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Un caprice de médecin

Summary:

Pantalone sabe que Scaramouche solo es un capricho de Dottore; un juguete que cuando se harte lo abandonará y volverá a él pidiendo que le dé algo con que experimentar o nuevos juguetes con los cuales divertirse; siempre ha sido así, un pedazo de madera no lo cambiaría.

Hasta que ve con sus propios ojos la verdad

.

O también: Pantalone presencia una cursi escena DottoScara

Work Text:

—Esa marioneta no es más que solo un juguete... Una vez que te aburras de él, lo desecharás, siempre lo has hecho. -recuerda esas palabras que le dice a uno de los clones de Dottore, específicamente a la versión pequeña y malcriada del médico, mientras en su mano se encuentra una bolsa llena de Mora, la misma que serviría para potenciar todos los inventos que el científico loco deseaba. —Ya verás que solo es un pedazo de madera que no servirá de nada y te aburrirás de él.

 

—Eso veremos. -contesta ese mocoso, con sonrisa arrogante y divertida, mientras le arrebata sin ninguna educación esa bolsa llena de economía y le señala el dedo del medio como el mal educado que es antes de irse rápidamente.

Esa noche fue la misma en la que un Dottore completamente caótico interrumpe la reunión de los demás Heraldos, anunciando con bombos y platillos sobre el Dios que encontró dentro de esa marioneta llena de tierra y olor a mar, haciendo que Pierrot pusiera en pausa aquella reunión y se fuera con el galeno, interesado en todas las charlatanas que decía el mismo.

Y en todo ese momento podía sentir la mirada de esos pequeños y sangrientos ojos, burlándose de él en todo momento, ocasionando que frunciera su calmada y elegante sonrisa.

En ese momento nació el Sexto Heraldo;

The Balladeer, Scaramouche.

 

El Dios de Dottore.

 

El Dios al cual iba a desechar cuando se diera cuenta de que lo único interesante en él solo son sus orígenes y la forma en que podía ladrar como un perrito muy pequeño y desnutrido de Liyue.

Pantalonelo sabía, siempre había sido así.

The Balladeer es solo un nuevo capricho del Doctor; uno que está durando mucho más de lo pensado, pero que, al fin de cuentas, sigue siendo eso; un capricho; un juguete al cual le quedaban pocos días para que sea tirado afuera de los laboratorios del matasanos por considerarlo deficiente y aburrido.

O acabando en su destrucción.

El banquero suelta una pequeña risa ante ese pensamiento, sin darse cuenta como uno de los fieles Fatui's que tenía a su mano se estremecía ante esa risa llena de burla y frialdad; oh, sería tan encantador ese final para el sexto Heraldo.

Ese sin duda sería su final.

.

.

 

El noveno de los Heraldos se encontraba afuera de la guarida en donde todos los Heraldos alguna vez llegaron a hospedarse en la protección de la Zarina; pocas veces eran las que por propia voluntad salía de aquellas paredes heladas para recibir a la naturaleza igual de indiferente de Senzhnaya, usualmente cuando tenía esos momentos en donde estaba harto de sus papeles y necesitaba un poco del inexpresivo pero cariñoso frío.

Y al parecer no era el único que tuvo esa idea.

—Mon beau Dieu, te ves tan adorable cuando quedas más pequeño de lo que ya eres, como una patética y frágil ardilla -se escuchó una voz burlona y divertida, aquella que era tan fácil de distinguir como si se estuviera una nación de distancia; Dottore.

Su mirada se dirigió hacia la dirección en donde provenían esas palabras, encontrándose con una escena que le hizo fruncir el ceño.

Dottore, (el original, aquel que solo salía de las cuatro paredes de su laboratorio solo cuando era obligado por la Zarina gracias a alguna misión que tendría en otro lugar), junto a ese montón de madera de Inazuma que ahora tenía por título ser el Sexto Heraldo y uno de los clones del científico, aquel que era solo un malcriado y egocéntrico niño.

Estaban a la distancia, tanta que aún no habían identificado su presencia, pero a la vez tan cercana como para que él pudiera escuchar toda palabra que el Doctor dijera.

Dottore se encontraba de frente sin su característica máscara; un rostro lleno de cicatrices horribles de quemadura se dejaban ver en toda la parte superior de su rostro en donde normalmente se ocultara ante el mundo. También The Balladeer no tenía su ridículo sombrero, sino que el mismo estaba en la cabeza del mini Dottore, el cual se encontraba entretenido en algo que no podía visualizar bien por la distancia.

Pero lo que si podía visualizar muy bien era el brillo particular en aquellas dos rubíes que tenía el médico por ojos; esas que estaban inyectados por sangre y pecados solo estaban fijas en el rostro, que no podía ver que hacía el enano, aunque podía asumir que estaba haciendo alguna de sus muecas de perro gruñendo porque el Doctor estaba sonriendo.

 

Sonriendo ingenuamente.

 

No estaba haciendo ninguna sonrisa loca e inhumana, con dientes afilados, sino que estaba sonriendo suavemente, con cariño dirigido al otro.

—Mon ange... -se escuchó suavemente, tan suave que si el banquero no estuviera tan concentrado en esa escena fácilmente podría habérsela perdido. —Ma vie... -una mano igual de maltratada que su rostro aparece en la visión, acercándose a lo que suponía que sería la mejilla del contrario, inclinándose aún más a su rostro y...

 

Suficiente.

 

Sonidos de pasos aplastando la nieve se escucharon rápidamente, alejándose de aquella escena que le daban ganas de vomitar.

 

El amor hacia un Dios...

 

Ridículo...

 

Ridículo amor...

 

.

.

 

 

—¿Y eso? -pregunto el Sexto Heraldo, volteando su cabeza hacia atrás por un momento hacia donde había provenido ese ruido, para siguiente volver su mirada a ese científico que sonreía de modo burlón. —Si alguien nos llegó a ver, te juro que te voy a hacer volar tu cerebro en tan pocas partículas que ni tus clones van a poder recoger ninguna de ellas.

—Si haces eso, al menos dame un beso antes para que pueda descansar en paz. -contesto, riéndose entre dientes al ver como su querido Dios se sonrojaba ante esas palabras, para siguiente volver a dar amenazas a diestra y siniestra con sus adorables mejillas sintéticas llenas de color rosa como primavera misma.

 

El amor...

 

El inhumano y siniestro amor...