo vio por última vez durante la boda con su tío.
Eran una pareja no típica de ver, su tío era joven y atractivo, olía a Omega fértil, mientras que el alfa era enano, mal encarado y al igual que su abuelo Viserys, el hombre olía a alfa marchito.
En ese momento se río del destino del pobre hombre al que seguramente Aemond le harían la vida imposible sin duda alguna. Por lo que se sorprendió de encontrar a su tío reducido a ser un Omega sumiso que cumplía con todo lo que su alfa le ordenaba.
Distaba mucho del Omega que peleaba ante cualquier provocación. El mismo que golpeó a Jace sin importar que su hermano apestara a alfa furioso, intentando ponerse sobre su dominio para doblegar al Omega.
Bebió poco más de su copa y enarco una ceja al ver que el alfa estaba bebiendo como si se tratara de agua.
La noche siguió avanzando con pesar y Lucerys encontró que era realmente aburrido estar sentado a un lado del hombre, mientras él coqueteaba descarado con cualquiera de las omegas a su servicio.
El alfa se inclinó a su lado, casi tropezando por la torpeza del alcohol.
— Se que su relación no es buena desde que le sacaste el ojo, pero ha cruzado los límites, te aseguro lo haré responsable de lo que hizo — señala el hombre entre eructos. Lucerys reconoce que cualquier cosa que diga en defensa de su tío entrara en oídos sordos ya que el alfa está ahogada en alcohol. — Es tan torpe la mayor parte del tiempo, ni siquiera ha dado un heredero aún, no sabe servir a mi hogar y trae desgracia.
Lucerys mira al alfa con algo cercano al asco. Y aprieta la manos sobre la madera de la mesa. El alfa tan intoxicado con el líquido oscuro no nota el cambio en su olor.
— Solo estoy dándole esta luna, sino está embarazado, pediré a la fe que anule nuestro matrimonio por ser un Omega inadecuado.
Lucerys está tentando a señalar que quizás Aemond no sea el problema, el hombre ha estado casado dos veces antes de unirse a su tío y ninguna mujer ha quedado embarazada.
Pero qué sentido tendría intentar hacer entrar en razón a un alfa de este tipo. Quizás que rompa el matrimonio sería un alivio para Aemond.
— El vínculo con la casa real de Westeros es bueno — dice con ligereza— pero no vale la pena sino obtengo el heredó que necesito para seguir manteniendo mi propia casa a flote. Pensé que Aemond al menos me daría un hijo, ni siquiera me gustan los omegas hombres. Pero mujeres omegas tampoco me dieron un heredero y decidí intentar con él. No han pasado ni dos años y ya me he aburrido de él.
Lucerys se lame los labios e ignora al hombre a favor de fingir que está más interesado en ver a las personas que están bailando en el salón.
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Aemond ha terminado de supervisar que los sirvientes arreglen las cosas como sabe que a su esposo le gustan, es meticuloso sobre todo ahora que ha sacado todos sus objetos preciosos para exhibirlos, un gesto de presunción hacia el futuro heredó de Driftmark. Quiere demostrar que el también posee poder, su casa podrá ser menos relevante en Westeros, pero el dinero no es un problema. O eso trata de demostrar ante tal exhibición.
Las sirvientas están alrededor cuando Aemond siente que alguien sujeta su brazo, vuelve la mirada para reconocer a quien lo sostiene y se encuentra con Lucerys.
— Sobrino— saluda con un gesto de cortesía.
— Tío — devuelve el saludo el alfa. — Necesitamos hablar, en privado.
Aemond mira a su alrededor señalando a las sirvientas con discreción, sus labios se aprietan esperando que el gesto sea percibido por el alfa.
Su señor esposo no lo permitirá ya que ha pedido que una sirvienta este cerca, él alfa no está feliz después de que Aemond intentará atentar contra la vida de su poderoso sobrino, no creyó la versión de que fue un accidente.
Lucerys parece entender su gesto porque empieza a hablar en alto valyrio.
— Tú esposo va a rechazarte en una quincena — anuncia con su pronunciado acento. Aemond aparta su brazo y lo mira casi pálido.
Esto fue de lo que hablo su madre cuando advirtió sobre las consecuencias que tendría sino era un buen Omega para su alfa. Estaría siendo rechazado, por la sociedad y quedaría marcado como un producto dañado. Ningún alfa lo querrá. Madre tampoco lo hará porque significaba que hablaba de su mal crianza el hecho de que no criará a un hijo adecuado.
— ¿Se lo has pedido por el accidente de ayer? — pregunta ingenuamente buscando la mirada de su sobrino. Alfa dijo que lo intentaría en la siguiente luna, cómo pudo cambiar de parecer tan pronto. — Todo se trató de una estúpida broma de Aegon, yo no debí pedirle consejos sobre tus preferencias.
— No lo hice— se apresura a responder el alfa, ofendido por su acusación— bebió demás y su lengua se soltó.
Aemond se siente mareado, que se supone que hará. ¿Debería escribir a su madre para preguntar que hacer a continuación?
Era fácil para los alfas poder volver a unirse a alguien después de que rechazaban a sus omegas, pero para los omegas era imposible, ningún alfa de buen estatus deseaba a un Omega que ya había estado con otro alfa y que fue declarado inadecuado.
— No afectará en nada para ti, eres Aemond Targaryen hijo del rey Viserys. Encontraras un nuevo pretendiente, sé que el problema no está en ti. Es tu esposo quien ha estado con tres omegas fértiles y no ha logrado aparearse con ninguno.
Aemond quiere creer en las palabras de su sobrino, pero lastimosamente no funciona así.
— A nadie le importa eso, si me declara como inadecuado nadie más me tomara, estoy mutilado, utilizado y lo que respecta a mi alfa inservible. Nadie me querrá. Mi madre perderá la razón cuando se entere.
— Aemond — interviene Lucerys sosteniendo su mano en un intento de apaciguarlo.
Niega ante la cercanía del alfa, ¿Por qué tenía que ser tan difícil? Puso todo de su parte para que esto funcionará, siguió las órdenes de su madre y se comportó complaciente con su alfa atendiendo cada una de sus peticiones, aunque estás fueran contra sus propias creencias. Lo priorizo sobre cualquier otro deseo que tuviera y aun así el alfa no valoraba su esfuerzo.
— Lo intente — dice en un susurro, siente que hay un dolor en su pecho. Nuevamente no es lo suficiente — lo juro, pero es imposible concebir un hijo — confía a su sobrino en voz baja.
Quiere volver a la habitación y llorar hasta que logre deshacerse del sentimiento desolador en su pecho, no le importa el alfa, le importa las consecuencias que tendrá para él, para su madre. La reacción de su madre será la peor.
Se frota ambas manos con nervios y está a punto de dar la vuelva para volver a su habitación y pensar mejor en lo que se supone debe hacer. Lucerys lo detiene.
— Lo haré, te daré el bebé que necesitas— ofrece.
Aemond frunce el ceño en dirección a su sobrino. Consternado por las palabras y esperando que él se ría de él en su cara por pensar que en realidad lo harían.
— ¿Lo harías? — indaga con escepticismo después de no recibir burla alguna. Su ojo es crítico mientras observa a su sobrino.
—Tu esposo es tan tonto como para aún no darse cuenta que el infértil es él. Si tienes un bebé él no tendrá ninguna sospecha.
Ve la honestidad en las palabras del futuro señor de Driftmark, entonces no importa a cuántos dioses les pida el favor. Nunca quedará embarazado porque su esposo es quien tiene el problema no él.
Se siente como un alivio el hecho de saber que por primera vez no es quien está dañado.
Pero hay otra cuestión que lo hace detenerse.
— No, yo no tendría un… — sus ojos recorren a su sobrino.
Lucerys le sonríe.
— ¿Bastardo?
— Es cruel, sugerir algo así hacer pasar a un bebé cómo hijo de otro hombre.
— No estoy obligándote a nada tío, pero ¿no es cruel también dejar a Omegas a su suerte después de tomar todo lo que nuestra sociedad considera como virtuoso?
Aemond abre la boca para decir algo, pero su esposo aparece y rápidamente la conversación se desvía hacía lo mucho que ha costado la reparación de unos murales que Aemond odia.
Ignora a su marido y a su sobrino a favor de pensar en el ofrecimiento de Lucerys.
Piensa sobre la propuesta, la implicación que tendría el hecho de que se relacionara con su sobrino en busca de quedar embarazado, tendría un bastardo.
Iría contra sus principios al aceptar que un bastardo plante un bastardo dentro de su útero. Estaría siendo hipócrita contra las creencias de su madre y los ideales que ella les inculcó.
Pero Aemond ya había cedido a todos sus principios para el alfa con el que fue forzado a casarse, ¿Qué haría la diferencia? Solo sería una vez, obtendría a su hijo y después olvidaría todo esto.
— Esposo, cuando llegaste Lucerys me comentaba que quería ver a su dragón para asegurarse de que estuviera bien — interrumpe la maravillosa conversación sobre los murales. Su esposo lo mira con los ojos entrecerrados, reprendiendo su falta de cortesía al interrumpir.
— Me gustaría corroborar como se encuentra Arrax — comenta Lucerys, atrayendo la atención. — Estoy seguro que el príncipe Aemond puede acompañarme.
— Espléndido — dice su señor esposo con una sonrisa pronunciada, alza ambas manos llamando a uno de los sirvientes para que los acompañe. — Vhagar también estará contenta de recibir visitas.
Aemond observa a la distancia como la sirvienta los está mirando, nadie de aquí es tan valiente como para acercarse a dónde Vhagar descansa, su dragona no aprecia el lugar y tampoco a la gente de aquí, por lo menos parece encontrar comodidad con Arrax cerca.
Entra en el recinto que su esposo le obsequio como regalo de cortejo para convencerlo de aceptar su propuesta. Aemond lo hizo porque realmente no tenía opción, su madre iba a casarlo, aunque hubiera regalo o no.
Por lo menos Vhagar tenía un enorme lugar aquí en el que descansar.
Lucerys entro junto a él al recinto y acaricio a Arrax a su paso, su dragón movió la cabeza en su dirección, pero tampoco se levantó de su posición, Vhagar parecía estarlo contagiando de su letargo.
Cuando están lejos de los dragones y aún más de la puerta, Aemond va hacia un rincón en el que guarda algunos suministro para su celo, a veces pasa sus celos en este lugar cuando su alfa está lejos y solo se permite sentir la protección de su dragón.
Trae una manta y la extiende en el suelo. Alcanza el cinturón que rodea su cintura y se deshace de él empezando a desnudarse. Lucerys también empieza a quitarse la ropa. Aemond es más rápido, este lugar es caliente y su ropa se ha reducido a tres prendas.
— Voy a presentarme para ti — anuncia Aemond tímido, se arrodilla en el suelo sobre la manta.
Aemond se coloca en la posición habitual en la que lo hace con su esposo, manos y rodillas al suelo, cadera levantada frente en el piso. A pesar de la manta el lugar está sucio por supuesto y la tierra cala en la piel que está en contacto, pero se mantiene en su lugar.
Espera, pero no siente al alfa acercarse, ni siquiera olfateándolo un poco. Aemond piensa que su vista ha sido demasiado y su sobrino se ha retractado de la idea de acostarse con él.
Debió haberlo imaginado.
— Si no logras— aun así, lo intenta, puede sentir el sonrojo teñir sus mejillas— he aprendido algunas técnicas que puedo implementar si no logras…
Lucerys lo interrumpe.
— Quieres concebir a tu hijo, de esa manera — pregunta Lucerys. Aemond nota la forma en la que señala que este será solo el hijo de Aemond, de Aemond y de su esposo por supuesto.
— Solo quiero un bebé, no me importa la forma en la que sea creado — dice con honestidad. A nadie le importará la forma en la que su hijo fue creado, solo importa que el bebé llegué a término y llegué al mundo siendo saludable.
Se incorpora sobre sus rodillas aun permaneciendo en el suelo, pero por lo menos ya no hay tierra calando sobre su frente y brazos. Se niega a mirar al alfa que está sobre él y ha dejado de desnudarse.
Se pregunta cómo es que su vida ha cambiado tanto, cómo paso de disfrutar estar entrenando en el patio de su casa con completo libertad, a depender de lo que los alfas decidan que será su vida. A humillarse de esta manera, suplicando a uno o a otro para que lo tomen.
Nunca fue lo suficientemente bueno. No tan delicado y agradable como Aegon o Helaena, más suaves y apetecibles para sus alfas. Tan parecidos a madre. Mientras que su rostro es largo, y sus facciones son afiladas después de perder el ojo todo esto empeoró era imposible de ver y los alfas que pedían su mano a futuro cuando todavía era joven retrocedieron ante su incapacidad, su cuerpo es delgado y musculoso, lejos de la redondez que los omegas tienen y que les garantiza un hijo sano.
Esto fue una estúpida idea, no debió si quiera considerar la proposición.
— Yo debería irme— dice mientras hace el amago de levantarse del suelo.
Lucerys lo detiene y se arrodilla a su lado
— No, está bien si así lo quieres podemos hacerlo de la forma práctica — dice el alfa. Aemond niega, se ha cansado de suplicar para que un alfa lo tome.
Por la mañana empezará a empacar sus cosas y escribirá una carta a su madre preguntando qué es lo que debe hacer. Madre estará furiosa, pero no duda que lo recibirá, o confía en que lo haga.
— Aemond te deseo, no pienses que no lo hago — aclara Lucerys, sus brazos están sobre los suyos. — No quiero tomarte como tomaría a una puta en un burdel. Por lo menos no la primera vez.
Reconoce su sobrino, hay una sonrisa traviesa en sus labios.
Aemond ni siquiera cuestiona el hecho que ha hablado de una primera vez como si fueran a existir más oportunidades. Inaudito.
— Entonces porque no me tocas, ni siquiera me estabas mirando — pregunta contrariado por las palabras de su sobrino.
Lucerys sujeta su mano y la lleva hacia su entrepierna. Aemond reconoce la dureza dentro de sus pantalones.
— He estado así desde que entraste por esa puerta, pensé que no aceptarías — Lucerys le sonríe y lo atrae, sus frentes están juntas y puede sentir la calidez de su aliento. — Pero me alegro de que lo hicieras.
Aemond sube al regazo del alfa, está sonrojado, mientras lleva sus manos al lazo de los pantalones de Lucerys, lo desabrocha con cuidado, se da cuenta que sus manos están temblando. Lucerys lo deja, mientras observa como sus manos se mueven.
Acaricia la longitud del alfa, es grande y hay líquido saliendo de su punta, ayuda a permitir que sus manos se deslicen con facilidad.
— Aemond — dice el alfa en un gemido. El ojo violeta del Omega lo mira, permitiendo regocijarse en los gemidos del alfa. Sigue haciendo lo mismo y las caderas del alfa se mueven también como si estuviera embistiendo su mano.
Lucerys se inclina y toma sus labios, tomándolo por sorpresa. Ni siquiera su esposo lo besaba con frecuencia, menos con esa pasión. Se deja convencer por la boca insistente y corresponde su beso con parsimonia que contrasta con la ferocidad con la que Lucerys quiere reclamarlo. Su barba está raspando su rostro, pero la sensación en inusualmente placentera.
— ¿Quieres que use mi boca? — pregunta. Lucerys deja de empujar contra su mano y lo atrae sobre su regazo.
— Mierda, hoy no. La próxima vez puedes hacer lo que quieras conmigo — dice Lucerys mientras un dedo acaricia su labio y lo vuelve atraer para besarlo, esta vez corresponde la intensidad de su beso.
Aemond desea señalar que está será la única vez, pero la protesta muere cuando los dedos de Lucerys empiezan a acariciarlo.
— Alfa me estás — gime moviendo sus caderas contra él los dedos del alfa, sus manos se aferran a los hombros de Lucerys.
— ¿Cómo me llamaste? — Lucerys detiene sus dedos y Aemond se muerde el labio no puede recordar lo que dijo, hasta que algo hace clic en su cabeza y traga en seco. De nuevo lo ha arruinado todo.
— Me equivoqué no debí llamarte así, no quería molestarte — explica apenado.
— Aemond de verdad no tienes idea de lo que me haces, me llamas alfa y después te disculpas como si me hubieras ofendido — dice— no te das cuenta de lo feliz que me haría ser tú alfa.
Niega, permitiéndose fantasear con la manera en la que sería su vida si su madre no lo hubiera enviado con su actual esposo. Quizás hubieran descubierto sus sentimientos el uno por el otro, o tal vez no. Se enfoco en el ahora, así que atrajo a Lucerys para tomar sus labios, y movió sus caderas recordándole al alfa que aún tenía sus dedos dentro de él.
Aemond gimió y llevo una mano a su propio pecho, acariciando su pezón. Lucerys estaba tocando un punto dentro de él que lo hacía estremecerse cada vez que lo rozaba. Quería aferrarse a esa sensación a toda costa.
Lo único que tenía para aferrarse era Lucerys, y así lo hizo mientras su cuerpo sudoroso empezaba a rozar el cuerpo aún vestido de su sobrino. Empujó la camisa de lino sobre la cabeza del alfa y acaricio su pecho con la punta de sus dedos, disfrutando de la calidez de la piel canela de su sobrino.
— Por favor hazlo ya — pide mientras sujeta el miembro duro de alfa, la punta está creciendo y Aemond no quiere arriesgarse y desperdiciar el nudo del alfa. En especial desperdiciar su semilla.
Aemond se levanta sobre el regazo cuando el alfa saca sus dedos de su interior, sostiene el miembro del alfa y se desliza en el con un gruñido. Lucerys echa la cabeza hacia atrás y jadea.
Omega empieza a mover sus caderas en círculos, deleitándose con la sensación que causa el estar lleno y el arrastre de su propia erección contra el cuerpo de su sobrino. Lucerys se recuesta y lo deja hacer lo que desea con su cuerpo, buscando su propio placer, consiguiendo por sí solo el hijo que tanto desea.
Aemond ve cuando el alfa se lleva a la boca los dedos que había tenido dentro de su cuerpo y en lugar de encontrarlo sucio, deja escapar otro gemido.
— Eres sucio — acusa, apoyando sus manos en el pecho del alfa para ayudar a sus movimientos.
Lucerys sonríe aún con los dedos dentro de su boca.
— La próxima vez también usaré mi boca — dice con una sonrisa.
Aemond se estremece y deja escapar un largo gemido mientras se imagina a Lucerys entre sus piernas sosteniendo sus muslos mientras su barba los raspa y el alfa se aferra a degustar toda su mancha Omega.
Lucerys se incorpora y abraza su cuerpo, sus caderas también se mueven en su encuentro. Haciendo que el lugar se llene con los gemidos de ambos.
Aemond se aferra a la espalda de Lucerys mientras el alfa empuja dentro de su cuerpo, se estremece al sentir los labios del alfa sobre su cuello. No hay una mordida vinculante porque su señor esposo decidió esperar hasta que estuviera embarazado para marcarlo. Era una vergüenza constante el ser un Omega casado que ni siquiera estaba marcado, al igual que su madre nunca recibió una marca de su padre.
Los dientes de Lucerys se arrastran vacilantes por su piel, el pinchazo de los colmillos es algo que Aemond desea. Sin embargo, retrocede, es imposible ocultar una marca.
Al contrario, su boca se une a la de su sobrino y lame su colmillo pinchando su lengua con él, siente el sabor de la sangre, pero no importa. El alfa gruñe mientras lo sostiene con fuerza, tirando de su cabello, forzándolo a mostrar su cuello. Rompe el beso y su nariz se hunde en su cuello permitiendo le tener su olor.
Es grosero hacerlo.
Pero está noche Aemond ya ha roto todos los juramentos que hizo a su esposo.
— Dioses, tu olor es tan bueno — dice el alfa, su lengua lame la piel sensible de su glándula. El Omega de Aemond gime contento de que alaben su olor. — Voy a darte un bebé, caminaras por todo el castillo con tu vientre redondo, y la excusa de alfa con la que te forzaron a casarte creerá que es suyo. Pero tú y yo conocemos la verdad.
Aemond se siente sucio al reconocer que las palabras lo están llevando al límite, cierra los ojos y sus manos se entierran en los rizos castaños de Lucerys, atrayéndolo más hacia su cuerpo, añorando el toque de sus pieles. Queriendo convertirse en uno solo. Sus caderas se mueven por instinto, buscando el desahogo que se le ha prohibido siempre. La sensación de ser deseado por el alfa, no solo deseado sino la emoción de un alfa que busca satisfacerlo y no solo utilizarlo para obtener placer.
— Alfa — se queja entre lamentos, sus piernas dejan vuelto temblorosas y un calambre detrás de su rodilla lo hace jadear. — Lucerys, cambia la posición — pide.
Alfa lo hace. Sujeta sus muslos y lo empuja contra el suelo, su espalda está siendo magullada con cada él embestida, pero no le importa se aferra al alfa y deja que lo tome.
No sabe en dónde aprendió todo esto el alfa, pero está feliz de poder recibir los resultados de su aprendizaje.
— Lucerys — súplica sin saber realmente que es lo que está pidiendo.
Arquea su espalda y todos sus músculos se tensan, sus piernas se aferran con fuerza a la cadera de Lucerys
Alfa embiste cuatro veces más antes de derramarse en su interior. Aemond se siente sucio al encontrar tan placentero el hecho de sentir la semilla del alfa en su interior. Vuelve a convertirse en un desastre tembloroso, mientras el alfa lo atrae a su pecho y lo arrulla mientras ambos esperan que baje su nudo.
Tal vez sus oraciones fueron escuchadas después de todo y los dioses enviaron a Lucerys para darle lo que necesitaba. Aemond agradeció a los dioses.
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Cuando el maestre anuncia que tendrá un bebé todo el castillo está feliz, la felicidad de su esposo se ha extendido a todos y los sirvientes sobre todo agradecen a Aemond porque su señor está dejando su crueldad de lado.
Su madre en Desembarco también está feliz al recibir las noticias de que su esposo y él han resultado bendecidos por los dioses al poder concebir. Es una sorpresa para todos, incluso Daeron le escribe desde Old Town.
Lucerys también le escribe, pero Aemond descarta la carta de inmediato en el fuego después de leerla, si alguien encontrará esa carta no tendría duda sobre lo que pasó entre ellos. Lucerys también le envía un obsequio, y este Aemond se permite conservarlo.
Los meses pasan relativamente rápido, ha recibido una visita de su hermano Aegon y de su esposo en ese trascurso. Su señor esposo está emocionado de recibir a los herederos de Rocadragón y organiza un gran banquete y una cacería.
Aegon nunca lo acusa de nada, pero en sus conversaciones siempre hay una duda implícita. Aemond las descarta todas a favor de hablar como los dioses al fin han respondido a una de sus oraciones.
Madre también lo visita cuando está a punto de dar a luz a su hijo, señalando el cómo está orgullosa de como mantiene la casa de su esposo y en cómo ha traído un heredero a la casa, alaba lo buen esposo que es y en cómo se ha reencontrado con la fe.
Se pone de parto una noche cuando una fuerte lluvia golpea el castillo, todos los sirvientes están en caos porque su esposo también lo está. Es el amanecer hasta que el bebé finalmente encuentra el camino fuera de su cuerpo, está agotado y seguramente está destruido de sus partes íntimas, pero aun así por la gracia de los dioses no siente nada más que paz cuando el maestre pone a su hijo en sus brazos.
Ignora a todo el mundo y solo se enfoca en su bebé, quien se mueve en sus brazos y está llorando haciéndole saber al mundo que está aquí. Aemond lo acuna y besa su cabeza sucia.
— Tiene el cabello de mi madre — dice con naturalidad.
Su madre Alicent lo mira por unos momentos, ella se da cuenta. Sin embargo, ella con los ojos llenos de lágrimas asiente y se acerca a él y a su nuevo nieto.
Cuando su esposo entra en la habitación después de que se permitan las visitas, él sostiene al bebé en sus brazos como si fuera a romperlo sino lo hace adecuadamente. Aemond le sonríe, es la primera vez que ve feliz al hombre.
— Es un digno heredero — señala el hombre en dirección a su madre, quien asiente con una sonrisa tensa.
El tiempo pasa y Aemond ha dado tres herederos a su esposo quien siente que en efecto han sido bendecidos. Elogia a Aemond y mima a sus hijos como si fueran los hijos de un rey.
En los reinos se habla de la gran amistad que comparte su señor esposo con su sobrino, ya que es común que Lucerys Velaryon visite a su amigo cada que tiene oportunidad, incluso Aegon le comenta en una carta que Rhaenyra recibe menos visitas de su segundo heredero de las que recibe su señor esposo. Aemond ha aprendido a esperar al dragón en el horizonte, y con el tiempo sus hijos también.
Su hijo mayor ha vivido durante ocho años, cuando el único padre al que ha conocido enferma, una fiebre lo atormenta y debido a su edad los maestres no dan mucha esperanza de vida para el alfa. Aemond incita a sus hijos a despedirse de su padre, todos lo hacen incluso su hijo menor quien apenas se sostiene sobre sus pies. Su señor esposo luce complacido cuando Aemond sale de la habitación junto con sus hijos.
Por la mañana un sirviente se percata que ha muerto durante la noche y se lo informa.
Aemond escribe una única carta a Lucerys.
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Aegon se levanta para romper el ayuno cuando Jacaerys lo mira con seriedad.
Aegon se preocupa de la expresión de su alfa y se acerca a él, y le arrebata la carta que ha estado leyendo. A medida que lee los trazos bruscos de Lucerys sonríe.
— Te lo dije — señala triunfal mientras le da un golpe en el pecho a su alfa. — Esos niños eran tus sobrinos de sangre también.
— Mamá enloquecerá aún más cuando se entere que Aemond se casó con Lucerys — se ríe, llevándose una mano al abdomen después de que su risa se vuelve dolorosa.
— Aegon — reprende Jacaerys.
— Por los dioses espero ser yo quien se lo informe — dice antes de salir de la habitación en dirección a ver a su madre.
Jacaerys suspira y se prepara para el escandalo que se avecina
