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Language:
Español
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Published:
2026-07-04
Updated:
2026-07-06
Words:
5,732
Chapters:
2/?
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4
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8
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75

Traición y Delirio

Summary:

Su concepción fue pactada en las mesas frías de naciones ancianas y consumada por manos que jamás se entrelazaron por amor. ¿Con qué propósito? ¿Para alumbrar a un omega frágil, desvaído, una llama incapaz de desafiar al viento?

Tercero era esa clase de hombre sobre quien el porvenir no se detenía a escribir una sola promesa. De él no se aguardaba gloria alguna; apenas una muerte silenciosa, ofrendada bajo el estandarte de una nación que nunca llegó a existir, un reino concebido antes como epitafio que como esperanza.

"Los omegas no nacieron para gobernar."

"Será él quien nos conduzca a la ruina."

"Su padre no merecía semejante castigo. Misericordioso habría sido el destino de haberse conformado la herencia con su primo lejano: Weimar, un beta incapaz siquiera de distinguir la diestra de la siniestra."

Tercero no solo probaría su valor independientemente de su casta. Probaría que merecía su nombre y su lugar como una futura Nación en el mapa.

Al final, su pueblo lo amará y, cuando se hable de un Imperio Alemán, nadie recordará a su fementido y sodomita padre, sino al Tercer Imperio Alemán: el Imperio de los mil años.

Chapter 1: 21 cañonazos

Notes:

Esta historia está escrita desde una perspectiva que busca reflejar con la mayor fidelidad posible la sociedad alemana de 1908 (a veces 1859) en adelante. Por ello, contiene comentarios, descripciones, formas de pensar y maneras de hablar propias de esa época, muchas de las cuales hoy pueden resultar ofensivas, discriminatorias o absurdas.

Estos elementos forman parte del contexto histórico de la obra y no representan las opiniones del autor. Considéralo una advertencia de contenido y continúa la lectura bajo tu propio criterio.

Chapter Text

Los vivos y estridentes colores del carruaje imperial herían la vista, desentonando de forma grotesca con el lúgubre teatro del exterior. Afuera, la naturaleza parecía retorcerse en una agonía muda: los árboles curvaban sus ramas como dedos esqueléticos que intentaban estrangular sus propios troncos. La luna, aquella que por derecho divino debiera guiar a todo honrado viajero, yacía sepultada bajo un denso sudario de nubes cenicientas. En la vasta y solitaria negrura del firmamento, las estrellas se negaban a brillar, reducidas a miserables agujeros de luz que observaban con fría indiferencia.

Aquel siniestro sendero hacia los dominios de su padre, sin embargo, resultaba un bálsamo comparado con el horror del hombre que le esperaba al final.

Aferrando su conejo de felpa contra el pecho, Tercero comprendió cuán dichosa era la ignorancia de la infancia bajo el amparo de su madre. Hoy, al alcanzar sus primeros diez años de vida, la Duquesa le acompañaba por última vez en el coche de caballos antes de que él fuera entregado a la implacable educación formal de su progenitor.

"¡Santo Cielo, qué estampa tan sobrecogedora! ¿Quién demonios se habrá encargado de descuidar este otrora maravilloso jardín?" exclamó la mujer. Se llevó una mano enguantada al pecho con el exquisito dramatismo propio de la alta sociedad. Su sonrisa, sin embargo, brotó con rapidez casi artificial y a su vez totalmente genuina al volverse hacia su pequeño. "Cuando regrese a estas tierras del norte, me encargaré personalmente de revitalizarlo, tal como en los viejos tiempos, ¿lo recordáis, mi querido Reich? Podréis ayudarme a cultivar las rosas una vez que estén sembradas."

Tercero, sintiendo un peso de plomo en el pecho, asintió forzando una sonrisa que le dolió en los labios. Sabía bien que su madre jamás pisaría de nuevo los dominios de su esposo; la fractura entre ambos era absoluta. Peor aún, la rancia aristocracia y la servidumbre que rodeaban diariamente a su padre destilaban una hostilidad ponzoñosa: la repudiaban en los pasillos de palacio, tachándola de infértil y maldita por haber parido a un eslabón débil, un omega, en lugar del alfa que el linaje imperial exigía.

Además, el cuidado de la botánica era un pasatiempo reservado exclusivamente para los infantes o los omegas. Segundo Imperio, su padre, todavía se negaba con rabia a aceptar la casta con la que el destino había marcado a su heredero al nacer.

"Cuando vuestras lecciones diarias con el tutor hayan concluido, solicitad a la buena Gertrud que os prepare su celebrado suflé de chocolate. Vuestro esfuerzo bien valdrá tal recompensa" añadió la Duquesa con tono dulce.

Tecero volvió a asentir en silencio. En su mente se abrió el frío recuerdo de su última visita, hacía ya dos inviernos, cuando el mayordomo le había informado, con una sequedad que rozaba la crueldad, que la anciana criada llevaba meses sepultada bajo la tierra congelada. El suflé de chocolate sería cocinado por fantasmas.

"Y en cuanto estéis de vuelta en nuestro hogar de Berlín, os prepararé yo misma un Prinzregententorte para celebrar vuestro progreso."

Tecero apartó la mirada hacia el cristal empañado del carruaje. Mientras las ruedas de madera crujían sobre el barro, no estuvo seguro de si el Imperio le permitiría alguna vez regresar.

La colosal fachada de la mansión emergió de entre la niebla como un titán de piedra gris, cuyas ventanas oscuras semejaban ojos vacíos que vigilaban su llegada. Al contemplar aquel mausoleo familiar, las manos de la Duquesa comenzaron a agitarse con un nerviosismo febril bajo el encaje de sus guantes. Sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que su hijo permanecería en los dominios de su esposo durante un largo letargo; tal vez para siempre. La perspectiva de la soledad en la inmensidad de su propio palacio en Berlín se alzaba como un peso colosal y asfixiante, un tributo que debía pagar al destino si deseaba que su retoño se transformara en un hombre respetado por la nación. Clavó en el muchacho una mirada de cristal, donde batallaban el orgullo dinástico y el torrente de unas lágrimas contenidas. Sus brazos, ansiosos, imploraban un abrazo que se negaba a sí misma por mero decoro; debía preservar la dignidad de su heredero. Tercero ya no era un lactante, después de todo.

"Mis más fervientes votos os acompañarán en cada una de vuestras vigilias, mi dulce niño. Algún día, el imperio entero se postrará ante lo que mis ojos ya contemplan: un caballero honorable, digno de regir los destinos de su propia patria" susurró ella, con la voz quebrada por el protocolo.

A Tercero le importó un bledo si algún cortesano intrigante esforzaba la vista desde los balcones superiores para escudriñar el interior del carruaje, o si la lengua bífida del cochero esparcía chismes maliciosos entre la servidumbre. Desafiando toda etiqueta, el niño se inclinó hacia delante, enterrando el rostro en las suntuosas telas del vestido de su madre. La abrazó con desesperación, embriagándose por última vez con el aroma a lavanda y polvos de arroz de la mujer omega que personificaba su único refugio de paz. Ella, quebrando al fin su rigidez monárquica, le correspondió con idéntico fervor, no permitiendo que las lágrimas rodaran libremente y mancharan el terciopelo de sus hombros.

El desasimiento fue una tortura; un pinchazo agudo en el centro del pecho que amenazaba con infectarse con el paso de los años. La portezuela del carruaje se abrió de golpe con un chasquido metálico que sonó como un disparo. Afuera, un lacayo de facciones porcinas y cuerpo regordete aguardaba con una reverencia ensayada, flanqueado por otros sirvientes que ya confiscaban el equipaje con movimientos mecánicos antes vistos en los engranajes de un reloj bien pulido.

Tercero descendió al suelo de piedra fría. Mientras avanzaba hacia las fauces del palacio, se volvió por última vez y ella levantó la mano a modo de despedida. En el silencio de su mente, una promesa infantil resonó contra los muros de su nueva prisión: "Algún día, madre... ellos también verán lo que tú".

Una hilera de criados, rígidos y pálidos como lápidas, se alineaba a las puertas de la mansión, pero ni rastro del Imperio. En cuanto las ruedas del carruaje de la Duquesa se hundieron de nuevo en la niebla, el hombre regordete rompió su reverencia y saludó al joven heredero con una sonrisa untuosa:

"Pláceme veros de regreso en vuestro hogar, joven Tercero. Por favor, permitidme" dijo, extendiendo unos dedos rechonchos hacia el conejo de felpa.

Antes de que pudiera rozarlo, Tercero se aferró al juguete con una fuerza salvaje, apartándolo bruscamente de su alcance. El mayordomo enarcó una ceja ante semejante ordinariez, pero contuvo su lengua.

"Os escoltaré hasta el gran comedor; vuestra prolongada estadía en la capital bien os habrá hecho olvidar el plano de este palacio. Vuestro honorado padre no se puede permitir recibiros hoy, de modo que, tras la colación, os conduciré a vuestros aposentos."

La mansión se erigía imponente, hermosa y preñada de un lujo obsceno, pero el aire en su interior se sentía gélido, cargado con el peso de susurros familiares. Los salones, decorados con las fastuosas riquezas dignas del soberano de Alemania, asfixiaban cada rincón. Las ventanas eran tan monumentales que parecían diseñadas para intimidar, devorando la escasa luz del día en lugar de permitirle iluminar los pasos del niño.

El comedor era una vasta caverna de ecos. En el centro, una mesa de roble negro de la Selva Negra lucía tan colosal que ningún hombre común habría podido moverla en solitario. Una dócil criada, tras ejecutar una reverencia protocolaria, sirvió los alimentos y se evaporó de la habitación sin decir una palabra. Tercero comió en absoluta soledad. En aquel purgatorio, el aislamiento era el único alivio.

Hastiado del escrutinio que le esperaba afuera, el muchacho aprovechó un parpadeo de la servidumbre para escabullirse por una de las puertas laterales, su plato intacto no tardó en enfirarse. Evadió con astucia al criado regordete, internándose por pasillos que su memoria infantil recordaba a la perfección. Sin embargo, al aproximarse a la biblioteca imperial, el murmullo de voces aristocráticas detuvo sus pasos en seco. La nobleza de alta cuna esparcía su veneno:

"Se rumorea en la corte que la Duquesa prefiere el lecho de sus aposentos en Berlín antes que compartir una cena de Estado con sus propios consanguíneos. ¿No os parece una insubordinación intolerable?" siseó una baronesa, agitando su abanico de encaje.

"Esta época se ha infestado de holgazanes, adúlteros, cortesanas y embusteros" respondió un conde, acomodándose el monóculo "Nuestra tolerancia hacia tales bajezas está resultando excesiva."

"Pues bien saben vuestras mercedes que, fuera de este recinto, mis labios no pronunciarán ni el más leve susurro" intervino un marqués, con falsa prudencia "El respeto que profeso a nuestro soberano me impide mancillar el nombre de su esposa."

"O tal vez" replicó la baronesa con una risita maliciosa "os preocupa que la calidad de vuestra vajilla y vuestros títulos dependan de su gracia."

En ese instante, el mayordomo regordete, que venía persiguiendo el rastro del niño, apareció tras él en el umbral y carraspeó para cortar las intrigas, revelándolo con solemnidad hipócrita ante los nobles que ni siquiera lo habían visto escuchar tras la pared:

"¡Por favor! Contemplad, distinguidos señores. Es el joven Tercero, hijo de nuestro augusto amo, el Segundo Imperio Alemán, y de nuestra soberana Duquesa Amalie de Wittelsbach.."

Tercero los miró con una ceja alzada y una frialdad impropia de sus diez años. Sus ojos, brillantes y fijos como los de un felino, ignoraron por completo al sirviente, clavándose en la altiva mujer del abanico.

"He escuchado que os complacíais en desollar la reputación de mi predecesora, vuestra señora" dijo Tercero, dando un paso al frente con un tono desafiante que congeló la estancia. "Sin embargo, vuestro tono era tan lánguido que más bien semejaba el zumbido de un parásito. ¿Os faltará el valor para repetirlo en mi presencia?"

La baronesa se abanicó con violencia, conteniendo el aliento ante la audacia del omega. Tras recomponerse, clavó sus ojos ponzoñosos en el niño:

"Dentro de vuestras limitadas capacidades no debiera hallarse la osadía de juzgarme, muchacho. Recordad esto: solo los enemigos os arrullarán con mentiras piadosas; las personas de verdadera confianza os perturbarán con la verdad."

"Pues bueno," sentenció Tercero con una sonrisa gélida "al menos a los enemigos declarados no se les puede acusar de traición."

El mayordomo regordete, temiendo que la disputa escalara a oídos del Imperio, carraspeó con urgencia forzada:

"Joven Tercero, la hora es avanzada. Permitid que os muestre vuestros aposentos de inmediato."

El heredero se retiró, caminando de espaldas sin despegar sus ojos felinos de la aristócrata. En cuanto la pesada puerta de roble se cerró tras ellos, la baronesa estalló en indignación:

"¡Pequeño insolente! Deberían extirparle la lengua. Las nuevas generaciones padecen una alergia crónica al respeto común."

"Tiene la esencia sumisa de un omega," añadió el conde, mirando las puertas cerradas con un asco profundo "pero su corazón late con la soberbia destructiva de un alfa. Esta es, sin lugar a dudas, la prueba irrefutable de que nuestro magnífico orden social se está pudriendo desde la raíz."

Sepultado en la inmensidad de su lecho -un frío catafalco de sábanas almidonadas donde ni el calor de la buena Gertrud ni el tierno amparo de la Duquesa acudirían a arroparlo-, Tercero se encogió sobre sí mismo. En mitad de aquella penumbra hostil, hundió el rostro en el peluche de felpa; el juguete, bendito talismán, retenía aún las últimas y evanescentes trazas del perfume de lavanda de su madre. Aferrado a ese hilo de cordura, una mutación silenciosa comenzó a operarse en el pecho del niño. La debilidad dio paso a un rencor acerado. En el santuario de su mente, rodeado por las sombras chinescas que proyectaban los árboles muertos del exterior, Tercero se dictó a sí mismo un juramento solemne.

No se limitaría a demostrar el valor de su sangre, ignorando las limitaciones y el desprecio que la corte reservaba para su casta de omega. Iría más allá del mero orgullo familiar. Con los ojos fijos en la negrura del techo, juró que esculpiría su propio nombre en la piedra de la historia. Probaría ante el mundo, ante los nobles intrigantes y ante el mismísimo Segundo Imperio y el Káiser, que su existencia no era un error de la naturaleza, sino el nacimiento de una futura Potencia. Él no sería un peón en el tablero de su padre; sería la fuerza viva, el puño de hierro y la voluntad inquebrantable que rediseñaría las fronteras mismas de la nación en el mapa de Europa.

Él no sólo sería el Tercer Imperio; sería el único Imperio.