Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2021-07-05
Words:
2,814
Chapters:
1/1
Comments:
7
Kudos:
87
Bookmarks:
6
Hits:
502

¡Silencio, Bruno!

Summary:

Luca vuelve a Portorosso y junto a él, regresa el mismo sentimiento que tuvo Alberto la última vez que lo vio: el de besarlo.

Work Text:

—No puedo hacerlo sin ti—dijo Luca cuando supo que tendría que ir solo a enfrentar el mundo verdadero, aquel que tanto osaba conocer pero que no se veía haciéndolo sin su amigo.

«Alberto, quieres besarlo.»

Silencio, Bruno.

Él tenía que dejarlo ir. Massimo lo necesitaba, y por mucho que quisiera a Luca, ese sueño no lo compartían. Su plan inicial era recorrer el mundo juntos en la Vespa, pero esas ilusiones de niños tenían que terminar justo aquí. Quería que fuese feliz aún sí no estaba a su lado, y que tampoco se sintiera triste por estarse separando, por eso le dijo:

—Pero no estarás sin mí. La próxima vez que saltes un risco, o que le digas a Bruno que deje de molestarte... ese seré yo.

—¿Cómo sabré que estás bien?

Su corazón latía demasiado fuerte y se le hizo un nudo en el estómago.

«Alberto, tienes que besarlo ahora mismo.»

Silencio, Bruno.

Sólo pudo abrazarlo, y decirle que salió de la Isla por él, ¿Cómo no iba a estar bien? Estaba bien, desde que lo conoció, estuvo mejor que nunca. Pasar todo esto con alguien, luego de su padre, lo hizo la persona más alegre del mundo. Pero no podía ser egoísta como para no dejarlo recorrer ese mundo que tanto quería conocer.

Luca no se daba ni idea de cuanto amor le había costado dejarlo ir.

Amor. Esa palabra a penas la había conocido un par de horas antes cuando Massimo se lo explicó.

«Bésalo ya, no lo dejes ir.»

¡Silencio, Bruno!

Su cabeza estaba hecha un lío, y aunque pensó en hacerle caso a Bruno por primera vez, no lo logró a tiempo. El tren se alistó y se marchó a paso lento. Lo vio partir y supo que lo perdió cuándo soltaron sus manos, que apenas se daban cuenta no habían dejado ir por la tristeza de saber que no se volverían a ver en mucho tiempo, Luca le regaló una mirada triste y parecía querer decirle algo.

Él lo persiguió hasta que no pudo verlo más cuando entró por ese túnel. La última imagen que tuvo de él fue una sonrisa acompañada por unos ojos tristes.

Alberto tenía, o más bien, quería tener la esperanza de que Luca también tuvo que callar a su Bruno cuando se marchó. A lo mejor, ambos lo callaron por el mismo motivo. Pero, tal vez, no fue así. Tal vez él fue el único que tuvo esa sensación de besarlo ese día.

Unas horas antes de aquello, habló con Massimo y Giullia sobre el futuro de Luca y luego de escuchar lo mucho que quería que su amigo fuese feliz y como no podía describir ese sentimiento que tenía por él, entre ellos, llegaron a una conclusión obvia al respecto de ambos a la que él no le quedó muy clara por qué la mirada cómplice de la chica y la incómoda del padre.

—Es amor—Explicó ella sin pena. El padre asintió muy lentamente dándole la razón, pero no dijo nada porque estaba buscando las palabras correctas para dar una charla que ni siquiera había llegado a tener con su hija, a la que dejó que se encargara.

Se podía decir que ella como amiga de ambos, se dio cuenta casi de inmediato que había algo. Las palabras de Alberto casi derramando lagrimas sobre lo mucho que significaba para él, cuanto disfrutaba su compañía y lo mucho que quería que fuese feliz sólo dieron respuesta a Giullia de porque el chico se enojaba tanto de que ella estuviera tan cercana a Luca antes. Él ya le había pedido disculpas al respecto por ello, por —lo que no sabía hasta entonces— eran sus celos.

—Amor—Repitió Alberto, muy confundido. Había escuchado esa palabra antes, pero, a decir verdad, no sabía el significado. Seguro sí se lo preguntaban se inventaría algo muy lejano a lo que realmente era.

—Amor es besar, abrazar y...

—Giullieta—Regañó su padre antes de que pudiese proseguir, ¿Qué tanto sabía esta niña? ¿qué tipo de cosas le enseñaban en la escuela? Iba a quejarse luego. Por el momento, los tres se quedaron callados esperando que el adulto dijese algo.

Se distrajo mirando un punto fijo en el suelo y la chica aprovechó que no los estaba viendo para hacerle señas sobre lo que mencionó. Abrazó el aire, y le explicó que eso era abrazar. Alberto le asintió y le dio una mirada de que eso ya lo sabía, ya se había abrazado con Luca antes. Pero, cuando con ayuda de su mano explicó como era un beso, se ganó una mirada extraña de ambos.

Mientras su padre le reprendía con la mirada, por otro lado, Alberto supo exactamente a que se refería, pues ya lo había visto antes. No era capaz de dar una cifra exacta de cuantas parejas terminaban en la isla para hacer exactamente eso mismo. Era algo íntimo, y, por lo que sabía, que sólo se hacía con una sola persona.

A decir verdad, sí se lo imaginaba, sólo podía imaginarse a Luca. No pudo evitar sonrojarse por lo que su imaginación recreó.

—Amor es preocuparte por él, más que nadie en el mundo—Por fin Massimo habló y parecía muy nostálgico al respecto. —Es querer estar con esa persona, y compartir con ellos todo lo que puedas…

De repente vio a Giullia con orgullo. Seguramente estaba recordando a su esposa. Alberto se puso a pensar en sus planes de comprar la Vespa e irse por el mundo juntos, eso era lo que quería que compartieran, con él y con nadie más.

—Y es dejarlos ser felices aun sí no es contigo.

Entonces sí era amor. Amaba tanto a Luca que lo dejó ir para que fuese feliz. Aun sí tenía tantos planes para ellos juntos, lo que más quería era que fuese feliz, que conociera el mundo y viviera sus propias fantasías.

La conversación culminó en lo mismo. Vendió la Vespa, que significó tanto para él a pesar del poco tiempo que la tuvo, y compró el boleto de Luca luego de quedar de acuerdo que se quedaría con la madre de Giullia.

Todo eso por amor.

Pasaron meses que, si no hubiera sido por las cartas y llamadas diarias de Luca, se hubieran sentido como una eternidad que lo terminaría matando de la tristeza y de la angustia.

Silencio, Bruno.

En realidad, Bruno no le había dicho nada todavía, pero decidió callarlo antes de que lo hiciera; porque muy seguramente, diría algo estúpido sobre la llegada de Luca el día de hoy.

Fue capaz de esperarlo demasiado tiempo, había hablado con él en la mañana, pero, aun así, saber que volvería a estar con él lo puso ansioso y de repente los minutos se sintieron tan pesados como lo fue la espera. Massimo ya había pasado por esto demasiadas veces y en la estación de tren tuvo que controlar al nervioso chico con una palmada en la espalda.

El adulto se dio cuenta que cuando tanto su hija como Luca bajaron del tren, lo primero que hicieron los chicos fue abrazarse. Ambos se estaban esperando desde hacía mucho, de hecho, el primer día que se separaron ya se extrañaban. El adulto estuvo con él toda la noche cuando lo encontró llorando por su repentina despedida y su arrepentimiento de no haber hecho lo que le dijo la voz en su cabeza.

—Alberto—Lo llamó, mirándole de la forma más pura que podría mostrar alguien que de verdad extrañó a quien tenía de frente.

—Luca—Él también fue capaz de repetir su nombre en un susurro, y regresó la misma mirada de enamorado.

Sus padres se aparecieron, y el resto del día hubiese estado bien de no ser porque Bruno no se calló nunca. Tal y como cuando Luca se marchó, siguió con lo mismo acerca de besarlo cada vez que encontraba la oportunidad de hacerlo.

Sería un mentiroso si dijera que no pensaba en hacerlo todas las noches antes de dormir.

—Quiero ir a la Isla contigo—Propuso Alberto cuando por fin lo tuvo para él solo.

—¿A la Isla? —Preguntó confundido. No tenía idea que su amigo seguía visitando ese lugar.

Sí seguía yendo, era por la simple razón de que algunas veces no podía abandonar ese lugar. Porque ahí conoció a Luca, y coleccionaba todos esos artefactos humanos que a día de hoy poseía en un lugar al que podría llamar hogar. A demás, en la pared yacían miles de recuerdos tanto malos como buenos.

—A la Isla—Confirmó, regalándole una sonrisa de que tenía buenos planes. Luca no pudo resistirse y aceptó.

Ambos se marcharon a escondidas de sus familias cuando llegó el anochecer y la emoción de por fin poder estar juntos los hizo tomarse de las manos y saltar juntos al agua. Dieron una y mil vueltas, y en ningún momento se dijeron algo. Las miradas eran suficiente para decirse tantas cosas. Alberto pensó en detenerse y simplemente besarlo ahí mismo a mitad del camino, pero se negó a su pensamiento hasta que llegaron a aquel sitio donde se conocieron por primera vez y armaron la Vespa.

—Las marcas ya no están— Luca se puso a mirar a los alrededores y notó que había demasiados cambios. Probablemente Alberto pasaba más tiempo aquí del que creía.

Todo lucía diferente a lo que recordaba, estaba perfectamente ordenado y pensó que quizá había devuelto varias cosas a sus dueños a cambio de otras. Aquel tocadiscos, como supo que se llamaba, seguía intacto en su lugar y su fijación en él hizo que Alberto lo pusiera a funcionar.

La canción en particular que sonaba le recordaba mucho a Luca.

Cuando la escuchaba, no podía evitar pensar en él. En su sonrisa, su cabello, sus ojos, todo.

Luca seguía mirando las nuevas cosas con admiración, y Alberto hacía lo mismo, pero lo estaba viendo a él, tan curioso como siempre. Ninguna carta se compararía jamás a tenerlo así, aquí, con esos brillantes ojos mirándolo como sí fuese la persona más increíble del planeta.

Luca le contaba absolutamente todo lo que aprendía sin saltarse detalle, pero Alberto no pudo evitar preguntarle.

—¿Qué aprendiste allá?

El chico volvió a darle su atención y le sonrió. Leer y escucharlo por teléfono no se comparaba a oír todo lo que tenía que decir mientras se movía de un lado a otro siendo incapaz de controlar tanta emoción en su cuerpo.

Lo que más llamó la atención del moreno fue la mención de las festividades humanas.  Massimo sólo le había explicado unas cuantas cuando el día llegaba, pero acerca de San Valentín, jamás escuchó hablar más que de los muchachos de Portorrosso.  El hecho de que mencionara la palabra “Día del Amor y Amistad” le pareció curioso.

—¿Qué es eso?

—Una celebración, de los amigos y enamorados—Comenzó a explicar Luca, con calma. —Por su amor, y por su amistad.

No lo entendía.

—¿Qué diferencia hay?

—Los amigos pasan tiempo entre ellos y comparten su vida, pero a fin de cuentas no se quedan siempre juntos—Su respuesta pareció haber sido leída directamente de un libro, pero sólo era Luca haciéndose el niño intelectual. —Se quieren, pero no para entregarle toda su vida. A demás, tienen límites.

—¿Y los enamorados?

Luca se sonrojo. Sabía lo que era amor, porque sus padres eran un claro ejemplo. Explicárselo a Alberto sería difícil porque no tenía a ninguno de los dos.

—Es complicado. Los enamorados son… raros.

—¿Raros? —Cuestionó Alberto. Él no se consideraba ningún raro.

—Ellos si quieren quedarse juntos por siempre—Respondió. —Están locos el uno por el otro, y se ven entre ellos como lo que más quieren en la vida. No pueden querer a nadie más, y hacen cosas extrañas… a diferencia de los amigos no tienen un límite con la confianza, hacen cosas.

—¿Y qué son esas cosas?

—Se besan.

¡Alberto casi se atraganta con su propia saliva! Jamás creería que Luca supiera de la existencia de eso.

—¿Sabes qué es eso?

Luca asintió. La madre de Giullia les llevó una que otra vez a ver películas románticas y escenas así al final no faltaron jamás. Por más que la mujer trató de cubrirle los ojos a los adolescentes, aun así, Giullia terminó explicándole con ayuda de unos peluches y mucha imaginación lo que era.

—Es como un lazo. Cuando besas a alguien es como si le dijeras que lo amas, pero sin decírselo directamente.

—y los amigos…—Preguntó el mayor otra vez—, ¿no se besan?

—No—Respondió. Alberto se acercó repentinamente a él, pero eso no le importó porque ellos desconocían el termino de espacio personal. —, no tienen esa necesidad de hacerlo. Ahí está la diferencia entre amigos.

Por un momento Alberto se cuestionó realmente estar enamorado, pero eso último fue su respuesta definitiva para saber que sí, era un loco enamorado.

 De ser una simple amistad, no pensaría tanto en besar a Luca ahora mismo.

—¡Alberto, estás rojo! —Exclamó con preocupación cuando se dio cuenta del repentino cambió de color en sus mejillas. —, ¿estás bien?

Silencio, Bruno. Silencio, Bruno. Silencio, Bruno. Silencio, Bruno. Silencio, Bruno. Silencio, Bruno. Silencio, Bruno. Silencio, Bruno. Silencio, Bruno. Silencio, Bruno.

—¿Quieres que nos besemos? —Preguntó sin más. No recordaba haber visto a Alberto tan serio en mucho tiempo.

—¿Qué? —Gritó— ¡Eso sólo lo hacen los enamorados!

—Luca…—Murmulló con una voz suave.

Luca dejó el pánico y lo entendió de inmediato, esto era una confesión. Ahora sus rostros tenían el mismo tono carmesí hasta las orejas. Se encogió en su propio lugar sin saber cómo responder que él también sentía lo mismo. Quizás, desde el primer día que lo vio y le enseñó tantas cosas... Siempre defendiéndolo, enseñándole, protegiéndolo. La primera vez que le dijeron que era amor supo que ellos iban mucho más allá de eso.

Empezó a titubear hasta que sólo pudo decir:

—Es que no sé hacerlo.

—Ah… Yo sí. Soy, lo que llamarían, un experto. —Empezó a alardear, pero, a decir verdad, él tampoco tenía idea. No creyó llegar tan lejos y no sabía ni qué hacer. El otro asintió.

Sus intentos fueron embarazosos de ver. En primeras, Luca se tuvo que poner de puntillas para alcanzar mejor a Alberto y por accidente ambos chocaron sus cabezas dándose un buen golpe. Luego, el mayor no supo ni en que ángulo acomodarse y dejó al otro esperando mientras apretaba los ojos esperando a qué él lo hiciera.

Se dieron cuenta que no iban a llegar a ningún lado, y se decepcionaron.

—Lo siento— Luca se disculpó. Estaba triste por no poder hacerlo, por mucho que quisiera. Jamás creyó tener que practicar este momento. Aun sí había ocasiones en las que se lo imaginaba haciéndolo con él. —Me da miedo no poder hacerlo bien.

Alberto no iba rendirse. Bruno lo estuvo molestando todo el día como para darle la satisfacción de verlo renunciar. No quería que Luca se fuera con este recuerdo suyo, y mucho menos, sabiendo que ahora los dos aceptaban lo que realmente eran.

Le tomó firmemente de los hombros y le miró de la misma manera.

—Silencio, Bruno—Dijo, Luca sabía que ese miedo era sólo Bruno molestándolo.

—Silencio, Bruno—Repitió.

—¡Silencio, Bruno! —Gritó Alberto, el otro sonrió y le siguió la corriente.

—¡Silenció, Bruno! —Exclamó. Cada vez, el mayor estaba más cerca suyo y sabía que pronto pasaría.

—¡Silencio,

—Bruno!

Y finalmente se besaron.

Cerraron los ojos y el tiempo pareció detenerse un momento. La cara les ardía y el corazón les estaba palpitando a mil. El labio inferior de Alberto temblaba del nerviosismo, no eran más que un par de inexpertos experimentando el primer beso. Fue un alivio.

Se separaron un momento y se miraron, el pecho de ambos subía y bajaba por la falta de aire y entonces, esta vez fue Luca quien volvió a intentarlo con más calma ahora que sabían que hacer. Sólo que fue muy corto y terminaron abrazados mientras reían por el nerviosismo. Les había gustado mucho el lazo que acababan de crear entre ellos, y probablemente no sería la última vez que lo repetirían.

La música siguió sonando y ambos se recostaron a mirar los peces… las estrellas. Se llamaban estrellas, Luca se encargó de explicarle todo sobre eso y Alberto escuchó absolutamente todo porque amaba la manera en que él se expresaba con tanta emoción al respecto contándole todo lo que aprendió de ellas en la escuela. Más allá de interesarle, gustaba de escuchar lo que le hacía feliz, y sí él era feliz contándole lo que le apasionaba tanto, él lo era más escuchándolo. En un momento, Luca calló y se quedaron mirando. Se sonrieron, y volvieron su mirada al cielo mientras juntaban sus manos. Siempre apreciaban cada pequeño roce que tenían, se sentían cercanos y protegidos.

 Bruno no volvió a molestar a ninguno de los dos durante el resto de la noche.