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Español
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Published:
2026-06-22
Words:
3,459
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1/1
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1
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37

Amar lo prohibido

Summary:

Un amor prohibido y la necedad de no saber detenerse a tiempo.
Una vocación inquebrantable que no permite dudas en el corazón.

DISCLAIMER: LOS PERSONAJES NO ME PERTENECEN. SON OBRA DEL MAESTRO MASAMI KURUMADA.

Work Text:

PRÓLOGO

Aioria conoció a Shura cuando aún eran niños, cuando el mundo parecía dividirse en cosas simples y las palabras como voto, sacrificio o fe no pesaban tanto como lo harían después.

Shura siempre fue distinto. Mientras otros niños corrían por los patios de piedra con las rodillas raspadas y la risa fácil, él prefería el silencio de la capilla, la sombra fresca de los muros antiguos, el murmullo de las oraciones que aprendía con una atención impropia para su edad. No había en ello imposición ni miedo. Nadie lo arrastraba al altar ni le exigía arrodillarse. Shura iba solo, elegía quedarse entre los sacerdotes y escuchaba con los ojos atentos y el gesto serio de quién siente que ha encontrado el lugar al que pertenece.

Aioria lo observaba desde lejos.
Al principio era curiosidad, luego, una cercanía natural, hecha de conversaciones breves y miradas compartidas. Finalmente, descubrió algo que no supo nombrar y que decidió guardar en silencio.

Porque incluso siendo joven entendía que había territorios a los que no se debía entrar. Y Shura, con su disciplina temprana, su moral estricta, su devoción sin fisuras, era uno de ellos.

Con el tiempo, la certeza se volvió insoportable: Shura no estaba siendo preparado para la fe, la fe lo había elegido, y él la aceptaba con una convicción que desarmaba.

No había duda, resentimiento, ni rebeldía escondida... sólo entrega absoluta y eso, era lo que más le dolía.

Aioria intentó alejarse, se convenció de que era lo correcto, de que lo que sentía se extinguiría con la distancia, con el paso de los años, con la negación constante.

Aprendió a callar, a sonreír cuando Shura hablaba de Dios con ese brillo particular en sus ojos, a esconder el nudo en el pecho cada vez que comprendía que nunca habría un espacio para él en esa vida ya consagrada.

Pero el deseo no desaparece sólo porque se lo condene o niegue.

Volvió a verlo una mañana, mucho tiempo después, en la misa temprana.

El templo aún estaba medio vacío, bañado por una luz suave, casi irreal. Y allí estaba Shura, de pie frente al altar, envuelto en la vestimenta sacerdotal que lo transformaba y lo reafirmaba a la vez en su elección y todo lo que no podría tener.

Pero Aioria sintió en ese instante, que todo lo que había callado, todo lo que había enterrado con cuidado, se levantaba de golpe.

Verlo así, sereno, fervoroso, absolutamente convencido, convirtió su sentir en algo más que prohibido: lo volvió un sacrilegio.

Cada mirada era una falta, cada latido era una transgresión... Y aun así, no pudo marcharse, no supo dejarlo ir.

Porque amar a Shura siempre había sido eso: contemplar lo sagrado, lo prohibido, sabiendo que nunca le pertenecería, y aún así, quedarse.

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La sala del templo estaba llena, pero Shura sentía el silencio como si fuera una sola respiración contenida. El incienso ascendía en espirales lentas, y la luz que entraba por los vitrales caía sobre él con un peso casi sagrado.

Vestía el traje de sacerdote con una rigidez, aún no dominada por la costumbre y que se notaba en la forma en que sostenía el misal, en la seriedad fervorosa con la que pronunciaba cada palabra, como si temiera que una sílaba mal dicha pudiera quebrar algo invisible.

Hablaba con la pasión de quién cree de verdad. Su voz no era fuerte, pero sí firme, atravesada por una convicción joven, casi dolorosa.

Hablaba de la gracia, del perdón, del amor que exige renuncia. Y cada frase parecía costarle algo que no entendía, un latido más rápido, un leve fruncir de cejas, esa intensidad filosa en la mirada verde oscura que no sabía -o no quería- suavizar todavía, porque se sentía observado, juzgado.

Allí, entre los fieles, Aioria no apartaba los ojos de él. Estaba de pie, con las manos juntas, como todos los demás, pero por dentro era un lío absoluto.

Miraba a Shura y sentía una mezcla imposible de orgullo, deseo y culpa. Sabía que estaba mal, sabía que no debía mirar así a un sacerdote, y menos a uno que conocía bien, que era unos años menor que él, con ese rostro severo y hermoso, con ese cuerpo contenido por la tela negra que no ocultaba del todo su presencia varonil perfecta.

Pero no podía evitarlo.

Cada gesto de Shura, la forma en que levantaba la mano al bendecir, cómo inclinaba apenas la cabeza al leer, se le clavaba en el pecho.

Aioria lo había soñado antes, en otras circunstancias, sin altares ni vitrales. Y ahora lo soñaba incluso allí, imaginándolo al final del día, sin la sotana, con esa misma mirada intensa suavizada sólo para él. Lo soñaba entre sus brazos, y ese sólo pensamiento lo hacía sentirse indigno y vivo... culpable pero deseoso de ir por lo sagrado.

Cuando Shura alzó la vista, por un segundo, sólo un segundo, sus ojos parecieron detenerse en los de Aioria. No fue una mirada larga, ni evidente. Pero fue suficiente.

Shura sintió un estremecimiento que no tenía nada que ver con la fe que profesaba, y bajó la vista enseguida, como si hubiera rozado un fuego prohibido.

El momento de la comunión llegó con una lentitud insoportable. Uno a uno, los fieles avanzaron, Aioria sentía el pulso en los oídos mientras se acercaba.

Cuando por fin estuvo frente a él, levantó la vista. Shura sostenía la hostia con cuidado reverente, pero sus dedos temblaban apenas. Sus labios pronunciaron las palabras rituales, y por un instante su expresión fue la de alguien que reconocía algo que no sabía nombrar.

Aioria se inclinó. No tomó la hostia con la boca de inmediato. Dejó que sus labios y la punta de su lengua rozaran los dedos de Shura en un contacto mínimo, casi accidental; y sin embargo cargado de una intención imposible de negar.

Shura contuvo el aliento y retiró la mano con más rapidez de la necesaria, como si el contacto lo hubiera quemado.

Sus ojos se encontraron de nuevo, perplejos, tensos, llenos de preguntas que ninguno podía formular allí. Luego siguió con el siguiente fiel, con la voz un poco más baja, el rostro más pálido.

Aioria regresó a su lugar con el corazón desbocado, sabiendo que nada había cambiado y que, al mismo tiempo, todo lo había hecho.

 

La casa estaba en penumbra, con las cortinas corridas y ese silencio espeso que sólo existe cuando alguien espera el final. El aire olía a cera apagada y a hierbas secas.

Aioria había preparado todo con una pulcritud casi ceremonial: la mesa despejada, una vela encendida, una silla frente a la cama que fingía ocupar por enfermedad. No estaba moribundo, pero tampoco mentía del todo; había dolores que no se veían pero se sentían en todo su cuerpo.

Cuando Shura llegó, lo hizo con la discreción solemne que exigía su oficio. Llevaba el estuche con los santos óleos bajo el brazo y el crucifijo colgándole del pecho, como un recordatorio constante de a quién pertenecía.

Su expresión era seria, concentrada, pero al ver a Aioria algo en su rostro se tensó, como si hubiera entrado en un terreno inestable.

-Me dijeron que estabas muy mal- dijo en voz baja, un pequeño reto.

Aioria sonrió apenas. -Lo suficiente como para necesitarte.

Shura no comentó nada. Preparó el ritual con manos firmes, aunque Aioria notó que evitaba mirarlo directamente. Cuando comenzó a recitar las oraciones, su voz recuperó esa cadencia segura, aprendida desde la infancia, pulida por años de obediencia. Cada palabra era un muro hacia el rubio, y al mismo tiempo una entrega a su Dios.

Aioria lo observaba desde la cama, sin el fervor culpable del templo, sin ojos ajenos alrededor. Allí, en la intimidad doméstica, Shura parecía aún más joven, más hombre que sacro. El traje de sacerdote no lograba borrar del todo al muchacho que había sido formado para servir antes de aprender a desear, porque dudaba que Shura conociera siquiera la sensación.

Cuando el menor se acercó para ungirlo, Aioria tomó aire.

-Aquí... no se siente igual- murmuró. -No se siente como un pecado.

La mano de Shura se detuvo un instante sobre su frente. -No estoy aquí para juzgar- respondió, con un tono que sonaba aprendido pero frágil.

-Lo sé -dijo Aioria. -Por eso puedo hablarte sin sentirme culpable.

Shura lo miró entonces. Sus ojos verdes, filosos, estaban atentos, alertas, como si supiera que cualquier palabra de más podía empujarlo a un abismo. Aioria continuó, con calma, sin rozarlo siquiera.

-Sé lo que eres, Shura... lo que te hicieron ser. Sé que tus votos no son sólo fe... son toda tu vida. Te enseñaron a pertenecer a Dios sin poder elegir.

El sacerdote tragó saliva. -Aioria...

-Déjame terminar, por favor... No quiero arrancarte nada, no quiero forzarte. Sólo... -su voz se suavizó- quiero que sepas que hay alguien que te mira como hombre antes que como cura.

El silencio que siguió fue denso. Shura cerró el estuche con lentitud, como si necesitara ese gesto para no perder el equilibrio. Sus dedos temblaban apenas.
-Eso es precisamente lo que no debo permitir... ni a ti, ni a nadie... mi cuerpo y alma están dedicados a Dios.

Aioria alzó la mano entonces, con cuidado, deteniéndose a un centímetro de tocarlo. -¿Y si no fuera robarte a Dios?- preguntó -¿Y si fuera, si pudiera enseñarte que también puedes ser amado aquí, de otra manera?

Los ojos de Shura se oscurecieron. Por un segundo, no fue el sacerdote quién estaba allí, sino el joven que había sido consagrado sin conocerse a sí mismo. Bajó la mirada, respiró hondo.
-He sido suyo desde niño- susurró. -No sé quién sería si dejara de serlo.

Aioria no lo tocó. No cruzó ese último límite, pero sonrió con una ternura peligrosa. -Entonces deja que me quede cerca -dijo-. No para arrancarte nada, sino para que, si algún día dudas, sepas que no estarás solo.

Shura asintió, incapaz de responder. Terminó el ritual con una voz más baja, más lenta. Al irse, se detuvo en la puerta un segundo de más.

Aioria supo entonces que la semilla estaba plantada, que amar a un hombre consagrado no era sólo un pecado... era una espera ilusionada sin esperanza alguna.

 

La tensión entre ellos no estalló pero se volvió algo peor, se volvió persistente.

Aioria no retrocedía. No volvió a querer tocarlo, no cruzó límites visibles, pero tampoco renunciaba a su presencia.

Buscaba a Shura con excusas pequeñas, evitables: una consulta, una visita breve, una pregunta que no necesitaba respuesta. Su voz seguía siendo suave, su mirada abierta, cargada de una esperanza que empezaba a dolerle en el pecho.

Cada negativa silenciosa de Shura, cada paso atrás, se le clavaba como una humillación contenida, pero aún así, insistía.

Shura, por su parte, no cedía un milímetro. No había en él fantasías secretas, ni imágenes prohibidas que lo traicionaran en sueños. Su convicción era real, férrea, forjada durante años de disciplina y fe. Amaba a Dios como se ama algo absoluto, sin fisuras. Y precisamente por eso, la cercanía de Aioria se le volvía insoportable.

No porque deseara, sino porque le hacía sentir que debía desear.
Cada vez que Aioria se inclinaba un poco más de lo necesario, cada vez que su voz bajaba, íntima, cada vez que sus ojos lo buscaban sin vergüenza, Shura sentía que fallaba.

No en actos, sino en intención. En permitir que otro lo mirara como hombre, en no alejarse con la severidad que creía correcta. Esa culpa, irracional, obsesiva, se le pegaba al cuerpo como una sombra.

Y entonces comenzaron las confesiones.
Se arrodillaba frente a otros sacerdotes y hablaba de pecados que no había cometido, de pensamientos que no tenía, de tentaciones que sólo existían en la mirada ajena. Exageraba su culpa porque necesitaba castigo, porque necesitaba limpiar algo que no tenía nombre ni existía realmente.

Y por las noches, cuando el silencio lo dejaba a solas consigo mismo, buscaba la expiación en el cuerpo. El autoflagelo no era un acto de furia, sino de método. Un ritual aprendido, casi mecánico, en el que el dolor se volvía una forma de orden.

Cada golpe era una súplica muda, una manera de recordarse que el cuerpo debía someterse, que no tenía derecho a reclamar nada.

Pero el cuerpo recuerda y, con los días, Shura empezó a mostrarse más pálido, sus manos temblaban al sostener el cáliz, la sotana hecha a medida, le quedaba un poco más suelta. Dormía mal. Rezaba demasiado. Su mente, agotada, se llenaba de una culpa que ya no distinguía causa de efecto.

Aioria lo notó. Vio el cansancio en sus ojos, la rigidez excesiva en sus gestos, esa forma nueva de evitarle la mirada que ya no era firmeza, sino desgaste.

Y por primera vez, la frustración se mezcló con algo más oscuro: el miedo de estar rompiendo algo que jamás había querido destruir.

Shura seguía sin desearlo, pero se estaba consumiendo y Aioria empezó a preguntarse si robarlo a Dios no significaría, primero, salvarlo de sí mismo.

 

Aioria no tomó la decisión desde el deseo, eso vino después, como una justificación tardía. La tomó desde el miedo.

Ver a Shura deshacerse lentamente, adelgazando, apagándose, sosteniéndose apenas por pura voluntad, le resultaba insoportable.

 

Cada vez que lo veía subir al altar con esa rigidez casi febril, Aioria sentía que algo estaba profundamente mal. No era santidad lo que veía, sino sacrificio llevado al extremo. Un muchacho que había aprendido la obediencia sin saber de la vida.

Y empezó a planear lo impensable.

No con violencia ni con escándalo. Nada que pareciera un ataque a la fe. Todo debía parecer una salida razonable. Una pausa, un descanso... un “retiro” lejos de la parroquia, lejos de las miradas, lejos de las tentaciones que, según Aioria, no eran tales, sino síntomas de una vida mutilada.

Le habló de cansancio, de la necesidad de tomar aire, porque incluso los más devotos podían quebrarse si no se escuchaban.

Shura lo escuchaba en silencio, no discutía, no lo reprendía. Pero algo en su mirada se volvía cada vez más tenso, como si cada palabra de Aioria arrancara otro clavo invisible que lo mantenía todo en su sitio.

Porque él no veía una salida en esas propuestas. Veía una traición, no a Dios sino a sí mismo. Aceptar alejarse, aunque fuera por un tiempo, significaba admitir que su fe no bastaba. Que su cuerpo tenía límites y que su espíritu podía fallar. Y eso era algo para lo que no estaba preparado.

Cuando Aioria insistió, con cuidado, con ternura, pero con firmeza, Shura empezó a desmoronarse por dentro.

Las noches se volvieron más largas, la culpa, más difusa y más grande. Ya no sabía qué expiar: si la cercanía de Aioria, la idea de irse, o el simple hecho de sentirse aliviado al imaginarse lejos del altar, lejos de esa exigencia absoluta.

Su mente, exhausta, empezó a fracturarse en extremos peligrosos:

obedecer o desaparecer... permanecer puro o dejar de existir como era.

Aioria no vio eso, sólo veía que Shura asentía cada vez más seguido, que ya no lo rechazaba con la misma fuerza... Que parecía rendirse.

Y creyó que estaba ganando.

No comprendió que, para Shura, ser arrancado del lado de Dios no era una liberación gradual, sino una caída libre. Que no sabía vivir en medias tintas, ni tenía herramientas para reconstruirse fuera del dogma que lo había definido desde niño.

La noche en que Shura aceptó marcharse con él, sólo por unos días, sólo para descansar, lo hizo con una calma inquietante, demasiado serena, demasiado vacía.

Aioria pensó que, por fin, lo estaba salvando.

No vio que Shura ya estaba al borde de un abismo donde no había amor suficiente para sostenerlo, porque todo lo que era, todo lo que creía ser, estaba a punto de desaparecer.

 

Aioria no quiso entender.

Interpretó el silencio de Shura como cansancio, la distancia como miedo, la obediencia como una grieta que podía ensancharse.

 

Nunca aceptó que el rechazo fuera real. En su mente, Shura sólo estaba perdido, confundido por dudas que no le pertenecían, heridas sembradas por otros. Y Aioria se convenció de que él, y sólo él, podía devolverle la paz.

Shura, en cambio, vivía cada gesto de ayuda como un préstamo peligroso. Tomaba lo que Aioria ofrecía no para alejarse de Dios, sino para poder volver a Él intacto.

Sentía que su fe, esa certeza inquebrantable que lo había sostenido desde niño, se le escapaba entre los dedos, no por deseo propio, sino por una presión constante que lo descentraba, que lo obligaba a mirarse como nunca había querido ni necesitado hacerlo.

La noche en que se quebró por completo, no tuvo nada de amor.

Aioria cruzó un límite que Shura nunca le concedió, tomó lo que creía suyo y selló el destino de ambos.

No hubo consentimiento, no hubo placer. Sólo una sensación devastadora de invasión, de profanación absoluta.

Para Shura, no fue una caída progresiva, sino una ruptura limpia y brutal: algo sagrado había sido arrancado de raíz.

No gritó, no luchó, no suplicó... sólo se cerró en si mismo. En ese instante entendió, con una claridad terrible, que ya no había retorno posible por el mismo camino. Aquello que había protegido con disciplina, sacrificio y dolor había sido mancillado y en su lógica pura, sólo quedaba una forma de reparación. Volver a los brazos de su Dios, no como sacerdote cansado, no como joven confundido, sino como ofrenda final.

La decisión fue inmediata, sin dudas ni titubeos. No nacía del miedo, sino de la convicción más pura que le quedaba: que su única salvación estaba en entregarse por completo, borrar el cuerpo, silenciar la mente, desaparecer donde el perdón no exigía explicación.

Aioria creyó haberlo perdido como amigo esa noche. No comprendió que, en realidad, lo había empujado a un lugar del que ya no se vuelve porque, para Shura, vivir fuera de Dios era el verdadero abismo, y regresar a Él, a cualquier precio, la única forma de paz posible.

 

El silencio fue lo primero que Aioria notó. Estaba solo, Shura se había marchado.

Corrió por las calles desconocidas con su nombre en los labios, hasta que encontró una pequeña capilla.

No dudó en dirigirse allí, era un resguardo perfecto para una mente fracturada. Pero sólo encontró silencio; no el silencio común de una iglesia vacía, sino uno espeso, definitivo, como si el aire mismo se negara a moverse.

La pequeña capilla del pueblo estaba apenas iluminada por las velas del altar, y allí, frente al Cristo crucificado, lo encontró.

Shura estaba de rodillas, el cuerpo inclinado hacia adelante, las manos juntas con una calma que no pertenecía a los vivos. El rostro sereno, casi aliviado, como si al fin hubiera llegado al único lugar dónde ya no dolía existir. No había rastro de lucha, ni de duda. Sólo una decisión consumada, con la misma firmeza con la que había vivido su fe.

Aioria cayó al suelo sin entender en qué momento había dejado de respirar.

Todo le llegó de golpe: la certeza brutal de su error, la comprensión tardía de que nunca había sido amado como él creyó, de que había confundido la confusión de Shura -ese temblor nacido de saberse deseado sin desear- con una rendija por donde entrar. Y peor aún, la memoria de su propio cuerpo imponiéndose, profanando aquello que Shura había cuidado con devoción extrema.

No había perdón suficiente para eso.

Gritó, lloró, rogó a un Dios en el que nunca había creído del todo, pero al que ahora suplicaba como un condenado.

Sacudió un cuerpo que ya no podía volver. Y al alzar la vista, vio el Cristo sobre el altar: clavado, herido, eterno... comprendió demasiado tarde que Shura había elegido ese espejo para despedirse.

 

No huyó.

Cuando todo terminó, cuando el pueblo lloró al joven sacerdote devoto que había fallecido, y las campanas repicaron por su alma, Aioria se quedó.

Volvió al lugar del que lo había arrancado, no como salvador ni como amante, sino como penitente.

Tomó una celda pequeña, aprendió las oraciones, repitió los rituales con labios temblorosos.

Pasó sus días arrodillado donde antes lo había observado con deseo, pidiendo, rogando, suplicando por el alma de su amado Shura.

No se arrepentía de haberlo adorado. Eso nunca pasaría, pero cada noche pedía lo mismo: que, si existía un lugar más allá del castigo y de la culpa, si había un rincón donde Shura pudiera existir sin votos, sin sacrificio, sin miedo, que entonces lo esperara allí.

Porque Aioria aceptaba su condena en vida, aceptaba la locura, la soledad, la espera interminable.

Y aguardaba, con una fe prestada y ahora dolorosa, el día imposible en que pudiera reencontrarlo sin ataduras,
y amarlo, al fin, como siempre debió haberlo hecho.

FIN