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Lautaro no para en su casa hace semanas, está en la casa de una amiga o en lo de una vecina, o en el kiosco de su hermana atendiendo y si puede los fines de semana sale a bailar a los boliches más alejados del barrio, con conocidas o amigas que se animan a ir más lejos. Vuelve muy tarde para que el sueño lo venza y dormirse apenas toca la cama. Le funciona porque de esa forma no pasa tanto tiempo maquinando, si piensa mucho se vuelve a enojar y si se enoja quiere ir a patear la puerta de la casa a Manuel.
Llevan mes y medio de contacto cero y eso es un montón para ellos considerando que pasaban los fines de semana juntos, Lautaro lo pasaba a buscar al laburo todos los días, dormían la siesta juntos y muchas veces amanecían juntos. Todo el tiempo que podían lo pasaban así, juntos. Desde los quince años, con idas y vueltas, siempre encontrando la forma de volver a los brazos del otro.
Pero el re pelotudo de Manuel tuvo que ir y cagar todo lo que estaban construyendo. No solo serle infiel con la primera trola que se le cruzó, sino cagar los dos años que llevaba limpio con la primera trola que se le cruzó con una bolsa de merca en la mano.
Cuando entró a la casa de Manuel y lo encontró durmiendo con una mina al lado se le rompió el corazón, pero cuando en la mesita de luz vio un espejo con un polvo blanco que reconocía demasiado bien, se le partió el mundo entero. Esa noche había recibido un mensaje por Instagram de Nati, una vecina de Manuel con la que se había agarrado a las piñas varias veces porque ella le tiene ganas a su novio y cada vez que puede se le tira encima. Cuando vio que era ella quien le había hablado lo sorprendió de la peor manera y cuando abrió el mensaje su primera reacción fue no creerle porque es una embrollera y siempre aprovechaba cualquier pelea de ellos para mandarle un mensaje a su novio y tirarle onda.
Sin embargo, esa noche era la tercera noche que no dormían juntos ni se mandaban mensajes, habían discutido por una boludes. Eran fechas difíciles para él, todo era un detonante para el caos y Lautaro a veces estaba cansado de sostener situaciones. Ni se acuerda cuál fue el motivo de la pelea, lo que sí se acuerda es que Manuel salió dando un portazo de su casa, puteando y Lautaro no se quedó atrás. Entonces por eso hubo algo que lo llevó esa noche a la casa de Manuel. Tenía la llave, desde los veinte años que la tenía porque es su segunda casa, entra y lo recibe un silencio atroz que lo rompe un aturdimiento cuando se encuentra con esa escena en la pieza que compartían hace tantos años.
Estaba durmiendo desparramado con una mina encima de su espalda, una botella de vino tirada en el piso con su mano rozandola mientras colgaba por un lado de la cama y encima de la mesita de luz aquello que de lo que tanto renegó.
La furia que sintió en ese momento no era la primera vez que la sentía. Solía tener esos arrebatos impulsivos que no lo dejaban en buen puerto, pero en el momento que sucedían le parecían muy lógicos y razonables.
Empezó a revolear cosas en dirección a la cama, a ellos, a las paredes, empezó a patear la mesita de luz. Agarró el espejo y lo estrelló contra la pared; no paraban de salir insultos uno detrás de otro y en el frenesí no registró cuando la chica salió corriendo de la habitación, aunque está seguro que le gritó: si, corré ahora, falopera de mierda, trola reventada. ¡Corré antes de que te reviente! Mientras salía por la puerta con la ropa a medio poner.
Manuel intentó agarrarlo de los brazos, abrazarlo, tirarlo al piso y ocultar la evidencia. Intentó muchas cosas al mismo tiempo mientras tenía saliva seca en la comisura de su boca, labial en el pecho y los ojos rojos, por la droga y por las lágrimas. No paró de pedirle perdón, rogarle que parara, decirle que lo escuchara y "perdón, amor. Perdón. Te juro que no vuelve a pasar. Te amo, escuchame. Amor."
Pero Lautaro esa noche estaba cansado, realmente cansado de sostener a Manuel y que nunca pudieran construir algo serio y estable. Todo siempre era un quilombo, peleas, cuernos, droga, sus familias y una lista interminable de problemas desde los quince años que se cruzaron en una joda del hermano mayor de Manuel. Desde ese momento, no pudieron separarse e intentaron con toda su fuerzas seguir juntos contra todo y todos, posta, se pelearon con cualquier persona que intentaba meterse o les decían que "Lautaro es un loco de mierda, es re posesivo" y de los que decían "Manuel es un falopero, no va a cambiar más."
Le dolía terminar dándole la razón a todos esas personas. Porque sí, Lautaro es un loco de mierda y sí, Manuel es un falopero. Todos tienen razón y no hay nada que ellos dos puedan hacer para demostrarles lo contrario por mucho que lo quisieran y trataran.
Así que en su arrebato de furia empezó a agarrar todas sus cosas que estaban en la habitación de Manuel y en el resto de la casa, su ropa, su perfume, sus peluches, plata que tenía encanutada, su cepillo de dientes. Empezó a guardar todo en una bolsa de consorcio que encontró en un cajón de la cocina con Manuel arrastrándose detrás de él, literalmente, arrodillado pidiéndole que no se vaya y sin parar de llorar.
Cuando salió de la casa con lagrimas de sus ojos y los gritos de Manuel detrás de él da un portazo con el portón que ya estaba bastante flojo y ve a las vecinas en la vereda, parando la oreja y fingiendo muy mal que en realidad estaban chusmeando lo que estaba sucediendo en la casa. Como hacían continuamente. Lautaro las fulmina con la mirada y les dice de todo menos buenos días; se va hasta su casa sin mirar atrás.
Son semanas terribles para Lautaro, semanas en las que no sabe ni quiere saber nada sobre Manuel; pero los rumores le llegan, quiera o no, le llegan por conocidos, por amigos, por la de la verdulería, cuando espera en el bondi para ir a laburar. No son buenas las cosas que escucha, son desagradables, son horribles y el pecho le aprieta cada vez que se entera de algo más.
Manuel fue despedido de su trabajo en la metalúrgica, según le dijeron llegó tarde toda la semana y el último día cayó drogado. Entonces lo empezaron a ver parando en la esquina con Marcos y todos saben lo que hace en esa esquina con Marcos y su gente; es un laburo que había dejado hace años, lo hacía cuando era más wacho cuando necesitaba unos pesos y donde cae de nuevo cada vez que está desesperado y consumiendo de nuevo. Lo vieron con varias minas y tipos, de eso se había enterado porque cada uno con el que estuvo se encargó de dejarselo en claro con una foto por instagram o un mensaje. Los bloqueo a todos.
No solo se entera de las cosas que hacía, también se entera de cómo está física y emocionalmente y eso es lo que más lo lastima. Laura, la mamá de Manuel, le había mandado un mensaje para preguntarle cómo estaba él y para decirle que lo extrañaba, pero también para decirle que Manuel anda re perdido de nuevo, casi no come en la casa, duerme durante todo el día para salir a la noche. Está más irritable y malhumorado. Lo nota más delgado. Lautaro le respondió que un día se pasaba la tarde a tomar mates con ella e ignoró todo lo que dijo respecto a Manuel. Ignorando también el dolor que le causa pensar en Manuel perdido otra vez.
Todavía no puede imaginar una vida sin Manuel en ella. Lleva con él hace tantos años y soñaron en voz alta un futuro juntos tantas veces: todo lo que querían lograr, la familia que querían formar, la casa que soñaban construir. Todo era un sueño hermoso en la pesadilla que es su vida realmente. Sin embargo, no puede destruir todo eso de un día para otro, no puede dejar de anhelar aquello que todavía desea con todas sus fuerzas. Amar a Manuel, a pesar de todo y contra todo pronóstico, es lo más natural y sencillo que había hecho en su vida.
Desde que se conocen lo único que saben hacer es amarse y cuidarse, de todos y de ellos mismos. No sabe si va a poder hacer otra cosa por mucho que lo intente, sabe que siempre una parte suya le va a pertenecer a Manuel y sabe que una parte de él le va a pertenecer a Lautaro.
Esta tristeza y bronca que parece acompañarlo desde que cruzó aquel portón parece muy lejos de irse y no tiene intenciones de hacer algo para que desaparezca tampoco, todo es un recuerdo de Manuel, como si necesitara más, como si no lo tuviese tatuado en el pecho, como si no lo tuviera adentro de las costillas.
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Llega el fin de la jornada laboral del sábado, son casi las ocho de la noche y el local de ropa ya tiene la persiana baja y Maria José está terminando de cobrarle a la última clienta. Lautaro sale por la puertita de la persiana para meter un banquito que tienen en la vereda y del lado de enfrente está Cato. Cato es el mejor amigo de Manu, lo más cercano a un hermano que puede tener ahora. Es la tercera vez en la semana que lo ve en el mismo lugar y Lautaro no es boludo, sabe que está acá porque Manuel se lo pide, es una costumbre. Lo hace siempre que están peleados, manda a alguien a que lo mire de forma “casual” en su laburo, en la casa o en lugares a donde concurre. Generalmente es Cato porque cuando Lautaro le dijo que le molestaba que ponga un patovica a vigilarlo, pensó que lo mejor era poner una cara amiga. Manuel no siempre era la persona más coherente.
Asiente con la cabeza en su dirección en forma de saludo y para que sepa que sabe porque está ahí. Lautaro tiene ganas de acercarse y preguntarle sobre él, sobre cómo está, tener información de primera mano acerca del estado de su ex. Confirmar si todo lo que le dijeron es verdad o son simples exageraciones. Se traga esas ganas y las esconde en lo profundo de su ser.
Al lado de él hay otro pibe, más alto, morocho y bastante grandote comparado con Cato. No lo reconoce a esa distancia, capaz es un amigo de Cato que no conoce, lo cual sería raro, pero puede ser. El chico este cuando lo vio salir a Lautaro del local lo miró curioso y con sorpresa, como si no se esperase que él fuera quien saliera de ahí. Lautaro no quiere prestarle mucha atención porque no está interesado en nada. Solo quiere irse a su casa y pudrirse en su cama.
Por la noche cuando llega a su casa mientras se prepara unas milanesas con fideos y se toma una lata de cerveza baja por el inicio de instagram, dándole like a posteos de sus conocidos, a memes de corazones rotos, uno que otro de resentidos que le sacan una risa. Le llega una notificación de un nuevo seguidor, entra al perfil y es el pibe que estaba con Cato hoy más temprano. Se llama Thiago, su perfil está escaso de fotos, solo son de él frente a un espejo y una que otra con amigos, pero siempre donde salga bien él lo que le da bastante risa. Por el momento, no le devuelve el follow.
Vuelve al inicio y le aparece una nueva historia de Cato. La abre y la imagen de Manuel en un primer plano su cuerpo no lo espera y casi se le cae la cerveza de la mano; está hermoso como siempre, los ojos verdes brillantes y rojos, las mejillas coloradas, el pelo más largo que le sale por debajo de la gorra, con un chocolate en la boca, haciendo una seña de paz con los dedos que le brillan por sus anillos. La historia tenía una canción de cumbia puesta y abajo Cato había escrito hoy todo diablaaa.
La Diabla es un boliche que queda más cerca del barrio, es el más conocido y al que más gente del barrio va. A Lautaro mucho no le gustaba ir, no le gustaba ver rostros conocidos y que después estuvieran hablando por el barrio de lo que él hacía o dejaba de hacer durante toda la semana. Muchas veces mentiras que le llegaban a su vieja y que después tenía que andar explicándole. Pero era el boliche de preferencia de Manuel por la misma razón de que estaban todos sus amigos, tenía contactos, podía entrar gratis y tomar todo lo que quisiera. Hubo un tiempo que hasta trabajó ahí. Le gustaba también porque todos los tipos sabían que Lautaro era su novio y ni intentaban acercarse, entonces podía estar tranquilo y estar encima de él en paz.
A Lautaro no le molestaba, todo lo contrario, tener a Manuel encima toda la noche de forma posesiva era su parte favorita de salir. Además de que si a él no se le acercaba nadie, a Manuel mucho menos.
En la foto de Cato, detrás de Manuel, se puede ver otra persona y no le toma mucho tiempo darse cuenta de que es Thiago. Una sonrisa de incredulidad se extiende por toda su cara de solo pensar que el chico se atrevió a seguir a Lautaro estando al lado de Manuel y sabiendo, no tiene dudas respecto a esto, que son ex novios. Es increíble lo buitres que pueden llegar a ser los hombres entre ellos.
En vez de devolver el follow a este pibe, prefiere hacer otra cosa, algo de lo que probablemente se arrepienta en la mañana, pero ahora le parece la idea más divertida del mundo. Le manda un mensaje a Joaquina invitándola a bailar esa noche a La Diabla. Joaquina no cuestiona, lo que no quita que no le mande un audio riéndose diciendo sos bicha, Lautaro.
Lautaro solo se ríe porque por más que la razón superficial por la cual está haciendo esto es por pura maldad, por puro placer de saber que un tipo puede arriesgarse a pelearse con Manuel con tal de cogerselo y también para saber si sigue teniendo algún tipo de poder sobre su ex novio. Si bien todo eso es verdad y es irrefutable, una parte de él, la que oculta debajo de su ego y de sus ganas de seguir teniendo algún control sobre él, también quiere verlo. Quiere verlo, aunque sea de lejos, quiere comprobar todos los rumores que llegan y ver si no se le comprime el corazón, quiere saber si la melancolía que lo persigue también lo persigue a él. Quiere saber si sigue usando el mismo perfume que le regaló, y que nunca dejó de usar, o si ya solo tiene olor a marihuana.
Quiere saber si lo extraña tanto como lo extraña a él y si todo es tan insoportable y desolador para él también.
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El cartel de La Diabla está escrito en cursiva e iluminado con unas luces rojas de neón. Es un espacio relativamente chico, no tiene más de un piso y es más amplio que un bar, la pista es la que más espacio tiene. Adentro las luces eran rojas, verdes, azules y muy, muy oscuro. Varias columnas redondas que sostienen la parte de arriba que eran los VIPS. La música está al palo, la pantalla tiene imágenes abstractas que van al ritmo de la música de cumbia o reggaetón que suena.
Lautaro ya tiene un vaso de fernet en su mano derecha, apenas moviéndose con la música que suena y con Joaquina a su lado, charlando cerca de una mesita que había conseguido y esperando a otros amigos que habían invitado. Está tranquilo porque todavía no ve ni a Manuel ni a ningún amigo de él, pero son casi las tres de la mañana y esa es la hora en la que suelen llegar al boliche. Tiene un lugar predilecto para ubicarse junto con su grupo y Lautaro se encuentra en la otra punta opuesta a ese espacio con una vista clara de su objetivo.
No tiene pensado hablarle, ni acercarse, ni mirarlo mucho. No sabe cuánto de eso va a cumplir, solo quiere verlo, estar en el mismo espacio que él y mantenerse estable. No quiere derrumbarse, no quiere sentir que ese amor inmenso que sintió por él sigue ahí. Quiere saber si algo de todo esto sirvió y si está encaminado a ser libre de esta relación o está condenado a una vida en donde no puede tener a Manuel a su lado y tampoco puede volver a enamorarse de alguien.
Su panza se retuerce y espera que esto no genere consecuencias terribles mezlcandose con su fernet. Lautaro no es de tomar mucho porque no tiene mucho aguante y siempre tiene a alguien cuidándolo, generalmente Manuel, porque por cualquier motivo el alcohol puede pegarle de más y termina dando vergüenza. Ojalá que esta noche no sea el caso.
- Te haces el boludo y lo estás re esperando, gil. - Le habla Joaquina mientras lleva un vaso de fernet a su boca.
- Callate, Joaqui, nada que ver.
- Te haces el difícil y todavía lo re queres.
Lautaro rodea los ojos y se termina su vaso de fernet. Joaquina lo conoce mejor que nadie, es su mejor amiga desde que tiene dos años porque su madrina es su mamá. Son inseparables, cuando eran chicos pasaban tanto tiempo juntos que pensaban que eran mellizos. Joaquina se ha agarrado a las piñas por él y Lautaro también porque ninguno de los dos tiene buen ojo para las amistades y los chongos. La casa de Joaquina es lo más cercano a un hogar desde que su viejo lo echó de la casa por puto. Al cual todavía se lo cruza por el barrio y él finge no verlo, así como Lautaro finge que no tiene padre.
Su papá nunca le va a perdonar ser puto, como tampoco le va a perdonar haberse defendido de los golpes la última vez, mucho menos le va a perdonar haberse enamorado de Manuel y haberle contado a éste como lo cagaba a palos desde que era chico y que por ese motivo terminó internado por varias semanas en el hospital.
Joaqui estuvo y está junto a él desde siempre y para siempre, su amiga más fiel, su hermana y la persona que sabe que está más loco que la mierda y que esa locura se acrecienta cuando su ex está cerca.
- Estoy buscando a otra persona. - Joaquina lo mira incrédula.
- ¿Ah sí? ¿A quién andas fichando vos?
Saca su celular del bolsillo y busca al amigo de Cato en instagram para mostrárselo.
- Che, alto lindo. - Observa su amiga - ¿Quién es?
- Un amigo de Cato.
- ¡¿Qué?! - Prácticamente le grita y sabe que lo escuchó, el grito viene desde la sorpresa. - Como te gusta el quilombo a vos pendejo.
- A él le gusta el quilombo. - Responde armándose otro vaso de fernet con coca. - Y yo ando con abstinencia.
- Sos terrible, eh.
Un bullicio lo hace mirar a la entrada del boliche y las personas van abriendo paso a un grupo de pibes y pibas. El grupo de amigos de Manuel: Cato, Thiago, Marcos, Luckra, el Gabi, las novias o chicas con las que andan y conocidos que Lautaro los tiene de vista. El fernet le sube a la garganta mezclandose con la bilis.
Detrás de ellos aparece Manuel vestido casi igual como aquella historia que subieron hace unas horas, con su gorra negra, ahora con una camisa blanca con más botones abiertos que cerrados y unos pantalones negros anchos, las zapatillas deportivas y ya tiene un vaso de alcohol en la mano. Camina torcido, tambaleándose, pero sigue siendo hipnótico, al menos para él lo es.
Se dirigen exactamente al lugar donde puede verlos perfectamente. La noche es bastante corta porque ya son casi las tres y media de la mañana, sin embargo, tiene el suficiente tiempo para lograr su objetivo. Si bien su objetivo no había empezado bien porque apenas lo vió a Manuel le tembló todo, todavía puede tener éxito.
La primera hora en el boliche con los dos habitando el mismo espacio fluye, es tranquila, no está seguro de que Manuel lo haya visto y él está seguro de que no hizo otra cosa más que mirarlo. Joaquina está perdida con Luckra seguramente, el único tipo relativamente decente que le gusta y que él aprueba. Mientras tanto Lautaro sigue bailando y llenando su estómago, flojo de comida sólida, de alcohol y mirando a Manuel. Quien durante esa hora, lo único que hace es beber vasos con líquidos de diferentes colores ofrecidos por diferentes personas, algunos por sus amigos y otros por desconocidos, baila y grita, va llegando a ese borracho cargoso que siempre irrita a todo el mundo, pero a Lautaro le encanta. Lo hace reír hasta el día de hoy. Cuando lo ve sentarse en uno de los sillones, agacharse y acercar su cara a la superficie de la mesa llena de botellas, vasos y ceniceros, no tiene que ser un genio para adivinar que se está metiendo una línea y Lautaro aparta la vista. Detesta esto, detesta sentir esta urgencia de correr y pegarle un cachetazo y revolear toda esa mierda por todos lados, lejos de él, lejos de ellos. Es innato el impulso de correr hacia él que lo recorre cuando lo ve autodestruirse y alejarse cada vez más de él, de sí mismo y de todo lo que alguna vez pudieron tener. Se le retuercen las entrañas esta vez no de tristeza sino de bronca.
- Hola, hermoso. - Una voz ronca evita que avance hacia Manuel o hacia la salida. Se gira para encontrarse con Thiago, el amigo de Cato.
- Hola. - responde y automáticamente pone su mejor sonrisa, la más seductora que sabe que tiene, su cuerpo se afloja y se transforma. - ¿Vos sos?
- Thiago. - le contesta y se acerca más, lleva su vaso a su boca sin quitarle los ojos de encima.
- Te tengo de algún lado a vos. - se para de puntas de pie para acercarse a su oído, es mucho más alto que él y un poco más que Manuel.
- No me devolviste el follow.
Lautaro se ríe por lo mandado que resulta el tipo y lo divertido que es todo esto, hace bastante no intentan levantarlo de forma tan directa y mucho menos llegan a acercarse tanto. Lautaro no lo permitía y Manuel enloquecía antes de que un chabón se le acercara.
Podría fingir que no lo reconoce, que no sabe que es el amigo de Cato y que lo conoce a Manuel. Sin embargo, no lo hace.
- Ah, sos el amigo de Cato. - La sonrisa de Thiago se agranda.
- Mira como me tenes fichado.
- Estabas enfrente de mi laburo, me parece que el que me tiene fichado es otro.
- No estaba ahí por vos.
- ¿Ah no? ¿Y por quién?
Thiago desvía la mirada hacia donde están sus amigos, Lautaro no le sigue la mirada porque ya sabe a quién se refiere. Ambos saben que esto es peligroso y que tienen que tener mucho cuidado, pero Thiago es el que más tiene que perder, si sabe como es su ex. Lautaro hace rato no le tiene miedo a las consecuencias y nunca le tuvo miedo a Manuel. Thiago, en cambio, parece nuevo en la vida de Cato; capaz estaba ahí de casualidad, justo estaba acompañando a su amigo y no se imagina el riesgo que corre, pero cuando lo vuelve a mirar a Lautaro no parece importarle mucho.
Se acerca y lo agarra por la cintura, pega sus caderas y comienzan a bailar. Se dejan llevar por el reggaeton, la cumbia, el rkt, todos los temas que suenan y se enredan más. Los brazos se agarran del cuerpo ajeno y comienzan a repartirse besos en la piel que logran alcanzar. Thiago lo gira en sus brazos y pega su entrepierna con el culo de Lautaro y él no puede no calentarse, hace bastante no lo tocan ni lo agarran así. Las manos de Thiago presionan fuerte sobre sus caderas, sus manos pesan y agarran bastante de su cuerpo. Su boca se le pega al cuello y Lautaro lo extiende aún más.
El cuerpo le pesa, se tensa y le recorre una electricidad, pero sabe diferenciar cuando se está calentando de cuando se siente perseguido. Hay algo más denso que las manos y los besos de este desconocido; abre los ojos y ve todo verde y rojo.
Manuel lo mira desde el otro lado de la pista, se acuerda porque estratégicamente eligió este lugar y un poco se arrepiente, pero a la vez tener esos ojos verdes encima de él es lo más cercano a la tranquilidad que estuvo este último tiempo. Incluso si esos ojos están estáticos, incluso si ese verde se está inyectando de rojo e incluso si tiene la mirada tan desencajada como su mandíbula.
No tiene tiempo a alejarse de ese cuerpo que lo sostiene, casi pidiendo disculpas y arrepentido, porque antes de poder moverse Thiago lo gira y le encaja un beso. Lo aprieta por la cintura y le mete la lengua, apresurado, caliente y Lautaro por un instante lo sigue, porque extraña la proximidad de otro hombre. No obstante, no puede disfrutarlo, ni siquiera puede compararlo con los besos de Manuel porque empieza a escuchar gritos, insultos y ruido de vidrios estrellándose contra el piso.
- La concha de tu hermana, ¿qué te pensas que haces? - La voz de Manuel le atraviesa el cuerpo y Thiago termina en el suelo. - ¿Vos queres que te mate, pelotudo de mierda?
Le mete una patada en el estómago y Thiago no puede ni atinar a levantarse, los amigos de Manuel lo rodean y Cato se pone delante de Lautaro. Manuel se arrodilla al lado de Thiago, lo agarra del cuello de su chomba, acerca su rostro al suyo y casi le escupe cuando le habla.
- Contesta, flaco, ¿qué mierda estás haciendo? ¿te queres morir? - le mete una piña directo en la nariz. - Tocaste al pibe equivocado, wacho, te voy a cagar a trompadas. - Otra piña más. Thiago ya tiene la cara con sangre.
Manuel se levanta y mira a Lautaro. Parece querer decirle algo y no animarse; a él se le acumulan todas las cosas que quiere decir en la boca.
- ¡Para, Manuel! - le grita y lo único que recibe es una mirada cargada de bronca, la misma bronca que invade su relación hace tanto tiempo.
- ¡No sabía! - Thiago le grita desde el piso y Manuel se ríe.
- ¡Qué no vas a saber, pedazo de buitre! - Lo agarra del cuello y lo levanta del suelo, con una fuerza que solo le sale cuando está completamente drogado y sacado. - A mi no me quieras tomar de pelotudo, hijo de puta, porque te mato acá, eh. No me provoques.
- ¡Para! Posta, no sabía, amigo - La sangre le baja por la nariz y llega a la boca.
- Lautaro es mi wacho. - Le emboca una piña en la boca del estómago que lo deja sin aire y lo tira de nuevo al suelo, su espalda dando un golpe seco en el suelo y se retuerce. - Acercate de nuevo y te desfiguro, gato. Te juro que te mato. - Lo patea.
- ¡Hace algo, Cato! - Lautaro le dice al chico que está delante de él, lo está frenando para que no se meta en la pelea y cuidándolo al mismo tiempo.
- Se lo busco él, Lauti. - Le responde encogiéndose de hombros. Joya, un amigo.
Lautaro rodea los ojos y se aleja del tumulto de gente, de Cato, de la pelea y de Manuel. Se dirige a la salida, se cruza a los patovicas de camino a fingir que trabajan, pero lo toman de la muñeca y no puede avanzar más.
- ¿A dónde vas vos?
- ¡Soltame!
Hablan los dos al mismo tiempo y sus rostros se enfrentan. Después de semanas sin verse, sin estar cerca, sin poder tocarse ni hablarse. Ahí están frente a frente y los ojos pasean por el rostro del otro, recorren las ojeras, los labios secos, los pómulos más sobresalientes y el cansancio que parece caerles en el cuerpo a ambos al mismo tiempo. Sus miradas se enternecen, pero, como siempre, primero sale la furia.
- Alejate de mí, Manuel. - Se sacude su mano de encima.
- ¿Qué mierda hacías con ese pelotudo, Lautaro? Contestame.
- No tengo que contestarte nada a vos, ¿que te pensas?
- Casi te lo coges delante mío y de todo el boliche. - Lo agarra de la mandíbula y Lautaro quiere que lo toque más. - Bastante trola sos, ¿viste?
- Re trola, pelotudo, ¿y cual hay? - Lo agarra de la muñeca, en un intento de alejarlo y a la vez de mantener la mano encima; para poder tocarlo por fin. - Yo puedo hacer lo que se me cante, si quiero me voy y me lo garcho ahora.
- Te acercas a ese salame y lo mato. A él y a cualquiera que te toque, ¿entendiste? - Ambos se sueltan. - Sabes muy bien como soy cuando se me suelta la cadena, Lautaro. No me provoques.
- Sé muy bien como sos cuando estás en pelotudo ¡por eso terminamos como terminamos!
La mirada de Manuel se transforma, parece recordar que ellos no están más juntos, los términos en los que están y los ojos se le llenan de lágrimas. Sin embargo, en vez de decirle algo o clavar más profundo el puñal, camina de nuevo a la mesa donde estaba hace una eternidad. Lautaro lo sigue por inercia y lo ve meterse otra línea delante de él, y otra, y otra.
Lautaro va a vomitar toda la bronca y la angustia que tiene adentro en cualquier momento. No va a cambiar más. No sabe qué más tiene que pasar para entender que esto son ellos.
- ¡No ves que no cambias más! - le grita y Manuel se estira en el sillón, la cabeza echada para atrás, la nariz con restos de polvo blanco y los ojos cerrados. - ¡Me voy a coger al primer flaco que se me cruce como vos haces! ¡Así me dejas de romper las pelotas a mi!
El grito que le pega le quema la garganta y va casi corriendo a la salida. Espera encontrar a Thiago o a cualquier pibe que pueda sacarle a Manuel de la cabeza y de la vida. Está harto de luchar contra lo que son y de competir con una droga.
- Vos no vas a ningún lado, Lautaro. - Escucha detrás de él, la voz le sale borracha.
Camina por la vereda, la noche helada se va apropiando de los dedos de sus manos y Manuel camina detrás de él, trastabillando e intentando agarrarlo por la remera.
- Andate Manuel, estás borracho y drogado, das pena.
- ¡Qué pendejo caprichoso que sos! - le grita. - Entra al auto, dale.
- ¡No! - Manuel está apoyado contra un auto, supone que es de algún conocido. - ¡Deja de hincharme las pelotas! Andate de una vez.
- ¡¿Podes meterte al auto?! Siempre haciendo escándalo, loco.
- ¡Mira quién habla! ¡Cagaste a piñas a tu amigo!
- ¡Y si! Buitre de mierda, unas ganas de cogerte tenía
- ¿Y cuál hay si me quería coger? Estoy soltero.
- Callate y metete al auto, Lautaro. Porque vuelvo y lo cago a piñas de nuevo, me re chupa un huevo.
- ¡Hace lo que quieras, pelotudo! Yo no me voy a meter al auto con vos, no te podes ni mantener parado, matate vos solo.
Con cada grito que pega le quema más el pecho y cada respuesta que recibe de Manuel es peor. El fuego en el pecho hace contraste con el frío que hace esa noche. Está agotado y quiere que esta noche termine, no tolera más esta situación. Lo extraña tanto, está loco por pensar que extrañaba hasta esto, pero no puede evitarlo. Quiere besarlo con la misma intensidad que quiere gritar, quiere agarrarlo de las manos con la misma fuerza que quiere pegarle. Quiere hacerle y decirle de todo al mismo tiempo. Son demasiados sentimientos opuestos juntos, se había olvidado de lo adrenalínico que es estar con Manuel. Discutiendo o acariciándose, la misma adrenalina es la que lo recorre. Es adicto y es enfermizo, no puede parar.
No quiere hacerlo.
- Dale, Lautaro, no seas caprichoso. Metete al auto.
- ¡No!
Manuel patea la puerta del auto y se agarra de los pelos. Parece que él tampoco puede parar.
- Metanse los dos que los llevo, papeloneros. Una verguenza me hacen pasar, siempre lo mismo con ustedes.
Cato interrumpe ese círculo vicioso en el que terminan cayendo cuando se encuentran, Manuel sonríe a su amigo mientras éste abre la puerta del conductor y él la puerta de atrás. Esperando que Lautaro se acerque y entre. Lautaro mira a Cato y este le ruega con la mirada, así que se mete al auto con Manuel siguiéndolo. Están en un lugar pequeño y demasiado cerca, no podrían distinguir quien termina acercándose más al cuerpo del otro primero y quien no se aleja.
El viaje es silencioso entre ellos escuchando como Cato los sermonea por ser tan quilomberos y por ser tan inmaduros, que pensaba que habían cambiado y esto no iba a pasar más. Los insultó varias veces y ambos agachaban la cabeza dándole la razón y avergonzados. Constantemente está su amigo para aguantarlos y saben lo agotador que puede ser hacerlo.
Llevan peleando así desde que son adolescentes, siempre el amor que se tenían era igual de intenso que las peleas que podían llegar a tener. Ninguno de los dos sabe tener un punto medio, creyeron que con los años podrían ir adquiriendo más templanza, mejor temperamento y se equivocaron. Parece que sí están juntos en un mismo lugar es para quilombo, tanto del bueno como del malo.
Así y todo, no puede no acercarle un pañuelo para que se limpie la nariz y los nudillos ensangrentados. Así y todo, Manuel no puede no apoyarse en su hombro durante el trayecto en auto.
- Bajense. No los quiero ver más hasta que se arreglen o hasta que se dejen de hinchar las pelotas. - Les dice Cato destrabando las puertas del auto y bajando el volumen de la música.
Ambos se bajan en silencio, apenados y cansados. Recuerdan la cantidad de veces que esta escena se repitió durante los años de su relación. Entran a la casa de Manuel en completo silencio y Lautaro por un momento siente que tiene que pedir permiso. Se siente ridículo al pensarlo porque esta casa fue por años suya también; él puso los cuadros encima del sillón, los imanes en la heladera, eligió los sillones y la mesita del comedor. La cortina de baño y el espejo también, en todos los rincones de esa casa están ellos dos. Juntos. Su historia.
- ¿Queres algo? - Murmura Manuel intentando romper ese silencio y ese frío que se instaló entre ellos, hace más frío dentro de la casa que afuera.
- Me quiero ir. - Miente pero teme decir lo que realmente quiere porque es obvio lo que quiere. Quiere lo mismo que quiere desde los quince años.
- Dale, Lauti. - Se acerca temeroso e intentando con todas sus fuerzas sostener lo más frágil que tiene. - Afloja un poco, amor.
- No me digas así. - Porque aflojo. - Voy a agarrar agua y vos también deberías tomar algo que te haga bien, por una vez. - Camina lo más alejado de él y entra a la cocina. Los imanes de Mar del Tuyú y Mar Azul siguen en la heladera.
Se sienta en la mesa con el vaso de agua a la mitad y Manuel se sienta al lado de él, lo más cerca que puede estar sin acercar el cuerpo.
- Perdón. - Le dice. Esta conversación la tuvieron mil veces.
- Ya me sé todo el discurso, Manuel.
- Perdón en serio, Lauti. - No levanta la mirada de sus manos que se mueven inquietas por los nervios y la droga. - No sé qué pasó, me la vengo mandando hace un rato ya y no sé por qué.
- Creo que sabes por qué y no lo queres admitir.
- No sé, Lauti, soy un pelotudo y un falopero de mierda. - Aprieta los puños - ¿eso queres que diga?
- Eso ya lo sé. - Está más cortante de lo habitual, pero si va a ceder, necesita que algo cambie. Lo que sea.
- Te amo, Lautaro.
- Ya sé. - Le dice. - Pero amas más falopearte.
- ¡No es verdad! - Levanta la voz y Lautaro lo fulmina con un simple movimiento de cejas. - Perdón. Dios… - Esconde la cabeza entre sus brazos. - No sé qué decir para que me perdones.
- No tengo por qué decirte lo qué tenes que decirme. Vos sabrás lo que te pasa. Yo ya estoy harto de tener que adivinar qué mierda te pasa por la cabeza. - Está más liviano después de decir eso, lo tiene guardado hace bastante.
- Dale, Lautaro, no actúes como si vos no hubieses hecho nada. - Le retruca y ambos se ponen a la defensiva otra vez.
- Yo estoy soltero, Manuel, puedo hacer lo que se me cante.
- Sabes muy bien que todo lo que hiciste hoy lo hiciste a propósito, porque estas re loco y te encanta ver lo loco que me pongo yo por vos. - Le tira y no puede responder nada, no puede defenderse porque es verdad. - Te conozco, Lautaro. Te encanta armar estos quilombos y que todos sepan que muero por vos.
- Y a vos te encanta demostrar que nadie más que vos me puede tocar.
- Si, me encanta. - Lo mira directo a los ojos. - Porque es verdad.
- Estás enfermo.
- Vos también.
El silencio los atrapa de nuevo. La verdad de lo que es su relación queda en la otra silla de la mesa, esperando al igual que ellos que decirse estas cosas cambie el rumbo de todo.
- Perdón, Lauti. - Repite Manuel y respira hondo antes de seguir. - Empecé a consumir después de que discutimos esa noche. Fue una pelotudez, ya sé, pero eran días complicados y no sé… me sentí desesperado.
Sabe a qué noche se refiere, esa noche que discutieron por una pelotudez que ni se acuerda. Lo que sí se acuerda es que ambos estaban cansados e irritables. También se acuerda que era la semana del aniversario del fallecimiento del hermano menor de Manuel. Eran días complicados, sí. Encima a Lautaro se le había juntado una discusión que tuvo en la calle con su viejo y todo era una mierda. Ninguno de los dos tuvo que haber contestado, se tendrían que haber ignorado, o ido a dormir, o abrazarse en silencio. Pero esa no era la forma que tenían ellos de vivir, era todo o nada. Estallar o implosionar.
- Me hubieras ido a buscar, Manuel.
- Ya sé, Lauti, pero… dios. - Respira hondo de nuevo. - Tengo miedo todo el tiempo de perderte, lo sabes. Es muy difícil no pensar todo el tiempo en que podes tener a alguien mejor o que todo el tema de mi adicción no te hace infeliz. - Está a punto de refutar y le hace un gesto con la mano para que lo deje seguir hablando. - Y sé que es la misma enfermedad de mierda la que me hace creer eso, pero en ese momento fue muy real. Y quise mandar todo a la mierda. Quise decir ok si no te puedo tener entonces me arruino. - Lo mira a los ojos y los ojos ya no están tan rojos como horas antes. - Me arruino lejos de vos.
- Manuel…
- Y me metí con la pelotuda de Nati y me convido, caí de nuevo y después estabas vos a los gritos revoleando cosas y llevándote tus cosas y te había perdido posta. Después entraba a esta casa y estaba helada, sin rastros de vos, sin vos y me drogaba de nuevo. Fue re fácil volver a caer en el vicio y me daba más bronca todavía por todo el esfuerzo, al pedo, que hice y era otra excusa para consumir de nuevo. - Dijo todo eso casi sin respirar, si paraba no hablaba nunca más y quiere dejarle en claro a Lautaro todo lo que le pasa por la cabeza.
- Dios… Manuel… - Se acerca un poco con la silla y los ojos de Manu brillan. - No podes seguir así. No podemos seguir así.
- Ya sé…
- No puede ser que siempre que explotemos, terminemos a los gritos, vos con alguna trola, yo con algún tipo, vos drogándote y yo armando quilombo. - Niega con la cabeza. - Ya no somos dos wachines.
- Te juro que lo sé, amor… - Le agarra las manos, su mano enorme que siempre lo envuelve. - No sé qué hacer para que me perdones… para que vuelvas.
- Tampoco vamos a mentirnos y decir que vamos a cambiar de un día para el otro, o que vamos a cambiar en sí. Yo soy un quilombero, me revienta que te drogues y me revienta que a la primera de cambio se te tiren todas las minas y tipos. Y vos sos un adicto en rehabilitación y tenes que manejar eso, sos un posesivo de mierda y te encanta cagarte a piñas. - Ambos se ríen tímidamente.
- ¿Qué hago? ¿Qué hacemos? Hago lo que sea, mi amor, hago lo que sea. Te amo, te extraño, te necesito.
- Ahora vamos a dormir porque son las seis de la mañana.
Lo agarra de las manos y lo lleva hasta la habitación, hace más frío que en el living y la cocina. No mentía cuando dijo que la casa estaba helada. La habitación tiene olor a porro, hay ropa y cajas de pizzas tiradas en el suelo. Todavía se pueden ver restos vidrios del espejo que rompió Lautaro.. Hay olor a encierro también. Lo mira con desaprobación y él le responde con una disculpa.
Se acuestan en la cama, Lautaro del lado izquierdo, su lugar y Manuel en el lado derecho. Se miran y respiran, no quieren ni pestañear. Sin embargo, todo el sueño acumulado de estos días les cae de golpe en sus cuerpos. Comienzan a acariciarse, se hacen mimos en el pelo y la piel descubierta que tienen. La piel se les eriza y el pecho se les calienta; Manuel empieza a dejar besos por toda su cara mientras le susurra que lo ama, que lo extraña, que lo necesita, que quiere estar toda la vida con él.
Va bajando por su cuello, sus clavículas, su pecho por encima de la remera. Se coloca entre sus piernas y le deja besos en las piernas, en el interior de sus muslos, al límite de sus boxers. Le deja besos en las muñecas, casi llega a las rodillas. A cualquier lugar donde sus labios puedan llegar, lo besa. Recorriendolo, marcándolo de nuevo y recordandolo.
Le levanta la remera para dejarle besos en el pecho, en el abdomen, encima del ombligo y antes de que pueda bajar más:
- No vamos a coger, Manu. - Manuel se ríe.
- Decime mi amor, por favor. - le hace cosquillas en el ombligo cuando habla.
- No vamos a coger, mi amor. - Sonríe y le deja otro beso encima de su panza.
- No quiero coger, quiero estar así con vos.
- Ah, ¿No me queres coger? - Es un chiste, pero suena indignado igual y Manuel se ríe fuerte. - Seguro ya te sacaron toda la leche las trolas con las que estuviste.
- ¡Lautaro! - Se ríe y Lautaro le tira de un mechón de pelo. - Dale, amor. Siempre te quiero coger. - lo tranquiliza. - Es más, ni siquiera cogí con nadie, ni se me paraba.
- ¿En serio?
- Sí, algún gualicho seguro que hiciste. - él solo se ríe, no niega ni afirma nada. - Lauti…
- Estaba enojado.
- Sos terrible, nene. - le besa de nuevo el pecho con ternura. - Si fuera por mi, te cogería ahora y te haría cinco nenes. - le besa la panza abajo del ombligo, despacio, pidiendo un deseo. Lautaro se pone rojo.
- Cinco nenes… ¿no es un montón? - le acaricia el pelo.
- No los suficientes. - Se recuesta en su pecho, es más pesado que él, pero entiende que esto es lo que necesita. El quiere ser sostenido y Lautaro necesita tenerlo entre sus brazos. - Yo quiero todo y más con vos.
- Te amo. - Le jura porque es lo único que le puede prometer: amarlo siempre. - Yo también quiero todo con vos.
- Te amo, mi amor.
Manuel empieza a respirar más regular, más profundo y sus ojos se van cerrando. Lautaro no deja de hacerle caricias en el pelo y su respiración se va relajando, su pecho se abre largando todo la bronca y la tristeza que tenía contenida ahí desde que se fue de esa casa. Hay cosas que pueden cambiar y que iban a intentar cambiar, pero hay algo que al parecer no pueden parar de hacer y es volver a los brazos del otro.
Por mucho que sean dos bombas de tiempo a punto de explotar todo el tiempo. Por mucho que se volvieran locos entre ellos y a todas las personas a su alrededor, a sus amigos, familias e incluso vecinos. La razón les viene diciendo desde aquel día que se conocieron qué es un error que estén juntos, un error intentar mantener una relación y por mucho que tuviera todo el sentido del mundo no estar juntos, la realidad es que hay algo más profundo que los empuja a estar juntos, como si la gravedad no estuviera en la tierra, sino en la caja torácica del otro.
Es muy difícil luchar contra una sensación que se siente tan natural. Es difícil cuando todo tu cuerpo te dice que esta es la persona de tu vida y que nadie te va a hacer así de feliz. Nadie puede hacerlo sentir así de vivo, amado, deseado. Ambos viven y mueren por el otro, es un sentimiento del cual te volves adicto.
Un sentimiento compulsivo e insaciable al que ambos estaban enganchados.
