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Últimamente era imposible encontrar a todos los apóstoles en la misma habitación.
El ambiente empezó a enturbiarse en el momento en que una pacífica cena se convirtió en una sentencia de muerte. Este fue la chispa incendiaria de una sucesión de traiciones, dudas, la crucifixión, y sus numerosísimas y catastróficas consecuencias. Y es que, entre otras cosas, cuando un grupo de personas unidas únicamente por la adoración a un hombre se queda sin su objeto de proyección, el aire pronto empieza a agriarse. Primero aparecieron los roces, luego las riñas, luego las discusiones y si no llegaron a ser peleas fue por el recuerdo de Jesús todavía ejerciendo peso sobre sus huesos.
En esas circunstancias la muerte de Judas casi ni causó sorpresa.
Se tuvo que persuadir a un par de personas disconformes, pero finalmente acordaron que fueran Pedro y Tomás los que se ocuparan de juntar las pertenencias del muerto. No hubo más remedio: ambos conocedores de la duda, fueron los únicos que sentían compasión por el que ahora se tildaba de traidor y no de hombre.
Registraron su bolsa, sus túnicas, hasta su cadáver. Ordenaron como pudieron sus sandalias, sus utensilios. Todo lo apretujaron en el único recipiente de tamaño adecuado que tenían, y se consolaron diciendo que si algún día aparecía alguna persona clamando ser familiar de Judas, podrían despacharle rápidamente, ya que tendrían muy claro qué ánfora llena de bártulos entregarle con la mayor celeridad posible para que no hiciera preguntas que hurgasen en heridas aún supurando.
Ninguno lo dijo en voz alta, pero en secreto, ambos estaban lejos de quedarse tranquilos. Porque a pesar de la muy exhaustiva búsqueda, en ningún sitio encontraron ni una sola moneda de plata.
***
Es una realidad que Judas consiguió comprender a Jesús mucho antes que los demás apóstoles, a pesar de que no esté registrado en las escrituras.
La Biblia no está escrita por jueces imparciales sino por acólitos, y prácticamente observadores profesionales, de Jesús. Y el problema de mirar algo fijamente es que, en lo que a lo demás respecta, se vuelve uno ciego.
Sí, Jesús eligió a Judas nada más verlo. Lo ató a sí mismo con un par de palabras y desde ese primer momento les sobró tiempo para olvidar lo que era vivir el uno sin el otro.
Pero lo que no tuvieron en cuenta los evangelistas fue que Judas, al contrario que ellos, no sintió ninguna clase de impulso divino, y que pudo haberse negado con infinita facilidad. Él había existido antes de unirse al grupo. Había estado y pensado solo, y había sido un hombre, y un adolescente y un niño. Y este niño, como no podía ser de otra manera, había orfanado a una edad muy temprana. Así eran, al parecer, los designios de Dios.
Por aquel entonces, cada vez que Judas visitaba cualquier ciudad, entre ellas Nazaret, se fijaba en todos los chicos de su edad, en busca de similitudes entre él y ellos que le hicieran sentirse parte de algo. Para su alivio infantil, jamás vio a ninguno diferente en lo que verdaderamente importaba: todos eran pequeños, babosos, torpes. Y, añadió al rescatar esos recuerdos en su adultez, no muy divinos, al menos en apariencia. Así que al mirar al Jesús que le decía "ven, sígueme", no pudo ver un Mesías dorado, sino que reconoció a todos esos niños nazarenos en el cuerpo de un hombre como él, judío y enfermo de soledad. Y siendo consciente de ello, eligió obedecer.
***
Más adelante, soga en mano, recordaría cómo se movieron los labios de Jesús para reclamarlo aquella primera vez. "Me dijiste que te siguiera", le diría Judas a nadie, "y lo haré hasta la última circunstancia".
***
Viajar con Jesús era un asunto no del todo silencioso.
Lejos quedaban el desorden y griterío que caracterizaban la vida en Galilea. En su lugar, los hombres callaban, salvando las ocasiones en las que comentaban rápidamente lo mucho que echaban de menos a sus familias o qué se comería ese día. La mayor parte del tiempo, sin embargo, caían en un mutismo común. A veces porque no tenían mucho de qué hablar, otras veces porque estaban escuchando a Jesús.
Judas se daba cuenta de todas estas cosas, acostumbrado como estaba a la necesidad de ser observador obsequiada por una vida errante. También sabía que María era una persona como él, y tampoco hablaban mucho, pero se dirigían gestos amigables de vez en cuando. Judas se sentía un poco más arropado teniéndola en la compañía.
Pero aún siendo poseedor de una mente limpia de la adoración ciega que exhibían los demás apóstoles, él atendía a Jesús más que a ninguna otra cosa. Le estudiaba mientras hablaba, o rezaba, o se sumía en pensamientos solo conocidos por él.
Y reparaba en que cada vez que hacía una pausa en sus discursos, Jesús miraba por encima de las cabezas de los presentes, apuntando al cielo, como viendo algo que los demás no podían percibir. Judas se fijaba, contaba los segundos, e intentaba no ponerse nervioso.
***
"Pues claro que estoy seguro. Te elegí por algo, al fin y al cabo."
"Sí, y no lo entiendo. Sabes bien que no pienso de ti lo mismo que los demás. Lo sabes."
"Y precisamente por lo que eres te necesito a ti más que a nadie, Judas."
"No. Lo siento, pero no es suficiente. Necesito que me lo expliques. Yo no soy capaz de seguirte a ciegas, y en este grupo estoy prácticamente solo."
"¿Y acaso necesitas encajar con los demás? Ya encajas bien conmigo. Es a mí a quien sigues."
"No sé, Jesús…"
"Te prometo que lo entenderás en el momento adecuado. Créeme, veo tus dudas, y te pido que las guardes, porque son valiosas. Pero debes tener paciencia, Judas. Demasiada ambición es pecado."
***
"De acuerdo. Esperaré."
***
Era frecuente que Jesús se retirase a, según él, hablar con Dios. A veces, si lo hacía de noche, Judas le seguía, esperando aplacar las fauces del insomnio.
Al principio no hablaban, y aprovechaba esos momentos para perfilar con la vista las facciones del otro. Repasaba cada recoveco, cada surco, cada pelo pintado de color noche, y todos los puntos en los que el Sol le había dejado marcas de besos cálidos.
Luego se miraba las manos y todas las veces le sorprendía ver que las cubría el mismo tipo de piel usada y teñida de trabajo.
Se convirtió en su pequeña rutina. Jesús se retiraba, Judas iba inmediatamente detrás. Si se encontraban en un terreno especialmente blando, incluso jugaba a rellenar las huellas del primero con las suyas.
"Echo de menos el desierto", murmuró Jesús en uno de sus encuentros nocturnos.
Judas se limitó a mirarlo como siempre.
"Me sentí como yo mismo allí. Grande y desnudo de todo menos de la base más elemental. Evitar las tentaciones fue sencillo. Lo realmente difícil fue volver al mundo de los hombres."
En un gesto desconcertantemente humano, Jesús tenía la cabeza gacha y se arañaba los bordes de los dedos, llevándose consigo pequeñas pielecillas.
"Creo que nadie piensa que te parezcas a un desierto, salvo tú mismo."
"No me gusta pensar eso. Pero creo que tienes razón."
Esa noche Jesús descompuso el marco nocturno para Judas y lo ubicó en torno a su voz. Era como si hubiera estado esperando a que algo cediera, como si fuera una soga vieja que ya no soporta más peso y se quiebra dando un chasquido, porque a partir de entonces fueron pocas las veces que se sumieron en el casi silencio crepuscular.
***
Otra cosa que nunca contaron los evangelistas: en algunas ocasiones, especialmente cuando se descuidaba o hablaba en bajo, las erres de Jesús tendían a sonar más bien como des.
***
Durante el día la situación entre Jesús y Judas era menos evidente. O más, tal vez, según cómo se mire.
El primero estaba casi siempre inmerso en sus diatribas sobre el poder y la misericordia de su Padre, y no se preocupaba de mucho más. El único que se permitía las fantasías diurnas era Judas.
Sin mucho cuidado echaba vistazos mal disimulados, jugaba con su labio inferior, se frotaba los brazos como de forma ausente. No importaba mucho si se encubría o no, de todas formas. Nadie lo estaba mirando.
Tal vez María, pero eso no le inquietaba demasiado.
Ellos dos habían forjado una suerte de amistad que todavía era más bien un tanteo. Se parecían tanto como Judas esperaba que se parecieran: ambos un poco hoscos, un poco escépticos, muy testarudos. Él pensaba que María se había unido a la compañía porque no tenía nada que le apenara dejar atrás. Ella rebatía que lo hizo porque estaba desesperada, igual que él. A efectos prácticos era lo mismo: ahora ellos dos se sentaban juntos cuando Jesús reunía al grupo para hacer oración.
En esos momentos Judas solamente callaba y dejaba que se escurrieran los minutos.
Amén , decía después, pensando mira, María, a lo que nos ha llevado esa desesperación tuya .
O también decía a veces, Amén , pensando mírame, Jesús, mírame .
***
"Soñé que estaba en el desierto". En tu desierto , es lo que Judas no tuvo que decir. Sabía que él lo entendería.
Durante unos minutos pareció que la conversación terminaba ahí. Entonces Jesús se removió contra sus ropas, y anguló el rostro para poder mirar a Judas.
Normalmente, cuando hablaban en esas noches de ellos, él recibía las palabras de Jesús como se recibe una tormenta. Primero se da uno cuenta con la vista, cuando un relámpago se desliza por los cielos. Judas se fijaba en su boca perfilando vocales, en cómo el labio de arriba acariciaba el de abajo, en sus dientes brillantes de humedad asomando para delimitar sílabas. Él miraba como de costumbre, y se recreaba en ello hasta que se le llenaba el pecho.
El trueno siempre llega un poco más tarde.
”He notado que nunca rezas con nosotros."
Por supuesto.
"No tengo nada que decirle a Dios."
"No creo que eso sea cierto."
"Lo siento, pero precisamente contigo no quiero hablar de este tema. Por favor."
Jesús calló justo el tiempo suficiente para soltar un suspiro, pero no lo hizo. Permaneció tan quieto e impasible como normalmente.
"De acuerdo."
Judas no pudo evitar que le doliera un poco.
"¿No vas a decirme nada? ¿No te parece mal?"
"No puedo obligarte a tener a mi padre en simpatía."
Quiso preguntar muchas cosas. ¿Qué hago aquí entonces? ¿Por qué a veces parece que te avergüenza todo esto? ¿Por qué a pesar de ello sigues siendo más hombre conmigo que con el resto? ¿Por qué te interesan los motivos de un pecador?
Pero encontró que le daba miedo conocer las respuestas. Así que se limitó a emitir un escueto "Ya."
A lo lejos, algún pájaro nocturno dejó escapar un alarido fantasma. A Judas le pareció que sonaba como una risotada.
"Judas."
"¿Mmm?"
"Cuando te tentaron en el desierto, ¿qué aprendiste?"
La pregunta le hizo titubear unos momentos. Porque ¿cómo podrían el hambre y la sed enseñarle algo nuevo al que fuera un niño huérfano? ¿Cómo podría siquiera considerar caer en la tentación, acostumbrado como estaba a los embusteros y las triquiñuelas y las personas que intentaban aprovecharse de su inocencia infantil? ¿Cómo podría impresionar el rostro de Satanás a alguien que conocía de primera mano los recovecos más hediondos y mezquinos de la humanidad?
El desierto estaba en su sangre. Judas no encontró ninguna revelación existencial en el desierto. Solo quietud, y el lento goteo de pensamientos en el interior del cráneo, y la incomodidad de las gotas de sudor deslizándose por debajo de los recovecos de su túnica.
No creyó haber superado ninguna prueba, sin embargo. Porque si durante las tentaciones no pidió ayuda a Dios no fue por no ponerle a prueba, como Jesús le había contado que hiciera él en su momento. Fue por orgullo, o por obstinación, o porque cómo se atreve a evaluarme después de haberme dejado solo, y de ver tanta hambre y no hacer nada, y de utilizar a su propio hijo,
Y porque echó de menos a Jesús. Sobre todo por las noches. Cuando el frío desértico le rasguñaba la piel, le levantaba el vello y le hacía sentir escalofríos, él se refugiaba en la idea de que sus síntomas eran causados por los dedos del otro abandonando su acostumbrada delicadeza para él.
Cuando te tentaron en el desierto, ¿qué aprendiste?
El corazón de Judas no dejaba de golpear contra sus costillas, como queriendo señalar a Jesús en cada bombeo.
"Nada que no supiera ya."
Volvía a tener frío. Las manos de Jesús tenían las uñas anchas, redondeadas y limpias, y los tendones marcados.
"Es duro volver del desierto."
"¿Lo es?"
"Necesitarás compañía para dormir esta noche."
"Está bien."
***
No mucho después, Judas se encontraría proyectando una parte de sí mismo en sus labios y entregándola al espacio formado entre el aliento de Jesús y el suyo.
Jesús se acercaría y la haría suya.
