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Belle subió a la cubierta del Eladia Isabel cargando a Gideon, que dormía recostado sobre su hombro. El sol golpeaba con toda la fuerza que podía tener a las nueve de la mañana de un 24 de diciembre la superficie ligeramente ondulada del Río de la Plata. Contra la barandilla, unos pasos más allá, Rumplestiltskin tenía la vista perdida en el horizonte, los mechones de su cabello moviéndose ligeramente a impulso de la suave brisa. Belle se acercó lentamente.
—Hey.
—Hey —respondió él, girando el rostro. La expresión seria había dado lugar a una cálida sonrisa al ver el rostro de su esposa y a su pequeño hijo durmiendo. Cada vez que los miraba se decía a sí mismo que ellos eran más de lo que merecía y de lo que jamás hubiera soñado con alcanzar.
Belle estiró el brazo y, suspirando, le acarició el cabello con la mano.
—Le está llevando una eternidad crecer —dijo, para distraerlo de sus pensamientos.
—Bueno, ya sabes lo que dicen —repuso él, inclinando la cabeza y dirigiéndole una mirada intensa.
Con una risita, Belle enredó los dedos de su mano en los mechones de pocos centímetros y tirando gentilmente de ellos, le acercó el rostro para besarlo.
Cuando se soltaron, él extendió los brazos y ella le pasó con sumo cuidado a Gideon, que seguía dormido. Luego le tomó el brazo y apoyó la cabeza contenta sobre su hombro.
—Aún no puedo creer que esto sea un río. No puedes ver la otra orilla ni siquiera desde aquí.
—Bueno, el color del agua no hace pensar en el océano precisamente —dijo él con una sonrisa socarrona.
Belle levantó el rostro para mirarlo y suspirando con fingida indignación, contestó:
—¿Sabes? tiene ese color por el sedimento que arrastra desde la naciente. Parece sucio, pero está lleno de vida. Y —añadió con tono triunfal— lo mismo que lo hace feo bajo el sol del mediodía lo hace inigualable a la puesta del sol.
Sin esperar respuesta, volvió a recostar la cabeza sobre el hombro de su marido. Rumplestiltskin se rió muy quedamente, para no despertar a Gideon y besó la cabeza de su esposa, quien le apretó con cariño el brazo. Así estuvieron varios minutos hasta que Belle dijo:
—Rumple…
Como por reflejo, su rostro se volvió impenetrable.
—Sé en lo que estás pensando —añadió— Pero mientras estemos en este reino, no puede afectarte.
—Lo sé. Pero… —su voz se volvió un susurro quebradizo— ¿Qué si un día enloquezco o me desespero? Storybrooke nunca estará lo suficientemente lejos.
Él apoyó la barbilla en el pecho y Belle, alzando la mano, le acarició el rostro e hizo que la mirara con aquellos ojos castaños y dolidos:
—No estás solo, Rumple. Gideon y yo estamos contigo. No tengas miedo. Tienes que confiar en que encontraremos una solución para esto. Te lo prometo.
—Y yo quiero creerlo, realmente quiero.
—Eso es todo lo que te pido justo ahora —dijo ella con una gran sonrisa y añadió:
—Vamos para adentro. Hace horas que no comemos nada.
— ¿Quién era que decía: «Nada se ve tan negro después de una taza de té?»
Ella le tiró del brazo y los tres desaparecieron bajo cubierta.
***
Cuando Belle volvió de la barra con dos vasos de té, uno de jugo y varios bizcochos en una bandeja, encontró a su marido dormido, su respiración acompasada a la de Gideon. Esa era una de las diferencias más notorias en él entre Storybrooke y la Tierra sin Magia: no le costaba casi nada dormirse y su sueño era generalmente tranquilo, salvo por algunas pesadillas angustiosas de cuando en cuando. Se sentó frente a ellos y se dedicó a contemplarlos en silencio. Escenas como estas echaban un suave bálsamo sobre el recuerdo de tantas noches en que despertara a la soledad de una cama fría y vacía. Varios minutos pasaron y Belle misma se iba adormeciendo. De repente, el teléfono celular de otra pasajera de la primera clase sonó, despertándolos. Luego de haber comido y conversado un rato, cayeron en la cuenta de que faltaba no más de media hora para llegar. Gideon saltó de alegría ante la idea de subir a cubierta y allá fueron los tres y estuvieron en la barandilla hasta que el barco atracó y se hizo la hora de descender.
Era casi mediodía cuando al fin salieron de la terminal y se dirigieron a la posada que habían reservado. Rumple hubiera preferido un hotel de cierta importancia, si no el mejor hotel que la pequeña ciudad de Colonia del Sacramento pudiera ofrecerles, pero Belle había querido algo más pequeño y familiar y que estuviera cerca del puerto y del casco antiguo. “Sus deseos son órdenes, Mrs. Gold”, había dicho él y procedido a buscar lo que le era pedido. Después de todo, si habían huído de Buenos Aires en aquellas fechas era porque querían pasar una Navidad tranquila e íntima, lejos del barullo de la gran ciudad.
Luego de caminar algunas cuadras bajo un sol que rajaba la tierra, encontraron al fin la posada y respiraron con alivio al cruzar el umbral de la puerta y descubrir que la temperatura era sensiblemente inferior a la de afuera. Dos sillones bajos de madera y una mesita ratona sobre la que descansaba un jarrón lleno de gardenias —o jazmines del cabo, como las llamaban allí— que llenaban con su perfume el ambiente constituían la totalidad del amoblamiento de la recepción. Mientras esperaban a que fuera alguien a atenderlos, Belle comenzó a explorar con la mirada la habitación. Las paredes, recubiertas de un revoque rústico y pintadas a la cal, sostenían una techumbre de vigas de madera. Guías de pino artificial y campanitas colgaban de los tirantes y sobre el mostrador principal, un Papá Noël revestido con su clásico traje custodiaba una caramelera. Belle no terminaba de acostumbrarse al gracioso contraste de la temperatura y el sol veraniego con decoraciones típicamente invernales. Pino de plástico por todas partes, muñecos vestidos con gruesos abrigos, nieve artificial o simulada con algodón, trineos, renos, decoraciones con forma de cristales de hielo…
Al fin apareció tras el mostrador una señora con aire de ser la dueña del lugar. No sin cierta dificultad, ubicó la reserva y los guió hasta la habitación, charlando animadamente a lo largo del camino —tan animadamente como podía permitirlo su medio inglés y el medio español de Belle— acerca de los días hermosos que estaba haciendo y de las atracciones turísticas del lugar. Entrando en la habitación, se dirigió a la ventana que quedaba a la derecha de la cama de matrimonio y comenzó a abrirla y descorrer las cortinas…
—No pueden perderse el paseo marítimo. Conviene verlo temprano, porque el atardecer, mejor verlo desde el paseo de San Gabriel. Parece que tendremos una noche clara. Tienen suerte. Si prestan atención, una vez que haya caído la noche, podrán ver desde la rambla las luces de Buenos Aires.
Cuando Belle percibió que al parecer la señora había terminado su perorata, contestó:
—Bueno, muchas gracias —con la sonrisa más amable que pudo producir.
La mujer se dirigió a la puerta.
—Creo que eso es todo. ¡Ah! —se detuvo en el umbral— Nosotros estaremos festejando hasta eso de las 3:30, pero les pediría por favor, si no es mucha molestia, que estén de regreso antes de esa hora. Si quieren festejar con nosotros, por supuesto que están invitados.
—Oh, bueno, muchas gracias. Lo tendremos en cuenta. —respondió Belle con una sonrisa y una ligera inclinación de cabeza.
—Los dejo tranquilos, entonces —finalizó la señora, cerrando la puerta tras de sí.
—¿Hasta qué horas piensa que vamos a estar afuera con un niño de dos años? —preguntó Rumple.
—No lo sé —respondió Belle, entretenida en sacar una muda de ropa de dentro de una de las valijas y colocar los productos de tocador esenciales en la mesita.
—Será mejor que te duches tú primero, antes de que se acabe el agua fría.
—¿Y dejarte solo agua caliente para tí?
—Estoy acostumbrado a lo caliente. Creo que lo prefiero. —dijo él, arqueando levemente las cejas y acercándose a su esposa. Gideon intervino.
—Calor. No gusta.
Belle y Rumple estallaron en una carcajada y ella tomó la ropa y se dirigió al baño. Luego de que todos se hubieran arreglado y Belle hubiera convencido a su marido de ponerse un traje ligero y dejar el chaleco en la posada, salieron en busca de un lugar para comer.
El sol daba en picada sobre el portón de campo de la ciudadela, las maderas añosas del puente levadizo exudando su típico aroma bajo el efecto del calor. Luego de sacarse varias fotos en la arcada y junto a uno de los cañones que aún dominaban la muralla, tomaron por una de las estrechas calles empedradas en busca de la plaza central. No tardaron demasiado en encontrarla. Largas filas de plátanos altísimos rodeaban la plaza y las calles adyacentes, creando una fresca galería bajo la cual soplaba una suave brisa. La ciudadela parecía desierta, salvo por unos pocos turistas y algunos vecinos. Los tres se dirigieron a una casa de comidas que quedaba bien frente a la paza y se sentaron en una de las mesas dispuestas sobre el empedrado de la calle. A sugerencia del mozo, pidieron un plato típico del lugar: chivito.
Comieron en silencio varios minutos, gozando de la brisa fresca y del canto de las cotorras y los loros que poblaban las copas de los árboles y bajaban de cuando en cuando, a la espera de que se les ofreciera alguna migaja.
La idea de pasar la Navidad en Colonia del Sacramento le surgió a Belle cuando buscaba información acerca de lugares para visitar en los alrededores de Buenos Aires. Las reviews hablaban de un lugar antiguo, tranquilo, con una amplia rambla sobre el río. Cuando le preguntó a la portera del hotel en que se hospedaban, esta confirmó la información y añadió que el cruce del río en el ferry lento era muy disfrutable y que desde la otra orilla, por la noche, podían verse las luces de Buenos Aires.
Rumple, que estaba con la mirada perdida en el mar que se vislumbraba a pocas cuadras, bostezó entre dientes. Belle se sonrió. Debilidades —o normalidades— como esa le estaban vedadas en Storybrooke, donde la magia del Oscuro cubría el cansancio, el sueño y el desgaste del paso de los años. Saliendo de su estado de ensimismamiento, volvió para hacerle una mueca a Gideon, que estaba concentrado mirando las aves.
—¡Pájaro!
—Sí, es un pájaro, ¡Muy bien! ¿De qué color es?
El niño pensó un poco.
—¡Verde!
—¡Bravo! ¿Y cómo se llaman esos pájaros verdes?
Gideon frunció el ceño y luego de algunos segundos miró a su madre.
—Cotorra. Se llama cotorra.
—Cotoa.
—Co-to-rra —le corrigió Rumple con una sonrisa, remarcando las sílabas.
—Co-to-rra —repitió Gideon, correctamente esta vez.
—¡Muy bien! —Dijeron sus padres al unísono.
—¡Viva, viva! —cerró él aplaudiendo.
—Y ahora cuando nos vayamos de aquí. ¿Qué vamos a ver? ¿Las casas viejas? ¿Los barcos?
Gideon pensó otro poco.
—Ehhh... ¡Barcos!
—Sean los barcos, entonces —terció Rumple.
Y así fue. Luego de pagar la comida y dejar una generosa propina para el mozo, fueron a visitar el muelle del puerto de yates. Gideon señalaba contento los pequeños veleros atracados en la orilla y otros que navegaban lentamente las aguas tranquilas del río, aunque se entristeció cuando, por más que sus padres buscaron y buscaron, no encontraron a nadie que pudiera llevarlos un rato de paseo en uno de ellos.
Luego se adentraron por las callejas, hasta llegar a la basílica, y de allí fueron al convento de san Francisco, aunque no subieron al faro, porque no se permitía subir a niños pequeños. A pesar de que los museos estaban cerrados, Belle encontró la manera de hacerse una aventura: visitando la chimenea de la antigua fábrica de ladrillos del lugar, encontró lo que parecía la puerta a un sótano, pero que estaba sin señalizar. Picada por la curiosidad, bajó, seguida de un marido preocupado y un hijo sonriente. Al final de la historia resultó no ser sino el acceso a un embarcadero subterráneo, por el que antiguamente entrarían barcazas con materiales para la fábrica. De todos modos Belle sacó fotos allí, como hacía en cada parada del recorrido. El paseo los llevó luego por otras callejas empinadas de empedrado muy irregular. En varias de ellas podían verse coches antiquísimos, que ahora funcionaban como gigantescas macetas llenas de plantas.
—Deberías poner uno de estos frente a la tienda —comentó Belle mientras posaba. Rumple sonrió mientras sacaba la foto de la polaroid y la sacudía en el aire. Sin darle tiempo a más, Belle lo arrastró calle arriba mientras con la otra mano empujaba el cochecito de Gideon. Al doblar una esquina, comenzaron a oír en la tarde tranquila las notas de un bandoneón. Belle y Rumple se cruzaron una mirada cómplice.
Una de las primeras cosas que habían hecho una vez rota la maldición del hada negra, había sido anotarse a terapia de parejas con Archie. Como complemento del tratamiento, el psicólogo les había sugerido que aprendieran a bailar tango.
—Quiero decir, no estoy hablando necesariamente de tango de escenario. Quiero decir, si quieren eso también, pero no hace falta. A lo que voy es que es un tipo de baile que exige mucha comunicación, a nivel verbal mientras se aprende y practica, y a nivel corporal mientras se baila. Yo creo que podría ayudarlos mucho a ustedes con este tema.
El matrimonio se lo había quedado mirando con los ojos como platos y el rostro del psicólogo se había puesto del mismo color que su cabello.
—Bueno... —había agregado con una sonrisa nerviosa— la danza de salón es... uno de mis gustos. Ayuda mucho con el estrés.
El consejo de Archie había sido efectivo. En el tiempo que llevaban practicando habían aprendido cosas uno del otro que apenas hubieran imaginado, y en su conjunto había mejorado notablemente la comunicación entre ellos. Rumple se había sorprendido a sí mismo, en medio del abrazo del baile, soltando confesiones que jamás creía que pudiera lograr forzar afuera de sus labios.
—Me obligaba a desnudarme totalmente frente a ella. para ‘disfrutar de su muñeco’, decía —había soltado una vez, como quien comenta acerca del clima.
La respuesta junto a su oído, casi en un suspiro había sido:
—Aún tengo pesadillas del día que mi padre ordenó a Smee enviarme a través de la línea del pueblo.
A estas le habían sucedido muchas otras confesiones, de sufrimientos antiguos y no tanto, confidencias no solo del daño que habían recibido de otros, sino también del que se habían infligido el uno al otro; y esto, el lugar de separarlos, los unió más fuertemente aún.
Por eso quizá ahora se les iluminaba la vista al ver al anciano que, sentado en una silla de cármica a la sombra de la Santa Rita que crecía contra el marco de la puerta de su casa, tocaba tangos en su bandoneón. Se detuvieron frente a él a escuchar Adiós Muchachos , pero en cuanto sonaron los primeros acordes de La Cumparsita, Rumplestiltskin, tomando la mano de Belle y besándola, le preguntó:
—¿Gusta bailar, Mrs. Gold?
Belle sonrió y trancó el cochecito de Gideon al lado del bandoneonista, a no más de un metro y medio de donde estaban parados.
La diestra de él en la cintura de ella, la izquierda de ella en la base del cuello de él, las otras dos, entrelazadas. Torso contra torso; ocho pasos, no más, repetidos, alternados, no muy largos, no muy rápidos, nada espectacular, pero, ¿Qué importaba, si aquel abrazo mejilla a mejilla, todo ternura y pasión, todo “perdóname” y “te quiero”, todo suavidad y emoción era todo lo que necesitaba aquel baile para ser único e irrepetible?
El sol iba bajando lentamente sobre el horizonte, bañando con sus reflejos dorados las dos figuras que parecían una sola, estirando su sombra que se movía lentamente, como el chisporrotear de un fuego sereno, sobre las piedras del empedrado. Ninguno de los dos se dio cuenta de lo que sucedía a su alrededor hasta que la canción terminó y un sonoro aplauso les reveló que varios vecinos en las ventanas y otros tantos turistas los habían estado mirando. Gideon se unió al aplauso gritando:
—¡Viva! ¡Viva! ¡Papá! ¡Mamá!
El bandoneonista suspiró y secándose una lágrima con el antebrazo, sonrió al niño y guiñándole el ojo comenzó a tocar Jingle Bells.
Belle se recuperó del sonrojo y exclamó entusiasmada:
—¡La puesta de sol!
y luego de haberle agradecido al bandoneonista, arrastró a su marido y su hijo calle abajo hacia el paseo de San Gabriel. El pobre hombre gritó tras ellos:
—¡No se olviden a la noche de mirar las luces de Buenos Aires!
Cuando llegaron junto a la balaustrada blanca del paseo, Belle sacó a Gideon del cochecito y levantándolo en brazos, le dijo, señalando el horizonte:
—¡Mira!
Ambos contemplaron embelesados el paisaje y Rumple los rodeó con el brazo. Tal como lo había predicho Belle a la mañana, las aguas marrones del Río de la Plata, tocadas por los rayos del sol del atardecer, tomaban todas las tonalidades del oro, el bronce y el cobre; el cielo azul parecía encendido en una inmensa llamarada de fuego amarillo y anaranjado, que terminaba en el tono liláceo del jazmín azul al límite de la noche. Pasaron así varios minutos hasta que el liláceo se apropió totalmente del firmamento y el sereno de la tarde comenzó a traer hacia ellos el perfume de las gardenias.
—Rumple, qué hermoso es esto —dijo al fin Belle, con un suspiro— Esta ha de ser la Navidad más extraña que he pasado en mi vida… y la mejor hasta ahora.
Se puso de puntillas para robarle un beso y Gideon soltó una carcajada.
—Te quiero —contestó él, devolviéndole el beso y besando la frente de Gideon. El silencio volvió a posarse entre ellos y tomados del brazo comenzaron a recorrer el paseo, disfrutando del alivio que proporcionaba la brisa que comenzaba a soplar. Sin embargo, la imagen de la daga y la amenaza que imponía a esta felicidad, volvieron a ocupar los pensamientos de Rumplestiltskin de la misma manera que lo habían hecho a la mañana. Un escalofrío de Belle le hizo volver a la realidad. Se quitó la chaqueta, se la puso sobre los hombros a su esposa y colocó con cuidado a Gideon, que estaba dormido, en el cochecito. Antes de que Belle pudiera decir nada, al pasar por una esquina, los sobresaltó un silbido. Cuando miraron hacia el origen del sonido, vieron un espectáculo peculiar. Guías de luces cruzando de lado de la calle iluminaban a una pequeña cuadrilla de personas de varias edades, unas más acá colocando y asegurando caballetes y poniendo tablas sobre estos, otras más allá colocando manteles y vajilla sobre la improvisada mesa. Otro grupo traía sillas plegables de madera de dos en dos y las iban abriendo y colocando a los lados de la mesa. Buscaron con la vista al autor del silbido, que esta vez habló:
—¡Vengan! ¡Cena! ¡Gratis! ¡No problem! ¡Muchas sobras!
Belle y Rumple se miraron sin saber qué hacer. El hombre se dirigió a otro, que estaba sentado tomando mate al lado de una señora mayor y exclamó:
—¡Esteban! ¡Vení! ¡Convenceme a los milongueros americanos de que se queden a cenar con nosotros!
El así llamado Esteban se disculpó de su compañía y entregándole el mate y el termo, se levantó y se acercó a ellos. Cuando habló, en un acento que buscaba aproximarse al británico pero era evidentemente criollo, dijo:
—Buenas noches. Lo que mi cuñado, Alfredo, quiso decir, es que, si no tienen ningún compromiso previo, nos encantaría que compartieran con nosotros la cena de Nochebuena.
—Oh, muchas gracias, pero no queremos ser una molestia —contestó Belle, dirigiéndole luego una mirada a Rumple.
—No es ninguna molestia. Somos varias familias y Alfredo siempre se excede con la comida. Hay lugar para mucho más que dos adultos y un niño más.
—Bueno… —respondió Belle mirando a Rumple, que se encogió de hombros.
—¡Excelente! Vengan por aquí. Susana, dos sillas y una de bebé más. Que traigan otro caballete.
Cuando quisieron acordar, estaban sentados ya a la improvisada mesa, Gideon a la cabecera y sus padres uno a cada lado. A la derecha de Rumplestiltskin se sentó Esteban y enfrente a él la señora con la que estaba conversando hasta su llegada, que resultó ser su madre. Poco a poco todos los que habían estado trabajando en los preparativos fueron sentándose a la mesa y el olor a eucalyptus quemado indicó que alguien había encendido un fuego. Pronto llegaron a la mesa pequeñas tablas de madera con cuadraditos de queso y varios tipos de fiambre, cerezas de conserva, champignones, palmitos, maníes tostados y papas chip. Belle comenzó a servirse y a darle de comer a Gideon. Esteban, abandonando su conversación un momento, se dirigió a ella:
—Perdón, qué descortesía la mía. Esto es la picada, una especie de aperitivo. No se llene con eso, que la comida principal demora un poco todavía. Es carne asada con ensaladas.
—Oh, Gracias.
—Va a ser mejor que me presente de la manera adecuada. Mi nombre es Esteban, soy oriundo de esta ciudad y soy marino mercante de profesión. Ella es mi madre, Vitalina. Aquella —agregó, girándose hacia su espalda e indicando una mujer que le estaba diciendo algo al tal Alfredo, que ahora estaba manipulando alguna cosa en un parrillero— es mi mujer, Susana. Tenemos dos hijos, Marcos y Lucía, que andan por ahí. Y Bueno, eso es todo. ¿Hace mucho que llegaron a Colonia?
—Mi nombre es Belle, este es mi marido, Robert —ese era el nombre que usaban en la tierra sin magia— y nuestro hijo Gideon. Llegamos esta misma mañana.
—Un gusto —contestó Esteban, estrechando la mano de Rumple— ¿Qué les ha parecido nuestra pequeña y aburrida ciudad?
—¡No diga eso! ¡Es muy bonita!
Y así, Belle, con algunas acotaciones de Rumple y Gideon, comenzó a relatar entusiasmada las cosas que habían visto aquel día, desde la travesía en el Eladia Isabel a la puesta de sol en el paseo. Cuando iba por la mitad del relato, la esposa de Esteban apareció detrás de ella con una botella de vino en las manos.
—¿Estás embarazada, corazón?
Belle se sonrojó hasta la raíz del cabello y miró a Rumple.
—Ajá. No todavía. Bien, entonces puedes probar este. Vino casero, bien dulce.
Esteban acudió al rescate:
—Si quieren probar algo más seco, tenemos también un tannat por aquí —agregó, tomando una botella que tenía a su lado.
Luego de algunos ires y venires, Belle se decidió por el vino dulce y Rumple por el tannat. Cuando ella acabó al fin su relato y tomó un sorbo de vino, Esteban miró hacia el parrillero, desde donde Susana le hizo un gesto afirmativo. Poniéndose de pie, palmeó varias veces hasta que todo el mundo hizo silencio. Entonces exclamó:
—¡Un aplauso para el asador!
Todos comenzaron a aplaudir y Alfredo, sudoroso y descamisado, hizo una reverencia y desapareció dentro de la casa para aparecer a los pocos minutos con el cabello mojado y una ropa más adecuada a la cena de Nochebuena.
El olor de la carne asada pronto llegó hasta donde estaban sentados y casi enseguida un muchacho se acercó con una enorme tabla llena de todo tipo de cortes de carne: asado, costillas de cerdo, cordero, pollo, achuras, chorizos, morcillas… Belle parecía perdida entre tantas opciones, pero Esteban les sugirió a ambos que se sirvieran de la carne de res y el chorizo y que si querían probar luego otra cosa, él pediría que les trajeran lo que quisieran. Junto con la carne comenzaron a llegar ensaladas variadas: tomates rellenos con arroz, ensalada rusa, César, de tomates y lechuga…
Rumple se dirigió entonces a Esteban:
—¿Así que usted trabaja como marino mercante?
—Sí, bueno, en el país no hay mucho trabajo, pero hay muchas empresas extranjeras dispuestas a contratar marinos uruguayos. Claro que eso significa que tengo que pasar muchos meses lejos de casa —Volvió a mirar a su esposa y sonreírle con ojos brillantes, gesto que ella reflejó idénticamente— pero al menos los barcos tienen buenas comunicaciones y…
—¡Barcos! —exclamó Gideon saltando en su sillita.
—¡Gideon! —lo rezongó Belle— Es que hoy ha visto los veleros en el puerto de yates y quería subirse a uno. —Explicó.
—¡Ah! ¿Quieres ver uno de esos barcos por dentro?
—¡¡¡Sí!!!
—Bueno, yo tengo un amigo que es dueño de uno de esos. Si papá y mamá te dan permiso y pueden venir, podemos navegar un poquito mañana por la tarde, ¿Qué dices?
—¡Sí! ¡Barco! —contestó Gideon, palmoteando.
—Pero solo si papá y mamá quieren, ¿Eh? Hacemos así. Si quieren y pueden, mañana a mediodía pasan por casa y me avisan, ¿Sí? Nosotros vivimos aquí en frente —dijo señalando una casita de techos bajos y paredes pintadas de amarillo dorado. Iba a agregar algo más, pero su atención fue capturada por algo que estaban haciendo sus hijos— Lucía, Marcos, no…
Demasiado tarde. Los parlantes de un equipo de audio potente comenzaron a emitir una música veraniega: move on, everyone, come join in the fun, ‘cause everything’s allright, under the sun…
—Chiquilines, no…
No llegó a completar la frase porque su esposa lo había tomado del brazo y casi tirándolo de la silla lo había arrastrado al medio de la calle para hacerlo bailar. Hubo una risa generalizada y los más jóvenes se levantaron de la mesa y se pusieron a bailar, mientras los mayores los miraban. Belle seguía el ritmo de las canciones con palmas, mirando a Gideon que intentaba imitarla. Rumple los contemplaba con una sonrisa, marcando inconscientemente el ritmo con el pie. Cuando comenzó a sonar Love is in the Air, Gideon dijo en un tono de voz que cualquiera de los presentes pudo oír:
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Baila!
Rumple hesitó por un momento, pero Belle, mordiéndose el labio, se levantó y lo arrastró a la improvisada pista. Cuando volvieron a la mesa con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, Esteban había logrado acercarse al equipo de música, bajarle un poco el volumen y pasar a canciones lentas. Cuando Belle se sentó, la madre del muchacho le guiñó un ojo y ella volvió a sonrojarse. Por suerte alguien había levantado los platos de la comida principal y colocado en otros pequeños trozos de turrón, budines, panettone y frutas abrillantadas. El resto de la mesa se había vuelto a sumir en animada conversación. Pronto comenzaron a llegar porciones de helado y Gideon recibió la suya con gran entusiasmo, mientras ojeaba el contenido de los platos con ojos brillantes.
Esteban reapareció jadeante, y volvió a tomar asiento. Para reavivar la conversación, hizo una observación:
—Ahora de noche, desde la rambla, si prestan atención, pueden ver las luces de Buenos Aires.
La expresión del rostro de sus comensales pareció indicarle que algo no estaba bien con su comentario, porque añadió:
—Lo siento. Deben estar hartos de oírlo ya. Es que… No sé cómo explicarlo. Cuando has pasado varios meses en el mar… y por fin llega el momento de regresar… y cuentas cada milla, cada hora, cada movimiento del sol y de las estrellas y te dices a tí mismo en un susurro… pronto estaré allí, ya falta poco. Y en las últimas noches oteas el horizonte desesperado por ver ese ligero resplandor… y cuando al fin lo ves y dudas si es verdad que lo estás viendo, si no será que deseas tanto pero tanto verlo que te engañas a ti mismo… —Rumple había dejado de mirarlo y estaba controlando que Gideon no comiera demasiados dulces, pero escuchaba con oído atento— Pero el resplandor se transforma en puntitos, cada vez más numerosos, cada vez más próximos… y esas lucecitas en medio de la oscuridad más absoluta de la noche en el mar te murmuran el nombre de aquellos a los que quieres y te dices: estoy cerca, muy cerca, casi ahí… en casa, en mi hogar. No sé. Es como que esas luces simbolizan los recuerdos que atesoramos, las personas que amamos, las cosas que soñamos con obtener y por eso quizá insistimos tanto en hablar de ellas.
Para cuando terminó de decir esto, se había hecho silencio en la mesa, todos los ojos, excepto los de Rumple puestos en él. El marino se sonrojó y mirando el reloj añadió en voz alta:
—¡Son menos cuarto! ¿Vamos preparando el brindis?
El hechizo se rompió y comenzaron a aparecer las copas de champagne y las botellas de medio y medio. Esteban pidió a sus invitados disculpas por la pobreza de la bebida y les explicó que se trataba de un trago mitad vino espumoso dulce y mitad vino blanco seco. Ambos intentaron tranquilizarlo, pero Rumple miró de reojo a hurtadillas el contenido de la copa, sin resultar muy convencido. Una vez que todos estuvieran servidos, Esteban dijo:
—Ahora los invito a ponernos todos de pie y brindar. ¿Alfredo?
—¡Feliz Navidad a todos! —dijo aquel, levantando la copa y chocándola acto seguido con la de la persona que tenía al lado. El aire se llenó del ruido de copas tintineado unas contra las otras. De fondo, comenzaban a oírse los fuegos artificiales. Los comensales se fueron levantando de la mesa y dirigiéndose a la rambla. Rumple tomó a Gideon en brazos, Belle tomó el cochecito y luego de terminar de un sorbo la bebida —que resultó ser exactamente lo prometido— siguieron a los demás.
El estruendo de las explosiones se hacía más intenso a cada minuto y el olor de la pólvora comenzó a cubrir el de los jazmines. Gideon contemplaba la lluvia de colores en el cielo y que se reflejaba en el agua, mitad fascinación, mitad miedo. Cuando llegó la medianoche y el estruendo y las luces llegaron a su punto culmen, Rumple rodeó con sus brazos a Belle y les dijo, mirándolos:
—Feliz Navidad, familia.
—¡Feliz Navidad, papá! ¡Feliz Navidad, mamá! —contestó Gideon, plantándole un beso húmedo y con gusto a helado en la mejilla a cada uno.
—Feliz Navidad, amor —le respondió Belle sonriendo— Feliz Navidad, Rumple —dijo a su marido, besándolo— Gracias por todo.
Poco a poco los fuegos artificiales se fueron espaciando hasta que el ruido de las explosiones fue dando lugar al canto de los grillos, la oscuridad volvió a adueñarse del cielo y el mar y el perfume de las gardenias reemplazó el humo de la pólvora. Los comensales se fueron retirando poco a poco y para cuando el último había desaparecido, Gideon se había quedado dormido y Rumple lo había puesto cuidadosamente en su cochecito. Finalmente, se había acodado en la barandilla al lado de Belle. En el horizonte, en medio de la oscuridad y como que flotando sobre el río, brillaban, como luciérnagas, las luces de Buenos Aires.
Belle fue la primera en quebrar el silencio, aunque casi en un susurro.
—¿Qué te ha parecido nuestro anfitrión?
— Charming. —contestó él con una sonrisa torcida.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Pero, igual que nuestro príncipe, circunstancialmente, sus discursos contienen algo de valor.
Belle frunció el entrecejo, esperando que continuara.
—Belle —continuó, como sacando fuerzas del nombre que tanto amaba— mientras lo que parece ser la versión de nuestro príncipe en esta ciudad hablaba, no he podido evitar pensar en… todo. —comenzó a juguetear con su anillo de bodas— Una vez, cuando… —suspiró— en el Bosque Encantado, le dije que habías sido un destello de luz en medio de un océano de oscuridad. Y no pude dejar de pensar en el día de nuestra boda, cuando te dije que tú habías alejado la oscuridad y traído luz a mi vida, que me habías dado un hogar. Y aunque cuando lo dije lo dije en serio, nunca reparé el engaño bajo el que te tuve entonces.
Se dio vuelta para mirarla de frente, pero bajó la vista enseguida al ver los ojos confundidos de su esposa.
—Belle. Me he obsesionado tanto con la daga, con el peso de esta maldición, he estado tan concentrado pensando en la oscuridad y la imposibilidad de deshacerme de ella, que casi me pierdo de ver la luz cuando la tengo justo delante de mí. Tú, Gideon, Bae, ustedes son las luces de mi Buenos Aires. Tengo que creer que nuestro amor es más poderoso que esta maldición; creer que no solo es capaz de soportarla, sino de destruirla totalmente; de que tú puedes hacerme libre para que pueda amarte como nunca, con el corazón entero, en honestidad y valor, si yo te dejo. Hoy he visto las luces de mi Buenos Aires y tengo la certeza de que estoy cerca, muy cerca, casi ahí. Y que del otro lado de la maldición estarán ustedes, esperándome.
Se quitó el anillo del dedo y extendió la mano como para tomar la de Belle. Ella se la ofreció en silencio y él concluyó:
—Es esta fe y esta confianza la que te entrego con mi corazón entero, prometiéndote que haré todo lo posible para que sea digno de ti.
Y dicho esto, colocó el anillo de la piedra azul sobre el de diamantes. Belle sonrió entre lágrimas.
—Rumple. Yo te amo. Siempre te amaré. Pero quiero que sepas…
Comenzó a quitarse el anillo del dedo. El rostro de su esposo se descompuso, pero ella no lo estaba mirando a los ojos.
Que aún cuando tu maldición no pudiera quebrarse jamás, aunque nada funcionara, yo seguiré aquí a tu lado, luchando contigo hasta el último aliento. Te prometí «para siempre» y para siempre será. Pero tú también prometiste «para siempre» y te tomo la palabra. —le cogió la mano— Y es en esa fe y en esa confianza, de que pase lo que pase, no importa cuán oscuro sea, no importa cuánta vergüenza te dé, no me dejarás fuera, sino que me abrirás tu corazón para que podamos enfrentar lo que sea juntos, que te entrego mi corazón, entero. Para que lo cuides y me ayudes a hacerlo fuerte y comprensivo; y yo te prometo que haré todo lo posible para que sea digno compañero del tuyo.
Y diciendo esto, volvió a colocar el anillo en el anular de su esposo.
Sin mediar otra palabra, se fundieron en un beso y hubieran seguido así, uno en brazos del otro quién sabe hasta cuando, si no fuera porque un grito de: « ¡Vivan los novios! » y el ruido de una botella rompiéndose contra el cordón de una vereda les recordó dónde estaban.
Tomando a Gideon del cochecito, volvieron a la posada por el camino más corto.
¿Qué decir de lo que pasa tras puertas cerradas cuando dos corazones no anhelan otra cosa más que ser uno solo? Baste con decir que, cuando la luz de la mañana del día de Navidad entró por la ventana del cuarto, iluminando la habitación y trayendo el perfume de las gardenias, encontró a los amantes aún en brazos uno del otro y llenos de nuevas esperanzas para el futuro. Poco podían imaginarse entonces que, semanas después, los cuatro —pues Eileen Gold estaba creciendo contenta en el vientre de su madre, aunque esta no lo supiera aún— cruzarían el límite de Storybrooke para encontrarse con una sorpresa. La pesada daga oculta en el bolsillo de Rumplestiltskin se volvería polvo y este constataría con asombro que las voces en su cabeza se habían callado; y susurraría estupefacto a coro con su esposa: Amor verdadero. La única magia lo suficientemente poderosa como para cruzar reinos y romper cualquier maldición.
