Actions

Work Header

¿Me concedes este baile?

Summary:

Es la Noche de las Bestias y Darien, aunque debería estar feliz por regresar por fin a su hogar, siente que está a punto de romperse en mil pedazos. Hasta que unos ojos azules lo encuentran entre la multitud, una mano se extiende ante él y Caleb —a modo de despedida o de súplica, no está seguro— le pide un último baile.

 

Versión alternativa de la Noche de las Bestias en la que Lilith y Nathan no interrumpen la conversación entre Darien y Caleb.

Notes:

Ya lo he dicho en las tags, pero de verdad que esto no es más que todo el angst de su última conversación repetido durante un baile. Pero qué puedo decir. Echaba de menos a mis niños, me apetecía hacerlos llorar un rato, y necesitaba verlos al menos tocarse una última vez y tener una conversación (más o menos) sin que los interrumpieran Lilith y Nathan (son mis hijos pero no podían haber aparecido en peor momento).

Feliz día del orgullo :)

Work Text:

El necromante cubre el último paso que los separa.

—Darien, mírame.

Pero él se niega a hacerlo. No puede.

Caleb suspira. Sus ojos azules observan a Darien a través de sus pestañas cuando extiende una mano hacia él.

—Si realmente te vas a marchar —dice en voz baja—, por lo menos concédeme un baile.

Darien vacila, cerrando las manos en puños para ocultar lo mucho que tiemblan.

—Si esto es algún plan para convencerme de que me quede…

—No hay ningún plan —dice Caleb, y la derrota en su voz convence a Darien de que está diciendo la verdad—. No hay nada. Solo… Quiero por lo menos poder despedirme.

Darien aprieta los labios, todavía mirando la mano que Caleb le ofrece. Esta es una mala idea, y lo sabe. Sabe que aceptar la mano del necromante y seguirle hacia la masa de gente que se prepara para bailar es una idea horrorosa, que solo va a causarle más dolor del que ya siente.

También sabe que no hay una sola vida en la que no entrelaza los dedos con los del chico que tiene delante y tira de él hacia la multitud.

Se colocan en un hueco entre las parejas. Caleb da un paso hacia él, haciendo que trague aire bruscamente, y se coloca la mano izquierda de Darien en el hombro, para después curvar sus propios dedos sobre la cintura del celestial. A continuación, Caleb coge la otra mano de Darien y la lleva hasta su pecho, justo encima de su corazón, que late desbocado bajo la túnica negra.

Una música serena, como el fluir de un río bajo la luz de la luna, empieza a sonar, y necromante y celestial comienzan moverse, la mano del primero todavía cubriendo la que reposa sobre su pecho. Caleb guía a Darien en un baile lento, tan sencillo que el celestial no tiene ningún problema para seguirlo. Le recuerda un poco a los bailes de las bodas de los celestiales, lleno de giros amplios y pasos hacia delante y hacia atrás. Se alejan y se vuelven a acercar, se separan hasta quedar unidos solo por las puntas de sus dedos y un instante después se aferran el uno al otro, sus cuerpos a centímetros de distancia mientras sus ojos se encuentran a través de las máscaras.

Dan una vuelta que los deja casi de espaldas y otra que los vuelve a situar de cara. Caleb inclina la cabeza para poder seguir mirando a Darien, y este no puede evitar pensar que el baile que están realizando es similar al que lleva meses desarrollándose entre ellos. Cerca y después lejos, se apartan para esconderse de la vista del otro y se vuelven a encontrar, viéndose por todo lo que son.

Y tal vez sea eso lo que lanza una punzada al corazón de Darien cada vez que atisba el azul de los ojos de Caleb, lo que hace que los dedos le duelan cada vez que suelta su mano. Darien pasó las dos primeras décadas de su vida rodeado de gente en el Templo, pero Caleb fue la primera persona que realmente lo vio a él. La primera persona que quiso hacerlo.

Mientras que sus compañeros lo rehuían por temor a sus poderes, Caleb lo retaba a superarse a sí mismo; mientras que sus profesores negaban con la cabeza y chasqueaban la lengua cada vez que fallaba, Caleb lo miraba con admiración, viendo cada logro y cada error como un paso más hacia hacerse con el control de su don. Para sus amigos había sido alguien casi reemplazable, el chico callado que se sentaba a su lado para reírse de sus bromas y escuchar sus historias. Pero desde que eso que había entre ellos había evolucionado de odio a rivalidad y de ahí a curiosidad, Caleb lo buscaba en cada esquina; no a sus oídos ni a sus risas, sino a él. Le había enseñado la biblioteca cuando Darien lo había pedido, lo había llevado al jardín tras verlo emocionarse por la idea, había permitido que se colara en su grupo de amigos, en su familia, y todos lo habían aceptado como uno más.

Se había sentido más apreciado durante las últimas semanas con un grupo de personas que hacía tres meses eran simples desconocidos, que en todos los años que había vivido en Daiva.

Y es eso, precisamente eso, lo que llena de lágrimas los ojos de Darien, a pesar de que se niega a dejarlas caer; lo que hace que siga agarrado a Caleb incluso cuando la canción termina y todas las parejas se separan.

—¿Darien? —dice Caleb con vacilación, su boca casi acariciando el nombre al tiempo que su pulgar traza círculos sobre la piel del celestial.

Y el otro no puede hacer otra cosa que decir:

—Bailemos una canción más.

Porque a pesar de que hace unos meses —ni siquiera eso, unas semanas— le habría parecido imposible, lo cierto es que ahora su corazón late por ese chico que, con una pequeña sonrisa, se acerca más y vuelve a tirar de él en un nuevo baile.

No es justo. No es justo que los dioses tengan el poder de arrebatarle el mejor hogar que ha conocido solo porque dos personas que no son ellos —por mucho que sus almas sean las mismas, por mucho que Darien pueda ver sus recuerdos— cometieron un error hace mil años. No es justo que todo lo que vaya a quedar de esta noche sean lágrimas, retazos de un futuro que ya nunca podrá tener y un medallón que se siente demasiado frío al tacto.

Pero no es todo culpa de los dioses, ¿verdad? Porque Caleb está aquí, todavía dispuesto a luchar por ellos, sin importar el final que se les ha prometido. Caleb no se ha rendido.

Pero Darien es un cobarde, y por eso agacha la cabeza cuando ya no puede contener más las lágrimas, por eso esconde la cara en el pecho del necromante y entierra los dedos en la tela negra de su túnica.

Por eso no dice nada cuando escucha la voz temblorosa de Caleb susurrar su nombre.

—Darien —repite Caleb, y suelta su mano para acariciarle la mejilla y secarle con el dedo una lágrima, con tanta delicadeza que Darien es incapaz de contener el sollozo que le sacude el cuerpo—. Darien.

El celestial cierra los ojos, apretando la mejilla contra la palma de Caleb, inspirando hondo.

—Lo siento… Siento que las cosas hayan ocurrido así. Siento ser demasiado débil para enfrentarme a los dioses. Siento que tengan el poder de separarnos. No es justo, no es nada justo.

Caleb niega con la cabeza.

—No eres débil —susurra, acercando el rostro al de Darien—. Pero tienes razón, no es justo. No tienen ningún derecho a hacernos esto.

Son este tipo de cosas las que le hacen odiar un poquito a Caleb, solo un poquito, porque no sabe cómo va a lograr apartarse de él después de sentir sus dedos en la mejilla y escuchar su voz suave y cálida junto al oído.

—No tenemos por qué dejarles hacerlo —dice Caleb, mirándolo a los ojos—. Ya sabes que estoy dispuesto. Pídelo y nos iremos. A Arsay, a Daiva, a donde quieras. Solo pídelo. —Se le rompe la voz en la última palabra—. Tú mismo lo dijiste: podemos forjar nuestro propio destino, al margen de la voluntad de los dioses. Juntos.

—Caleb…

—No tenemos por qué ser peones. Por favor. —Apoya la frente sobre la de Darien. Hace rato que han dejado de bailar, congelados entre todos los cuerpos que aún se mueven a su alrededor, atrapados en este momento que parece existir fuera del tiempo—. Por favor, no te vayas sin mí. No me dejes.

Darien se obliga a tragarse un sollozo, a apartar la cara y soltar a Caleb un instante para secarse las lágrimas, aunque no puede evitar que inmediatamente después su mano vuelva a donde estaba antes, apoyada contra el cuello de Caleb.

—Tengo que irme, y lo sabes. Ambos lo sabemos. Suena muy fácil dicho así, desafiar la voluntad de los dioses, pero no es tan sencillo, nunca va a serlo. Solo vamos a conseguir hacernos daño el uno al otro.

—¿Y crees que esto no me hace daño?

Darien alza el pulgar y lo desliza sobre su mandíbula.

—Si esto ya duele como lo hace —murmura, incapaz de mirarlo a los ojos y en su lugar clavando la vista en esos labios cuyo sabor ya se ha aprendido de memoria—, si irme ahora ya me hace sentir como si alguien me hubiera clavado un puñal en el pecho y lo estuviera retorciendo, y nunca fuera a dejar de hacerlo… ¿Cómo esperas que huya contigo, que pase años de mi vida junto a ti, para luego perderte, sabiendo que jamás volveremos a vernos? ¿Cómo puedes pedirme eso? ¿Cómo puedo pedírtelo yo a ti? —Traga saliva, luchando contra el nudo que lleva horas asentado en su garganta—. Separarnos es la única forma de mantenernos a salvo a ambos. Es lo único que podemos hacer.

Caleb entierra los dedos en su pelo, le acaricia suavemente el pómulo con el pulgar.

—No digas eso, celestial —dice con voz estrangulada—. Tiene que haber otra forma.

La segunda canción termina. Darien mira al chico ante él; sabe que si no se aparta ahora, si no se marcha en este intervalo, en este pequeño silencio en medio del caos, nunca va a ser capaz de hacerlo. 

Suelta la mano de Caleb, aparta la que tiene apoyada sobre su cuello, y da un paso atrás.

—Lo siento —solloza, retrocediendo otro paso. Las palabras «te quiero» se asoman al borde de su lengua, amenazan con caer, pero sabe que no puede hacerle eso a Caleb, que no puede cargarlo con unos sentimientos que inmediatamente después le va a arrebatar. Así que se las traga y agacha la cabeza—. Lo siento.

—Darien —suplica Caleb, pero antes de que pueda avanzar hacia él, Darien ya está corriendo en busca de sus amigos, huyendo de ese chico que le ha hecho sentir como la estrella más brillante en el firmamento, que le ha permitido creer, durante unas semanas, que podía ser algo más de lo que le han enseñado que debía ser.

Darien huye, se aleja, y no se permite a sí mismo mirar atrás.