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Language:
Español
Stats:
Published:
2022-09-25
Words:
4,151
Chapters:
1/1
Kudos:
16
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1
Hits:
335

Gimme a man after midnight

Summary:

Los soldados de Númenor han llegado al sur de la Tierra Media, pero en cuanto pisan la tierra del pequeño pueblo de Nasrrith se quedan atrapados por lluvias torrenciales. Eso le da tiempo a Elendil a entablar amistad, o algo más, con una mujer sureña que conoció el primer día. Le gusta acudir a medianoche a su hogar para conversar con ella con tranquilidad. Esta es la última noche antes de marcharse para luchar contra la oscuridad que acecha la Tierra Media.

Notes:

¡Hola a todos desde hace siglos! Hace mucho tiempo que no regresaba por aquí, pero mi sed por Elendil me ha hecho a escribir un oneshot para poder satisfacerla. Aviso de que no soy experta en El Señor de los Anillos, me he visto todas las pelis hace tiempo, la semana pasada me vi otra vez La Comunidad del Anillo, y amo Rings of Power, en especial al Hombre más Competente de toda la Tierra Media y Númenor, también conocido como Elendil. Si hay algo que esté mal en cuanto al lore me avisan y cambio cosas para mejorarlo. El pueblito es inventado y ni siquiera me ha dado por comprobar si existe dentro de la obra.
Espero que os guste tanto como me ha gustado a mí escribirlo.

Recemos por más contenido de Elendil(f) tanto en la serie como en fanfics.

Work Text:

—Parece que el cielo se va a abrir en dos.

La voz grave de Elendil hace que (Nombre) levante la cabeza de las dos tazas de barro que acaba de dejar sobre la encimera de la cocina, se vuelve hacia el saloncito modesto donde el hombre está de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se podría decir que acababa de romper el silencio y la quietud que había en el hogar, pero lejos, se escucha el repiqueteo furioso de la lluvia contra el tejado y las ventanas. Ella esboza una sonrisa pequeña y regresa la mirada hacia la jarra de hipocrás que había sacado de la despensa y ahora reposa por encima del fuego de la cocina para calentarlo un poco.

El númenóreano se encoge de hombros y le devuelve la sonrisa a la mujer.

—Me iría mal temiendo al agua si soy capitán.

(Nombre) resopla por lo bajo con los labios apretados para evitar que una sonrisa se le escape por el chiste tan tonto, pero en cuanto se gira con las tazas en las manos y ve el rostro de Elendil, con los ojos azules brillantes, no puede evitar que una risa se le escape. Todavía le tiemblan los hombros cuando llega a la mesa y le tiende el vaso, él lo toma gratamente.

Ninguno de los dos saben realmente cómo han llegado a esta situación, tras una serie de conversaciones entre ambos, después de que la armada de Númenor llegara a la Tierra Media y se quedase en Nasrrith durante la noche, el temporal de lluvias les había pillado por sorpresa y no pudieron avanzar al menos hasta que la lluvia amainase un poco. (Nombre) había sido la primera sureña con la que Elendil había hablado, ella les había proporcionado lo necesario para que no se encallaran en el barro y había convencido al alcalde para que les dejara estar en el pueblo hasta que pudieran marcharse. Y Elendil había tomado la costumbre de acudir a la casa de (Nombre) después de la medianoche para charlar un poco de todo, en especial, para que ella le constase sobre la Tierra Media y los sureños.

Elendil le da un sorbo tentativo a la bebida, le da la sensación que comenzaba a acostumbrarse a la miríada de especias que tiene el vino, pero cada vez que lo prueba se sorprende por el sabor tan fuerte que no tiene nada que ver con el alcohol. Se pregunta que si la manera en la que los habitantes de Nasrrith lo fermentan es para evitar que el frío se cuele en sus huesos.

—Mañana hará mejor tiempo —(Nombre) susurra en voz baja, como si fuera más un pensamiento errante que el augurio de una despedida.

Elendil asiente lentamente, el silencio cae salvo por el golpeteo del viento contra las ventanas.

—Me temo que no nos podemos quedar aquí para siempre, tenemos una misión que cumplir, al fin y al cabo.

Ella tira de las esquinas de sus labios en una sonrisa que no le llega a los ojos. La presencia de los númenóreanos había sido toda una sorpresa, en el lugar donde ella había nacido, la isla no era nada más que un cuento, una leyenda de muchos años atrás que les recordaba día sí y día también lo traidores que habían sido al haber pactado con Morgoth. Tal vez no hubieran sido ellos mismos, pero sí sus antepasados. Y la mala sombra de la traición caía en sus corazones como un peso inquebrantable.

—Espero que salgáis victoriosos, nosotros también hemos tenido nuestras luchas contra la oscuridad.

Elendil da un pequeño sorbo, queriendo posponer todo lo posible la marcha, pues, probablemente, hoy fuera la última vez que vería a (Nombre). Tras sus palabras, no puede evitar echar una ojeada a la habitación y toparse con una espada colgada en la pared. Parece nueva, al menos no muy vieja, pero usada a juzgar de algunas de las mellas en la hoja. Regresa la mirada al rostro de (Nombre), quien parece perdida en sus pensamientos hasta que el chisporroteo de las ascuas de la chimenea de la cocina la despiertan y parpadea para despejar la mente. Acuna entre sus dedos largos la taza de barro y ladea la cabeza observando el rostro del capitán, quien sin pronunciar palabra le hace una pregunta. «¿Qué sucedió?». A lo que la mujer se aclara la garganta y hace un amago de mirar a la espada, pero sus hombros se encogen, toda ella lo hace y planta la mirada sobre el líquido bermellón antes de hablar.

—Dos años atrás, los orcos intentaron hacerse con nuestro poblado. Y no les dejamos. —La última oración la dice con ira contenida, Elendil nota que los nudillos se le han tornado blancos de la presión que hace contra la taza—. Intentaron esclavizarnos, intentaron que rindiéramos obediencia a un señor oscuro, pero no se los permitimos. Nos armamos en tiempo récord y luchamos. Supimos su modo operandi y saboteamos sus túneles para que no pudieran avanzar. Eran muchos, más de lo que habíamos imaginado, pero no les íbamos a permitir que nos arrebatasen la libertad. Luchamos durante días, creo que semanas, y muchos de los nuestros fueron brutalmente asesinados, pero les echamos.

(Nombre) levanta la mirada. Los ojos le brillan como ascuas. Elendil puede ver la ira contenida rutilando en sus orbes, el dolor y la pena por los que perdió. Esto le insufla coraje y esperanza, todavía no está todo perdido, hubo gente que peleó, hubo gente que perdió, pero Nasrrith ganó y ahora vivían en paz. Al menos, en una calma relativa.

A Elendil le dan ganas de acortar la distancia y estrecharla entre sus brazos, pero antes de que pueda moverse escucha un fuerte golpe que les sobresalta a ambos. Él se gira y ve que una de las ventanas del salón se ha abierto a causa del viento y la lluvia torrencial se cuela empapándolo todo.

—¡Mierda!

(Nombre) sale disparada hacia ella, se sube al sofá de un salto y cierra la ventana, pero esta se vuelve abrir cuando aparta las manos. Elendil esboza una sonrisa cuando la escucha mascullar una herejía por lo bajo, y la borra cuando la mujer se dirige a él con el rostro lleno de determinación.

—Se ha roto el pestillo, hasta mañana no lo podré arreglar. Dame la caja marrón oscura que está en la cocina, es alta y pesada, el viento no la podrá mover.

El capitán deja la taza sobre la mesa y hace lo que la sureña le dice. Con grandes zancadas se aproxima al otro lado de la habitación, hace un barrido rápido con la mirada y encuentra el objeto que le ha pedido, cuando lo toma se da cuenta lo pesado que es y se pregunta qué hay dentro, pero no lo expresa en voz alta. Elendil se limita a correr hacia (Nombre), que tiene las manos plantadas sobre el cristal helado, ella le tiende una y el cristal se levanta y ella lucha contra él hasta que coloca la caja sobre el poyete interior y el agua deja de entrar. Ella se incorpora y escucha atentamente, solo se oye el silbido del viento, pero su casa está a salvo del temporal.

(Nombre) suspira y de un salto se baja del sofá, le dedica una sonrisa de agradecimiento a Elendil y se aproxima hacia donde había dejado la taza mientras se seca como puede el rostro con la manga de su camisa. Al darle un sorbo al hipocrás se da cuenta que ya está templado y del frío que tiene. El capitán se acerca a ella, toma su propia taza y se la tiende, y se percata que (Nombre) está mucho más empapada de lo que pensaba al principio. Tiene el rostro mojado, el intento de secárselo ha sido vano, salvo por despeinarse las cejas y pegar mechones de pelo a sus mejillas y a su frente. La camisa blanca es casi transparente, por lo que el cuello y parte del pecho se le intuye. El capitán tiene que tragar saliva disimuladamente cuando ella se frota los brazos para intentar entrar en calor.

—La lluvia solo es bonita cuando no se te cuela hasta los huesos —masculla (Nombre) por lo bajo.

El comentario le arranca una sonrisa a Elendil, quien levanta una mano para tomar un mechón pegado en el pómulo de la mujer y colocárselo detrás de la oreja. Ambos se quedan estáticos durante un instante, ella no puede apartar la mirada de los ojos del capitán. Y vuelve a repetirse mentalmente que nunca ha visto un azul tan intenso y hermoso como ese, se pregunta si es debido a su origen, si lleva el mar en la sangre como númenóreano que es. El cuerpo de Elendil se mueve por inercia propia, quiere echarle la culpa al alcohol, pero sabe que apenas ha bebido un par de sorbos y con eso no basta para hacerle perder la noción de sus actos; más no puede evitar delinear el contorno de la oreja de (Nombre), lentamente, cuando llega a su lóbulo, desciende las yemas del índice y del corazón a lo largo de la línea de su mandíbula, sin apartar el pulgar de la mejilla de la sureña.

Ella abre los labios para decir algo, pero los cierra incapaz de que su mente pueda formar palabras coherentes. El anhelo y la excitación le golpean el pecho como nunca lo han hecho antes. Sabe que probablemente esto esté mal, que no le vuelva a ver nunca más, pero desde el momento en el que le vio, desde que habló con él y su voz fue como miel derretida, no pudo de dejar de pensar en él. Le dan ganas de darse un puntapié en la espinilla, no es una chiquilla, no debería estar suspirando cada noche por un hombre extranjero que no tiene nada que ver con ella, pero no puede evitarlo.

Le gustaría que esta noche no terminase nunca.

No obstante, la parte más racional le gana la partida. Da un paso hacia atrás y se gira para ir a tomar la jarra de nuevo y ponerla en el fuego. Está tiritando y no quiere resfriarse. Pero la mano de Elendil sobre su muñeca la detiene, no es un agarre fuerte, pero es firme. El pensamiento errante sobre si esa manera en la que se mueve es a causa de trabajar en el mar pasa por su cabeza sin cuajar del todo, pero su mente traicionera se demora si sentirá lo mismo si toca el resto de su cuerpo. Se estremece de arriba abajo y se gira un poco, no quiere mirarle a los ojos porque sabe que si lo hace estará perdida.

—Mañana, al alba, nos habremos marchado.

La voz del capitán está a punto de estremecerla de nuevo. (Nombre) cree que no puede haber nada más adictivo que escucharla. La luz de la chimenea provoca que los rasgos del hombre se vuelvan más angulosos, y que algunas arrugas parezcan más profundas, como las de las esquinas de sus ojos.

El comentario cae sobre la casa como un meteoro incandescente, silencia la habitación, no se escucha ni el crepitar del fuego, ni el silbido del viento.

Entonces, Elendil tira suavemente de su brazo, los pies de (Nombre) se mueven sin su consentimiento a pesar de que su corazón le grita que no se detenga. Sus dedos suben por la tela azul oscura del antebrazo del capitán, las yemas se topan con los hilos claros que parecen formar escamas y llega hasta su brazo. Tiene que alzar la cabeza para poder mirarle al rostro, hasta ahora realmente no se había dado cuenta de lo alto que era. El aliento de Elendil le acaricia el rostro, es tibio y le invita a ponerse de puntillas. Él le remete otro mechón detrás de su oreja antes de inclinarse hacia ella, enterrar los dedos entre los cabellos de su nuca y aplastar sus labios contra los de ella en un beso hambriento y ansioso. (Nombre) jadea por la sorpresa, pero en ningún momento se detiene, ni se aparta. Solo se inclina más hacia arriba, intentando beber lo máximo posible de esos labios carnosos como si estuviera perdida en el desierto y estos fueran fuente del agua más deliciosa del mundo entero.

Cuando sienten que ya no pueden aguantar más la respiración se apartan, pero lo suficiente como para que sus narices se toquen y los labios hinchados estén a punto de rozarse. Elendil desciende su otra mano para acariciar la cintura de (Nombre) y ella levanta su brazo para rozar con el índice la mandíbula del númenóreano. Él sonríe y ella cree que en este mismo momento puede morirse en paz, quiere guardar ese gesto y no olvidarlo nunca. Elendil vuelve a cortar la distancia entre ambos, y los besos son más lentos ahora, se toman su tiempo para saborear el uno al otro. (Nombre) no puede evitar imitar los movimientos que el capitán había hecho antes, entierra sus manos sobre sus cabellos largos y sedosos y profundiza el beso hasta que su lengua paladea su boca. Ella suspira al notar los dedos calientes del hombre contra la piel fría de su estómago, que ascienden hasta delinear sus pechos con los pulgares y secar la humedad de la lluvia. (Nombre) se pega a él más si es posible al darse cuenta que de alguna forma han llegado hasta la encimera de la cocina, y antes de que otro pensamiento pueda pasar por su mente, muere irremediablemente cuando el capitán acaricia su pezones y su pecho tiernamente.

(Nombre) gime contra la boca de Elendil y antes de que ella pueda mordisquear su labio, estos han desaparecido y acarician su cuello dando pequeños besos suaves en la parte blanda de su piel. Las manos del hombre desaparecen para tomarla de la parte trasera de las piernas y subirla a la encimera. (Nombre) jadea en voz alta, pero se calla en cuanto el frío muerde su piel después de que Elendil le quite la camisa por la cabeza y la deje caer a sus pies con un sonido mojado por la lluvia.

(Nombre) traga en seco al notar la mirada escrutadora del hombre sobre su cuerpo, hace tiempo que no está con uno, y su cuerpo es consciente de ello. Especialmente su entrepierna que arde empapada y pulsa por atención. Elendil levanta la mano derecha y con el nudillo acaricia el cuello y el escote de la mujer, pero (Nombre) le detiene agarrándole con fuerza de la muñeca al ver el anillo de oro viejo en su anular.

—¿Estás casado? —pregunta ella presa del pánico.

Elendil enarca las cejas, sorprendido, no aparta su mano de la piel de la sureña.

—Hace tiempo que no, soy viudo.

(Nombre) abre la boca y luego la cierra. Puede ver la tristeza y el anhelo en los ojos azules de Elendil. Un nudo le aprieta la boca del estómago, desvía la mirada hacia la espada colgada en la pared y el dolor asciende a su pecho, a su corazón, aprieta los labios y musita por lo bajo.

—Yo también.

Elendil levanta la cabeza y la observa, ambos intercambian una mirada de reconocimiento, de dolor y de tristeza.

—Le perdí cuando los orcos nos atacaron, nos acabábamos de casar, y ni siquiera me dejaron estar con él. Se lo llevaron.

Elendil se inclina sobre ella y le acaricia la mejilla, luego le besa los párpados, las mejillas y los labios. (Nombre) se inclina hacia él, olvidando por el momento el pasado, centrándose en el presente, en las manos que ahora mismo la acarician y que sabe que no lo volverán a hacer. Tienen que aprovechar este momento antes de que las primeras luces del albor despierten.

Conscientes de esto, no pierden el tiempo. Mientras (Nombre) desata los cordones de la túnica de Elendil, él recorre con sus labios sus pechos y su estómago. Se aparta de ella para que le queda quitar la primera capa de ropa, (Nombre) resopla con disgusto al ver que todavía queda una camisa entre ambos, a lo que él esboza una sonrisa.

—Es un poco injusto, ¿no crees? —pregunta ella con una nota de indignación fingida.

—Me encargaré personalmente de decirle a la reina regente lo que piensas sobre nuestras vestimentas.

(Nombre) mete las manos por debajo de la camisa azul de Elendil, le toca el estómago tentativamente, él está a punto de que un escalofrío le recorra de arriba abajo, pero lo contiene de alguna forma.

—Pues dile que me parecen muchas capas, y que en el caso de que se tenga que quitar la última, por la razón que sea, es complicada de desatar. Y me hace quedar un poco como una tonta.

Elendil sonríe de medio lado, le acaricia el pómulo con los nudillos y se inclina para besarla suavemente en los labios.

—Se lo diré.

(Nombre) no puede aguantar más y alza las manos mientras que la tela se enrolla en sus brazos, obliga al capitán a apartarse ligeramente de ella para que le saque la camisa. En esta ocasión, (Nombre) no tiene tanta delicadeza como él tuvo, y lanza lejos la parte de arriba del uniforme con anticipación. Ella le imita y deja un rastro de besos por su pecho mientras toca su abdomen anonadada por la buena forma física de los guardacostas de Númenor. Probablemente, en los siguientes meses no deje de sonar con esos abdominales, con esos labios, con las manos callosas y con su deliciosa voz.

La sureña debe contagiarle las prisas al capitán porque este ni siquiera le quita la falda a la mujer, la levanta hasta recogerla sobre sus caderas. Se agacha para besar sus rodillas, sus muslos internos, le da un pequeño mordisco cerca de la ingle derecha y (Nombre) gime en voz alta, sus piernas se mueven por inercia con un espasmo y luego, ella se relaja para abrirlas más y dejarle sitio. El corazón le martillea en el pecho, y se le está a punto de salir cuando Elendil le besa el clítoris por encima de la tela fina y empapada. Quiere verle el rostro pero la tela de la falda se lo impide, y eso hace que sea más susceptible a todos sus movimientos. Él le quita la ropa interior sin contemplaciones, el frío casi la hace estremecer, pero este desaparece cuando la boca del capitán toma su lugar. (Nombre) tiene que apretar con fuerza la mandíbula para no lanzar un grito que despertaría a toda su vecindad, cuando él mete su lengua dentro su cavidad húmeda y un dedo, presumiblemente el pulgar, comienza a masajear el botón de nervios. (Nombre) tiembla, echa la cabeza hacia atrás, segura que no puede ver lo que está haciendo el númenóreano cierra los ojos y alza las caderas para darle más acceso. No sabe cuándo los gemidos han comenzado a escapar de sus labios, ni cuando las caderas han comenzado a balancearse sin su consentimiento para intentar sincronizarse con alguno de los movimientos que Elendil le está dedicando a sus partes íntimas, pero parece que se va a volver loca intentando llegar a alguna de las dos. La lengua cubierta de saliva le acaricia las paredes de su vagina sin piedad, jura que podría llegar hasta lo más hondo de ella, que la estira más de lo que podía haber pensado, pero ningún pensamiento llega a florecer del todo cuando su cuerpo se centra en las olas de placer que nacen de su clítoris y de las raíces del mismo.

(Nombre) está a punto de ver las estrellas, pero todo desaparece cuando Elendil se aparta, estaba a punto de montar el primer orgasmo cuando él se alza en toda su altura y ella no puede evitar lanzarle una mirada mortal. Las piernas le tiemblan, está empapada y ahora mismo decepcionada. Pero la ira disminuye cuando se da cuenta que el capitán tiene la boca y la barba húmeda. Una chispa de orgullo y de vergüenza prende su pecho. En especial, cuando se da cuenta que los ojos de Elendil brillan y parece que el negro de sus pupilas se ha tragado todo el azul del océano.

Él le dedica una sonrisa de medio lado y (Nombre) quiere volver a besarle como si no hubiera un mañana, pero se contiene al darse cuenta que él ha bajado las manos a la cintura de sus pantalones para bajarla. Ella está a punto de atragantarse con el aire caliente de la cocina cuando ve sobresalir el miembro del capitán.

«Creo que ya sé dónde viene toda la parafernalia y el esplendor de Númenor», piensa.

Pero se da cuenta que lo ha dicho en voz alta cuando escucha la risa de Elendil, las mejillas se le arrebolan hasta que el rostro se le enrojece como la grana.

—No voy a decir que no. La verdad es que estoy muy orgulloso de mi hogar.

(Nombre) le acompaña la risa. Por Ulmo, no puede evitar no querer y adorar a este hombre.

Él se inclina hacia la mujer y le da un beso en los labios, uno más suave que el resto. Ella jadea sin aliento cuando siente algo caliente y grueso en la entrada de su vagina, abre las piernas y pasa las manos por los hombros de Elendil para abrazar su espalda y sostenerse. Como buen capitán que es, entra despacio, con cariño y cuidado. La anticipación corre por la sangre de (Nombre) y quiere apremiar al hombre para que se adentre lo antes posible, pero él se toma su tiempo, y al final ella lo agradece porque no le duele en absoluto, ni siquiera le molesta cuando sus caderas se unen y ella está llena por completo. Un poco apretada, sin embargo, un escalofrío de placer la estremece como un rayo cuando él se aparta y vuelve a unirse a ella. (Nombre) jadea contra la boca del capitán y él atrapa su labio inferior entre los suyos mientras sus caderas comienzan a tomar velocidad e impulso.

(Nombre) le imita y antes de que pueda darse cuenta, le está volviendo a besar, revolviéndole el pelo con una mano, arañándole la espalda con la otra, mientras Elendil la presiona con una en su baja espalda y la otra se ha colado entre sus cuerpos para acariciar su clítoris. Ella grita cuando el primer golpe de placer la golpea, el capitán la imita y por un momento, sus movimientos se vuelven erráticos, hasta que vuelve a tomar el mismo ritmo. La sureña no sabe si ha muerto y ha revivido en ese instante porque todo lo que siente es los labios de Elendil contra los suyos, su barba raspándole la barbilla, sus dedos sobre su clítoris, acariciándolo sin piedad y su polla entrando y saliendo de ella a un ritmo vertiginoso.

El primer orgasmo llega tan fuerte que casi la deja sin respiración, seguido de siguiente y del siguiente. Ya no sabe dónde está. Solo está embriagada por el olor del mar y del cuero, y por un placer indescriptible. El tiempo parece dilatarse hasta que el último orgasmo la hace perder la consciencia por un instante, y cuando regresa, nota que Elendil ha colocado su frente contra su hombro desnudo y que aprieta su cadera contra la suya hasta que la llena por completo de su semilla. Y luego, como si hubiera pasado una eternidad se retira casi falto de resuello, con el rostro iluminado y enrojecido, y con los ojos azules más brillantes que nunca.

Los dos intercambian una sonrisa de felicidad y satisfacción, todavía anonadados por el placer. (Nombre) quiere tomarle el rostro y besarle tantas veces hasta que sus labios se agrieten, pero una vocecita racional hace que se incline sobre la encimera de madera y tome un trapo, le vierte agua y se limpia a sí misma con cuidado al notar que todavía está sensible. Aprieta los dientes para no gemir en voz alta y se baja un poco la falda para no coger frío. Luego, limpia también al capitán y cuando lanza el trapo donde se encuentra la ropa sucia, él sonríe de medio lado.

—No lo deseches todavía, todavía queda bastante noche.

(Nombre) parpadea y se echa a reír.

—Dame un momento para tomar aliento, capitán, no todos estamos en tan buena forma como tú.

Elendil se acerca a (Nombre), con un dedo le acaricia del pómulo hasta la mejilla sin apartar la mirada de sus ojos con seriedad.

—Acabaremos con la sombra que se cierne sobre la Tierra Media y no volverás a preocuparte por los orcos.

(Nombre) esboza una sonrisa pequeña.

—¿Y volverás cada media noche?

Elendil esboza una sonrisa de medio lado, pero la contestación no viene en palabras, sino en un largo beso que parece que no termina hasta que el sol asoma en el horizonte y los hombres y mujeres de Númenor se marchan para no volver.