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No fue nada.

Summary:

Lisandro y Cristian habían sido amigos. Muy amigos.

Hasta que una noche en Qatar, después de ganar el Mundial, algo pasó entre ellos.

Cuatro años más tarde, una nueva convocatoria los obliga a reencontrarse. Lisandro intenta convencerse de que ya no duele. Cristian intenta fingir que nada cambió.

Pero algunas cosas no desaparecen solo porque alguien diga que no fueron nada.

Notes:

Esto es una obra de ficción. No representa hechos reales ni la vida privada de las personas mencionadas.

No sé qué estoy haciendo, pero necesitaba escribir algo y Cutilicha fue una buena opción.
Gracias por leer.

Chapter 1: Prólogo

Chapter Text

Cuatro años habían pasado.

Cuatro años desde que Argentina había vuelto a tocar el cielo con las manos. Desde aquella noche en Lusail en la que el tiempo pareció detenerse justo antes de que Montiel caminara hacia la pelota. Desde el penal, el grito, las lágrimas, los abrazos y esa copa dorada levantada bajo las luces de Qatar como si pesara menos que todos los años de espera.

Habían sido campeones del mundo.

Campeones de verdad. Con la camiseta empapada, la voz rota y el cuerpo cansado de correr, sufrir y creer hasta el último segundo. Habían sobrevivido a Francia, a Mbappé, al alargue, a los penales y a esa costumbre tan argentina de hacer dramático incluso lo imposible.

Después vinieron los festejos.

Primero en Qatar, con el vestuario convertido en una mezcla de locura, llanto y canciones desafinadas. La copa pasaba de mano en mano. Algunos llamaban a sus familias, otros grababan videos, otros se abrazaban sin saber muy bien qué decir. Nadie parecía entender del todo lo que acababa de pasar.

Lisandro tampoco.

Cristian, menos.

Molina, como siempre, estaba ahí en el medio de los dos. Porque así habían sido durante mucho tiempo: los tres. En los entrenamientos, en las concentraciones, en los viajes, en los chistes que nadie más entendía. Molina se reía de las peleas tontas entre ellos, Cuti exageraba todo, Lisandro fingía fastidio y al final siempre terminaban juntos.

Eran amigos.

Muy amigos.

De esos que no necesitaban explicar demasiado. De esos que se buscaban con la mirada después de una jugada, que se entendían en medio del ruido, que podían molestarse durante horas y aun así sentarse uno al lado del otro como si nada.

Pero esa noche algo cambió.

No al principio. Al principio todo fue festejo, gritos, fotos, canciones y abrazos que se confundían con cualquier otro abrazo. Nadie habría podido notar nada raro. Nadie habría podido decir en qué momento exacto la alegría empezó a mezclarse con otra cosa.

Lisandro sí.

Lisandro recordaba demasiado bien el pasillo. La música quedando lejos. La voz de Cristian más baja de lo normal. La forma en que lo había mirado, como si por una vez no supiera qué hacer con todo lo que sentía.

Y después...

Después estaba eso que Lisandro había intentado borrar durante años.

Eso que no tenía que haber pasado.

Eso que Cristian, apenas unas horas más tarde, había decidido negar con una facilidad que todavía dolía.

“No fue nada.”

Tres palabras.

Nada más que eso.

Cristian las había dicho casi sin mirarlo, como si con repetirlas pudiera volver atrás, acomodar la noche, desarmar el instante, fingir que entre ellos no se había quebrado algo para siempre.

Lisandro no le respondió.

No porque no tuviera nada para decir, sino porque tenía demasiado. Porque si abría la boca, tal vez iba a decir la verdad. Y la verdad, en ese momento, parecía mucho más peligrosa que el silencio.

Después vino Argentina.

Ezeiza, la gente en las calles, los balcones llenos, las camisetas celestes y blancas multiplicándose por todos lados. El país entero festejaba. Buenos Aires era una fiesta interminable. Todos querían verlos, tocarlos, agradecerles, ser parte de ese pedazo de historia.

Y ellos sonreían para las cámaras.

Cuti saludaba.

Molina cantaba.

Lisandro levantaba la mano, se reía cuando tenía que reírse y miraba hacia otro lado cada vez que Cristian estaba demasiado cerca.

Para el mundo, seguían siendo los campeones.

Para todos, seguían siendo los mismos.

Pero Lisandro sabía que no.

Porque esa noche no había terminado cuando Argentina levantó la copa.

Para él, esa noche había terminado mucho después, con Cristian Romero negando lo único que Lisandro no había podido dejar de sentir.

Bueno, si uno se ponía minucioso, en realidad no habían pasado exactamente cuatro años. Habían pasado tres años, algunos meses y una cantidad ridícula de días que Lisandro no tenía ninguna intención de contar.

Porque contar los días volvía todo más patético.

Más evidente.

Más difícil de negar.

Y Cristian ya había negado suficiente por los dos.