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Is it better to speak or to die?

Summary:

¿Qué atraviesa la mente de una persona cuando lo consigue todo?

Notes:

Dos cosas sobre las que considero es prudente avisar:
- No he publicado nunca nada en ao3, no tengo ni idea de qué tags poner o de cómo narices funciona nada de esto, solo he leído MUCHOS fics aquí, pero nada más.
- En este AU (i guess), como en la mayoría de los que hay de este ship, ninguno de los jugadores de la Selección tienen pareja, por respeto a ellas, evidentemente.
Y ya está, espero de corazón que os guste, nos leemos al final :)))

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Le tocó en la fila de la izquierda

Cubarsí. Qué buen niño era. Qué constante y qué trabajador, qué garantía para el equipo y qué alegría, para todos los que lo collejearon de camino al premio, que al fin haya sido reconocido. Durante la concentración, y ya en los meses previos y la etapa de clasificación, el acercamiento con el central había ido dando paso a una amistad cada vez más consolidada, en la que también participaba Martín. Puede que desde fuera resultase lógica dada la afinidad en carácter y personalidad que se intuía entre ellos, pero Cubarsí no dejaba de ser un crío al que sacaba diez años, igual que a la mayoría de los chicos del Barça. Igual que a Lamine, que miraba sonriente a su compañero mientras era aclamado por todo el estadio.

Siempre que llegaban a ese momento, lo cual de un tiempo a esa parte parecía haberse convertido en normalidad, Mikel no podía evitar que se le pasase por la cabeza la realidad que ya les sobrevolaba, como un ave carroñera. Que en poco más de un mes volverían todos a sus casas, a vestir sus preciados escudos y a dejar de compartir alegrías que, de tan frecuentes, ya parecían interminables. Si Mikel ganaba, eso implicaba que los chavales con los que jugaba al Lobo y que le vacilaban siempre que podían, perdían. Y viceversa.

Y luego estaba él, claro.

No había temporada de liga y copa en la que los descuidos de sus compañeros no le obligasen a plantarse delante de Unai Simón. Once metros separando a uno del otro y una suerte que acompañaba siempre a Mikel y rara vez sonreía a su amigo.

(Amigo. Amigo. Amigo.)

Por eso, aunque por fuera expresase la felicidad que sentía al adelantar a los suyos en el marcador, cada año que pasaba le resultaba más difícil ignorar la presión en el pecho al verle cabizbajo como consecuencia de su gol.

Sabía lo que estaba pensando. No era la primera vez que se lo comentaba. Y saberse el causante de esa sensación le volvía más miserable cada vez.

De los primeros enfrentamiento que había en el horizonte, tras las vacaciones y el tiempo compartido con la familia y los amigos en Eibar, o donde fuera, era contra el Chelsea. Cucurella ya no estaba allí, se salvaba entonces contra el primer rival, y técnicamente ahora lo vería más a menudo. El bueno de Cucu. Aunque, ¿a qué precio?

Si estaban ahí era porque Luis sabía que iban a formar una familia, o porque ya lo hicieron en su momento. Lo había hablado ya con Borja, que estaba su lado entonces, en el pasillo. Que no tenía que darle demasiadas vueltas (pese a que él también lo hacía. Vendedor de consejos como pocos. Mikel siempre se terminaba riendo. Que él se preocupase tenía sentido, ¿pero él? ¿Quién en su sano juicio podría odiar a Borja Iglesias?). Aunque ya hubiera pasado antes, con otros compañeros, no significaba que fuese a pasar con ellos. No era capaz de dimensionar una situación que le llevase a insultar a Lamine o a Gavi. Al final, muy rara era la vez en la que saltaba de mala manera contra un rival, y rarísima si ese rival era también compañero o lo había sido.

Se había fijado en Ayme, y en cómo miraba a Pau con el orgullo de un padre. Recordó también a David y a Joan pasando a su lado, corriendo a abrazar a Unai. Y a Rodri abrazándolo a él mientras lloraba desconsolado nada más acabar todo, por fin. Atesoraba tanta felicidad directamente vinculada a ellos que, por muy realizable que viese la idea, siempre acababa rechazando la posibilidad de perder la relación con cualquiera de los veinticinco, y con muchos de los que vinieron antes. Por su propia cordura. Porque siempre que regresase a uno de esos momentos, regresaría a todos y cada uno de ellos.

Y, sin embargo, mentiría como un bellaco si dijese que cualquiera de esas relaciones, sean recientes o ya fraguadas con los años y los éxitos compartidos, incluso con Mikel y Martín, le importaban más que la Real. Era lo único que le había sido constante hasta el momento, que le devolvía al suelo cuando, aunque fuera rara vez, se le metían pájaros en las orejas.

Era su casa. Lo era todo.

O casi.

La presencia en su vida del portero del Athletic Club también lo era, puede que no desde siempre, pero sí desde que su vida, como hoy la entiende, comenzó.

Y así de natural cómo un respira, volvía a él. Y el tormento sería más llevadero si el mundo no lo volviera también. Pero lo hacía, como hizo en ese momento.

Se había sumergido en cavilaciones hasta el punto de ignorar cómo pasaba a su lado en el pasillo. Borja le cubrió a collejas, pero Mikel no lo hizo. No se había percatado de su caminar hacia el estrado, ni de la megafonía del estadio anunciando su nombre junto al reconocimiento que recibía el mejor portero del torneo. Por dentro, apostaría todos los dedos de sus pies y no los perdería a que Unai no se creía merecedor de ese premio, pese a la sonrisa que decoraba su semblante. Detectaría su falsa modestia en cualquier fotografía, memorizado como tenía cada gesto y cada mínimo matiz. Les sonrió a ellos cuando le cantaron, y se volvió hacia la cámara que le apuntaba y que le reproducía en las grandes pantallas que tenían sobre sus cabezas. Mikel no apartó los ojos de él, del de verdad, hasta que se hizo a un lado y esperó, junto a Pau, a que Rodri subiera y recogiera su balón de oro, para la foto de la trifecta que todos habían hecho, y que todos habían acertado.

 

¿Quién es tu mejor amigo dentro la concentración?

Nombrar al contestar a Zubimendi y a Merino era tanto la respuesta correcta como la fácil. Pensar en la conversación que se generaría en cierto sector de los aficionados si se le diese por nombrar a Unai le inquietaba lo suficiente como para rechazarlo, una reacción sobre la que apenas tenía control. Pero los gestos siempre acababan diciendo más, muchísimo más que las palabras. Y las cosas estaban más que claras para más gente de la que Mikel creía.

No se separó de Borja mientras Rodri alzó la copa. Aunque trataba de concentrarse en el momento y en la euforia contagiosa de sus compañeros, una y otra vez volvía la burra al trigo. Pasó ante él cuando hicieron el pasillo y no le dio la colleja. ¿Se habría dado cuenta también? ¿También estaría pensando en ello? ¿O, por él contrario, él sí sería capaz de funcionar como una persona lógica y concentrada en el presente?

El carácter impenetrable y la tranquilizad de Oyarzabal le habían servido de tapadera en muchos casos. Pensara lo que pensase, cualquiera diría que estaba tranquilo en el fondo, y que nada le perturbaba. La realidad podía estar en las antípodas de la opinión generalizada en torno a él. Le daba igual. Mejor. Se ahorraría el justificarse y tener que dar explicaciones como algunos de los chicos más jóvenes tenían que hacer. Como Nico tras el gol de Mikel contra Bélgica, por ejemplo. Como Lamine en cada entrevista. Habló con Roi de televisión española, con el reportero de Dazn y con la inmensa Aitana Bonmatí. Habló con todos para intentar hacer toma a tierra. Viajó con su mente a España y a la gente, a la suya y al resto, a cómo estarían; se concentró en maldecir internamente al presidente del país anfitrión durante la entrega de medallas (y agradeció que no le enfocaran como si hicieron al pobre Borja. Por si acaso). Pero todo fue en vano una vez más. Era el momento más importante de su carrera, probablemente, y él solo podía pensar en el hecho de no haber felicitado a Unai durante el pasillo.

Solo Martín, Raya y Joan los separaban en la foto. Miró abajo, la inercia del abrazo de sus compañeros empujándolos hacia delante. Por mucho que lo desease, mirar atrás entonces sería una sentencia de muerte. No había cámara ni televisión en el mundo en la que no se retransmitiese la imagen de la selección española con su tan ansiada y peleada copa. No había plaza en España en la que la gente no estuviera saltando entonces, en plena noche allá, celebrando el triunfo que era de ellos tanto como suyo, que era de todos.

Mikel Oyarzabal no vio el vídeo hasta el día siguiente, cuando acabó todo. Había colgado la llamada de media hora con sus padres y abierto Instagram. No le hizo falta bajar. Fue de las primeras cosas que le apareció.

Rodri había aguantado bien el tipo. Nadie se merecía levantar esa copa más que él.

Merino les iba a costar un misil, pero Mikel se rió igualmente al percatarse de lo que hizo su gran amigo.

Y si las miradas matasen, el niño maravilla estaría también arrestado, probablemente.

Tras un par de visionados, su mirada buscó involuntariamente, de nuevo, al portero de la selección española. Eric estaba delante suya, y Grimaldo tambien. Con sus manos levantadas, la cara de Unai se reproducía a trozos, por lo que jamás podría llegar a determinar con certeza si había girado la cabeza a la derecha en un momento dado o fue producto de su imaginación.

Unos nudillos golpearon la puerta de su cuarto en el hotel.

Eso, definitivamente, no se lo había imaginado.

---

¿Por qué cojones tenía que ser él?

El día del partido contra Francia y ese día, también. La Potra salvaje de la Euro sonaba de fondo y él le besó en la cabeza. En el autobús estuvieron casi todo el tiempo al lado, bailando, riéndose de Rodri, cantando La Graciosa y posando en la foto. Y la felicidad no lo había abandonado hasta que pisó su cuarto y se volvió a acordar de quién era. Y de quién era él.

Por muy maduros que demostrasen ser ambos, Unai Simón sabía lo que le esperaba en un mes.

Como pudo, pero más erguido que cuando salieron de Cibeles de vuelta al hotel de la capital, caminó por el pasillo, en el que también se cruzó con Martín y Merino. Reían, aún dando tumbos, y se giraron de un golpe cuando Unai les dio un toquecito en los hombros.

- ¿Sabéis el número de la habitación de Oyar?

Lo siguiente que hizo fue llamar. A la puerta. No tuvo que esperar, como creía que haría. A los diez segundos, que contó, como el pringado sideral que era, la puerta se abrió y de ella emergió su gran amigo.

Amigo.

La cerró tras de sí y lo miró expectante. Entre sorprendido y asustado. Tampoco tardó en sonreír de lado.

- ¿Mañana ya no nos vemos, no?

- Cómo.

Podría haberse trabajado algo más la excusa. Pero también puede que si lo pensase más, se acabase acobardando. Y no quería que las palabras le murieran en la garganta. Ese día no.

- Tú vas a Donosti directamente.
Mikel asiente, sin acabar de comprender bien lo que Unai quería implicar. Puto pringado. Puto pringado.

- Yo me quedo por aquí.

- ¿Y eso?

- No nos han avisado del ayuntamiento de momento y acaban de decirme mis padres que aproveche a descansar unos días.

- Bueno, no es mal plan.

- No, no. Lo agradezco. Necesito pasar tiempo con mi gente, acordarme de las caras de siempre y olvidarme de las vuestras.

Aunque Oyarzabal se rió, Unai le notó un cansacio que bien podría confundirse con tristeza para quien se aferraba a todo lo que tenía forma de asidor.

- Yo me sé de algunos que mañana ya no van a querer separarse en el aeropuerto.

- Y mira que juegan en el mismo equipo.

Rieron ambos entonces.

Estaban en medio del pasillo del hotel. Se dieron cuenta a la vez, porque a partir de entonces comenzaron a hablarse en susurros.

- Pasa, tío, no te quedes ahí.

- Qué va - respondió con la mano, sacudiéndose todo lo que entonces le sobraba, que no era mucho. - venía a despedirme, Mikel. Cómo ya no nos vemos.

- Oh. Claro, sí. Ni se me pasó por la cabeza, perdona.

Unai negó con la cabeza. Ambos estaban de pie uno frente al otro. Solo tenía que extender los brazos y rodearlo. No podría explicar utilizando el raciocinio como base por qué narices tenía tanto miedo y hasta un nudo en la garganta. Que lo conocía desde que los dos eran unos chavales, desgarbados y lampiños. Que se conocían, no de toda la vida, pero sí de siempre.

Era la única persona a la que, pudiendo responsabilizar de algunas de las decepciones mayores que sintió en su carrera, tenía ganas de abrazar cuando vivía las mayoes de sus alegrías. El abrazo tras los penaltis contra Suiza se plantó en medio de los dos, pero no sabía si él también lo veía.

Antes le había besado en la cabeza. En la celebración apenas se habían separado.

¿Qué cojones le pasaba?

- He estado disperso hoy. Entre no dormir una mierda y los cubatas, te puedes imaginar.

- Cómo todos, claro. Ibas más contento que en la Euro.

- Tú más o menos igual - le sonríe Oyarzabal. Unai lo imita, bajando la cabeza. ¿Cuánto de humillante era seguir alargando ese momento? ¿Inventar más excusas de mierda?

- ¿Por qué no quieres pasar?

- Oyar.

Ambos, a partir de ese punto, se quedaron callados, mirándose. Más y más inquietos a cada segundo que pasaba. Si Unai hubiera bajado entonces la mirada, habría visto el alma de su gran amigo, en el suelo, a sus pies. Pero no apartó los ojos de los ojos verdes que le miraban de vuelta. Uno esperaba a que el otro hablase, y otro esperaba a que las palabras se levantaran de nuevo, como quien sostiene a quien se desangraba al final de la película. No podía permitírselo. No podía.

- Esto... - carraspeó el portero, inclinando la cabeza - te has quedado con una cara larguísima. No quería sonar borde, lo siento.

Unai notó cada centímetro que le recorrió la saliva después de tragarla. Esos ojos no tenían sentido ninguno. No deberían ni existir. Había reído nervioso, intentando quitarle hierro al asunto y tensión al aire. Le cortó de lleno. Pero si tenía esa cara no era por él. Se había acordado de algo.

- No, nada. Lo de la despedida me hizo recordar otra cosa en la que había estado pensando antes y que ya me puso algo triste entonces. Nada, de verdad, es una tontería.

- Calla. Puedes decírmelo.

- A ver...

- Seguro que no es una tontería.

Mikel sonríe. Era tristeza lo que decoraba la sonrisa, y Unai empezó a esbozar la mueca antes de dejarle terminar.

¿Él también?

- Me da mucha pena que se haya terminado todo esto. Siento que no lo he aprovechado todo lo que me gustaría. Ni la compañía de los chicos, ni los momentos tranquilos, ni las sobremesas. Ahora mismo casi no recuerdo nada de estos días.

- Estamos borrachos. Mañana recordaras las cosas con más claridad, y el que las olvides no significa que no hayan pasado.

- Lo sé, pero no es solo eso.

- No es solo eso.

- Es que no quiero que se termine.

- ¿El mundial?

- Joder, Unai.

No había rastro de las palabras.

Las había recogido Oyarzabal, y sus ojos, entonces, se lo dijeron. Aunque Unai se hizo la pregunta, Mikel había evitado el tener que cavar en la tierra a la mañana siguiente.
Mikel habló.

- No quiero tener que meterte un puto gol en los derbis. No quiero, hostia. Quiero que sigamos vistiendo la misma camiseta el tiempo que nos quede sobre el maldito campo, y correr a abrazarte cuando acabe cada puto partido, y que sonrías, y solo sonrías, cuando marque. No mirarte mientras yo celebro y que tú parezcas un perro pateado. Joder. ¿Por qué cojones tenías que ser tú?

¿Por qué cojones tenías que ser tú?

Unai podría haber dicho cualquier cosa, todo habría llegado tarde, pero más vale tarde que nunca y más entonces, que vivirían para siempre. No le nació hacer nada más que agarrar la cara de Mikel Oyarzabal, besarle en la frente hasta necesitar recuperar las respiraciones que dejó en pausa, y abrazarlo contra sí.

- Como contra Suiza - tanteó Unai, mirando entonces a la puerta de la habitación del otro.

- Como contra Suiza - afirmó Mikel, su voz medio apagada y deshaciéndose al tratar de salir del pecho del portero.

Ambos sonrieron en el abrazo, inevitablemente. Era lo que les nacía cuando existía el más mínimo contacto entre ellos. Como en el partido contra Francia, como captaron las cámaras. Si no fuera porque sonase tremendamente cursi, dirían que era porque sus átomos, al fin, como los reyes de Ítaca, se habían reencontrado.

- ¿Te habrá vuelto el cortisol a tus niveles normales, maitia?

Mikel rió en respuesta. Puede que por la broma, o puede que por el apodo que poquísimas veces habían utilizado el uno con el otro. Siempre de noche. Siempre solos.

Y ahí estaban otra vez. De noche y solos. En frente de la habitación del delantero de la Real Sociedad que, por mucho que desease lo contrario, le marcaría todos los goles que quisiera y más. Y todos los penaltis.

Jamás sería capaz de pararle.

Jamás.

Y, siendo sincero, tampoco es que Unai desease hacerlo.

 

---

 

- Esto es cine.

- Absolute cinema.

- Absolute cucurrucu.

- ¿Pero, cuando ha pasado esto?

- ¿Cuándo no ha pasado esto? Si al final voy a ser yo el que se quede en esta acera.

- Callad, os van a oír.

- Venga, nosotros nos vamos, no os acostéis tarde.

- Eso.

Merino y Zubimendi se alejan de los otros cinco y solo cuando les dan la espalda esbozan una sonrisa. Una sonrisa que es triste también, por naturaleza. Ellos volvían juntos después de las vacaciones, pero su amigo y Unai no. Y no les hizo falta oír nada para saber que eso era.

 

Borja apenas ve ni escucha otra cosa con esos cuatro delante, mascullando y soltando risitas. Así que eso era, ¿no? En lo que probablemente estuviera pensando Mikel durante el pasillo, que ahora trajo a coalición en otro pasillo, oscuro. Oscurísimo - por suerte para los chavales del Barça.

- ¿Pero quién más?

- Los dos que se han ido, por ejemplo.

- Ostia puta.

- Pues sí que estamos ciegos.

- Y que no os extrañe si os pasa a alguno de vosotros también. Es contagioso como la peste, esto del amor.

 

Pau se quedó mirando a Borja mientras él también se alejaba. Había dicho que se iba con Cucu y algunos más a una discoteca, pero de camino a coger la bolsa los vio a los cuatro y se quedó a cotillear.

¿Cómo no se había dado cuenta, con todo el tiempo que pasó con Mikel en ese mes?
La imagen de Unai y del delantero en la acción de ataque de Francia se le vino entonces a la cabeza. Como el portero bromeó con él para luego juntar su frente con la sien de Oyarzabal, que esbozó una enorme sonrisa con el gesto y las palabras que llenaron el espacio entre ambos.

Cubarsí apenas le dio importancia en el momento, concentrado como estaba en el partido y en la insistencia de Laporte y Rodri porque él y Cucurella volvieran a sus posiciones. Pero ahora no necesitaba concentrarse. Y ahora las piezas que habían quedado dispersas todo ese tiempo podían empezar a unirse.

- Es una locura todo esto. O sea, Unai y Oyarzabal y Merino y Zubimendi, por la cara.

- A ver, por la cara. No se separaban ni para ir a cagar.

- Coño, pero algo así solo pasa en las series como la de hockey esa, Hated Rivalry..., no sé qué. Pero aquí. Ostras. Hay que tener cojones. Mirad lo que le hacen a Borja que ni lo es, imagínate a ellos.

- Ya te digo.

- Por eso tenemos que callarnos la boca. Como si no hubiéramos visto nada.

Cubarsí no aportó cosa alguna. Ni antes ni entonces. Lamine se dio cuenta de lo callado que estaba y le dio una colleja suave.

- Ni te rayes. Tranqui. No se va a saber, si solo lo hemos visto nosotros. Y si algún día sale les apoyamos y listo.

- Claro - respondió Pau, rehuyendo su mirada. - creo que me voy a ir dormir, estoy molido.

Pero, antes de irse, Cubarsí escuchó como Dani le masculló a Lamine que lo acompañara. Y él lo hizo. Claro que lo hizo.

Recordó entonces una charla que Mikel y él habían tenido cuando volvían de un entrenamiento y antes de irse a sus respectivas habitaciones en la concentración. El vasco le preguntó cuanto hacía que Lamine y él jugaban juntos y Cubarsí respondió que ya no se acordaba, pero que mucho. Había sonreído con esa sonrisa de padre que tenía y que le prodigaba más veces de las que Pau creía merecer, escuchándolo contar todas las historias que sí conservaba nítidas de los años que pasaron Lamine y él juntos en La Masía y en las categorías inferiores. Entonces sacó a Unai y le contó que ellos también jugaron juntos y se conocían desde muy jóvenes, pero no tanto como ellos. Que su amistad había sobrevivido la rivalidad del derbi, y que todos les decían que pocas veces habían visto una relación así.

Una relación así.

- Te has rayado bien, ¿eh?

- No es por eso, tete, de verdad.

- ¿Entonces?

- Son chorradas mías, te lo juro. Estoy reventado y solo quiero dormir, ya hablaremos de esto mañana o cuando sea.

Antes de cerrar los ojos y forzarse a conciliar el sueño, Pau solo pudo pensar en la suerte que tenía.

Porque entre él y Lamine jamás habría un adiós.

- ¿Cuántos estaban?

- Yo escuché a Borja y a los críos.

- Pues nada.

Rieron cansados y por fin se separaron. Mikel se arrastró hacia la puerta sin hacer siquiera el intento de agarrarlo. No le pidió nada, porque pensaba que no tenía sentido ninguno.
Las cosas que tanto deseaba solo pasaban en las películas.

Unai se le quedó mirando.

- El perro pateado no, ¿eh? - Mikel estaba haciendo un esfuerzo importante por no flaquear y no joder las cosas para los dos. Y Unai lo habría mandado todo a la mierda de no ser consciente de lo fuerte que estaba siendo el otro y que ninguno de los dos se quedase ahí. Para siempre.

- Mañana madrugo y te invito a desayunar. Donde quieras.

- No seas tonto, ¿sabes qué hora es?

- ¿Vas a rechazar una segunda despedida, maitia?

- No, claro que no - accedió finalmente Unai, dando un paso adelante. Miró a los dos lados del pasillo, como antes de cruzar la carretera. La visión la tenía borrosa y nublada y de venir un coche, moriría. Como casi le murieron las palabras, de no ser por él.

- Te quiero, Mikel Oyarzabal. Y, oye - a la mierda. Le agarró la mano, se la apretó y le besó los nudillos con parsimonia. - Te quedan muchos penaltis que meterme, y será también mala suerte que no pare ninguno. Tú ponme alguno fácil, si puedes.

Los dos vascos no pudieron si no reír por la cursilería. La sonrisa de Mikel era la única luz que necesitaba el pasillo, y entonces lo vio claro. Todo.

- Te quiero mucho, campeón del mundo.

- ¿Quién nos lo iba a decir?

Notes:

Y eso es todo jiji yo estoy bastante satisfecha, y de hecho escribir este fic me ha ayudado a reconciliarme bastante con lo que escribo en general. Así que gracias a todas las chicas de Twitter que habéis empezado a escribir sobre el yaoi vasco por inspirarme a hacer este, me lo paso genial leyéndoos y leyendo también vuestros fics que son todos perfectos. Lo que se ha formado en torno a la selección hacía mucho que no lo veía y guardo un recuerdo precioso de este mes, así que gracias de nuevo chicas, love you siempre :))) Si os apetece dejar algún comentario yo estaré encantada de leeros y responderos, y si no podéis encontrarme en Twitter también como @porcaarossa BESIÑOSSS a todas perfectas <3