Chapter Text
Las 7:43 de la noche. Mitsuki escuchó la puerta principal abrirse mientras terminaba de servir la cena. El aroma del curry llenaba la cocina, pero no logró disipar la tensión que se acumulaba en su pecho desde hacía meses.
—Llegamos —anunció Masaru con su voz tranquila, la misma que usaba para calmar modelos nerviosas y para disolver las peleas entre ella y su hijo.
Mitsuki secó sus manos en el delantal y salió al pasillo. Lo que vio la hizo detenerse.
Katsuki iba pegado a la espalda de Masaru como una lapa. No, peor que una lapa. Sus brazos rodeaban el cuello de su padre, sus piernas envueltas alrededor de su cintura, y su rostro estaba enterrado en el hueco entre el hombro y el cuello de Masaru. Inhalaba. Profundamente.
—Es hora de bajarte, Katsuki —dijo Masaru con una sonrisa paciente, sosteniéndolo por los muslos—. Tu mamá preparó tu comida favorita.
—No quiero —respondió una voz apagada contra la tela de la camisa.
Mitsuki cruzó los brazos. —Son casi las ocho. ¿Cuánto tiempo piensas estar así?
Katsuki giró la cabeza solo lo suficiente para verla con un ojo. Ese ojo rojo, idéntico a los suyos, la miró con un desafío cansino.
—Todo el tiempo que quiera. No es asunto tuyo.
—¿Que no es asunto mío? —Mitsuki sintió cómo su Quirk activaba una fina capa de glicerina en sus palmas, un reflejo nervioso—. Vivo en esta casa, mocoso. Y tú tienes doce años, no dos.
Katsuki se aferró más fuerte a Masaru. Sus dedos se hundieron en la tela de la camisa de su padre con una fuerza que dejó ver los nudillos blancos.
—Masaru, bájalo —ordenó ella.
Masaru la miró por encima de sus lentes. Esa mirada suya, siempre tan suave, siempre tan conciliadora. —Mitsuki, solo está cansado. Hoy tuvieron entrenamiento de Quirks en la escuela, ¿sabes? Los profesores los llevaron al límite.
—No me importa. Que se siente en su silla como una persona normal.
—No soy normal —murmuró Katsuki contra el cuello de Masaru. Y había algo en ese murmullo que hizo que Mitsuki sintiera un escalofrío.
Normal. No. Desde que Katsuki había presentado su dinámica secundaria el año anterior, nada había sido normal. Los omegas solían ser dóciles, sumisos, tranquilos. Su hijo era todo lo contrario. Pero también los omegas solían ser apegados a sus figuras de confianza, y Katsuki… bueno, "apegado" se quedaba corto.
Masaru finalmente lo bajó, pero Katsuki no se separó de él. Se pegó a su costado como una sombra, la mano en la bastilla de la camisa de su padre, los dedos enganchados en el dobladillo como si temiera que Masaru pudiera desvanecerse si lo soltaba.
—Ven, mi niño —dijo Masaru, pasándole un brazo por los hombros—. Vamos a comer.
Mi niño. Siempre "mi niño". Como si Katsuki siguiera teniendo cuatro años y no estuviera a un par de años de la mayoría de edad para los omegas.
Mitsuki los siguió al comedor en silencio, observando cada interacción.
En la mesa, Katsuki no se sentó enfrente de Masaru, como hacían las familias normales. Se sentó a su lado. Tan cerca que sus rodillas se tocaban. Y cuando Masaru le sirvió el curry, Katsuki no dijo "gracias". En lugar de eso, tomó la mano libre de su padre y la puso sobre su propia cabeza, exigiendo caricias sin palabras.
Masaru sonrió con esa ternura infinita que Mitsuki alguna vez había encontrado adorable y que ahora comenzaba a inquietarla. Le revolvió el cabello rubio y Katsuki cerró los ojos. Sus pestañas temblaron. Parecía en trance.
—Come, mi niño —dijo Masaru—. Si no comes, no creces.
—No quiero crecer —respondió Katsuki, abriendo los ojos y mirando a su padre con una intensidad que hizo que Mitsuki apretara el tenedor—. Quiero quedarme así siempre. Contigo.
Mitsuki tosió. —Katsuki, eso no tiene sentido.
—Tú no entiendes nada —dijo Katsuki sin mirarla, llevándose una cucharada de curry a la boca—. Tú nunca entiendes nada.
La conversación murió ahí. Masaru comió con una mano mientras con la otra seguía acariciando la espalda de Katsuki y este se inclinaba hacia esa mano como una flor hacia el sol.
Mitsuki terminó su cena en diez minutos y se levantó a lavar los platos. Necesitaba no verlos. Necesitaba pensar.
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Eran las 11:20 de la noche. Katsuki llevaba dos horas dormido. Masaru lo había arropado personalmente, como hacía cada noche, y luego había bajado a la cocina a prepararse un té. Mitsuki lo esperaba sentada en la mesa, con los brazos cruzados y una expresión que Masaru conocía demasiado bien.
—Vamos a hablar —dijo ella, sin preámbulos.
Masaru suspiró mientras calentaba el agua. —Siempre hablamos, Mitsuki.
—No de esto. No de verdad.
Él se giró a mirarla, apoyando la cadera contra el mesón. Sus lentes reflejaron la luz tenue de la cocina. —¿De qué quieres hablar?
—De Katsuki.
—¿Qué tiene Katsuki? —La pregunta sonó genuina. Preocupada. Pero no en la dirección que Mitsuki quería.
—Masaru, por favor. ¿No lo ves?
—¿Ver qué? —Él frunció el ceño, y ese gesto era tan raro en su rostro tranquilo que Mitsuki sintió una punzada de frustración.
—Es tu sombra. No se separa de ti. No come si no estás, no duerme si no lo arropas, no se baña si no lo bañas tú. Tiene doce años, Masaru. ¡Doce!
—Es un omega —dijo Masaru, como si eso explicara todo—. Los omegas necesitan seguridad, necesitan contacto, necesitan—
—No, no es solo eso —lo interrumpió ella, levantándose de la silla—. He visto omegas. He crecido con omegas. Mi mejor amiga en la secundaria era omega y no, no actuaban así. Esto es diferente.
Masaru sirvió el agua caliente en dos tazas. No dijo nada.
—Mira cómo lo mira —continuó Mitsuki, su voz bajando a un susurro tenso—. No es la mirada de un hijo, Masaru. Es… no sé cómo explicarlo. Es posesivo. Celoso. El otro día, cuando el repartidor te sonrió, ¿viste su cara? Parecía que iba a explotar la casa entera.
—Katsuki siempre ha sido temperamental. Es como tú.
—¡No me desvíes el tema! —Mitsuki golpeó la mesa con la palma, y la madera crujió bajo la fina capa de glicerina que cubría su piel—. No es temperamental. Es obsesivo. Contigo.
Masaru se llevó la taza a los labios, sopló, bebió un sorbo. Cuando habló, su voz era más firme de lo que Mitsuki esperaba.
—Mi hijo me quiere. Eso es todo. ¿Desde cuándo querer a tu padre es malo?
—No es malo. Es la intensidad. Es… —Mitsuki se pasó una mano por el cabello rubio, idéntico al de su hijo, y soltó un suspiro tembloroso—. Me recuerda a algo. No sé a qué. Pero me da mal presentimiento.
—Eres una alfa, Mitsuki. Los alfAs no entienden el vínculo omega-alfa parental. Es diferente.
—No me vengas con eso —gruñó ella—. No soy una alfa ignorante. Soy su madre. Y algo no está bien.
Masaru dejó la taza en el mesón y se acercó a ella. La tomó de los hombros con sus manos suaves, las mismas manos que diseñaban vestidos de alta costura y que bañaban a su hijo cada noche.
—Escúchame —dijo, y su tono era tan calmado que Mitsuki odió no poder enojarse contra él—. Katsuki es especial. Es un omega con un Quirk explosivo, con un temperamento difícil, en un mundo que espera que los omegas sean sumisos. Necesita más apoyo que otros. Yo se lo doy. Eso es todo.
—¿Y cuando presente su celo? —preguntó Mitsuki, y la palabra cayó entre ellos como una piedra en agua quieta—. ¿Qué vas a hacer entonces, Masaru? ¿Seguir bañándolo? ¿Dormir con él?
Masaru soltó sus hombros. Dio un paso atrás. Por un segundo, Mitsuki vio algo cruzar su rostro: duda. Incomodidad. Pero desapareció tan rápido que casi pudo convencerse de que lo había imaginado.
—Eso es diferente —dijo él, y ahora su voz sonaba más apagada—. Cuando llegue ese momento… ya veremos. Pero ahora es solo un niño.
—No es solo un niño —insistió Mitsuki, y su voz se quebró—. Es un niño que te mira como si fueras suyo. No como su padre. Como si fueras… suyo.
El silencio se instaló en la cocina. El reloj marcaba las 11:43. Arriba, en su habitación, Katsuki dormía abrazado a la almohada de Masaru, la que olía a sudor ácido y a almizcle suave.
Masaru bebió su té sin decir nada más. Mitsuki se quedó mirando la ventana, donde el reflejo de ambos se veía borroso.
—Voy a acostarme —dijo él finalmente.
—Masaru.
Él se detuvo en el marco de la puerta.
—Si algo pasa con él… si esto se vuelve más extraño… prométeme que lo veremos. Que buscaremos ayuda.
Masaru no respondió. Subió las escaleras y Mitsuki escuchó sus pasos dirigiéndose no al dormitorio principal, sino a la habitación de Katsuki. Escuchó el crujir de la puerta. Luego, nada.
No salió de allí en toda la noche.
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El domingo en la casa Bakugo solía ser el único día tranquilo. Masaru no trabajaba, Mitsuki tampoco, y Katsuki no tenía escuela. Pero "tranquilo" era relativo cuando se trataba de la dinámica entre los tres.
Aquella mañana, Mitsuki se levantó temprano. Preparó desayuno: arroz, pescado a la parrilla, sopa de miso. Nada del otro mundo. Subió a despertar a su familia y encontró a Masaru saliendo de la habitación de Katsuki, con los lentes torcidos y el cabello más desordenado de lo habitual.
—¿Dormiste ahí? —preguntó Mitsuki, aunque ya sabía la respuesta.
—Tuvo pesadillas —dijo Masaru, acomodándose los lentes—. Se despertó llorando a las dos.
—¿Pesadillas? ¿Sobre qué?
Masaru se encogió de hombros. —No quiso decirme. Solo se aferró a mí y no me soltó hasta que se durmió de nuevo.
Mitsuki apretó la mandíbula. —Masaru…
—Ya sé lo que vas a decir —la interrumpió él, pasando a su lado para bajar las escaleras—. Pero no voy a dejar que mi hijo sufra solo cuando puedo consolarlo.
—No se trata de eso. Se trata de que no está aprendiendo a regular sus emociones. Se trata de que cada vez que algo lo asusta, corres a resolverlo. No va a poder funcionar así en el mundo real.
—El mundo real puede esperar. Tiene doce años.
—¡No es un niño pequeño!
La discusión se cortó cuando escucharon pasos arrastrándose escaleras abajo. Katsuki apareció en el rellano, con el pijama arrugado, el cabello rubio hecho un nido, y los ojos rojos todavía hinchados de llorar. No saludó. No dijo "buenos días". Directamente caminó hacia Masaru, lo rodeó con los brazos por la cintura y enterró la cara en su pecho.
—Todavía tengo sueño —murmuró, y su voz sonó extrañamente pequeña.
Masaru lo abrazó de inmediato, con la naturalidad de quien lo ha hecho miles de veces. —¿Quieres volver a la cama, mi niño?
—No. Quiero que me cargues.
—Katsuki —intervino Mitsuki, y su tono era de advertencia—. Estás en la cocina. Siéntate a desayunar.
—No te hablé a ti.
—¡Katsuki!
—Mitsuki —dijo Masaru al mismo tiempo, y hubo un momento de tensión en el que los tres se quedaron quietos.
Katsuki alzó la vista hacia su padre. Sus ojos rojos brillaban con algo que Mitsuki no supo identificar. ¿Dependencia? ¿Devoción? ¿Algo más profundo y más turbio?
—Papá, cargame —pidió. Y no fue un berrinche. Fue una orden suave, casi un susurro, dicha con la seguridad de quien sabe que jamás recibirá un no.
Masaru lo cargó. Lo hizo con un movimiento fluido, como si Katsuki no pesara nada, como si fuera natural que un niño de doce años pidiera ser cargado como un bebé. Katsuki enganchó las piernas a su cintura y apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos.
—¿Puedo tomar leche caliente? —preguntó sin abrirlos.
—Claro, mi niño —respondió Masaru, y fue a calentar la leche con Katsuki aún en brazos.
Mitsuki se quedó junto a la mesa, observando la escena. Masaru preparando la leche con una mano mientras con la otra sostenía a su hijo. Katsuki acurrucado contra él, respirando lento, los dedos jugando con el cuello de la camisa de su padre. Su nuca quedaba expuesta, justo frente a la boca de Masaru, y si él inclinara la cabeza apenas unos centímetros, podría…
Sacudió la cabeza. No. No iba por ahí. Masaru era un buen hombre. Un buen padre. Jamás haría nada inapropiado. Pero entonces, ¿por qué su instinto alfa se erizaba cada vez que los veía así? ¿Por qué sentía que algo no encajaba?
Masaru sirvió la leche en una taza con dibujos de héroes (la favorita de Katsuki) y la llevó a la mesa. Se sentó con Katsuki todavía en su regazo. Le dio la taza. Katsuki bebió a sorbos pequeños, sin soltar a su padre, sin abrir los ojos.
—¿No vas a comer? —preguntó Mitsuki, señalando el pescado que ya se enfriaba.
—Después —dijo Katsuki—. Ahora quiero estar así.
—¿Así cómo?
—Con él.
"No conmigo", pensó Mitsuki. "Nunca conmigo. Siempre con él".
Terminó su desayuno en silencio. Luego se levantó, lavó los platos, y cuando volvió a la mesa, Katsuki seguía en el regazo de Masaru, ahora casi dormido. Masaru le acariciaba la espalda con movimientos circulares lentos. No hablaban. No era necesario. Parecían un solo organismo.
Mitsuki sintió náuseas.
—Voy a salir —anunció, secándose las manos—. Necesito comprar unas cosas.
Masaru asintió sin apartar la vista de Katsuki. —Vuelve pronto.
—Claro.
Salió de la casa y el aire fresco le golpeó el rostro. Caminó sin rumbo durante veinte minutos hasta que llegó a un parque vacío. Se sentó en un banco y se cubrió la cara con las manos.
No era normal. No era sano. Pero cada vez que intentaba hablarlo con Masaru, él lo minimizaba. Y cada vez que intentaba hablarlo con Katsuki, él explotaba o la ignoraba. Estaba atrapada en su propia casa, viendo cómo su hijo se volvía más y más dependiente de su padre, y nadie más lo veía.
Bueno. Mitsuki lo veía. Y no iba a quedarse de brazos cruzados.
Pero ¿qué podía hacer? ¿Llevarlos a terapia? Masaru diría que no hacía falta. ¿Hablar con la escuela? Katsuki la mataría. ¿Confrontar a Katsuki directamente? Ya lo había intentado y solo conseguía peleas.
Mitsuki se quedó mirando el cielo nublado y sintió, por primera vez en años, que no tenía el control de nada.
El jueves siguiente, Masaru tuvo que ir a proveedores para comprar telas para una colección nueva. Normalmente iba solo, pero Katsuki se enteró y exigió acompañarlo. "No quiero quedarme con ella", dijo señalando a Mitsuki con el pulgar. "Ella no me entiende".
Mitsuki quiso protestar, pero Masaru aceptó de inmediato. —Claro, mi niño. Te compro un helado después.
Y ahí estaban ahora. En la tienda de telas, un lugar enorme con rollos de tela que llegaban al techo y un olor a fibras y tintes. Masaru revisaba muestras con una libreta en mano, anotando códigos. Katsuki iba pegado a él, su mano enganchada en el cinturón de su padre.
Hasta que apareció el vendedor.
Era un alfa joven, tal vez veintitantos, de cabello oscuro y sonrisa fácil. Se acercó a Masaru con pasos seguros.
—¡Masaru! Cuánto tiempo. ¿Vienes por lo de siempre?
Masaru levantó la vista y sonrió. —Hola, Kenji. Sí, necesito más del poliéster ignífugo, y también quería ver si tienes algo en azul noche.
Kenji se acercó más. Mucho más. Puso una mano en el hombro de Masaru, justo donde terminaba el cuello, y se inclinó a mirar su libreta.
—Déjame ver… ¿Estás diseñando otra línea de héroes? Siempre me ha gustado cómo trabajas los refuerzos en las costuras, eres muy meticuloso.
Katsuki se tensó. Su mano apretó el cinturón de Masaru con tanta fuerza que las hebillas metálicas crujieron.
—¿Quién es este? —preguntó Kenji, mirando a Katsuki con curiosidad—. ¿Tu hijo?
—Sí, es mi—
—Su omega —interrumpió Katsuki, y la palabra salió como un escupitajo.
Masaru parpadeó, desconcertado. —Bueno, sí, es mi hijo y es omega, pero—
—No su hijo —dijo Katsuki, dando un paso al frente y poniéndose entre Masaru y Kenji—. Su omega. Y no me gusta que lo toques.
Kenji soltó el hombro de Masaru al instante, con una expresión de sorpresa. —Oye, tranquilo, solo estaba—
—Dije que no lo toques —repitió Katsuki, y ahora pequeñas chispas salían de sus palmas. Sus ojos rojos ardían con una intensidad que no era propia de un niño de doce años.
Masaru lo tomó del hombro. —Katsuki, cálmate. Kenji es solo un amigo.
—No es tu amigo. Te miraba raro.
—Mi niño…
—¡No soy tu niño! —gritó Katsuki, y todos en la tienda se volvieron a mirarlos—. Soy tu omega. Y no quiero que nadie más te toque. ¡Nadie!
Masaru se agachó hasta quedar a su altura. Con ambas manos, tomó el rostro de Katsuki y lo obligó a mirarlo a los ojos. —Escúchame. Eres mi hijo. Mi niño. Siempre lo serás. Y te quiero más que a nada en este mundo. Pero no puedes reaccionar así. ¿Entiendes?
Katsuki temblaba. Sus labios se torcieron en un gesto que no era berrinche, sino algo más desgarrador. —¿Me quieres? ¿De verdad?
—Más que nada —repitió Masaru, y le dio un beso en la frente.
Katsuki se abalanzó sobre él, abrazándolo con todas sus fuerzas. Enterró la cara en su cuello y se quedó allí, respirando hondo, mientras Masaru lo sostenía.
Kenji había desaparecido. La tienda había vuelto a su murmullo habitual. Mitsuki, que los había seguido en secreto (quería ver, necesitaba ver), observaba desde detrás de un estante de gasas.
Y en ese momento, lo entendió.
No era solo apego. No era solo dependencia. Era posesión. Era un niño que había decidido que su padre era suyo, no como un hijo quiere a un padre, sino como… ¿cómo?
Como un omega quiere a su pareja.
Pero Katsuki era niño. Y Masaru era su padre. Y eso no tenía ningún sentido.
O tal vez sí. Tal vez ese era el problema.
Mitsuki se fue de la tienda sin hacer ruido, con el estómago revuelto y una idea horrible creciendo en su cabeza.
Esa noche, Mitsuki esperó a que Katsuki se durmiera. Sabía que Masaru estaría en su habitación arropándolo, así que lo esperó en el dormitorio principal. Tenía las luces apagadas. Solo la claridad de la luna entraba por la ventana.
Cuando Masaru abrió la puerta, ella estaba sentada en la cama, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—Nos vamos a separar —dijo, sin rodeos.
Masaru se quedó paralizado en el marco. —¿Qué?
—Tú y yo. Nos vamos a separar. No digo divorcio, no digo nada legal todavía. Pero necesito que te vayas de esta casa por un tiempo.
—Mitsuki, ¿estás loca?
—Tal vez. —Se levantó y caminó hacia él. Sus pies descalzos no hicieron ruido en el suelo de madera—. Pero estoy más cuerda de lo que he estado en meses. Algo pasa con Katsuki. Contigo. Con ustedes dos.
Masaru se quitó los lentes, los limpió con el dobladillo de su camisa, se los volvió a poner. Un tic nervioso que Mitsuki conocía bien.
—No pasa nada. Ya te lo he dicho.
—Hoy, en la tienda de telas, casi mata a un hombre con su Quirk porque te tocó el hombro. El hombro, Masaru. Y no fue una rabieta. Fue… no sé cómo describirlo. Fue como si ese hombre hubiera invadido su territorio. Su territorio. Y tú eres su territorio.
—Los omegas son territoriales con sus alfas de confianza.
—¡No hasta este punto! —Mitsuki alzó la voz, pero se controló al instante, consciente de que Katsuki dormía al otro lado del pasillo—. He leído. He investigado. Esto no es normal, Masaru. Esto es dependencia emocional patológica. Y tú la estás alimentando.
Masaru la miró con una expresión que Mitsuki no pudo descifrar. ¿Dolor? ¿Culpa? ¿Negación?
—No voy a abandonar a mi hijo —dijo finalmente.
—No te pido que lo abandones. Te pido que le pongas límites. Que dejes de cargarlo. Que dejes de bañarlo. Que dejes de dormir con él. Que lo trates como a un niño normal, no como a un bebé.
—No es un niño cualquiera. Es un omega.
—¡Y tú eres su padre! —gritó Mitsuki, esta vez sin poder contener el volumen—. ¡No su pareja! ¡No su alfa! ¡Su padre! Y cuanto antes lo entiendas, menos daño le harás.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Masaru bajó la mirada. Sus manos temblaban ligeramente.
—¿Tú crees que yo…? —Su voz se quebró—. ¿Tú crees que yo le haría daño?
—Creo que no ves el daño que ya está hecho —respondió Mitsuki, y su propia voz sonó rota—. Mira sus ojos cuando te ve. No es un niño mirando a su papá. Es alguien que te ha puesto en un lugar donde no deberías estar. Y no sé si eso es es culpa tuya, o suya, o de los dos. Pero algo hay que hacer.
Masaru se sentó en el borde de la cama. Se quitó los lentes otra vez y se frotó los ojos con el dorso de la mano.
—No sé cómo poner límites —admitió, y era la primera vez que Mitsuki lo escuchaba decir algo así—. Cuando me mira así… cuando me pide que lo cargue… no puedo decirle que no. Me parte el corazón.
—Ese es el problema —dijo Mitsuki, sentándose a su lado—. Lo amas tanto que no ves que lo estás hundiendo.
Masaru no respondió. Pero tampoco dijo que no.
Afuera, la luna seguía brillando. Y en la habitación contigua, Katsuki dormía abrazado a la almohada de su padre, soñando con un mundo donde Masaru era solo suyo, completamente suyo, y nadie más podía tocarlo.
Mitsuki lo sabía. Y esa noche, por primera vez, Masaru también comenzó a sospecharlo.
A la mañana siguiente, Masaru intentó poner el primer límite.
Katsuki bajó a desayunar con el pijama arrugado, los ojos todavía pegajosos de sueño, y se dirigió directamente a Masaru con los brazos abiertos.
—Cárgame —pidió, como si fuera un derecho adquirido.
Masaru dio un paso atrás. —No, mi ni… no. Hoy vas a sentarte en tu silla y vas a desayunar como una persona grande.
Katsuki frunció el ceño. —¿Qué?
—Que no. Que no te voy a cargar. Tienes doce años. Eres demasiado grande para eso.
El ceño de Katsuki se profundizó. Sus manos comenzaron a emitir pequeñas chispas.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo.
—¿Mamá te dijo algo? —Katsuki giró la cabeza hacia Mitsuki, que observaba desde la cocina con una taza de café en la mano—. ¿Qué le dijiste?
—Nada que no sea cierto —respondió ella, manteniendo la calma—. Ya es hora de que crezcas un poco.
—¡No quiero crecer!
—Pues vas a tener que hacerlo igual.
Katsuki tembló. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza. De furia.
—Papá —dijo, ignorando a Mitsuki por completo—. Cárgame. Ahora.
—No.
—¡Papá!
—Dije que no.
El berrinche fue inmediato. Katsuki explotó. Literalmente. Una pequeña detonación hizo volar los cojines del sofá. Otra quemó el borde de la cortina. Masaru se abalanzó sobre él para contenerlo, pero Katsuki se retorció, pataleó, gritó.
—¡Me odias! ¡Me odias como ella! ¡Todos me odian!
—No es cierto —dijo Masaru, abrazándolo por la fuerza—. Te quiero, mi niño. Pero—
—¡No soy tu niño! —Katsuki lo golpeó en el pecho con los puños cerrados—. ¡Soy tu omega! ¡Y quiero que me cargues! ¡Quiero que me bañes! ¡Quiero que duermas conmigo! ¡Te necesito!
La última frase rompió algo dentro de Masaru. Las lágrimas de Katsuki no eran fingidas. Eran reales, calientes, desesperadas. Y su cuerpo temblaba como una hoja en tormenta.
Masaru lo cargó.
Lo hizo casi sin pensar, movido por un instinto más fuerte que cualquier límite racional. Katsuki se aferró a él con una fuerza sobrehumana, enterrando la cara en su cuello, sollozando.
—No me dejes —murmuró entre hipidos—. No me dejes nunca. Eres mío. Solo mío.
Masaru lo sostuvo en silencio. Acarició su espalda. Y cuando alzó la vista hacia Mitsuki, ella ya no estaba en la cocina.
Había salido por la puerta trasera, con las llaves del coche en la mano.
No volvió hasta entrada la noche.
Tres días después, Mitsuki tomó una decisión.
No podía seguir así. No podía ver cómo su hijo se consumía en una obsesión que Masaru, ciegamente, alimentaba. No podía ser cómplice de algo que su instinto le decía que estaba mal, aunque no supiera exactamente por qué.
Llamó a un especialista en dinámicas secundarias infantiles. Una mujer beta de cabello gris que atendía en una clínica privada, lejos del barrio donde todos los conocían.
—Mi hijo tiene doce años —dijo Mitsuki por teléfono, con la voz quebrada—. Es omega. Y creo que está desarrollando un apego patológico hacia su padre alfa.
La cita quedó para el viernes siguiente. Pero Mitsuki sabía que no podría esperar tanto sin que Masaru se enterara. Así que esa noche, cuando Katsuki ya estaba dormido (con Masaru a su lado, como siempre), ella bajó a la cocina y dejó una nota sobre la mesa.
"Masaru: he pedido ayuda profesional para Katsuki. La cita es el viernes a las 4. Si no vienes, iré yo sola. Pero esto se acabó. No podemos seguir así. - Mitsuki"
Luego subió, se metió en la cama vacía (Masaru seguía en la habitación de Katsuki), y lloró en silencio hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente, la nota no estaba. Masaru la había leído. Pero no dijo nada. Solo preparó el desayuno, cargó a Katsuki como todas las mañanas, y actuó como si nada hubiera pasado.
Mitsuki supo entonces que la batalla recién comenzaba.
Y que, de alguna manera, ya la estaba perdiendo.
