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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-07-21
Completed:
2026-07-23
Words:
4,425
Chapters:
2/2
Comments:
14
Kudos:
48
Hits:
481

POST MUNDIAL

Summary:

Jude Bellingham y Franco Mastantuono se reencuentras después del partido de Inglaterra-Argentina, donde el jugador ingles descarga su ira con el argentino.

Notes:

Todavía estoy tratando de superar el partido de Argentina en la final, tengo fics pendientes pero no quería dejar de publicar los borradores que tenía de este shipp.
Estoy sumamente agradecida con la selección y orgullosa del equipo, felíz de ser argentina y de haber disfrutado al mejor jugador de la historia: Lionel Andrés Messi Cuccittini.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

El eco de los cánticos argentinos retumbaba en las paredes de hormigón del túnel, vibrando bajo las suelas de los botines de Jude Bellingham. Cada golpe de bombo que llegaba desde el vestuario visitante era una estaca clavada directamente en su orgullo.

Inglaterra estaba eliminada. Las semifinales del Mundial se habían escurrido entre sus dedos.

Jude caminaba arrastrando los pies, buscando instintivamente la soledad de los pasillos de utilería. Su cuerpo, ese templo físico de 1.86 metros, ancho, imponente, que había dominado cada centímetro del mediocampo durante 90 minutos, ahora parecía pesarle toneladas. Había leído el partido a la perfección, había cortado, distribuido y atacado con esa zancada larga e inagotable que lo caracterizaba. Pero el fútbol no sabe de justicias tácticas. Un error, un rebote, y el sueño de toda una nación se había vuelto cenizas.

La bronca le quemaba la garganta. Era un fuego ácido, una furia ciega que le tensaba la mandíbula y le hacía apretar los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Necesitaba golpear algo. Necesitaba gritar hasta quedarse sin voz, arrancar un pedazo de pared, desarmar a alguien a golpes para transferirle ese dolor insoportable que le oprimía el pecho.

Al doblar hacia el pasillo, un espacio ciego y mal iluminado, la figura que encontró lo hizo frenar en seco.

Franco Mastantuono.

Estaba sentado sobre un cajón de utilería, con la campera de la Selección Argentina puesta, el cierre subido hasta el cuello y la mirada perdida en la pantalla apagada de su celular. Franco ni siquiera estaba convocado, ¿qué mierda hacía ahí? vio el escudo de la AFA en su pecho. Vio la victoria de los otros. Vio el motivo de su propia miseria.

Jude cerró la puerta de metal a sus espaldas y pasó el pestillo. El sonido metálico hizo que Franco levantara la cabeza.

Su rostro ovalado, de proporciones casi artísticamente armónicas y nariz recta, mostró sorpresa, pero no miedo. Sus ojos, profundos, oscuros y abrumadoramente expresivos, escanearon la figura colosal del inglés. Jude respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando erráticamente, la camiseta blanca manchada de pasto y sudor pegada a sus abdominales tensos.

—¿Te perdiste, pibe? —la voz de Jude salió rasposa, oscura, cargada de un veneno que ni siquiera él sabía que tenía—. El circo de los ganadores está del otro lado.

Franco parpadeó lentamente. Su madurez táctica no solo funcionaba con la pelota en los pies; sabía leer a las personas. Y lo que vio frente a él fue a un gigante derrumbándose.

—Estaba por escribirte, te estaba por buscar... —respondió Franco en un inglés suave, poniéndose de pie. Era alto, pero frente a la envergadura de Bellingham, parecía mucho más frágil—. Hiciste un partidazo. Nadie pudo con vos hoy.

—¡Callate! —rugió Jude, acortando la distancia en dos zancadas feroces hasta plantarse a centímetros del argentino—. ¡No me vengas con esa mierda de lástima! Ustedes nos ganaron. Nosotros lo perdimos. Y vos... vos ni siquiera serviste para transpirar esa camiseta. Estás acá de adorno, ni siquiera jugaste porque no servis para esto, ni siquiera te convocaron

Era cruel. Injusto. Jude lo sabía en el fondo de su cerebro, pero la bestia herida en su pecho necesitaba morder, herirlo y sentirse superior al argentino, por eso, acorraló a Franco contra la pared de azulejos fríos, apoyando una mano inmensa a cada lado de su cabeza. La diferencia de cuerpos era abismal: la potencia europea, curtida y física, contra la agilidad fina y armónica del sudamericano.

Franco no retrocedió. No levantó las manos para defenderse ni le devolvió el insulto. Simplemente lo miró, y en esos ojos oscuros, Jude vio algo que lo descolocó por completo: una tristeza infinita y una sumisión silenciosa.

Sabía que Franco lo amaba e iba a aprovecharse de eso, porque sabía que lo admiraba desde hacía años, lo miraba jugar cada fin de semana cuando era chico, estudiaba sus movimientos e incluso lo admitio varias veces, era un fan del ingles. Y estar ahí, viendo al héroe de sus sueños roto en mil pedazos, lo destruía. Franco sabía que Jude lo estaba usando como un saco de boxeo emocional. Sabía que el escudo en su pecho era el blanco perfecto para la furia del inglés. Y, en un acto de devoción silenciosa y desgarradora, decidió dejarlo hacer. Si Jude necesitaba romperlo para armarse de nuevo, Franco estaba dispuesto a ser el cristal.

—Si necesitás descargar toda esa bronca... hacelo —susurró Franco, su voz temblando apenas. Inclinó el rostro hacia arriba, cerrando los ojos, exponiendo su cuello, ofreciéndose como un sacrificio en el altar de la derrota ajena—. Usame, Jude. Sacátelo de adentro.

A Jude se le cortó la respiración. La línea entre el odio irracional y el deseo más oscuro y primitivo se borró de un plumazo.

Con un gruñido ahogado, Jude lo agarró por las solapas de la campera y estampó su boca contra la de Franco. No fue un beso de amor, fue una colisión. Fue crudo, salvaje, desesperado. Jude buscaba castigar, buscaba anestesiar su mente, y los labios de Franco eran su morfina.

El choque fue brutal. Franco ahogó un gemido de dolor cuando la espalda le golpeó contra los azulejos, pero de inmediato abrió la boca, permitiendo que Jude lo invadiera, que su lengua tomara el control con la misma tiranía con la que dominaba el mediocampo.

Las manos de Jude, grandes y ásperas, bajaron por el cuerpo de Franco, apretándolo con una posesividad feroz. Lo levantó en vilo, y Franco, guiado por el instinto, envolvió sus piernas alrededor de la cintura estrecha del inglés. Jude lo empotró contra la pared con fuerza, frotando su entrepierna contra la de Franco, buscando esa fricción caliente que apagara el frío de la derrota.

—Mierda... sos tan hermoso... —jadeó Jude contra la boca de Franco, las palabras ahogadas por la respiración entrecortada y la desesperación.

Jude bajó el cierre de la campera argentina de un tirón y siguio con la camiseta, dejando marcas con la fuerza que utilizo, arañando la piel blanca del pecho de Franco. Quería borrar cualquier rastro de ese país, de ese partido. Besó su cuello con bronca, mordiendo la piel sensible justo debajo de la mandíbula, marcándolo, dejando moretones que gritaran que, al menos en ese cuarto oscuro, él había ganado algo.

Y Franco... Franco se aferró a los hombros anchos de Jude, clavando sus dedos en los músculos tensos del inglés. De sus ojos cerrados escaparon dos lágrimas silenciosas que se perdieron en su cabello oscuro. Le dolía. No solo físicamente por la rudeza del agarre, sino porque sabía que, en la mente de Jude, él no era Franco Mastantuono, no era su compañero, era un rival, alquien con quien descargar su frustación, era la Copa que se le escapó, era un instrumento de desahogo.

Cada empuje de las caderas de Jude contra las suyas, rítmico, caliente y asfixiante, era un recordatorio de que estaba siendo usado. Pero Franco lo apretó más fuerte contra sí mismo, correspondiendo los besos con una pasión desesperada. Le entregó cada jadeo, cada gemido ronco que rebotaba en las paredes de azulejos, envolviéndolo en un abrazo que intentaba, inútilmente, sanarle el alma al hombre que lo estaba destrozando y recibio cada golpe.

El calor en la habitación era insoportable. El olor a linimento, sudor y testosterona lo llenaba todo. Jude se movía contra él con zancadas ciegas, consumido por el placer físico que por fin lograba silenciar los fantasmas del partido, hasta que un gemido grave y gutural escapó de su garganta, apretando a Franco contra la pared con todas sus fuerzas mientras el clímax lo golpeaba, vaciándolo por completo.

Franco dejó caer la cabeza sobre el hombro desnudo y húmedo de Jude, respirando agitadamente, su cuerpo temblando por la intensidad del momento y por el nudo asfixiante que tenía en la garganta.

El silencio que siguió fue sepulcral.

Poco a poco, la niebla roja de la furia y la adrenalina comenzó a disiparse en la mente de Jude. El calor del cuerpo que sostenía contra la pared de repente se sintió demasiado real, demasiado humano.

Jude abrió los ojos. Lo primero que sintió fue la humedad en su propio hombro: las lágrimas de Franco.

Lentamente, como si despertara de una pesadilla, Jude bajó a Franco hasta que sus pies tocaron el suelo. Dio un paso atrás, tambaleándose.

Miró al chico frente a él. Franco tenía los labios hinchados y enrojecidos, marcas púrpuras floreciendo en su cuello pálido, y el resto de su cuerpo con heridas y sangre. Su rostro juvenil, normalmente tan armónico y lleno de luz, ahora parecía marchito, con los ojos oscuros brillando por las lágrimas que no había podido contener. No lo miraba con odio, ni con asco. Lo miraba con una devoción rota que a Jude le partió el alma en dos.

La realidad lo golpeó como un tren de carga. La culpa, fría e implacable, le paralizó los pulmones.

¿Qué había hecho?

Había tomado a un chico inocente, un chico que ni siquiera había tenido la culpa de la derrota, y lo había usado como un trapo para limpiar su propio desastre emocional. Había destrozado a alguien que, en medio de su mayor humillación, le había ofrecido su cuerpo y su consuelo.

—Fran... —la voz de Jude se quebró, un susurro ronco y lleno de horror. Se miró las manos, temblando, estaban manchadas de sangre—. Por Dios... ¿qué hice?

Franco se arregló la ropa con movimientos lentos, casi mecánicos. Se secó las mejillas con el dorso de la mano, forzando una sonrisa que fue la cosa más triste que Jude había visto en toda su vida.

—Está bien, Jude —dijo Franco, su voz sonando hueca y cansada en la inmensidad del cuarto—. Ya pasó. Ya te descargaste.

—No... no está bien —Jude dio un paso hacia él, levantando las manos con la intención de tocarlo, de arreglarlo, pero se detuvo en el aire, sintiéndose indigno siquiera de rozarlo—. Yo... me desquité con vos. Te traté como a basura. Te usé, Franco. Te usé porque... porque no podía soportar mi propio fracaso.

—Lo sé —respondió Franco, levantando la mirada. En sus ojos había una madurez dolorosa, una resignación que no le correspondía a un chico de su edad—. Lo supe desde que cerraste la puerta.

—¿Y por qué me dejaste? —preguntó Jude, desesperado, las lágrimas picándole por primera vez en toda la noche. Era el llanto del arrepentimiento, mucho más amargo que el de la derrota—. ¡Tendrías que haberme empujado! ¡Tendrías que haberme golpeado!

Franco soltó un suspiro tembloroso y bajó la vista hacia sus propios botines.

—Porque a veces... cuando admirás y querés tanto a alguien, preferís que te rompan a vos antes que verlos sufrir a ellos —confesó el argentino, en un susurro tan bajo que Jude tuvo que esforzarse para escucharlo—. Y yo... yo te quiero, Jude. Quería que dejaras de sufrir. Aunque fuera a costa mía.

Las palabras fueron un mazazo directo al corazón del inglés. Jude cayó de rodillas sobre el piso frío de utilería. El mediocampista total, el gigante de 1.86, el jugador de millones de euros, estaba ahí, reducido a nada, llorando abiertamente frente a un chico que acababa de darle la lección más grande de humanidad que había recibido en su vida.

—Perdóname... —sollozó Jude, cubriéndose el rostro con las manos grandes, su cuerpo ancho sacudiéndose por el llanto—. Por favor, perdóname. Soy un monstruo. No te merecías esto. Eres demasiado bueno.

Franco lo miró desde arriba. Ver a su ídolo, al chico del que estaba secretamente enamorado, llorando en el suelo, le dolía más que los moretones y el dolor en su cuerpo. Pero el daño ya estaba hecho, y la magia del fútbol no podía arreglar las almas rotas.

Con una delicadeza inmensa, Franco se arrodilló frente a él. No lo besó, ni lo abrazó de la misma forma posesiva de antes. Solo levantó una mano y acarició suavemente el cabello de Jude, como se consuela a un niño asustado.

—El fútbol da revancha, Jude —murmuró Franco, su voz llena de una tristeza dulce y definitiva—. Hoy perdiste el Mundial. Y yo... supongo que yo acabo de perder la imagen del héroe que tenía en mi cabeza.

Franco se puso de pie lentamente, dejando que su mano resbalara del cabello de Jude. No dijo nada más. Se dio la vuelta y caminó como pudo hacia la puerta de metal, abriéndola para salir al pasillo iluminado, dejando atrás al gigante inglés.

Jude se quedó solo en la oscuridad, en el piso frío, escuchando cómo los pasos de Franco se alejaban. Había perdido la semifinal, sí. Pero al darse cuenta del amor puro y desinteresado que acababa de destruir por su propia ceguera egoísta, Jude supo que esa noche había perdido algo infinitamente más valioso que la Copa del Mundo.