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Las medialunas grises bajo sus ojos comenzaban a darle comezón y la joven no sabía si es que su vista estaba cansada, o si era su cerebro quien quería pedir un descanso. Una mano posándose en su hombro la distrajo de la página del libro que se abría frente a ella y alzó la vista sólo para encontrarse con la mirada seria de su compañero de estudio ya levantado de su silla, haciéndole un movimiento pequeño con su mano indicando un adiós. Débilmente ella sonrió, o al menos es lo que intentó hacer, y le dio un leve asentimiento de cabeza, sin moverse de su propio asiento, dando a entender que ella se quedaría algunos momentos más.
Habiéndose ido su compañero de cabellos rojos, la muchacha pudo reparar en la pesadez que sentía sobre su cuerpo. Cerró los ojos con pesar, frotó sus párpados y acumuló toda su fuerza para poder resistir el largar un bostezo. Continuar un rato más en la biblioteca, o juntar sus cosas y regresar mañana, ¿cuál sería mejor opción?
Jean Gunnhildr, que iba en su ante último año de ciencias políticas, se la había pasado desde las primeras horas de la mañana hasta las últimas horas de la tarde en la misma posición de la Biblioteca Central de la ciudad, únicamente bebiendo agua y siendo obligada a moverse durante media hora por Diluc, su compañero y amigo, para comer algo.
Tomó el teléfono que descansaba a su lado y encendió la pantalla. Cerró la aplicación que le indicaba que el móvil no había sido utilizado por 9 horas y abrió su aplicación de mensajería. El último mensaje había sido de la mañana, cuando le indicó a su hermana menor que no olvidara llevar a la pequeña que estaban cuidando a la escuela, recibiendo como respuesta un sticker de animales tiernos con la palabra “Sipii” debajo. Suspiró con un poco de preocupación. Sabía que todo debía estar bien, pues de otra manera habría recibido más mensajes durante el transcurso del día, pero aún así no podía evitar preocuparse considerando que había dejado a su hermanita la responsabilidad de cuidar con una niña cuando era ella quien debería estar haciéndolo.
Dejó el teléfono a un lado y se tiró el cabello recogido hacia atrás, mirando otra vez a las páginas frente a ella. Tal vez, la mejor decisión era regresar a casa.
Mientras recogía sus cosas, planificaba lo que sería su noche: preparar la cena, poner a dormir a Klee y continuar con sus estudios. La sola idea de la fecha del examen acercándose eliminaba cualquier deseo de llegar a su hogar y echarse a dormir al instante.
Entonces, ya decidida, se encaminó con su bolso al hombro y los libros de la biblioteca en mano, lista para sacarlos y llevarlos con ella. Sin embargo, una vez en el mostrador, se sorprendió al no haber encontrado allí a la señorita Jifang. En su lugar, una mujer joven la miraba con el rostro apoyado entre sus manos y una sonrisa refrescante. A su lado, Jean no pudo evitar pensar que ella misma posiblemente se viera fatal.
—¿Vas a llevarte esos libros, cariño? —preguntó, sacándola de sus pensamientos. Rápidamente, aclaró su garganta y acomodó un mechón de cabello que molestaba en su rostro.
—Sí, por favor —entregó los libros y su credencial de la biblioteca, y observó cómo la castaña los tomaba con sus manos enguantadas y colocaba sus códigos en la misma computadora vieja de siempre. Mientras esperaba, jugueteó inconscientemente con sus dedos, flexionando y apretándolos.
La mirada de un llamativo color verde volvió a posarse en ella, y Jean sintió la necesidad de concentrar la mirada en otro sitio.
—De acuerdo, Jean. Toma —dijo regresándole sus cosas. Por un pequeño momento, se sintió sorprendida de que aquella mujer supiera su nombre, mas dicha preocupación se convirtió en pena, pues obviamente acababa de leer su identificación.
—Muchas gracias…
—Espera —la detuvo la chica, colocando una de sus manos sobre los libros que estaba a punto de tomar, para evitar que los elevase de la mesa. Acto seguido, la castaña, ante la mirada de asombro de la otra, dejó una pequeña bolsa de papel madera sobre la tapa dura de un libro sobre Ciencias Políticas. —Té de matcha —explicó, retirando la mano casi como si estuviese acariciando dicha bolsa, y sin apartar la mirada de la otra, volvió a apoyar su cabeza en una de sus manos. —Estuviste leyendo por horas. Te ayudará a concentrarte en tus estudios. Muchos éxitos, linda —y le regaló una nueva sonrisa.
Las mejillas de Jean no pudieron no teñirse de rojo, y en su pecho su corazón latió con una fuerza que la hacía querer salir de allí corriendo. Sin embargo, su cuerpo no se movía tan rápido como su corazón, y sólo alcanzó a recoger las cosas con sus dedos temblorosos y una sonrisa que ella misma temía saber cómo se veía.
—Ah, muchas gracias… uh… ¿cuál es tu nombre?
—Lisa —respondió simplemente de manera un tanto cantarina, Jean se encontró a sí misma asintiendo.
—Lisa… —murmuró, probando decir aquel nombre nada fuera de lo común en sus propios labios. —Muchas gracias —repitió.
—Espero verte de nuevo mañana —agregó, y Jean no estuvo muy segura de cómo debía tomar aquel comentario. De todas maneras, trató de no pensar mucho en ello. Tomó apurada sus cosas, y tras un “nos vemos mañana”, se retiró de allí lo más rápido que pudo.
Por supuesto, no le cabía ninguna duda: los motivos de esas reacciones debían de ser por el cansancio que cargaba.
Por su parte, Lisa se sentía complacida consigo misma y suspiró mientras la veía marchar. No se había equivocado cuando pensó que esa joven que naturalmente parecía bella con su aspecto cansado y que no había levantado la vista ni un segundo de sus libros debía verse extremadamente bonita sonrojada.
