Chapter Text
Pansy y Blaise surgieron a través de llamas verdes frente al salón de invitados de Malfoy Manor, cada uno con un regalo bajo el brazo. Miraron alrededor, contemplando los adornos y los globos flotantes y se dirigieron hacia el gran salón, de donde salía gente y una suave música clásica.
—De verdad que hubiera apostado mi cabeza a que esos dos jamás serían capaces de tener una relación —suspiró Pansy alisándose el vestido blanco y granate que vestía.
—Creo que ni ellos mismos se lo creen —apostilló Blaise—, aunque sus comienzos fueron realmente divertidos.
—Calla. Menudo disgusto tuve cuando me enteré de la noticia.
—Potter no es tan malo. Solo es un gryffindor, esa es su desgracia.
—Sí. Un gryffindor y un slytherin —se lamentó la rubia—, ahora hay que aguantar a pobretones y sangres sucias.
Blaise sonrió, mirándola.
—Pero ahora Draco es un humano decente y se comporta como un mago normal, por mucho que te pese el influjo del héroe.
—Eso me asusta más. ¿Y si lo perdemos? —ambos pararon al alcanzar el gran salón; todo estaba lleno de gente: antiguos compañeros del equipo de slytherin de Draco, algún compañero de su oficina, Hermione, Ron y Neville Longbottom—. Menos mal que solo hay un Weasley.
Pansy y Blaise se acercaron para saludar a otros conocidos slytherin, y, por cortesía, saludaron también al resto de gryffindors, quienes les dijeron que Harry y Draco habían ido a traer algo de la cocina. Ambos volvieron a charlar y buscaron a Theo con la mirada.
—¿Es que no ha venido?
—No me dijo que fuese a faltar. Quizá llegue más tarde. Últimamente ha estado bastante desaparecido.
—¿A qué se deberá eso, Blaise?
—Vayamos a buscar a estos dos, que nos lo expliquen.
Y tras dejar los regalos en la pila donde estaban los demás, ambos se lanzaron a través de los grandes y suntuosos pasillos de Malfoy Manor a buscar a los dos anfitriones; principalmente, al rubio, cuya fiesta se erigía en su honor, al ser su cumpleaños. La sala estaba repleta de gente, pero quienes sí faltaban eran Narcissa y Lucius, ambos en viaje de negocios. Aún no sabían nada acerca de las preferencias de su remilgado hijo por aurores en activo y bien considerados. Pansy siempre bromeaba diciendo que quizá Lucius pidiera entrar a Azkabán por propia iniciativa cuando se enterase. Narcissa era tan impredecible que nadie hacía apuestas sobre ella.
Tras mirar a través de varias habitaciones, sin éxito, detectaron movimiento en una gracias al Homenum revelio. Pansy adelantó el brazo, parando a Blaise cuando ya habían abierto la puerta.
—Espera. ¿Oyes eso? —los jadeos no daban lugar a dudas de la actividad realizada en el cuarto en esos momentos. Blaise, en lugar de escandalizarse, se animó.
—Genial —sacó algo del bolsillo y se lo mostró—. Llevo mi móvil muggle de última generación y podré hacerles una foto. Después, los chantajearé con ella.
—No quisiera ver algo así; pero mi alma cotilla me empuja a seguir.
Y así, ambos entraron, escrupulosamente vestidos, para encontrarse con algo que no esperaban: obviamente, eran dos tíos follando, uno era rubio y otro moreno; pero ninguno de los dos se parecía a Draco o a Harry. La exclusiva murió en el momento. Pansy ahogó un grito de sorpresa y Blaise fue incapaz de articular el brazo para alargar el móvil y tomarles una foto. La pareja, sin embargo, no parecía haberse dado cuenta de la intrusión, y uno seguía empujando y otro tomaba las embestidas con denotado entusiasmo. Blaise y Pansy salieron lo más recatadamente posible, tratando de recuperar el sentido común. Cerraron la puerta y tras pestañear, Pansy preguntó, apenas con un hilo de voz:
—¿Ese no era Theo?
—¿Ese no era Ernie McMillan? —respondió Blaise a su vez, y ambos se miraron.
—¿Un hufflepuff? Este mundo se ha vuelto loco —se lamentó Pansy, encontrando una silla un poco más allá, reposando en ella para deglutir la noticia.
—Quizá solo sea un polvo, Pansy —dijo Blaise acercándose, quizá para convencerse él mismo.
—¿En serio? ¿Y entonces por qué pareces tan afectado? —Blaise se recargó contra la pared, pensativo.
—Solo tenemos una forma de averiguar si esto va en serio: preguntémosle a Draco. Él debe saber algo si les deja follar en su casa. Y si no, bueno, será una excusa para que los mate.
—Theo te odiará —sentenció Pansy, levantándose.
—Nunca le he caído bien porque siempre he ligado más que él —Pansy sonrió y ambos se dirigieron hacia la cocina; quizá, Draco estuviera allí, después de todo.
Las risas los delataron antes de que ambos jóvenes pudieran comprobar la sala. Se dirigieron hacia la cocina, aún preguntándose qué demonios haría Draco ahí salvo regañar elfos domésticos. Pero Harry y Draco estaban solos, y se separaron instintivamente en cuanto sintieron su presencia.
—¿Estabais contándoos secretos? —preguntó Pansy cruzándose de brazos.
Harry se acercó enseguida.
—Buenas tardes. Zabini, Parkinson —les dio la mano, muy contento. Blaise sonrió. Pansy desvió la mirada.
—Felicidades, Draco. Hemos dejado tus regalos en el salón —añadió ella, y oteó la cocina, en busca de algún objeto que los delatara: no había elfos domésticos, pero sí una enorme tarta en la que aparentemente estaban trabajando, porque una manga pastelera hechizada hacía círculos sobre el dulce. Pansy se acercó. Decía: Potter. PASIVO.
—Um. Interesante —sonrió ella, y el héroe la miró, avergonzado, haciendo un gesto para marcharse.
—¡Eh, Potter! ¿Dónde crees que vas? —le gritó Draco, demandante.
—Te dejo que hables con tus amigos —el rubio se acercó para cogerle del brazo—. Creo que quieren que me marche.
Pansy fue a replicar, pero Draco la cortó:
—Potter no se va —y se dirigió hacia él—. Tú no te vas. Hay un tipo en la fiesta que no para de mirarte. Si te alejas de mí más de tres metros, te hechizaré.
La amenaza, para Potter antaño irritante, ahora parecía encontrarla encantadora, porque el moreno lo abrazó y le susurró algo al oído.
—Por favor, muestras de cariño delante de mí, las justas —advirtió Pansy.
—Lo pasarás mal, Draco. Todo el mundo va a mirar al Salvador del Mundo Mágico —Harry frunció el ceño ante dicho título, y Blaise le sonrió con sorna. Después, señaló las letras de la tarta.
—Es una apuesta que hicimos —explicó Draco.
—Huy, ¿qué clase de apuesta? —dijo la joven arrimándose a Draco, olvidando por un momento la incomodidad de que Harry estuviera ahí con ellos.
—Harry pensó que yo no sería capaz de juntar al auror con Theo —Blaise y Pansy se miraron, olvidando por un momento la dantesca visión.
—Así que es obra tuya el que esos dos estén follando —sonrió Blaise, y Draco frunció el ceño.
—¿Cómo que follando?
—Están profanando la mansión de tu familia —añadió Pansy, para meter cizaña. Observó a Harry con cuidado: llevaba unos pantalones decentes, color beige, que le acentuaban el trasero, y una camisa probablemente de Draco, a rayas blancas—. Aún no me puedo creer que ese sea el auror de quien hablaba Theo.
—¿Tú lo sabías? —preguntó Blaise a la chica.
—No. Solo me dijo que estaba detrás de un auror y que su familia pertenecía a una estirpe de sangre pura. Pensé que sería un slytherin.
—No tenemos muchos slytherin en el Cuerpo de Aurores —añadió Harry mostrándoles las palmas de las manos en señal de paz—, sin ofender.
Pansy abrió la boca sin obtener respuesta, y añadió luego:
—¡Estaban follando!
—Tranquila, no se irán sin un castigo —aseguró el rubio, viendo cómo Blaise se apoyaba en la encimera, junto a la tarta—. Um… por curiosidad, ¿quién estaba debajo?
Pansy quiso hablar, pero Blaise le tapó la boca.
—Theo sí te odiará si revelas algo así —dijo, firme, y Draco rió.
—Ya no importa, Blaise, me parece que le has delatado tú. Interesante ese hufflepuff…
Pansy siguió contemplando las ropas del héroe con evidente satisfacción y retiró la mirada para preguntar:
—Bueno, Draco, cuéntanos cómo fue la apuesta.
El rubio sonrió, malévolo, recordando.
Potter lo había llevado de visita al Cuartel de Aurores y Draco lo miraba todo con atención. Todo y a todos. Al parecer, los aurores ya conocían al heredero Malfoy porque su jefe les había obligado a dejar su puesto e ir sin mediar motivo a la mansión del rubio. Se habían producido llamadas en falso, y al parecer, creadas por Draco. No fueron demasiadas, cinco o seis, pero el rubio estaba destinado a convertirse en el protagonista de la moraleja entre el pastor y el lobo. Los aurores no entendían por qué tanto esfuerzo por un ex mortífago, pero nadie podía cuestionarle nada al gran salvador del mundo.
Cuando Draco se enteró de quién era el tipo por el que suspiraba Theo, estuvo a punto de tirarse al Támesis.
—Por Salazar, Potter, es un hufflepuff.
—También tienen derechos, Draco.
—Derecho a ahogarse en el lago.
—Theo no cuestionó tu gusto por los hombres, a pesar de que en un principio pensó que yo no era un buen candidato para ti —Draco gruñó ante eso, y observó al hufflepuff detenidamente.
—¿Qué ha hecho Theo para tratar de ligarse a ese? —quiso saber, aún sin poder quitar el retintín de irritación.
—Lo normal, invitarle a cenar, traerle flores, enviarle una lechuza, no sé.
Draco elevó la ceja, curioso. Al parecer había cierta cara de Theo que no conocía, y que, obviamente, encajaba en la naturaleza romanticona y simple de los hufflepuff.
—¿Y eso no funcionó? —Potter negó con la cabeza.
—Muy bien. Averigua quién le gusta a tu compañero. Si puede ser posible, algún famoso, algún jugador de quidditch, o algún cantante, qué sé yo. Hazlo, Potter.
—No intentes nada, Draco. No lo estropees.
Aquellas palabras le dolieron a Draco más que saber que el héroe no pudiera corresponderle, de ser el caso. Porque es cierto que él no estaba obligado a ayudar a nadie, de hecho, eso de ayudar le daba un poco de alergia, porque cada uno tenía lo que se merecía, pero no podía evitar pensar en que sería divertido y algo excitante. Y que, por supuesto, toda la culpa la tenían los objetos muggles cibernéticos.
—Perdona, Potter. Lo que intenté contigo sí funcionó, así que no te pongas a sermonearme.
—Eso fue porque yo te seguí la corriente —añadió el auror, sonriente.
—¿Apostamos?
—¿El que vayas a hacer que Ernie se fije en Theo?
—El que compartan algo más que un simple magreo.
—¿En serio?
—¿Asustado, Potter?
—Más quisieras, Malfoy —y así, con un apretón de manos que más tarde se alargaría en una sesión de besos y mordiscos, establecieron la apuesta.
Y así, días después, Draco se plantó en Callejón Diagón, entró a la tienda de los gemelos Weasley y allí preguntó por montajes fotográficos a través de ordenador. El silencio fue tal que el mundo creyó prepararse para recibir al apocalipsis.
—Aquí nadie maneja esos cacharros, Malfoy —le respondió George Weasley.
—Lo suponía, pero estoy seguro de que sabes quién podría ayudarme.
—¿Mago o muggle? Porque si has venido aquí, quiero entender que exiges que sea un mago con conocimientos muggles —Angelina se acercó, curiosa, al escuchar la conversación entre ambos.
—¿Qué más da? Realmente, el mundo está evolucionando. Yo uso ahora una Blackberry y salgo con Harry Potter.
—¿Perdón? —a Angelina se le cayeron unos dulces, que se desparramaron por el suelo. Presurosa, sacó su varita para recogerlos con magia y meterlos en la caja de origen.
—¿No me has oído o es que lo dicho te ha causado un shock? —dijo Draco, burlón.
—¿Harry está contigo? Estás de broma, ¿no? ¿Qué te has tomado, algún veneno para mortífagos?
Draco rió.
—Solo dime dónde puedo encontrar a alguien que sepa sobre montajes. Me da igual si es mago o muggle, pero si es mago podré pagarle con dinero mágico. Si es muggle, no tendré tanta suerte.
—Bueno, conozco a un squib que podía ayudarte —George parecía encantado de contradecirlo—. Esta es su dirección. Pero te aviso, Malfoy: odia a los sangre puras.
Como si aquello fuera una advertencia especial, se dijo el rubio. Todo el mundo sabía que los squibs no solo estaban celosos de su sangre mágica, sino que el hecho de que hubiera familias que preservaran aquella condición mágica los hacía revolverse de odio. Sin embargo, una apuesta estaba en juego. Y al squib le encantó el hecho de que pudiera adquirir dinero mágico para usarlo en terreno mágico. El hecho de trabajar para el engreído de Malfoy pasó desapercibido porque, no nos engañemos, todo el mundo tiene un precio. Y así, una semana después, Draco Malfoy tenía en la mano una hermosa instantánea fotográfica trucada con la cabeza de Theo y el cuerpo de Anthony Gervaster, jugador de los Kenmare Kestrels, sin camisa. Draco se la envió utilizando una lechuza del Ministerio para no ser delatado y esperó.
Días después, Potter lo enfrentó, ruborizado:
—¿Se puede saber qué has hecho con Ernie?
—¿Ya ha mordido el anzuelo?
—¿Qué anzuelo? Por cierto, le he dicho que tú y yo estamos juntos. Me ha preguntado cosas sobre los slytherin.
—Espero que nos hayas dado buena publicidad, Potter.
—Le he advertido de que cambie el guardarropa —bromeó el moreno—, no está de más que lo sepa.
—¿Le has dicho también que va a tener polvos interesantes y espléndidos? —rió Draco, pasando un dedo por el pecho del auror.
—¿Ah, sí? ¿En qué etapa ocurre eso? —el rubio lo empujó, y Harry le tomó en sus brazos para morderle la oreja. Draco suspiró inclinando el cuello hacia un lado. De pronto fue consciente de la dureza de Harry contra la suya, de la mano derecha del auror repasando su columna…
El rubio desconectó, temeroso de que las emociones del recuerdo representaran algo que él no quería mostrar en esos instantes, aunque Harry se dio cuenta y le sonrió.
—¿Y entonces, qué pasó? —inquirió Pansy—, ¿cómo sabes que McMillan se interesó por Theo solo mirando esa foto?
—Sí. ¿Cómo sabemos que no lo ultrajaste para que aceptara salir con él? —añadió Blaise.
—¿O que lo chantajearas? Podrías haberle prometido un polvo en Malfoy Manor a cambio de salir con Theo —se le ocurrió a Pansy.
—Sois una pandilla de retorcidos —dijo Harry volviéndose hacia el rubio—. Draco, tendrás que darme mucho sexo para convencerme de que ande con ellos.
—¡Aggh! —protestó la rubia, tapándose los oídos—. ¡Blaise, vámonos!
—Pero si no han contestado a tu pregunta —terció Blaise, satisfecho por escuchar a Potter hablar sobre sexo.
—Solo os diré que no podéis subestimar el poder de un objeto muggle.
Harry sonrió. Él mismo sabía que el método de Draco había dado resultado: Ernie puso aquel montaje en su pequeño escritorio y le echaba vistazos de vez en cuando. Hermione le dijo que la idea de Draco había sido brillante, porque ahora, Ernie asociaba a Theo con algo que le gustaba.
"Es un claro ejemplo de psicología muggle. Es lo mismo que nos hace la amortentia: olemos lo que nosotros asociamos como algo que nos agrada".
El caso es que, cuando Theo aparecía por allí, Ernie lo miraba más de la cuenta, hasta que un día decidieron salir a tomar algo. Y Ernie, preocupado porque estaba pillándose más de lo que parecía en un principio, comenzó a darse cuenta de que, Theo, al fin y al cabo, era slytherin. Y los slytherin no solían jugar limpio. Y por eso pidió consejo a Harry. Pero como, de todos modos, ambos eran solteros, estaban libres y además tenían el linaje de la pureza, se dieron luz verde. Y si lo que decían Zabini y Parkinson era cierto y ahora estaban follando por las salas de Malfoy Manor, acababan de consumar su relación.
—No es que me preocupe, pero… ¿vas a sacar esa tarta a la vista de todo el mundo? —preguntó Blaise—. Te recuerdo que el salón está regadito de antiguos gryffindor.
—Me encantará ver cómo se enzarzan en una pelea épica contigo. Te recuerdo que la mayoría usan puños en lugar de varitas, son así de zafios —añadió Pansy.
—Esta tarta tendrá un uso particular —sonrió Draco de medio lado—, ya me vale con que la hayáis visto vosotros. Y valoro mi integridad, gracias por vuestra preocupación.
Blaise y Pansy volvieron al salón con los demás, ambos convencidos y alegres de que, a partir de entonces, las fiestas de cumpleaños de Draco serían mucho más divertidas estando Potter. Les emocionaba que siguieran haciendo apuestas, y adorarían ser partícipes de ellas en un futuro. Cuando todos estaban reunidos, hicieron su aparición, algo abochornados, Theo Nott y Ernie McMillan. El primero llevaba una sonrisa infinita, y el segundo observaba con preocupación. Todos se volvieron a mirarlos, y hubo murmullos y asentimientos. A Theo no le importaba; se limitó a coger la mano de su auror de ojos negros mientras sonreía a Draco Malfoy: sabía que su amigo había tenido algo que ver en el repentino interés de Ernie por él. Ignoraba si ambos llegarían a buen puerto; tampoco si sus familias les dejarían intentar algo más serio, pero se asegurarían de eliminar los prejuicios, tal como habían hecho Harry y Draco. Por eso, cuando los regalos se repartieron entre el cumpleañero, Theo, con una enorme sonrisa, abrazó a Draco y le susurró:
—Sospecho que vas a disfrutarlo mucho. Y que Harry Potter te ayudará.
Y así, mientras todos observaban, atónitos, cómo Draco daba vueltas a una pequeña cámara de vídeo muggle y los gryffindor le explicaban para qué era, el rubio se acercó a Potter y le dijo, en un susurro:
—Este slytherin le dará un nuevo y perverso uso a esta cosa en cuanto sepa cómo funciona. Después de usar esto, nuestras conversaciones a través de la Blackberry te parecerán ridículas.
Harry no lo dudaba. Le lanzó una mirada a Theo, y este le sonrió. Si consideraba descabellado el haberse fijado en su némesis de la infancia como posible amante, jamás espero encontrar en Theodore a un aliado. Definitivamente, el moreno decidió que los inventores muggles de todos esos cacharros merecían un respeto. No en vano, acababan de convertir a su novio sangre pura en todo un amante intrépido y sin prejuicios.
Después de beber y comer la deliciosa tarta "oficial", Harry y Draco brindaron con los demás y luego entre ellos. La pasión desbordaba sus ojos y no hacía falta saber que darían punto y final muy pronto a la fiesta. Un poco más allá, Theo y Ernie charlaban con Pansy y Blaise.
—Los están interrogando. Ahora siento pena por ellos —dijo Harry apurando su copa y dejándola a un lado.
Draco observó detenidamente la escena, recordando, con picardía, cómo su ayuda había sido inestimable. Se daría un premio por eso, más tarde. Notó cómo los dedos de Harry apretaban su culo y se giró. Aún le parecía imposible que el moreno siguiera a su lado después de cinco meses. También decidió darse un premio por eso: no dejaría a Harry abandonar Malfoy Manor hasta que sus padres volvieran de viaje, momento en que tendría que enfrentarlos. Aunque sospechaba que Narcissa ya se olía algo, y rezó en silencio para que ahora mismo estuviera tratando de convencer a Lucius de que, simplemente, había ciertas cosas que no podían ser ignoradas.
—Draco —susurró el moreno a su oreja—, ¿qué castigo vas a ponerles a Theo y a Ernie por follar en tu casa?
—Haré que sigan aquí hasta que no hayan follado en todas las habitaciones de la mansión. Menos en nuestro cuarto, claro —Harry se llenó de ternura y plantó un beso en la mejilla del rubio al escuchar "nuestro cuarto". Hermione le lanzó una mirada, sonriente. Había sido imposible ocultar nada a sus amigos porque él se pasaba el día hablando de Draco, de una forma u otra.
—Theo no dejará que lo manipules.
—Theo no tiene pinta de que vaya a poner pegas —replicó Draco apurando su champán. Los dedos de Harry se hicieron más evidentes, bajando un poco más.
—¿Y tú crees que eso es un castigo?
Draco se giró de nuevo, sus ojos grises relampagueando, compitiendo con las lámparas de araña que decoraban la sala.
—Potter: no subestimes la herencia de los Malfoy. Cuando acaben con todos los cuartos, tendrán agujetas para muchos días. Desearán maldecirme.
—Draco, por favor, dime que todo esto no es una excusa para cargarte a mi escuadrón. Los aurores te odiarán.
—No me importa, siempre y cuando el Jefe de los Aurores me haga el interrogatorio a solas.
~Fin~
11/07/2012
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