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Siete de la mañana. Hace un frío de cagarse, de esos que te hacen doler los dientes. Todos los cursos están formados para izar la bandera. Los de último año siempre llegan un poquito más tarde, con el mate abajo del brazo y una formación que se parece menos a una línea recta y más al recorrido de una montaña rusa. El director ya ni les dice nada, apenas suelta un suspiro resignado antes de desviar la mirada hacia los dos alumnos que esperaban junto al asta para levantar la bandera. El himno, o al menos la parte recortada que sonaba todas las mañanas, era cantado por la mayoría mientras la bandera subía lentamente. Pero Valko estaba distraído con otra cosa.
No era que Valko fuera un antipatria. Nacido un 9 de julio, es tan argentino como el Día de la Independencia, el mate y los pastelitos de membrillo. Pero, a unos metros más adelante, en la fila de mujeres, bastante más corta y sorprendentemente ordenada, estas vos. Parada derechita, cantando el himno mientras él apenas podía verte de espaldas. Y eso ya era suficiente. Su cabeza ya estaba maquinando mil y una formas de molestarte durante el día, porque, aparentemente, era el único lenguaje que conocía. Pero esa era apenas la punta del iceberg. Mucho más abajo, en ese lugar confuso donde se supone que va el corazón, cada vez que cruzaba una mirada con vos sentía que el pecho quería salírsele por la garganta. Valko está loquito por vos. Tipo mal.
El corto ritual matutino terminó y, con eso, Valko salió de su trance cuando otro alumno chocó contra él sin querer. No es que fuera difícil de ver. Todo lo contrario. Un poste era más discreto. Pobre pibe, probablemente sintió que se había estampado contra una pared. Valko bajó la vista hacia el alumno de primer año, que parecía cagado en las patas. "Perdón, perdón..." suplicó el chico. Valko no respondió. Se limitó a mirarlo en silencio, completamente serio. Pasaron unos segundos de silenciosa tortura hasta que, por fin, sonrió. "No pasa nada, capo." Dijo, dandole una palmadita en el hombro que hizo que el pobre pegara un saltito. A veces Valko no medía su propia fuerza. Tampoco ayudaba que se olvidara de lo intimidante que podía verse, a pesar de ser, en el fondo, un terroncito de azúcar. Un terroncito de azúcar hiperactivo. Después de esa breve interacción, que probablemente dejó traumado al chico por el resto de la semana, Valko se dio media vuelta y empezó a trotar hacia el taller, donde iba a compartir toda la mañana con vos. No podía esperar ni un segundo más para empezar a romperte las pelotas.
Valko ya estaba pensando en un millón de formas de llamar tu atención. Podía despeinarte el flequillo, robarte la cartuchera o, su favorita, esconderte los apuntes cinco minutos antes de que empezara la clase. Le encanta la forma en que lo retas. Capaz sonaba un poquito masoquista, pero no le importa. Lo único que le importa sos vos y esa carita chiquita que, estaba convencido, podría comerse de un solo bocado. Afectivamente, obvio. Es que cada vez que te veía era como inyectarse una dosis directa de cuteness-aggression en las venas. Solo quería verte enojadita, puteándolo con esa voz aguda que tenes mientras le exigís que te devolviera lo que fuera que te hubiera afanado esa vez. Qué verdadero salame. Un salame enamorado.
Todo el curso sabía que Valko estaba enganchadísimo con vos. Todos, menos vos... y, aparentemente, él también.
Al llegar al curso, el profesor ya estaba explicando lo que iban a hacer ese día. En el pizarrón había una forma extraña, mal dibujada, que debían recrear usando el torno. Valko se quedó parado junto a la puerta apenas un segundo, buscando con la mirada entre los pocos alumnos que habían sobrevivido hasta sexto. Como en toda buena escuela técnica, los que llegan a último no son los mismos que arrancaron en primero. Cuando por fin te encontró, encaró directo hacia tu banco. Estabas sola. Perfecto. Tranquilamente podía sentarse al lado tuyo, robarte la cartuchera y, si el universo estaba particularmente generoso, preguntarte si querías hacer el trabajo con él. Pero el universo tenía otros planes. De la nada sintió un tirón en la mochila que prácticamente lo sentó. Al darse vuelta descubrió a sus amigos, que ya le estaban haciendo lugar en la mesa. "Vas a hacer equipo con nosotros." Ni siquiera tuvieron el tupé de preguntarle su opinión. Primer obstáculo.
A Valko solo le quedó mirarte de lejos mientras tus amigas te rodeaban para hacer el trabajo. Pero la puta madre.
Una vez que el curso ya está en el taller, con los tornos encendidos y sus compañeros discutiendo por cuál equipo usa el único CNC primero, Valko, obviamente, te está buscando con la mirada. Y ahí estás vos, atándote el pelo para trabajar en el torno más cómoda. Un paso más cerca, después otro, y otro. Prácticamente ya está atrás tuyo. Desde donde está parado alcanza a sentir tu perfume. Algo suavecito, entre lavanda y vainilla. Lo memoriza automáticamente. Después se va a comprar un Saphirus con ese mismo aroma. En su cabeza, eso tiene muchísimo sentido. Podría hacer un millón de cosas.
Como…
"¿Te ayudo?" Vos te darías vuelta y, sin pensarlo demasiado, le alcanzarías la colita para el pelo. Valko la tomaría con cuidado antes de juntar tu cabello entre sus manos. Lo peinaría despacito con los dedos y después te lo ataría, ni muy ajustado ni muy flojo. Justo como a vos te gusta. "Listo." Vos sonreirías, le darías las gracias y lo mirarías directo a los ojos. Él tragaría saliva, intentando que el corazón dejara de hacer quilombo por cinco segundos. "Te queda muy lindo." Y vos te sonrojarías apenas.
…
"¡Valko!" Pegó un saltito. Uno de sus compañeros acababa de tirarle un trapo al hombro. "¿Qué hacés parado como un boludo? Vení que ya nos toca." La fantasía se hizo añicos en menos de un segundo. De la nada sentís un tirón en el pelo recién atado. No es fuerte, pero sí lo suficiente como para hacerse notar. Suspirás, cansada. Ni siquiera necesitás darte vuelta para saber quién es el culpable. Solo hay una persona lo suficientemente idiota como para hacer algo así. Aun así, te das vuelta. Ahí está Valko, sonriendo con esa cara de inocente que no convence absolutamente a nadie. Lo mirás con los ojos entrecerrados. "¿Qué?" le preguntas con un tono cortante. El responde "Nada, nada." Y sigue sonriendo como un verdadero boludo. Segundo obstáculo, el mismo.
"Valko, vení, boludo." Sus amigos vuelven a llamarlo. Él se da media vuelta y va con ellos antes de que pueda hacer otra boludez. Tipo… Confesarte su amor incondicional. No, mejor no. En el recreo te encontrara.
—
Cuarenta minutos más tarde, el timbre que anunciaba el recreo suena y el taller se vacía en cuestión de segundos, como si fuera a explotar. Valko sale con sus amigos, pero, automáticamente, ya te está buscando con la mirada. Ellos, obviamente, no tardan en darse cuenta. "¿Buscando a tu novia, Valko?" Las cargadas no se hacen esperar. Se empujan entre ellos mientras se cagan de risa, pero Valko apenas les presta atención. Ya te encontró. Estás sentada en el piso, apoyada contra una columna, mirando el celular. Solita. Algo le aprieta el pecho. Quiere ir a hacerte compañía. Hablarte sin necesidad de molestarte. Preguntarte qué hacés, cuál es tu color favorito, qué música escuchás… Cuántos hijos pensás tener con él. Él considera que cuatro está bastante bien. Qué tipo completamente delirante.
"Valko, ¿vas a jugar a la pelota?" Uno de los chicos le pregunta y Valko voltea apenas para contestarle. "No, no. Voy a..." Pero cuando vuelve a mirar hacia donde estabas hace apenas unos segundos, ya no te encuentra. "¿Qué?" Mira para la izquierda. Nada. Nomás hay una parejita dándose cariño y unos comelibros de esos que leen hasta en el recreo y, encima, les recuerdan a los profes que había tarea. Mira para la derecha. Ahí están las chicas. Tus amigas, capaz. O compañeras. La verdad, no tiene idea. Ellas lo saludan con la mano. Él les devuelve el saludo desde lejos, pero no le dan los huevos para acercarse a preguntar por vos. No sabe muy bien por qué. Capaz porque ellas son bastante cargosas con él. Capaz porque tiene miedo de que te hagan una idea equivocada. Él es cien por ciento fiel a su relación… Que no existe. Valko suspira, se da media vuelta y mira a sus amigos. "Bueno... pero un solo partido."
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En la canchita minúscula del fondo del patio ya están armando un cinco contra cinco. Valko se saca el buzo, quedando solo con la remera gris de la escuela y unos jeans que, sinceramente, no parecen la mejor opción para jugar al fútbol, pero a él poco le importa. Alrededor de la cancha se forma una pequeña tribuna. Los de primero, que miran a los de último como si fueran celebridades. Algunas chicas que, probablemente, esperan verlo meter un gol. Y la preceptora, parada con los brazos cruzados, lista para secuestrar la pelota apenas el partido amistoso se convierta en una guerra civil.
Le hacen un pase a Valko. Él esquiva a uno que le venía enfrente. Después a otro del costado. Sigue encarando hacia el arco. Más cerca, más cerca. Y, con una última patada, clava la pelota contra la red. Gol.
Se escuchan algunos gritos y aplausos desde la tribuna. Valko, por supuesto, gira la cabeza para disfrutar un poquito del momento y subirse el ego. Total, por cinco segundos puede sentirse campeón del mundo. Y entonces te ve. Ahí estás vos. Mirándolo. Lo estás mirando a él. ¿Cierto? ¿A quién más podrías estar mirando si no es a él? Se queda completamente embobado. Sin darse cuenta, sus piernas empiezan a caminar solas en tu dirección. Está cada vez más cerca. ¿Qué te va a decir? ¿Que el sol te queda hermoso? ¿Que todavía se acuerda de tu perfume? ¿Que en realidad nunca quiso tirarte del pelo y que lo único que quería era decirte lo linda que sos? Capaz hasta pedirte perdón por ser tan malo comunicando lo que siente. Tu nombre ya empieza a formarse en su boca. Vos levantás la vista. Lo mirás. Y, en ese exacto segundo… "¡Valko, cuidado!" Muy tarde. La pelota le pega de lleno en la cara.
"¡Valko!" Tu voz se escucha suave entre el mar de "Uhhh..." que invade la canchita. Mientras se frota la frente, todavía medio aturdido por el pelotazo, te ve caminar directo hacia él. La preceptora ya le confiscó la pelota al culpable y ahora lo está retando como si acabara de cometer un crimen de guerra. Valko levanta la vista y el corazón se le detiene por un segundo. Después vuelve a latir, a mil por hora. Estás preocupada por él. Vos. Preocupada. Por él. No puede ser. Capaz el pelotazo fue más fuerte de lo que parecía. Capaz se murió. Sí, eso explica todo, debe estar en el cielo. Porque ahí estás vos, parada frente a él, preguntándole algo. Algo que no llega a entender, todavía está medio mareado. "¿Mmm? ¿Qué dijiste?" Se agacha apenas para escucharte mejor. "Que si necesitás hielo."
… Sí. Definitivamente está muerto. No existe otra explicación lógica para que vos le estés preguntando si necesita hielo después de que una pelota le desfigurara la cara. Probablemente seas un ángel. Un ángel que, por algún motivo, decidió tener exactamente la cara de la persona que Valko más ama en el mundo. Sí, tiene muchísimo sentido. Valko está tan cerca de tu cara que está seguro de que podría contar cada pestaña que enmarca tus hermosos ojos. Nunca se había dado cuenta de que tenías unas pequitas diminutas sobre la nariz. O capaz siempre estuvieron ahí y él recién ahora reúne el valor suficiente para mirarte de tan cerca. Qué linda que sos.
No, no está muerto. Porque, justo en ese momento, la voz de la preceptora rompe por completo la atmósfera romántica que se había formado. O, mejor dicho, la atmósfera romántica que él juraba que se había formado. "Valko, a preceptoría. Hay que ponerte algo en la cabeza antes de que se te haga un chichón." Él ni siquiera responde enseguida.
Sigue mirándote un segundo más, completamente convencido de que, si la preceptora hubiera esperado treinta segundos más, capaz hasta se animaba a decirte algo lindo. No lo iba a hacer. Pero él estaba convencidisimo de que sí. Tercer obstáculo.
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Después de pasar un rato en preceptoría hasta que se le fue el mareo, Valko volvió al salón. El profesor todavía no había llegado, lo que solo podía significar una cosa: el curso era un completo caos. Hoy el universo parecía haberse levantado con ganas de cagarle el día. Resignado, fue a sentarse con sus amigos. Ellos, como siempre, estaban jodiendo entre sí, riéndose por cualquier pavada y empujándose de un banco al otro. Pero apenas lo vieron llegar, se dieron cuenta de que algo andaba raro. Valko estaba demasiado callado. El silencio duró apenas unos segundos, hasta que el más honesto del grupo decidió decir lo que todos estaban pensando. "Si te gusta, andá a hablarle normal." Valko levantó apenas la vista. "No siempre tenés que molestarla." Lo peor de todo… Es que tenía razón.
El labio inferior de Valko se estiró en un puchero completamente ridículo para un tipo de un metro ochenta y siete, ancho de hombros como un ropero y con una pinta de que podía ir a la guerra al día siguiente sin despeinarse. Suspiró. Después miró por encima del hombro, ahí estabas vos, sentada sola en tu banco, con unos auriculares de cable puestos y la vista clavada en el celular, completamente ajena a la crisis existencial que él estaba teniendo a tres metros de distancia. Capaz sus amigos tenían razón, capaz, por una vez en su vida, podía intentar hablarte como una persona normal. Sin esconderte la cartuchera, sin tirarte del pelo, sin decirte "enana" apenas abrieras la boca. Qué difícil sonaba todo eso. "Bueno..." No dijo nada más. Se levantó de la silla con la misma determinación de un condenado caminando hacia el cadalso y empezó a acercarse a tu banco. Con un poco de suerte, esta vez no la iba a cagar.
"Eu..." Apoyándose sobre tu banco, con los brazos cruzados y fingiendo una tranquilidad que no existía, Valko te habló. Normal. Tranquilo. No te robó la cartuchera, no te dijo "enana", no te despeinó, ni siquiera intentó molestarte. Todo un logro. Cuando por fin levantaste la vista para mirarlo, el boludo... digo, Valko, tragó saliva antes de volver a abrir la boca. "¿Viste el partido anoche?" Negaste con la cabeza. "Nomás el primer tiempo. Me dormí." Valko asintió. "Mhmm..."
…
…
Y ahí se terminó la conversación. La pierna le temblaba sola de los nervios. Sentía el corazón golpeándole contra las costillas como si quisiera escaparse de una vez por todas, y por más que lo intentaba, era incapaz de sostenerte la mirada. Bueno. Hasta ahí había llegado el Valko sociable. "Bueno... chau." Se dio media vuelta y volvió caminando hacia su banco con la dignidad de un perro al que retaron por comerse una milanesa de la mesada. Sus cuatro amigos lo siguieron con la mirada. Uno se agarró la cabeza. Otro se pegó una palmada en la frente. El tercero directamente cerró los ojos del dolor. "Sos un boludazo." Cuarto obstáculo, Valko.
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Pasó un segundo recreo. Una hora libre entre la salida de la mañana y la entrada de la tarde. un tercer recreo, un cuarto recreo y nada. El universo había ganado. Ya era la hora de la salida. Después de arriar la bandera y de que cada curso abandonara la escuela como si estuviera escapando de un incendio, Valko finalmente estaba afuera. El frío ahora sí se hacía sentir. Mucho más que a las siete de la mañana. Fue ahí cuando cayó. "...La puta madre." Se había olvidado el buzo adentro. Justo cuando estaba por darse media vuelta para volver a buscarlo, casi se lleva a alguien por delante. Bah… En realidad casi te lleva puesta a vos. Estabas parada justo detrás de él y, bueno... sos medio bajita. No te había visto. "Uy, perdón. No te vi." Recién entonces bajó la vista.
En tus manos estaba su buzo. "Te lo dejaste en la cancha. Te lo traje." Y a Valko casi se le sale el corazón por la boca. No. Vos no podías existir de verdad. Eras un ángel, literalmente un ángel. Mientras le alcanzabas el buzo, él dio medio paso hacia atrás y negó despacito con la cabeza. "No, quedátelo. Me parece que vos tenés más frío." Era una mentira descarada. Valko se estaba cagando de frío y vos, sinceramente, parecías bastante más abrigada que él. Pero quería que te llevaras algo suyo. Aunque fuera por un rato. "¿Seguro?" La pregunta fue tan simple que, en la cabeza de Valko, sonó como una propuesta de matrimonio. Por un segundo estuvo convencido de que podía arrodillarse ahí mismo y pedirte casamiento con un Ring Pop que llevaba dando vueltas en el fondo de la mochila desde hacía semanas. No lo hizo. Porque era una persona mentalmente estable. (Mentira.)
En ese momento una idea se le cruzó por la cabeza. Usualmente, las ideas de Valko eran bastante cuestionables. Pero esta… Esta tenía futuro. "¿Vos vivís para ese lado, no?" Preguntó mientras señalaba hacia el norte. Te había visto caminar por esa misma calle tantas veces que ya se sabía de memoria el recorrido. "Te acompaño. Yo también voy para allá." Mentira. Valko vivía para el lado completamente contrario. Y, de hecho, vos probablemente lo supieras. Aun así… Asentiste. "Dale. A veces es medio aburrido volver sola." El corazón le dio un vuelco. Quería abrazarte hasta dejarte sin aire. Quería decirte que la idea de acompañarte todos los días le parecía el mejor plan que había escuchado en toda su vida. Quería contarte que había pasado el día entero intentando hablarte como una persona normal y que había fracasado de maneras cada vez más creativas. Pero no hizo nada de eso. Simplemente empezó a caminar a tu lado. Sin empujarte, sin esconderte la cartuchera, sin tirarte del pelo. Y, por primera vez en todo el día… El silencio entre ustedes no se sintió incómodo. Quinto obstaculo, superado.
Llegaron a una esquina y, de repente, te detuviste. Valko frenó un paso más adelante antes de darse vuelta para mirarte. Vos también giraste hacia él y le regalaste una sonrisita que, sinceramente, debería ser ilegal. "Gracias por acompañarme, Valko." Él sintió que el pecho se le apretaba otra vez. "No... de nada." Entonces diste un pequeño paso hacia adelante, después otro. Te pusiste de puntitas para alcanzarlo y empezaste a acercarte a su cara. Fue todo tan rápido que el cerebro de Valko entró en pánico.
¿Me va a besar? No, seguro es un beso en el cachete. ¿Y si no? ¿Y si sí?
En un acto completamente reflejo, giró apenas la cabeza. Lo que vos habías calculado como un inocente beso en el cachete terminó convirtiéndose en un pico. Silencio. Los dos se quedaron completamente congelados. Fuiste la primera en reaccionar. Te separaste de golpe, llevándote una mano a la boca. "Perdón... perdón. Pensé que..." No pudiste terminar la frase. Valko seguía mirándote con los ojos completamente abiertos, los cachetes colorados hasta las orejas y la boca apenas entreabierta. Lo habías besado. Bueno… Técnicamente él también te había besado a vos. Había sido un accidente. El mejor accidente de toda su vida. Estaba tan seguro de que podías escucharle el corazón que, sinceramente, le sorprendía que no hubiera salido disparado del pecho. "...¿Otra vez?" Las palabras escaparon de su boca antes de que pudiera detenerlas. "...Otra vez, por favor."
Nunca habías visto a Valko así. Pidiendo "por favor" después de un simple beso. Decir que Valko no te gustaba sería una mentira más grande que una casa. Así que, después de tragar saliva, asentiste despacito. Volviste a ponerte de puntitas. Esta vez, sin accidentes, esta vez, sabiendo exactamente lo que ibas a hacer. Y lo besaste. Las manos de Valko encontraron enseguida tus mejillas, sosteniéndote con una delicadeza que nadie imaginaría en alguien capaz de arrancar un torno de la mesa si se lo propusiera. El beso no fue largo, ni apasionado. Fue suave, lento. Lleno de ese cariño que los dos llevaban meses, capaz años, intentando decir sin encontrar las palabras. Porque nunca fueron buenos hablando. Fueron mejores robando cartucheras, tirando del pelo, empujoncitos en el pasillo, miradas que duraban un segundo de más, y silencios que, sin darse cuenta, decían muchísimo. Cuando finalmente se separaron, Valko seguía sonriendo como un completo idiota. Ya podía morirse feliz. … No. Primero tenían que casarse. Y después tener cuatro hijos. Recién ahí podía morirse feliz. Con su delirio completamente intacto.
