Chapter Text
Cuando su cabeza rompe la superficie del mar, golpeando el aire, Hannibal respira hondo. Will, Will. Es lo único que pasa por su mente mientras busca en la oscuridad, en la frialdad del agua que lo empapa hasta los huesos.
El corazón le salta como nunca (solo Will Graham le provoca eso), a tal punto que la herida en su abdomen es solo una molestia, no la siente como algo peor frente a la preocupación. Respira profundo y vuelve a sumergirse buscando a Will, tratando de encontrar un rastro de esos oscuros cabellos.
Lo ve casi hundiéndose, cuerpo suspendido, inmóvil. Hannibal nada fuerte y rápido, como si todos esos entrenamientos en piscinas hubiesen sido para este momento. Cuando sus brazos recogen los de Will, apretándose en sus costados, levantándolo y moviéndose bajo la luz de la luna, su corazón vuelve a recogerse cuando finalmente prueba el sabor salado del mar.
Lo que ve de la cara de Will, cuya cabeza recae en su hombro izquierdo, le aprieta el estómago. Sus labios están casi azules, el tajo en su mejilla está abierto y solo por la sal de agua no brota sangre. Con las fuerzas de la tenacidad inhumana que siempre ha existido en su cuerpo, Hannibal nada con su querida carga hasta el borde rocoso donde, más allá, una hilera de árboles oscuros se levanta.
Uno, dos, tres. Cuenta sus respiraciones, manteniendo el cuerpo inerte de Will por sobre la superficie del mar, no queriendo que su labios beban más del maldito líquido. Uno, dos, tres. Cuando sus pies tocan la arena la herida en su costado le punza, el peso de su compañía marcándose en el cansancio de sus músculos.
Pero es Will, nada más importa. Su Will, por fin en sus brazos.
Con esfuerzo Hannibal se arrastra hasta la arena que se forja entre las rocas. Con manos que tiemblan por más que el dolor, da vuelta a Will, manteniéndolo fijo en la superficie, tocando su pecho inerte, sin respiración, sus pulmones sin funcionar.
No, piensa con desesperación mientras comprime el torso debajo de sus manos, mientras práctica los movimientos clásicos de reanimación. Sus labios tocan los de Will de una forma tan paralizante que ni siquiera puede detenerse a contemplar el grandioso momento para sumarlo su palacio mental.
Uno, dos, tres. Realiza las compresiones, sus frías manos tocan la bonita nariz de Will, sus labios entreabiertos. Uno, dos, tres.
Uno, dos, tres. No sabe cuánto tiempo ha pasado. Siente el brillo del naciente sol a sus espaldas, pero su mente solo está enfocada en el cuerpo de Will, tan inerte, pálido y frío. No, piensa, no, esto no.
No es hasta que el sol ha salido que Hannibal se permite reconocer que el torso debajo de sus manos solo emite movimiento por lo fuerte de sus compresiones (costillas quebradas); cuando la piel del bello rostro sigue pálida y lánguida y al entender que esos queridos labios (siempre formando comentarios punzantes) están abiertos sin calor en su interior; que un sollozo rompe la tranquilidad de la escena que hasta ahora solo era interrumpida por el sonido de las olas chocando contra las piedras.
Hannibal se lleva las manos a la boca, temblando. Shock, registra sin profundizar, una desesperación cómo no ha conocido atacando su cuerpo, su mente, su alma. Ni con Mischa estas lágrimas salieron de él. Ni en la cena roja, con la traición de Will-
Will, Will, Will. Mi corazón, mi amado.
Como las imágenes clásicas que recrean la caída de Aquiles ante la muerte de Patroclo, Hannibal se hunde sobre el cuerpo. Su boca queda por encima del blanco y perfilado cuello, su nariz detrás de los rizos que con el calor ya se están formando.
¿Cuántas veces pensó en esta posición? Nunca así.
Gime como animal herido. Atrás quedó su compostura.
La parsimonia de hace una horas, la catarsis de esa cacería compartida, es solo un recuerdo agridulce. Will entre sus brazos, apoyando su rostro en su pecho, escuchando su corazón. La caída.
Will no podía vivir con él y tampoco sin él. Solo encontró razón en ese precipicio, esperando que la suerte les diera un destino.
Pero a ambos ¿cómo llevarse solo a Will? Hannibal lo aprieta con fuerza, sus brazos aferrándose a la cintura debajo de su cuerpo hasta sentir el crujir de las costillas rotas. Aprieta sus ojos, los párpados picándole detrás de las lágrimas que no dejan de caer.
No tiene respuesta ante nada. Hannibal se había preparado para su final desde que Will le habló de aquel patético plan para atrapar al Dragón Rojo. Desde esa copa de vino que no alcanzó a consumir, esperando una transformación que pensaba terminaría en su muerte pero no en la de su amado.
Respira profundo, intentando rescatar el aroma tan querido, tan anhelado debajo de la sal y de la sangre.
Respira profundo, la herida en su estómago irritando todo. Piensa en que debe separarse, erguir su cuerpo y planear, salir de acá, buscar refugio, esconderse del FBI. Debe sacar la bala, suturar la carne. Con una de sus manos (aún nerviosas, torpes) recorre su torso hasta tocar el agujero. Se toca con los dedos por atrás, su espalda abierta ante el impacto del proyectil.
Cierra los ojos. No está listo, se da cuenta. No quiere. Hannibal pasó tres años en una celda de vidrio solo por Will. No podría volver ahí sabiendo que su amado no aparecerá, sabiendo que esa brillante mente está apagada. Tanto dolor, tantos planes, tantas heridas y ahora solo tiene esto, un corazón amargo y destruido.
Respira, se imagina que el cuerpo debajo del suyo está cálido, que los brazos ya entrando en rigor están moviéndose, circundando su propia espalda. Se imagina una respiración en su mejilla, una voz suave y baja suspirando su nombre, con ternura, con amor. Piensa en que si girara la cara y abriera sus ojos se encontraría con otros brillantes y azules, desafiantes y queridos.
Oh Will, aprieta aún más los párpados y decide quedarse así. Que Crawford los encuentre. Que el FBI escriba el epitafio. Con las pocas fuerzas que tiene se acurruca más, esconde su cara en el cabello revuelto y seco ya, deja que su sangre se esparza por los costados de la camisa destruida de Will, que su peso hunda el cuerpo, el cadáver de su amado.
Pesar. Tanto pesar. Para un animal como él, para un ser tan inhumano, el lamento es solo una emoción que le pasa a otros.
Pesar, lo siente tratando de arrancarse de su cuerpo, aplastarlo ante el dolor emocional que embarga su ser. Pesar, más vasto que el que corroía sus venas en Wolf Trap, tras lo acontecido con Mason Verger, cuando supo que la taza nunca se repararía.
Pesar, más fuerte que cuando lo sintió por primera vez en su vida, en su oficina en Baltimore, esperando más allá de las 7 pm por una cita que sabía que no se realizaría. Culpa, pesar, emociones de debilidad que nunca lo habían manchado.
Humanidad. Cuánto quiso evitarla pero ahora daría todo lo que tiene, todo lo que es, con tal de que se la devolvieran, con tal de hacer feliz a Will Graham, de no provocar este final, de no mover el juego a un punto en el que Will solo creyó como posible final la muerte.
La respiración de Hannibal se vuelve lánguida y pasiva. Débil, como su corazón. El sol calienta su cuerpo, sus ropas. Febrilmente y con tozudez Hannibal se impide abrir los ojos y contemplar la horrible vista.
Pesar. Lo haría todo para que esto no fuera así. Mi amado.
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Abre los ojos y está en Baltimore, en su antigua oficina. Sentado en la silla de su escritorio. Sus ojos se mueven recelosos por el estudio, reconociendo la sala fija en la que estuvo tantas veces. En 2013.
—Sensacional —escucha a sus espaldas. Gira y se encuentra con la mirada impávida de sí mismo. Sensacional, piensa Hannibal también cuando sus sentidos le informan, tardíamente, que se encuentra en una de las habitaciones de su palacio mental. Cierra los ojos, buscando a Will, pero la voz de su compañía le impide salir de este lugar.
—Me imagino prudente preguntar por esto. No siempre que me relajo escuchando una pieza de Stravinski termino, en mi mente, con un espejo —murmura ese Hannibal Lecter de compostura recta que solo emite un aire de fascinación.
Oh, como lo detesta. Se imagina su propia imagen; el cabello corto desde el encierro, el rostro más viejo y debilitado. Sus ojos heridos tras haber perdido su mundo, su razón de ser.
Este Hannibal, tan compuesto y refinado, quien vive cada día como un dios frente al vasto universo que no toca su piel, encima de todos. Cuyo traje humano ha sido perfeccionado hasta la máxima altura. Quien cree ser feliz, ignorando de lo que desconoce.
No sabes nada, piensa, el dolor de la pérdida haciendo eco en cada rincón de su ser.
—Me imagino —vuelve a repetir la voz parsimoniosa—, que no es una coincidencia que experimente este encuentro tras la visita que tuve hace meros momentos de Jack Crawford.
Y Hannibal, por primera vez desde que su cabeza salió de entre las olas, cuando todavía creía que su amado continuaría con él, siente esperanza. Piensa en el pesar que se llevó a su muerte, en el deseo de rehacerlo todo, de permitir que Will sea feliz, de no causar que tome una decisión tan incalculable como saltar al vacío.
Este momento es la clave. Se da cuenta de que debe convencer a este otro yo a no ser, como diría Will, un maldito bastardo; engreído y consumido por sus propios juegos mentales.
Mira a su espejo, tan perfecto hasta que un acumulador de perros se inmiscuyó en sus pensamientos diarios. Sin saber que pronto perderá el control de todo.
—Estás a tiempo —dice finalmente, escuchando su voz sonar seca como si se hubiera tragado el mar o sus propias lágrimas— de ser feliz.
Una mirada curiosa es su respuesta—, mi tranquilidad creo que ya es notoria.
El deseo de poner los ojos en blanco solo es interrumpido por lo debajo que está de él tal acción—, ambos sabemos que estás aburrido; un perro viejo que se sabe todos los trucos, y que la visita del FBI ha sido lo más interesante que te ha pasado en años. Llevas tiempo engordando frente a tu fiel rebaño, sin nada que cambiar, doctor Lecter.
El Hannibal delante suyo vuelve a tomar asiento (en el sillón de Will, no puede evitar pensar)—. ¿Y qué te hace pensar que eso no es lo que quiero?
Una pausa.
—Porque no lo sabes, nunca lo has buscado —responde, sus pensamientos centrados en ojos claros y tormentosos, en un cuerpo frágil y poderoso, en una mente brillante, pura y oscura. En un corazón lleno de amor y que Hannibal promete no dejará que sea abusado por segunda vez, si el destino lo permite.
Respira profundo y continúa—: Tienes ante ti la posibilidad más hermosa de nuestra historia y si te lo permites podrías encontrar un futuro que nunca pensamos añorar.
Interés refleja la postura de su versión más joven. Pero su mirada es calculadora cuando habla—. No puedo sino preguntarme quién está ante mí. ¿Un diorama de una época perdida? Veo cicatrices que no he buscado y veo emociones que nunca he deseado. ¿Por qué me prestaría a convertirme en eso? —pregunta al fin, su voz destilando cierto disgusto que bien puede identificar.
Siente desesperación, los minutos que han conllevado a esta conversación parecen tener tiempo límite. Su cuerpo se siente como arena, brisa marina. Se levanta, con cuidado porque es como si lo hubiesen levantado de esa playa (alejándolo de Will) para arrastrarlo aquí. Pero se hizo una promesa y si esto es un paralelo a su historia, una línea de tiempo no vivida aún, no permitirá que Will Graham vuelva a pasar por el infierno que le espera (que él construyó).
Su reflejo tensa su postura al verlo caminar hacia él, parándose entre los elegantes sillones. Se detiene a centímetros, permitiéndose observar a este Hannibal Lecter que nada sabe, que no ha sido tocado por sentimientos, cuyo corazón yace de piedra (que no sabe lo que es vivir, solo seguir una existencia).
Lleva sus manos ante el pecho del otro, viendo con algo similar a la diversión la intranquilidad de esos ojos color vino—, es una probabilidad entre millones: reparar una taza rota por nuestra imbecilidad.
La indignación en la mirada ajena, en no entender la referencia y en ser denominado un idiota, es silenciada cuando el contacto entre ambos interrumpe su pensamiento, la lógica de su existencia.
Hannibal piensa en Will, en cada una de las nimiedades que conforman, no, que conformaban (tanto dolor en ese cambio verbal, inimaginable) esa personalidad testaruda, tímida y confidente. Ese hombre que solo quería proteger y también encontrar belleza en la oscuridad, lleno de contradicciones. En su risa baja que tan pocas veces tuvo motivo de escuchar. Se queda con la imagen de su rostro ensangrentado y claro, tan hermoso y apacible, murmurando sus votos antes de decidir por el abismo.
Hannibal piensa en cada una de las emociones que estos cincos años de conocerlo le enseñaron. El nerviosismo, el deseo, los celos. La ansiedad, el miedo y la paz. Pero por sobre todo el amor, impensable por décadas. El amor que provocó tantas malas decisiones, tanta espontaneidad, tanta vitalidad y deseos.
El amor. Trata de transmitir todo, enseñarle a este yo que no ha sido movido por nada que tiene la oportunidad, increíble, de forjar un camino donde Will lo elija para siempre; donde pueda tener la posibilidad, deseada, de envejecer junto a él y una camada de perros.
Siente lágrimas en sus ojos nuevamente (solo Will provocó esto en él, la pérdida total de sus controlados sentimientos), pero son de esperanza. Porque este otro Will será diferente, no le pertenece. Pero la sola intención de que pueda hacer feliz a uno de los millones que existen, hace que el pesar que aún siente, que la extraña culpabilidad que lo embarga, sea más débil.
Finalmente aleja sus manos y abre los ojos. El Hannibal delante de él tambalea y tentativamente camina hacia atrás, hasta sentarse en el sillón. El silencio es tanto incómodo como pacífico.
Siente como los minutos se acaban, su cuerpo se vuelve liviano. Le gustaría imaginarse que irá a un lugar donde verá a Will. Sentado, esperando por él.
—Imposible —escucha susurrar a su espejo.
—Improbable pero no inverosímil —responde—, bien tratamos de cambiar el pasado alguna vez —La sensación de ligereza se apodera de sus músculos y puede ver entre los tendones en sus manos. Intenta, una última vez—, no lo arruines, de nuevo. No lo hagas pasar por tus pruebas, solo déjate ser, envuélvete en lo que te hace sentir, no juegues con él.
—No lo rompas —es lo último que suplica, mientras piensa en una caída insostenible, en un dolor que nunca antes sintió. Mira a su reflejo, quien yace descompuesto; una mano en el antebrazo del sillón, la otra en su muslo, sus ojos fijos en la nada. Siente que el reloj marca la hora y con él, los segundos que le quedan acá, en esta extraña burbuja de su palacio mental, de un tiempo pasado.
—Eres nuestra oportunidad —afirma, sin importar lo cliché del mensaje. Su cuerpo se desvanece como espuma y ante la soledad que le espera, Hannibal convoca por última vez a Will: en su oficina, tras haber sobrevivido a Tobias Budge (nunca debió haber creado ese escenario), en su casa mirando la destrucción de Mason (simplemente sin palabras, su deseada compañía), ante La Primavera, más precioso que cualquier arte (un momento impregnado en su alma), y frente a él, ojos preciosos, mejilla ensangrentada apoyada en su corazón (conoció la paz y nada más valió la pena).
Will, es lo último que pasa por su mente.
