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La carta llegó una tarde gris.
No llevaba sello oficial ni el emblema de ninguna nación, era apenas un sobre envejecido, entregado por manos desconocidas.
Zuko pensó en arrojarlo al fuego junto con el resto de la correspondencia sin importancia, pero algo en la caligrafía lo detuvo, conocía aquellas letras desordenadas.
"Si estás leyendo esto, significa que por fin encontré una forma segura de hacerte llegar estas palabras. Estoy vivo, he estado huyendo, te extraño tanto.”
No necesito que la carta fuera firmada para saber exactamente de quién venía.
Aunque sintió felicidad de saber que Sokka estaba vivo había malentendido que no había escogido buscarlo, ni a él ni a su hija, eso le llenó el corazón de rabia. Los traumas sobre el abandono consumieron al señor del fuego.
En el final de la carta, había una cita, lo estaba citando para encontrarse y Zuko seguía enojado, por lo que no se dió cuenta que la letra en esa parte de la carta era ligeramente distinta al resto.
Zuko decidió ir a su encuentro, no porque quisiera escuchar las razones por las cuales lo había abandonado, viéndolo sufrir desde la distancia su pérdida. No había nada que para Zuko pudiera justificar haber “enterrado” a la única persona que realmente había logrado atravesar todas las murallas que había construido alrededor de sí mismo.
“La muerte de Sokka fue un poco extraña para todos, el guerrero de la tribu del agua había ido en una misión”
Era lo que la gente en el palacio decía, pero Zuko, quien se arrepentía profundamente en su corazón se culpaba de haberlo dejado ir, sentía que era su culpa, él lo había mandado a investigar aquella pista del loto rojo.
— Aun puedo mandar a alguien más — Dijo Zuko el señor del fuego intentando convencer a Sokka que se quedara, él había ofertado la misión sin esperar que su esposo fuera el que la tomaría — no es necesario que vayas tu Sokka.
— Solo serán unos días — había dicho Sokka mientras terminaba de ajustar el abrigo de viaje — No iré solo, cariño.
Sokka le había dado un beso en la mejilla y luego uno en los labios. — No quiero despertar a Izumi, por favor dile que papá vendrá pronto.
Pero nunca lo hicieron de nuevo.
Las coordenadas daban a un lugar remoto entre las montañas del reino tierra y la nación del fuego. Al llegar encontró una construcción abandonada, tal como decía la carta él fue solo, pero no estaba seguro de si había sido la elección correcta. Se adentro en los pasillos, no había nadie ahí, quien estuviera detrás de todo realmente quería que Zuko llegará hasta el final, hasta una puerta metálica gigante, que se abrió sola ante su presencia.
— Sokka…
El aliento se le cortó en cuanto lo vio, Sokka, Sokka estaba ahí, Pero no lo estaba esperando como imagino, con aquella mirada arrepentida y una sonrisa torcida, en realidad sus manos estaban levantadas juntas con cadenas, sus rodillas doblegadas contra el suelo, su cuerpo chorreaba sangre por las marcas de tortura que estaban por toda su piel.
“No…. No debiste… venir” escucho susurrar al cuerpo moribundo, se notaba que estaba manteniendo la cordura muy difícilmente.
Zuko sintió que dentro de él algo se rompía, había sentido tanto odio por Sokka pero entendió la situación en cuanto vio encapuchados salir de todas partes. Los de loto rojo estaban detrás de todo aquello.
— ¡¿Qué le hicieron?!
Grito Zuko, tomando su espada con fuerza, sus ojos ardían de rabia.
—Nada que él no nos obligará a hacer…
Las palabras del hombre fueron burlonas mientras explicaba las desobediencias de Sokka, como buscaba a Zuko a pesar de las amenazas.
Contaron a Zuko que aquel conejo blanco que llegó a su hija en su cumpleaños 17 lo había mandado Sokka y como advertencia de que debía dejar de acercarse, ellos mismos habían matado al animal.
Lo habían encarcelado el día que intento hablar con Zuko y contarle lo que había pasado, quería que supiera que jamás lo abandonaría, sus planes fueron descubiertos, lo encarcelaron y comenzaron a mandar cartas a Zuko donde le habían creer que Sokka los había abandonado, Zuko no creyó hasta que llegó la carta escrita de la letra de Sokka.
Desde entonces había sido un prisionero, una carta de negociación guardada para el día adecuado. Y ese día había llegado, querían negociar con el señor del fuego a cambio de Sokka, Pero no imaginaron que no estaban hablando con el señor del fuego en ese momento, hablaban con Zuko. Y Zuko era capaz de acabar con el mundo entero por Sokka.
Zuko sintió cómo toda la rabia que había dirigido hacia Sokka cambiaba de dirección y los del loto rojo creyendo que habían ganado al encontrar el punto débil del señor comenzaron a reír, creyeron que la mirada de Zuko significaba que estaba roto, Pero en realidad en su mirada solo quedaba fuego de venganza.
El fuego era tan devastador como el sol, las paredes a su alrededor comenzaron a colapsar al ser consumidas por el calor de Zuko, dirigía cada ataque a los miembros, el único lugar que no estaba en llamas era Sokka. Los miembros del Loto Rojo desaparecieron bajo una tormenta de fuego tan intensa que ni siquiera tuvieron tiempo de escapar, Zuko escuchó sus gritos y no le importo, porque también podía escuchar todos los gritos de Sokka que habían quedado atrapados en aquellas paredes. En el instante que no vio a nadie más, corrió hacia Sokka, soltó los grilletes con fuerza bruta y su espada, cuando vio el cuerpo caer desplomado se dió cuenta que estaba moribundo, era demasiado tarde para él.
— No… — Susurro en lágrimas mientras apretaba aquel cuerpo contra su pecho.
— Estoy aquí. — Aseguraba Sokka con su último aliento de vida.
— Sokka, no me dejas
— Zuko, Izumi, los… amo — Dijo en su último aliento, sus ojos se cerraron y murió en la calidez de los brazos de su amado.
En un atisbo de razón pensó en su hija, Sokka no habría querido que quedara sola, Pero su tristeza fue profundamente egoísta en ese momento.
Abrazo a Sokka contra su pecho y dejó que las llamas salieran de su cuerpo, quemando todo a su paso, incluso a él mismo.
Y cuando todo terminó no quedó nada en aquellas cenizas, sus cuerpos perecieron abrasados.
Juntos al fin.
Como debieron haber estado desde el principio.
Como debieron haber permanecido siempre.
